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VI
EL AMIGO ESPINOSA
Una vez que el pastor concluyó su exposición
y tras de charlar un rato sobre el tema, nos despedimos e inicié mi
vuelta al cámping. Entré en la cafetería y me dispuse a tomar un
aperitivo. Espinosa estaba por allí, rondando, al cuidado de que se
atendiera a los escasos clientes. Le observé mientras apuraba mi vaso
de vino e intenté hacerme una idea clara de la personalidad de aquel
hombre.
Por una parte, notaba una especie de animosidad contra mis ansias de
conocer y, sin embargo, creía descubrir un deseo oculto de ayudarme y
serme útil. Las últimas palabras que me había dicho aquella mañana
podían haber sido pronunciadas, quizá, en tono burlesco pero sin
acritud. También reflexioné sobre su modo de despertarme, cuando me
trató de campista novato, al preguntar si había sufrido con la
tormenta.
Dejé el vaso de vino sobre el mostrador y pregunté cuanto debía.
Estaba pagando cuando Espinosa se acercó a mi lado e indicó al
camarero que volviera a llenarme el vaso.
- Tomaremos un vino juntos.
Lo había dicho afirmando, sin consultar si me apetecía.
- Ha dado un largo paseo... - observó.
Estuve seguro de que me había estado vigilando. Pero, cosa rara, no me
molestó, ya que su conducta podía significar que estaba interesado en
mis actividades. ¿Sería para colaborar en ellas o para dificultarlas?
Lo iba a comprobar muy pronto.
- Espinosa, antes le contesté con no muy buenos modales... - hizo un
gesto de quitarle importancia al asunto - La verdad es que pasé mala
noche.
- Lo suponía. El aparato eléctrico que cayó era para poner los
nervios de punta al más pintado. No se preocupe.
Di un sorbo al vino. ¿Cómo entrar en materia? Darle vueltas al asunto
no valdría de nada... Decidí tomar el toro por los cuernos.
- N. decía en su escrito que existía un pasaporte de la chica, la tal
Verónica, y que lo tenía usted...
Indagué con la mirada el efecto que mis palabras le habían causado,
pero no descubrí nada raro.
- Sí, es cierto. Por ahí debe estar - respondió tranquilamente - ¿Quiere
verlo?
Me dejó sorprendido. Mi amigo había afirmado en su historia que
Espinosa se enfadaba cuando se le pedía examinar el documento. De
hecho, a mí casi me negó la existencia de la muchacha. Y, sin embargo,
ahora me lo brindaba por las buenas... ¿Qué le habría hecho cambiar
de actitud?
- Me gustaría, si ello no le causa molestias... - afirmé.
- ¡Qué va! Acabemos el vino y vamos a buscarlo.
Momentos después me hallaba contemplando el retrato de una muchacha
morena. La verdad es que, por la calidad de la fotografía, no se podía
hacer uno mucha idea sobre la persona reflejada pero, en todo caso, sí
permitía apreciar que se trataba de una mujer hermosa.
- ¿Satisfecho? - me preguntó Espinosa.
Asentí con la cabeza.
- ¿La recuerda usted?
- Bueno... Son muchas las caras que veo cada verano. Como comprenderá,
es difícil quedarse con todas y más cuando están tan pocos días.
Me propuse ahondar en la herida, aun a costa de lograr una mala
contestación.
- Pero, en este caso, después de lo sucedido...
Efectivamente, el hombre se puso en guardia, como si le hubiera picado
una avispa.
- ¿Y qué sucedió? ¿Que hubo un accidente de circulación en el que
murieron dos chicos que estaban en el cámping? Pues sí, fue lastimoso.
- ¿Y la chica?
- ¡La chica! Yo ni sabía que ella estaba con los muchachos. Tenga en
cuenta que, al registrarse, ella no firmó. Solamente lo hizo uno de sus
compañeros, limitándose a depositar los pasaportes para que tomáramos
nota. Luego, los chicos recogieron los suyos y ella no. A los dos días
se organizó el escándalo de si se había ahogado y, después, el
accidente del coche...
Me estaba hablando bastante tranquilo, aclarando los extremos, pero
mantenía la guardia alta. Me daba cuenta.
- Pero, ustedes vaciaron la piscina, ¿no es cierto? Luego intentaban
buscarla...
- ¿Y qué hubiera hecho cualquiera ante la alarma que se creó? ¡Pues
intentar hallar a la muchacha! Pero no estaba. Y yo no puedo dudar de
que desapareció, pero por medios naturales. Es decir, que se marchó,
sin duda enojada con sus amigos, o lo que fueran, y se le olvidó
recoger sus pertenencias.
Quise razonar en voz alta, a ver si el hombre seguía mis pensamientos.
- Pero... parece raro que una mujer deje sus ropas íntimas, aparte de
los documentos, y salga de estampida. ¿Dónde iba a ir sin pasaporte y,
si me apura, hasta sin bragas. ?
Se echó a reír ante mi ocurrencia. Las personas que ríen como él,
tan espontáneamente, siempre me han demostrado que son sinceras. Aquel
hombre tenía poco que ocultar.
- ¡No le sorprenda que las chicas modernas viajen sin eso que acaba de
decir!
Yo también sonreí.
- ¿Nunca se preocupó de averiguar si había vuelto a su país, de
devolverle por correo el documento?
- No. Sinceramente, no lo hice. Ahí puede estar toda mi culpa. Pero mi
trabajo es atender a mis clientes; lo demás corresponde a la policía...
Tuve que darle la razón.
- Es cierto. Pero creo que hay algo más, ¿verdad?
Asintió con la cabeza y, recogiendo de mis manos el pasaporte, lo guardó
en el cajón de donde lo extrajera, haciéndome a continuación una seña
de que le siguiera. Volvimos al bar.
Encargó más vino y nos sentamos a una mesa. ¡Por fin parecía querer
sincerarse!
- Mire... Una vez dada la noticia a las autoridades, como era mi deber,
pasó un tiempo durante el cual, aún no me explico cómo, la célebre
"leyenda" empezó a circular por el cámping. Se hablaba de
apariciones, de desgracias... De cosas que, en definitiva, ningún bien
le podían acarrear a mi negocio.
- Y usted prefirió observar aquél refrán tan sabio de "ojos que
no ven.." - afirmé.
- ¡Exactamente! Veo que me comprende. El que ignora, no teme. Si
hubiesen recibido noticias de que la tal Verónica no había vuelto a su
casa... ¿no cree que la gente se habría inquietado más todavía?
- Ha seguido, un poco, la política del avestruz, pero no se lo
reprocho. Al fin y al cabo, usted no tenía culpa alguna.
El hombre soltó un suspiro de alivio. La explicación había sido más
fácil de lo que esperaba. Pero, entonces... el misterio seguía en pie.
- Demasiados trasgos tenemos ya por aquí para que la gente piense que,
mientras está nadando, puedan asirle de una pierna y hundirle en el
fondo.
Esta vez fui yo el que comenzó a reír. Pero la risa se me cortó, dejándome
una mueca absurda en el rostro.
- ¿Ha dicho demasiados trasgos? Imagino que ese término significará
lo que pienso...
Le vi agitarse, incómodo. Luego, cauteloso, me preguntó:
- ¿Ha estado hablando con el pastor, verdad?
- Sí.
Ahora ya la tensión se hizo tangible.
- Algo le habrá contado...
- Poco más que yo no supiera.
En sus ojos brilló un interés real.
- ¿Qué es lo que sabe este tipo? - se estaba preguntando.
- Espinosa... Usted ha construido su cámping, tan bonito, tan alegre,
tan lleno de vida y de risas infantiles, sobre las ruinas de algo
siniestro, al borde de un misterio que, ese sí, no puede tener
confirmación de que se le haya ido sin pagar, dejándose la ropa, como
la pobre chica...
Quiso eludir el tema y confundirme.
- ¡Ya está ese estúpido criador de ovejas asustando a la gente con
sus cuentos de hadas! ¡No le haga caso!
Le miré muy serio. Tanto que pudo leer en mis ojos que esta vez no me
iba a poder dar gato por liebre.
- ¿Pretende hacerme creer que lo que vi anoche eran fuegos de San
Telmo, fosforescencias necrógenas - o como diablos se diga - o efecto
de la bebida? Porque ni aunque estuviéramos asentados sobre un antiguo
cementerio habría tales efectos. ¡Y, además, los cánticos!
Se quedó de una pieza. ¡Ahora sí que le había pillado! Empezó a
estrujarse las manos, nervioso, sin saber qué contestar, hecho un
verdadero lío.
- ¿Lo ha visto? - fue lo único que pudo balbucear.
Asentí, muy serio.
- Sí. Lo he visto y los he oído. Y pienso volver a hacerlo.
Por sus ojos cruzó un relámpago de ilusión. Aquel hombre estaba
deseando poder confiarse a alguien, tal vez antes de volverse loco.
- ¿Se atrevería, de veras?
Nunca he sido lo que se puede decir muy valiente y el asunto me hacía
temblar solamente de pensarlo, pero la idea se me había ocurrido
mientras hablábamos.
- ¿Y por qué no? Tal vez, y si la historia que me han contado resulta
cierta, con unas cuantas oraciones pueda conseguir que dos almas que
vagan agitadas por pecados que cometieron, encuentren el reposo eterno.
¡De paso, le quitaríamos a usted el problema del Barranco de los
Espectros. !
Me hizo señas de que bajase la voz.
- ¡Calle! ¡Que no le oigan! Eso sí que no lo sabe casi nadie y no
quisiera que fuese del dominio público, porque... ¡eso sí es cierto!
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. Bebí más vino. ¿En qué
parte del mundo me había ido a meter, repleto de fantasmas, de sombras
y de Dios sabe cuántas horribles cosas más? ¡Y pensar que nos hallábamos
a escasos kilómetros de Madrid, una de las más modernas ciudades, con
todas las técnicas actuales a nuestro alcance y azotados, solamente,
por el demonio de la droga!
Contemplé el vino. ¿No me estaría dando a beber aquel individuo un
filtro mágico, una pócima extravagante que me obligaba a creer cuanto
me decía? Pero, no. Él estaba tan aterrorizado, o acaso más, que yo
mismo.
- Entonces... ¿se atrevería a que fuéramos los dos juntos a observar
esas apariciones? - me preguntó ansioso, temiendo que mi respuesta iba
a ser que no - Yo nunca me atreví a esperarles a solas, se lo confieso.
Todo lo más, me aposté cerca de la caravana de su amigo y, desde allí,
vi los resplandores, corriendo después a refugiarme en mi alojamiento.
- ¿Qué espera que encontremos? - quise saber, curioso.
- Le juro que no lo sé. Pero acaso sea como lo ha descrito: dos
desdichadas almas a las que podamos llevar el consuelo eterno.
Callé un instante. ¡Menudo papelón podíamos hacer!
- ¡Mientras que los del consuelo eterno no seamos nosotros. ! - suspiré,
por último.
Dejándole sumergido en un mar de dudas, me subí a comer en la caravana
a ver si con el estómago lleno se disipaban un tanto las mías.
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