|
V
EL BARRANCO DE LOS ESPECTROS
La Leyenda de la Venganza

La columna de prisioneros iba avanzando
penosamente, azuzados sus miembros por los guardianes, que no se
mostraban reacios a la hora de golpearles para exigir que no
disminuyeran el paso. Más bien, parecían complacerse en ello.
Un sol de justicia calcinaba los doloridos cuerpos, resecando las llagas
producidas por los largos días de encierro. Alguna voz se atrevió a
solicitar un poco de agua, pero fue rápidamente acallada por un
culatazo asestado sin la menor contemplación.
Cada poco trecho, un hombre caía derrengado, estrellándose contra el
abrupto suelo cuajado de zarzas. Parecía que estaba decidido a morir
allí mismo, incapaz de hacer nada por levantarse; pero los milicianos
de la escolta se ocupaban rápidamente de ponerle en pie, golpeándole
con sus duras botas, con los cañones de los fusiles y aun arrastrándole
de los pelos, restregando su rostro por el polvo hasta que el prisionero
optaba por levantarse.
Hubo dos infelices que, a pesar del castigo, no lograron ponerse en pie.
En ambas ocasiones, los guardianes celebraron un rápido consejo entre
ellos y, una vez comprobada la imposibilidad en que se hallaban los
prisioneros de continuar la marcha, les descerrajaron sendos tiros a
quemarropa, abandonando los cuerpos al borde del camino.
- ¡Mejor para ellos! - musitó don Anselmo, que acababa de apoyar el
desnudo pie sobre un cortante guijarro - Han terminado de sufrir.
- ¡Mejor para ellos! - se dijo también Lucio, el miliciano - ¡Total,
un poco antes!
Y continuaron la marcha.
Hacía ya más de media hora que habían salido del pueblo y todavía
quedaba un buen trecho para llegar al lugar escogido por el mando. A
Lucio le fastidiaba la tardanza porque tenía cosas importantes que
hacer como, por ejemplo, volver a la escuela para ver de hacerse con la
maestra, aquella que todos decían que era la amiga del cura don
Anselmo. Lucio se preguntaba si sería cierto. No le cuadraba que aquel
hombre gordo, ya mayor, pudiera haber conseguido los favores de la
muchacha. Aunque, a saber... ¡Entre fascistas! Porque si el cura lo
era, ¡vaya con la chica!
Miró una vez más al sacerdote, que caminaba cada vez más despacio,
sangrándole los pies por cien heridas.
- Éste ya está para pocos trotes. De un momento a otro...
De repente una oscura nube ocultó el Sol. ¡Con aquello no habían
contado! ¡Mira que si le daba por llover!
- ¡Oye, tú! - le llamó uno de los compañeros, venido de lejos por lo
visto - ¿Es que en esta tierra cambia el tiempo de repente?
- Ya ves. ¡Este condenado otoño! De repente hace un Sol que te
achicharras y al momento te cae una chupa de abrigo...
Los prisioneros, extenuados, agradecieron el frescor que se empezó a
notar en el ambiente. Los guardianes, por el contrario, no podían
ocultar su malhumor. Parecía que la vuelta al pueblo iba a ser pasada
por agua.
- ¡Venga, caminad deprisa! ¡Todavía nos queda mucho para llegar! -
les gritó Lucio.
- ¿Para llegar a dónde? - preguntó don Anselmo.
El miliciano se echó a reír.
- ¿A ti que te importa, mal cura? ¡Tú camina, que ya pararás!
Don Anselmo comprendió las dos cosas que se le habían dicho. La
segunda le importó poco, porque hacía ya tiempo que conocía su
destino: el cementerio del pueblo vecino. Los milicianos les asesinarían
en él para no dejar pruebas patentes en su pueblo propio. Pero lo que
verdaderamente le escoció fue lo que le dijo en primer lugar, aquello
de "mal cura". ¡Así que no le iban a fusilar por su
ministerio sino, precisamente, por incumplirlo! Sería para echarse a reír
si no fuera porque el momento no parecía apropiado.
¡Cuántas veces se había arrepentido de aquel mal paso que diera hacía
años y que siempre temió que le echaran en cara sus superiores o sus
mismos feligreses. ! ¡Y, ahora, los que se lo reprochaban eran sus
propios enemigos, los sin Dios!
Absorto en estos pensamientos, no vio a tiempo un pedrusco oculto entre
la hierba, con el cual tropezó, cayendo de bruces y quedándose hecho
un guiñapo dolorido.
- ¡Arriba, tú! ¡Levanta! - le ordenó un miliciano.
El sacerdote intentó hacerlo, pero le fue imposible. Se había roto un
tobillo.
- ¡No puedo! - gimió - ¡No puedo!
Lucio, con otros guardianes, se acercó a él.
- ¿Qué te pasa, cura? ¿Tanto cuento le echas?
Don Anselmo lloraba, presa de la rabia. Siempre había sabido próxima
su muerte, pero ahora estaba seguro de ser fusilado allí mismo. Y tenía
miedo.
Los milicianos estaban discutiendo sobre si debían rematar al cura
sobre el terreno. Unos eran partidarios de hacerlo, pero Lucio no
compartía tal opinión.
- El cura no debe ser muerto aquí. Tiene que estar con los demás.
- Y, ¿para qué? ¿Qué más da?
Las nubes habían terminado por ocultar completamente el Sol y ya unas
ligeras gotas comenzaban a caer.
- Siempre conviene que los prisioneros tengan un cura al lado cuando se
les fusila... Para que les conforte un poco - se burló.
Seguían discutiendo. La polémica era cada vez más violenta y todos
los vigilantes estaban inmersos en ella. Los prisioneros descansaban,
como si el asunto no fuera con ellos. Solamente don Anselmo seguía con
sus lágrimas y quejidos...
De repente, uno de los cautivos, un muchacho muy joven, echó a correr
carretera adelante, intentando la huida. En su rostro se podía leer la
desesperación y sus ansias de poner tierra de por medio entre sus
captores y él.
Uno de aquellos se percató del intento y avisó al resto.
- ¡Eh, que se escapa ése!
Las voces de aviso corrieron por toda la columna.
- ¡Detente! ¡Alto o disparo!
El chico hizo caso omiso y continuó su desesperada carrera. Sabía que
su única esperanza estaba en la fuga.
- ¡Quieto! - gritó Lucio. Y, sin más, se echó el arma a la cara y
disparó.
El muchacho saltó hacia delante, impulsado por una fuerza invisible.
Nuevamente tronó el fusil y, esta vez, el fugitivo tropezó consigo
mismo, se le doblaron las piernas y cayó.
- ¡Otro que nos ha ahorrado tiempo! - exclamó un miliciano.
- ¡Y estos nos lo van a ahorrar ahora mismo! - dijo Lucio - ¡Traed a
todos los prisioneros, incluido el cura!
Entre dos hombres alzaron a don Anselmo, que se quejaba amargamente de
su pierna.
- ¿Qué quieres hacer? - le preguntó un compañero a Lucio.
- Ahí hay un pequeño barranco por el que corre un riachuelo. Les
fusilamos y que caigan abajo. ¡Ya está bien de trabajo!
- ¡Sí, que además va a llover!
Colocaron a los condenados de pie, al borde del barranco. Al cura no le
pudieron levantar.
- ¿Qué pasa, cura? ¿No eres hombre para morir de pie? ¡Pues bien que
lo eras para dormir con la maestra! Pero, no te apures, ahora te
sustituiré yo - le aseguró Lucio.
El sacerdote, ciego de ira, se olvidó de quién era, de su sagrado
ministerio y de la situación en que se hallaba.
- ¡Maldito! ¡Maldito cien veces! ¡Claro que vas a hacer lo mismo que
yo! Dentro de poco estarás aquí, en mi mismo estado. ¡Y así
estaremos juntos para siempre!
- ¡Vete al infierno!
La voz del reo sonó tremenda.
- ¡En él te estaré esperando!
La descarga retumbó sobre la tormenta que comenzaba a desatarse. Los
cuerpos rodaron en las más disparatadas posturas, cayendo al arroyo. El
cura, al estar medio tumbado, tuvo que ser empujado como un fardo.
Poco después, soportando una terrible tormenta, los verdugos volvieron
al pueblo. El trabajo había sido cumplido.
El miliciano Lucio, después de holgarse durante unos días con la
deseada maestra - a la cual mandó cortar el pelo y suministrar una
buena purga de ricino cuando se cansó de ella - marchó al frente de
Madrid, donde se distinguió por su valor en la lucha. Más tarde,
estuvo a punto de acompañar al Gobierno de la República en su traslado
a Valencia, con lo que parecía que la maldición del sacerdote no se
cumpliría, pero...
- El Alto Mando ha decidido realizar un avance de contención en la zona
de Brunete. Nuestra unidad participará en ella.
La noticia se propagó como la pólvora. Los milicianos, que se las
prometían muy felices en la retaguardia después de los duros combates
sufridos en la Casa de Campo, tuvieron que tornar a la lucha.
Y Lucio volvió a su pueblo.
La suerte de la batalla es bien conocida. El éxito inicial se trocó en
desastre y el miliciano, junto con otros compañeros, hubo de buscar la
salvación en la retirada. De esta manera llegaron al pueblo.
Allí pasaron unos días, recuperándose de sus fatigas y estudiando la
forma de reintegrarse a sus cuarteles de Madrid. Mas, una tarde, los
moros tomaron la villa.
Lucio trató de pasar desapercibido, ya que la huida le fue imposible.
Pero le detuvieron.
Acusado de haber dado muerte al párroco don Anselmo y a varios paisanos
más, entre ellos el hijo del anterior alcalde - el joven que intentó
huir - fue condenado a muerte. Las autoridades quisieron saber dónde se
hallaban los cuerpos de sus víctimas y le obligaron a confesarlo.
De esta manera, Lucio fue conducido por el mismo camino que poco tiempo
atrás recorriera con sus víctimas. La diferencia estribaba en que el
que ahora era empujado a golpes por los guardianes era él.
Salieron un mediodía, bajo un Sol tan ardiente como en aquella ocasión.
Cuando se acercaban al lugar del fusilamiento, las nubes volvieron a
oscurecer el firmamento. Lucio iba totalmente abatido, porque veía
llegar el momento que le vaticinara el cura.
- ¡Mala suerte! - pensaba - ¡El maldito ha sabido cumplir su palabra!
Estaban ya muy cerca del barranco cuando tropezó con un pedrusco. Rodó
por el suelo, gimiendo. ¡Se había destrozado la pierna! Y hasta
hubiera jurado que aquella piedra era la misma contra la que se hiriera
don Anselmo. ¡No podía ser!
- ¿No puedes levantarte? - le preguntaron.
- No... Me duele. Debo de haberme roto algo.
- ¡Qué más da! ¡Para lo que te queda. ! - exclamó uno de los
soldados.
- ¡Calla! - ordenó un compañero - ¡Dinos dónde matasteis al cura y
a los demás!
Lucio, conteniendo el dolor, observó en derredor. Se dio cuenta de que
estaban justamente al lado del barranquillo. ¡Sería casualidad!
- ¡Ahí enfrente! ¡Sí, ahí fue! - y señaló con la mano.
Los soldados se acercaron al barranco.
- ¡Hay un arroyo!
- Sí. Ahí les metimos...
- ¡Mirad, se ven restos humanos!
Todos se apiñaron, mirando hacia donde señalaba el que había hablado.
Lucio comprendió que le iban a matar. E intentó huir. Dominando sus
dolores, se puso en pie y dio unos pasos, queriendo correr, pero su
pierna se dobló.
Caído nuevamente en el suelo, no pudo evitar que sus guardianes le
cercaran.
- Conque querías escapar, ¿eh? Pero, ¿dónde ibas a ir?
- ¡Venga, subidle aquí, al mismo sitio en que asesinó a sus víctimas!
Y le levantaron en volandas, depositándole al borde de la sima.
- ¡No me matéis! - suplicó.
- ¡Qué va, hombre! ¡Si es de broma!
Los soldados le apuntaron con sus armas. Arriba, el cielo, totalmente
oscurecido, empezaba a dejar caer una fina lluvia, mientras se oían los
primeros truenos.
- ¡Maldita sea! ¡Lo mismo que entonces! - exclamó Lucio.
Antes de escuchar los tiros y sentir sus impactos, le pareció escuchar
una voz que le decía:
- ¡Sí! ¡Lo mismo que entonces!
Pero nunca pudo saber quién se lo dijo, porque ya le habían matado.
Los soldados, arropándose en sus gruesos capotes, emprendieron la
vuelta al pueblo después de haber hecho rodar su cadáver hasta el
riachuelo.
-¡Vaya con la tormenta! ¡Nadie se la esperaba! - comentó uno de
ellos.
Pero, al parecer, alguien hacía tiempo que estaba aguardando a Lucio
porque, poco tiempo después, un zagal que vivía en las cercanías
empezó a comentar que, las noches de tormenta, se veían algo así como
luces vagando por el fondo del barranco, en tanto que se podían
escuchar una especie de cánticos mezclados con alaridos.
La historia se fue corriendo de boca en boca y, se ignora por qué, el
barranquillo por el cual corre el pequeño río se empezó a conocer
como EL BARRANCO DE LOS ESPECTROS. Nunca se acercó nadie a ver qué era
lo que ocurría, pero ya se sabe que la voz del pueblo es sabia y que
cuando el río suena... Aunque aquello no pasara de ser un arroyuelo.
A capítulo IV
A Menú
A Capítulo VI |