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IV
EL PASTOR Y LA TORMENTA

- Mire usted, mi padre me lo contaba y él no era
muy amigo de historias ni de invenciones. Todavía era un crío de poco
más de diez años y, a esa edad, hay cosas que nunca se olvidan...
- Ya... Pero parece demasiado increíble, ¿no le parece?
El pastor hizo un gesto, como significando ¡vaya usted a saber! Después,
encendió parsimoniosamente el cigarrillo que le había ofrecido y exhaló
el humo despacio, mientras su mirada se perdía a lo lejos, más allá
de donde triscaban sus ovejas y correteaban sus perrillos careas.
Envuelto en su gruesa pelliza, con las facciones curtidas por los aires
y los soles de tantos años de vagar de un sitio a otro, el pastor parecía
un ser de otros tiempos, arrancado de las páginas de un ayer olvidado e
ignorado por el marasmo de la vida moderna que circulaba cerca de él
por la angosta carretera, dejando tras de sí un pestazo a aceite y
gasolina.
Nos habíamos encontrado hacía rato y le acompañé por los prados
cercanos al cámping, discurriendo de cosas inútiles y vanas pero que,
al parecer, eran las únicas que le interesaban. Llovería, haría frío,
sería un año de nieves... Y pensé que, en tiempos no tan remotos pero
que ahora parecían muy lejanos, eran las que verdaderamente interesaban
al hombre.
Ahora, con las calefacciones y el aire acondicionado, el hombre dependía
poco de las inclemencias del tiempo. Habíamos conseguido vencer a la
Naturaleza, estábamos muy por encima de todo... Pero, viendo al pastor,
aquello parecía una solemne tontería. La Humanidad, por muchos
adelantos que obtenga, siempre estará a merced de los caprichos de los
elementos, como la noche anterior me había sucedido cuando se desató
la tormenta sobre el cámping.
Yo, hombre de ciudad, siempre había creído que los relámpagos eran
lucecitas que se encendían a lo lejos y que los truenos no pasaban de
ser estampidos poco más grandes que los petardeos de una motocicleta...
Pero aquella noche, solo en el interior de la caravana, viendo
iluminarse el techo a cada instante como si fuera de día, atronado por
los terroríficos cañonazos que bajaban del cielo, había sentido que
mi ánimo se encogía, comprendiendo lo pequeños que en definitiva éramos
y admiré a los hombres de antaño, desnudos en sus selvas, inermes ante
"la ira de los dioses" y haciendo sacrificios para calmar al
rayo.
El pastor, un hombre más joven que yo pero ducho en estos avatares, se
rió de mis temores.
- ¡Para tormenta la del año pasado! Los rayos caían cada diez metros
- me pareció exagerado en su afirmación - Anoche, yo me arrebujé bien
en la manta, al refugio del aprisco y me dormí tan tranquilo.
No pude por menos de admirarle, aunque... pensándolo bien, si le pusiéramos
a él en medio de la Gran Vía o de cualquier otra arteria de una
populosa ciudad, tal vez se viese amedrentado por el caos circulatorio.
- Entonces, ¿no vio las luces? - le pregunté.
- No, anoche no. Me dormí. Pero ya le he dicho que muchas veces las he
visto. Y no siempre en noche de tormenta. No es necesario. Suelen surgir
por esta época del año, duran cinco o seis días y, luego... hasta el
otoño que viene.
- ¿Nunca se ha acercado?
Me miró como si contemplara a un loco. Estoy convencido de que en su rústico
pero vivaz cerebro se había hecho la idea de que yo no estaba bien de
la cabeza.
- ¿Acercarme? Ni los perros quieren saber nada de esas cosas. ¡Si los
viera! Al más mínimo resplandor se cobijan a mi lado o se esconden en
un rincón de la cabaña y de allí no les sacan ni a tiros. ¡Pues no
son listos ni nada estos bichos! Ellos saben que allí están las ánimas
y no quieren saber nada de ellas. Si en ese momento vinieran a robarme
las ovejas, de seguro que se las llevaban todas...
- Lo tendré muy en cuenta, por si me apetece comer cordero gratis - me
reí.
El caso era que la noche anterior, desvelado como he dicho por el fragor
de la tormenta, me levanté de la cama con ánimo de tomarme una copa y
ver si entraba en calor. Llevaba ya tres días en el cámping y todo
continuaba tan confuso como al principio, tan malditamente confuso... Ni
mis repetidas visitas a la piscina, donde pasaba horas y horas
examinando las aguas mientras intentaba poner en claro mis ideas, ni los
paseos por las solitarias avenidas, pisando el manto de las amarillentas
hojas desprendidas de los árboles, como trastos inútiles arrojados a
la basura, habían aclarado nada, en absoluto. Tampoco las charlas con
el guarda ni con los pocos empleados que todavía quedaban. Todo era en
vano.
La historia de la carta parecía ser cierta: uno de los amigos de N. había
fallecido, víctima tal vez de su inmensa afición al alcohol. También
era real la muerte del cliente policía, tiempo atrás, así como el
incendio que costó la vida a uno que era carnicero... Todo, en suma,
coincidía. Pero nada de aquello me hacía descubrir lo que había sido
de mi amigo, cuál fue el motivo de su desaparición. Como todos decían,
SE LO HABIA TRAGADO LA TIERRA. Y yo, hombre objetivo, observador de la
conducta humana, poco amigo de magias ni de fenómenos paranormales -
los cuales, para mí, siempre tenían una ligera explicación científica
- me negaba a comulgar con semejantes ruedas de molino.
Como he dicho, me tomé una copa que calentó un poco mi aterido
organismo. Después repetí la experiencia y una segunda y otra tercera
cayeron. Me sentí totalmente confortado y, entonces, hasta tuve el
valor de asomarme por la ventana a contemplar el magnífico espectáculo
de la tormenta. ¡Nada mejor que la bebida para darse valor, aunque sea
de forma pasajera!
La noche oscura se iluminaba de repente merced a los relámpagos,
dejando ver los alrededores de la caravana claramente, casi como si
estuviéramos en pleno día. Hasta mi viejo automóvil parecía más
brillante en su gastado azul de lo que era. No supe si atribuir toda
esta fantasía desorbitada de colores a la brillantez del panorama o a
la euforia que me proporcionaba el licor... Pero todo era esplendoroso,
desorbitado.
Sentí deseos de fumar y comprobé que había terminado el tabaco. En la
guantera del coche tenía más. ¡Pero cualquiera salía, con el frío
que debía hacer! Mas, como empedernido fumador, no pude soportar la
tensión de saber que tenía la ansiada droga tan cercana y, a la vez,
fuera de mi alcance. Así que me coloqué un impermeable que hallé en
el armario y me dispuse a la escapada.
Salí al avance de lona sobre cuyo techo caía pesadamente la lluvia y,
dispuesto a mojarme, abrí las cremalleras de la puerta. Una ráfaga de
aire helado me golpeó en el rostro. ¡Desde luego, si mi amigo estaba
en el fondo de la piscina, lo estaría pasando mal, por mucho que
tuviera a su lado a la hermosa Verónica.
Alejé este macabro pensamiento de mi mente y, decidido, salté al
barro, cubriendo rápidamente los pocos metros que me separaban del
coche.
A la luz de un relámpago acerté a abrir la portezuela del vehículo y
busqué en la guantera, hallando la preciada cajetilla. Cerré deprisa
el coche, me volví para iniciar la carrera hacia el refugio y,
entonces... las vi.
Eran unas luces, unos resplandores apagados, que surgían de más allá
de la verja que rodeaba el cámping. Al principio pensé que se trataba
de un incendio, pero al instante comprendí que, con semejante tromba de
agua como la que estaba cayendo, esto era totalmente imposible. ¿Se
trataría de algún vigilante con su linterna? Pero no. Las luces eran
varias, yo diría que numerosas. Además, ¿qué falta haría vigilar,
con semejante tiempo?
A través del incesante repiqueteo de la lluvia y de los truenos, se oían
unos sonidos que no supe distinguir exactamente, pero que tomé por
lamentos o ayes. ¡Cantos funerales!, me dije de repente. Y, recordando
viejas leyendas, me refugié raudo en la caravana, atrancando la puerta
con su cerrojo.
Inútil será decir que me tomé una cuarta copa e ignoro si pasé de la
quinta. Tal terror tenía metido en el cuerpo que ni siquiera el
contacto de mi veterana pistola me sirvió de consuelo. De poco habría
de valerme si me enfrentaba con la fantasma en pleno. Y para mí, en
aquellos instantes, ebrio de alcohol y de miedo, presa de una sensación
totalmente ajena a mis vivencias de hombre moderno, no existía la menor
duda de que había visto las luces del Averno.
De esta forma, tal vez medio borracho, recordando la bella y tenebrosa lírica
del MISERERE del poeta sevillano, hecho un guiñapo entre las mantas, me
quedé dormido sin darme cuenta.
La luz de un tibio Sol me despertó al cabo de las horas. Me sobresalté
al oír que me llamaban y, tímidamente, asomé por la ventana.
Por fortuna para mis nervios desquiciados, era el director del cámping,
Espinosa.
- ¿Qué tal noche ha pasado? Estas tormentas en mitad del campo no son
muy del agrado de los campistas novatos...
A punto estuve de relatarle mi trágica experiencia, pero preferí
callar.
- Bien, muy bien. Estoy acostumbrado. He pasado más de una noche como
ésta.
Estoy convencido de que no dejó de adivinar mi baladronada, pero no
hizo el menor comentario. Seguro que por dentro se reía.
Le di las gracias por su interés y procedí a asearme. Luego tomé un
copioso desayuno para vencer los efectos del alcohol que todavía hacía
estragos en mi organismo. Y salí a pasear.
En el bolsillo llevaba la pistola ya que, si bien de noche y contra lo
ignorado de poco me habría servido, a la luz del día me confortaba su
contacto.
Me acerqué a las verjas, allí donde viera las luces, las fogatas o lo
que demonios fueran - imaginé que Satanás tendría que estar de por
medio en todo aquello - y contemplé el exterior.
Al otro lado existía un pequeño barranco por cuyo estrecho fondo corría
un riachuelo. De allí, pues, fue de donde surgieron las luces ya que,
cruzado el terraplén, el terreno estaba al mismo nivel que el cámping
y hubiese permitido verlas nítidamente y observar quiénes eran sus
porteadores.
Hubiera podido trasponer la verja por una abertura que encontré, pero
ni mi agilidad ni mi volumen me lo aconsejaron. Por ello, me decidí a
salir por la puerta del recinto y dar un rodeo.
- ¿Qué, de paseo? - me preguntó Espinosa cuando pasé por su lado.
- Sí. A dar una vuelta.
- ¿Por qué no se acerca al chalet grande? Ahí vive un extraño
individuo que tal vez le pueda orientar en sus pesquisas.
Le miré atento y creí ver una sombra de guasa en su cara.
- ¿Qué pesquisas? - pregunté.
No me respondió.
- Oiga, Espinosa, me mosquean mucho las bromas estúpidas, ¿sabe?
- Perdone si le he molestado...
Dejándole con la palabra en la boca, comencé mi caminata.
Fue un poco más tarde cuando topé con el pastor y, luego de pegar la
hebra, le pregunté por las extrañas luces. El hombre se persignó rápidamente
y me contó la siguiente historia que, como ya he dicho, me pareció
inverosímil, pero que no deja de ser interesante.
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