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III
EN EL CAMPING
Difícil será contar lo que sentí mientras leía
la historia que mi amigo N. me había enviado y que, sin duda, habría
de ser verídica, conociéndole como le conocía. Sabía que siempre fue
un tipo un tanto misterioso, extravagante y amante de las aventuras
sorprendentes. Pero, ¡de ahí a imaginar que hubiera podido soñar toda
esta fantasía!
Dejé a un lado el resto del correo atrasado y me dirigí a mi lecho en
donde, relajado el cuerpo, dejé volar el pensamiento en pos de las
palabras que recordaba de tan largo documento... ¿Qué habría de
cierto en todo aquello? Y, soñando con el extraño cuento, me dormí.
A la mañana siguiente lo primero que hice fue buscar el número de teléfono
de mi amigo e intentar ponerme al habla con él.
Tras un corto repiqueteo, descolgaron el aparato al otro lado del hilo.
Conocí la voz de su mujer y me di a conocer.
- ¿Recibiste la carta que te envié? - me preguntó.
- Sí. Pero, perdonarás, estaba de viaje... - mentí, para excusarme.
- ¡Fue todo tan rápido. ! - se lamentó.
No me atrevía a inquirir más información, quizás por miedo a que me
confirmara lo que ya presentía. Por ello guardé silencio.
- ¿Qué te ha parecido la historia? - me preguntó.
- Muy bien escrita... - murmuré. Es lo único que se me ocurrió.
- ¡Tan terrible. !
Y ya estuve seguro.
- ¿Qué ha sido de él?
El sollozo atravesó la línea telefónica.
- Todavía no sabemos nada. ¡Y ya hace casi un mes!
Así pude enterarme de que mi amigo había desaparecido a la mañana
siguiente de acabar su relato, dejando por toda despedida aquel largo
mensaje dentro de un sobre dirigido a mi atención. Su coche estaba
aparcado donde siempre, no se había llevado ropa ni dinero y, por otra
parte, tampoco se le halló vivo ni muerto. En suma, se había
volatilizado, como si se lo hubiera tragado la tierra... o una piscina,
pensé, obsesionado por lo que había leído.
- ¿Dónde se encuentra ese cámping de que habla? - pregunté a la
pobre mujer.
Me lo dijo, indicándome el mejor modo de llegar hasta él.
- ¿Me confirmas que la historia que nos cuenta ocurrió tal cual?
- Sí, todo lo que dice, punto por punto, hasta la muerte de José
Vicente. El resto, como comprenderás...
Ya no lo dudé. Horas después me encontraba a las puertas del cámping.
El señor Espinosa, director de las instalaciones, me recibió
amablemente, aunque su afabilidad disminuyó en cuanto se enteró de que
era amigo de N. y que venía con la idea de quedarme unos días en la
"roulotte" de éste.
- ¿Por fin han sabido algo de su amigo? - quiso saber.
- Le iba a preguntar lo mismo...
- No. ¿Cómo íbamos a saber nosotros nada? Desde que desapareció y,
luego, su familia volvió a Madrid... Pensaba que tal vez usted tuviera
noticias suyas...
- Ya... Pues, mire, yo era su mejor amigo, a pesar de que hacía tiempo
que no nos veíamos y, seguramente por ello, me envió una carta cuyo
contenido total no hace al caso, pero en la cual menciona una extraña
historia.
Espinosa hizo un gesto de aburrimiento.
- ¡Ya salió! ¡El cuento ése de la piscina! Y si ya lo conoce, ¿qué
quiere que le diga? Es una historia burda, una invención de borrachos,
una patochada...
¡Luego el hombre reconocía que la historia descrita por mi amigo se
había comentado ampliamente entre sus huéspedes!
- Parece una mentira con demasiados creyentes para ser totalmente
incierta... - aventuré.
No podía ocultar su malhumor. Estaba poniéndose nervioso y eso era lo
que menos me interesaba. Debería contar con su amistad y apoyo, si es
que quería llevar a cabo mis indagaciones. ¡Podía hasta negarme la
permanencia en el recinto!
- Perdóneme. No quería molestarle con mis palabras...
Espinosa dio muestras de ser mucho más comprensivo de lo que yo
pensaba. Sonrió.
- Mire, quizás le parecerá mentira pero aquí no sucedió nunca lo de
esa chica. Si me apura, hasta le afirmaría que no estoy seguro de que
estuviera alguna vez en el cámping. Todo es una pura invención que ha
ido a más, como una bola de nieve, ¿entiende?
Comencé a creer que me decía la verdad o, al menos, su parte de la
misma. Él quería convencerse de sus afirmaciones, lo intuí
claramente.
- Me gustaría quedarme unos días. ¿Le importa?
- ¿Cómo iba a importarme? ¡Lo estoy deseando! En esta época del año
tengo pocos clientes.
- ¡Pues aquí tiene uno! - afirmé.
Me estrechó la mano con fuerza, noblemente, con un gesto no habitual en
los hombres poco sinceros.
- ¡Sea bienvenido! - aseguró - ¿Me permite su documentación, para
inscribirle?
Sacando mi cartera, le entregué lo que me solicitaba. Tomó nota de mi
nombre y mis datos personales.
- ¿Qué ponemos, en la ficha, como profesión?
Me quedé dubitativo. Él arqueó una ceja.
- ¿No me irá a decir algo así como investigador o.. ?
- ¡No! ¡Policía, no! ¡De veras! Si necesita rellenarlo, escriba
"contemplador de la vida..."
Se quedó mudo de asombro. Era una persona muy inteligente pero no
alcanzaba a entender el significado de mis palabras. Después se echó a
reír.
- ¿Qué es lo que contempla?
- La vida, ya le he dicho. La vida y sus imposibles.
Y, después de firmar en la ficha, me dirigí hacia la caravana de mi
amigo.
El vehículo era cómodo y espacioso. Disponía de todo lo necesario
para encontrarme a gusto, pero... a mí, el campo nunca me ha
entusiasmado. Comprendo que a la gente le guste la vida al aire libre,
pero yo he preferido siempre el contaminado asfalto. ¡Qué le vamos a
hacer!
Aquella noche, poco antes de las doce, bajé por el solitario camino con
la idea de tomar una copa en el bar si todavía estaba abierto. El aire
soplaba helado, penetrando mi grueso chaquetón. Iba bien arrebujado en
él, con las manos embutidas en los bolsillos y medio encorvado, para
tratar de evitar el frío. ¡Maldita noche! ¿Quién me mandaría estar
allí? ¡Yo y mi maldita manía de meterme en lo que no me importaba. !
- ¿Qué tomará? - me preguntó el camarero.
- Coñac - respondí.
Mientras paladeaba el licor, observé en torno. Solamente una pareja
charlaba con el encargado de la barra. La hora y el frío que se había
echado encima no aconsejaban a salir de casa. Además, como me había
dicho Espinosa, el cámping se hallaba vacío.
Me había ya percatado de que aquel recinto estaba habitado
habitualmente por personal fijo, gente que mantenía allí todo el año
sus caravanas o tiendas de campaña, utilizándolas como una vivienda de
verano o de temporada. Era lo que me había contado mi amigo N. y ahora
podía comprobarlo. También me habían dicho que algunas personas vivían
allí siempre, permanentes, pero eran las menos.
Imaginé el lugar en pleno mes de Agosto, repleto de gente, con multitud
de niños correteando de un sitio a otro y comprendí que podía ser una
forma agradable de vivir. Sobre todo para quienes amasen el campo, lo
cual, como ya he dicho, no era mi caso.
- ¡Buenas noches!
El hombre se había detenido a mi lado. Correspondí al saludo y se me
presentó como el guarda nocturno, poniéndose a mi disposición para
cuanto necesitase. Agradecí el gesto y me prometí charlar con él en
cualquier instante.
Aquella noche dormí dentro de uno de los sacos, arropado por una gruesa
manta y al calor de una estufa eléctrica. Mi coche se cubrió de una
pesada capa de escarcha. A través de una de las ventanas vi que la Luna
brillaba fría y silenciosa, allá en el cielo.
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