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Un inciso en el
presente
Como es natural, toda esta charla con Lola no
se redujo a aquella tarde noche que la abordé en la calle de
Hermosilla. La mujer, entre frase y frase, se atizaba sus cañas de
cerveza o sus vasos de vino, lo cual hizo imprescindible que para
conseguir todo este relato transcurrieran varias noches y varios
encuentros. Unos días estaba más habladora que otros y no siempre se
encontraba de humor para atenderme.
El caso es que en el bar se acostumbraron a verme con ella y lo que en
un principio pareció llamar la atención se transformó en costumbre.
Ya la camarera no se extrañaba de vernos entrar juntos ni de que nos
sentáramos ante una de las mesas ni de verme tomar notas durante largas
horas. Mientras pagásemos, ella no decía nada. Y yo me harté de tomar
cafés y tónicas mientras que Lola le pegaba a la frasca. O al grifo de
la cerveza, que viene a ser más o menos lo mismo, pero con espuma.
Yo me había enviciado con la historia de Lola, una historia por otra
parte muy frecuente. La clásica chica que empieza como aspirante a
estrella y acaba derrotada por la vida. Pero algo más me interesaba de
ella y es que aquellos lugares de que hablaba y en los años en que
ocurrió me traían cosas a la memoria.
Según ella, tenía siete años más que yo. Luego cuando yo tuve
veintitrés, ella andaba por la treintena. Y la calle Fundadores me era
bien conocida; no así los chalets de la calle de las Naciones que,
aunque fue muy frecuentada por mí para tomar copas en un bar americano
allí existente en mi juventud, entonces las casas de citas o de
lenocinio ya habían pasado a la historia unos años antes. Justamente
los que ella me llevaba, más o menos.
Yo había tenido una amiga que vivía en Fundadores y que trabajaba en
Ballesta por aquella época. No recuerdo su nombre y apenas ni su cara.
Solamente me acuerdo de que era rubia y que la primera noche que la
conocí, no sé por qué misterios del Destino, en vez de irnos, como me
dijo que solía hacer, a una de las pensiones donde habitualmente
ejercía sus funciones, me llevó a su casa. Y el piso que relataba Lola
era idéntico al que yo había conocido en mis dos o tres encuentros con
aquella dama de la noche.
Porque entonces, y esto sí que desearía aclararlo, las prostitutas que
ejercían su oficio en aquella zona de Madrid no se parecían en nada a
las que ahora veo cuando paso por la Casa de Campo o por cualquier
carretera. Ni tan siquiera las chicas del alterne de los bares son como
las de antes. En esa época, y quienes la hayan vivido habrán de darme
la razón, las putas eran "señoras putas", que te trataban
casi como a un hijo cuando eras joven, como a un amante cuando eras más
mayor y como estrictas profesionales a los que eran más maduros. Hoy en
día, las prostitutas se dedican a ello para pagarse el vicio de la
droga, mayormente. En aquel tiempo, la mayoría provenían de los
pueblos y cada cual tenía su historia más o menos truculenta. Desde
muchachas empujadas a la calle por haberse quedado embarazadas,
expulsadas del hogar por sus mismos padres, que ésas eran la mayoría,
a mujeres sacadas de su entorno social por los avatares de la guerra
civil. Desplazadas de pueblo en pueblo, recalaban para servir en Madrid
y en otras capitales y al cabo del tiempo, desengañadas por algún
novio más que avispado, se daban cuenta de que se trabajaba menos y se
ganaba más acostándose con un hombre que fregando escaleras.
No es mi intención hacer apología de las prostitutas, ni siquiera de
las de entonces, ya que el trabajo honrado siempre ha existido y muchas
mujeres en apuros económicos lo han practicado sin necesidad de
dedicarse a la prostitución, pero sí deseo romper una lanza en honor
de aquellas mujeres que, con más cariño del que se piensa y por unas
monedas o billetes que tampoco eran tantos, desfogaron a una inmensa
mayoría de españolitos que sufrían en sus jóvenes carnes la
represión moral que convertía a sus novias en poco menos que en la
mismísima Virgen Bendita, pura e intocable.
Hoy en día, los tiempos han cambiado y el joven que se va de putas ya
es por vicio o por manía, porque tiene normalmente al alcance de sus
manos a chicas de familias muy honradas y que no ponen reparos a la
coyunda cuando no son ellas mismas las que la solicitan. Pero en los
años que yo hablo, los célebres sesenta, es bien sabido que no era
así.
Por ello, y teniendo en cuenta la labor más o menos benefactora que
cumplieron en aquellos días, yo prefiero llamarlas "damas de la
noche" en vez de prostitutas, o putas hablando en plata, aunque
también ejercieran sus trabajos de día muchas veces.
Dicho esto, para aclaración de propios y extraños, recordé a aquella
mujer que, teniendo yo unos veintiséis años y ella pasando de los
treinta, se hizo buena amiga mía y hasta me propuso marchar con ella a
"hacer las Américas", cosa para lo que tenía dinero
ahorrado. Su proyecto era montar allí, en algún país del Caribe, un
local de alterne y huir de este Madrid que le agobiaba. Yo,
naturalmente, no quise hipotecar mi vida en manos de una mujer de esa
clase, por mucho que respetara la categoría de persona que demostraba,
y me negué a secundar su proyecto. No crean que no me he arrepentido
luego veces, ya que hubiera vivido del cuento sin necesidad de escribir;
pero, en aquellos años, el papel de proxeneta, por llamarle de forma
más correcta y fina que la de chulo, no me iba. Mi ambición por
alcanzar la fama con mis escritos era más atractiva. Y ahora, que tal
vez pudiera verme atraído por la aventura, ya no tengo yo edad para
esos trotes. Ni oportunidades a mi alcance, eso está claro.
Pensar en que aquella mujer que yo conocí y por la que sentí cierto
cariño, dentro de comprender la distancia que nos separaba socialmente,
pudiera tratarse de Lola se me hacía imposible. Rubia de bote sí
podía haber sido y, sinceramente, no lo recuerdo, pero cualquiera otra
semejanza entre ambas era soñar una locura. La dama que yo conocí era
limpia y aseada y siempre llevaba buen perfume; cosa que, por cierto, me
obligaba a pasar por la ducha y restregarme bien con estropajo antes de
volver a casa, para disipar su aroma. Su manera de hablar y sus gestos
eran los de una diosa del amor, siempre dispuesta a complacerme a la
menor sugerencia. Y sus vestidos eran elegantes, aunque no llamaban la
atención por su atrevimiento. Además, para terminar de disipar mis
dudas, años más tarde de dejar de frecuentar su compañía, pasé a
tomar una copa por uno de aquellos locales, justamente donde nos
habíamos conocido, y me hallé conque ella era la dueña del mismo y
tenía por novio a un sujeto con buen aspecto aunque de rasgos un tanto
rufianescos. Nos saludamos, me dio un beso y me le presentó. El tipo se
limitó a darme la mano y a murmurar un buenas noches. Al final, el
sueño de mi amiga no se había cumplido. Tenía un local, sí, de su
propiedad, pero no en América sino en este Madrid que ella decía odiar
tanto. Nunca más volví a verla y es que no regresé por aquellos
lugares porque ya el ambiente lo noté cambiado. El comercio de la droga
comenzaba su andadura por aquellas calles y con él todo el peligro que
conllevan sus traficantes. No era un ambiente muy saludable para echar
un trago y cambié de sitio para hacerlo.
Teniendo en cuenta aquellos recuerdos, la posibilidad de que mi antigua
amante y Lola fueran la misma persona perdió visos de realidad. Pero de
que ambas se habían movido en el mismo ambiente, de aquello no cabía
la menor duda.
Miré una vez más a lo que quedaba de lo que un día fuera una
hermosura de mujer, según afirmaba ella misma, pedí otro café a la
camarera y, tomando mi libreta de notas y aprestándome a escribir de
nuevo, salí de aquel falso ensueño en que me había sumergido por unos
instantes.
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