Buscándose la vida

Habían pasado los meses y en junio Loli estaba plenamente restablecida. ¿Qué había ocurrido cuando todo, aparentemente, venía bien? Ni el médico se lo supo explicar o quizás es que ella no lo supo entender. Al parecer, el bebé había fallecido días antes y aquello es lo que originó el dolor y las molestias que había padecido aquella mañana del Notario. El cuerpo vivo estaba reclamando que aquello muerto fuera expulsado y, realmente, si no llegan a intervenirla tan deprisa, la cosa hubiera podido llegar a complicarse seriamente para su vida.
Moralmente, la muchacha padeció lo suyo. Verse privada de la existencia de aquel hijo al cual, aunque no deseado, sí le había tomado ya cariño, le hizo encontrarse más sola que nunca en su vida. Ni las palabras de Esteban indicándole que casi era lo mejor que podía haberle pasado con vistas a su futuro ni el consuelo que fue a darle su padre bastaron para calmarla. Ella había concebido un hijo y, tras de varios meses aguardando su nacimiento, de repente se veía sin él. Cierto que era muy joven todavía y que podría tener, afortunadamente, los que quisiera ya que ningún órgano había sido dañado por el mal parto, o eso le dijeron, pero era como si la hubiesen arrancado algo que ya formaba parte de ella, como si la hubieran quitado media vida.
- Loli, mujer, no debes continuar así. Levanta ese ánimo. -. Le decía Esteban. -. Al fin y al cabo tú no deseabas un hijo de don Arturo, fuese o no fuese de él; pero como tal hubiera pasado.
- Era mi hijo, Esteban. Quien fuese el padre no importa... ¡Pero era mío! Se puede decir que era lo único que iba a tener realmente mío hasta ahora.
- Ya lo sé, mi amor. Pero a veces ocurren estas cosas y no sabemos si serán para mal o para bien. El caso es que tienes que rehacer tu vida. Ahora que ya estás en tu nueva casa, algo tienes que pensar para seguir viviendo.
Efectivamente. En cuanto se repuso ligeramente, lo primero que había hecho había sido mudarse al nuevo piso, aquél que había soñado para su hijito y que éste no llegó a conocer. Aquello la entristecía profundamente.
El piso, como ya había podido comprobar antes de la compra, era coqueto y muy acogedor. Disponía de un gran dormitorio, un magnífico salón, un cuarto de baño completo, reducido de espacio pero lo suficientemente cómodo, y de una habitación pequeña en la cual había pensado meter dos camas. Aparte, tenía una cocina amplia y limpia con todos los elementos necesarios existentes en la época. El salón y su dormitorio daban a la mencionada calle de Fundadores y eran ampliamente luminosos a primera hora de la tarde. El resto de las piezas eran interiores y daban a un patio de luces. Al ser un primero, la claridad en ellas era escasa, pero era cosa que no le importaba mucho porque, de momento, no tendría quien las habitase y en la cocina había unos enormes tubos fluorescentes que permitían ver correctamente.
Estaba a gusto. Su casa era confortable y, sobre todo, lo mejor es que era suya. Ya no tendría que depender de nadie y había conseguido el sueño de su vida: Salir del cuartucho de la calle Provisiones y encontrarse con un piso para ella sola.
Poco a poco fue bajando a la calle, según se encontraba mejor. Mientras, Esteban había hecho ir a la criada de que dispuso en su antigua residencia y que era quien había ejercido las funciones de ama de casa mientras su recuperación.
El barrio era más o menos el mismo. Más ruidoso si cabe, ya que la calle de las Naciones estaba más recoleta mientras aquella daba a toda una avenida surcada por un inmenso tráfico. Inmenso para la época, que ya es decir, cuando en Madrid había pocos coches. Años más tarde sería una arteria principal de la capital.
Cercana, a escasos metros, se encontraba la plaza de Manuel Becerra, atravesada por la calle de Alcalá. Bajando, se iba derecho a la Plaza de Las Ventas y subiendo, hacia la zona del Retiro y la Puerta de Alcalá y Cibeles. Enfrente de su ventanal principal se encontraba la Casa de la Moneda y a sus espaldas un parque de bomberos. Era un buen sitio.
De la vecindad nada pudo decir por el momento, hasta que empezó a salir. Se cruzó con algunos vecinos y comprobó lo que le había dicho Esteban: Había mujeres de mediana edad a las que no se les notaba lo que habían sido pero sí se adivinaba a poco que una experta se fijase. Pero todas ellas mantenían un comportamiento que nadie que no fuera muy observador podría considerar dudoso.
El resto de la vecindad que conoció eran gentes mayores. Había pocos niños, o al menos ella no los vio, en el edificio. Solamente se escuchaba el llanto de uno por las noches. Loli pensaba en cómo habría llorado el suyo si hubiera vivido. Y con ese triste pensamiento y a pesar de los lloros solía quedarse dormida.
- ¡Espabila, chica, espabila! No puedes seguir viviendo en la inopia. -. Le decía Esteban. Y ella, aún reconociéndolo, no tenía ganas de hacer nada. Tenía dinero suficiente para vivir mucho tiempo, pensaba, y primero tenía que restablecerse del todo.
- Loli... La juventud es muy bonita pero las oportunidades se pasan. Hace unos meses, tú eras una vedette más o menos conocida. Cuanto más tiempo dejes pasar sin volver a las tablas, más difícil te va a ser hacerlo.
Y ella tenía que darle la razón. Pero había tiempo...
Por fin, una mañana, al despertar, decidió que ya estaba bien de tanto dengue y tanta dejadez. La vida continuaba y ella ya había descansado bastante. Así se lo comunicó telefónicamente a Esteban:
- Ya me encuentro bien. Quiero volver a trabajar.
- ¡Estupendo! ¿Y qué piensas hacer y cómo?
- Pues, mira... De momento, como has dicho: Comiendo contigo. Te invito y me aconsejas. ¿Estás de acuerdo?
- ¡Claro, mujer! A las dos y media te paso a recoger. Ya veremos dónde vamos.
Contenta y animada se dispuso a darse una ducha. Cuando se contempló desnuda en el espejo del baño advirtió que su cuerpo había vuelto a ser aquél de antes del embarazo, bello y atrayente. Incluso, pensó y comprobó palpándose el pecho, estaba de mejor ver.
Con esta feliz idea se acicaló convenientemente mientras llegaba la hora de la cita.
Cuando llegó la hora, bajó al portal y aguardó a ver el coche de su amigo. No tardó mucho en llegar y entonces salió a la calle y subió a él.
- ¿Dónde te apetece comer, cariño? -. Le preguntó Esteban tras el beso de rigor.
- Donde no me cueste demasiado caro. Piensa que no tengo empleo todavía y que tuve que pagar a un perillán de abogado que, aunque me hizo las cosas muy bien, también me cobró lo suyo.
- ¿Eso va con segundas? -. Rió él.
- O con terceras, como mejor te cuadre. Lo cierto es que te pasaste un pelo.
- Ya te advertí que yo era caro... -. Se excusó el hombre.
- Y yo a ti que yo lo sería más... -. Amenazó ella.
Riéndose, puso en marcha el coche y vio cómo podía salir mejor a la calle de Alcalá, con idea de dirigirse hacia Cibeles. Un rato después estaban sentados ante una mesa del célebre Club 21.
- No te preocupes. Esto es de lo más caro que hay, pero hoy pago yo. - . Le dijo el hombre.
- No creas que no lo sé. He venido dos veces con don Arturo aquí.
- ¡Vaya con el viejo! Sabía cuidarse, por lo visto.
- No lo dudes. Y en todos los sentidos.
Su sonrisa prometedora enardeció al abogado.
Más acostumbrado a los menús del restaurante, Esteban encargó los mismos. Mientras esperaban, comenzaron a hablar.
- ¿Qué se te ha pasado por la cabeza, a ver?
- ¿Tú conocías a los socios y amigos de don Arturo? -. Le preguntó ella.
- Pues no. Yo me muevo en otros ambientes. Lo cierto es que el cabaret no es mi mundo aunque con alguna frecuencia vaya a alguno de ellos. Pero no conozco a nadie que te pudiera echar una mano.
- Como parecías conocer muy bien el ambiente del puterío... Lo digo por lo que me dijiste de la calle de la Ballesta.
Esteban, medio atragantándose por el lenguaje directo de Loli, tosió.
- ¡Mujer! El que sepa que existen esos sitios y alguna vez haya estado en ellos no implica necesariamente que todas las noches me pida el cuerpo jota. A veces tengo que salir con algún cliente y sí vamos por allí, pero no soy un asiduo de tales aventuras.
- ¡Ah! Había pensado que estabas más relacionado, tal y cómo lo dijiste.
- Además, el que yo conozca o deje de conocer a algunas putas y su ambiente, ¿qué tiene que ver contigo?
- El ambiente del alterne y ése del que hablas están muy ligados. Y en las salas de fiestas hay alterne. Todo tiene algo que ver...
- Tal vez, pero no es el caso entonces.
- Pues iré a ver a alguno de los amigos de don Arturo. ¿Me acompañarás si lo hago?
- ¿En calidad de qué? -. Quiso saber él.
Loli se le quedó mirando. Ya habían pasado los tiempos en que confiara en un hombre como una tonta y aunque Esteban no le había dado motivos para dudar de él, quiso dejar las cosas bien claras desde un principio.
- De momento, como mi abogado y mi asesor. Luego... Ya veremos.
- Sinceramente, Loli, prefiero acompañarte como amigo tuyo. Mi labor profesional debe estar muy al margen de esos mundillos. Si necesitas un consejo, yo te lo daré de buen grado. Y si hay que hacer un contrato, lo tendrás al punto. Pero no quiero que nadie pueda pensar que soy tu "protector" o tu representante. Y mucho menos, eso está claro, tu chulo.
- ¿Y a don Arturo no le importaba eso?
- Mira, deja ya en paz a don Arturo. Lo que le importase o no a él, a mí no me incumbe. Él era poderoso y yo todavía tengo que abrirme camino. Mi mundo no es el mismo que el suyo ni sus amistades las mías. A mí me gustas tú y deseo ayudarte, siempre que eso no ponga en juego mi carrera ni mi vida personal.
- ¿Te refieres a tu familia?
- Naturalmente. A mi familia y, sobre todo, a mi fama como abogado de buen hacer. Yo no intervengo en negocios oscuros.
Loli se rió de buena gana. Él se puso colorado.
- Lo de don Arturo fue la excepción que confirma la regla... -. Se justificó.
- ¿No habíamos quedado en que no íbamos a hablar más de él? Pues tú has sido el primero en mencionarle. Además, tú no sabías a qué podía yo referirme...
- ¡Ni que yo fuera tonto, hija mía! Te referías a eso claramente. Lo que no sabes es que yo llevo asuntos de Vicente de otra índole y no pude negarme a echarle una mano en tu caso. Y la verdad es que me alegro de haberlo hecho. Así has salido beneficiada.
- Por cierto, que no me has dicho lo que dijo cuando le contases que su hermanito había nacido muerto... -. Preguntó ella, curiosa.
La carcajada de Esteban sorprendió a los silenciosos comensales del local. Normalmente no se solían hacer manifestaciones tan estentóreas.
- Fue como si le hubiesen sacado los duros del alma, te lo aseguro.
Y los dos rieron, esta vez más moderadamente. Luego, a Loli se le borró la sonrisa de la boca y una niebla de pesar cruzó por su mente.
- Tranquila. -. Se apresuró a decirle Esteban. -. Lamento mucho que la muerte de tu hijo nos sirva ahora de motivo de risa, o nos dé pie a ello, mejor dicho. Pero es que verdaderamente fue cómico verle renegando de su mala suerte.
- Ya lo imagino. No te preocupes. También yo me he reído por lo mismo. La lástima es que haya sido a costa de mi hijo. Pero, al menos, de algo sirvió que falleciese. Así no todo será pena al recordarle.
- Llevas razón. Eres un encanto.
Y quedaron en que aquella noche irían a visitar uno de los clubes donde ella ya había actuado, con buen éxito por cierto.
La visita dio mejores resultados de los esperados. El encargado del local recordaba bien a la pequeña Loli, - "la Espejitos" la llamó -, y sabía quién había sido "su padrino". Lamentó la muerte de aquél y le dijo a la muchacha que podía contar con él. Claro que sus emolumentos ya no serían los mismos, remachó varias veces, pero que si quería empezar a actuar, si es que estaba en forma, podría hacerlo la semana próxima. A Esteban le miró como pensando que qué pronto había sido sustituido el difunto, pero él se ocupó de aclarar las cosas:
- Soy el abogado de la familia de don Arturo, en especial de su hijo. Y tenemos interés en que esta señorita continúe la carrera que tan brillantemente comenzó con él.
El encargado se lo creyó a medias o fingió hacerlo.
La cifra a cobrar por Loli sería de dos mil pesetas por noche, teniendo, eso sí que lo dejó claro el hombre, que ocuparse de alternar con los clientes entre cada una de sus actuaciones, que serían tres por noche. Llevaría comisión sobre el descorche y estaría a disposición de la Dirección del local.
Esto último no lo entendió muy bien ella.
- Luego te lo explico, no te apures. -. Le dijo Esteban.
Y se despidieron del encargado hasta el lunes siguiente.
- ¿Qué ha querido decir con eso de "a disposición de la Dirección del local"? ¿Es que piensan que van a acostarse todos conmigo? -. Le preguntó cuando estuvieron en la calle.
- No, mujer. Significa, ni más ni menos, que vas a ejercer una función parecida a lo que hacías con don Arturo. Si hay unos clientes "muy especiales", tú y alguna otra de las vedettes tendréis que atenderles. No dejan ese tipo de personas para las vulgares chicas de alterne.
- O sea, de puta pero mejor pagada, ¿no?
- Tú misma dijiste que este ambiente tenía que ver mucho con el del puterío. Ya sabías a lo que te exponías.
Y Loli tuvo que darle la razón.
Hicieron un par de visitas más a sendos locales donde ella había actuado. En uno le contestaron más o menos que muerto el perro se acabó la rabia; o sea, que trabajó allí gracias a don Arturo. En el otro se limitaron a tomar nota de su teléfono y le dijeron que la llamarían si quedaba una vacante, que por ahora tenían el elenco artístico al completo.
- ¡Palabras..!
- Piensa que, te guste o no, don Arturo fue tu caballo blanco. No estando él, hay cientos de chicas como tú, con más o menos talento, pero todas buscan lo mismo: Triunfar. Y cuando sobran candidatas, hay que tener un buen padrino. Y, desgraciadamente, yo no lo soy para ti.
- Pienso que eres algo mejor que eso. Eres un amigo. Un verdadero amigo.
Y aquella noche "estrenaron" el piso de la calle Fundadores.
Como amante, Esteban era encantador. Pero estaba claro que él no estaba interesado en su carrera como artista. Vivía en otro ambiente y sus clientes eran de muy distinta clase. Si le había echado una mano en todos aquellos trances era, simplemente, porque se veía obligado a ello por la circunstancia de haber intervenido en su litigio con Vicente. Si acaso, pudiérase decir que estaba un poco enamorado de ella o, al menos, que le gustaba. Pero que no iba a adquirir ningún compromiso por ella estaba claro. Y que de regalos y prebendas, nada de nada. Aquel hombre no necesitaba pagar o mantener a una mujer para tener las que quisiera. Don Arturo había sido, en efecto, su caballo blanco. Y había tenido la mala suerte de que se hubiera matado con el coche, quizás por culpa de ella misma y de la rabia que los celos le habían provocado.
Estaba visto que los buenos tiempos habían pasado y que a partir de aquel instante tendría que valerse de todos los medios a su alcance para abrirse camino. Todo menos volver a la calle Provisiones derrotada. Aunque tuviera que hacer de la más puta entre todas las putas.
Aquel fin de semana visitó a sus padres y le dijo a Manuel que empezaba a trabajar de nuevo. Éste la miró detenidamente y solamente le dijo:
- Tú sabrás lo que haces, pero me da la impresión de que esta vez las cosas no te van a resultar tan fáciles. Te falta quien te ayude y te va a ser más difícil. ¡Ojalá que encontrases un buen hombre que te apartara de todo ello!
- El hombre que podría hacerlo ya tiene su vida, padre.
- Pues entonces, apártate de él y no se la destroces. Tú has elegido tu camino y debes continuarlo, pero no metas en él a nadie que no lo desee. Y menos destrozar un matrimonio. Eso sería lo más triste de todo.
- Eso no la haré nunca. Se lo aseguro a usted.
- A ver si es cierto, hija, a ver si es cierto...
Y su madre, que estaba sentada a la mesa, sonrió estúpidamente, como asintiendo. Los efectos del alcohol ya se percibían claramente en aquella mirada de estúpida que reflejaba.
El domingo por la noche, Esteban le trajo el contrato firmado por el encargado del club para que lo firmase ella misma. Le dijo que si se quedaba a cenar y le respondió que no, que tenía que entregarlo y después tenía una gestión qué hacer.
Loli supo que acababa de perderle para siempre y se despidió de él con un beso junto con el que se le escapó una lágrima.
- ¿Por qué lloras, chiquilla?
- Por nada, te lo aseguro. Las mujeres, que a veces somos así de raras.
Él comprendió a pesar de todo y, dándole un azotito en el trasero, le dijo:
- Sabes muy bien que siempre puedes contar conmigo.
- Gracias, Esteban. Lo tendré muy en cuenta. Has sido muy bueno. Te recordaré siempre.
Le dio un beso y el abogado salió para la calle. Pocas veces habrían de verse ya y cuando lo hicieron apenas si pasaron de dirigirse un ligero saludo.
El lunes por la noche, Lola Espejos volvió a figurar en los carteles, ya con letras de menor tamaño pero todavía entre las mejores. Estaba a punto de cumplir veintitrés años.


 

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