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El arreglo
No le salieron del todo mal las cosas a Loli
con el acuerdo que le propuso el abogado. Tal y cómo estaba todo de
enredado, sin defensa posible para una verdad u otra, lo cierto es que
prefirió aceptar lo que le ofrecieron que meterse en pleitos. Un
millón de pesetas fue la cantidad pactada, a pesar de que la primera
oferta era mucho menor. Pero ella supo hacer valer sus derechos y
también comprendió que el hombre estaba dispuesto a subir, que tampoco
deseaba líos. Así que, sin demasiados regateos, ésa fue la cifra que
acordaron. Un millón de pesetas y dejaría libre la casa en el plazo de
tres meses. A cambio, la familia se comprometía a seguirle prestando
ayuda en el terreno artístico, en el sentido de no cerrarle las puertas
que sabía que don Arturo le hubiese cerrado en caso de haber vivido.
Teniendo esto en cuenta, a la muchacha le pareció una buena oferta. Era
consciente de que si se ponía exigente, la cuerda se podía romper por
el extremo más flojo y ella sabía muy bien que éste siempre sería el
suyo. A la familia del muerto le sobraban tiempo, dinero e influencias
para convencer a cualquier magistrado de que todo era una patraña y
aunque no hizo mucho caso de aquellas amenazas del médico en cuanto a
los nuevos descubrimientos sí que sopesó este punto. Ellos tenían
mucho que perder y no estarían dispuestos a perderlo tontamente. Antes
recurrirían a cualquier extremo que podía hasta imaginarse. No era tan
difícil librarse de una persona molesta y menos cuando ésta tenía que
vivir en un ambiente sórdido como es el de la noche. Loli sabía que
Vicente era un hombre de carácter mucho más débil de lo que quería
aparentar y estos siempre son los más peligrosos y amigos de urdir las
más inmundas tretas porque suelen dejarse arrastrar por sus arrebatos.
En cambio, su abogado, que era un hombre duro y sin miramientos, era
mucho más asequible a la hora de negociar. Él sí conocía los puntos
débiles de su defensa y prefirió llegar a un acuerdo que no
perjudicase mucho a ninguna de las dos partes. Conocía que, puestos a
pleitear, por muchas pruebas que aportasen, el buen nombre del padre de
sus clientes siempre quedaría en entredicho. Al fin y al cabo, una
mujer sola y con un hijo recién nacido siempre sería escuchada y
merecería lástima en un Tribunal. Tampoco la vida conocida de don
Arturo era tan ejemplar como su hijo afirmaba. Y de la desconocida,
mejor era ni pensarlo. Así que sopesó todos los extremos y del medio
millón que en principio había propuesto pasó sin vacilaciones al
millón que le planteó Loli. Y más que hubiese estado dispuesto a dar,
seguramente. Pero esto ya se lo guardó para sí mismo, aunque los dos,
la chica y él mismo, lo sabían.
La entrega del dinero se efectuó en el transcurso de una comida entre
ambos, en un restaurante de los mejores de Madrid, y mediante dinero en
efectivo. Él deslizó un abultado sobre por debajo de la mesa entre las
manos de la muchacha que se apresuró a tomarlo y a esconderlo en su
bolso.
- Si quiere, puede ir al baño y contarlo, señorita Loli. -. Le
advirtió.
- No es necesario. Usted es un caballero y un hombre sensato. No creo
que se manchase por unos miles de pesetas.
- Gracias por esas palabras. Y lamento sinceramente que nos hayamos
tenido que conocer en esta situación. Me hubiera gustado que hubiera
sido en otra más agradable. He tenido que interpretar el papel de malo
y eso no me agrada.
- Usted ha cumplido con su deber, querido. Si sus clientes le pagan
tiene que defenderlos aunque sea en contra de su voluntad y haciendo lo
que no le guste. Así que no se preocupe, que por mi parte no hay
ningún rencor. Y eso de conocernos de otra forma más agradable, queda
enteramente en sus manos... -. Insinuó.
Era un hombre joven, de unos treinta y ocho o cuarenta años, de aspecto
agradable y simpático. Todo lo que tuvo de frío y severo durante su
actuación en la reunión lo estaba teniendo de amable en este caso.
Sonriendo, dijo: - Gracias por esas palabras. -. Y estrechó
acariciadoramente la mano de Loli.
Aquella misma noche ya fueron amantes.
Cuando se despertaron en el chalet de Loli y mientras tomaban el
desayuno, él le dijo:
- La verdad es que eres maravillosa. Aún en el estado en que te
encuentras, eres perfecta. No me extraña que el viejo perdiera la
cabeza por ti...
- Gracias, Esteban. -. Éste era el nombre del abogado. -. La cabeza
siempre la tuvo bien fría ese canalla. Bien que supo hacerse con mi
dinero.
- Realmente, fue una mala jugarreta. Pero tú comprenderás que yo no
podía reconocerlo.
Ella le acarició el mentón y sonrió.
- Eso ya lo sé, querido. Y te agradezco mucho que convencieses al
papanatas del hijo de que lo mejor para todos era llegar a un acuerdo.
- No hice más de lo que debía. Además, él estaba lo suficientemente
acojonado como para seguir ciegamente mis consejos. Nos metiste bien a
todos el miedo en el cuerpo con tu actitud decidida. Eres una mujer muy
valiente.
- Y tú un hombre de una vez. Me gusta que seamos amigos.
- A mí también. Rivales como tú, mejor cuanto más lejos los tenga.
Sabes lo que quieres y cómo conseguirlo. Jugaste bien tus cartas y
preferiste retirarte a tiempo con las ganancias obtenidas que no
continuar una lucha que no sé cómo hubiera terminado.
- Yo sí que me lo imagino. Sé que en eso tú no hubieras tomado parte,
porque eres un caballero, pero Vicente hubiera sido capaz de hacer que
me quitaran de en medio del modo que fuese.
Esteban asintió. Estaba de acuerdo con las palabras de la muchacha.
- De veras que sabes el terreno que pisas. Eres muy inteligente.
Apuró su taza de café y encendió un cigarrillo. No hizo intención de
ofrecerle a Loli porque ella misma le había dicho la noche anterior que
ya ni bebía ni fumaba, próxima como estaba la fecha del parto.
- Bueno, Loli, y ahora que tienes dinero de verdad y no como antes que
no sabías ni dónde ni en qué lo tenías invertido, ¿qué piensas
hacer? Tienes muchas oportunidades...
- De momento, tener a mi hijo. Eso es lo primordial en estos instantes.
Y luego, seguro que no lo invertiré en la Bolsa, no sea que se repita
la jugada...
Ambos rieron de buena gana.
- Lo de la Bolsa fue una excusa. Se pueden hacer inversiones buenas y
seguras. Lo que ocurrió es que don Arturo se pasó de listo y quiso
especular donde no debía ya que el dinero no era suyo y, al fin y al
cabo, la que corría el riesgo eras tú. Estoy convencido de que si
hubiera obtenido los beneficios esperados tú no te habrías ni
enterado. Y las pérdidas no tenían por qué afectarle al no salir él
directamente perjudicado.
- Lo que me sorprende es esa patraña del médico. ¿Cómo pudo asegurar
que era impotente?
- Pues de eso sí que te juro que me tenía convencido hasta a mí
mismo. El doctor es el médico de la familia desde hace muchísimos
años. De hecho, ha visto nacer a todos los hijos de don Arturo y le
trataba a él de todas sus afecciones. Y sí es cierto que, por lo
visto, hace años contrajo una enfermedad venérea que le afectó
sensiblemente.
- ¡No, si cuando yo dije que era un angelito..!
Esteban soltó una carcajada.
- El sujeto era de cuidado, eso ya lo sé yo. Pero tenía que dejarle
bien, ¿qué quieres que te diga?
- Ya lo sé, no te preocupes. ¿Y entonces es que pudo recuperarse de su
dolencia?
- Pues... Con ese cuerpo que tú tienes, es muy posible que puedas curar
a cualquiera, no lo sé.
Y nuevamente volvieron a reír.
- Hablando seriamente, Loli, ¿qué ideas tienes de hacer?
- Una vez que nazca el niño y cuando ya pueda estar más o menos libre,
quisiera volver a mis actuaciones. Si una vez conseguí triunfar y mi
ausencia no se ha debido a ningún fracaso sino a las circunstancias, no
veo razón para que no me vaya bien de nuevo.
- Ya no contarás con el apoyo de tu protector... -. Advirtió él.
- Antes de conocerle ya actuaba. Claro que no de la misma manera.
- Imagino que habrás tenido que transigir por muchas cosas, ¿no?
- Más de las que tú piensas, pero nunca me ha faltado trabajo. Los
hombres, en eso sois como niños. Una sonrisa, un cuerpo bonito y una
promesa encubierta y perdéis la cabeza. Parecéis tontos...
- ¡Mujer! ¡Gracias por la parte que me toca, no te fastidia! -.
Esteban rió ante las palabras de Loli y aprovechó la ocasión para
acariciarle la mejilla. -. Nos has puesto a parir en un momento.
- Es que es la verdad. No sabes tú cómo se vuelve de loco un tío en
cuanto ve un trozo de muslo bien prieto.
- Sí, sí lo sé. Hay quienes se trastornan y ya pierden la conciencia
de lo que hacen. Olvidan que son profesionales y se dejan deslumbrar,
contratando lo que sea con tal de satisfacer un impulso. Yo no soy de
esos. Y bien que me gustas, preciosa.
- Por eso accedí a tratar directamente contigo, cariño. Que luego haya
sucedido lo que ha sucedido no tiene nada que ver...
Y Loli se fundió en un beso con él.
Tras de esta charla, Esteban se tuvo que ir a su bufete y ella se quedó
sentada en un silloncito que dominaba la angosta calle. Poca gente
había a aquellas horas. El negocio que predominaba allí era más bien
de horarios vespertinos y nocturnos. La gente, por la mañana no
acostumbra a irse a echar una cana al aire, aunque nunca faltase más de
uno que lo hacía. Pero en aquellos instantes la tranquilidad reinaba en
el ambiente.
Loli dejó correr su imaginación. Si se iba de aquel sitio, tal y como
había acordado, tenía dos opciones: O irse a vivir con sus padres o
vivir ella sola. Y para eso, teniendo dinero como lo tenía, lo mejor
que podía hacer era invertir parte de él en un piso. Lo de vivir de
alquiler, como era costumbre en aquellos tiempos, se estaba pasando de
moda. Ahora la gente se compraba sus casas. Si ella disponía de un
dinero que le permitía hacerlo, era lo que debía de hacer. Así
tendría siempre un sitio suyo, donde podría hacer lo que quisiera sin
tener que darle cuentas a nadie. Y sabía, por lo que le habían dicho
unos y otros, que las viviendas se revalorizaban. Además, no tenía por
qué meter todo el dinero en ella. Tenía de sobra para adquirirla y
vivir con el resto una temporada mientras comenzaba a trabajar, que
tampoco sería mucho tiempo.
Mientras tanto, se ocuparía de que a sus padres no les faltara lo
indispensable. Aunque Manuel se bastaba para llevar la casa por sí
mismo. Pero ella no deseaba que la situación de deterioro continuo
siguiese manteniéndose mucho tiempo. Iba a terminar con los nervios de
su padre. Y su hermano no se vería obligado a tomar aquella decisión
que le había dicho y que tampoco a ella, como al padre, le gustaba.
- Es preferible que estudie. Si no vale para hacer una carrera, que
aprenda un buen oficio. Pero necesita algo que le aparte de aquel
ambiente. -. Se dijo.
Y pensando en éstas y en otras cosas se le fue transcurriendo la
mañana. En el cofre del dinero y las alhajas ya descansaba el millón
de pesetas que había conseguido. Aquello sí era dinero y tenía que
saber utilizarlo.
- De momento, he ganado un buen amigo. Este Esteban es un hombre que,
aparte de ser un formidable amante, puede serme muy útil. Tiene
relaciones, sabe enfocar los asuntos y habla muy objetivamente. Siempre
será bueno tenerle como aliado.
Y es que Loli ya iba aprendiendo, a fuerza de palos, que en esta vida
hay que estar al amparo de los poderosos si quieres que las cosas rueden
como uno desea.
Durante los siguientes días, volvió a ver a Esteban algunas veces.
Pero ya se encontraba demasiado pesada como para hacer el amor y
prefería hablar con él y pasar el rato contándole sus proyectos. El
abogado la escuchaba complacido y estuvo de acuerdo en lo de la compra
del piso. Le auguró que sería la mejor inversión que podría hacer.
- Madrid cada día crece más y, dentro de nada, será una gran capital
europea. El día que llegue lo que tiene que llegar y entremos de verdad
en Europa, vas a ver cómo sube el valor del suelo.
- ¿Y qué es lo que tiene que llegar? -. Preguntó, extrañada, Loli.
- Cuando se muera Franco, mujer. Cuando se muera Franco y se venga abajo
el Régimen. Mientras tanto, los europeos no pueden ni vernos y no hacen
negocios con nosotros.
- No sabía yo que se tenía que morir nadie. Yo no entiendo de
política.
- Pues así es. En este instante, todos los países de Europa nos
desprecian porque tenemos al abuelo. En cuanto desaparezca, verás cómo
cambian las cosas.
Loli se dio cuenta de que había muchas cosas que desconocía. Tal vez
fuera porque en las salas de fiestas no se hablaba de ellas sino que se
iba a lo que se iba, a pescar bulto. Se alegró de haber conocido a
Esteban. Él le podría enseñar muchas cosas.
De momento se ocupó de irle buscando el piso ansiado. Ampliamente
relacionado como estaba disponía de medios para encontrar uno que se
adaptase a sus necesidades, pequeño pero lujoso y coqueto. No tan
pequeño, claro, como el cuchitril donde vivían sus padres pero lo
suficiente para vivir ella con su hijo y tener una habitación de más
por si tenía que atender a alguno de sus padres.
En un principio le estuvo buscando algo por el naciente Barrio de la
Concepción, ya llamado "el barrio de los líos" porque, al
parecer, era el lugar idóneo para que los señores de dinero pusiesen
pisos a sus amantes. Las viviendas no eran caras, estaban en las
entonces afueras de Madrid, al borde de lo que un día sería la M-30 y
entonces era la Avenida de la Paz, y allí, más al norte de las Ventas
y pasado lo que se conocía por el Puente del Calero, comenzaba la
Avenida Donostiarra que daba entrada al barrio, construido todo él por
la inmobiliaria Banús, cuyo dueño daría años más tarde el impulso
urbanístico a Marbella y construiría el puerto que lleva su nombre, en
el cual anclarían los majestuosos yates de los jeques árabes que
verían así cumplido su sueño de volver a invadir España, esta vez
amparados en los petrodólares y no en hordas de guerreros.
A Loli no le satisfizo el sitio y le encargó que mirase algún otro. Y
pronto se decidió por un pisito de la calle Fundadores, al lado de la
del Doctor Esquerdo y muy cercana a donde en aquellos momentos habitaba.
Ambas calle estaban, y siguen estando, en el mismo barrio. Y allí no
había casas de putas, aunque buena parte de las propietarias también
ejerciesen o hubiesen ejercido ese oficio. Pero era el retiro dorado de
las que habían sabido trabajar y ahorrar las ganancias para luego tener
un lugar de retiro cuando los años les obligasen a abandonar el llamado
oficio más viejo del mundo.
- ¿Ves cómo hay mujeres que saben nadar y guardar la ropa? -. Le
preguntó Esteban. -. A muchas de estas señoras que aquí son bien
consideradas y que nada se les nota las puedes encontrar cualquier noche
si te das una vuelta por los clubes de la calle de la Ballesta. Allí
cazan a sus clientes y trabajan por aquella zona. Rara es la que se los
trae a casa, para que nadie pueda hablar mal de ella. Procura mantener
tú la misma táctica.
- ¡Yo no voy a dedicarme a ser puta, ni mucho menos! -. Protestó
airadamente Loli.
- Ni yo digo que lo hagas. Pero que no sepa tu vecina a qué te dedicas.
Para ella da lo mismo que seas cupletista, vedette o monja de clausura.
Cuanto menos sepan de ti, tanto mejor para todos. A nadie le interesa la
vida de los demás y, salvo que te hicieras famosa por tu arte, mejor es
que lo ignoren todo.
- Eso me parece de perlas...
Y la chica se dio cuenta una vez más de que el abogado era un hombre de
mundo y que sabía bien dónde asentaba los pies. En eso era similar a
don Arturo, pero esperaba que no le saliese rana como aquél que, sin
verlo ni comerlo, supo dejarla sin un duro. De todas maneras, esta vez
tendría más cuidado y su única administradora sería ella o, en todo
caso, su padre, Manuel, en el cual sí confiaba. Pero fiarse de otro
hombre, por muy Esteban que fuese, ¡naranjas de la China!
Elegido el piso y acordado el precio, el gentil abogado dispuso todos
los trámites legales para la compra del mismo. Se encargó del Notario,
del Registro, de tratar con el propietario y, en suma, liberó a la
muchacha de una serie de trámites que, en el avanzado estado de
gestación en que ya se encontraba, le hubiesen sido muy molestos. Por
fin le dijo el día y la hora en que habrían de ir a la Notaría y Loli
le exigió que, una vez concluidos todos los trámites, le pasase su
minuta por los servicios prestados.
- ¡Pero, chiquilla, todo esto lo hago yo de muy buena gana y sin
cobrarte un céntimo! -. Le aseguró él.
- No, Esteban, de ninguna manera. Tú y yo podemos ser los mejores
amigos del mundo, los amantes más formidables que quieras, incluso
hasta casarnos si se terciara y tú pudieras... -. El abogado se quedó
muy sorprendido y sonrió. -. Pero tú me cobras lo que sea, porque yo
no quiero deberle favores a nadie. Los hombres tenéis la costumbre
luego de quererlos cobrar cuando menos oportuno es. Y eso no. Tú me
cobras lo que la Ley estipule y así seremos mucho más amigos y
tendremos mayor confianza que si yo sintiera que tengo una deuda
pendiente contigo. Además, supongo que para ti será mucho mejor que lo
que yo te dé sea de buen grado y no porque me considere obligada. ¿De
acuerdo?
Se estrecharon la mano, mientras Esteban se reía a trompicones.
- De acuerdo, Loli. ¿Y cómo coño sabías tú que yo no puedo casarme
contigo porque ya estoy casado? Nunca te he hablado nada al respecto.
- Las mujeres tenemos un sentido especial para esas cosas, amigo mío. O
será que tenemos un olfato muy sutil. Por ello te prevengo que tengas
cuidado y ruegues que tu esposa carezca del mismo, no sea que vaya a
oler mi perfume.
Esteban se quedó maravillado. Con lo lista que era aquella chica,
¿cómo pudo dársela con queso aquel viejo chiflado? Tal vez es que
hubiera despertado desde entonces.
Y es que, efectivamente, los palos de la vida habían clarificado las
ideas de la muchacha.
- Te advierto que mis honorarios serán altos, soy un abogado caro.
- Tú sabrás... Puestos a ponernos precio, ambos podemos hacer lo
mismo, ¿no crees? Y el mío puede ser más elevado que el tuyo.
Y le guiñó un ojo picarescamente.
- ¡Vaya con la putilla! -. Pensó Esteban. -. Y el imbécil de Vicente
se pensaba que con cuatro perras íbamos a despacharla...
Demasiada suerte tuvieron de que ella no fuera más ambiciosa y se
conformara con lo acordado. Si llega a tener peor mala sangre les saca
hasta las entretelas. ¡Ya podía darse por contenta la familia del
muerto de haber tocado con ella y no con una lagartona..!
El día de la firma llegó y Loli, con la lección bien aprendida,
aunque confiando plenamente en Esteban, porque sabía que cuando había
negocio y minuta de por medio éste era muy serio como ya lo había
demostrado, sacó el dinero del arquilla donde lo conservaba con las
joyas - no había querido depositarlo en ningún Banco, siguiendo el
consejo del abogado, por tratarse de dinero negro, hasta que él le
dijera dónde - y se dirigió a la cita. Afortunadamente, la reunión no
duró mucho ya que él lo llevaba todo preparado, porque a Loli le
comenzaron a dar unos dolores y unas fatigas de muerte y estaba deseando
concluir.
- Me encuentro muy mal, Esteban. -. Le dijo. -. Acabemos rápido que lo
mismo suelto el crío ante el Notario y no hace falta ir a inscribirlo
al Registro Civil. Ya levantaría él acta de su nacimiento.
- Pero si todavía no te toca, mujer...
- Lo sé, pero estoy a punto. No sé qué me habrá pasado. En la
última revisión, el médico no notó nada anormal, pero parece que la
cosa se acelera.
Esteban rogó a los comparecientes que se dieran prisa, que su cliente
se encontraba enferma. Así que aceleraron los formulismos, el vendedor
ni contó el dinero sino que se limitó a mirarlo por encima,
cerciorándose de que parecía la cifra estipulada, y todos firmaron
rápidamente y se le hizo entrega de las llaves.
- Que usted lo disfrute con salud. -. Le deseó el vendedor.
- Esperemos que así sea, siempre que llegue a tiempo... -. Loli esbozó
una sonrisa en la que se adivinaban las angustias que sentía.
- ¡Vamos, señora! -. Dijo el Notario. -. ¡Vaya usted rápidamente a
que la vea su médico! Por mí, esto está acabado.
- Muchas gracias. Y hasta otra, si es que hay ocasión...
Y Esteban y ella salieron de estampida de la Notaría en busca del
automóvil del hombre. No intercambiaron más palabras y él condujo lo
más rápido que pudo hasta la clínica en la que tenía previsto dar a
luz la muchacha. Allí hicieron que avisasen al médico y, mientras, fue
reconocida por el facultativo de guardia. Éste puso muy mala cara al
examinarla.
- Algo viene mal y no sé exactamente lo que es. Vamos a esperar a que
llegue su doctor, pero como tarde demasiado tendré que intervenirla.
- ¿Hay peligro, doctor? -. Preguntó Esteban, ya que Loli callaba como
una muerta.
- No sabría decirle, pero hay algo que no me gusta ni un pelo.
A Loli no tenían que decirle nada. Ella sabía que desde hacía una
semana el crío no se movía como antes. No entendía nada de partos
pero aquello le dio mucho qué pensar. ¿No se le habría muerto la
criatura?
La expresión del médico se lo estaba confirmando aunque no se lo
dijese. Y la muchacha se echó a llorar desconsoladamente.
- ¡Ánimo, Loli, que no pasa nada! -. Quiso ayudarle Esteban.
- No pasa nada más que el niño debe haberse muerto, ¿verdad, doctor?
-. Preguntó ella.
El médico no dijo nada. Guardó un silencio que hablaba por sí solo.
Y Loli prorrumpió en un llanto estremecedor, segura ya de que así era.
El ginecólogo no tardó en venir y ya sí la metieron al paritorio.
Esteban se quedó a la puerta, nervioso y lamentándose. Pero, a la vez,
estremecido por la risa.
- ¡Cuando yo le cuente a Vicente que nunca tuvo un hermano y que han
pagado un dinero en balde, el muy cabrito se pega un tiro! El crío fue
el que les hizo soltar el dinero y no el miedo a ningún escándalo. Ya
sabían de sobra cómo era su padre...
Desde el interior del quirófano se escuchó un alarido de dolor y luego
se hizo el silencio. Esteban encendió otro cigarrillo y se quedó
aguardando. Lo que hubiera pasado ya había tenido lugar. Ahora no
valía lamentarse.
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