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1962
Loli se contempló en el espejo de cuerpo
entero. Sus senos estaban abultados y en su vientre ya se percibía
claramente la criatura. De seis meses le había dicho el médico que
estaba. Afortunadamente, aquellos molestos dolores del comienzo del
embarazo habían remitido con unas pastillas que le recetaron y ya ni se
sentía mal ni notaba molestia alguna aparte de las naturales ganas de
vomitar que tenía algunas mañanas. Pero eso ya lo había previsto el
doctor y le dijo que cuando las sintiera tomara unos comprimidos que le
aliviarían.
No se veía demasiado deformada para lo adelantada que estaba. Tal vez
el busto resaltaba demasiado para lo pequeñita de estatura que era,
pero en conjunto se sabía resultona y aun bastante atractiva para aquel
estado de gestación. En cuanto tuviera el niño sería cosa de cuidar
la línea y se volvería a quedar perfecta.
Loli no pasaba ni con mucho del 1,50. Pero su peso y sus miembros
estaban muy bien conformados para su estatura. No tenía ninguna envidia
de aquellas vedettes que ella siempre había visto altas y esbeltas. Con
unos buenos tacones su figura tomaba el suficiente resalte como para
deslumbrar al hombre más pintado. Además, como siempre decía: - La
esencia viene en frascos pequeños. Claro, que también el veneno.
Y esa frase le hacía sonreír al repetirla.
Aquellas Navidades pasadas había traído a sus padres y a su hermano a
cenar con ella y habían disfrutado de lo lindo. Solamente al final, su
madre les había dado un poco la noche. Se había pasado, como era su
costumbre, con aquellos ricos vinos que dispuso para la ocasión y
comenzó a decir estupideces. Manuel, su padre, optó por tumbarse en el
sofá y Loli llevó a la beoda a su propia cama, donde la dejó
profundamente dormida. Luego, ella se acostó junto a su hermano en el
pequeño cuarto para invitados de que disponía. Le dolió que su padre
se llevase un disgusto más con su mujer, pero el hombre parecía estar
ya más que acostumbrado.
Su abuela ya no vivía con sus padres. Hacía años que se fue
definitivamente a casa de su otra hija, que se había quedado viuda, y
allí ayudaba a cuidar de sus otros nietos. Una boca menos que alimentar
para Manuel pero, como decía él, ya no podía hablar con nadie en su
casa porque con su mujer le era totalmente imposible. El problema que su
mujer tenía con la bebida le estaba arrancando la vida al pobre hombre
y obstruyendo los estudios de su hijo, aunque éste pasaba bastante del
caso. Siempre, desde que nació, había visto a su madre en parecido
estado así que no le resultaba nada extraño el que todos los días
tuviese que irse a la escuela sin verla levantarse ni que la casa
estuviera desatendida. El muchacho, que ya contaba con diecisiete años,
estaba deseando irse de casa para perder de vista aquel espectáculo y,
por ello, su meta no eran los estudios que su hermana le sufragaba y su
padre se empeñaba en que siguiera. Él había pensado en alistarse
voluntario, en cuanto tuviera la edad necesaria, en el Ejército, ya que
allí le proporcionarían al menos casa y comida y podría hacer carrera
de algún modo, porque los estudios no le iban. A Manuel, la idea de su
hijo no le agradaba demasiado, pero transigía con ella comprendiendo
que el ambiente que reinaba en aquel hogar no era el más apropiado para
un muchacho. Ya se le había ido una hija por motivos similares, aunque
en el caso de Loli privó la idea de ser artista; así que no le
extrañaba nada que el chico quisiera seguir los pasos de su hermana en
cuanto a abandonarles. Tenía que estar más que harto.
Él mismo había pensado muchas veces en dejar a su esposa y emprender
una nueva vida. Trabajador como era y honrado a carta cabal, los empleos
nunca le habían faltado y cuando uno se había torcido rápidamente
había sido llamado de otro, por la buena fama de cumplidor que había
ido adquiriendo desde siempre. Pero mientras su hijo estuviese bajo su
techo, no se atrevía a hacerlo. Tampoco la criatura tenía culpa de
nada y no podía dejarle solo con aquel desecho de mujer en que se
había convertido Lola con el transcurso de los años.
Loli no podía opinar respecto de la enfermedad de su madre. Cuando ella
era niña no recordaba que bebiera y mucho menos de aquel modo. Ella la
consideró siempre como una mujer alegre y dispuesta para las faenas del
hogar. Solamente una vez la vio empinar demasiado el codo y chancearse
con unos conocidos de la taberna. Nada sabía de su vida anterior,
cuando era joven, e ignoraba totalmente cualquier desavenencia entre sus
padres que la hubiera podido conducir a aquel estado. Después ya, con
su afición por las tablas, la chica no se había preocupado de más. Si
se había ido de casa para conquistar el mundo había sido por salir de
la pobreza, no huyendo de malos tratos ni sinsabores.
Aquella mañana de Navidad, mientras comían los tres tranquilamente,
habiendo dejado a su madre seguir durmiendo, Loli le propuso a su padre
poner bajo tratamiento médico a Lola.
- Yo creo que sería conveniente que la viera un psiquiatra o alguien
entendido en la materia. Seguramente podrán curarla.
- Ésa tiene el vicio metido dentro del cuerpo y no habrá quien se lo
saque, te advierto. -. Dijo Manuel.
- Padre, yo he oído que es una enfermedad y todas las enfermedades,
cogidas a tiempo, tienen arreglo.
- Mira, Loli, haz lo que quieras. Yo le he aconsejado muchas veces que
fuese a ver a las monjitas del convento enfrente de casa. Y ella nunca
me ha hecho caso. He visto demasiados borrachos en mi vida y ninguno ha
salido de ello. No te voy a contar cosas de la guerra, donde se bebía
casi por necesidad, pero luego ha habido muchos compañeros míos que,
al verse derrotados y vencidos por la miseria, se han dado a la bebida y
ahí siguen, aquellos que no se han muerto.
- Hay que intentarlo, padre. Si las monjitas no han podido ayudarla
quizás un buen médico sí pueda.
- Haz lo que mejor creas. Pero la experiencia que tengo es que si uno
mismo no quiere salir de ello ya pueden venir todos los médicos del
mundo y todas las monjitas del Cielo, que no lo conseguirán.
Y Loli le prometió que hablaría con alguien que le diese la dirección
de un buen entendido en la materia. Su hermano estuvo de acuerdo con que
se intentara algo, aunque él ya tenía decidido, con vino de por medio
o sin él, irse donde le guiaba lo que entendía era su destino.
La muchacha se puso al habla con uno de sus conocidos y éste le
proporcionó la dirección de un doctor. Todo fue inútil. Llevaron a
Lola una tarde y fue sometida a una charla indicándole cómo sería la
terapia. Ella escuchó a medias, sin ninguna gana, y en cuanto llegó a
su casa y se vio libre de la presencia de su marido se echó al coleto
un buen trago de vino.
- ¡A mí que me dejen de médicos! La medicina que yo necesito es
ésta.
Y al rato ya estaba roncando, borracha como una cuba y alejada de toda
realidad.
La tuvieron que dejar por imposible.
Durante aquellos meses, desde que tuviera la reunión con Vicente, el
hijo de don Arturo, Loli no había vuelto a tener noticias de él. Los
recibos del alquiler de la casa habían sido pagados puntualmente y a
ella nadie le había dicho ni la mínima, pero se encontraba
intranquila. El tiempo de su embarazo se terminaba y nadie parecía
darle ninguna solución a ninguno de sus dos problemas: El del niño y
el del dinero. Hasta aquel momento iba tirando con los ahorrillos que
tenía que, como ya se ha dicho, para aquella época suponían un
dineral, pero el dinero se iba terminando y nadie venía a proponerla
una solución. Ella, aunque hubiese querido, ya no podía trabajar en
sus espectáculos y cada duro que salía del cofre no era repuesto.
Lo malo es que no podía ponerse en comunicación con el joven. No
disponía de su número de teléfono e incluso ignoraba el domicilio.
Quisiera o no quisiera, se encontraba nerviosa. No saber qué es lo que
iba a pasar alteraba su estado emocional y sabía muy bien que ello no
era bueno para el niño. Pero no tenía más remedio que esperar a que
quisieran darle alguna noticia.
Con el Banco intentó hablar y después de mucho esfuerzo y constantes
llamadas consiguió mantener una conversación con aquel apoderado que
la atendió cuando se presentó en Madrid. Le dijo que su saldo seguía
siendo de dos mil pesetas y que no podía darle más información. Como
tenía que pagar la consulta del médico que había atendido a su madre,
no se le ocurrió otra cosa que tirar de talonario y extendió un cheque
por quinientas pesetas para abonar la minuta del facultativo. A los
pocos días recibió un extracto de cuenta en el que figuraba el pago de
dicho talón así como el ingreso de una cantidad similar, sin indicar
ordenante, con lo cual seguía manteniendo las dos mil que tenía antes
de efectuar el pago. Se quedó muy extrañada pero no quiso hacer
comentarios. Si el dinero la caía del cielo no iba a ser ella la que
protestase por tal causa. ¡A ver si duraba aquel momio mucho tiempo!
El caso es que aquella mañana, mirándose en el espejo, se encontró
guapa. Sus ojos azules luciendo sobre aquella naricilla pizpireta que
todos encontraban graciosa, su melena negra enmarcándole el rostro...
Ni siquiera tenía ojeras y eso que siempre había escuchado decir que
con el embarazo aparecían. Pero ella dormía muy tranquilamente y acaso
por ello no le habían surgido.
Se llevó las manos al busto, acariciándoselo, y lamentó que tras el
parto y la lactancia perdiera aquel volumen.
- Dicen que luego se caen, pero ya me cuidaré yo de que se mantengan
erguidas. A los hombres les encanta un pecho bien puesto en su sitio. -.
Se dijo.
Decididamente, estaba radiante. Y, con este alegre pensamiento bien fijo
en la mente, se dispuso a vestirse.
En aquel instante sonaron unos discretos golpes en la puerta. Era la
criada.
- ¿Qué ocurre, dime?
- Señorita, el señor que vino hace meses está aquí de nuevo...
- ¿Vicente? ¡Ya era hora! Dile que tardo poco en bajar.
La sirvienta hizo un gesto de asentimiento y la escuchó bajar por las
escaleras a cumplir su encargo.
Decidió no vestirse de calle y simplemente se ciñó una discreta bata
de andar por casa, muy elegante, eso sí, pero nada llamativa. Quería
seguir dando la imagen de niña buena a la cual han engañado
privándole del regalo prometido. Se retocó el pelo, se perfumó
ligeramente y, tras de mirarse por última vez en el espejo y convencida
de que su aspecto era el deseado para sus fines, salió de su
habitación y se dirigió al encuentro del joven.
Se sorprendió de momento cuando vio que Vicente estaba acompañado por
otros dos señores. No le había dicho nada la muchacha sobre ellos.
Pero no le dio mayor importancia. Se acercó a él y le tendió su mano.
Notó cómo el joven se la estrechaba pero levemente, como queriendo
rehuir cualquier contacto.
- Buenos días, Vicente. -. Saludó con voz amable. Sabía que no
venían precisamente en son de paz y quiso dejar constancia de que ella
sí se la ofrecía.
- Buenos días, señorita Espejos.
- Sabe usted de sobra que ése no es mi apellido sino mi nombre
artístico. No sé a qué viene utilizarlo, con llamarme Loli tendría
de sobra. Pero si es que le gusta...
- Es por el que me enteré de su existencia y no me interesa ningún
otro, perdone. Además, me es más sencillo de recordar.
- Como quiera...
- Le presento a mi abogado, - señaló a uno de los otros dos hombres -,
y al médico de mi padre. -. Y señaló al segundo.
Loli hizo intención de brindarles su mano, pero ninguno de los dos
pareció tener la menor intención de estrechársela. La muchacha hizo
como que no se daba cuenta.
- Deseamos hablar con usted, señorita. -. Afirmó Vicente.
- Yo también tenías ganas de charlar con usted. Por favor, - hizo un
gesto a los tres hombres -, siéntense.
Ellos lo hicieron en las sillas que bordeaban la mesa y Loli dudó. En
principio se iba a acomodar en uno de los sillones pero, viendo su
actitud, les imitó y tomó asiento a la cabecera.
- Por lo que veo y me he enterado, se encuentra usted perfectamente de
salud, señorita Espejos. -. Afirmó Vicente.
- Pues sí. Para lo avanzado de mi estado no tengo demasiadas molestias.
Gracias por preocuparse de mí.
- De nada. Pero no es a eso a lo que vengo ni por lo que he traído a
estos señores, como comprenderá...
- Ya lo imagino. Algún asunto de mayor envergadura le habrá traído.
Esperemos que sea el mismo sobre el cual quería hablar yo con usted.
Vicente tamborileó con los dedos sobre la superficie de la mesa. Se le
veía nervioso. Los otros dos, sin embargo, estaban inmutables como
esfinges. Se notaba que sabían interpretar su papel mejor que el joven.
- Como habrá visto, en este tiempo no se han dejado de pagar sus gastos
y hasta se le ha mantenido intacto el saldo de dos mil pesetas en su
cuenta... -. Comenzó a hablar.
- Sí. Lo he notado y no esperaba menos de usted, la verdad.
- Pues eso se ha terminado, Loli, digo señorita Espejos... -. Se veía
que estaba hecho un lío y que ya no sabía cómo dirigirse a ella.
Loli enarcó una ceja y solamente hizo el siguiente comentario:
- ¡No me diga..!
- Pues sí. Mire, el médico de mi padre tiene algo que decirle al
respecto de esa supuesta paternidad que usted le atribuye.
Ella volvió la vista hacia los otros dos. ¿Cuál de ellos le había
dicho que era el médico? La verdad es que no lo recordaba.
El hombre que estaba más retirado de ella y que tenía más edad de
todos comenzó a hablar:
- Señorita, usted afirma encontrarse embarazada de don Arturo, ¿no es
cierto?
- Sí, naturalmente.
- Pues eso es imposible. Don Arturo padeció hace años una enfermedad
de la que, aparte de estéril, se quedó casi impotente.
Las carcajadas de Loli atronaron el saloncito. Tanto se reía que hasta
sintió un dolorcillo en el vientre. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos
por controlarse. Al fin, entre hipidos, consiguió articular palabra.
- Perdonen, pero cuando escucho un chiste bueno no puedo contenerme. -.
Miró al médico y le dijo:
- ¿Estamos hablando del mismo don Arturo o me está usted contando
cosas de su hermano gemelo quizás?
El médico puso su aspecto más serio y afirmó:
- Estoy hablando del único don Arturo que ha existido. Del que usted
denomina como "su protector".
- Mi protector y mi amante, sí señor. Si estamos hablando del mismo,
eso es lo que era. Así que, se lo puedo asegurar, de impotente tenía
poco. Más bien diría que, a veces, era bastante exagerado. De que
fuera estéril o no, ya no soy quien para afirmar o negar nada puesto
que no soy médico. Pero le aseguro que de impotente no tenía ni un
pelo.
- Pues lo era. Y desde hace bastantes años. Así que es imposible que
esa criatura que usted lleva dentro sea hijo de él.
Las risas de Loli volvieron a llenar el espacio. ¿Pero aquel hombre,
por muy médico que fuera, le estaba hablando en serio o es que quería
tenderle una trampa? Ella sabía muy bien que el niño podía o no ser
del difunto, ¡pero de eso a afirmar que don Arturo era impotente..!
- Disculpe usted mi risa, pero yo creo que no estamos hablando del mismo
don Arturo. El que yo le digo, más que impotente era imponente. ¡Si lo
sabré yo que me quedaba maravillada de que a su edad respondiera como
lo hacía! Y cualquiera de las chicas de las salas de fiestas donde he
actuado se lo podría corroborar. ¡Pues anda que no se le iban los ojos
detrás de ellas y se le hacían los dedos huéspedes..!
- Se le podrían ir los ojos donde usted quiera. Pero usted sabe, como
yo, que todo se reducía a eso.
- ¡Ya lo creo que se le reducía..! -. Volvió a reírse Loli. -.
¡Pero después de atizarme tres polvos, no te digo!
El médico emitió un ligero carraspeo. Vicente estaba más colorado que
un tomate y el abogado permanecía en silencio, aunque Loli notó que
hacía verdaderos esfuerzos para no reírse.
- Mire, no diga más tonterías. Usted sería su médico y tal vez en
algún tiempo tuviera algún problema. Pero yo le aseguro que, desde que
nos conocimos, se portó como un verdadero garañón. Y es inútil que
me lo discuta. Ha habido noches que me lo he tenido que quitar de
encima, agotada ya de sus pretensiones.
- ¿Y si le demuestro fehacientemente, con unos análisis, que eso no es
posible? -. Preguntó el doctor.
- No sé cómo me lo podría usted demostrar pero, aunque vinieran a
jurármelo mil médicos y con todos los análisis clínicos del mundo,
yo le aseguro que está usted muy equivocado. O está mintiendo o quiere
falsear los informes.
- Pues le aseguro que no.
- Y yo le digo a usted que sí. Y no creo que usted se haya acostado con
él. Que yo sepa, don Arturo no era de esa cuerda.
- Señorita... -. Habló por primera vez el abogado. -. Ni usted va a
convencer al doctor, porque él tiene las pruebas que afirma, ni él va
a sacarla a usted de su postura, porque es con la única que puede
defenderse. Yo creo que deberíamos hablar más seriamente.
Loli examinó al letrado y por primera vez en la reunión sintió
verdadero miedo. Aquel hombre iba directo al grano y no parecía tener
la menor conmiseración con nadie en defensa de los intereses de sus
clientes.
- Yo estoy hablando seriamente desde un principio. -. Afirmó. -. Lo que
no sé es a que viene esa afirmación absurda que es bien fácil de
desmontar en cuanto hable con alguien que le conociera de cerca, cosa
que creo que su familia no hacía...
- Aquí se está hablando de dinero y no de paternidades. -. Le
interrumpió el abogado. -. Aún suponiendo, como usted afirma, que don
Arturo fuera todo un superhombre, cosa que el doctor no admite y de la
cual tiene pruebas, ¿cómo podría usted asegurarnos que él fuera el
padre de su esperado hijo?
- ¿Ve usted? -. Dijo Lola. -. Si hubiésemos empezado por ese punto,
nos habríamos evitado toda la sarta de memeces que se ha dicho hasta
ahora. Y en eso sí que le doy la razón. Yo no tengo más pruebas de lo
que digo salvo que los que nos conocían siempre me han visto con él y
nunca con nadie más. Luego está bien claro.
- ¿Seguro que no la han visto con nadie? ¿Y si yo le dijera que un
taxista..?
- Pues tal vez lo admitiera. Pero ese taxista, con el cual supongo que
han hablado, solamente podría decirle que una noche, a la salida del
espectáculo, le despedí hasta el día siguiente. Y eso fue un día
antes de morir don Arturo.
- ¿Luego acepta que usted le engañaba con otros hombres? -. Preguntó
el abogado.
- Ni acepto ni dejo de aceptar. Solamente le digo que lo del taxi sí
puede ser posible. Pero que yo le engañase con otros hombres... ¡eso
es falso!
El abogado sonrió de pleno.
- Ahora somos nosotros los que hemos de fiarnos de usted, despreciando
la palabra de un honrado conductor que asegura que un joven le dio una
propina y que usted le ordenó ir a buscarla, como de costumbre, al día
siguiente...
- Un honrado taxista que admite una propina de alguien que no es cliente
suyo también puede admitir la que le dé cualquiera y declarar lo que
desee el que más le haya dado. Y a ustedes les interesa ese testimonio
y supongo que están dispuestos a pagar lo que sea necesario. ¿Algún
testigo más?
- Sí. El portero de noche del hotel.
A duras penas si pudo ocultar su gesto de rabia Loli. En aquello no
había pensado. Creía que el trasiego constante de clientes habría
distraído al portero, pero luego cayó en que, dado lo avanzado de la
hora y con el aliciente de una buena recompensa, era fácil que hubiera
recordado todo lo que ellos quisieran que recordase. Ante tal error por
su parte, tenía que defenderse por todos los medios.
- ¿Y aunque así fuera, suponiendo que yo hubiese llevado aquella noche
a un hombre a mi habitación, qué tiene que ver con que don Arturo deje
de ser el padre de mi hijo? Yo ya estaba embarazada hacía casi dos
meses.
- Pues que igual que lo hizo aquella noche, lo pudo hacer con
anterioridad otras muchas veces. Don Arturo no viajaba con usted siempre
y aun estando en Madrid no estaba con usted a todas horas. Así que
disponía de tiempo y de oportunidades para estar con otros hombres y,
por tanto, nadie puede asegurarnos que ese niño sea de él.
Loli se levantó de la silla y comenzó a dar vueltas por el saloncito.
En aquellos instantes apreciaba detalles de la decoración que nunca
había percibido a pesar de estar viéndolos todos los días. ¡Había
tenido buen gusto don Arturo al decorar aquel nidito de amor, el muy
cabrito! Se ve que tenía experiencia y que no era el primero que
montaba. Ella no lo sabía pero seguro que sus amantes anteriores se
contaban por docenas. Y a lo mejor no era ella sola a la que entretuvo
durante esos tres años. ¡Y venía aquel médico estúpido a decir que
era impotente..!
- Señorita... -. Reclamó su atención el abogado. -. Es su palabra
contra la de dos expertos profesionales que trabajan siempre de noche y
los análisis de un médico que conocía desde siempre a su paciente.
¿Cómo espera convencernos?
Loli se encaró con él y le soltó:
- ¿Y cómo va usted a convencer a un juez de que no es cierto? ¿Acaso
va a venir el muerto a decir si era suyo o no lo era?
- Afortunadamente, ya hay métodos en el extranjero para averiguar tal
cosa. ¿Ha escuchado hablar usted del ADN?
La joven se quedó estupefacta al escuchar la palabra. No tenía ni idea
de lo que significaba o pudiera ser aquello.
- Eso se lo podrá explicar mejor que nadie el señor doctor. -. Le
aclaró el abogado.
- Efectivamente. -. Dijo éste. -. Mire, hay unos estudios efectuados
por científicos americanos e ingleses en el año 1953 que describen que
cada persona se diferencia de cualquier otra por lo que llaman el ADN.
Precisamente, acaban de proponer como candidatos al Premio Nóbel a los
investigadores de dicha materia. Por él se puede saber si un hombre es
hijo de otro, o parientes cercanos. Son métodos muy sofisticados pero
que resultan infalibles. Se hace una prueba de la sangre del recién
nacido, se compara con la del presunto padre y queda demostrada o no la
paternidad del mismo.
- ¿Y cómo van a sacarle sangre a don Arturo si lleva meses muerto?
- No es imprescindible la muestra sanguínea. Simplemente con un
cabello, con una mancha de semen, con un trozo de uña, puede saberse.
- ¿Y tienen ustedes esas muestras o es que piensan desenterrarle al
cabo del tiempo?
- Pues si es preciso y no llegamos a un acuerdo, naturalmente. -.
Intervino el abogado. -. Todo, antes que consentir que nuestros clientes
sean estafados de mala manera por una desaprensiva.
Un gesto de ira cruzó el rostro de la muchacha. Se volvió al abogado
y, sin más, le cruzó la cara de una bofetada.
- ¡Eso, por llamarme puta! ¡Porque es de lo que me está usted
acusando! Yo quise a don Arturo y me dejé querer por él y le complací
en todo cuanto quiso. Ahora, vienen ustedes a contarme no sé qué
historias del AD... como se llame, y me tilda de haberle puesto los
cuernos.
- Es que creemos que es lo que ha sucedido.
- ¿Y del dinero que me robó..? -. Dirigió una mirada fría como el
hielo a Vicente. -. Sí. Que me robó su señor padre.¿De ése no se
pueden seguir las huellas?
- Mi padre no le robó a usted nada. Usted le confió su dinero, él
hizo unas inversiones con el mismo en Bolsa y, al parecer y según nos
ha confirmado el Banco, las acciones que adquirió para usted perdieron
todo su valor en poco tiempo. Fue una mala operación, cosa que es bien
extraña ya que él era un hombre experto para esas cosas, pero es lo
que ha sucedido.
- Ya... -. Loli chasqueó los dedos haciendo el gesto de que había
volado. -. ¡Qué cosas más extrañas suceden cuando no se quiere decir
la verdad y se inventan comedias para conseguir lo que se ansía!
Volvió a sentarse ante la mesa y se dirigió directamente al abogado:
- ¿Cuánto me ofrece?
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