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Momentos difíciles
Efectivamente, después de una noche
desbordante de pasiones durante la cual Loli lo pasó como nunca debido
a la virilidad y al encanto que el joven puso en su faena y tras de
dormir brevemente, se levantaron y se dispusieron a ir al Banco.
Tras desayunar para recuperar energías, se enteraron de cuál era la
sucursal más cercana de la entidad donde ella sabía que don Arturo
depositaba su dinero; o, por lo menos, de donde ella extendía los
cheques. Ya con las señas en el bolsillo, el joven, buen conocedor de
la ciudad, la condujo a la misma.
Preguntaron directamente por el director y Loli se dio a conocer.
Manifestó que deseaba saber cómo estaba su cuenta y el saldo de que
disponía en la misma. Amablemente, el director buscó en los archivos
y, no hallando los suficientes datos, se puso al habla telefónicamente
con Madrid. Mientras, ellos esperaban. Loli estaba cada vez más
nerviosa e ignoraba los motivos. Su amante no cejaba en su empeño de
tranquilizarla.
- ¡Cálmate, mujer! Ahora, este señor nos sacará de dudas.
Y el bancario asintió mientras hablaba con su colega de la capital. Al
cabo, y con una breve despedida, colgó el teléfono y se dirigió a
ella:
- Señorita, me informan en la central de que su saldo, en estos
instantes, es de dos mil pesetas justas.
- ¡No puede ser! Si eso es lo que gano yo en una sola noche y llevo
trabajando años para ese sinvergüenza. ¡Imposible! Además, yo he
extendido cheques por cantidades muy superiores y nunca han existido
dificultades para que se cobrasen.
- Tal vez en aquellos momentos tenía más saldo... -. Argumentó el
director.
- ¡O tal vez ese canalla lo ha sacado esta misma mañana!
- Bien pudiera haber sido así, salvo que me acaban de comunicar que no
se producen movimientos en esa cuenta desde hace más de quince días.
En efecto es una cuenta conjunta, de la cual es usted titular, pero
precisa de la firma del llamado don Arturo para disponer. Él, sin
embargo, al parecer, posee un poder notarial firmado por usted y puede
hacer y deshacer a su antojo. Mal hecho por su parte, pero en fin...
- ¿Y eso qué significa? -. Preguntó Loli, que se encontraba alucinada
y no comprendía aquel galimatías de tecnicismos financieros.
- Pues que has confiado demasiado en tu apoderado y me da la sensación
de que ha hecho eso, apoderarse de todas tus ganancias.
El director mantuvo silencio.
- Porque, o mucho me equivoco, - prosiguió el joven que acababa de
hacer aquella observación -, o en esa cuenta existe la orden expresa de
que cuando supere el saldo de las dos mil pesetas, el exceso sea
traspasado a otra a nombre del mencionado don Arturo. ¿Verdad?
- A eso no puedo contestarle yo. Primero, porque no me consta y,
segundo, porque sería una cuestión que tendría que abordar la
señorita y no usted, de quien desconozco el parentesco que tiene con la
misma.
- No me contesta porque no quiere, pero sabe de sobra que es tal y como
digo. De todas maneras, Loli, cuando llegues a Madrid te vas a la
central y te enteras a fondo. Pero mucho me temo que te han birlado todo
tu capital...
La muchacha estaba sumida en una inmensa tristeza y las lágrimas
corrían por su rostro.
Salieron del despacho después de despedirse del director y se
dirigieron al coche.
- ¿Qué piensas hacer ahora? -. Le preguntó él.
- No lo sé. Por de pronto, pasar por el hotel y ver cómo ha dejado la
cuenta, si la ha pagado o no. Y luego, acercarme al cabaret e
interesarme por mi contrato. No sé si será cierto que lo han anulado.
¿Me acompañas?
- La verdad es que tengo que trabajar. Yo no soy como tu don Arturo que,
por lo que me parece, vive de ingenuas como tú. Yo tengo mis negocios y
tengo que prestarles toda mi atención. Si quieres, esta noche me paso
por el club y veo si estás. O te telefoneo antes al hotel y me cuentas.
Loli comprendió que estaba sola en la vida. Que para aquel hombre con
el que había pasado la noche era tan sólo una distracción momentánea
y no estaba dispuesto a verse involucrado en sus asuntos.
- Me parece bien. Ya te diré lo que me he encontrado.
Y se despidieron. Él partió en una dirección y ella tomó un taxi en
la contraria, camino del hotel.
Al llegar a Recepción solicitó el estado de su cuenta. Para su
sorpresa, vio que su estancia estaba pagada durante una semana más, por
anticipado. Se ve que don Arturo había pagado antes de sospechar o de
que alguien le informase de sus devaneos. Si no, no se lo explicaba.
Durante el resto del día se dedicó a descansar y después de comer
llamó al empresario de la boite. Efectivamente, se encontró con que
éste había sufrido una coacción por parte de su protector y había
dado por concluido el contrato.
- Pero yo no puedo estar sin trabajar. Además, usted sabe muy bien el
público que atraigo.
- Señorita Espejos... -. La llamó por su nombre artístico. -. No
quiero parecer descortés. Usted es una buena artista, pero como usted
hay muchas. Y más baratas. Tan sólo la amistad con don Arturo me hizo
contratarla en las condiciones que lo hice. Lo cierto es que le debo
muchos favores y no pude negarme, pero el salario de una vedette como
usted está muy por debajo de lo que yo acostumbro a pagar.
- ¿Y no podríamos hablar sobre el tema? No puedo volverme a Madrid por
las buenas.
- Bien. Si insiste, pase usted esta tarde y lo hablamos. Pero, ya le
digo, las condiciones serían muy diferentes.
- De acuerdo. Lo hablaremos.
Y acordaron la hora de la cita.
La verdad es que lo que debería hacer era irse a Madrid y averiguar lo
del Banco a la mayor brevedad posible, pero le daba rabia abandonar la
ciudad y el trabajo sin más, por el mero capricho y deseo de su ex
protector. Tal vez mañana pudiese hablar por teléfono con el Banco y
enterarse de todo. Y si no, ya vería cómo solucionarlo. Lo que le
importaba en ese momento era no dar la sensación de que había sido una
esclava en manos de aquel viejo carcamal.
A sus veintidós años recién cumplidos, Loli se consideraba capaz de
dar mucha guerra en este mundo y no iba a dejarse amilanar por un
mercachifle de tres al cuarto, por muchas influencias que parecía
pudiera poseer. Arte, tenía de sobra. Y como hembra, sabía su valía y
que muchos hombres estarían dispuestos a perder la cabeza por sus
encantos. Así que se armó de valor y se dispuso a luchar contra los
elementos por muy adversos que estos fueran.
A la hora convenido pasó por la sala de fiestas y habló con el dueño.
La charla fue breve y concisa. Su trabajo consistiría en repetir las
cinco actuaciones que venía haciendo, - con una merma sensible en su
salario, eso sí-, y en alternar con los clientes, cosa que ya había
notado que las demás artistas solían hacer obligatoriamente en todos
los sitios y no como ella, que sólo había acompañado a don Arturo
para contentar a alguno de sus conocidos o, como la noche pasada, porque
le había apetecido. Se fijó la comisión que llevaría sobre las copas
y botellas que hiciese consumir a sus acompañantes y se ajustó el
sueldo por sus intervenciones. Justamente, el cuarenta por ciento de lo
que cobraba antes.
- Esto durará una semana. Lo que permanezca en el hotel. Después
volveré a Madrid. -. Afirmó.
- Como usted quiera. Aunque tal vez aquí se ganara mejor la vida que en
Madrid. Allí hay más competencia.
- Sí. Pero también hay más sitios donde trabajar.
El empresario se encogió de hombros. ¡Allá ella y sus problemas!
- A mí me da lo mismo, pero ya, sin la presencia de don Arturo, lo
tendrá usted mucho más difícil. Aquí, al fin y al cabo, su
influencia se debe a favores concedidos durante años pasados. En la
capital tiene mucho más agarre por su posición.
- Puede ser que él tenga mucho agarre, no lo discuto. Pero yo tengo dos
cosas mucho más bellas que agarrar, ¿no opina usted así?
El hombre sonrió, la observó y simplemente dijo:
- Eso lo podemos hablar esta noche, cuando termine usted su trabajo.
¿Le parece, señorita Espejos?
- Llámeme Loli. Ese apellido me lo puso mi protector y ya no tiene
razón que lo use más.
- Como quieras, preciosa.
Loli sintió que comenzaba a pisar firme. Aquel hombre ya empezaba a
galantearla. Y como él, los tendría a docenas.
Aquella noche trabajó como tenía por costumbre y cosechó el mismo
éxito de siempre. No necesitaba de protectores para demostrar sus
talento. Ni en la música ni más tarde, cuando, cumpliendo con lo
acordado, se sentó con unos clientes y se dedicó al alterne. La verdad
es que no le hizo mucha gracia que aquel individuo junto al que se
había colocado, llamada por una compañera para ser cuatro, le sobase
el muslo desnudo con una grasienta mano. Pero se lo cobró en
consumiciones. Ya le habían hablado de que no bebiese todo sino que
fingiese hacerlo y así lo procuró. No obstante, notó que se había
pasado de la cuenta y que no era tan diestra en el arte del descorche
como las otras. Por cada dos copas que tiraba se bebía una. En cambio,
observó cómo su compañera derramaba directamente la botella en el
cubo de hielo sin que su acompañante se diera cuenta. Ella se sentía
más vigilada por el que le había tocado en suerte y temía hacerlo tan
a las claras.
- ¿Y ahora qué, chicas? ¿Proseguimos la fiesta en mi piso? -. Propuso
el acompañante de la otra cuando se vio que la hora de cierre estaba
cercana.
- Depende... ¿No? -. Respondió ambiguamente su compañera.
- No, lo lamento. Yo ya tengo una cita y no puedo faltar a ella. -. Dijo
tajantemente Loli. -. Otra noche, tal vez...
Y es que había observado que el empresario la miraba con ojos
avariciosos.
- ¿Y nos vas a dejar tirados después del dineral que hemos gastado?
¡Serás puta!
- Eso lo será tu madre. -. Le respondió ella. -. Precisamente porque
no lo soy, me voy con quien me apetece y no con quien lo desea.
El gordo comenzó a vociferar ante el insulto recibido. Ella se levantó
de su lado y se puso en guardia. Y todo concluyó cuando dos camareros
se acercaron a la mesa y, amablemente, recordaron a los señores que
estaban en un lugar decente y les indicaron la situación de la puerta
de salida.
Loli se dirigió sin más a su camerino, a sabiendas de que el
empresario no tardaría en reunirse con ella. Los clientes se quedaron
discutiendo con los empleados y al final tuvieron que ser desalojados un
tanto bruscamente. Son cosas que suelen ocurrir en las noches de
cualquier ciudad y tras haber pagado unas cuantas botellas de licor a
precios abusivos, engatusados por el afán de conseguir una mujer a base
de copas. Siempre suele tener el mismo resultado.
Mientras se quitaba el maquillaje y las minúsculas ropas que componían
su vestuario de actuación y de alterne, esperaba que el empresario
llegase. Pero el tiempo pasaba y no venía.
Al cabo, sintió unos golpes en la puerta y corrió a abrir. Ante ella
estaba el hombre, con un gesto extraño reflejándose en su rostro.
- ¡Cuánto has tardado! -. Exclamó ella. -. ¿Ocurre algo?
- Ocurre que tú debes ser de ésas que llevan el mal fario. O sea,
gafe. -. Respondió él. -. Me acaban de comunicar desde Madrid que don
Arturo tuvo un accidente de automóvil ayer noche, cuando salió de
aquí hecho un basilisco, y que se ha matado.
Loli se quedó de piedra. Luego, se recostó contra la jamba de la
puerta y suspiró.
- ¡Pues sí que le ha durado poco su venganza! No es que me alegre,
pero tampoco me voy a echar a llorar...
- Pues no sé si deberías de hacerlo porque si ha muerto y no ha dejado
nada explicado de vuestros negocios, me parece que te va a ser un poco
difícil recuperar esos dineros que dices que te guardaba él. -.
Aseguró el hombre.
- ¿Tú crees? En algún sitio, en el Banco, en su despacho, tiene que
haber algo que diga que lo que yo ganaba lo ingresaba en una cuenta de
la que sólo él podía disponer. Algún documento tiene que existir que
acredite que era mi representante y que disponía de mis fondos, digo
yo.
El empresario se quedó pensativo. La contempló. La verdad es que
estaba muy rica, pero... Por una vez en su vida decidió ser buena
persona y no aprovecharse de las circunstancias.
- Mira, muchacha, Yo creo que deberías irte para Madrid lo más
rápidamente que puedas y ver de arreglar el asunto. Cada hora que
pierdas puede ir en contra tuya. Seguramente la familia del difunto no
te va a dejar acceder a ningún documento ni a ninguna cuenta. Debes
marcharte echando mixtos. Y bien que me gustaría que te quedases y
pasarlo bien contigo, pero lo digo por tu propio beneficio.
- ¿Tú crees que pueden hacerme eso? -. Preguntó asustada Loli.
- Pueden hacer eso y más. Te lo aseguro yo que conozco bien el
ambiente. Hasta decir que le has sacado dinero o cualquier otro
infundio.
- Pero... Si en todo caso, el que se habría quedado con lo mío sería
él... -. Protestó la chica.
- Pero él ya no puede declarar porque está muerto. Y lo que vale es lo
que quede escrito, si es que siquiera es que hay algo. Debes irte, ya te
digo.
Y Loli se sintió desesperada.
Aquella noche fue la última que pasó en el hotel. Lo cierto es que las
palabras de aquel hombre le habían metido el miedo en el cuerpo y
estaba deseando estar en Madrid y comprobar cuanto le había dicho. Todo
era posible. Si don Arturo no había dejado nada escrito, a ver cómo
ella iba a demostrar que se había quedado con su dinero. Y si lo había
dejado, temía enfrentarse con sus familiares. Estaba convencida de que
le iban a poner todas las dificultades posibles y, acaso, hasta le
achacasen la muerte del mismo, ya que el accidente se había producido
viniendo de haberla ido a espiar.
Hizo que los del hotel le buscaran un billete en el primer tren que
hubiera y se dedicó a hacer el equipaje. Ya casi de madrugada se quedó
dormida, pero breve tiempo porque enseguida la despertó el teléfono de
Recepción.
- Señorita Espejos, recuerde usted que su tren sale dentro de dos
horas.
- Gracias. -. Respondió. Y colgando el teléfono se dispuso a
levantarse de aquella mala y corta dormida.
Con tiempo de sobra estuvo en el vestíbulo y encargó que avisaran un
taxi. A los pocos minutos se hallaba en la estación y a bordo del
expreso que la debería conducir a su destino. Mil veces se preguntó
qué es lo que allí hallaría y otras mil se respondió, desesperada,
que no tenía la menor idea.
Por fin, cuando el tren se puso en marcha, Loli reclinó la cabeza en el
asiento y, cansada como estaba de tantos pensamientos y por lo poco que
había descansado en la noche, no tardó en quedarse dormida a los
acordes del traqueteo sobre las vías.
El convoy fue cubriendo las sucesivas etapas y por fin llegó a Madrid.
La muchacha venía ya descansada después del sueño que se había
echado. Por ello, sin perder tiempo, se encaminó en un taxi a su casa,
aquel chalecito que le pusiera al comienzo de sus relaciones don Arturo.
Iba nerviosa por si, por cualquier circunstancia, alguien hubiera
ocupado la casa o hubieran cambiado la cerradura. Pero no. Tuvo suerte y
consiguió abrir a la primera, cosa que según el estado anímico en que
se encontraba no le parecía tan fácil. Pero consiguió entrar y se
halló todo tal y como lo había dejado el día de su marcha. Allí no
había estado nadie, ni siquiera él, en su ausencia.
Se dirigió al mueble donde guardaba un cofrecito con sus alhajas, las
que no llevaba normalmente en sus desplazamientos, y en el cual,
además, tenía siempre unos miles de pesetas para cualquier
acontecimiento que pudiera surgir. Lo abrió y todo el contenido que
esperaba hallar estaba en su sitio.
- ¡Menos mal! Al menos no me he quedado en la miseria total y podré
pagar un abogado que haga las gestiones. -. Exclamó.
Luego, se dirigió al teléfono y llamó a casa de sus padres para
preguntar cómo estaban. Habló con su hermano pequeño, ya que su padre
estaba trabajando, como de costumbre, y su madre estaba en la cama,
aquejada de una más de aquellas innumerables jaquecas que le afectaban
a diario, motivadas por las exageradas ingestas de alcohol que
efectuaba.
Por supuesto que no se le ocurrió mencionar para nada que se había
tenido que volver ni ninguna de las circunstancias de su viaje. Se
limitó a decirle que estaba bien y a informarse sobre ellos. El
muchacho le contó los avatares de los últimos días y se despidió
cariñosamente de ella.
Loli quería mucho a su hermanillo. Era unos cinco años más joven que
ella y le estaba pagando los estudios que no hubiera podido cursar si no
hubiera contado con su ayuda. El chaval le estaba muy agradecido pero
parecía que Dios no le había llamado por el mundo de la letra porque
no le iba demasiado bien. Él quería ser, se lo había dicho varias
veces, mecánico y ella se empeñaba en que hiciera una carrera. Pero no
parecía que fuese ése su destino.
Con la casa en su poder, el dinero que le quedaba en el cofre, unas
quince mil pesetas, que entonces eran un dinero, y las alhajas, Loli
comenzó a ver las cosas desde mejor perspectiva. Podría pagar un
abogado, si era necesario, para que defendiera sus intereses. Y lo mismo
no hacía falta ni pagar a nadie, ya que entre sus numerosos admiradores
no faltaría quien le echase una mano para llevar el caso.
Esa noche durmió tranquilamente, con la idea preconcebida de, a la
mañana siguiente, dirigirse al Banco donde sabía que tenía sus
ahorros y con el que don Arturo trabajaba. Allí tenían que informarle
de algo; ya fuese que, efectivamente, existían dos cuentas o que el muy
sinvergüenza se había apropiado de su dinero. Si era así, ya vería
lo que podía hacer.
Se levantó temprano y no dudó en vestirse elegantemente pero con
corrección. Sabía que la buena presencia era muy mirada para asuntos
serios y si aparecía demasiado deslumbrante, el banquero podía tomarla
por lo que en realidad había sido: La amiguita de don Arturo. Y ello no
le convenía en absoluto.
Ya a las puertas de la entidad sintió nuevamente miedo. No estaba
segura de cómo encauzar la gestión y de qué podrían pensar de ella.
Los hombres importantes que se divierten con muchachas como ella era,
suelen ser muy meticulosos en su trato oficial con las mismas. Lo que no
fingen cuando están a solas y de jarana lo ocultan cuando la solemnidad
de sus despachos les rodea. Así había pasado siempre con don Arturo
que de ser un viva la Virgen estando a su lado, pasaba a ser todo un
caballero respetable cuando hablaba de negocios, aunque estuvieran en
medio de un cabaret.
Por fin entró y preguntó por el director. Dijo de parte de quién y,
al rato, salió un caballero que se identificó como el interventor. Se
excusó en nombre de su superior diciendo que estaba reunido con unos
clientes y que él podría atenderla como correspondía.
Loli supo que estaba mintiendo y ya comenzó a sentirse insegura.
Aquello de que el jefe delegase en otra persona para despacharla la
mosqueaba y bastante.
- Yo tengo con ustedes una cuenta y don Arturo, al parecer, tenía dada
la orden de que al exceder su saldo de dos mil pesetas, el resto fuese
traspasado a otra donde tiene que estar acumulado lo que he ganado en
este tiempo. Me gustaría saber cómo está ese asunto.
- Señorita Espejos, como usted no ignora, don Arturo ha fallecido en un
accidente y yo no puedo revelarle a usted ningún dato que solamente
concierne a su familia... -. Se excusó el empleado.
- Nadie le pide que me facilite datos sobre él. Yo, lo que quiero, es
saber cómo están mis asuntos.
- Eso es fácil de ver. -. Y sacando de una carpeta, que ya llevaba
preparada, unas hojas, se las mostró. -. En este momento dispone usted
de un saldo de dos mil pesetas, efectivamente.
- ¡Eso ya lo sé! Me lo dijeron en provincias... -. Exclamó. - ¿Pero
y el resto de mi dinero?
- A eso no le puedo contestar. Efectivamente, aquí consta una orden,
firmada por usted, de que cualquier saldo superior fuese traspasado a
otra cuenta a nombre de don Arturo. Y sobre eso ya no puedo informarle.
Loli se vio estafada. Era como si estuviese dándose de cabezazos contra
un muro e intuía que de allí, poco o nada iba a sacar en consecuencia.
- O sea, que todo mi dinero está a su nombre y yo sin enterarme, ¿no?
Me parece que ese señor me engañó pero bien.
El empleado se encogió de hombros.
- Yo, a eso no le puedo responder. Usted dio la orden de traspaso y
aquí está recogida su firma. Si lo hizo, sus razones tendría, digo
yo...
- ¿Y si resulta que esa firma no es la mía? -. Preguntó. -. Porque yo
no recuerdo haber firmado tal documento.
- Tal vez lo hiciese junto con otros y no se acuerde... ¿Don Arturo no
era su apoderado?
- Sí. Aparte de otras cosas.
- Perdone, pero la vida privada de nuestros clientes no nos interesa. Y
don Arturo era de los mejores que hemos tenido.
- Ya veo que lo voy a tener difícil para conseguir recuperar lo que es
mío, ya... Uno de sus mejores clientes, todo un caballero y, sin
embargo, a usted le consta que me estafó como a una tonta.
- Señorita, no estoy dispuesto a escuchar insultos sobre un hombre que
trabajó durante largos años con nosotros y que siempre atendió con
prontitud sus compromisos. Los líos que usted tuviese con él, le
aseguro que no son del interés del Banco.
- Así que tendré que buscarme un abogado, ¿no? Y que éste vea y
saque a la luz todos los trapos sucios de su "magnífico"
cliente. -. Dijo con sarcasmo. -. Pues no dude que es lo que pienso
hacer.
- Está usted en todo su derecho. Pero yo le aconsejaría que no
removiese mucho el asunto. Don Arturo era una persona muy querida y
respetada por multitud de gente y todo lo que pueda perjudicar a su
memoria será mal visto por muchas personas que tienen bastante más
influencias y medios que usted.
Las palabras sonaron secas, amenazantes. Loli intuyó el peligro que
destilaban y solamente supo preguntar:
- Entonces, ¿qué quiere? ¿Que me deje robar como si nada?
- Yo no soy quién para aconsejarle, pero creo que tiene usted mucho
más que perder si se mete en pleitos que si se calla. Recuerde, y si no
lo sabe yo le informo, que la familia del difunto es muy importante. Y
estoy seguro que no permitirían que un escándalo manchase el buen
nombre de su deudo.
- ¿Buen nombre? ¡Un granuja es lo que era!
- Señorita, por ese camino vamos mal y yo ya le he informado de cuanto
en mi mano estaba. Ahora, haga usted lo que considere oportuno. Pero
recuerde que le advertí: Cuantas más indagaciones haga y más trapos
sucios saque a relucir sobre don Arturo, más puertas se le cerrarán a
usted y lo tendrá más difícil. En cambio, si transige, tal vez esos
mismos parientes y amigos sean generosos con usted. Usted es una
muchacha joven y bella, una buena artista de cartel y siempre
encontrará quien pueda ayudarle. Pero si se mete en líos, no le auguro
ningún buen porvenir. Téngalo muy en cuenta.
- Sus palabras me suenan a amenaza... -. Musitó Loli.
- Tómelas como quiera, pero créame si le digo que le estoy haciendo un
favor al aconsejarla de esta forma. Usted no tiene nada suyo, excepto un
poder a nombre de don Arturo en el que le daba facultades para hacer y
deshacer a su entero antojo. Cualquier otra cosa no será válida ante
nada ni nadie, por mucho que usted lo intente.
- Y quedarme sin lo que es mío y que mi trabajo me costó ganar... -.
Se lamentó la muchacha.
- Que yo sepa, todavía conserva el alquiler de la casa donde reside.
Nadie ha ido a importunarla. -. El interventor parecía estar más
enterado de lo que había dicho de toda la historia. -. Si usted
pleitea, puede ser que no le dure mucho su estancia en esa mansión, ya
que el contrato estaba a nombre de él...
Y con estas palabras dio por zanjada la conversación.
Loli supo que si quería recuperar lo que era suyo habría de ir al
Juzgado y que todas las bazas estaban de parte del muerto y de sus
familiares. Ella tan sólo podría argüir que había confiado en él y
que se había visto sorprendida en su buena fe. Luego saldría a relucir
que había sido su amante y que todo había sido una estafa. ¿Pero
cómo podía ella demostrarlo cuando, según lo expuesto por el
bancario, su firma aparecía en aquel documento y ella misma parecía
haber dotado de tales facultades a don Arturo, aunque no lo recordara?
Dándole infinidad de vueltas a estos pensamientos se vio en plena calle
de Alcalá y sin saber qué hacer. Apenas si eran las doce del mediodía
y la zona era un hervidero de gente que iba a sus quehaceres. Loli
observó a la multitud y se preguntó cuántos sinvergüenzas como don
Arturo no se esconderían detrás de aquellas caras serias y de gesto
decente.
- ¡Esta vida es una verdadera mierda! Los que nacimos pobres no podemos
intentar cambiar de condición. Pobres nacimos y en la miseria
moriremos, por mucho que intentemos cambiar nuestra suerte.
Y con esta triste idea bien grabada en la mente, optó por tomar un taxi
e ir a ver a sus padres. Tal vez el bueno de Manuel supiese aconsejarle
lo que mejor fuese para ella. Él no entendía de negocios pero sabía
que había vivido lo suyo y tenía su experiencia. Además, tenía ganas
de verle.
Cuando apareció en la calle, vio que nada había cambiado. Ya podían
pasar los años y los siglos que aquel barrio nunca variaría su
aspecto. Las mismas gentes, las mismas caras, los mismos vecinos... Todo
seguía igual que cuando era niña. Solamente el local contiguo al
portal de al lado del suyo había cambiado de nombre y de tipo de
negocio. Siempre fue una tintorería y ahora anunciaba una peluquería
de señoras. El resto, todo seguía lo mismo.
Las vecinas que estaban en el portal, como siempre, charlando, la
reconocieron y la saludaron entre besos y risas.
- ¡Qué guapa estás, Loli! ¡Qué elegante! ¡Cómo se ve que te van
muy bien las cosas!
Y ella sonrió y asintió con un leve gesto de cabeza. ¡Si supieran que
todo el trabajo de varios años se lo había llevado la trampa y un
canalla...!
Subió los escalones casi con el mismo brío que lo hacía cuando era
una chiquilla y se plantó delante de la puerta. Llamó y solamente le
respondió el silencio. Seguramente su padre estaría durmiendo, ya que
trabajaba de tarde y de noche, pero... ¿Y su madre?
Volvió a insistir y al cabo le pareció escuchar un rumor dentro de la
vivienda. Llamó de nuevo y ya sí le contestó una voz.
- ¿Quién es? -. Escuchó que decía su padre.
- ¡Padre! ¡Abra! Soy yo, Loli, su hija.
Y pudo escuchar los pasos de Manuel dirigiéndose a la puerta.
El hombre descorrió el cerrojo interior y abrió la puerta. Ella
permanecía en el zaguán, como esperando que la invitase a entrar.
Sintió cómo su mirada la recorría de arriba a abajo, fijándose en
sus ropas, en su pelo, en toda ella y, al fin, le sintió decir:
- Pasa, hija, pasa.
Nada más. No hizo ni un gesto de abrazarla ni de darle un beso.
Simplemente se apartó, franqueándole la entrada. Ella no se dio por
enterada y, al pasar, le dio un leve beso en la mejilla.
Manuel cerró la puerta y, calmosamente, se dirigió hacia el pequeño
diván cama que tantas noches había sido el martirio de la muchacha con
sus muelles. Se dejó caer en él y, una vez sentado, hizo ademán a su
hija de que hiciera lo mismo en una de las sillas.
- ¿Cómo tú por aquí? ¿No estabas de jira por provincias? Al menos
eso es lo que me dijo tu hermano. -. Le preguntó.
- He vuelto ayer. ¿No le dijo que había telefoneado?
- La verdad es que vine muy tarde y cansado y me eché a dormir. Él se
habrá ido a la escuela y tu madre, aunque sepa algo, es como si no
estuviera. Sigue durmiendo, ya sabes...
E hizo un gesto con la mano como de llevarse un vaso a la boca.
- ¿Sigue bebiendo como siempre?
- No. Sigue bebiendo como nunca. O más. ¡Yo qué sé! Solamente la veo
de madrugada cuando vuelvo y antes de irme a trabajar. Y la comida para
tu hermano y para mí tengo que hacerla yo. Ella está siempre borracha
y cuando no, no se le puede hablar porque le duele la cabeza. Así que
apenas sé lo que es hablar con nadie. ¡Estoy más que harto!
Loli no dijo nada y se limitó a contemplar a su padre. Se le notaba que
había envejecido varios años en poco tiempo. Además, se estaba
quedando calvo y ello le hacía mayor. Pero conservaba el gesto decidido
de luchador de sus años mozos, aquél que ella había visto tantas
veces pero nunca había sabido interpretar correctamente.
- Bueno... ¿Y a ti cómo te va? ¿Sigues "triunfando" - lo
dijo con tono irónico - por esos mundos de Dios? Aunque con Dios no
tendrán mucho qué ver sino con la golferancia y el puterío.
- ¡Padre! -. Protestó la muchacha. -. Yo me gano la vida honradamente
actuando en las salas de fiestas ...
- Ya... ¿Y ese protector amigo tuyo también es una hermanita de la
Caridad? Tus buenos duros te sacas y no creo que te los dé a cambio de
nada.
- Don Arturo siempre se portó muy bien conmigo y me trató como a una
hija. -. Mintió.
- ¿Se portó y te trató..? ¿Es que ya no estás con él?
- Ha fallecido hace dos días. En un accidente de automóvil.
- ¡Vaya por Dios! Para uno que parecía que le tenías bien trincado y
que te cuidaba, porque a pesar de todo prefería eso a no que estuvieras
con cualquiera, va y se mata. No, si te digo yo que tienes la negra...
- Pues ya ve usted. Cosas de la vida...
- Sí. La vida que ni sabe uno cómo empieza ni cómo ni cuándo acaba.
Ya ves, yo me casé con tu madre convencido de que me iba a ir bien y
aquí me tienes, soportando a una borracha, trabajando como un cabrón y
con una hija perdida por esos mundos.
Loli guardó silencio porque sabía que su padre llevaba toda la razón.
Él siempre se había esforzado por su familia y parecía que todos le
habían fallado, a excepción de su hermano pequeño.
- Al menos te habrá dejado bien situada y con contactos para seguir
trabajando y con un buen dinero ahorrado, salvo que te lo hayas gastado
como acostumbran a hacer todas las de tu profesión, digo yo.
- Pues... La verdad es que no. Su muerte ha sido tan repentina, y al
parecer no era tan buena persona como yo creía, que me parece que me ha
hecho una charranada.
- ¡No, si bien merecido lo tienes! Por estúpida e ingenua. Y eso
porque no quiero llamarte otra cosa, que estoy seguro que también lo
eres. Una mujer, cuando se dedica a tu profesión debe cubrirse las
espaldas. Como dicen por ahí, para ser puta y poner la cama, más vale
ser honrada...
- ¡Padre! ¡Que yo de puta no tengo nada! Don Arturo me apreciaba y si
he tenido algo que ver con él ha sido sólo por agradecimiento y
cariño.
- Pues ya ves a las desgracias que conduce el cariño. A que te tomen el
pelo y encima se rían de ti dejándote en la ruina después de haberse
aprovechado totalmente. Como el que tira una colilla al suelo, igual.
Y Loli tuvo una vez más que tragar y estar de acuerdo con lo que decía
Manuel.
Decidida como estaba a hablar con su padre, aprovechó la circunstancia
de que éste no parecía demasiado enfadado y que se encontraba en plan
filosófico. Percibía que las desgracias habían forjado el alma de
Manuel firmemente y se trataba de una persona capaz de luchar contra las
circunstancias más adversas. Él sabría aconsejarla.
Como buenamente pudo y evitando los aspectos más escabrosos, que sabía
habrían de molestarle, le contó su trato con don Arturo, sus triunfos,
las puertas que éste le había abierto y las que ahora, una vez muerto,
parecía cerrarle. Los problemas a los que se enfrentaba y el engaño de
que había sido víctima. Por supuesto que calló que la había
sorprendido en la cama con aquel joven y que ello desató su ira, así
como lo de su primera experiencia en el alterne. No quería que su padre
sufriera más de lo necesario y tampoco quería corroborar en él la
idea de que su hija era una perdida. Loli no se tenía por tal, pero sí
reconocía que había dado muchos pasos en falso y no quería hacerle
sufrir más. No se lo merecía. Demasiada desgracia tenía ya con lo de
su madre.
- ¡Total! Compuesta, sin un duro y sin novio. Muchacha... -. Le dijo.
-. Más te hubiera valido resignarte a llevar una vida normal y a no
ambicionar salir de tus raíces. Naciste pobre y has llevado una vida
que no te correspondía a base de dejarte la vergüenza en manos de una
mala persona y de un ladrón. Hubieras podido casarte con cualquier
muchacho de tu misma clase y hubieras tenido hijos y más o menos
hubieras sido feliz. Ahora, después de lo que me has contado, ¿qué
porvenir crees que te espera?
- ¡Puedo luchar por lo que es mío y en justicia me corresponde! -.
Arguyó ella.
- Esa clase de gente son malos enemigos y tienen el poder y el dinero
suficientes como para librarse de quienes les molestan. No te hagas
ilusiones. A la familia no le interesará que les importunes en absoluto
y te evitarán cuanto puedan. Luego, más tarde o más temprano, y por
los medios que sean, lograrán que les dejes en paz. Te has creado malos
enemigos.
- ¿Usted cree que no puedo hacer nada?
- Yo creo que no. De todas formas, lo consultaré con mi jefe, el del
teatro. Me aprecia bastante y él conoce ese mundo. ¡Si por lo menos
hubieras sido lista y, aunque me fastidie decirlo, le hubieses embaucado
con un hijo, ahora tendrías armas para defenderte!
- Pues... Me parece que ésas ya las tengo. No se lo quería decir, pero
es muy posible que esté embarazada.
Manuel dio un puñetazo encima de la mesa.
- ¿En qué mala hora habré mencionado eso? Ésa hubiera sido una
solución viviendo él, pero ahora... Precisamente será otro motivo
más para que la familia te rechace, lo vas a comprobar.
- Ellos no pueden abandonar a un hijo de don Arturo en la calle...
- ¿Y crees que se van a creer que es de él? Eso es lo primero que van
a preguntarte y que te van a echar en cara. Van a intentar demostrar por
todos los medios lo contrario y van a ir a por ti. ¡Lo que les faltaba!
¡Tener un heredero más a la hora de repartir y sin siquiera saber
realmente que lo es!
- Yo le aseguro que sí. -. Loli no estaba tan segura, pero tenía que
hacerse valer.
- Pues a ver cómo se lo demuestras a ellos. Si él lo hubiera
reconocido, todavía. Ahora surge una cualquiera diciéndoles que está
preñada de su padre o de su marido y ya verás la respuesta... Encima
de que quieres inmiscuirle en asuntos turbios, les vas a ir con un
niño. Has tenido verdadera mala suerte, de veras. Lo que pudiera haber
sido tu llave de salvación se va a convertir, justamente, en la causa
de tu desdicha.
Y se apresuró a pasar el brazo por encima de la cabeza de su hija, que
estaba llorando desconsoladamente.
- Hablaré con el del teatro. -. Prometió. -. Ya veremos lo que se
puede hacer...
En aquel instante se abrió la puerta y entró su hermano a toda prisa.
Ni la saludó siquiera y se dirigió al retrete. Se escuchó tirar de la
cadena y ya salió a su encuentro.
- ¿Cómo te va, hermanita? Le dije a madre que habías llamado.
- Por lo visto, como si no se lo hubieses dicho.
Y, efectivamente, Loli se marchó de casa de sus padres sin haber visto
a su madre que no dejaba de roncar en el dormitorio adyacente.
Lo más pronto que pudo se fue a su casa y una vez allí, recordando las
palabras de su padre, revisó una vez más el cofre donde guardaba el
dinero y las alhajas. Contó el dinero y comprobó que disponía de
quince mil pesetas en efectivo. Luego, por encima, calculó el valor de
las joyas.
- Unas cien mil pesetas me costaron. Tirando por lo bajo, malvendidas,
me darían cincuenta mil.
Sesenta y cinco mil pesetas, que es lo que sumaba la cifra calculada,
era una cantidad suculenta en 1961. No se podía decir que fuese rica
pero tampoco estaba en la más oscura miseria. Tendría suficiente para
hacer frente a la vida y para cuidar de aquel hijo que hacía ya días
había presentido, aunque no pudiese trabajar en el mundo del
espectáculo. Luego, siempre le quedaba el remedio de acudir a la
familia de su antiguo protector y hacerles ver que el niño era hijo de
don Arturo y que tenían que cuidar de ambos. Tampoco era todo tan negro
como ella misma se lo había pintado.
Dos días más tarde, estando ocupada con la muchacha que tenía a su
servicio para limpiar la casa, llamaron a la puerta y la criada le
anunció la visita de un caballero.
De momento y sin saber de quién se trataba, estuvo por no recibirle.
Cuando la doncella le dijo que había mencionado a un tal don Arturo, ya
sí salió a su encuentro.
Ante ella se encontró a un apuesto joven cercano a la treintena que se
apresuró a saludarla cordialmente. Se fijó bien en él y vio que era
el mismo retrato de su antiguo protector. Estuvo segura de que se
trataba de uno de sus hijos.
- Señorita Lola, me llamo Vicente y ya supone usted quién soy, tal y
por la cara con que me ha examinado.
- Supongo que sí. El parecido es extraordinario.
- En efecto. Guardo fotos de mi padre de joven y soy clavado a él. Así
que, conociéndonos como ya nos conocemos, creo que deberíamos pasar
directamente al asunto que aquí me ha traído...
- Como usted desee...
- Mi padre, al parecer, la apreciaba mucho a usted y veló por sus
intereses y su carrera. Hasta la instaló en esta casa que cuesta un
buen pico de alquiler. Todo eso está muy bien y yo no soy quien para
juzgar sus actos. Pero esta situación tiene que acabar inmediatamente.
Loli le miró fijamente. Intentó leer en los ojos del joven sus
intenciones, pero esgrimía una mirada fría e impenetrable. Todavía no
estaba segura, a pesar de sus palabras, de si venía como amigo o como
enemigo.
- Pues usted dirá...
- Nosotros no estamos dispuestos a mantener el alquiler de esta casa y
el tren de vida que ha llevado usted en ella. No es nuestra intención
dejarla en la calle, pero comprenderá que yo no voy a decirle a mi
madre que continúe pagando la vivienda de la amante de su difunto
marido.
Ella asintió, comprensiva.
- ¿Y qué me propone usted entonces..? -. Preguntó.
- Que abandone la casa y que se vaya a vivir con sus padres. Imagino que
tendrá familia.
- Efectivamente. La tengo y bien buena. Tal vez no tan fina y elegante
como la suya, pero al menos más honrada.
Vicente frunció el ceño.
- ¿Qué quiere decir, me está insultando?
- No. Simplemente la verdad. Mi padre es solamente un obrero pero nunca
se ha quedado con las ganancias de una muchacha de la que alardease ser
el consejero y el manager.
- ¿Cómo dice usted? ¿Que mi padre se ha quedado con algo suyo? ¡Eso
es mentira!
- Tranquilícese, por favor, que va a saber la verdad de cómo era su
señor padre, con todo aquel aspecto de caballero que tenía.
Y Loli le espetó lo de la cuenta del Banco y los manejos que se traía
don Arturo con los dineros.
- No me lo puedo creer. -. Aseguró el muchacho. -. Mi padre tenía el
suficiente dinero para quedarse con el de nadie. Y menos de una mujer
con la que se entretenía.
- Pues no tiene más que ir al Banco y hablar con ellos. A usted sí le
recibirá el director y no un empleado, como hicieron conmigo, porque
ustedes son de "los buenos clientes".
- Desde luego que lo haré. -. Afirmó.
- Pues allí le sacarán de dudas.
Ante la firmeza y la seguridad con las que hababa Loli, Vicente comenzó
a pensar que no hacía mucha falta que comprobase cuanto le estaba
diciendo. Se notaba que la muchacha no mentía ni exageraba el asunto.
- ¿Y cuánto cree usted que pudo quedarse mi padre de sus beneficios?
-. Preguntó.
- Mire, la verdad es que yo no soy muy avezada con las cuentas y como
siempre confié en él tampoco me preocupé mucho de a cuánto
ascendían los contratos. Pero teniendo en cuenta que su padre me
representó durante tres años y que yo solía hacer unas veinte galas
mensuales, más o menos a razón de cinco mil pesetas cada una...
- Tres millones y medio de pesetas más o menos... -. Calculó Vicente.
- Yo no soy tan rápida como usted con los números, pero sí; ésa
puede ser la cifra, descontando, claro, y para que vea que soy honrada y
no me quiero aprovechar en absoluto, las joyas que yo me compré y el
poco dinero que tengo y el que regalé a mis padres.
- Ya lo veo, ya... -. Tuvo que asentir el hombre. -. Pues en las cuentas
de mi padre no aparece tanto dinero. Él ganaba lo suficiente para vivir
holgadamente, pero la fortuna principal es de mi madre. Él vivía con
su trabajo y esa cifra no aparece en ninguna parte.
- Se lo gastaría. Tal vez tenía aficiones que usted desconocía.
Porque con mujeres, o muy tonta debo ser yo o le aseguro que no tenía
ni tiempo ni ganas de hacerlo. Conmigo tenía más que suficiente.
- No quiero conocer detalles íntimos, por favor. Se trata de la memoria
de mi padre, téngalo en cuenta.
- Pues si quiere que no se manche más esa memoria, apresúrese a
corregir lo que mal hizo. -. Advirtió Loli. -. Por mi parte, las cosas
están claras. A mí, su padre me hizo algún regalo y valioso, pero
tampoco crea que tantos. Lo que sí sé es que siempre andaba
presentándome señores con los que decía tener negocios. Tal vez ellos
puedan informarle mejor que yo.
- Mi padre siempre tenía negocios, pero no eran de tanta envergadura
como para invertir ese capital. Y si eran importantes, siempre los
hacía por cuenta de mi madre y a nombre de ella.
- Pues en algún lugar tiene que estar ese dinero. -. Aseguró la
muchacha. -. No puede haberse evaporado.
Y miró tan francamente a Vicente que éste no supo mantener los ojos
fijos en ella.
- Así que me parece que el alquiler de la casa, en este caso, es el
chocolate del loro, que decían los socios de su padre.
- Puestas las cosas tal y cómo las plantea, así es.
- Y luego, - soltó ya decididamente Loli -, está lo de su futuro
hermanito...
El joven se recostó en el sillón donde estaba sentado, dispuesto a
soportar la definitiva andanada.
- ¿Qué me dice usted de mi futuro hermanito..? -. Vicente pronunció
estas palabras trémulamente, como intuyendo con temor la respuesta.
- Lo que acaba de escuchar. Que me encuentro embarazada de, yo calculo,
dos meses y que a ver qué coño va a pasar con este niño...
- ¿Insinúa que va a tener un hijo de mi padre?
- ¡Naturalmente! No querrá usted que sea del vecino.
El muchacho se pasó la mano por la frente para secarse las gotas de
sudor que le habían brotado.
- Pues también podría ser... -. Farfulló a duras penas,
atragantándose con las palabras.
- Pues no podría ser, no señor. Yo, desde que conocí a su señor
padre no he estado con otro hombre. ¡Pues no era él celoso ni nada
como para dejarme a solas con ninguno! Recuerdo que una vez, a uno de
sus socios se le ocurrió dirigirme una mirada menos discreta de lo
debido y decirme que qué guapa estaba y casi sale discutiendo con él.
No le faltó apenas nada. ¡Pues no tenía genio para esas cosas su
padre!
- Entonces... ¿Es de él?
- Ya le he dicho que sí. Tan hijo suyo como usted y con tanto derecho a
llevar su apellido. De hecho, me había prometido que lo reconocería en
cuanto naciese, como hijo natural e, incluso, le incluiría en su
testamento con los mismos derechos que usted y sus hermanos. ¡La
lástima es que no le dio tiempo de conocerle y ahora este niño nacerá
sin padre! Pero yo estoy dispuesta a ir donde sea preciso a reclamar sus
derechos. Para mí no pido nada, ¡pero para mi hijo..! Quiero y exijo
lo que le corresponda en justicia.
Loli se sentía crecida ante la vacilación y la duda que había
percibido en Vicente y le había largado todo este párrafo de un
tirón, sin darle tiempo ni a respirar.
El muchacho se exprimió las manos como buscando una solución. Su
cabeza trabajaba a toda velocidad tratando de encontrar las palabras que
menos pudieran herir la susceptibilidad de Loli ante tan delicado
asunto.
- Esto que me cuenta altera mucho las cosas... -. Comenzó a decir. -.
Yo no le deseo a usted ningún mal, eso quiero que lo tenga claro, pero
si en estas circunstancias yo le cuento a mi madre que mi padre iba a
tener un hijo de otra mujer, como comprenderá, su reacción va a ser
tremenda. Ignoro totalmente lo que haría, pero sé que no sería nada
bueno para usted. Y, al fin y al cabo, ese niño será mi hermano, como
muy bien ha dicho. Una locura de mi padre, pero será mi hermano quiera
o no quiera.
- Así es. Y no creo que desee usted para un hermano suyo la pobreza o
la falta de recursos. Si su padre hubiera vivido hasta que el niño
naciera, tenga por seguro que a él le hubiera encantado darle las
mejores cosas y que no le faltara de nada. Es cierto que cuando se
enteró se enfadó mucho, pero luego ya no hacía más que hablar de
ello muy contento. Supongo que será la reacción de un hombre maduro
que sabe que todavía vale para algo en esta vida.
Loli aprendía a mentir a marchas forzadas que era un primor. Ya le
salían las palabras fluidamente y sin el menor atisbo de vacilación.
Se estaba jugando mucho en el envite y no le importaba lo más mínimo
contar los cuentos que fuesen necesarios para conseguir su objetivo. Se
sabía ganadora de la partida, en contra de lo que le habían indicado
tanto su padre como el Apoderado del Banco. Aquél sí que iba a ser su
caballo blanco y no como lo había sido don Arturo. Es cierto que éste
le había hecho triunfar pero la oportunidad de su embarazo, de cuya
autoría no estaba ni mucho menos convencida aunque sí era muy posible
que fuera consecuencia de su protector, venía a resolver todas sus
preocupaciones. De aquí a que el niño fuera nombrado heredero de su
difunto padre como hijo póstumo, no había más que un paso.
- Señorita, va usted a perdonarme, pero esta circunstancia que yo
desconocía me obliga a consultarlo con mis otros hermanos y con
nuestros asesores legales. Tenga por seguro que yo voy a tratar, en
primer término, de enterarme qué ha sucedido con ese dinero que me ha
dicho pero, sobre todo, lo del niño me preocupa mucho más. Desconozco
lo que mi padre hubiera hecho en estas circunstancias pero pienso que no
la habría abandonado. O, por lo menos, se hubiera hecho cargo de todos
los gastos.
- Eso, delo usted por seguro. Su padre, y no se me enfade, podría ser
un charrán a la hora de asuntos de dinero, pero sé de sobra que no
hubiera rechazado a la criatura de ningún modo. Fíjese, le voy a decir
más: Incluso habló de desposeerme de ella legalmente, haciendo uso de
mi vida privada y de mi profesión, como si yo no fuera una madre digna.
Pero eso fueron palabras mal dichas en un instante de enfado, cuando se
lo conté. Yo sé que habría sido el padre más feliz del mundo. ¡Si
incluso se le caía la baba de pensarlo..!
Vicente hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como dándole la
razón, y ya se despidió de ella.
Loli se quedó a solas. En el piso superior se oía a la criada mover
sillas mientras limpiaba. Todo estaba tranquilo y ella estaba
satisfecha. Había puesto las cartas sobre la mesa y las que en un
principio le parecían feas le habían resultado ser triunfos. Parecía
que el hijo de don Arturo, que había llegado con muchas pretensiones y
con el ánimo de ponerla de patitas en la calle se había amilanado ante
las dos noticias. Primero, cuando le relató los chanchullos monetarios
de su padre y, ésta sí que había sido una buena estocada, cuando le
contó lo del niño. Porque ya sí estaba segura de que estaba encinta.
Aquellos malestares que sintiera en un principio se habían ido
transformando en náuseas por las mañanas y en verdaderos dolores a
veces. Tendría que ir al ginecólogo lo antes posible, no fuera a ser
que algo viniera mal o que padeciera cualquier deformación congénita
que impidiera el normal desarrollo del feto, porque ella nunca había
oído decir a ninguna madre que sintiera aquellos dolores que la
atormentaban.
Se propuso pedir hora al mejor médico que encontrase para el día
siguiente y, con esta idea en la cabeza, pensó que después de todo
aquel zafarrancho bien se merecía un rato de descanso. Se acercó al
pequeño mueble bar que siempre tenía bien surtido don Arturo, aunque
ella no bebía casi nunca, y se le ocurrió servirse una copa de licor.
Pensó que, acaso, en sus condiciones no fuese bueno hacerlo para la
criatura que llevaba dentro, pero se dijo:
- ¡Después de tantos disgustos y tantas discusiones, no creo que una
copa más o menos pueda causarle más daño si es que tiene alguno! Y yo
quiero relajarme y olvidarme de tantos líos.
Se acordó de su madre y sus continuas borracheras pero pensó que
aquello era diferente. Su madre era una alcohólica y ella, sin embargo,
apenas si lo había probado más que de vez en cuando y casi siempre por
motivos de trabajo. ¡Mira que si ahora le daba por beber y se volvía
como su madre!
Desechó rápidamente la idea y se sirvió una copa de un licor de café
que halló a mano. Era la más suave, al menos en sabor, de las bebidas
que tenía. El brandy y el whisky nunca le habían gustado y si alguna
vez se vio obligada a beberlos después de una comida o una cena de
negocios con don Arturo lo hizo con verdadera repulsión y por no
aparentar ser ñoña.
Después de apurar la copa, se tumbó en el cómodo sofá, ¡qué
diferencia de aquel diván cama de sus padres, por Dios!, y se relajó
tanto que se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. La criada
que la vio en una de sus bajadas a la cocina se apresuró a cubrirla con
una manta, para que no se enfriase. Y así pasó la noche, sin
despertarse para nada y sin darse cuenta de la hora que era.
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