1951

La niña subió la escalera corriendo, llegando sofocada y agitándose sus pechos que comenzaban ya a destacarse firmemente en su núbil cuerpo. Aporreó la puerta y le abrió la madre.
Sin decir ni palabra entró corriendo al pequeño servicio que estaba dentro de la cocina y se encerró en él.
- Pero, Loli, ¿qué te pasa? ¿Son ésas maneras de llegar, corriendo como una loca?
No respondió y su madre, meneando la cabeza, siguió dando de comer al pequeño que estaba sentado delante de la mesa. ¡Estos hijos..!
Después de un rato, Loli salió del pequeño evacuatorio y se dirigió a su madre, diciéndole mientras las lágrimas aparecían en sus ojos:
- He empezado a sangrar y creía que me moría. ¿Me habré hecho daño o un corte?
- ¿Por dónde sangras?
- Por aquí. -. Y se señaló el bajo vientre.
- ¡Vaya... El mes! ¡Ya tenemos otra mujer en la casa! ¿Cómo te has limpiado?
Y Dolores enseñó a su hija lo que era la menstruación y a lavarse. Ya sabía, sólo con agua caliente, nada de lavarse la cabeza ni comer cosas frías. Podrían causarle la muerte.
A Loli, aquello "del mes" no le gustó nada, pero sentirse llamar mujer le causó mucha ilusión. Ahora comprendía por qué los niños con los que jugaba cada día le hacían más carantoñas y aún había alguno más atrevido que osaba darle un azotillo en el culo.
- Ahora ya sí que puedes andarte con ojo con los chicos. Te podrían hacer una desgraciada en un instante. -. Le dijo la madre.
Y ella recordó que cuando le habían dado aquellos cachetes no le habían desagradado en absoluto. Así comenzó a sentir el sexo y lo sintió muy hondo, con todo el ardor de su juventud. No sabía de qué se trataba pero se sintió muy interesada por el asunto.
De puro contenta que estaba se puso a bailar y a cantar en medio de la pequeña pieza que era el comedor, única habitación digna de este nombre de la casa. El resto lo componían el pequeño dormitorio de sus padres, otro aún más pequeño donde dormía ella, cuando no estaba su abuela, con su hermano, ambos interiores y sin la menor ventilación, y la mencionada cocina en cuyo extremo, pegado a la ventana, se encontraba el retrete.
Por la ventana, de cristales más sucios que limpios, se veía la ropa de los otros vecinos tendida sobre el patio interior. Y se escuchaba hablar a la gente como si estuvieran allí mismo. La intimidad más precisa no tenía lugar en aquel edificio que ya debía ser viejo cuando su abuela era joven.
La abuela era todo un problema menos los fines de semana. Esos días se iba a casa de una tía suya, hermana de su madre, y era cuando Loli podía disfrutar de dormir en el pequeño lecho. El resto de los días lo hacía en el diván cama que adornaba el comedor, lo cual le producía unos dolores tremendos en la espalda ya que los muelles se le clavaban incesantemente en la misma.
- ¡Deja ya de cantar y bailotear, chiquilla! -. Rezongó la madre. -. No, si esta niña va para artista. Anda, a ver si te haces famosa y nos sacas de pobres. No estaría mal...
Y es que, verdaderamente, Loli tenía "arte". Se le daba muy bien la copla y los pies y las manos se le iban en cuanto escuchaba la música.
Estaba decidido. ¡Sería una artista de aquellas que salían en los "papeles"! Y ganaría mucho dinero y viviría en una casa enorme, con un cuarto de baño grande y precioso, como el que tenían sus primos en aquella casa a la que se iba su abuela a pasar los sábados.
De lo de la regla ya no se volvió a hablar. Ni siquiera su padre, Manuel, lo supo. Aquello, como le dijo su madre, "eran cosas de mujeres" y había que tenerlo muy callado, que nadie se diese cuenta. Y menos los chicos. Se reirían de ella si lo adivinaban.
Manuel, durante aquellos años había seguido trabajando en su oficio de panadero, pero ya en una tahona particular. Había pasado ante un Tribunal Militar que, después de "depurarle", se había asegurado de que era un fiel seguidor del Movimiento Nacional y que su militancia en un partido de izquierdas había sido solamente un desliz ocasional del cual le habían ya exculpado. Como su misión había sido, principalmente, la de trabajar en Intendencia no fue acusado de ayuda a la rebelión ni de ninguno de aquellos cargos absurdos que acostumbraban y por los cuales te mandaban al paredón en menos que canta un gallo. O, con suerte, a una prisión o a trabajar en Cuelgamuros.
Cuando nació la cría había buscado otros trabajos complementarios que le permitiesen aportar unos pocos duros más a su escuálido salario. Al fin, después de muchas idas y venidas, había conseguido colocarse de tramoyista en un teatro, para clavar y desclavar los enseres de atrezo que se utilizaban en las representaciones, menearlos de sitio en los cambios de escena... En fin, lo que se terciara. El caso era sacarse unas pesetas y pasar menos hambre. Y eso que su cuñado, el marido de la hermana de Dolores, les echaba una mano de vez en cuando ya que a él las cosas parecían irle bastante bien. Así que, a trancas y barrancas, iban saliendo de la miseria o viviendo en ella pero con menos apuros.
Luego les llegó aquel segundo hijo, el varón que él había pretendido, y se fueron arreglando como buenamente pudieron.
- Donde comen cuatro, comen cinco. -. Se dijo. Y es que ya contaba con la presencia de la abuela que, aunque no servía para mucho, al menos se ocupaba de los críos, cosa que su mujer no solía hacer. Dolores les tenía más bien desatendidos, ya que su afición al vino había ido consumiendo en ella los legítimos sentimientos de cariño maternal que hubiera debido sentir más profundamente.
Manuel la veía beber más y más de continuo. Ya no era tan sólo el vino de las comidas, al cual él tampoco era remiso, sino que, algunas mañanas, cuando volvía de su trabajo en la panadería, la encontraba en la cama aquejada de fuertes jaquecas y eran frecuentes los cólicos que sufría.
- ¿No crees que bebes más de la cuenta, Dolores? -. Le preguntó un día.
- ¡Quita! Si solamente pruebo de vez en cuando un vaso, para ver si está picado el vino de guisar.
Y Manuel se callaba por no organizarla. Se limitaba a meterse en la cama, cansado como venía de los dos trabajos, y se dormía enseguida. A su lado, muchas veces escuchaba los ronquidos que profería ella en el sopor de su borrachera. Pero tampoco le daba mucha importancia. Él se limitaba a trabajar como un burro, cosa que consideraba su deber, y los problemas de su mujer con los chicos y la casa eran cosa de ella. Mientras mantuviese la compostura y los chicos fueran como Dios manda, ya se debiera a los cuidados de Dolores o a los de su suegra, no quería saber más del asunto. Por eso, ni se enteró de que su hija, Loli, a los doce años ya había tenido su primera menstruación y era mujer.
En aquel mundo y en aquella época, los papeles de los cónyuges estaban muy definidos. Cada cual tenía su parcela y ni osaba entrar en la del otro ni permitía que el otro entrase en la suya. El marido, al terminar el trabajo, podía irse a la taberna y no era cosa mal vista. Mientras, la mujer se cuidaba de las faenas del hogar. De vez en cuando, sobre todo los domingos por la mañana, salían juntos y eso era lo instituido. Lo malo, en este caso, es que Dolores también pasaba por la tasca durante las horas que le hubieran correspondido ejercer de ama de casa.
Y de esta manera, en medio de un ambiente que entonces era muy común en el que el padre poco o nada velaba por la educación de sus hijos, Loli comenzó a hacerse de verdad una mujer. Y una mujer de bandera según pasaba el tiempo. Su cuerpo ya comenzó a desarrollarse plenamente y heredó toda la belleza de su abuela, que en sus años mozos había sido muy hermosa según reflejaban las fotografías que conservaba de cuando contrajo matrimonio.
Su afición por el baile y la copla fueron en aumento y se pasaba las mañanas, después de asistir durante unas pocas horas, cuando asistía, a la escuela, exhibiendo su arte en la calle, delante de sus vecinos y de sus cada vez más numerosos pretendientes que, como moscones, acudían a hacerle la corte atraídos por sus visibles encantos.
- ¡Artista! Yo voy a ser artista. -. Se repetía una y otra vez. -. Estoy harta de vivir aquí y, además, sé que valgo para ello.
Y los aduladores que la agobiaban le seguían la corriente. Tampoco faltaban vecinas que le animasen a ello. La verdad es que la muchacha prometía y que tanto sus dotes físicas como el arte que manifestaba prometían.
A los diecisiete años recién cumplidos se enamoriscó de un joven de la vecindad, un chulillo más picardeado que el hambre y de ningún buen vivir. Éste le aseguró que él podría brindarle la oportunidad de abrirse paso en el camino de la farándula ya que poseía allí cantidad de conocidos y, de paso, se presentó voluntario para enseñarle a la muchacha otras cosas para las que ella, en su interior, ya estaba más que predispuesta por su propia naturaleza.
Así, una tarde y en una pensión cercana a la calle Mayor, Loli dejó de ser mocita en brazos de aquel individuo. Ella estaba locamente enamorada de él y él se dejaba querer por la chiquilla, gozándola plenamente y prometiéndole un futuro lleno de triunfos y de bienestar.
La verdad es que le presentó a varios empresarios de teatrillos de variedades y cada uno le hizo la consabida prueba, tanto en el aspecto artístico como en el de alcoba. A Loli, una vez "perdida la flor" como se decía por aquel entonces, aunque seguía queriendo a su chulo, lo cierto es que lo mismo le daban diez que cuarenta. Su juventud le exigía el contacto carnal y disfrutaba con ello como nunca hubiera imaginado. Y si para abrirse paso en su carrera tenía que complacer a alguno de aquellos señores que parecían estaban dispuestos a ayudarla, pocos escrúpulos mostraba para hacerlo.
Por fin, efectivamente, consiguió debutar en un espectáculo y no tuvo mal comienzo. Se le notaba la falta de tablas pero calidad tenía para triunfar. Y su cuerpo era uno de sus mejores triunfos para conseguirlo. Aunque era de baja estatura, estaba pero que muy bien hecha.
A su padre, Manuel, aquello sí que le supo a cuerno quemado. Tener una hija cupletista no le gustaba ni poco ni mucho. Y menos que volviese por las noches tarde y siempre acompañada por hombres.
- ¡Cualquier día te la van a hacer una desgraciada, te lo aseguro! -. Le repetía a su mujer. -. Más valiera que estuvieras más pendiente de tu hija y no te pasaras las horas muertas en la bodega.
- ¿Y si la niña vale y nos hace ricos, qué pasaría? ¿O es que vas a oponerte a que tu hija sea una estrella de ésas que salen en el cine? -. Le contestaba Lola.
- Lo que me temo que le salga es otra cosa y entonces sí que os vais a enterar las dos, la madre y la hija. Tú por borracha y ella por ligera de cascos.
Y eso que Manuel ignoraba la vida que hacía su hija, pero algo debía barruntarse al ver todo aquello; y más, trabajando en el teatro, como se ha dicho, donde todas las noches veía las idas y venidas de las actrices y los actores y los manejos que se traían en aquel mundillo.
Loli triunfó, más o menos, artísticamente. La verdad es que nunca llegó a ser una súpervedette, que es lo ella siempre había soñado, pero sí hizo sus buenos duros y consiguió espléndidos regalos por parte de sus bienhechores. Con aquel dinero y tan ricas alhajas se le hacía duro volver cada noche, o cada madrugada para ser exactos, a aquella vieja casa donde naciera y vivía con sus padres. Además, las miradas ceñudas de Manuel eran cada vez más insistentes y la muchacha quería volar y vivir su vida. Se ahogaba entre aquellas cuatro paredes.
- Cualquier día me vas a dar un disgusto... -. Rezongaba su padre cada vez que la veía. -. Mal camino llevas.
- No se queje, padre. Yo lo único que hago es cantar y bailar, actuar como tantas otras. ¡Si tuviera un poquitín más de suerte y llegara a estrella..!
- Lo que rezo a Dios todas las noches es que no acabes estrellada, como tantas que he visto yo en el teatro. -. Afirmó Manuel.
Y, tomando su chaqueta, se marchó a trabajar.
La chica hizo un mohín de disgusto. ¡Estaba más que harta de tener que aguantar siempre la misma cantinela! A ver si ya acababa de tener suerte y el soñado caballo blanco cruzaba por el firmamento de sus sueños. Hasta aquel instante, tan sólo pequeños empresarios y productores de poca monta habían sido sus favorecedores. Y todos ellos se habían cobrado con creces lo poco que habían hecho por ella. No pasaba de ser una telonera, actuando en solitario; sí, más que una vulgar corista pero siempre actuando en salas de ínfimo nivel. ¡Si ella tuviese suerte..!
Y la suerte se le apareció de improviso, cuando menos lo esperaba. Una tarde, antes de dirigirse al local donde trabajaba, su novio la llevó a una distinguida cafetería y allí le presentó a un caballero alto, de sienes plateadas y de distinguido porte.
Una vez sentados los tres alrededor de un velador, su amigo le dijo que tenía que hacer una gestión y se despidió de ellos. Nunca ya volvería a verle porque, totalmente ignorante de ello, había sido traspasada a la propiedad de don Arturo mediante el pago de una buena cantidad de dinero.
Don Arturo era un señor "señor". De esos a los que una chica no tiene que pedirles nada porque ellos se anticipan a sus deseos. Y Loli tuvo ocasión de comprobarlo. Durante el tiempo que duró su relación, varios años, no tuvo la menor queja de él y vivió como una reina.
Él estaba muy introducido en el mundo del espectáculo y tenía muy buenas relaciones con toda clase de gentes. Incluso, si se terciaba y una artista era de su interés, él mismo financiaba la puesta en escena de su recomendada. Tenía buen ojo clínico y nunca fallaba cuando preveía el éxito o el fracaso de alguien. A Loli le cayó bien y mucho mejor cuando, aquella misma noche, pasó a recogerla a su camerino y, enseñándole el contrato que la mantenía ligada con aquel local, le dijo:
- Preciosa, ya eres libre y el triunfo está en tus manos.
Don Arturo había saldado cuentas con el dueño del garito y se había convertido en representante, productor, manager y, minutos más tarde, en amante de la muchacha.
El salto fue espectacular. Después de obligarla a tomar unas clases de canto, de baile y de dicción, además de enseñarle a comportarse en los ambientes más selectos, (más de un bofetón de su parte se llevó mientras duraron aquellas lecciones), la presentó por fin en una boite de primera clase. Loli triunfó de lleno y el público de la noche madrileña se rindió ante sus encantos y su arte. ¡Por fin lo había conseguido!
Poco tardó en abandonar la casa de sus padres y don Arturo la instaló en un chalecito de una calle del Barrio de Salamanca. La verdad es que ella sabía que el entorno era un centro de prostitución de lo más fino de Madrid, pero el lugar era bien elegante.
Luego vinieron las jiras por toda España, siempre actuando en cabarets de primera categoría y hospedándose en hoteles de gran lujo. Sabía que ganaba mucho dinero por cada gala, aunque era don Arturo quien se lo administraba y, como se trataba de todo un caballero, la muchacha se creía rica.
Hasta pudo ayudar a sus padres y les enviaba dinero todos los meses, para que Manuel que seguía despotricando dejase de hacerlo y que pudiesen darle buenos estudios y mejor vivir a su hermano pequeño. En eso sí resultó ser una buena hija y, aún sabiendo la oposición que su padre había puesto a su carrera, cuando estuvo en condiciones de ayudarle bien que lo hizo.
Don Arturo iba y venía, salía y entraba. Era amo y señor de ella y estaba pendiente hasta del último detalle que necesitase o que se le antojara. Todo le parecía poco para su estrella favorita.
No siempre viajaban juntos cuando salía a actuar a provincias, pero ya se ocupaba él de reunirse con ella al cabo de los días y pasaban unas magníficas veladas. Todo pintaba de color de rosa para Loli, conocida en los anuncios de los espectáculos y en las revistas de Prensa como Lola Espejos. Aquel nombre lo había sugerido don Arturo y a ella le pareció bonito, así que lo adoptó artísticamente y hasta en la vida real, olvidándose de su apellido verdadero.
Pasaron tres años y Lola Espejos estaba en el cenit de su carrera. Hasta se habló de hacer una película. Todo le sonreía y ella sonreía a todo el mundo porque, a pesar de estarle muy agradecida a don Arturo, tampoco perdía la ocasión de ganarse más amigos cuando él no estaba. Y más si eran pródigos e influyentes. Tuvo que tener mucho cuidado para que su amante y protector no lo descubriese, pero supo jugar bien sus bazas y él nunca sospechó que le engañase.
Aquella tarde, estando actuando en Zaragoza por unos días, Lola no se encontraba bien. Hacía unos días que se encontraba rara y desconocía el motivo. Pero lo cierto es que lo barruntaba. Siempre había tomado precauciones pero algo debía haber fallado aquella vez. Pensó que podía estar embarazada y sintió un ligero desasosiego. No sabía hasta qué punto a don Arturo le agradaría el hecho de ser padre a su edad, que ya le llevaba unos cuantos años. De que pudiera no ser de él, lo cual era muy posible, no tenía miedo. Don Arturo había sido siempre su más asiduo amante y no podía tener la menor duda de que, si ella tenía un hijo, fuera suyo. A pesar de todo, no estaba tranquila.
Y menos que lo estuvo cuando de repente llamaron a la puerta de la habitación del hotel en el que le estaba esperando, ya que le había prometido venir desde Madrid aquel mismo día. Abrió y se encontró con un botones que le llevaba un telegrama.
Sin saber de qué iba la cosa, lo abrió y lo leyó atentamente.
"Querida, imposible acudir hoy a tu lado. Asunto doméstico lo impide. Llamaré lo antes posible. Besos. Arturo".
Loli sabía, aunque nunca se lo hubiese confirmado él, que don Arturo estaba casado, pero no comprendía qué podía haber ocurrido para recibir tal noticia y menos por telegrama. Si la hubiese llamado por teléfono con cualquier excusa, diciéndole que no podía ir, hubiera estado más acorde con la relación existente entre ambos. Pero aquellas palabras tan escuetas...
Pensando en ello, se tomó una tisana para aliviar aquellas molestias del vientre. Estaba decidida a comentárselo a don Arturo en cuanto le viese pero, mientras, tenía que cumplir con sus compromisos artísticos.
No cenó, para no cargar más el estómago y se dispuso a salir para la sala de fiestas donde actuaba. Por cierto que, mientras se vestía, recordó que la noche anterior un joven de buen aspecto le había dirigido unas miradas interesantes. Tal vez esa noche volviese. Y, ya que su protector estaba ausente, no perdería la ocasión de pasarlo bien y conseguir algún regalo.
El taxi que había de conducirla ya estaba esperando cuando bajó de la habitación. No tuvo que indicarle el destino porque don Arturo ya se había encargado de contratarle durante todos los días que durasen sus actuaciones para que la llevase y la trajese. Pensó que aquello podía ser un inconveniente si es que encontraba a aquel desconocido o a cualquier otro acompañante, pero sabía que una buena propina enmudece los labios del taxista más locuaz.
Una vez en su camerino procedió a vestirse, es un decir, con las pequeñas ropas que lucía en la función. Plumas y abalorios, muchos; pero tela que le cubriese el cuerpo, más bien escasa.
Unos golpes sonaron en la puerta y uno de los empleados del local le hizo entrega de un ramo de rosas rojas que venían acompañadas de una tarjeta. Leyó el nombre y le resultó desconocido. Tal vez se tratase del individuo de la noche pasada o de cualquier otro admirador.
Depositó las flores en un jarrón solicitado a tal efecto y se preparó para salir a escena.
Después de escuchar la voz del presentador, avanzó hacia el escenario. El resplandor de los focos la deslumbró por un momento pero rápidamente acondicionó su visión a los mismos. La música empezó a sonar y ella interpretó aquella copla que tan de moda estaba en esos días.
Mientras iba cantando, sus ojos no dejaban de recorrer la sala abarrotada de público. Era difícil ver ya que la gente se encontraba sumida en la sombra, pero poco a poco fue vislumbrando las caras y, casi en primera fila, como para no perderse detalle del espectáculo, vio al joven de la noche anterior. Aprovechó que la canción exigía una sonrisa en aquel momento y se la dirigió a él directamente, haciendo caso omiso del resto del público. El hombre le correspondió directamente y observó cómo su mirada recorría todo su cuerpo con avaricia, como intentando desnudarla. Hizo un movimiento provocativo con sus bien torneadas piernas e, insinuándose, acabó su interpretación.
Los aplausos entusiastas premiaron su buen hacer y ella agradeció con una reverencia seguida de besos lanzados hacia la sala el favor que le concedían. El último beso, en el que puso más picardía y deseo, se lo lanzó a él. Luego, se retiró al interior del escenario.
Loli no tenía por costumbre salir a alternar con los clientes después de sus actuaciones, salvo que don Arturo estuviera presente y se lo solicitara para presentarle a algunos conocidos. Pero aquella noche rompió sus normas y, a través del pasillo que unía las bambalinas con la zona del bar, se dirigió a la sala .
Verla aparecer junto a la barra y levantarse el hombre fue una sola cosa. Cruzaron las miradas y él le hizo señas de que se sentara a su lado. No puso el menor reparo y, cruzando el espacio repleto de mesitas bajas, se acercó donde estaba.
- ¡Lola! ¡Ha estado usted maravillosa! -. Exclamó el joven nada más tenerla junto a él. E hizo un gesto de inclinación y de besar su mano.
Ella sonrió, retuvo un poco más del tiempo prudencial su mano entre la suya y se sentó en el pequeño taburete.
- ¿Cómo sabía usted que las rosas rojas son mis predilectas? -. Aventuró.
- Porque no tengo la menor duda de que a cualquier mujer hermosa le gustan. -. Respondió el hombre, muy seguro de sí mismo.
Así que no se había confundido y el regalo provenía de él.
- Pues, muchas gracias. Son muy bonitas.
- ¿Y cómo supo usted que se las enviaba yo si no conocía mi nombre? -. Quiso saber él.
- Porque a ninguna mujer se le escapa cuando un hombre está interesado en ella... Y más si éste le gusta. -. Susurró casi en su oído con voz muy cálida.
Aquello fue el comienzo de una noche loca donde, entre las otras tres actuaciones que tuvo que realizar la muchacha, consumieron varias botellas de champán.
Ella reía feliz. Se conoce que las burbujas se le habían subido a la naricilla y miraba con ojos prometedores a su nuevo amigo. Éste se las prometía muy felices y todo era paz y armonía en aquella velada.
- Estoy un poco mareada, la verdad... No estoy acostumbrada a beber apenas. -. Se disculpó.
- Un poco de aire fresco te caerá bien. ¿Ya has terminado tu trabajo?
- Sí. Podría obsequiar con una pieza de regalo pero, sinceramente, no me encuentro en condiciones de hacerlo.
- Pues aprovecha y nos vamos. Seguro que un paseo en mi coche te sentará de maravilla.
- Yo tengo mi taxi esperándome... -. Aclaró ella.
- Se le paga, se le da una propina, se le despide y en paz. Por eso no hay problema.
Se conocía que el joven estaba muy acostumbrado a la vida nocturna y conocía bien el carácter de las gentes que por ella pululaban.
- Voy a mi camerino a cambiarme.
- La verdad es que estás muy guapa con esas ropas, pero te acompaño. El relente nocturno no está para bromas.
Y sin decir más, la siguió.
Entraron y ella se dirigió al tocador iluminado por las clásicas bombillas para proceder a desempolvarse la cara. Él permanecía detrás suyo, de pie, sin decir palabra.
Cuando se levantó, una vez compuesta la faz, se encontró con él cara a cara y, sin más, ambos cayeron en brazos uno del otro. Luego, él le despojó del estrecho corpiño que lucía en sus actuaciones y sus bien erguidos senos quedaron al aire, desafiantes. Se unieron en un beso y las manos del hombre buscaron ávidamente el cuerpo de la muchacha.
- Déjame, tenemos tiempo. -. Rogó ella.
Respetuosamente, se apartó y la dejó vestirse, cosa que hizo sin el menor reparo delante del hombre. Mientras lucía su cuerpo desnudo, no hubo por parte de él ningún ademán ni ningún impulso de interrumpirla. En verdad que se trataba de todo un caballero.
Una vez arreglada, se arrimó a él y le depositó un dulce beso en los labios.
- Eres muy bueno. Y muy galante. Como a mí me gustan. -. Y sus palabras escondían una promesa veleidosa que enardeció al joven.
- ¡Vamos! Mi coche nos espera.
- Antes habrá que librarse del taxi.
- Eso está hecho.
Y, cogidos del brazo, salieron por la puerta trasera del local. Allí estaba esperando el taxista, fumando cigarro tras cigarro. Cuando les vio venir se quedó sorprendido, pero cuando el caballero que acompañaba a su clienta deslizó en sus manos un billete de quinientas pesetas se le quitó de repente toda la sorpresa.
- Mañana, a la hora de siempre en el hotel. -. Ordenó Loli.
- Como usted mande, señorita. -. Saludó cortésmente el conductor.
Y es que, en efecto, poderoso caballero es Don Dinero y sabe callar a tiempo las más locuaces bocas cuando es repartido con generosidad.
Los dos jóvenes se dirigieron a un gran automóvil negro que estaba estacionado un poco más delante de la puerta principal de la sala de fiestas. Al llegar, él le abrió gentilmente la puerta para que subiese. Luego, a su vez, se sentó al volante.
- Abre la ventanilla si estás mareada. ¿Dónde te apetece que vayamos?
- Da una vuelta primero, a ver si dejo de estar piripi... -. Dijo entre risitas ella. -. Luego, ¿qué mejor sitio que mi hotel?
El hombre asintió y puso el motor en marcha.
Tras de breve rato circulando por la dormida ciudad, Loli aseguró encontrarse en plena forma y entonces se dirigieron al hotel. Antes, aprovechando una breve parada, intercambiaron un apasionado beso.
La entrada en el establecimiento no tuvo mayor problema, aunque el portero de noche no les quitó ojo. Pero se conoce que las propinas de don Arturo eran ampliamente generosas y aquel hombre, aunque no estuviera muy seguro de que se tratara de él por lo escuchado a sus compañeros sobre un señor maduro que acompañaba a la artista, tampoco le había visto nunca.
Entraron en la habitación y allí ya fueron rápidamente al grano. Los dos estaban con ganas y no perdieron el tiempo con florituras. Luego, cuando yacían agotados en el lecho, satisfechas sus ansias, Loli dijo:
- La verdad es que no recuerdo tu nombre. Lo leí en la tarjeta pero no me quedé con él.
El hombre se lo iba a decir cuando, de súbito, la puerta del dormitorio se abrió violentamente. Ambos se quedaron sorprendidos y, mirando atónitos al umbral, vieron a don Arturo que les contemplaba con gesto airado.
- ¡Zorra! ¡Puta! Ya me lo habían dicho, pero yo no me lo creía. Por eso te puse el telegrama y bien que has mordido el anzuelo. ¡No has desaprovechado el tiempo!
El acompañante de Loli hizo un ademán de incorporarse pero se vio interrumpido por otro más brusco de don Arturo.
- ¡No se moleste, joven! Siga usted ahí con esa guarra. Pero, eso sí, prepárese a mantenerla de ahora en adelante y ya sabe cómo las gasta con sus protectores. Por mi parte, no hay nada más que hablar.
- Pero, don Arturo... -. Musitó Loli. -. Perdone usted...
- ¡Ni usted, ni don Arturo, ni don hostias! A partir de ahora te buscas tú la vida, cacho pendón. Y te aseguro que no te va a ser nada fácil. Por lo pronto, se te acabaron los contratos que tenías pendientes. Y ya me ocuparé yo de que no vuelvas a firmar ninguno más.
Y, pegando un portazo, se alejó definitivamente de su existencia.
- ¿Preocupada? -. Le preguntó él.
- No demasiado. Aunque sí sé que, si quiere, puede amargarme bien. Tiene muchos conocidos.
- Pero tú ya eres una artista de renombre. Y, además, tendrás dinero...
- Bueno... Lo del dinero era él quien me lo administraba. Pero estaba a mi nombre. O al menos era yo quien firmaba los talones cuando compraba algo. Claro, que también los firmaba él...
Y se quedó pensativa.
- Una cuenta conjunta... -. Aventuró el joven.
- No sé. Yo no entiendo de esas cosas.
- Pues deberías haberte preocupado un poco. Los dineros que gana uno son para controlarlos y no para dejarlos en manos de cualquiera. Ya puedes ir a primera hora al Banco y poner las cosas en orden. Si quieres, te acompaño.
- Eso haremos. Ahora, ven. No va a amargarnos más la noche ése estúpido viejo... -. Y se abrazó al cuerpo masculino solicitando más favores.

 

 Capítulo Anterior                                     Capítulo Siguiente

Hosted by www.Geocities.ws

1