Lavapiés

Septiembre de 1939. En el piso segundo de una casa de la calle Provisiones, enfrente del edificio de la Tabacalera, una mujer gime en la cama atormentada por los dolores del parto. A su lado se encuentra su madre, que le va hablando:
- Sigue, sigue... Aprieta. Sin miedo.
Fuera de la habitación, en el comedor de la pequeña vivienda, un hombre, el marido, fuma un cigarro, nervioso, y bebe a sorbos una copa de anís. Le han dicho que permanezca fuera, que eso es cosa de mujeres solas. La puerta que da al descansillo de la escalera está abierta y, por ella, de vez en cuando asoma una vecina y pregunta cómo va la cosa.
- Bien, bien. Ya no falta mucho. Tenga usted preparada el agua caliente y las sábanas, señora Gertrudis.
- Ya está todo dispuesto, descuide.
El marido continúa fumando y permanece en silencio. Entran otro par de vecinas a las que sigue la llamada Gertrudis que lleva en sus manos un barreño repleto de agua casi hirviendo.
- Creo que sería mejor que se bajase usted a la calle, Manuel. Con lo estrecho que es este cuchitril, lo único que va a conseguir es estorbarnos.
El hombre se levanta, toma la chaqueta que tiene colgada de un pequeña percha y, con ella en la mano, sale a la escalera sin decir palabra y sin echar la vista atrás. Allí quedan las vecinas y la suegra atendiendo a su mujer parturienta. Son cosas de mujeres, como ellas mismas han dicho.
Cuando está bajando los angostos y más que desgastados escalones de madera escucha un grito desgarrador y hace ademán de detenerse. En efecto, se para y mira hacia arriba. Oye cuchichear a las vecinas y al cabo escucha llorar a un niño.
- ¡Señor Manuel, señor Manuel! -. Le llaman. -. ¡Suba usted, que ya ha nacido! ¡Es una niña preciosa!
Y lentamente emprende la subida hacia su casa.
En la puerta, aparte de las vecinas que ya estaban, se han arremolinado otras cuantas más, así como unos chiquillos pequeños medio en cueros. Hace calor. A pesar de que el verano está ya dando sus últimas boqueadas, aquel año todavía calienta el sol y más a esas primeras horas de la tarde. Además, lo angosto de la escalera y de las viviendas contribuyen a llenar el ambiente de una atmósfera asfixiante.
Llega a la puerta y, apartando a unas y otras, pasa al interior.
- Espere un momento, que ahora mismo la lavamos y se la enseñamos. -. Le dice una de las mujeres. -. La Dolores está bien, aunque un poco débil. -. Añade.
Se vuelve a sentar a la mesa y enciende otro cigarro.
Al poco rato sale la que le había comunicado la nueva llevando en brazos, arropada como si estuvieran en pleno invierno, un bulto que se agita entre las mantillas.
- ¡Aquí tiene usted a su hija! ¡Y bien despierta que ha nacido la jodía!
Manuel mira aquel bultito sonrosado que asoma entre las ropas y ve una carita redonda, aún hinchada, y que no abre los ojos.
Una hija... Él había pensado siempre que se trataría de un chico, pero... ¡qué le vamos a hacer!
- Es muy guapa. -. Dice. - ¿Y la Dolores?
- Bien, su madre y la Gertrudis están con ella, aseándola. ¡Cójala usted en brazos, no le dé miedo.
Y es que, en efecto, teme que se le caiga al suelo. Él no está acostumbrado a sostener niños.
Por fin la toma con sumo cuidado y la observa cuidadosamente. Tiene sus mismos ojos. Sí, se parece a él.
- ¡Clavadita a su madre que ha salido la criatura! -. Afirma la vecina. -. ¡Bien guapa que es!
Y Manuel asiente. ¿Para qué llevarle la contraria? Guapa sí que resulta, pero eso de parecerse a su mujer... Es idéntica a él y mira que tenía sus dudas. Pero la visión del rostro de la niña le ha sacado de ellas.
La pequeña abre los ojos, los fija en él y en su carita se dibuja un gesto de pena y rompe a llorar.
- ¡Vaya por Dios! Ya se ha asustado. -. Dice la mujer. -. ¡Traiga, traiga, que es que ustedes los hombres no saben coger a los niños!
Y casi se la arrebata de los brazos.
La primera vez que su hija le ha mirado y ha empezado a llorar. Los críos son así de raros, porque nada más estar junto al pecho de ella se queda calmada.
- Será que le doy miedo. -. Piensa.
Y torna a sentarse delante de la mesa y enciende otro cigarro.
Poco a poco la cosa se va calmando y el tropel de vecinos va desfilando para sus viviendas. Solamente se quedan la madre de Dolores y la señora Gertrudis, la partera, que al rato sale y le dice que entre a ver a su mujer.
Cuando la mira, ambos sonríen mientras la abuela mantiene en brazos a la niña. Se dan un beso corto y él vuelve al comedor.
Ya tiene una hija y, por tanto, una familia. Habrá que ir pensando en buscarse otro trabajo. Con el que tiene ahora apenas si daba para comer ellos dos y la suegra.
- ¡Dios proveerá! -. Se dice. Y sale del cuartucho.
La pequeña Lola acaba de llegar al mundo. ¡Quién sabe lo que la espera entre aquellas cuatro paredes que apenas si se sostienen en pie de lo viejas que son.
Manuel piensa sobre ello y recuerda cómo pasaron los años de la guerra allí dentro. Quitando sus escasas permanencias en el frente, la verdad es que tuvo suerte y vivió la mayor parte del tiempo en la retaguardia. Eso de tener el oficio de panadero y ser destinado a Intendencia tuvo sus ventajas. Claro que entonces no estaban casados por la Iglesia y la abuela vivía con otra hija. Tenían espacio de sobra para los dos. Durante los últimos meses de la contienda fue destinado a primera línea y faltó algún tiempo de casa. De ahí sus temores, conociendo lo alegre que es la Dolores, de que la cría no fuera suya. Pero el caso es que, dijera lo que dijera la cotilla aquella de la vecina, se le parecía como dos gotas de agua entre sí.
- Lo dicho... ¡Dios proveerá!
Y es que Manuel, a pesar de haber combatido en el bando rojo, era muy creyente y confiaba en que la Providencia les echaría un cable, que falta les hacía tal y cómo estaba la vida en aquel año. Menos mal que el pan no les faltaba ya que ya se preocupaba él de hacerse con unos cuantos más de los chuscos que le correspondían en la tahona donde trabajaba, sacándolos de matute entre la ropa de trabajo. ¡Pero lo que eran otras cosas! En un Madrid asolado por el hambre no había quién encontrara un pedazo de carne o una fruta que llevarse a la boca como no fuera pagando precios astronómicos. Y su sueldo no daba para ello. Demasiada suerte tuvo de que no le enviaran al campo de concentración como a muchos de sus compañeros. Su oficio le había librado de ello. Un buen panadero siempre es útil, milite en el ejército que sea. Y de amasar pan para el doctor Negrín y la República había pasado a hacerlo para las tropas de Franco. La única diferencia estribaba en que antes lo hacía con su máximo celo y ahora, como los que lo iban a comer eran los nacionales, ya tenía él cuidado de arrojar en la masa cuantos desperdicios podía a ver si reventaban de una vez. El pan que se traía a casa, por supuesto que era del escogido para los oficiales y no llevaba basuras. Pero en el que consumía la tropa incluso se orinaba cuando nadie podía verle. Y las colillas de los cigarros iban a parar a él en cuanto tenía ocasión. El caso era que sus compañeros hacían lo mismo, pero entre ellos disimulaban por si hubiera algún soplón o algún traidor a la causa.
Apenas hacía tres meses que había concluido lo que los vencedores llamaban Cruzada y se las estaban haciendo pasar canutas a los vencidos. No ignoraba que mearse en el pan era una venganza de pobres, pero era la única que estaba a su alcance.
- ¡A ver si se llenan de piojos y les dan las mil y una cosas! -. Se decía. Y se quedaba satisfecho al pensar que aquellos moros y los legionarios que les habían derrotado se comían sus desechos. Lo malo es que, a pesar de todo, engordaban los muy cabritos mientras el pueblo se moría de hambre.
- Ya cambiarán las cosas, seguramente...
Y es que, como todos los que habían defendido al bando republicano, Manuel esperaba y sabía que la contienda en Europa no habría de tardar en tomar forma. Ya se hablaba de ello en el mes de abril y, por lo que se oía en "radio macuto", tanto Francia como Inglaterra no tardarían en intentar poner freno a las ansias de expansión de los alemanes. Pero parecía que el día no iba a llegar nunca. Y tal vez cuando llegase ellos ya se habrían muerto de hambre y de sufrimiento; aquellos que no hubiesen sido fusilados, como se oía que todos los días perecían a cientos.

 

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