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Lola, la mendiga
Todas las tardes, a eso de las siete, pliego los bártulos, apago el
ordenador, recojo los periódicos que unas veces he leído y la mayor
parte de ellas no y salgo zumbando a buscar al compañero que,
gentilmente, me lleva a Madrid desde las oficinas donde trabajo, en un
pueblo de la periferia. Es un viaje agradable dada la conversación que
mantenemos. Realmente, es el único instante del día en que hablo con
alguien ya que, como trabajo en un despacho para mí solo, sin
compañeros, no suelo hacerlo durante toda la jornada laboral excepto
cuando me reclaman mis jefes y, en esos momentos, lo único que suelo
hacer es asentir, por aquello de que son mis jefes. En cambio, durante
el trayecto no paro de hablar y exponer mis opiniones y mis vivencias a
mi amable y sufrido oyente y compañero de fatigas.
Desgraciadamente, es lo único bueno que tiene el tal viaje, porque casi
siempre nos vemos inmersos en el atasco de la N-I y, posteriormente, en
el de la M-30. La noche que se nos da bien no tardamos menos de tres
cuartos de hora en recorrer los 27 kilómetros que nos separan de la
capital, tiempo que mejoramos normalmente los viernes a eso de las 2 de
la tarde, que es cuando concluimos nuestra jornada dicho día de la
semana. Ese día no solemos tardar más de media hora.
Cuando llegamos al Puente de Ventas, me preparo para abandonar el
vehículo y, dependiendo de los coches que estén detenidos delante del
semáforo, me bajo más cerca o más lejos de los paseos que circundan
en parte la famosa Plaza de Toros, la Catedral según la llaman. Por lo
visto, es a los toreros lo mismo que a los cantantes líricos La Scala
de Milán: Quien no triunfa allí y en ella se "doctora", que
vaya haciendo el petate y cambiando de oficio. Hay que dar el do de
pecho y, si me apuran, hasta el do sostenido, porque cortar una oreja en
tal escenario es más costoso que si se tratase de cortársela al propio
encargado de concederla. Eso, al menos, es lo que dicen los entendidos,
los del tendido 7, que hay que ver la mala leche que Dios les debe haber
inculcado, porque se pasan la corrida gritando y exigiendo al diestro
que se arrime al morlaco, a ver si le cornean de una vez y le sacan en
camilla o si le sacan ellos a hombros por la puerta grande.
Allí, a ambos lados de esa puerta, se encuentran los monumentos a los
diestros Antonio Bienvenida y "El Yiyo", levantados no hace
muchos años. Siempre que paso los observo; pero, como ya suele ser de
anochecida excepto cuando es verano, nunca he tenido ocasión de
contemplarlos de cerca ya que mi objetivo no es otro que tomar
cualquiera de los dos autobuses que me acercan a mi casa, dejándome en
la calle de Alcalá casi esquina con la de Hermosilla. Me da lo mismo
que llegue antes el 146 que el 21, los dos llevan el mismo camino hasta
donde yo los empleo.
No suelen tardar mucho en venir, así que apenas si me da tiempo a
consumir un cigarrillo el día que me apetece. Y en llevarme a la parada
donde debo apearme no tardan ni diez minutos.
Una vez desciendo en ella, me dirijo por Alcalá hacia Hermosilla para
llegar a mi calle. Y rara es la tarde, ya he dicho que depende de la
hora en que lleguemos, que no me cruzo con Lola, la mendiga.
Lo cierto es que la primera vez que la vi no fue en ningún atardecer,
sino una mañana de sol en la que no sé por qué motivo no acudí al
trabajo. No sé si sería festivo para nosotros o es que venía del
médico.
La vi avanzar hacia mí a la altura del Banco Español de Crédito,
caminando por la acera torpemente como si estuviera ebria y dejando tras
de sí un rastro pestilente. En mi vida había visto una cosa tan menos
parecida a una mujer y sí a un puñado de basura.
Vestía unos harapos que ignoro de qué contenedor habría podido
extraerlos, pero lo que más me chocaron fue la extrema suciedad de sus
cabellos, si es que a aquello se le podía llamar cabellos y no greñas
a secas, y las medias, más bien calcetines largos, que cubrían sus
piernas. Si el pelo lo tenía sucio, las medias estaban recubiertas de
una capa de mugre que no permitía adivinar de qué color habían sido
en un principio. En aquel instante me parecieron grises; luego, cuando
ya la he visto de noche, semejan ser negras. Y negras deben estar tanto
por fuera como por dentro, porque se nota que hace siglos que no han
visto el agua ni el jabón ni siquiera de lejos.
Oler... De verdad que olía a muerto. Pero a muerto de varios días, ya
putrefacto y corrupto. La gente se apartaba de su lado en cuanto la
veía venir y yo no pude por menos que hacer lo mismo.
- ¡Dios! -. Me dije. -. A ésa no la metía yo en casa ni por todo el
oro del mundo ni aunque fuera la única mujer sobre la tierra.
Y es que, verdaderamente, Lola causaba náuseas tan sólo de mirarla.
Que se te arrimara, ya debía provocar la vomitona. Y no digo nada de
acostarse con ella. Aparte de ser fea como ella sola, podrías coger
cualquier cosa que no desearas con una simple caricia que te hiciera.
Así que aceleré la marcha y pasé a su lado con una velocidad poco
menor que la de un tren expreso.
Tardé algún tiempo en volverla a ver y cuando lo hice ya fue una de
las noches que he relatado. Subía por Hermosilla, camino de Alcalá y,
por allí, metro más arriba o más abajo, es donde suelo verla. Como la
acera de esta calle es más bien estrecha, hay que hacer malabarismos
para no chocar con ella. Y desde luego se la puede observar con todo
detalle a poco que quiera uno.
Suele llevar una bolsa de tela en la mano, rellena de vaya usted a saber
qué cosas, si es que acaso lleva algo. Camina despacio, lentamente,
como dejándose llevar por el río de la vida sin ofrecer resistencia.
Pero tenazmente, eso es cierto. Ella sabe que su camino es ése y
siempre lo sigue derecha, impertérrita a los comentarios que puedan
hacerse a su paso y a lo que los demás opinen. Si le apetece, se
detiene un instante y exhala un sonoro pedo que asombra al personal.
Pero ella va a lo suyo y continúa su marcha sin darle más importancia.
- Si se ríen, que se rían... -. Pensará. -. Yo me he quedado muy a
gusto.
Hace pocas tardes me quedé muy sorprendido. Bajaba yo a paso ligero,
cuando la vi detenida y hablando con una señora. Me pareció ver, pero
no estuve seguro, que se acababa de alzar del suelo, como si se hubiera
caído. Y, al parecer, la señora la estaba atendiendo y ayudando
mientras charlaba con ella.
A punto estuve de pararme y ver qué había ocurrido, pero decidí que
no. Si ellas estaban a lo suyo, no iba yo a meterme en más enredos.
Así que proseguí mi camino y varios metros más adelante me detuve,
giré la cabeza y pude ver que ya se había levantado y estaban hablando
las dos.
Vi que la señora abría su bolso, buscaba dentro de él y sacaba algo
que supuse serían unas monedas y se lo entregaba. Lola se lo agradeció
con una risa que sonó a burla en la calle bastante solitaria. Era a
risa de un beodo.
- Me temo que ya sé por qué ha tropezado.-. Pensé.
Y es que asimilé el bamboleo que había observado la primera vez que la
vi, con el vino en que seguramente se gastaría aquel dinero que le
daban.
Volví la cabeza para no continuar siendo testigo de aquella obra de
caridad que, aunque efectuada con la mejor intención, no dejaba de ser
una necedad de la persona que la hacía. Y continué mi marcha.
Durante los días navideños no tuve ocasión de volver a verla. Entre
otras cosas porque yo estuve de baja por haberme roto el dedo de un pie
de la forma más tonta que existe: Andando descalzo y a oscuras por el
pasillo de mi casa sin recordar que, apoyados en el suelo, se encuentran
dos armarios de cocina que llevan allí varios años sin que nunca tenga
ocasión ni medios de colocarlos en su sitio. Total, que me golpeé
contra uno de ellos y me rompí el meñique del pie izquierdo. Tuve que
ir a Urgencias al día siguiente y siempre me acordaré de la mala jeta
del médico que me examinó.
- Sujéteselo usted con esparadrapo al otro dedo. Es la única manera de
que eso cure.
Y no fue capaz, el muy cabrón, de hacérmelo él y tuve yo que
ponérmelo en casa, a solas.
Al otro día fui al trabajo, cojeando un poco. Luego empezaron unos
días de "puente" que nos debían, los cuales convirtieron las
Fiestas en casi una autopista porque tuvimos bastantes días libres.
Con aquello del pie, mis bajadas a la calle se limitaron a ir a comprar
lo necesario y poco más. Así que no pude volver a ver a Lola.
Tengo que aclarar que yo la estoy llamando Lola sin que sepa su
verdadero nombre. Puede ser ése como otro cualquiera; pero creo
recordar que fue el que me dijo el día en que hablé con ella.
Porque sí. Días más tardes y ya vueltos a la normalidad del mes de
enero, que es más largo que un día sin pan por cierto con su famosa
cuestecilla y que este año se ha hecho talud de padre y muy señor mío
gracias a los misterios del euro, volví a encontrarme con ella.
Esta vez, nuestro encuentro no fue casual ni, como de costumbre, un
súbito pasar a su lado procurando apartarme de ella. Se ve que la mosca
de la curiosidad me había picado y deseaba conocer el objeto de
aquellas caminatas diarias y cuál era su destino y desde dónde venía.
Así que, aprovechando que llegué antes de la hora prevista, me decidí
a esperarla en la esquina de Hermosilla y, efectivamente, la vi subir
por la calle, y sucia como siempre.
Cuando llegó a mi altura e hizo intención de echarse a un lado para
pasar, la detuve con un ruego:
- Por favor, ¿me permite unas palabras?
Al pronto, me miró extrañada. Pero luego ya se preparó para lo que
quisiera decirle.
- Disculpe usted, pero el otro día vi que sufría un accidente y, como
hacía días que no la veía, me he preguntado mil veces qué le habría
ocurrido y qué tal se encontraría.
Yo creo que ahora sí que se extrañó mucho más. Que hubiera un
desconocido que se preocupase por ella debía ser un suceso bastante
peculiar en su vida.
- Pues... bien. Es que tropecé y caí. Y una señora muy amable me
recogió y me ayudó.
- Sí, ya observé que lo hacía. ¿Y no ha vuelto a resentirse del
golpe?
- ¡Bah! Llevo ya demasiados en mi cuerpo como para que uno más me haga
efecto. Esté usted tranquilo.
- ¿Me permite, pues, que la invite a tomar un café y me cuenta un poco
de su vida? Es que me extraña verla pasar todos los días a la misma
hora por este lugar.
Seguro que pensó que estaba hablando con un policía. ¿Cómo demonios
un desconocido que no lo fuese iba a hacerle tal oferta?
- ¿Y qué es lo que desea usted que le cuente? -. Me preguntó,
mientras husmeaba con su nariz como buscando un olor característico a
"pasma" que debía conocerse de memoria. Parece que no lo
halló y eso le hizo permanecer más tranquila.
- Nada en especial. Simplemente que me choca que coincidamos tantas
veces y a la misma hora.
- ¿Ah, sí? Pues yo en usted no me había fijado nunca.
- Pues yo en usted sí. Se ve que es más digna de atención que yo.
- Querrá decir que la llamo por mi forma de vestir, ¿no? -. Y un gesto
de cólera cruzó por su cara.
- Precisamente sobre eso quería hablarle... Yo dispongo de ropa de mi
difunta madre y tal vez le interesara la misma.
- No tengo dinero para comprársela. -. Respondió escuetamente.
- Sería un regalo, mujer. Yo, si no se la doy a usted voy a dársela a
la Parroquia, así que...
- Bueno... -. Se quedó pensativa. - ¿Y entonces, ese café?
- Pues aquí mismo, si le parece bien.
Y aprovechando que cerca de la esquina hay una cervecería, la medio
empujé adentro.
Nos acodamos a la barra del pequeño bar y solicité a la camarera, una
mujer mayor y, por lo que pude percibir, ya curtida en las lides de la
taberna, dos cafés.
- ¿Le importaría mucho que yo no tomé café? -. Me preguntó Lola,
deteniendo con un gesto a la mujer que ya se aprestaba a colocar los
cacillos en la cafetera. -. No me sienta bien.
Y se pidió una caña de cerveza con ese pretexto.
- Pues mire, la verdad es que mi madre estaba bastante más gruesa que
usted, pero yo creo que, siendo apañada, con un poco de aguja e hilo,
podría arreglarse alguna de las prendas que más le agraden. -. Le
dije.
- Yo le quedaría muy agradecida, porque es cierto que estos harapos que
llevo dan verdadera pena, aunque echándoles un remiendo...
No supe si reírme, no fuera a enojárseme. Más que remiendo, aquellos
trapos lo que necesitaban era un buen lavado.
- No obstante, ya le digo, usted los ve, se lleva lo que quiera y el
resto se lo doy a la Parroquia. Ya habrá quién los aproveche.
- ¿Y a cambio de qué? -. Me espetó de sopetón. No se andaba por las
ramas, no.
- A cambio de que me cuente usted cosas de su vida. -. Le respondí con
la misma claridad. -. Soy escritor. - Expliqué. -. Y se me ocurre que
usted tiene que tener un pasado digno de una novela, porque no creo que
haya sido siempre así ni haya vestido de esta manera toda su vida. Eso
es lo único que le pido.
Estaba bebiendo la cerveza y casi se atraganta con la misma.
- ¿Yo en los papeles? ¡No me diga!
- No exactamente, porque no me dedico al periodismo. Pero estoy
convencido de que sí podría formar parte del reparto de lo que tengo
en mente escribir. Su pasado debe ser de lo más interesante.
- Mi pasado...
Y así fue como me relató la historia que, más o menos tal y cómo lo
hizo, paso a exponer. Cierto es que he añadido algunas cosas de mi
propia cosecha y he alterado circunstancias o lugares pero, en
definitiva, ésta es la historia que con mayor o menor fantasía por
parte de ambos, me relató Lola:
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