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Cuesta abajo en la
rodada...
Loli se presentó aquel lunes a trabajar en su
nuevo contrato. Ya conocía las piezas musicales que debería
interpretar y sabía que tendría que ir ampliando el repertorio de
acuerdo con los nuevos sones. Las canciones se renuevan de un año para
otro y aunque las clásicas permanecen siempre, una artista tiene que
estar al día para alcanzar el éxito.
Cuando llegó la hora de salir a escena sintió los mismos nervios de la
primera vez y unas gotas de sudor perlaron su frente pese al maquillaje
que le habían puesto. ¿Conservaría todavía su voz después de tantos
malos tragos? Se sintió aliviada al escuchar los ligeros aplausos con
los que fue recibida y comenzó a moverse al compás de la música. El
temor se le fue pasando.
Durante las dos siguientes actuaciones ya se sintió cada vez más
segura en las tablas. El miedo escénico que le había sujetado al
principio había desaparecido y su voz se fue elevando cada vez más
potente y más clara, a pesar de las copas de champán que le había
tocado meterse para el cuerpo durante el alterne previo que había
tenido que efectuar. Al final de la noche se escucharon bastantes
aplausos y Loli pensó que todo volvería a ser como antes, que no
tenía necesidad de protectores para alcanzar el triunfo.
Aquella noche terminó encamándose con uno de los clientes a los que
había distraído, un joven que le gustó y que supo ser generoso. Todo
parecía marchar sobre ruedas.
Durante el mes siguiente continuó sus actuaciones pero pudo observar
que éstas cada vez atraían menos al público. Quizás, pensó, es que
antes no se daba cuenta y como los contratos eran suculentos no le daba
tanta importancia al triunfo y al éxito. Ahora sí, porque notó que el
encargado del local cada día la miraba con peores ojos. No es que no
fuera atractiva para el público pero, como le dijera Esteban, como ella
había demasiadas muchachas empeñadas en abrirse paso y no todas
habían tenido la suerte de contar con un don Arturo que las aupase. Por
ello, la realidad ahora era más dura. Su talento artístico era
mediocre, no destacaba como una gran artista. Si antes se pensó que
llegaría a estrella ahora se daba cuenta de que sin la ayuda de aquel
mecenas no hubiera pasado de ser una más de las chicas del conjunto. Y
si había sido contratada de nuevo en buenas condiciones, aunque no como
las de antes, se debía solamente al recuerdo de las influencias que su
añorado protector hubiera tenido. Pero no pasaba de ser una más y eso
lo tenía muy claro porque no era idiota.
En el alterne sí se distinguía y era acosada siempre por los hombres.
La cifra de sus comisiones era espléndida y es que seguía teniendo
aquel atractivo de siempre: Simpatía y belleza unidas que le hacían
destacar entre las demás. Por aquel lado, sí estaba satisfecha y el
encargado también. Como le dijo una noche, en esa labor era la mejor de
sus chicas.
Al decir aquello de "sus chicas", a Loli le apareció clara la
insinuación. Y es que todavía no había pasado por la cama de aquel
individuo, cosa que en otros tiempos había sido la clave de su éxito.
Así que tuvo claro que tendría que pasar por el aro ya que en manos de
él podía estar su destino mientras no se presentaran mejores
ocasiones. Hasta entonces se había permitido el lujo de escoger a sus
amigos y clientes; incluso, a aquellos que le ofrecían trabajo. Ahora
ya, escaseando éste como estaba, tendría que aceptar lo que viniera,
por poco que le gustase.
No tardó, pues, mucho en arrimarse al hombre y éste le propuso una
noche que le aguardase, que no se comprometiese con ningún cliente que
iban a tomar unas copas por ahí... Aquella fue la primera vez que Loli
se acostó con él. Después vendrían unas cuantas más.
El encargado del local era un hombre de armas tomar. Y de llevar, porque
Loli pudo verlo cuando se quitaba la chaqueta. Había alcanzado su rango
a fuerza de ser duro y poco compasivo y de ser fiel a sus jefes. La
verdad es que aparentaba ser una persona educada e incapaz de matar una
mosca, pero la muchacha estaba segura de que ya se habría llevado a
más de uno por delante en defensa de los intereses de aquellos. Era
todo un matón, pero de aspecto inofensivo. De los peores, porque no se
le veía venir hasta que no asestaba el golpe.
Como amante era muy torpe. O muy egoísta. Él iba a lo suyo y le
importaba un bledo que la mujer gozase o no. El caso era satisfacer sus
deseos y el resto le traía sin cuidado. Por esta causa, Loli supo que
no tardaría en cambiarla por otra nueva, la que fuese. No era hombre de
una sola mujer o de una larga constancia en sus amoríos. Utilizaba a
las mujeres para calmar sus ansias y luego las dejaba abandonados donde
más pronto.
Así que fue preparando las maletas, dijéramos en plan metafórico.
- Loli, el caso es que vendes mucho en la barra y en las mesas; pero,
encima del escenario, ni una escoba. -. Le dijo una noche, cuando
estaban en casa de ella y después de haber estado en la cama.
- ¡Qué agradable sabes ser a veces! Di más claramente que no valgo.
- Como mujer, sí. Y mucho. Como artista... -. E hizo un gesto
despectivo.
- ¿Qué quieres decirme con eso?
- Pues que me han dicho los dueños que no pienses en que te renovemos
el contrato. Y si acaso, no sería por más de quinientas pesetas
diarias.
¡Cómo había bajado su cotización, diantre!, pensó la muchacha. De
ser casi una estrella de cinco mil pesetas a pasar a valer diez veces
menos. ¡Y todo por no tener un buen padrino!
- Y luego querrás que continúe con el alterne, ¿no?
- Desde luego. -. Afirmó él. -. Ahí sí que no tenemos queja alguna.
- Pues si tú me bajas el precio de las actuaciones yo te subiré el de
las copas...
El hombre se plantó en jarras delante de ella, la miró despectivamente
y, por último, le plantó una solemne bofetada en medio del rostro. Era
la primera vez que a Loli le pegaban.
- ¡A mí no me vengas con chulerías! Si quieres trabajar en mi garito,
harás lo que me salga de los cojones. Y si no, ¡a la puta calle! Hay
muchas para ocupar tu puesto, en todos los sentidos.
Nublados los ojos por las lágrimas como los tenía, Loli acertó a ver
que el hombre preparaba otro golpe y esta vez anduvo más lista y se
apartó a tiempo. Se echó unos pasos atrás y le insultó:
- ¡Eres un chulo de mierda! ¡Tú y tus jefes! Esos a los que matarías
con tal de quedarte con el negocio, si pudieras... Pero a mí no me vas
a explotar más. Yo tengo mis méritos como artista y no estoy dispuesta
a que me pisotees.
- ¡Qué estúpida eres! Ni para puta vales. -. Afirmó el hombre. -. Si
acaso, de ésas de cinco duros.
- ¿Y tú de qué vas? -. Le dijo ella. -. Si ni siquiera sabes como
tratar a una mujer...
Él lanzó una carcajada y se acercó a ella.
- ¿Estás segura? -. Preguntó mientras se echaba mano al cinturón,
comenzando a desabrochárselo.
- ¡No se te ocurra pegarme más! ¡Soy capaz de matarte!
El matón continuaba riéndose y se arrimó a ella con el cinto en la
mano. En su cara resaltaba la mayor vesania posible en una persona. Era
como el gato que quiere jugar con el ratón antes de acabar con su vida.
- Para matarme a mí hay que tener muchos cojones, guapa. Vas a
comprobarlo. -. Y su mano agitó el cinto en el aire.
Desesperada, buscando cómo huir o algo con que defenderse, Loli vio la
pistola que él siempre llevaba encima situada sobre la cómoda. Se
había despojado de ella antes de desnudarse y cuando se vistió no
recordó recogerla.
Las miradas de ambos se cruzaron y él comprendió que ella había visto
el arma. Corrió presuroso a hacerse con la misma pero la muchacha fue
más ligera y la tomó antes. Hubo un forcejeo cuando él la asió de la
mano para recuperarla y entonces sonó un disparo.
El estampido y la pólvora llenaron la pequeña habitación y cuando
Loli quiso darse cuenta vio al hombre caído en el suelo, apretándose
el bajo vientre con ambas manos, intentando contener la sangre que le
brotaba a chorros y con la que se le iba la vida.
- ¡Llama a un médico, hija de puta! ¡Pide ayuda! -. Consiguió
ordenarle a duras penas.
Loli permaneció de pie, quieta, sosteniendo la pistola en su mano
derecha y como si le hubiera dado un pasmo. Ignoraba siquiera dónde
estaba ni lo que había sucedido.
- ¡Avisa a alguien! ¿No ves que me estoy muriendo? -. Suplicó el
hombre.
Pero la muchacha no tenía oídos para nada. Era como si le hubiesen
arrebatado los sentidos y se hubiera quedado paralizada.
Cuando reaccionó, pasados unos minutos, ya era tarde. El encargado
estaba agonizando y ya no hablaba. La muchacha salió a la escalera de
la casa y se puso a pedir auxilio. Varios vecinos acudieron al cabo, a
ver de qué se trataba. Cuando vieron al muerto, o al menos ya parecía
estarlo, avisaron a la Policía y después a una ambulancia.
Loli se sentó en un escalón del descansillo y lloraba con la cabeza
entre las manos, sin percatarse de que seguía manteniendo en ellas la
pistola. Hasta que no llegó un agente y con sumo cuidado se la
arrebató, no se dio cuenta de nada.
En aquellos años, los delitos de sangre eran más rápidamente juzgados
que actualmente. Si se producían contra la propiedad y esgrimiendo
armas, se veían por lo militar. En aquel caso y habiendo sucedido los
hechos en casa de la muchacha, fue visto por lo civil. A pesar de ello,
la severidad de las sentencias eran ejemplares. No hacía apenas tres
años, en 1959, que se había ejecutado al tristemente célebre Jarabo
por los crímenes cometidos en las calles Alcalde Sainz de Baranda y
Lope de Rueda, bien cercanas del domicilio de Loli. Fue encontrado
culpable de la muerte de cuatro personas y condenado a morir en el
garrote vil, siendo la última ejecución de este tipo efectuada en
España. Desde la fecha de los crímenes a su muerte no había
transcurrido siquiera un año. El Régimen y la Justicia no se andaban
con leches.
Loli fue, en principio, acusada de asesinato en primer grado. Más
tarde, el abogado criminalista que le había facilitado Esteban ya que
él no era experto en esos temas, consiguió que la acusación fuera
rebajada a homicidio involuntario. Se demostró que el arma pertenecía
al muerto y que éste carecía de licencia de la misma, pesando en el
veredicto de los jueces los antecedentes delictivos del fallecido y su
vida licenciosa y pérfida. Incluso, no pudo determinarse con claridad
quién de los dos había apretado el gatillo, ya que las huellas de
ambos se hallaban en el mismo. Las declaraciones de la muchacha en el
sentido de que, viéndose atacada, había intentado defenderse como
mejor pudo y con lo primero que tuvo a su alcance, también tuvieron su
peso. El defensor pidió la absolución ante la duda de que hubiera sido
ella la autora del disparo y, en el peor de los casos, homicidio en
legítima defensa.
Los Magistrados no apreciaron ésta en su totalidad, ya que ella sí
esgrimió el arma con intención de matar si era preciso, como la misma
muchacha declaró. Pero sí tuvo en cuenta la falta de antecedentes, el
peligro en que vio su integridad física y, sobre todo, como se ha
dicho, la personalidad del hombre. Por ello se la consideró culpable de
un homicidio involuntario con la eximente de enajenación mental ante
los daños que preveía y fue condenada a tres años de cárcel, sin
posibilidad de redención por causa alguna. No se tuvo en cuenta que él
mismo pudo haber sido quien disparara el arma durante el forcejeo y, con
esa duda, se emitió la sentencia.
- ¡Tres años, Esteban! -. Sollozó la joven. -. ¡Tres años de mi
vida por haberme defendido de ese cabrón!
- Más ha perdido él, cariño. Al menos, tú saldrás pronto. Verás
cómo no se te hace tan largo. Pero él está criando malvas.
- No es más de lo que se merecía. -. Afirmó ella.
- Pero al que vive siempre le queda la esperanza. Él ya ha pagado todo
lo que debía con creces.
Y Loli ingresó en prisión.
Esteban comprendió que había cometido una infamia al dejar a la mujer
sola. Ella no merecía aquello y la cobardía de él la dejó sola ante
la vida. La cobardía y la comodidad. Es cierto que la había apreciado
y hasta había llegado a sentir cariño por la chica, pero tampoco era
cuestión de haberse complicado la existencia manteniéndola como su
amante. Ella misma, en su día, había escogido su camino y éste había
resultado peligroso. No es fácil salir ileso del mundo de la noche, de
las copas y de la prostitución. Siempre había alimañas al acecho y
más tarde o más temprano te topabas con ellas. El dinero ganado con
poco esfuerzo es como agua guardada en una cesta y tiende a irse por
cualquier sitio. A Loli, que lo había sabido ganar con su esfuerzo y a
base de tragar carros y carretas, le había venido muy fácilmente de
mano de don Arturo. Ahora, sin su ayuda, se le había derramado
definitivamente.
Esteban salió del Palacio de Justicia silbando entre dientes aquel
célebre tango que habla de las ilusiones pasadas.
- Decididamente, Loli ha entrado en la cuesta abajo. Ya veremos cómo
sale de ésta y si es capaz de abrirse camino nuevamente...
Y él decidió olvidarse de ella para siempre. Amistades como aquella no
le interesaban para nada. No hacían más que crear problemas...
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