... las ilusiones pasadas

De ser una promesa de la canción ligera en las boites de noche, durante el transcurso de los años Loli había pasado a ser chica de alterne primeramente, a ejercer la prostitución más tarde en diferentes escalas de distintos niveles, hasta que recaló en El Pototeo. Allí había transcurrido gran parte de su vida, en un ambiente de penumbra, humo y música machacona de boleros que animaba a los clientes a buscar el comercio de la carne, el más antiguo del mundo, según dicen.
Toda una vida, en definitiva, durante la cual había dependido del favor y el desprecio de los hombres, como bien pudiera comprobar a lo largo de ella. Primero fue aquel don Arturo, que se ocupó de encumbrarla para luego quedarse con su dinero; luego llegó Esteban, el abogado, que supo ayudarla en momentos difíciles para, al cabo, dejarla abandonada. Más tarde, conoció a un joven por el cual se sintió verdaderamente interesada y al cual llegó a proponer montarle un negocio en el extranjero, para que a las primeras de cambio se la jugase con otra y no volviese a verle. Y ahora, cuando se veía por fin un tanto encumbrada y dueña de su propio negocio, se dio perfecta cuenta de que dependía enteramente de Manolo, el encargado del club y su amante al mismo tiempo. Éste, que comenzó agachando las orejas y rindiéndole pleitesía, cada vez sacaba más los pies del tiesto y hacía las cosas a su modo. Y el caso es que, como todo parecía mejorar, ella no supo o no quiso oponerse a sus manejos.
- Todo, menos la droga. -. Le dijo un día.
Y eso sí lo consiguió. En El Pototeo no se trapicheaba con ella, aunque a sus puertas siguiera circulando cada vez más.
En cuanto a los espectáculos pornográficos que él había querido presentar en el local, naturalmente que lo hizo; afortunadamente no cayó en la vulgaridad y consiguió llamar la atención dentro de un ambiente más o menos distinguido. O cuando menos, no demasiado cutre.
Así que El Pototeo, en una época en la que los demás locales comenzaron a bajar sus ventas, pudo mantenerse y ganar el suficiente dinero para ir tirando. Y todo, gracias a los esfuerzos del encargado, que se reveló como un hombre capaz de controlar el negocio, metiendo a cintura a los chulos de las chicas y sabiendo tener a éstas bien atadas.
Como le había asegurado cuando le aconsejó la compra, Loli ya no tenía que estar a todas horas en el club. Él solo se bastaba para regirlo y ella podía descansar después de tantos años de ajetreo. Ya no tenía que alternar con los clientes y, además, estos supieron sin que nadie tuviera que decírselo que la Loli ya no estaba a su alcance, que había pasado a ejercer funciones de mayor envergadura. No quitaba, no obstante, para que algunas veces, cuando le apetecía, tomase una copa con alguno de los que mejor le caían por ser habituales o, simplemente, por serle simpáticos. Después se preocupaba de endosarles a la mejor de las muchachas que estuvieran en aquel momento libres y ellos ya hacían su avío, refugiándose Loli en la pequeña garita de la música, donde pasaba Manolo muchos ratos. Allí, repasaban las cuentas por encima y observaban la marcha del negocio, viendo las horas y los días en que había mayor afluencia de gente y comentando aspectos del trabajo.
- ¡Los jodíos negros nos van a arruinar el negocio! -. Exclamó una noche, iracundo, el encargado. -. Anoche han estado de reyerta por la calle y se han matado a tiros entre sí varios de ellos. Están dando mala fama a la zona y el público va a dejar de venir...
- Cálmate, hombre. Los hombres nunca dejan de acudir a donde hay carne fresca, por muchos peligros que ello encierre. ¡Sois así de estúpidos! El olor a coño os puede más que el olor de la sangre. Tú, lo que tienes que hacer es evitar que ésta última nos salpique a nosotros. Para eso te pago.
Con estas expeditivas y tajantes palabras, Loli acalló los lamentos de su amante. Ya ganaba el suficiente dinero para que viniera con lloros y zarandajas. Igual que supo en su día arreglar el asunto del negro con un disparo, que se las compusiera ahora para alejar cualquier riesgo de El Pototeo.
Una noche, cuando más animado estaba el ambiente, la mujer vio entrar en el local a un hombre que, al pronto, le resultó conocido. También él se quedó contemplándola y, definitivamente, se acercó a ella.
- ¿Eres Loli, verdad?
- Y tú Raúl. -. Afirmó ella.
Se dieron un beso, fundiéndose en un abrazo.
- ¡Cuántos años sin verte, querida!
- Será porque tú no has querido venir a verme...
- Ya sabes... El trabajo, la familia, las malas compañías... -. Se rió él.
- Y las mujeres, que te van más que a un tonto una tiza. Tú eres un picaflor y no te entretienes mucho tiempo con ninguna.
- Tampoco es eso, querida...
- ¿No me dijiste que no te gustaba utilizar esos términos amorosos cuando no eran sentidos? ¡Menudo rapapolvo me echaste por hacerlo!
- Los tiempos y las personas cambiamos. Y hasta el lenguaje varía, a veces. Pero, por lo que veo, la que has cambiado y mucho eres tú.
Raúl se había vuelto alrededor y contemplaba el ambiente. Luego la miró a ella y la vio en todo su apogeo.
- Ya ves. Yo te ofrecí compartir todo esto y algo mejor, que es lo que yo buscaba, pero a ti no te convino...
- Así fue. Y no creas que a veces no me he arrepentido. Pero sabes de sobra que ésta no era mi vida. Seguro que ese individuo con el que te veo te sirve de mucho más que yo hubiera podido hacerlo.
- Es mi novio. -. Asintió ella. -. Y el encargado del local.
- ¿Ves? Yo, para lo primero sí hubiese valido. Pero para lo segundo... Mucho me temo que no.
Les presentó y ya Raúl se volvió junto al amigo del que venía acompañado. Tomaron unas copas, tontearon con un par de muchachas y decidieron irse sin probar sus encantos.
Se despidió nuevamente con un beso y ya nunca más volvieron a encontrarse.
Estaba visto que los hombres de valía pasaban por su vida como las aves que vuelan en busca de tierras cálidas en el invierno. Probaban si les convenía el sitio y al ver que no, se alejaban deprisa, para siempre.
Pensando en estas cosas, aquella noche se emborrachó a modo. Ya era una costumbre regular. Rara era la noche que, al volver a casa, Manolo no tenía que ayudarle a bajar del coche y a subir las escaleras. Su afición por la ginebra iba en aumento y cada día era más consciente de ello, pero no le daba ninguna importancia. Rodeada de un ambiente como estaba en el que se consumía toda clase de bebidas, tampoco era raro que de vez en cuando se tomase una copilla. Y ella no era tan estúpida como lo fue su madre, que cayó en las garras del alcohol y no supo salir de ellas.
Manolo le recomendaba que no abusase tanto, pero ella sonreía y no hacía caso. ¡Después de tantos malos tragos como había pasado en su asquerosa y triste vida, unos cuantos más que le sabían a gloria no le iban a causar daño!
Llegó el instante en que ya no consideró necesario acudir todas las tardes al garito. Manolo se bastaba para llevarlo. Así ella podía dedicarse a disfrutar un poco y, de paso, se olvidaba aunque fuera por un rato de aquel ambiente.
Entonces comenzó a acudir alguna tarde al bingo que por aquellos años ya se había legalizado. Vestida como toda una señora y luciendo algunas de sus alhajas, se desplazaba a la cercana plaza de Manuel Becerra y entraba en el lujoso local que allí existía. Se sentaba a una mesa, pedía una copa y jugaba varios cartones. Así se le iban las horas, entre beber y jugar, en su inútil ilusión de matar el tiempo y recuperar tantas horas perdidas esperando a los clientes.
En El Pototeo, las cosas iban tirando. En una época en que la demanda era menor, el local se defendía bien. Gozaba de una buena fama ya que allí se sabía que no existía peligro alguno. A los traficantes de drogas les estaba vedado el paso y Manolo se ocupaba de que a las puertas no se trapichease. Lo peor de todo era que, al estar al final de la calle, salvo que entrasen por la calle de la Puebla, los clientes que provenían de la Gran Vía tenían que pasar por delante de todos los otros bares, a través de la nube de traficantes que pululaban por los alrededores. Por eso, a los que venían en coche, Manolo se cuidaba de buscarles aparcamiento en las calles de abajo, a fin de evitarles aquel peligroso trayecto y la tentación, por supuesto que eso era lo primordial, de entrar en otro sitio.
Manolo era un tipo peculiar. Sabiendo como sabía que al lado de Loli le iba bien, que gozaba de un buen sueldo, de casa, mujer y participación en beneficios, aparte de que disfrutaba de una amplia libertad en el aspecto de las mujeres, que ella no era demasiado celosa y sí bastante comprensiva, no se conformaba con su suerte. Él había soñado con ser el dueño del Pototeo y solamente su falta de dinero y su incapacidad para conseguir los créditos necesarios lo habían impedido. En vez de traspasárselo a él se lo habían ofrecido a ella y esto le requemaba. Y en lugar de estarle agradecido a Loli, que demasiado bien se había comportado dejándole llevar el negocio, aumentándole el salario y entregándole un extra sobre las ganancias, en su alma se había ido incubando la envidia, tomando forma de rencor.
Estaba decidido a sacar buena tajada de todo aquello y si dejaba en la ruina a la que se llamaba su benefactora, poco le importaba. Aquella borracha de mierda no tenía por qué tener más suerte que él, que hasta había llegado a matar por los antiguos dueños del local, aunque esto no era totalmente cierto ya que si lo hizo fue por defenderse a sí mismo y no estar pendiente de sufrir algún tipo de venganza.
- Ahora, a la señora le ha dado también por jugar... ¡Y yo aquí trabajando como un cabrón! -. Mascullaba todas las noches mientras regresaba a casa. -. Esto, decididamente, no puede seguir así.
Hacía poco que había trabado buena amistad con una de las jóvenes que comenzó a trabajar en el club. De las carantoñas pasaron a los besos y de los besos se fueron directamente a la cama. Y Manolo, que de tantas mujeres había pasado y solamente se había dedicado a disfrutarlas, esta vez se topó con la horma de su zapato. Se encaprichó de aquella mujer y ella supo conquistarle, de tal modo que parecía un perrito faldero bebiendo los vientos por ella. Hasta cuando se iba con un cliente sentía celos y eso que en ello consistía su trabajo.
Un día estalló:
- ¡Tú no vuelves a trabajar más! ¡Tú sólo eres mía!
Y la muchacha, con cara muy inocente, le preguntó:
- ¿Y de qué voy a vivir entonces? ¿Es que vas tú a mantenerme?
- ¡Si es necesario, sí! -. Y soltó una blasfemia.
Desde aquel instante se propuso quedarse con el dinero que sabía que Loli guardaba a buen recaudo en algún sitio de la casa. Nunca había confiado en él hasta el punto de mostrárselo, pero sabía que estaba muy cerca. Alguna vez averiguaría dónde y entonces...
Primero comenzó a hacer trampas en las cuentas del negocio. A Loli era fácil engañarla, apenas si entendía de números y aunque ella supiese que el club marchaba siempre podía hacerle ver que los gastos eran superiores a las ventas y que comenzaban a perder dinero. Absorta como estaba en la bebida y en el juego, ella, mientras tuviera para satisfacer sus dos pasiones, no se quejaría.
Y es que ya, Loli había empezado a jugar en demasía. No se trataba solamente de unos cuantos cartones en el bingo, que ya de por sí representaban mucho dinero. Ahora había tomado afición por las máquinas tragaperras y éstas eran mucho más rápidas que el cantar unos números e irlos borrando sobre un cartón.
Había tardes que Loli entraba en un salón de juegos cercano a su domicilio y se le hacía de noche metiendo moneditas. Si se le acababa lo que había llevado, no era raro que subiese a por más efectivo. Hubo tardes, muchas, que llegó a perder más de sesenta mil pesetas de forma tan estúpida.
Los cartones del bingo le habían agradado y había pasado buenos ratos con ellos, pero la música de las máquinas la maravillaba y le hacía perder el sentido de la realidad, no dándose cuenta de lo que se estaba jugando y perdiendo. Porque las veces que ganaba, que eran pocas pero alguna, en vez de irse para casa seguía jugando en otra máquina y al final lo perdía todo.
Mientras jugaba, bebía. Y mientras bebía, menos cuenta se daba de lo que estaba perdiendo. Su mundo se estaba transformando decididamente en un torbellino de luces de neón y de copas rebosantes. Estaba perdiendo el sentido de la realidad.
Una mañana le pidió cuentas a Manolo sobre las ganancias de aquel mes, que a ella le parecían exiguas.
- Esta temporada va muy mal. Estamos perdiendo dinero.
- ¿Cómo? ¿Perder dinero en El Pototeo, cuando siempre se ha ganado? -. Chilló.
- Sí, perdemos dinero porque hay mucha competencia, porque ya no es como antes y porque la gente cada vez viene menos.
- ¡Imposible! ¡No puede ser! - Gritó casi histéricamente.
- Pues ve tú misma a verlo, que hace semanas que no apareces. Si no crees en mis palabras, a lo mejor, al verte, las chicas se acojonan y ponen más interés en su trabajo.
- ¡Eso haré! ¡Esta misma tarde me tienes allí. ¿Y tú eras el que lo iba a levantar y lo estás arruinando?
Manolo hizo un gesto de desdén, como reconociendo su impotencia.
Aquella tarde, Loli fue con Manolo al club y quiso retomar las riendas. Pero ya era tarde. Él controlaba a todas las mujeres, a unas con promesas y a las más con amenazas. Y el caso es que el club seguía funcionando, pero el dinero de la Caja no parecía suficiente.
- Estamos trabajando como de costumbre... ¿Cómo es que no se refleja en lo vendido? -. Quiso saber Loli.
- Porque el género cuesta cada vez más y nosotros no podemos y no debemos subir los precios. Si lo hiciéramos, no nos entraba ni el tato.
- Eso no me convence. ¿No me estarás falseando los resultados?
- ¿Yo? ¿Para qué? Lo único que conseguiría es perder mi parte en los beneficios y, si me apuras, hasta mi empleo, porque todo se iría al garete y tú no me necesitarías...
Sus palabras no parecieron convencer del todo a la dueña.
Loli sabía, porque de joven lo había hecho, que si una chica se compinchaba con un camarero, la nota que éste hacía podía unas veces no pasar por Caja y repartirse el dinero entre ambos. O pasar un tanto inflada, si es que aquél era su interés para simular que trabajaba bien. Dependía de los momentos. Y si en vez de ser un triste camarero se trataba ya del encargado, entonces el engaño podía ser total.
Aquella noche volvieron tarde a casa, apuntando casi la madrugada. No había jugado pero sí que había bebido como diez cosacos. Manolo tuvo que ayudarla a subir al piso, a ir al cuarto de baño, a desnudarse y hasta tuvo que acostarla. Se quedó totalmente dormida, con ese sueño pesado de los borrachos, incapaces de despertar aunque suenen cañonazos a su lado.
Manolo aprovechó aquel instante. Nunca se le presentaría mejor ocasión para encontrar el dinero porque, aunque las borracheras fueran cosa de cada día, la de aquella madrugada era mayor y más profunda.
Estaba seguro de que en el dormitorio no se encontraba, porque si así fuese él ya lo habría visto cuando Loli sacaba cantidades para pagar gastos o deudas de juego. Tenía que esconderlo en otro sitio.
Se fue para la cocina y buscó afanosamente entre los cacharros y utensilios. Miró olla por olla, procurando no hacer ni el más leve ruido. El letargo de un borracho es muy pesado, sí, pero también es intranquilo y lleno de pesadillas. Cualquier cosa podría despertarla.
Revolvió armarios y cajones y no encontró nada fuera de su sitio. ¿Dónde demonios lo escondería y dentro de qué? Porque suelto no iba a tenerlo. Lo tendría en una caja, en una prenda de vestir, dentro de un atado... Pero no podía ser un sitio muy difícil porque ella, cuando lo buscaba, no tardaba apenas en aparecer con él, aunque Manolo nunca vio de dónde provenía.
Se estaba volviendo loco buscando. Tenía que estar en un sitio accesible pero en el que nunca hubiera reparado. Entró en el cuarto de baño y miró en los armarios, entre los cosméticos, entre las toallas, ojeó todos esos frascos y botes de mil clases que acostumbran a tener las mujeres para su toilette... ¡Nada! Imposible.
¿Dónde lo guardaría la muy cabrona? Al final tuvo que volverse a la cama y ya allí, escuchando los pesados ronquidos de la mujer, no quiso acostarse a su lado y se sentó en uno de los dos silloncitos que adornaban la alcoba y que nunca utilizaban. Encendió un cigarrillo y se quedó meditando.
Con la pobre luz de la lámpara de noche que iluminaba tenuemente la estancia, se empezó a quedar dormido y no se dio cuenta de que la ceniza iba aumentando de tamaño. De repente se desprendió del pitillo y le cayó encima del pantalón y sobre la tapicería del mueble. Se levantó para quitársela de encima y luego intentó recogerla del asiento.
Al rozar los bordes del cojín, sus manos hallaron un hueco. Pensó que, como en todos los sofás y sillones del mundo, el fondo estaría repleto de monedas, encendedores y de los objetos más inverosímiles que ruedan hasta allí desde los bolsillos del usuario. Pero aquel espacio presentaba una mayor abertura que la acostumbrada en cualquier otro sillón, como si hiciera muy poco que hubieran alzado el asiento.
Nervioso, arrancó éste de su sitio y examinó el fondo. Lo dicho: Monedas, basura, hasta una revista... Había llegado a pensar que Loli pudiera tener allí su escondite secreto, pero no era así. Incluso llegó a meter las manos hasta tocar la madera de las patas, en la esperanza de que lo tuviera oculto dentro. Pero no encontró nada.
Harto ya, se desnudó y se animó a meterse en el lecho. Se tumbó lo más lejos que pudo del cuerpo de la mujer e intentó conciliar el sueño a pesar de que su mente no dejaba de trabajar, obsesionado como estaba con lo mismo. ¿Dónde tendría guardado el dinero aquella vieja zorra?
De súbito, tuvo una idea. El sillón que había registrado era el que, teóricamente, le pertenecía a ella o, al menos, estaba situado a la izquierda de donde Loli solía dormir. El de él no lo había examinado. Y como sospechaba que tenía que tenerlo delante de sus narices, precisamente para que no lo viera, pensó en que tal vez en el suyo...
Se levantó cuidadosamente y se acercó a la butaca. Volvió a realizar la misma operación, alzar el cojín y buscar en el fondo. Estaba a oscuras totalmente porque había apagado ya la lámpara. Otra vez encontró los consabidos objetos caídos y volvió a introducir la mano hasta los muelles. No había nada. Pero, de improviso, lo que sus ojos no habían sabido ver lo encontraron sus manos al querer volver a colocar el asiento en su sitio.
En el dorso del mullido cojín sus dedos rozaron una cremallera. Se trataba, pues, de una funda que envolvía la gomaespuma del mismo. Tal vez allí...
La descorrió totalmente e introdujo sus manos en el interior de la tela. ¡Tampoco! Pero entonces pensó que, anteriormente, no había mirado en aquel sitio en el asiento contiguo. Se le hizo la luz y comprendió que, posiblemente, era un buen sitio, cerca de su alcance para que no sospechara precisamente por ello.
Volvió al otro sillón, alzó el asiento y abrió la cremallera. Introdujo la mano y esta vez sí: Tocó una caja de pequeño tamaño, disimulada entre la guata. Palpó minuciosamente los bordes para cerciorarse de lo que era y entonces se dibujó en su rostro un gesto de alegría. ¡Había encontrado el escondite secreto de Loli!
Ansioso, extrajo la caja del cojín y caminando muy despacio, se fue al salón. Una vez allí, encendió una de las luces auxiliares y la examinó. Demasiado pequeña le parecía para contener mucho dinero. Vio que no tenía llave y que la podría abrir fácilmente, cosa que hizo. Y, efectivamente, poco dinero guardaba dentro. Apenas si unas miles de pesetas, aparte de unas cuantas sortijas. ¿Dónde estaba entonces la fortuna de Loli? Aquellas alhajas de las que tanto hablaba, los millones que decía poseer y que, aunque no lo dijera, él bien sabía que los poseía...
En el fondo de la caja, debajo de los billetes, vio un recibo y, por curiosidad, lo examinó.
- ¡Páguese a doña Dolores Espejos la cantidad de diez millones de pesetas..! -. Leyó, soltando una exclamación. -. ¡La madre que la parió, la que no se fiaba de los Bancos..!
Porque el recibo llevaba el membrete y la firma de una no muy conocida entidad bancaria experta en manejar dinero negro por el que Manolo sabía que pagaban buenos intereses, en la cual, según aquello, debía tener guardado tanto el dinero como las joyas, la muy cabrona...
Desconcertado ante su fracaso, devolvió las cosas a su sitio, quedándose solamente con unas pocas miles de pesetas para que no lo notara y, sigilosamente, tal como había venido, apagó la luz y tornó a la habitación. Comprobó que la mujer seguía durmiendo la mona e introdujo la caja nuevamente en el cojín y dejó todo tal y como estaba antes de registrarlo.
Después se metió en la cama y procuró dormirse, cosa que consiguió al breve rato, a pesar de que su mente no dejaba de pensar en el desengaño que se había llevado.
A la mañana siguiente, ya cercano el mediodía, despertó y se encontró con que ella se había levantado. La oyó moverse por el cuarto de baño y correr el agua.
- Estará refrescándose de la melopea... -. Pensó.
Y se levantó y se dirigió a su encuentro.
- Hola, buenos días. - Saludó. - ¿Qué tal te encuentras?
- Me duele muchísimo la cabeza... -. Se quejó ella. -. Como si fuera a estallarme.
- Te tengo dicho que no bebas tanto. Anoche venías como una cuba.
- Cierto. No me enteré de nada, ni siquiera de que veníamos...
Creyó entender un doble sentido en aquellas palabras, pero no. Eran invenciones suyas. La mujer estaba diciendo la verdad. Ni se había movido en toda la noche del lugar en que la acostara. No había peligro de que le hubiese visto.
- Pues a ver si hoy no abusas tanto.
- Hoy no pienso beber. Además, no voy a ir por el club.
- ¿Y eso? ¿No decías que no te fiabas de mi forma de llevar las cosas y que ibas a dirigirlo tú de una vez? ¡Bien pronto has cambiado de idea!
Loli se asomó entre las cortinas, dejando ver su cuerpo desnudo.
- Fue un cabreo involuntario. Ya he visto que si no entra más dinero es porque no hay más clientes. Sigo confiando en ti.
- ¡Vaya! Pues me alegro, porque sabes que yo estoy entregado en cuerpo y alma a nuestro negocio.
Y al decir la palabra nuestro, quiso recalcar bien claro que, aunque ella fuese la dueña, todo se lo debía a él. Que si no, ya estaría en la ruina con la vida de dispendio que llevaba.
- ¿Y a dónde piensas ir? -. Preguntó.
- Ahora voy a salir a dar una vuelta. Y esta tarde, seguro que me iré al bingo. Allí me olvido de los problemas.
- ¡Claro! Bebiendo y jugándote el dinero mientras los demás trabajamos. Pues seguro que bien poco te quedará ya de lo que tenías, porque a este paso no creo que pueda durarte mucho...
- Me queda lo suficiente. -. Afirmó ella. Y salió de la ducha y se envolvió en una toalla.
El se sentó en la taza del inodoro, mientras fumaba un cigarrillo, y le dijo:
- Pues quería yo hablar contigo de unas cosas... Necesitaría que me aconsejaras.
Ella se quedó extrañada.
- ¿Aconsejarte yo a ti? ¡Qué raro, si tú eres el hombre experto en todo! - ¿Qué pasa, has dejado preñada a alguna infeliz y no sabes cómo quitarte el mochuelo de encima?
- ¡Calla, malpensada! -. Se puso a reír Manolo. -. No, mujer, que tengo unos ahorrillos y, la verdad, no sé qué hacer con ellos...
- ¿Tanto dinero te he dado a ganar en El Pototeo que has conseguido ahorrar y todo, sinvergüenza?
- Sabes que yo no tengo vicios apenas. Y los que tengo, afortunadamente me salen gratis.
- ¡Ya! Y encima, las estúpidas como yo te pagamos porque nos hagas un favor, ¿no?
Manolo esbozó una sonrisa.
- Bueno, el caso es que tengo un dinerillo y no tengo ni puta idea de qué hacer con ello. Ni es lo suficiente para comprar un piso ni tan poco como para tenerlo debajo de un ladrillo, como haces tú.
- Pues inviértelo... -. Le aconsejó ella. -. Si no lo tienes a mano, será la única manera de que lo conserves.
- Ya... ¿Y en qué? Porque yo, de cosas de Bolsa y de esos líos sí que no entiendo.
- Menos entiendo yo, que sabes que en mi vida me he fiado de ningún Banco y que, como dices, guardo el dinero debajo de una baldosa. -. Dijo sonriente.
¡Qué bien sabía mentir la muy ladina!, pensó Manolo. A aquella no le sacabas la verdad aunque le arrancaras el pellejo a tiras.
- Pues a ver si me dices dónde está esa baldosa y me hago rico, ¡coño! -. Bromeó.
Y ella, sin añadir nada, salió del cuarto de baño.
Estaba claro que no habría manera de sacarle la verdad. Él había visto el recibo del depósito del Banco y estaba seguro de que allí tenía también las joyas. Total, unos cuantos millones más lo que costase ahora el piso. La envidió. Aquella desgraciada, valiéndose de su cuerpo y siendo precavida, había conseguido ahorrar una fortuna.
¿Y cómo hacerse con ella si no le daba pie ni confiaba en él más que para que le llevase el club? Y aún eso, con desconfianza.
Tendría que maquinar algo.
Aquella tarde, después de abrir el club y mientras esperaba la llegada de los clientes tras haber asesorado a las chicas diciéndoles que la jefa estaba que trinaba por cómo iban las cosas, Manolo echó mano de su memoria. La pistola que poseía y que en aquella ocasión tan útil le había sido, le había sido proporcionada por un joven policía con no muchos escrúpulos y a cambio de una buena cantidad.
Sabía que en aquella época trabajaba en la Comisaría del distrito, pero hacía tiempo que le había perdido la pista. Recordaba su nombre y apellido y sabía que aquel hombre, por dinero, era capaz de vender a su madre si era preciso.
Decidido a probar fortuna, buscó el teléfono de la Comisaría y llamó. Preguntó por él y tuvo la suerte de que le dijeran que sí, que seguía trabajando allí pero que en aquel momento no estaba. Rogó que le dijeran que le había llamado y dejó su número de teléfono. Tendría que esperar que el otro recordase quién era y decidiera ponerse en contacto con él.
Loli, mientras, se había acercado al salón de juegos. Llevaba una pequeña cantidad, dispuesta a no jugarse mucho y a beber menos. Sacó el dinero de su escondrijo y no notó que le faltara nada. Manolo había sabido ser prudente en su hurto.
Como es natural, aquella intención de estar abstemia y de no jugar más de lo que llevaba se vino abajo en cuanto se le ocurrió pedir la primera copa para matar el gusanillo. A ésta le siguieron una segunda y otras más y, en cuanto al dinero, tuvo que volver a casa a coger más.
Mientras, en El Pototeo todo continuaba igual. Las chicas, trabajando, y Manolo esperando que le llamasen mientras iba madurando el plan que había concebido. Si contaba con la ayuda de aquel individuo y todo salía como esperaba, sería el dueño del dinero de su amante. Pero, mientras tanto, se dedicó a juguetear con su querida nueva y hasta se atrevió a dejar un rato el local a su aire mientras pasaba con ella a la oficina.
Dos tardes después, efectivamente recibió la llamada del policía. Al pronto, Manolo notó que no se acordaba mucho de él. Mejor, así no casaría la venta de la pistola con el crimen cometido.
Le recordó que era el encargado del club y alguna que otra copa que habían tomado juntos en él, pero para nada habló del arma. El otro fue recordando y ya le preguntó que qué quería.
Le dijo que tenía un negocio entre manos del cual podían sacar ambos buenos beneficios y que deseaba hablar con él. Que si podía pasar a visitarle.
- ¿Y por qué no vienes tú a verme a la Comisaría? -. Le preguntó.
- Porque no nos interesa a ninguno de los dos. Podemos vernos en el bar o donde mejor te parezca. Pero siempre que estés dispuesto a ganarte buen dinero.
- O sea, que me estás proponiendo que intervenga en algo sucio... -. Dedujo el policía.
- Te lo contaré cuando nos veamos.
Y quedaron en El Pototeo al día siguiente, a primera hora de la tarde que no habría nadie.
Manolo llegó y entró por la puerta que daba al portal de la finca. Vio que la mujer de la limpieza había realizado su trabajo convenientemente aquella mañana y subió el cierre hasta más de la mitad para que su visitante supiera que estaba dentro.
Apenas si se retrasó unos minutos. Se estrecharon la mano y pasaron al interior. Manolo, antes, bajó la cortina metálica para que nadie pudiera verles ni sospechar que se encontraban en el interior.
Se sentaron a una mesa y le ofreció una copa. El policía aceptó y se dispusieron a hablar.
Le contó por encima que una de sus empleadas disponía de una gran cantidad de dinero en metálico y alhajas y que estaba pidiendo a gritos que se lo quitasen, gastándolo en mala forma en el juego y en bebida. No le indicó que se trataba de la dueña del bar, pero el otro lo supuso porque qué otra chica, en aquel local, iba a haberse hecho rica como afirmaba Manolo si no era ella...
- ¿Y para qué me necesitas? Tú te bastas y sobras para quitárselo. Si no te lo da por las buenas, le pegas un tiro y asunto arreglado.
Luego sí se acordaba de lo de la pistola...
- Porque no hay que recurrir a esos métodos, habiendo otros más sencillos... Pero siempre que estés dispuesto a ayudarme y a compartir las ganancias.
- Eso ya sabes que sí. Mientras no me cueste el puesto...
- No creo que exista peligro alguno. Sólo se tratará de fingir un poco y le meteremos el miedo en el cuerpo sin necesidad de esgrimir un arma.
El otro asintió y dijo que entonces estaba conforme.
Y pasó a exponerle su plan.
Su idea no era otra que hacerle ver a Loli que habían descubierto droga en el club, introducida por alguna de las chicas en un descuido suyo. Aquello llevaría a exigirle un chantaje por guardar silencio y no denunciarla y, de esa manera, poco a poco pero no tardando mucho, se harían dueños de su fortuna.
- Sabes que si me pillan me cuesta el puesto... -. Afirmó el policía.
- Si te pillaran, puede. ¿Pero quién va a creer más en la palabra de un funcionario que la de una vieja puta?
- Mal hablas de quien tanto te ha favorecido, ladrón... -. Le entró la risa al otro.
- Lo que se merece. Si no hubiera sido por mí, ¿de qué cojones iba a tener el club como lo tiene?
- En eso llevas razón. Fíjate si llevo años trabajando por la zona y ya ves lo poquito que me has visto. Nunca nos han puesto una denuncia sobre este bar ni os habéis metido en ningún lío.
- No creas que no me ha costado mi trabajo. Y viendo cómo los demás ganaban dinero a espuertas dedicándose al trapicheo. Yo, en cambio, he conseguido alejar a todos los traficantes de este sitio.
El policía estuvo de acuerdo.
- Pues dime cuándo empezamos.
- Lo más pronto posible y en cuanto tengas tiempo para ello.
- El tiempo es lo de menos, siempre podré justificarlo. Lo que necesito es la ocasión y algún motivo, para no levantar las sospechas de mis jefes.
- Pues cuando los encuentres me lo dices y lo hacemos.
- ¿Quién colocará la droga? Yo en eso no quiero intervenir.
- Me ocupo yo de ello. Le compraré un pequeño alijo a cualquiera de esos hijos de puta que se dedican a venderlo.
Y quedaron de acuerdo en todos los detalles.
Ajena a toda esta trama, Loli seguía pasando las tardes y partes de las noches entregada a jugar y a continuar bebiendo. El dinero de la cajita se acabó y esta vez, en lugar de pedirle nada a Manolo, se acercó por aquel Banco y extrajo una buena cantidad, para sus gastos según dijo. Sin darse cuenta, se iba introduciendo en la mecánica de dejarse llevar por sus dos enfermedades, el alcoholismo y la ludopatía, sin percibir que se estaba destruyendo a sí misma.
Ya no gozaba del sexo hacía unos meses y ni las más expertas caricias de Manolo, cuando ella se lo exigía porque si no él ni la tocaba, lograban despertar su deseo, abotargada como estaba por las luces de las máquinas y el tintineo de los cubalibres.
A los pocos días, el policía llamó a Manolo y le dijo que contase con él para la noche siguiente, que pasaría con un compañero ya que le era preciso para que le sirviese de testigo, pero que a éste le tapaban la boca con unos pocos duros.
- ¿Sobre cuánto consideras que habrá que darle?
- Con veinticinco mil pesetas habrá bastante. -. Respondió.
- ¿No te parece demasiado?
- No. El silencio bien comprado vale más que una boca descontenta. Este colega es de confianza y anda metido en unos asuntillos que yo me sé. Encima, va a quedarme agradecido. Yo no diré nada de lo suyo y él me proporcionará la coartada necesaria y se ganará unas pesetas.
- De acuerdo. -. Dijo Manolo, que ya se había cuidado de adquirir una pequeña cantidad de cocaína que mantenía oculta en la bodega. -. Pues mañana vamos adelante.
Y así fueron las cosas.
El día siguiente era sábado y primeros de mes. El local estaba más lleno que de costumbre cuando los dos policías hicieron su entrada. Con gesto de pocos amigos, para fingir, se dirigieron al encargado y le enseñaron una orden de registro. Querían comprobar, le dijeron, si dentro de El Pototeo se pasaba droga, ya que habían recibido noticias de que así era.
Manolo puso el grito en el cielo, jurando que era mentira y se brindó a acompañarles y mostrarles todo el local, en su afán de colaborar con la Justicia.
Tan bien llevaron a cabo cada uno su papel que ninguna de las chicas, excepto su nueva amiga que ya sabía algo de lo que se traía entre manos, sospechó lo más mínimo. De sobra conocían ellas que allí no se permitía la entrada de un solo gramo de cualquier sustancia prohibida. Sí temieron que los funcionarios pudieran meterse con ellas si no encontraban nada, como estaban seguras de que así sería, pero todas tenían la documentación en regla y no se sintieron agobiadas.
Miraron dentro de la barra, registraron en el cuartucho de Manolo y, por último, cuando ya parecía que se iban a ir, a uno de ellos "le surgió" la brillante idea de querer ver dentro del almacén de bebidas. Se dirigieron a él, siempre acompañados por el encargado y cual no sería la sorpresa de las muchachas cuando les vieron salir portando un paquete que decían haber encontrado. Manolo, todo azorado, protestaba de que él no lo había puesto allí, pero de poco le sirvieron sus quejas porque los policías decidieron cerrar el local por esa noche y le rogaron que les acompañase a las dependencias oficiales, como él desease, de buen grado o con las esposas puestas.
El hombre se puso a su disposición y después de rogar a los clientes, que ya se habían percatado de que algo muy extraño ocurría aquella noche, que abandonaran el local por causas ajenas a su voluntad, dijo a las chicas y a los camareros que se fueran a sus casas o donde mejor quisieran y que volvieran al día siguiente, que ya se habría solucionado y dejado bien en claro todo.
Tras ello, procedió a echar bien el cierre y salió acompañado de los dos policías.
Los empleados y las mujeres se quedaron preocupados. Estaban seguros de que al encargado le iba a caer una buena, de que posiblemente cerrarían el local y que ellos mismos serían investigados. En definitiva, vieron peligrar sus puestos de trabajo.
- ¡Pobre Manolo! Yo estoy segura de que él no tiene nada qué ver en esto. -. No hacía más que repetir una de las chicas.
Los camareros no estaban tan seguros. Últimamente le habían visto manejar mucho dinero y ellos no cayeron en que podía tratarse de las sisas que todos los días cometía.
- En algo turbio debe andar metido... -. Fue la conclusión de uno de ellos. Veremos en qué acaba todo este lío.
Y se desperdigaron cada uno por su sitio, temerosos de que algo de aquel sucio asunto pudiera salpicarles a ellos.
Mientras, no muy lejos de allí y en el interior del coche patrulla, Manolo procedía a darle el dinero convenido al compañero de su amigo.
- Con esto, hacen las veinticinco mil. -. Le aseguró mientras el otro contaba el dinero.
- Pues por mí, hecho. Yo no he visto nada y ya os podéis largar.
Y se bajó del coche.
Los dos compinches se despidieron de él y, arrancando el vehículo, pusieron rumbo a la calle Fundadores.
Loli había vuelto aquella noche antes que de costumbre. Había perdido todo el dinero y había almacenado la suficiente ginebra para no desear ya más por el momento. Se dio una ducha, se puso el camisón corto y se envolvió en una bata de seda. Encendió el televisor y comenzó a contemplar un programa.
Cuando llamaron al timbre, se había quedado casi dormida. ¿Quién sería a aquellas horas? Manolo solía volver mucho más de madrugada.
Se levantó y observó por la mirilla. Vio que era él, acompañado de otro hombre. Traía el gesto muy serio.
Abrió y le preguntó que cómo estaba por allí a aquellas horas. Manolo no respondió sino que pasó al salón seguido de su acompañante.
- Mira, Loli, ha pasado algo muy extraño y en extremo peligroso que nos compromete a los dos.
- ¿Alguna pelea, un accidente? -. Se interesó ella, alarmada.
- No. Este señor es policía y, por lo que cuenta, ha recibido una denuncia de que en nuestro club se pasaba droga, cosa que tú ya sabes que no es cierta. Pero al efectuar el registro rutinario, para lo que venían autorizados, efectivamente han encontrado en el almacén de las bebidas una bolsa con cocaína.
- ¿Cocaína en el club? ¡Eso es imposible! Salvo que seas tú...
- ¡Calla! Yo nunca me he metido ninguno de esos potingues. Alguien debió de dejarla allí, alguno de los empleados o de las chicas, para más adelante sacarla con objeto de venderla o lo que sea.
- ¡Pero nadie tiene llaves del almacén a no ser tú! -. Indicó, muy nerviosa, Loli. - ¡Manolo! Tú tienes que ser quien la haya puesto.
- O también pueden haberme hecho copia de las llaves en un momento de descuido y habérmela jugado.
- Señora... -. Intervino el policía. -. Ahora no es el momento de que ustedes dos discutan sobre quién tiene o no acceso al lugar y que quién es el culpable. El hecho es que los dos, usted como dueña del club y él como responsable del funcionamiento del mismo, están metidos en un buen embrollo.
Hizo una pausa y se sentó en uno de los sillones. Encendió un cigarrillo y contempló la escena. La mujer estaba a punto de derrumbarse, nerviosa y hecha cisco. Manolo aparentaba estar muy preocupado y se retorcía las manos demostrando ser presa de los nervios.
- Pero siempre puede haber arreglos, claro... -. Dejó caer. -. Afortunadamente, el compañero que me acompañaba no se enteró de mucho y yo le dije menos. Conozco a su encargado desde hace tiempo y no quiero causarle el menor daño, así como tampoco a usted.
- ¿Un arreglo? -. Preguntó, extrañada, Loli. -. ¿Y de qué clase?
- Que yo puedo hacer la vista gorda, ya que me consta que El Pototeo es un sitio serio y, efectivamente, el hecho puede muy bien ser obra de cualquier empleado descontento o de alguien que quiera ocasionarles molestias. Pero siempre habrá que callar bocas, mi mismo compañero puede hablar. Y para eso, hace falta dinero.
Loli comprendió que se la iban a jugar y ya sí que estuvo segura que Manolo tenía que ver en el asunto. Se dejó caer, rendida, en el sofá y solamente supo preguntar:
- ¿Cuánto?
El arregló consistió en que debía hacer entrega rápidamente de cinco millones de pesetas. Si no, aparte de llevarse detenidos a ambos con el cargo de tráfico de estupefacientes, procederían a la clausura del local por tiempo indefinido, hasta que se viera el juicio, con todos los perjuicios que aquello les ocasionaría: Pérdida de clientes, mala fama, prisión incondicional para los dos...
- Si por mí fuera, a este sinvergüenza se lo podría usted llevar ya para siempre. Pero mis chicas no son culpables de sus manejos. Y usted sabe que yo no he tenido nada que ver en ello, pero no puedo demostrarlo.
- Así es. Usted es tan culpable como él de lo que suceda en su negocio. Si no confiaba en él, no tendría que haberle dado carta blanca.
Y Loli comenzó a pagar. Al otro día le entregó al policía los cinco millones de pesetas y eso solamente fue el comienzo de una larga historia. Todos los meses recibía una llamada reclamándole más dinero y se veía forzada a dárselo.
Desde luego que lo primero que hizo fue poner de patitas en la calle a Manolo, tanto del club como de su casa. Estaba convencida de que él había sido el instigador de la trama y no podía perdonarle.
Así que tuvo que volver a hacerse cargo personalmente del negocio. Abandonó el juego, cosa que le vino bien para sus arcas, pero le dio por beber más de la cuenta mientras veía a sus muchachas alternando.
Ya llevaba entregados más de ocho millones de pesetas y no veía cuándo llegaría el final de aquella sangría cuando se le vino encima una más gorda.
Una noche recibió la visita de un individuo que se acreditó como inspector de Hacienda y que le aseguró que habían detenido a un policía por presunto delito de estafa y de chantaje. Que había declarado que, periódicamente, recibía cantidades grandes de dinero por parte de ella y en ningún sitio constaba de dónde salía ni cuál era su procedencia.
La acusó veladamente de tráfico de drogas, que sería lo único que justificaría aquellos ingresos extraordinarios y le obligó a decirle dónde tenía depositado su dinero.
- ¿Yo tráfico de drogas? -. Clamó irritada. - ¡Yo con lo único que he traficado ha sido con mi coño y éste es el pago que me encuentro al cabo de tantos años de írselo pasando de hombre a hombre! Desde luego, son todos ustedes unos cabrones. Y eso de que han detenido al policía es que ni siquiera me lo creo.
- Cuantos más insultos me dirija más fuerte puede ser la sanción... -. Le advirtió el inspector.
- Por mí ya, como si quieren quitármelo todo. Yo no he hecho nunca mal a nadie y he impedido siempre que en mi local se diera mala nota. Ahora, ustedes, unas hermanitas de la Caridad por lo visto, compinchados con Manolo, quieren arrebatarme mi futuro. Pues háganlo cuanto antes, pedazos de hijos de puta.
- Se está usted pasando de la raya y esto va a traerle malas consecuencias.
- Ya le he dicho que puede hacer lo que quiera. Esto es una confabulación urdida por una mala persona y con la ayuda de ustedes dos, de usted y del policía.
El otro se encogió de hombros y salió sin despedirse. En la esquina le aguardaban Manolo y el funcionario y le preguntaron por el resultado.
- Ha cantado de plano. Mañana investigaremos en ese Banco y vamos a meterle una multa de la que va a acordarse.
Y así fue. En principio, los del negocio comercial que encubría la entidad financiera, negaron cualquier relación con Lola Espejos. Más tarde, acosados por las pruebas contundentes, entre las que constaba una copia del recibo emitido a Loli y que Manolo, antes de irse, había tenido buen cuidado de hacerse con ella, tuvieron que rendirse a la evidencia y la cuenta secreta, en donde ya había poco dinero, salió a relucir. Les exigió que le hicieran entrega del mismo, para depositarlo en las arcas del Estado.
- Tengo entendido que, además del dinero, la señora Espejos les había confiado unas alhajas. -. Inquirió el inspector de Hacienda.
- Pero, eso lo tenemos guardado como depósito, no es una inversión... -. Se justificó el banquero.
- Pero tiene que declararlo como Patrimonio. Ustedes verán, o me las entregan o les acuso de apropiación indebida... -. Amenazó.
Los de la entidad financiera estaban ya más que hartos de tanta pesquisa y temieron por su propia seguridad. Por ello, queriéndose librar de problemas, entregaron todas las joyas que pertenecían a Loli para que les dejaran tranquilos. Al fin y al cabo, a ellos no les interesaba ya como cliente, una vez que la habían desposeído de todo su dinero.
El de Hacienda les firmó un recibo de que las recibía, así como el dinero, pero cualquiera iba a ir a pedírselo si las cosas se ponían feas... Podían verse ellos mismos involucrados en tan turbio asunto cuando tenían otros muchos bastante más oscuros y de mayor importancia que ocultar.
Así, de la noche a la mañana, Loli se vio desposeída de todos sus bienes, excepto del piso y del local de alterne. Pero ya se ocuparían ellos de arrebatárselo también...

 

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