Tres años después

El presidio no le sentó ni bien ni mal a Loli. Como desde el mismo instante en que sonó el disparo su mente se había ido de la realidad, se limitó a pasar el tiempo viendo amanecer y cómo anochecía. No se enredó en trifulcas con sus compañeras ni aprendió malas artes a pesar de que procurasen inculcárselas. Desde luego, si algo se le pegó durante su estancia en aquellos muros fue más lo malo que lo bueno, como suele ocurrir. Y así, por matar el tiempo, comenzó a beber más de la cuenta.
Dinero tenía de sobra para no pasar privaciones y en la cárcel, teniendo la bolsa llena, no se carece de nada, ni aún de artículos superfluos. Por ello, su privación de libertad no fue demasiado dura. Si acaso, lo que sí le mataron fue la esperanza y aquellas ganas de triunfar que siempre tuvo. Ya no soñaba en ser estrella ni apenas si se preocupaba por su porvenir. A veces, incluso pensaba que mientras estuviera allí estaba segura y no tenía que preocuparse de nada.
Su padre, Manuel, fue a visitarla varias veces. Siempre que le veía notaba la pesadumbre que se cernía sobre el pobre hombre. Una mujer cada día peor de la cabeza por culpa de la bebida, una hija en prisión por haber cometido un asesinato - así lo catalogaba él a pesar de lo que dijera la sentencia - y un hijo que había dejado los estudios, como deseara, y que se había puesto a trabajar gracias a unos estudios de radio que hizo... Éste era el que menos problemas le daba, aunque tampoco le causaba muchas satisfacciones, pero el chico era cumplidor como él mismo y no le ocasionaba disgustos.
- ¿Y qué piensas hacer cuando salgas, hija?
- No lo sé. Ya veré cuando llegue el momento.
Lo cierto es que la muchacha temía el instante en que fuera puesta en libertad y tuviera que enfrentarse de nuevo al mundo exterior. Allí dentro, al fin y al cabo, estaba tranquila.
No se planteaba ni remotamente cuál pudiera ser su nueva vida cuando saliese, ni tenía ganas de pensar en ello. No ignoraba que el mundo de las salas de fiesta se había cerrado definitivamente para ella después de aquel triste suceso y carecía de cualquier otro oficio. Tal vez buscase novio, podía ser una buena idea. Casarse y tener hijos era una manera más de vivir y ser bien útil y feliz. ¿Pero quién iba a querer casarse con una expresidiaria y más después de ser responsable de una muerte?
Y embebida en éste y otros parecidos pensamientos, prefirió sumergirse en el alcohol y desecharlos de su mente.
Al principio no abusó mucho de la bebida, pero poco a poco fue elevando la dosis. Se ve que le venía de herencia, llegó a pensar. Una madre borracha y la hija otro tanto. ¿Qué más daba? Siempre se había sentido engañada y utilizada por los hombres y ahora que carecía de ellos se encontraba más a gusto mientras se abrazaba a su amiga la botella.
Por fin, una mañana le informaron de que al día siguiente saldría. Ya había cumplido su pena y hora era de que fuese libre. Aquella noche, aprovechando la actitud un tanto tolerante de las funcionarias, organizó una pequeña fiesta para algunas compañeras. No armaron demasiado escándalo porque aunque contaban con la complicidad comprada de una vigilante, temían que pudieran llamarles la atención. Pero sí que bebieron lo suyo. Loli celebró por todo lo alto la proximidad de su liberación. Tanto que, hasta sin darse cuenta, acabó en la cama con una de sus compañeras, entregadas las dos al más lascivo deseo. Era la primera vez que la muchacha ponía en práctica el amor homosexual y en su borrachera ni se dio cuenta de lo que hacía. Falta de sexo como estaba desde hacía tres años, las caricias de su amiga la volvieron loca y disfrutó a tope. El resto de las reclusas, al ver la escena, optaron por reírse unas y por abandonar la celda otras. El lesbianismo en aquella prisión era cosa de todos los días y había muchas adictas al mismo. Otras, entre las que se había contado Loli hasta aquel momento, se abstenían de practicarlo, pero en esta ocasión el alcohol actuó de desinhibidor de su conducta y gozó de los placeres del mismo con brutal ansia, igual que si estuviera con el mejor de los machos.
Cuando despertó aquella mañana, el dolor de cabeza era terrible. Entonces recordó lo que había hecho y sintió vergüenza. Pero mientras se lavaba y se disponía a ponerse presentable para la calle, se dijo a sí misma:
- ¡Qué más da! El caso es que lo pasé bien. Además, a esa mujer nunca voy a volver a verla...
Y con esa idea aguardó a que la encargada fuese a buscarla.
A las nueve en punto de la mañana salía por la puerta de la prisión llevando una pequeña maleta con sus ropas y las escasas pertenencias con las que había ingresado tres años atrás. Tenía veintinueve años pero el tiempo transcurrido entre rejas y los sufrimientos, amén de las ojeras causadas por la juerga de la noche anterior, le hacían aparentar ser mayor.
Se acercó caminando hasta la primera parada de taxis que halló y, subiendo en el primero que encontró, indicó su domicilio de la calle de Fundadores. El taxista la observó ceñudo, advirtió el estado en que se encontraba y supuso de donde venía. Sin decir más palabra, arrancó y se dirigió a su destino.
- ¿Has estado encerrada mucho tiempo, guapa? -. Le preguntó al rato.
- ¿Cómo dice? -. Se extrañó Loli.
- Que si has estado en la trena mucho tiempo...
- ¿Y usted cómo sabe de dónde vengo yo? -. Preguntó.
- ¡Chica! No hay más que verte y recordar el lugar donde me has cogido...
¿Tendría tan mal aspecto que hasta un taxista se daba cuenta de que salía de presidio?, se preguntó.
- A usted no le importa mi procedencia sino mi destino. Así que basta de charlas y lléveme donde le he dicho.
- ¡Chavala, no te me pongas así! Yo sólo lo decía por si no tenías trabajo y lo necesitabas. Tengo amiguetes en los clubes de alterne más cotizados de Madrid y si te interesa...
- No. Muchas gracias. Yo tengo mi trabajo y no necesito de nadie que me coloque... Y menos de lo que usted dice.
El conductor emitió un gruñido de desagrado y dedicó su atención al volante exclusivamente.
No obstante, al llegar a la calle Fundadores y después de cobrar la carrera, le extendió a la chica una tarjeta mientras le decía:
- De todas formas, si algún día te ves apurada, dirígete a este sitio y di que vas de parte de Ramiro. No te vendrá de más guardarla. -. Advirtió.
Ella no dijo nada, pero sí se quedó con la tarjeta.
Al entrar en el portal, saludó al portero. Éste se extrañó de verla. Era cierto que su padre había ido por el piso y se había encargado de que lo mantuvieran en condiciones, pero el empleado nunca pensó que se atrevería a volver allí después de haber matado a un hombre dentro de la vivienda, con el consiguiente escándalo para todos los vecinos. Pero parecía que a ella no le importaba mucho lo que dijeran los demás.
Y así era. A Loli, después de tres años de cárcel y tras de conocer variadas historias de sus compañeras, la verdad es que lo que pudieran pensar de ella le daba lo mismo. Ella ya había cumplido su condena, había pagado su deuda con la sociedad y nadie tenía por qué echarle nada en cara. Aquello ya pertenecía al pasado y ahora lo que interesaba era el futuro.
Cuando se encontró dentro de su piso, lo primero que hizo fue admirar la amplitud del mismo comparada con la estrechez de la celda donde pasara aquellos años. Poder pasear por el pequeño pasillo, asomarse a la ventana y contemplar la calle y el tráfico de cerca, ir al baño sin sentirse observada por nadie... ¡Libre! Libre para hacer lo que le viniera en gana y no estar sometida a un horario riguroso. Se podría levantar a la hora que quisiera sin necesidad de timbres ni de voces. Y lo mismo al acostarse. Podría salir y entrar sin que nadie tuviera que acompañarla por los fríos corredores. Y podría hacer el amor cuando y con quien le viniera en gana, lejos de las miradas de nadie y sin que nadie se enterara.
Era hermosa la libertad, verdaderamente...
Para celebrarlo, se dirigió al mueble bar del salón y, abriéndolo, observó su contenido. Todo estaba tal cual ella lo había dejado. Contempló las botellas y escogió una de whisky de reserva. Luego se dirigió a la cocina y tomando un vaso, lo lavó y se escanció un buen chorro. Se lo bebió de un trago, sin añadirle hielo ni nada y sintiendo cómo la sangre volvía a circular ardiente por sus venas.
Hacía años, a ella le daba asco aquella bebida. Ahora disfrutó tomándola.
Volvió a servirse más licor y esta vez sí le echó unos cubitos del hielo que había en el congelador del frigorífico y fue a bebérselo sentada en el sofá. Tranquilamente, mientras paladeaba los sorbos, contempló la estancia. Era hermosa en verdad. Esteban había tenido buen gusto al escoger el piso y ella al adquirirlo. Ya se habría revalorizado, como le dijera él. Seguro que ahora valía una fortuna comparando con lo que había pagado en su día.
El resto de la mañana lo pasó dentro de la bañera, disfrutando de aquel placer que hacía tanto tiempo que no gozaba. En la cárcel, con una ducha rápida y a veces con agua más fría que caliente iban sobradas. Ahora se deleitó zambullendo su cuerpo en el agua tibia y cubierta de espuma y así pasó las horas, relajándose.
Cuando consideró que era la hora de comer, como no tenía nada preparado ni compra hecha, bajó a la calle y buscó uno de los bares que abundaban por la zona. Observó el menú del día y le pareció barato pero poco. ¡Hoy tendría que darse un homenaje! Para ello había salido de la trena. Y encargó el menú especial, que ya estaba harta de tanto rancho carcelario.
Después de saborear un exquisito postre, pidió café y una copa de brandy. Tomó del mejor que le ofrecieron y se dedicó a gozar del mismo.
Satisfecha, salió de nuevo a la calle y estuvo mirando escaparates. Tendría que comprarse ropa, la que tenía ya estaba pasada de moda.
Pasó varias horas paseando y contemplando la vida en libertad de la que le habían privado durante aquel tiempo. Era hermoso sentirse así, sin que nadie frenara tus pasos y pudiendo deambular a la ventura sin temor a que te detuvieran.
Hizo una parada en una cafetería y se tomó otro café y otra copa. Esta operación la realizó otro par de veces y, al cabo, se sintió un tanto mareada y decidió volver a casa. Allí se tendió en la cama y disfrutó hasta bien caída la tarde de una buena siesta, de la que despertó como nueva.
Era su primera noche de libertad y decidió salir. Estaba harta de estar enjaulada teniendo que acostarse a una hora fija y apagar la luz a toque de silbato. Aquella noche gozaría plenamente de su recién estrenada libertad y visitaría los sitios que quisiera excepto, claro está, la sala de fiestas de su triste aventura. Temía que los jefes del individuo que mató pudieran tomar venganza o amargarle la vida.
Se levantó de la cama y se dirigió a darse una ducha. El agua, cayendo sobre su cuerpo, se llevó los últimos vapores de las copas que había bebido y se sintió enteramente bien. Luego se dedicó a arreglarse convenientemente, sin acicalarse mucho pero esmerándose en quedar lo suficientemente guapa de modo que no se notaran los años de encierro y, por último, se dirigió al cajón en el que guardaba su dinero y las alhajas. Éstas continuaban en su sitio, pero el fajo de billetes había disminuido muy sensiblemente. Recordó que la vida en la cárcel le había resultado cara y se quedó francamente preocupada. Tendría que ponerse a trabajar cuanto antes, con aquello no podría vivir mucho tiempo de las rentas. Y de las joyas no quería desprenderse mientras le fuera posible. Eran el recuerdo de unos días felices y no deseaba perderlas. Habría que pensar en algo o recurrir a alguna de sus viejas amistades, pero no ignoraba que el escándalo en que se vio envuelta haría que éstas se ahuyentaran de ella como si se tratara de la peste.
Pensó en Esteban. Durante aquellos años nunca había ido a visitarla. Estaba visto que no quería saber nada más de ella. Y lo comprendió a pesar de sentirse dolida. Nadie quiere juntarse con una presidiaria ni complicarse la vida con los errores de otros. Al fin y a la postre, él ya le había ayudado todo lo que pudo o quiso y debería estarle agradecida por el tiempo empleado en hacerlo. Pero también recordó el cariño con que se entregó a él y no le pareció justo que el abogado le pagase con aquella moneda. Si había tenido aquel percance, también él tenía su parte de culpa al discutirle buena parte de sus ahorros, por muchas órdenes que recibiera de su cliente. Por ello se había visto obligada a trabajar de mala manera y a sucumbir a los deseos del matón que resultó muerto.
Y llena de rabia, decidió llamarle. Conservaba el teléfono de su bufete y pensó que no sería difícil encontrarle a aquella hora.
Después de dos intentos en que le salió comunicando, por fin consiguió contactar con la telefonista:
- Don Esteban, por favor...
- ¿De parte de quién? -. Preguntó la empleada.
- Dígale que de Loli.
Esperó unos momentos, que se le hicieron inmensos a pesar de que apenas si fueron unos minutos, y por fin escuchó la voz del hombre.
- ¿Dígame?
- Esteban... -. Musitó al oírle. -. Soy Loli.
Hubo un silencio en la línea y ya le escuchó de nuevo hablar.
- ¡Mujer! ¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo sin oírte!
- ¿Olvidaste que estaba en la cárcel? -. Preguntó.
- ¡No, no, claro! Lo que no sabía es que hubieras salido.
- Ya han pasado los tres años, Esteban.
- ¡Sí, es cierto! ¿Ves cómo se han hecho más cortos de lo que esperabas? Yo pensaba que te quedaban todavía meses...
- Se te habrán hecho cortos a ti, que has estado fuera. A mí se me han hecho eternos.
Otra vez reinó el silencio.
- Bueno, - le oyó al fin -, pues no sabes cuánto me alegro de que ya estés libre. ¿Y qué deseabas?
- Había pensado en verte... -. Susurró ella. -. Me gustaría saber cómo estás.
- Pues me encuentro perfectamente, con mucho trabajo. ¿Y tú? ¿Qué tal te ha ido?
- Mejor de lo que podía esperar, pero muy sola.
- Bien... Es que ya sabes, los negocios, la familia... He viajado mucho últimamente y apenas si he estado en Madrid. -. Se excusó él.
- ¿No has tenido siquiera un rato para hacerme una visita o para efectuar una llamada? En la cárcel sí nos daban permiso para hablar por teléfono...
- Te vuelvo a repetir que he estado muy ocupado. La verdad es que ahora tengo unos clientes muy importantes que me absorben totalmente.
- Comprendo... -. Aseguró ella. -. El trabajo está antes que las viejas amistades.
- No es eso, mujer, no lo tomes a mal. La verdad es que he pensado muchas veces en ir a verte, pero nunca he tenido tiempo.
- Esteban, voy a salir esta noche a ver Madrid por la noche. Hace años que no me han dejado hacerlo. ¿No nos podríamos ver un rato?
- ¿Hoy? ¡Imposible, querida! Tengo una cena importantísima de negocios y no tengo idea de a qué hora terminaré. Mejor lo dejamos para otro día. Yo te llamaré. ¿De acuerdo?
- De acuerdo, Esteban. Sigo manteniendo el mismo número. Espero que lo hagas. Me gustaría volver a verte.
- No lo dudes. En cuanto encuentre un rato te llamo y paso a visitarte o quedamos donde tú quieras. Pero déjame un tiempo, tengo que desliarme de unos asuntos que me tienen muy ocupado.
- Correcto. Esperaré que me llames. Un beso.
- ¡Otro para ti! Y descuida, dentro de poco nos veremos, no te apures.
Loli colgó el auricular. sabía de sobra que no volvería a verle. Aquel hombre ya no deseaba nada con ella y lo mejor sería olvidarse de él. Total, no habían adquirido ningún compromiso por parte de ninguno, así que nada podía exigirle. Que él la debiera haber tratado mejor, eso no hacía más que repetírselo, pero ya había comprendido, y muchas veces se lo habían dicho sus compañeras de celda, que nadie quiere seguir manteniendo relaciones con una excarcelada, que sienten como asco de hacerlo como si ellas fueran portadoras de algún mal inconfesable. Ése y no los años de encierro era el verdadero castigo de la prisión: La dificultad de insertarse nuevamente en la sociedad por los prejuicios que la gente tenía para los antiguos reclusos. Nadie quería nada con ellos, no les daban trabajo y éste era, principalmente, el motivo de que muchos de ellos volvieran a delinquir.
Dio estos pensamientos al olvido y acabó de arreglarse. ¡Que le diesen mucho por saco! Si él no quería saber de ella, ella tampoco volvería a saber de él.
Hecha un brazo de mar, pequeñita pero resultona como decía, bajó a la calle y allí cerca, en la plaza de Manuel Becerra detuvo un taxi.
- A Gran Vía, por favor. -. Ordenó.
- ¿Dónde quiere que la lleve exactamente, señorita?
- Usted tire. Ya veremos dónde nos paramos.
Y el taxista inició su carrera. Loli también acababa de emprender la suya con aquel viaje.
Una vez en la entonces llamada Avenida de José Antonio, aunque los madrileños continuasen llamándola cordialmente la Gran Vía, que había sido su nombre original, decidió detenerse en Chicote, aquel bar de fama tanto por sus bebidas como por las hermosas mujeres que lo frecuentaban. Casi todas eran prostitutas, lo sabía de sobra, pero de alto rango. No estaría mal comenzar la noche en aquel sitio.
De Chicote, luego de tomarse una copa y observar el ambiente, fue caminando hasta L'Abra, también célebre por el mismo tema. El sitio era menos lujoso y el público menos encopetado que en el primer lugar, pero también muy distinguido.
Mientras tomaba otra consumición, trabó conversación con una hermosa chica que estaba como ella acodada en la barra, a la espera sin duda de clientes.
- Oye, perdona, ¿cómo tenéis por costumbre trabajar aquí?
La otra la miró de arriba a abajo.
- ¿Es que eres nueva o quieres dártelas de lista?
- No. Es que es la primera vez que frecuento este ambiente y no estoy nada al tanto, perdona.
- ¡Ah! Pues... Con tu tipo y tu figura, bien puedes pedir dos mil pesetas por un rato a gusto. Incluso, si tocas con algún tonto, hasta más. Pero ándate con cuidado, que aquí hay mucho listo también. Exige el dinero antes de nada. Que después hay mucho hijo de mala madre que se olvida de pagar y dice que te hará un regalito. El regalito, en forma de billetes, por adelantado. Y después, si quiere ser más generoso, ¡allá él!
- ¿Y dónde tenéis costumbre de ir?
- ¡Nunca donde diga él! Tú siempre en tu terreno. ¿No tienes ningún amigo?
Loli comprendió perfectamente que le hablaba de si tenía chulo.
- No. No conozco a nadie. Es la primera vez que me dedico a esto. Solamente he trabajado en sitios de alterne.
- Pues es parecido. Solamente que nosotras corremos el riesgo de salir solas con el cliente, mientras en los clubes puede hasta acompañarte alguien. Pero como veo que eres despierta y ninguna novata, te aseguro que en una semana lo aprendes.
¡Y vaya si lo aprendió! Hablando con unas y con otras, charlando con los camareros y con las señoras de los servicios, rápidamente se hizo con una serie de señas de sitios que recibían parejas para un rato más o menos corto, dependiendo del precio y de lo que acordasen.
Y así empezó Loli su camino en el difícil mundo de la prostitución. Ella había ganado mucho dinero gracias a los hombres pero siempre lo había dado todo. Ahora era el momento de recoger beneficios contantes y sonantes, nada de bagatelas o de falsas promesas. El que quisiera tenerla, que pagase. Y si a ella le gustaba uno, ya se encargaba de irse con él y de que volviera haciéndole una buena rebaja. Pero cobrando siempre, que su palmito bien lo merecía.
Incluso, si algún cliente le caía en gracia y le parecía gente de bien, hasta se lo llevaba a su piso de Fundadores; pero aquellos eran los menos. Solamente si ella veía algún futuro en sus relaciones.
De esta manera, todas las noches, a eso de las ocho, se dejaba caer por el local y comenzaba su trabajo. Cenaba, cuando podía, allí mismo, o se dejaba invitar por el cliente, que también los había que les gustaba llevar a una mujer guapa a su lado y no les importaba el dinero con tal de presumir con ello. Y entre cliente y cliente, bebía los combinados que le servían los barman.
Pasaron los meses, pasó el tiempo y el alcohol y el trasnochar fueron haciendo su mella implacable tanto en su cara como en su figura. Apenas si había cumplido los treinta y ya se sentía mayor. Su padre, cuando la veía, le decía siempre:
- Has escogido mala vida. Ya te lo advertí desde el principio, pero ahora, encima, te ha dado por beber y vas a terminar como tu madre, que a ver cuándo se la lleva Dios y descansamos los dos en paz...
Y es que ya, Lola, estaba definitivamente alcoholizada y tenía el hígado destrozado. El pobre Manuel estaba más que harto de soportarla y no podía más con su alma.
A Loli, la ruina de los años y del alcohol le fueron obligando a descender peldaños en la escala del puterío. Ya no lograba tantos clientes en L'Abra, cada día menos. Y tuvo que probar otros sitios donde la exigencia de los hombres era menor siempre que su placer costase más barato. Ella siempre repetía un chiste que hablaba de que los mismos beneficios se obtienen con un polvo de dos mil pesetas que con diez de doscientas. Y al contarlo, enervada por el alcohol como estaba, se reía de la estupidez que acababa de decir.
El dinero que ganaba, que era bastante, lo iba guardando en la célebre cajita. Nunca se fió de los Bancos desde que le dieran aquella vaga respuesta cuando la estafa de que había sido víctima por parte de don Arturo.
- Conmigo está mejor y más a salvo. Y como nadie sabe que lo tengo ni dónde lo guardo, difícil será que me lo roben.
De sus alhajas nunca pensó en desprenderse. Es más, procuró invertir parte del dinero en adquirir más. Sabía que el oro, al igual que los pisos, se revalorizaba con el paso del tiempo. Las acciones podrían bajar de precio, pero las joyas y el ladrillo siempre subirían.
Una tarde, cuando se preparaba para salir, abrió un viejo bolso y de él extrajo unos papeles antiguos. Entre ellos había una tarjeta. Intentó recordar quién se la había dado y de dónde era. Al cabo consiguió acordarse del nombre de Ramiro. La examinó más despacio, vio que estaba cerca de sus lugares de trabajo, en plena calle de la Ballesta, y se dijo:
- ¿Y por qué no? Por ir a echarle un vistazo no pierdo apenas tiempo.
Aquella noche, el taxi fue directo a la dirección que figuraba en la nota.
Se trataba del típico bar de copas de los que abundan en la citada calle y le gustó el nombre: El Pototeo. Sonaba no sabía si a música sudamericana o directamente a puta dicho en sorna. El caso es que entró y, acercándose a la barra, le dijo al camarero:
- ¿Suele venir por aquí un tal Ramiro?
El muchacho la miró y respondió afirmativamente:
- Sí, rara es la noche en que no se da una vuelta.
- Me dijo que viniese si buscaba trabajo... Ya hace tiempo.
- Eso es mejor que lo hables con el encargado. Ramiro es solamente un cliente.
Ella supo que mentía, porque el taxista debía ser uno de los contactos para lograr carne de cama que todos los dueños de lugares de esa índole tienen en estaciones y aeropuertos. Así es como normalmente captan a las mujeres para dedicarlas a la vida alegre: Cuando llegan y, viéndose solas, se dejan aconsejar del primer granuja que se muestra simpático.
- Pues dime quién es y ya me entiendo yo con él.
Le señaló un individuo alto y fornido que se encontraba de espaldas tomando una copa con unos clientes.
- Ahora le aviso, cuando acabe...
- Está bien. Ponme un cubalibre de ginebra.
Y esperó a que el encargado le atendiera.
El camarero le sirvió la bebida solicitada y después salió de la barra y, acercándose al grupo de bebedores, se dirigió al jefe en voz baja y le indicó que una muchacha deseaba hablar con él. Se volvió, la contempló y le hizo señas de que ahora iba.
Loli dio un trago al combinado y se dispuso a aguardar.
No tardó mucho. Se despidió con una risotada de sus clientes, asegurándoles que tenía que hacer una gestión y se vino para la muchacha. Cuando estuvo a su lado, fue directamente al grano:
- ¿Qué quieres?
- Me envía Ramiro. Hace tiempo me dio una tarjeta de aquí y me dijo que si precisaba trabajar que viniera.
- ¿Ramiro? -. Se quedó pensativo el hombre.
- Es un taxista. El camarero le conoce.
El encargado se dio una palmada en la frente como refrescándose la memoria y exclamó:
- ¡Ah, sí! Ramiro... ¿Y dónde le conociste?
- Me llevó en su taxi hace tiempo. Y fue cuando me hizo entrega de la tarjeta.
- ¿Venías de fuera?
Ella se quedó dudando. No iba a contar su historia a aquel individuo a las primeras de cambio.
- Pudiérase decir que así era... -. Afirmó.
Él la miró y dijo, sin dudarlo:
- Salías del maco, entonces. Es por donde suele captar Ramiro a las chicas. ¿Qué es lo que habías hecho? Yo no quiero líos ni gente conflictiva.
- Fue una pelea con un chulo. No tuvo mayor importancia.
- ¿Por una pelea acabaste en la trena? -. Se extrañó. -. ¡Mira que me choca!
Loli se estaba poniendo nerviosa. ¿A qué venía aquel interrogatorio?
- Lo que ocurriera no es de su incumbencia. El caso es que ya pagué por ello y estoy libre hace bastante tiempo.
- ¡Vale, vale, chica! A mí no me importa para nada tu vida, pero te repito que no quiero gente conflictiva por aquí, que te quede muy claro. Si quieres, puedes trabajar, pero a la primera que yo vea algo raro te pongo de patitas en la calle.
- No se preocupe. Yo sé cuidar de mí misma y me guardo mucho de meterme en líos.
Y Loli empezó a trabajar en El Pototeo. Su labor consistía en llegar todos los días sobre las cinco de la tarde y acompañar a los clientes, incitándoles a consumir y haciéndoles agradable la estancia. Luego, cuando considerase oportuno, podía irse con ellos pero no durante mucho tiempo. El justo para efectuar el servicio, a fin de que no faltaran mujeres en el local. Si no había chicas, los hombres no entraban; así que el tiempo concedido para ocuparse no debía exceder de la media hora. Y eso como mucho.
Las consumiciones que quisiera tomar ella por su cuenta si es que no había clientes, corrían a cargo de la casa. Y cuando le invitaran, debería pedir lo más caro que hubiera, habitualmente benjamines de champán. Debería procurar que ningún cliente se marchara del local sin consumir, a base de retenerlos con zalamerías y como fuera preciso. Sus servicios los podía prestar al precio que ella misma se tasase, pero el encargado le informó de lo que habitualmente cobraban las demás, para que no desentonara de ellas.
A cambio de aquellas horas, recibiría trescientas pesetas diarias los días que fuese y las invitaciones mencionadas. De las consumiciones de los clientes, el quince por ciento.
Le pareció una verdadera mierda pero decidió probar. En los lugares que hasta entonces había frecuentado cada vez trabajaba menos y allí le aseguró el encargado que le sería fácil hacerse ocho o diez servicios diarios.
En aquella época, los servicios de una prostituta solían ser más caros que en la actual. Salvo sitios o pueblos fuera de Madrid donde la prostitución estaba muy barata, en un club de la calle de la Ballesta no se pagaban menos de mil pesetas por un rato cuando ahora por apenas el doble o poco más ya se puede ir bien servido. El motivo debe ser la competencia de las no profesionales y, eso sí que lo supo pronto la muchacha, los tributos especiales que tanto los locales como las mismas mujeres tenían que pagar por una protección oficial forzada. Al estar prohibido el ejercicio de tal labor, si querían que la Policía hiciese la vista gorda tenían que contribuir con su dinero a llenar los bolsillos de algunos funcionarios sin escrúpulos. De vez en cuando, si el Comisario de la zona no estaba satisfecho por algo, se efectuaban redadas y tenían que pagar su rescate a fuerza de billetes. Por ello, las tarifas tenían que ser más altas en previsión de que aquello ocurriese, que sucedía frecuentemente.
Pasaron los meses y la muchacha se habituó a aquel ambiente y era de las mejores y más solicitadas en el mismo. Siempre tenía que estar deprisa y corriendo para no estar mucho tiempo fuera y si alguna vez consideraba que un cliente era especial y quería desplazarse hasta su piso, o bien lo hacía a últimas horas de la noche, cuando apenas quedaban clientes que pudieran reclamas sus servicios, o tenía que pedir permiso al encargado, diciéndole que tardaría más. Dado que cumplía bien con su trabajo de alterne, normalmente le era concedido sin más dificultades.
Normalmente, la vida de una prostituta es un continuo ganar dinero por un lado y soltarlo por otro. Se permiten, o dicen que necesitan, caprichos que cualquier otra mujer no puede satisfacer, como perfumes y ropas caras. Y así suele suceder que a final de mes todo lo que han conseguido con su trabajo se les ha ido en tonterías. Loli, en eso era más lista. Es cierto que no le faltaba su buena cosmética y que cuidaba de su peinado y forma de vestir, pero sabía gastar lo estrictamente necesario, no como otras muchas, y consiguió incrementar sus ahorros. Así que la cajita se fue llenando y las alhajas y el piso subiendo de valor.
Además, dentro de aquel ambiente, su juventud todavía le permitía escoger entre sus clientes y no era de las que se iba con el primero que la solicitaba. Si un individuo no era de su agrado, se limitaba a sacarle las consabidas copas a las que estaba obligada por su contrato y luego ponía dificultades a la hora de llegar a un acuerdo. Sabía que subiendo los precios impedía que el pelmazo no deseado insistiese en irse con ella. Y si, a pesar de todo, estaba empeñado en hacerlo, entonces ganaba más de lo habitual y dominaba sus ascos.
De esta manera se hizo con un buen pico y pensaba que la vida no era tan mala después de todo. Tenía su piso, su dinero, sus joyas, un trabajo que a veces le satisfacía, sobre todo si se topaba con un buen ejemplar que fuera de su agrado, y los días pasaban sin demasiados pesares para ella.
De vez en cuando, los domingos, que solía tener libres por la tarde ya que eran los días en los que el fútbol retenía más a los hombres en sus casas ante el televisor o iban directamente al campo a presenciarlo, se acercaba a ver a sus padres y le hacía oferta a Manuel de algún dinero. Éste lo rechazaba siempre, aunque se lo agradecía, pero decía que con su trabajo se bastaba y que no precisaba dinero que tuviese esa procedencia. Loli se tragaba el insulto porque no tenía más remedio que darle a su padre la razón. Ella, lo que tendría que haber hecho hubiera sido hacer caso de sus consejos y dejarse de soñar con fantasías que mira dónde la habían conducido.
Lola, su madre, continuaba cada día peor. El médico le había prohibido beber en absoluto, advirtiéndole que cada vaso que se tomaba era un año de vida que perdía. Pero a ella le daba lo mismo. En su continuo letargo, pensaría que más le valía morirse contenta que no vivir insatisfecha sin sus tragos.
Su hermano ya no vivía con sus padres. Se había casado hacía tiempo con una muchacha del barrio a la cual había dejado embarazada y con la que tuvo un hijo. Intentó verle y conservar el buen trato que ella siempre había deseado, pero él no hizo por mantenerlo. Si alguna vez llegaba y la pareja o su hermano solo estaban presentes, rápidamente había una excusa para irse y no tener que hablar con ella. Loli comprendió que es que, igual que sucede con los que salen de la cárcel, que se ven rechazados por sus antiguos amigos y por la sociedad entera, a los hombres les ocurre lo mismo con las putas: Pueden gustarles, pero siempre que no sean ni sus madres ni sus hermanas.
Con estas perspectivas de una familia rota a la cual ya si apenas le ligaba nada más que el cariño que seguía manteniendo por su padre y teniendo el bolsillo bien repleto como lo tenía, a Loli le dieron ganas de cambiar de aires. Se le estaba quedando pequeño Madrid en el aspecto de que siempre era el ir a los mismos sitios, ver las mismas caras y volver a una casa que cada vez le prestaba menos alicientes ya que los vecinos seguían sin mantener ningún trato con ella desde el desgraciado incidente de la muerte de aquel sujeto. Y se hizo sueños de emigrar. Sabía que, con el dinero de que disponía y con la venta de la casa, más, si era necesario, el caudal que conservaba en joyas, podría viajar y abrirse paso o montar incluso un pequeño negocio en cualquier parte donde fuera más barato.
Negocio, para ella, tenía claro que solamente podía ser un bar de alterne que era lo que conocía. Y el lugar... Eso era lo que le hacía dudar.
Por aquella época comenzaron a incrementarse las redadas y la represión del Régimen fue en aumento. Habían aparecido unos terroristas que mataban y la postura siempre enérgica de los gobernantes aumentó sobremanera. Loli comenzó a madurar cada vez más su idea de marcharse. Y tal como estaban las cosas, pensó en marcharse de España. El irse a provincias se le quedaba demasiado cercano. Continuaría al fin y al cabo teniendo que soportar el peso del sistema. Tal vez otros países fueran mejor lugar para su aventura. Y pensó en Sudamérica. Decían que allí, bien provisto de dinero, pronto se hacía uno rico siempre que supiera manejarlo. Además tenía la ventaja del idioma, cosa que le cerraba las puertas en Europa.
Pero, como siempre, se vio con la dificultad de que ella no entendía de negocios y no manejaba bien los números. Necesitaba del apoyo de alguien como siempre le había ocurrido, a pesar de que la hubiesen engañado o despreciado todas las veces. En definitiva, precisaba de un hombre. ¿Y a quién iba a buscar si el único que había sabido estar a su lado en momentos importantes había sido Esteban y éste ya no quería saber nada de ella?
De los que visitaban el bar no se fiaba de ninguno. El tal Ramiro, al cual había visto muchas veces, carecía de los conocimientos que ella precisaba. Y ni el encargado ni ninguno de los camareros del club eran de su agrado para tal empresa. Aquello la retuvo, bien a pesar suyo.
Pero una noche...
Serían pasadas las doce cuando vio aparecer en el local a un joven al cual no conocía. Se le veía discretamente trajeado y entró sin llamar la atención. Pidió una copa y, acodado en la barra, contempló a las mujeres.
Hubo varias que se dispusieron a acercarse a él, pero Loli fue más rápida. Además, había notado que el muchacho, andaría por los veintiséis o pocos más años, se había fijado en ella. Así que ganó el terreno a las demás y se puso a su lado.
- Hola... -. Le dijo.
- Buenas noches. -. Respondió él, en tono amable y educado.
Y comenzaron a charlar mientras bebían unas copas ya que, el joven, sin necesidad de que se la pidiera, indicó al camarero que le sirviera a ella, que él la invitaba. Aquel detalle le agradó sumamente a la mujer. Normalmente los hombres se hacían los remolones a la hora de convidar y había que sacarles las consumiciones con sacacorchos.
Él le contó que venía de una despedida de soltero de un compañero, en la cual se había aburrido tanto viendo a catorce tíos solos tomando copas de brandy una tras otra que optó por tomar un taxi e irse a dar una vuelta por aquellos sitios, que hacía años que no frecuentaba. En especial, le dijo, en aquel local no había entrado nunca.
Loli se encontraba a gusto al lado de aquel hombre unos cuantos años más joven que ella. Todo en él parecía inspirar confianza y se le veía muy seguro de sí mismo.
- ¿Y a qué te dedicas? -. Le preguntó.
- Dirijo una empresa familiar. Tengo quince empleados.
No especificó en qué negocios andaba metida dicha empresa, pero ella sintió que aquél podría ser el hombre que necesitaba. Al menos, esa impresión daba.
- Bueno, supongo que aparte de tomar una copa conmigo y perder el tiempo escuchándome, querrás algo más... -. Le insinuó.
- Por supuesto, sí que me gustaría.
Y no le preguntó que cuánto, que era lo primero que indagaban todos. Aquello le encantó más todavía.
- Pues paga las copas y vámonos. -. Le dijo simplemente.
Se dirigió al guardarropas a recoger su chaquetón y, de paso, le indicó al encargado que no volvería aquella noche.
- Poco ha consumido ese chaval para que te marches tan temprano...
- No te preocupes. Verás cómo se vuelve uno de tus mejores clientes. -. Le aseguró. -. Y esta noche no quiero verle borracho.
Volvió al lado del joven y le dijo:
- A todo esto, yo me llamo Loli. ¿Y tú?
- Raúl. -. Le contestó él.
Y sin más preámbulos salieron a la calle.
- ¿Dónde vamos? -. Quiso saber Raúl, mientras ella se cogía de su brazo.
- A mi casa. Está un poco lejos, pero tomaremos un taxi.
- ¿A tu casa? Otras veces he ido a pensiones por aquí cerca. -. Se extrañó.
- Pero es que yo soy especial. Y como tú también pienso que lo eres, vamos a mi casa...
- Pues vale... -. Estuvo conforme el muchacho.
Y detuvieron el primer taxi que encontraron.
Cuando dio las señas de la calle Fundadores, notó que él se quedaba agradablemente sorprendido.
- ¿Ocurre algo? -. Le preguntó.
- Nada. Que es mi antiguo barrio y está muy cerca de donde vivo ahora. ¡Vamos, que me viene al pelo para después!
- Pues mejor que mejor...
Y le dio un beso en los labios.
Cuando llegaron al piso, entraron al salón y ella se dirigió directamente al dormitorio. Observó que él se quedaba fuera y le dijo:
- ¿Ocurre algo?
- ¿No me invitas a una copa antes? Me gusta hablar contigo.
- ¿Es que no te apetece que hagamos el amor ya, no te gusto lo suficiente?
El muchacho se acercó a ella y la besó despacio.
- Sí. Y mucho. Pero también me encanta charlar contigo. ¿O es que tienes tanta prisa?
- No. Como quieras, pero creo que eres el primero que no se lanza sobre mí como un tigre.
- Será que soy especial, como tú misma has dicho. -. Se rió él.
Y Loli vio brillar una sonrisa clara y franca en sus labios.
Sirvió dos vasos de whisky y le preguntó si deseaba hielo. Él le dijo que no hacía falta.
Así, sentados uno al lado del otro, pasaron más de media hora contándose cosas. Él le contó que estaba casado y que tenía hijos pequeños y que hacía años que no acostumbraba a salir de noche si no era con su esposa.
- ¿Así que hoy ha tocado echar una canita al aire, no? -. Le preguntó ella.
- Nunca está de más. Eso es lo que me pienso llevar de esta vida.
Y se volvieron a fundir en un beso, esta vez ya apasionado. Ella sintió que había terminado el tiempo de las copas, tanto por parte de él, que reaccionó prontamente, como por la suya, que sintió un deseo que hacía tiempo no experimentaba.
Y se fueron al dormitorio.
Una vez allí, aquella posible apatía que había notado en el joven al principio desapareció como por ensalmo. La trató con toda delicadeza pero con un ardor propio de su edad, con un saber hacer que a Loli le entusiasmó. ¡Aquello sí era un amante! En todo momento, él procuró el placer de ella y hasta que no consiguió que tuviera dos orgasmos casi seguidos no se concentró en el suyo. El remate de tan brillante hazaña fue un éxtasis total mutuo, tras el cual ambos se sintieron transportados al Nirvana.
Él se quedó tumbado boca arriba, respirando afanosamente para recuperar la consciencia que había llegado a perder en el paroxismo del placer. Y ella permaneció agazapadita como una gata, arrullada por los suspiros de placer que exhalaba el muchacho.
- ¡Maravilloso! -. Exclamó Loli. -. ¡Con razón decía yo que eras especial!
Él apenas si la oyó, sumido como estaba en tan placentero estado, pero al cabo le dijo:
- ¿Por qué? Es mi manera de amar. No me han enseñado otra. Doy todo lo que tengo y a cambio suelo recibir más de lo que espero.
- ¡Pues eres un encanto! Aquí, todo el que viene va a lo suyo y Santas Pascuas. No se dan cuenta de que una también es un ser humano y que, a veces, aunque estemos trabajando, también nos gusta sentirnos personas.
- Hay mucho zafio y muy poca educación sexual en este país. No saben que lo hermoso de poseer a una mujer es que ésta se te entregue de verdad, en cuerpo y alma, aunque sea una... -. Calló.
- ¿Una puta, ibas a decir?
- Tú, a mí, en este instante, no me lo pareces, sino una mujer que se me ha entregado totalmente. No creo que hayas fingido para nada, sino que tu placer y tu entrega han sido verdaderos y no los que se suele hallar a cambio de un puñado de billetes.
- ¡Cuando yo digo que eres un encanto! Además de saber amar, se ve que conoces a fondo el alma de la mujer.
Y se aproximó a él y le besó tiernamente en los labios.
Él la abrazó y empezó a jugar con sus pezones, pellizcándolos suavemente. La mujer comenzó a sentir de nuevo una sensación de placer irresistible. Aquel joven era superior en su forma de actuar a Esteban y a cuantos hombres habían pasado por su lecho. Apenas si le conocía y ya comenzaba a sentir por él un sentimiento que muy pocas veces, por no decir ninguna, había experimentado.
La pasión comenzó a hacer vibrar otra vez a los dos amantes y nuevamente Raúl se cuidó mucho de hacer latir la fibra sensible de la muchacha, buscando esta vez sus puntos erógenos delicadamente y procurando satisfacerla en mayor grado. Loli tembló de nuevo y, agradecida, procuró mostrarle todo el arte que sus muchas experiencias eróticas le habían enseñado, consiguiendo así que de nuevo ambos llegaran al orgasmo juntos, en medio de un mar de suspiros y de lágrimas de alegría.
Luego, Raúl se quedó tumbado, esta vez boca abajo, como soñando, ensimismado en sus pensamientos. Ella contempló su espalda, delgada pero musculosa y comenzó a besarla cuidadosamente hasta que él dio un respingo de placer, seguido de un suspiro placentero.
- ¿Cómo has sabido que estaba ahí mi punto sensible? -. Le susurró con voz entrecortada.
- Recuerda que yo también soy especial. -. Le dijo ella. -. Y no dejo de ser una profesional del amor. Así que me las tengo que saber todas.
- Es cierto... Tengo que pagarte. No me has dicho aún cuánto cobrabas.
- Ni tú me lo has preguntado. En eso se nota que eres un caballero. Lo que tú me quieras dar, bien dado estará. ¡Si hasta tendría que pagarte yo a ti por lo feliz que me has hecho, so perillán!
Y lanzó una alegre carcajada de alegría. Estaba contenta. Hacía mucho tiempo que no sentía latir por sus venas la sangre con aquella intensidad. ¿Sería aquel el hombre de sus sueños? De momento, ya había conseguido que lo que en un principio fuera una mera transacción comercial se hubiera convertido en algo diferente.
El hombre se levantó ágilmente de la cama. Cuando apoyó los pies en el suelo sintió que las piernas le temblaban.
- ¡Diantre! Me siento flojo. Eres una gran mujer. No todas consiguen proporcionarme esta sensación.
- Tendré que cuidarte con más esmero, cariño. -. Afirmó ella.
Y aquel "cariño" no les sonó a ninguno de los dos a un apelativo acostumbrado. Raúl contempló los ojos de ella y ella se reflejó en los suyos, de un tono verde azulados. Por fin, él lanzó un suspiro y simplemente, pero con toda la elegancia del mundo, le dijo:
- Anda, dime cuánto te debo...
Loli le dijo una cantidad mucho más inferior de lo que habitualmente solía cobrar y más siendo en su casa.
Él no dijo nada. Sacó de su chaqueta la cartera, depositó en la mesilla la cantidad pedida y añadió cinco mil pesetas más.
- Esto es por el whisky. Estaba demasiado bueno.
- ¡No, por favor! A eso invité yo y tu compañía me ha pagado con creces. Si no tenía ni intención de cobrarte...
- Tú estás en tu trabajo y debes cobrarme, como cuando yo estoy en el mío y les cobro a mis clientes. Otra cosa es que un día nos veamos como amigos, pero mientras estés ejerciendo debo pagarte. -. Fue la respuesta rotunda.
- Me estás recordando lo que soy... En el fondo, todos los hombres sois iguales.
- Por el contrario... Estoy maldiciendo que seas lo que eres, porque hubiera sido muy bonito vivir contigo una hermosa historia de amor.
- ¿Y lo ves imposible por el hecho de que sea una vulgar puta?
Raúl frunció el ceño muy severamente.
- Lo primero, que de vulgar tienes poco. Y si eres lo que dices, cosa que yo no he mencionado siquiera, supongo que será porque la vida te ha llevado por esos derroteros. No todos podemos elegir nuestro destino. Yo tenía vocación para otras cosas y tengo que trabajar en una labor que no acaba de agradarme. Pero no tengo más remedio que hacerlo. Pues pienso que lo mismo puede haberte ocurrido a ti...
- ¿Qué hubieras querido ser, si puede saberse? -. Preguntó ella, curiosa.
- Médico, por ejemplo. El salvar vidas humanas y procurar aliviar el dolor es algo que me encanta. Pero no pude conseguirlo. Me apartaron de ello otros deberes.
- Lo describes tan bien, con tanta ternura y expresividad que más que médico parece que hubieras querido ser poeta...
Raúl lanzó una carcajada alegre que casi despierta a todos los vecinos del inmueble.
- Es que eso ya lo soy sin que me lo impidan mis otras obligaciones. Poeta y escritor. Ésa es mi verdadera frustrada vocación. ¿Cómo lo has adivinado?
- Por lo bien que sabes expresarte y por cómo sabes tratar a una mujer.
Él le acarició los labios con dos dedos y después los llevó a su boca.
- Es que, al fin y al cabo, una mujer es como un libro en blanco donde un artista puede escribir toda una historia, larga como una epopeya o breve pero hermosa, como un poema.
Loli se quedó maravillada ante tal afirmación.
- Una vez leí unos versos, muy cortos, que decían algo parecido...
- Puede ser. El gran Bécquer escribió a una amante suya: "Poesía eres tú". Y no se equivocó. Detrás de un vulgar roce sexual, que mucha gente considera hasta inmundo, puede esconderse hasta el más sublime poema que la mente de un poeta pueda engendrar. Todo es según enfoques el asunto.
Raúl ya estaba completamente vestido, mientras que Loli permanecía en el lecho.
- ¿Ya te vas? -. Le preguntó.
- Sí. Es demasiado tarde. Una despedida de soltero no suele durar hasta estas horas. ¡La pena es que no se me case un amigo todos los días! -. Dijo sonriente.
- ¿Volverás por el club? Me gustaría mucho verte. Y sabes que no lo digo por el dinero.
- Ya lo sé. Sí volveré. Y me gustará mucho, si puedes, cenar contigo y hasta salir a algún sitio, pero tengo que tener tiempo y una buena excusa.
- Te esperaré siempre, Raúl. -. Prometió ella.
- Y yo procuraré buscarte, Loli. Te lo prometo. ¿No vas a salir de nuevo? Para ti, todavía es temprano, supongo.
- No. Déjame que guarde esta noche el calor de tus caricias y tus besos. Mañana los tendré que vender a cualquiera para poder seguir viviendo, pero esta noche quiero conservarlos porque sé que me los has dado de corazón...
- Como quieras. Pero tampoco vayas a pensar que soy un santo. No me idealices mucho. El que sepa ser educado con una mujer y no me limite a usarla como un objeto no me convierte en una especie muy distinta de tus demás clientes.
- ¡Ya quisiera yo que alguno de ellos se pareciera un poco a ti! -. Exclamó ella, saltando de la cama y estrechándose contra él en un beso apasionado.
El joven la besó también con ansias y dijo:
- Mejor será que me marche, que si no puedo arrepentirme de querer irme y me pueden dar aquí las ocho de la mañana, te lo aseguro.
Y le acarició el cabello tiernamente.
Cuando Loli se quedó sola, se estiró sobre el lecho boca abajo, abrazada a la almohada y sintiendo todavía dentro de sí el calor de aquel beso. ¡Aquel hombre era el que esperaba desde hacía meses! Y lamentó ser solamente una vulgar prostituta y no poder estar a su altura.
¡Dios! ¿Y por qué tuve que convertirme en esto? -. Sollozó. -. Nunca podré tener un hombre como es debido. O serán chulos que buscan mi dinero o borrachos que solamente busquen mi cuerpo. Pero un hombre como éste, que a la vez se interese por mi alma... ¡Nunca, nunca lo tendré!
Y lloró desconsoladamente hasta que el sueño fue piadoso y pudo más que sus remordimientos y consiguió dormirse.
Pasó más de una semana y Raúl no volvió a aparecer por el club. Loli ya desesperaba de volver a verle. Con razón se decía que los hombres solamente quieren a las mujeres de la vida para pasar un rato, pagarlas y quitárselas de encima. Por muchas promesas que les hicieran, siempre había ocurrido lo mismo. Quisieran o no, ellas eran el deshecho de la sociedad, aquellas que solamente servían para aliviar un poco la tensión causada por el cansancio de una vida conyugal a veces nada próspera ni feliz. Pero a la postre, los hombres, por muchas quejas que tuvieran de sus esposas, volvían siempre al lado de ellas, como el rebaño al redil. Ellas se quedaban para el misterio de las noches y de sus actos más vergonzantes, los cuales no querían recordar una vez los habían cometido. Eran pura escoria, pensó. Pero tanto ellos como ellas, porque si no hubiese clientes no existiría la prostituta. Lo único, que en ellos no estaba del todo muy mal visto mientras que ellas tenían que arrastrar su vergüenza por la vida y ocultar sus hechos en el anonimato.
Éstas y parecidas cosas estaba pensando Loli mientras bebía su cuarto cubalibre de aquella noche, buscando falsamente el olvido en la ginebra, cuando vio, ¡oh, sorpresa!, aparecer al joven por la puerta. Era noche de viernes y el local estaba repleto a más no poder.
Observó cómo la mirada del hombre la buscaba y se sintió halagada. Iba a ir a su encuentro cuando vio que una más viva se le adelantaba y se ponía a hablar con él, llevándole hasta la barra, donde pidieron unas consumiciones.
Le entraron una rabia y unos celos que no supo explicarse. ¡Si al fin y al cabo era un cliente más de tantos como allí había! Mil pesetas más que ganar, si se daba el caso. Tan sólo eso era. Pero, fuera por la ginebra que corría por su sangre o por un sentimiento más profundo, Loli no pudo contenerse.
Abriéndose paso entre la nutrida concurrencia, se acercó a los dos y se puso al lado de su compañera. Le dio con el codo, queriendo desplazarla y saludó brevemente:
- Hola, cariño, ¿cómo estás?
Raúl la miró y, sonriendo, le contestó:
- ¡Hola, Loli! Muy bien, tomando una copilla con esta amiga tuya. No te había visto.
La otra se enfurruñó porque vinieran a robarle un cliente que ya consideraba suyo. Y además un hombre con pasta, según había intuido.
Se volvió a Loli y le dijo:
- ¿Te importa dejarme sola con mi amigo? ¡Búscate otro, que hay muchos!
Raúl asistía divertido a lo que parecía iba a terminar en una pelea por sus huesos. Aquellas dos eran capaces de tirarse de los pelos si él no lo remediaba. El caso es que vio que Loli ya se había hecho con uno de los vasos y estaba dispuesta a estampárselo en la cara a la otra.
- ¡Vale, chicas, vale! Si yo vengo solamente a tomarme una copa. No pienso irme con ninguna, no perdáis el tiempo ni discutáis por mí...
Al oír esas palabras, la hasta entonces acompañante suya se volvió a él y le preguntó:
- ¿Entonces no quieres que pasemos un rato fuera de aquí?
- Pues no. Pero ni contigo ni con nadie, estate tranquila. Tengo que irme muy pronto.
- ¿Y para eso me haces perder el tiempo? ¡Pues vaya un nota! -. Dijo despectivamente. Y dejando la copa, después de hacerle señas al camarero de que se la apuntase en su cuenta, se alejó de él.
Raúl se echó a reír.
- ¡Mal genio tiene la paisana! Ven. -. Invitó a Loli. -. Toma lo que quieras.
- Gracias, pero no me apetece. Ya llevo demasiada ginebra encima y sabes que tendría que pedir un benjamín y se me iría mucho la cabeza.
- ¿Y por qué bebes tanto? -. Preguntó seriamente él.
- ¡Será para olvidarme de las promesas que me hacen y que luego no cumplen..!
Raúl la abrazó cariñosamente.
- ¿Y quién es el que no cumple esas promesas? Porque habrás visto que yo sí.
- Dijiste que vendrías...
- Y he venido. No te dije cuándo, pero te aseguro que ha sido lo antes posible. ¿Puedes salir entonces ahora o habrá que esperar hasta más tarde?
- ¿Pero no decías que no querías irte con ninguna, que tenías que marcharte pronto..? -. Preguntó, extrañada, ella.
- ¡Claro, tonta! Que no quería irme con ninguna que no fueras tú y que quería marcharme contigo enseguida. ¿Hay algún inconveniente?
Y su sonrisa relució con tal claridad que a Loli se le antojó de día el oscuro ambiente del garito lleno de humo.
- Gracias... -. Apenas si llegó a musitar. -. ¡Vamos! -. Y le arrastró hacia el guardarropa.
El encargado la miró hoscamente.
- ¿Otra vez, Loli? Es viernes y el local está lleno de gente.
- Ya he trabajado bastante por hoy, tranquilo. Mañana te compensaré por lo que hoy no haga.
El otro se quedó refunfuñando.
Esta vez no tomaron un taxi. Raúl tenía aparcado en la esquina un moderno coche y le indicó que subiera.
- No parece que te lleves muy bien con tu encargado... -. Apreció mientras arrancaba.
- ¡Es un pelmazo! Siempre está detrás de nosotras para que trabajemos y las hay muy idiotas que le hacen caso. No pasa de ser un empleaducho y se cree con unos derechos que no tiene. Algún día le ajustaré las cuentas...
- ¡Está visto que tú también eres de armas tomar! -. Sonrió él.
- Más de lo que piensas, cariño...
Raúl hizo un gesto de disgusto.
- Te agradeceré que ese término lo guardes para tus clientes. No me gusta que me llamen cariño porque sí.
- Perdona. Con los demás puede ser costumbre, contigo lo digo sinceramente.
Y le dio un beso en el cuello.
- ¿Donde la otra vez? -. Quiso saber él.
- ¡Claro! Normalmente, hoy tendría que ir aquí cerca y volver pronto, al ser viernes. Pero tratándose de ti, ¡que le den por saco al trabajo! -. Soltó espontáneamente.
Raúl volvió a reír, esta vez de buena gana.
- ¡Pues vamos!
Cuando llegaron a la calle Fundadores tuvo que estar un poco de tiempo buscando dónde dejar el coche, pero al fin lo consiguió y no muy lejos del portal.
Esta vez no se repitió la escena del salón ni hubo más copas de antesala. Pasaron derechos al dormitorio y Raúl fue muy al grano. Se veía que o estaba muy necesitado o que tenía prisa. Loli disfrutó pero mucho menos que la primera vez. Luego, él encendió un cigarro y se quedó fumando en la cama, contemplando el techo, mientras ella iba al cuarto de baño.
Cuando volvió, observó que continuaba en la misma actitud pensativa.
- ¿Qué te pasa? Hoy venías muy lanzado... Pareces preocupado, como si te ocurriera algo.
Él la miró.
- Llevas razón. Tengo problemas. Pero no te preocupes. Lo que estaba pensando era si te gustaría venir conmigo el domingo por la tarde al fútbol.
Ella puso una cara de extrañeza como nunca había sentido. ¡Un cliente que le proponía invitarla a un espectáculo a plena luz del día!
- ¿Qué te pasa a ti ahora? -. Le preguntó él. -. ¿He dicho alguna inconveniencia?
- ¡No! Lo que has dicho es una cosa maravillosa. Nadie, jamás, me había invitado a salir de tarde. Y menos donde puedan conocerte.
- Eso es cuenta mía, no te apures. Ya te dije que me gustas más que para pasar un rato. Y como supongo que no irás a muchos partidos, se me ha ocurrido.
- No he ido en mi vida. -. Confesó ella. -. Nunca nadie ha hecho otra cosa que intentar lucirme por la noche. Y eso, en mis años jóvenes. Pero así, a esas horas... nadie.
- Pues entonces, ésta será tu primera vez, ya que en otras cosas no puedo hacer que lo sea.
Y el muchacho se rió de su propio chiste. También ella se echó a reír.
- Llegas un poco tarde para eso, cielo...
- O tú naciste demasiado temprano de lo que debieras...
Y el domingo por la tarde se fueron a ver un partido.
En el club ya supieron todos que Raúl era el "novio" de Loli. Al principio pensaron en que sería su chulo, pero la forma de comportarse de él pronto borró ese pensamiento. Se dejaba caer de vez en cuando, dos o tres veces por semana, y solía alternar con el encargado y con otras chicas. Ella no estaba ya celosa porque sabía que al final era solamente suyo. Que con las compañeras podía tomar unas copas, pero que luego con quien se iba era con ella.
El encargado ya no ponía pegas cuando salían, unas veces a cenar allí cerca y otras definitivamente para irse a casa. Había comprendido que aquel joven sería un gran cliente si se le sabía cultivar. Por eso, dio orden expresa de que el whisky que le sirvieran fuera del mejor y no del que muchas veces vendían, de garrafa. Y a las demás chicas les dio instrucciones de que no le atosigasen con sus demandas.
Hasta que una noche, cuando Loli volvía de ocuparse con otro cliente, le vio entrar del brazo de una compañera. Notó que venían de estar juntos y la furia le dominó el alma.
- ¿Poniéndome los cuernos? -. Le preguntó en un aparte.
- ¿No me los pones tú a mí todos los días y yo no digo nada? -. Preguntó con toda lógica Raúl.
- ¡Pero es diferente! ¡Lo mío es mi trabajo!
- ¡Anda ya, Loli! Que tú trabajas ya porque te gusta. Tienes dinero de sobra para retirarte y no lo haces porque en el fondo te gusta este oficio.
- ¿Qué dices? ¿Crees que me agrada irme con uno de esos babosos?
- Mira... -. Se pensó mucho las palabras antes de decirlas. -. Si te disgustara no lo harías. Con lo que me has dicho que ganas y los ahorros que me has mencionado que tienes, podrías dejarlo en cuanto quisieras y montar cualquier cosa. Incluso, hasta casarte.
- ¿Sí? ¿Tú te casarías conmigo?
- Sabes que no puedo, porque ya lo estoy. Pero si pudiera, te aseguro que me lo pensaría...
Ella se sintió halagada ante estas palabras.
- ¿Y si te propusiera montar un negocio en otro sitio y comenzar una nueva vida?
Raúl la miró de frente, directamente a los ojos.
- Sé que me lo estás diciendo completamente en serio, pero mi respuesta es que no. Imposible.
- ¿Ves? ¡Todos sois iguales! ¡Todos venís a lo mismo y en el fondo os damos asco!
- Pues puede ser... Pero algunos tenemos más estilo y sabemos disimularlo.
Aquella fue de las últimas frases que cambió con el muchacho. Éste dejó de acudir por el local y ya nunca volvió a verle. Por no saber callar a tiempo y disculpar un arrebato que cualquiera podía tener, había perdido la oportunidad de su vida.
Y decidió darse plenamente a la bebida. Así olvidaría plenamente todas las charranadas que le habían hecho los hombres, aunque en algún rato de lucidez a veces pensaba en si no tendría ella la culpa. Ella y sus miedos. Como había asegurado Raúl, no tenía necesidad ninguna de seguir prostituyéndose, tenía dinero de sobra, pero tal vez había algo en aquel ambiente que le agradaba y no era sólo la avaricia del dinero. Tal vez el conocer cada día gente nueva, el buscar placeres donde sabía que no existía más que miseria. El riesgo, a veces, de verse envuelta en una pelea o en alguna redada.
Decididamente, ella no había nacido para ser una mujer normal de las que se quedan en su casa. Y sin embargo, le faltaba el valor para ampliar sus horizontes.

 

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