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En el presente
- Después de aquella jugarreta, me vino una
carta de Hacienda en la que me decían que, habiendo escondido dinero y
joyas por valor de varios millones, me imponían una sanción tremenda,
más o menos lo mismo que lo que había ocultado. Yo ya no disponía de
dinero y tenía que pagar, que si no me quitaban el negocio y hasta la
ropa que llevaba puesta. Fui al Banco y expliqué mi situación.
Solicité un... ¿cómo le llaman? -. Se quedó pensativa. -. Crédito.
¡Eso es! Y los muy mamones me lo negaron diciendo que no disponía de
bienes suficientes que lo avalaran o como se diga. Yo dije que tenía mi
piso, pero ellos no le dieron el valor suficiente... ¡Con la cantidad
que costaba ya en esos años! Y no me dieron el préstamo. Vino Hacienda
y lo sacó a subasta, porque con lo que sacaba del club yo no podía
pagarlo. Quise oponerme y, para ello, busqué a Esteban, mi antiguo
amigo, el abogado. No lo localicé porque había cambiado de despacho y
no pude hallar el nuevo. No sé qué pasaría con él... De lo que sí
me enteré fue de que Manolo y el policía pagaron lo que pedía el
Juzgado y se quedaron con el piso. Poco tardaron en echarme y tuve que
irme a vivir a casa de una de mis chicas.
Me estaba contando todo esto mientras se bebía el enésimo vaso de
vino. Estábamos sentados a la mesa de costumbre y yo iba tomando notas.
- Pero El Pototeo seguía funcionando y usted ganaría dinero, ¿no? -.
Le pregunté.
- Del Pototeo ya se encargaron ellos... Lo que nunca había ocurrido,
que allí hacía años que no entraba la Policía, empezó a ser la
costumbre diaria. Todas las noches venían y hacían registros. Pedían
la documentación a los clientes y a las chicas. Hubo alguno que no la
llevaba al corriente y se lo llevaron detenido. A las mujeres también
las amenazaron... Total, que crearon un ambiente insoportable y jodido
en el club. En tanto, los demás del resto de la calle continuaban
pasando droga y trapicheando con cualquier producto, incluso pistolas,
fíjese usted, y nadie les decía nada. Consiguieron, día a día, irme
alejando los clientes y espantando a las chicas. Yo me daba cuenta, pero
no podía hacer nada por evitarlo.
- ¿Y a consecuencia de aquello, cada día bebía más, verdad?
- Era mi único consuelo. -. Admitió. -. Y además que lo tenía a
mano. Prefería olvidarme de todo lo que me estaban haciendo y le daba
al alpiste muy contenta.
Apuré el café. La observé detenidamente. Parecía imposible que
aquella mujer hubiera vuelto locos a los hombres y hubiera sido tan
rica. Luego, encendí un cigarrillo, ofreciéndole pero me lo rechazó,
y seguí tomando notas.
- ¿No volvió a saber nada de Manuel, su padre?
- ¡Sí! Me llamaron unas vecinas y luego mi hermano, que había venido
de fuera. Me dijeron que se estaba muriendo e hice todo lo posible por
verle. Pero no llegué a tiempo. El pobrecillo murió igual que había
vivido, sin molestar apenas a nadie. ¡Si todos los hombres fueran como
había sido mi padre..! Siempre trabajador, teniendo que soportar a la
borracha de mi madre y a mí misma, con mis sueños de grandeza y mis
golfadas. ¡Buena cruz que llevó en esta vida! Seguro que tiene que
estar en el cielo, de lo bueno que era. ¡Un santo, un verdadero
santo..!
Calló un momento y de repente se echó a llorar.
- ¡Yo no tenía siquiera dinero para enterrarle..! Menos mal que mi
hermano lo puso y tuvo una sepultura digna. Alguna vez he ido a
visitarle y me ha dado vergüenza no haberle podido pagar el entierro
con todo el dineral de que dispuse.
- Tranquila, mujer. Usted hizo lo que pudo y estoy seguro de que, en el
fondo, él nunca dejó de quererla y que le perdonó todo lo que hubiera
hecho de malo a sus espaldas.
- Eso espero yo también... -. Gimoteó.
- ¿Y qué ocurrió por fin con El Pototeo? Me ha contado que les
hacían la vida imposible. ¿No pudo solucionarlo?
- No, claro. Un mes no pude pagar la renta, a pesar de lo poco que era,
pero ya estaba harta de pagar multas y aquellos sinvergüenzas seguían
apretándome sin piedad... Los caseros me dijeron que procurara ponerme
al día lo antes posible, pero me era difícil. Así pasé varios meses,
trampeando. Eran los sueldos de los camareros, que si no los cobraban a
su tiempo ya se ocupaban ellos de tomarlo directamente de la Caja. Eran
las chicas, que me pedían sus comisiones y no había con qué pagarles.
Eran... Demasiadas cosas para mí. Y además caí enferma.
- ¿Qué le sucedió? -. Aquella tarde estaba aprovechando al máximo
porque veía que Loli estaba parlanchina.
- Cosas del hígado. Me comenzó a doler y yo me lo calmaba a base de
tomar ginebra. Cuanto más bebía, menos dolor sentía; pero a la
mañana siguiente el dolor iba en aumento.
- Iría usted al médico y le diría que no bebiese, ¿verdad?
- ¡Claro que fui! Y eso mismo es lo que me dijo. ¡Pero yo no le hice
caso. Me estuve dos días sin beber y al tercero no me tenía en pie y
ni podía ir a trabajar. Así que me aticé un buen lingotazo y me puse
como nueva. Tiré los medicamentos y seguí viviendo como pude, aunque
de vez en cuando me atizaba el dolor.
- Eso es lo que suele pasar con el alcohol. Nos va destrozando pero a la
vez parece que nos cura. Es totalmente sintomático.
Me miró con una cara extrañada.
- ¿Sinto... qué?
- Sintomático. Vamos, que es lo que les sucede casi siempre a los que
beben. Ocurre lo mismo que con la heroína. El yonqui sabe que le está
matando pero la droga misma parece que le da la vida. Por eso no pueden,
o no quieren, dejarlo.
- ¡Pues será como usted dice, guapetón! El caso es que yo, en cuanto
me tomaba dos copas me sentía como nueva.
- ¿Y que sucedió por fin con el club?
- Que un mes ya no pude pagar ni el alquiler ni a los camareros.
Entonces, quisieron hacerse con el poco dinero que había en Caja,
discutieron dos de ellos y se liaron a botellazos. Uno le partió la
cabeza al otro y terminaron el uno en la cárcel y el otro en el
hospital. Pero mientras, me cerraron el local por alboroto público. Y
ya sí que lo perdí para siempre.
Solicité otro café a la camarera. Le pregunté a Loli si quería algo
más y, cosa rara, me contestó que no. Debería estar ya harta de
tantos vinos.
- ¿Y no volvió a saber de Manolo y su compinche? ¿A qué venía aquel
odio tan feroz cuando usted siempre le había ayudado?
- ¡Ya lo creo que supe de ellos! Y buen castigo que llevaron... Manolo
se fue a vivir con su amiga a mi casa y el otro le visitaba muy a
menudo, para hablar de cosas de dinero. Pero mientras, también se fijó
en aquella puta y se enrolló con ella a escondidas. Hasta que un día,
Manolo se enteró y, tras de partirle la cara a ella, esperó a que
viniera el otro como acostumbraba a hacer cuando él no estaba, le
abrió la puerta y, por lo que dicen, sin avisarle, le pegó dos tiros.
Con el mismo arma que aquél le había vendido, por lo que supe
después, hacía tantos años.
- ¿Le mató entonces?
- ¡Pero como a un cerdo, que es lo que era! A bocajarro. Luego se
entregó y sé que pasó unos años encerrado. Ahora no sé qué será
de él, si es que todavía vive y nadie le ha ajustado las cuentas, cosa
que no me extrañaría.
- ¡Vaya con el Manolo! En verdad que era un hombre muy impulsivo.
- Tal vez por eso tenía tanto éxito con las mujeres. Aunque a mí,
personalmente, no vaya a creer usted que nunca me hizo mucha gracia. Le
soporté porque no tuve más remedio y porque sabía trabajar en aquel
ambiente. Pero nunca llegué a quererle. Me tenía dominada, eso sí.
Me sonrió picaronamente.
- Es que la tenía muy grande, ¿sabe usted? ¡Y me daba mucho gusto! -
. Y se echó a reír.
Carraspeé. A mis años ya no me asusto de nada, pero me parecía
mentira que aquella piltrafa de mujer siguiera añorando el miembro de
un hombre que la había hecho tan desgraciada y que la había dejado en
la ruina.
- ¿Así que ésa es toda la historia? ¿Y por qué, perdone mi
curiosidad, me la encuentro todas las tardes en el mismo sitio? ¿Hacia
dónde va?
- Voy a mi casa. -. Me respondió muy seria.
- ¿A su casa? ¿En dónde vive?
- ¡Pues en la calle Fundadores! ¿Dónde voy a vivir si se lo he dicho
mil veces?
- Pero ese piso ya no es suyo...
- No. Pero duermo en el soportal de una tienda que hay enfrente y veo
las luces encendidas y a la que gente que vive allí ahora. Así
recuerdo aquellos años y me parece que vuelvo a encontrarme dentro.
Ése era pues el motivo de nuestros cotidianos encuentros. ¡Volvía a
su antigua casa para hacerse la ilusión de que seguía siendo suya!
- Perdone, Lola, ¿y el resto del día qué hace?
- Pues recojo cartones y trastos viejos. Luego los vendo a un
chatarrero. Y además, - exclamó muy orgullosa -, ¡ayudo a unas
monjitas!
- ¿A unas monjitas? ¿Así que trabaja usted?
- Bueno... Les hecho una mano a la hora de preparar las comidas para los
necesitados. Ellas, a cambio, me dan unas pesetas, ahora unas monedas de
ésas nuevas, y así tengo para mis vicios. Pero ya no me llega para
ginebra y me he acostumbrado a beber vino.
- ¿Y cómo es que ellas no se preocupan de que se asee convenientemente
y le dan ropa nueva? -. Me quedé extrañado. - ¿Cómo consienten que
les ayude en la cocina yendo como va de sucia?
- ¡Y pobres de ellas si me obligan a bañarme! ¡Es que no me vuelven a
ver el pelo! Ya se lo he advertido. Estas ropas me las dieron ellas hace
tiempo y es lo último que he aceptado de nadie, aparte de alguna
limosna y, en el caso de usted, cuando me dijo lo de las ropas de su
difunta madre. ¡Demasiadas cosas me dieron en la vida para después
querer arrebatármelas! Yo me las bandeo así, a mi aire.
- ¿Pero no estaría usted mejor viviendo con ellas? Seguramente le
prestarían una cama, un techo, y no tendría que dormir a la intemperie
y sin ninguna comodidad...
- ¡Pero no me dejarían beber cuando me viniera en gana! -. Y soltó
una risa maliciosa.
Entendí. Prefería aquel cachito de libertad que le habían dejado y
que nunca había tenido verdaderamente, siempre estando en manos de unos
y de otros y hasta pude comprenderla. Dentro de su miseria, ella se
hallaba feliz y libre de imposiciones. Toda su vida había cumplido los
deseos de otros y ahora, aunque sucia y pobre, era por fin libre. Pasaba
enteramente de la gente y hasta disfrutaba cuando veía que se apartaban
de ella asqueados.
- ¿Y en cuanto a la ropa de mi madre, la quiere usted o no?
Se quedó pensativa.
- Mire, verdaderamente, no. Si la aceptara, aunque sé que usted me la
daría de buena gana y sin pedirme nada a cambio, siempre me quedaría
el sinsabor de que nuevamente un hombre me ha regalado algo. Y ya estoy
harta de regalos que luego me los pueden echar en cara.
- ¡Yo nunca lo haría! Para mí sería un placer regalársela, de
veras.
- No, se lo repito. Prefiero seguir vistiendo como hasta ahora y no
deberle nada a nadie. Désela a la Parroquia o a otros pobres que
necesiten más que yo.
Y con esta negativa, dio por concluida la conversación. Se levantó,
acarreó con sus cosas y se despidió de mí haciendo un gesto con la
mano.
Yo me quedé sentado, pensativo. Había cosas que no me acababan de
cuadrar y otras que me cuadraban demasiado. Aquella mujer no cambiaba su
libertad por un poco de confort y se sentía orgullosa de no hacerlo. A
su modo era feliz, dentro de su pobreza, y se conformaba con lo poco,
por no decir nada, que tenía. Pasaría hambre y calor y frío, pero
ella no se sentía descontenta. El placer de poder beberse un cartón de
vino sin que nadie pudiera venir a molestarla parecían valerle más que
todos los bienes de este mundo. Verdaderamente, a su modo, era feliz. Y
es que, como dice el refrán, no es más rico el que más tiene sino el
que menos necesita. Y Lola tenía de sobra lo que verdaderamente
necesitaba: La libertad.
Lo que no acababa de cuadrarme, como he dicho, era aquella extraña
coincidencia con la mujer que en mis años mozos había conocido. Desde
luego, ambas vivían en la misma calle y, al parecer, también en un
primero. El nombre del club de copas me parece recordar que era el mismo
o, si no, muy parecido. Su historia con el tal Raúl coincidía con la
mía, aunque tal vez ése no fuera su verdadero nombre sino uno falso
que le diese, cosa que yo nunca había hecho. O tal vez ella no lo
recordara bien. La similitud de las vocaciones que él le había contado
con las que yo sintiera de joven era total. Y a mí también me
propusieron ponerme al frente de un negocio... Lo que no recordé es
haber ido nunca al fútbol con ninguna mujer que no fuese la mía.
Quizás fuera una invención suya para dárselas de importante pero,
desde luego, aquella mujer con la que yo había pasado tantos buenos
ratos y más tarde volví a ver como dueña de aquel club, no podía
tratarse de Lola. Es que no se parecían en nada y me resultaba
imposible de creer.
Pero tenía mis dudas.
Me levanté, me dirigí a la camarera y le pregunté cuánto le debía.
Le pagué y me despedí, sabiendo que sería difícil que volviera. La
historia de la mendiga ya había terminado. Ya podía escribirla si es
que consideraba que merecía la pena. Al fin y al cabo, era la historia
de una vida cualquiera, sin más o menos importancia que tantas otras.
Quizás en ello radicase su mérito.
Durante días no volví a verla. Parecía haber cambiado el horario o es
que, nosotros, aprovechando que ya en marzo salíamos con luz diurna,
llegábamos antes y no coincidían nuestros horarios. Hasta llegué a
pensar que algo le habría sucedido. ¿Pero qué podría sucederle a la
pobre de la Lola si ya le había pasado de todo?
Volví a mis ocupaciones, comencé a escribir esta historia intentando
recordar cuanto me había dicho y repasando mis notas para cotejarlas
con mi memoria y me olvidé de ella mientras tanto.
Hasta que ayer, volviendo a casa, pude verla. Ya no marchaba por el
camino de siempre. En vez de dirigirse hacia la calle Fundadores iba por
mi calle, en dirección hacia mi casa.
La miré de espaldas y vi su hombro derecho caído, sus piernas
embutidas en unos leotardos al parecer más nuevos o al menos con menos
mugre. Y pasé junto a ella sin que me viese. Luego, unos metros más
adelante, me detuve, me volví y la contemplé de frente. Ella no
pareció reconocerme o no me hizo caso. Giré sobre mis pasos y me
encaminé a mi casa, libre mi alma de remordimientos. Era la imagen viva
de una persona derrotada y vencida por los avatares.
Iba a escribir la historia de una vida, pero como se trataba de una vida
cualquiera no tendría la menor importancia y no tenía por qué tener
mayor cuidado. Así que, silbando, marché como si tal cosa.
FIN
Madrid, 13 de marzo de
2003
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