Ayer me desperté de un dulce sueño
al sentir la fragancia de tus labios.
Me besaste tranquila, levemente,
haciendo al sueño huir y abrir mis párpados.

Después alargué el brazo y tu cintura
así, como queriendo retenerte.
Mas fue imposible: El sueño había pasado,
la realidad era clara y evidente.

En unas horas partirías a otros lares,
abandonando el que ya te pertenece.
Es el Destino, que así lo ha decidido.
Ese Destino al que tengo que vencerle.

Por eso esta mañana he despertado
temblando de pavor, solo e inquieto.
Ya sé que nuestras almas están juntas,
pero es preciso lo estén también los cuerpos.

¿Que haré para lograrlo, vida mía?
¿Cómo vencer aquello que lo impide?
Habré de maquinar alguna treta,
¡mas te juro que nunca ya volverás a irte!


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