En mis sueños presentía una quimera,
un bello rostro que a mi lado estaba.
La busqué en muchas partes y en ninguna
mi fortuna logró poder hallarla.
Tuve bellos amores, sí que es cierto.
Mujeres que me amaron con ternura,
pero, al cabo, pasaron por mi vida,
dejando en algún caso huella profunda.
Pero huella como la que tu has dejado,
en mi pecho grabada a fuego vivo,
con el hierro candente de tus besos,
ésa nunca, jamás, la había tenido.
Yo deseo que nunca cicatrice,
que tu amor no sea recuerdo del pasado.
Antes bien, que los días que me quedan
pueda estarlos, felices, a tu lado.
Y así, cuando la muerte al fin me alcance,
cuando cumpla por fin mi hora postrera,
moriré entre los besos de tus labios,
sin rencor hacia nadie y sin penas.
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