Tomaste el cava, ¿recuerdas?
Lo vertiste entre tus pechos.
Nunca encontré mejor copa
donde beber que en tus senos.

Porque una copa de oro,
un cristal de talla fina,
son obra del hombre sólo,
mientras tú eres obra divina.

Apuré hasta la última gota.
Después, reí satisfecho.
No dije nada. Tomé
tu mano y te llevé al lecho.

Sentí el ardor en mis venas,
ardiente como la lava.
Te miré. Tú sonreíste
y ninguno dijo nada.

El beso fue apasionado,
el placer enorme y grande.
Luego yacimos muy juntos,
en un sueño inenarrable.

Al despertar, vi tu cuerpo,
admirándolo despacio.
Una caricia te hice
y me besaron tus labios.

¿Cuando podré nuevamente
beber como en aquel momento?
Quiero aliviar en tu amor
mis labios, que están sedientos.



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