Llamé a tu corazón, pero no quiso
abrirme sus blancas puertas...
¿De qué lo tienes, mujer,
que es duro como una piedra?

Llamé, de la piedad, a tu virtud,
soñando que, al mirarme, te dolieran
mi pena y mi dolor, pero fue en vano:
¡No me miraste siquiera!

 

 

 

 

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