| Cuando
en el ataúd me encierren se acabará la idea... ¿A quién le importará mi podredumbre si no me importará a mí ni tan siquiera? Después de tantos años (para mí pocos siempre, en el latir del Universo ni un segundo) se acabará mi vida. ¡Qué lástima me da que los impulsos que hoy siento, amor, placer, ambición, miedo, en la nada se pierdan de un enigma! ¿Para qué nací yo? ¿Para la Muerte? ¡Pero entonces mi anhelo se debate! ¿A qué nacer, si siempre es el mismo final, sin que se escape a su destino negro la mente más preclara ni el más zafio ignorante? Muerte... No te tengo temor, no te conozco, pero sí te imagino tan absurda que me río tan sólo de pensarte, calavera desnuda, siempre celando al hombre, teñida la guadaña en negra sangre... ¿Para qué te molestas, negra hermana? Si a la postre ni tú, la Muerte, ni san Dios que baje, ¡seremos nadie! |