A
ti que, en la distancia, sólo puedes
hacerme oír tu voz sencilla y clara...
A ti que, por las noches, ya ni duermes,
soñando en estar cerca de mi casa...
A ti que ya te vino la alegría.
A ti, que en la impaciencia, no descansas,
yo te prometo, muy cierto, amada mía,
que la paz y el sosiego traes al alma.
A un alma que triste fenecía,
después de un cruel amor que fue un engaño.
Y tú has sabido prestarle la energía
al cuerpo que se hallaba derrotado.
¡Ven pronto! ¡Ven! Y el día
que, alegres nos besemos con ternura,
entrégate sin miedo a mis caricias,
que yo sabré tratarte con dulzura.
¡Ven, Ilusión, cortando el aire!
Convierte en realidad mis esperanzas.
Haz que se rinda la pena que me abate
y lléname de risas y de calma.
Alegra mi tristeza con tus besos,
alivia con tu amor mi cruel herida,
reaviva con cariño el vivo fuego
del alma que en la pena se moría.
Poema
anterior
Menú
Poema siguiente
|