Aquellas flores que soñé
sobre mi tumba triste
no fueron flores, que son ciertos
retoños de mi estirpe.

No los soñé que fueran fieles
retratos de mi imagen,
sino quimeras de mi sueño loco,
palabras en el aire...

Pero al sentirlos vivos,
riendo en su inocencia,
felices de tenerme,
de que durmamos cerca,
comprendo que mis sueños sólo eran
ansiar de su existencia.

Hijos... ¡Mis hijos!
¡Ya tengo quién me lea!

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