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De tan sólo pensar en ti,
Alborada,
se enardece la sangre de mis venas;
de súbito se acaban ya las penas
y mi mente se siente enajenada.
¿Qué me diste, qué embrujos, qué
pomada,
qué elixir, qué castigos, qué condenas,
que me has hecho tu esclavo? Pues ya apenas
si consigo placer si ti, mi amada.
La alquimia de tu amor es brujería,
que aunque digan que meigas ya no existen
es seguro que haylas, que persisten
y que ellas te enseñaron, vida mía,
las Ciencias de lo Oculto y lo Ignorado.
Si no, no me tendrías hechizado. |
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