Capítulo noveno


UN TREN HACIA SU DESTINO.


Luis llegó tarde, como todas las mañanas, a la Universidad. Y no porque abominara de sus recién comenzados estudios de Periodismo - muy al contrario, siempre había soñado con recuperar aquella máxima de su bisabuelo de que las Letras pondrían a cada cual en su sitio -, sino porque, acostumbrado el pasado año a no madrugar, cuando se vio obligado, por su falta de interés durante el Bachillerato y sus consiguientes mediocres calificaciones para escoger Licenciatura, a cursar Psicología en horario de tarde, ahora le costaba despertarse temprano.
Pero, ¡bien contento estaba de que su padre hubiera aceptado abonarle la matrícula de una Facultad privada! Sobre todo teniendo en cuenta la cada día mayor falta de posibles de la familia, sumida ahora, si no en la quiebra - que no era para tanto -, sí en una complicada situación económica. Casa Alvear ya no era lo que aquel negocio tan boyante. Los nuevos sistemas, las modernas maquinarias, la competencia extranjera, la dejaron para ir tirando con más fatigas cada día.
Sin embargo, Ricardo Alvear, a quien le faltó un padre que pudiera aconsejarle en los momentos de duda, comprendió que, como había escuchado repetir a su antiguo profesor de canto -¡si pudiera verlo ahora, cuando ya casi sería un anciano!-, cada uno debía optar por aquello que más le gustara. Y si Luisito pretendía ser periodista, cualquier esfuerzo sería pequeño con tal de conseguir los deseos de éste su segundo hijo y mayor de los dos varones. Además, el pequeño no le causaba gastos porque todo lo conseguía a base de becas. Sus tres hijos eran tan iguales... pero cada uno poseía una de las diferentes características de los Alvear de antaño. La mayor, la niña, había salido tan cantarina y enamoradiza como su bisabuela y su padre. Luis, tan viva la Virgen y tan vago como aquel viejo tío Adelardo, pero emprendedor y decidido como su abuelo Avelino y como el mismo Ricardo. Y el más joven, tan tenaz y trabajador como el viejo guardagujas y su tío Luis.
Llevaba Luis un mes en la Facultad. Y un mes de extrema alegría. Porque estudiaba lo deseado y porque sus compañeros, pertenecientes a familias más adineradas que la suya, no sólo no le habían puesto trabas a su integración, sino que casi le habían tomado como modelo a seguir, dada su vitalidad. ¡En verdad que el dinero no ponía a las personas en su sitio, sino su propio esfuerzo! Y, sobre todo, su carácter y su personalidad. Y, de ésta, Luis tenía para vender y hasta para regalar.
Ejemplo de ello iba a ser lo que sucediera esa mañana cuando, tras terminar sus clases, se dirigió junto a seis de sus compañeros hacia las magníficas instalaciones deportivas de la Universidad Europea de Madrid-CEES, donde cursaba la Licenciatura en Ciencias de la Información. ¡Qué rimbombante le había parecido siempre tal denominación para lo que él simplemente había llamado periodismo!
Les habían retado otros estudiantes de su carrera, de las clases de enfrente, con algún que otro que exabrupto.
-¡No hay huevos a echar un partido!-. Le habían dicho.
-¡Qué poco duraréis..!-. Había respondido. Y, juntando un pequeño grupo, lideró, como hiciera antaño en las categorías inferiores del Atlético de Madrid, a sus compañeros.
-¡A por ellos! -. Dijo.
El resultado del partido era lo de menos, porque se veía que ninguno de los jugadores estaba pendiente del tanteador sino del contacto. Cómo sería que, en una violenta entrada, sin balón, Luis salió despedido e impactó contra el suelo.
-¡Cabrón! -. Gritó. Y la tangana se armó a poco. No sería él quien la comenzara, acostumbrado a recibir desde muy pequeño los golpes propinados por rivales más robustos. Pero sí fue quien salió en defensa de sus amigos, que para eso no valía amilanarse. Y el hecho fue que a Carlos, el chico catalán de tan serio comportamiento que tanto le apreciaba - en parte a causa de que también era un virtuoso con el balón, que eso une mucho cuando se es joven; eso y salir de madrugada en busca de chavalas -, un contrario le propinó una patada con visos de haber estado a punto de costarle la pierna.
-¡Cabrón! - Repitió. Y ahora no se limitó a exclamar, sino que se acercó al otro muchacho y, haciendo uso de la mala leche y de la rabia contenidas ante las numerosas patadas recibidas, le propinó un puñetazo que le rompió al otro la nariz...
De cómo terminó la trifulca más vale la pena no hablar, que a punto estuvo de costarles a todos los protagonistas un expediente sancionador, incluso al joven barcelonés que, tan enemigo de las peleas, sólo había participado en los hechos como sufrido receptor de los envites rivales. Pero, quizás por la suerte que siempre le había acompañado cuando parecía que algo estaba a punto de acabar fatal para sus intereses, Luisito Alvear comprobó que, como le contara su padre que a él también le había sucedido, la pelea sólo le reportó beneficios. O casi.
En principio, su autoridad - que no potestad, que siempre supo que ambos términos explicaban muy distintas cosas; que la primera se ganaba mediante el comportamiento diario y ésta última, muy a menudo, era concedida a quienes menos méritos habían contraído para ello - ante sus compañeros, aumentó. En segundo lugar, acababa de consolidar su amistad con el citado compañero, a pesar del carácter extrañamente distanciado del joven - que luego asumió que se correspondía con su interés de ocultar, o al menos no gritar a los cuatro vientos, su grado de parentesco con una familia de poderosos propietarios de medios de comunicación, estudiando Periodismo como estaba -. Y, en tercer, que no último, aspecto, que la fractura de un metacarpiano de la mano derecha, pues se había roto el dedo merced al puñetazo mal dirigido y peor impactado, le iba a permitir comenzar con una actividad que en pocos años sería muy fructífera: Escribir.
- Lo peor de todo - decía - es que no podré hacerlo.
- Escribe a máquina o en el ordenador, que para eso se ha comprado -. Razonó su padre, Ricardo -. Y empieza a escribir todos los días, que sólo es periodista quien redacta, no quien tiene el título. Acaso sepa escribir yo mejor que tú, sin haber tenido más formación que la que ahora se considera básica...
Luis estaba harto de oír siempre lo mismo. Pero sabía que su padre llevaba razón. Decenas de veces, sentado en la mesa junto a su abuela Luisa, mientras leía el periódico - costumbre heredada de Ricardo, muy a pesar de su madre, aquella mujer que siempre conservaría sus espléndidos ojos verdes -, había escuchado las historias de la anciana mujer acerca de las vivencias de sus familiares. Y había pensado en llevarlas al papel. Pero siempre, quizás siguiendo las pautas que otrora caracterizaran a su padre en cuanto a las pocas ganas de ponerse manos a la obra con sus obligadas tareas escolares, que mucho aconsejar y él no había dado ejemplo: -¡Haz lo que bien te digo y no lo que mal hago! -, repetía -, había surgido un motivo para no hacerlo. Y ahora, sin poder coger un bolígrafo, usaría la moderna tecnología.
Luis consultó con su padre, Ricardo; con su viejo tío Luis, cuyo mismo nombre llevaba por ser su ahijado, recientemente jubilado de la gran empresa en donde demostró durante decenas de años su pasión por la ingeniería y su rectitud personal - siendo el responsable de la decisión de ubicar las mayores centrales eléctricas del país, nunca medró, como tantos otros, en beneficio propio -. Éste, por dicha jubilación, y con tiempo suficiente para charlar, le abrió todas las puertas a su historia; también con su tío Adelardo, aquel avispado que siempre supo ganar dinero y que mejoró con el paso de los años, hasta convertirse en otro gran hombre de aquellos con los que siempre contó la familia Alvear; también charló con su tío Eusebio y, finalmente, con cuantas personas pudo encontrar que supieran algo del pasado, como Juan y Antonio, los viejos compañeros de andanzas de su padre.
La historia de la familia Alvear, ahora, en suma, estaba en la cabeza de Luis. Y de ahí al papel sólo había un paso. Un paso que casi estuvo a punto de recorrer, aunque tras escribir aproximadamente doscientos folios, decidió dejar el final para mejor ocasión. El tiempo que tuvo el brazo inmovilizado con el yeso le sirvió para escribir ese tramo, pero en cuanto el médico le concedió el alta volvió a las andadas. Esto es, a hacerse el remolón. Y la historia de su familia durmió el llamado sueño de los justos. Ya la terminaría un año de estos, cuando fuese capaz de analizar con cierta precisión la importancia de lo acaecido en esos casi cien años de historia que, si para España habían sido importantes, para los Alvear lo habían sido tanto más.
Y se dedicó a holgar, a divertirse y a hacer crecer su interés por su profesión, la de contador de hechos efímeros más que de sucesos históricos. A ser periodista.
Que tenía el mismo sentido del humor que su abuelo Avelino, a quien desgraciadamente no conociera, ya se lo había dicho su padre. Pero que su letra escrita, leída un día cuando encontraron, perdido en un cajón, el viejo contrato de alquiler de su domicilio de la calle de Torrijos - desde muchos años antes llamada del Conde de Peñalver, que cada cierto tiempo aparecía quien pretendiera hacer pasar a la posteridad a unos sujetos concretos -, también era idéntica a la del abuelo, eso no lo había supuesto nadie. A Luis le hizo pensar en que, como a Avelino, grandes triunfos le esperaban a la vuelta de la esquina. Y no porque, como al ahora menos extraño abuelo, también le hubiera acompañado la fortuna en los juegos de azar - no en vano, había resultado agraciado el año anterior con el Gordo de la Lotería de Navidad, aunque su escaso poder económico hizo que sólo comprara una participación de doscientas pesetas y que el premio, por tanto, ascendiera únicamente a dos millones de pesetas -. No. En su caso, como en el de Avelino, el triunfo debía ir acompañado por el esfuerzo, se decía.
En lo que no se pareció nunca a su desconocido y aun admirado abuelo fue en la aceptación de la autoridad, de la potestad. A Luis le sería difícil, por no decir imposible, convencerle algún día de que un superior llevaba razón por el mero hecho de serlo, o que un agente de la autoridad - de nuevo la palabreja mal utilizada - debía ser obedecido porque sí, por llevar un uniforme o un arma. Máxime cuando supo, de tanto escuchar las historias familiares, que en cuanto dichas armas cambiaban de propietario el orden establecido se modificaba. Así había pasado con el viejo Adelardo, el guardagujas, y los anarquistas. Y, después, con muchos más. ¡Había que hacerse valer por la fuerza de la palabra! Lo otro no era más que un modo de aprovechar una momentánea y efímera superioridad.
Así, Luis recordó su altercado del pasado año con la Guardia Civil. ¡Nada menos que con la Guardia Civil...! ¡Y dentro de su cuartel!
Al insolente muchacho, todavía no centrado emocionalmente a causa de su falta de ganas de estudiar para convertirse en un mal psicólogo - los curas del siglo XX y XXI, como decía -, no se le ocurrió en una ocasión más que comenzar a cantar, en medio de una de las calles más céntricas del pueblo en que pasaba su vacaciones, aquella desagradable y al mismo tiempo divertida - al menos lo era entonces para él - tonadilla de "el que no bote, policía nacional; el que no salte, picoleto subnormal".
Claro, había venido de ver perder a su equipo, el Atleti, y estaba indignado con unos agentes que, dentro del estadio - ya no en ese Metropolitano al que fuera llevado su padre, Ricardo, meses después de fallecer su abuelo, Avelino, sino en el remozado Vicente Calderón - le habían golpeado con sus porras por el mero hecho de subirse a las vallas protectoras para celebrar uno de los inútiles goles de su amado equipo.
¡Por qué no se habría callado, allí, en el pueblo! Los servidores del orden, que los pobres demasiado tenían con no perder la cabeza a causa del resentimiento con el que eran tratados por dedicarse a su profesión, como supo después, decidieron asustar al chaval con la amenaza de que iba a dormir en el cuartel, incomunicado.
- No se lo creen ustedes ni borrachos -. Respondió ufano al sargento. Al mismo sargento que le había golpeado en la cara, todavía en el coche, de camino al cuartel, con la palma abierta y después de haberle exigido respeto hacia sus derechos.
-¿Derechos? -. Había dicho el sargento. -¡Toma derechos!-.
Y le había pegado un sopapo.
-¡Estás detenido por injurias al cuerpo!-. Repitieron.
- Y yo les digo que no pueden probar los insultos, porque en ningún momento he hablado de la Guardia Civil, sino de los picoletos. Y, que yo sepa, picoleto - volvía a repetir Luis la palabra, más alto aún, para que los agentes se molestasen más - no significa Guardia Civil. ¿O sí, mi sargento?
Y el sargento se ponía rojo de ira.
- Y decir que quien no bote es un policía nacional casi debe ser un orgullo, ¿verdad?
-¿A qué te dedicas, chaval? -. Preguntó, secamente, el sargento.
- Estudio primero de Psicología -. Respondió Luisito.
-¡Qué vergüenza, qué vergüenza! En la Universidad y atacando a quienes están aquí para protegerte... -. Contestó estúpidamente un número. Y Luis cerró la discusión con un rotundo:
-¡Protegerme, me protegen mis padres, que me dan de comer, y no unos agentes que para lo único que sirven es para darme un porrazo en el culo, por celebrar un gol, como me ha ocurrido esta tarde!
Sea que los servidores de la Ley no querían líos o que la insensatez tozuda del joven Luis les hartó, el muchacho fue conducido fuera del cuartel, no sin antes escuchar cómo uno de los números - siempre los menos educados son quienes más gritan, pensó- le amenazaba con controlar sus movimientos desde ese mismo momento. Allí, ante sus amigos, que le esperaban, apenas si pudo encender un cigarrillo.
¡Cuando ya había pasado lo peor, ahora, sentía pánico! ¡Quizás por saber que se había salvado casi por los pelos! Lo cierto es que su comportamiento fue muy diferente al del abuelo Avelino, que igual obedeció a unos que a otros. Pero él vivió tiempos más difíciles, cuando la pistola y el uniforme eran la Ley. Además, el abuelo también se había librado. Y en época de guerra...
Con esta y otras pendencias se fue formando. Y poco a poco dejó de ser tan insolente - también se iba haciendo más mayor -; y respetó, finalmente a todos los que llevaban un uniforme, no por el hecho de llevarlo sino porque estaban cumpliendo con una labor necesaria, peligrosa y que, por cierto, él nunca desearía cumplir. Desde luego, no iba a solicitar ayuda a ningún miembro de la seguridad pública y luego despotricar del cumplimiento de sus funciones. Pero eso sólo acabó sabiéndolo años después. ¡Era joven, coño! ¡Le molestaba que le mandasen!
Lo mismo había sucedido en cuanto al ejercicio de su profesión. Los periodistas, ya se sabe, siempre han pasado hambre. Pero él no estaba por la labor. Y cuando sintió que en un par de trabajos - prácticas, decían, cuando poco le iban a enseñar - le estaban engañando con la falta de sueldo, se marchó, no sin antes poner a parir a los, para él, compañeros explotadores. Gratis trabajaba, porque no quedaba más remedio, pero hacerle cumplir con los trabajos más estúpidos, ¡eso, no!
Incluso se permitió el lujo de despreciar, atendiendo a su compromiso con un antiguo profesor amigo que le había facilitado la entrada en un periódico de tirada nacional, pero venido a menos, la oferta de trabajo que le hizo el redactor jefe del periódico deportivo de mayor lectura en esos momentos. Ya era enero de 1997. Y Luis se creía muy bueno, pero no se lo reconocían...
- Setenta y cinco mil pesetas y un contrato de seis meses. Un lujo para quien no ha terminado la carrera -. Le expuso el mandamás, un tal Moratines.
- Ya. Pero eso mismo estoy cobrando ahora, cuando cobro. Y me debo a mi director, por el cual entré en el periódico.
Ahí salió a relucir la vieja casta de su familia, que siempre supo ser agradecida con los favores.
- Si me ofrecieran algo más, podría estudiarlo. Pero siendo lo mismo...
- Mira -. Interrumpió, con su característica falta de respeto, el tal Moratines. - Nosotros no competimos con nadie. Somos los líderes y trabajar con nosotros es un regalo. Lo sabes porque estuviste dos meses durante el pasado verano, en prácticas, sin cobrar. Cientos de chavales querrían entrar aquí y tú nos desprecias. Vale, sigue así, que llegarás muy lejos. Creo que estás desperdiciando la oportunidad de tu vida...
Y Luis, harto ya de escuchar chorradas, decidió despacharse a
gusto:
- Oye, Moratines, ni soy como esos cientos de chavales de que hablas, ni trabajar es un regalo. Además si, con veintitrés años, renunciar a cobrar setenta y cinco mil miserables pesetas es la oportunidad de mi vida, dejo ya el periodismo. Así que, ve buscando a alguno de esos cientos que se dejan timar. Hasta otra -. Dijo Luis. Y se marchó, igual que había llegado...
Sí, era un Alvear.
De cómo reaccionó su interlocutor, ni idea. Ni entonces, ni cuando, apenas un mes después, la fortuna y la fama se acercaron a Luis. Siempre había sido un amante del deporte. Y ya lo era, ahora lo sabía, de la Literatura. Por ello escribió una historia, con el fútbol como tema de fondo, usando un nuevo método: el libro duraría lo que un partido, noventa páginas en vez de noventa minutos, dividido en dos partes de cuarenta y cinco. El título, como no podía ser menos, sería el de El partido. Y la trama principal, un encuentro disputado en las profundidades del océano.
Decidido a probar suerte, envió el original a un concurso, siguiendo los consejos de su padre, quien no se había atrevido en su día a hacerlo con tantas magníficas poesías. Una mañana, tres días antes de la entrega de los premios, una llamada de teléfono sonó en su casa...
- Por favor, don Luis Alvear -. Dijo una voz.
- No está. Yo soy su padre, dígame -. Contestó Ricardo que aún no había marchado para el trabajo.
- Le llamo para informarle de que debe asistir a la entrega del Premio de Novela Corta Fernando Abad.
- ¿Y eso? -. Preguntó extrañado.
- Pues dígale..., bueno... No se lo diga a él, ¿entiende?, que tiene muchas posibilidades de ganar el certamen. Usted ya me comprende, ¿no? Oblíguele a asistir a la entrega del premio, por favor. Su presencia es imprescindible -. Le dijeron con una risita de complicidad.
- ¿Con quién tengo el gusto de hablar? -. Preguntó Ricardo.
- Soy la Concejala de Cultura del Ayuntamiento...
Alvear hizo reservar cinco entradas para el evento. Esa noche dijo a su esposa y a sus hijos que iban a asistir al acto de entrega del Premio Literario al que había concursado Luisito, ya que habían invitado al mismo a su hermano Adelardo y, como éste no podía ir, le había cedido sus invitaciones.
La entrada costaba 3500 pesetas y daba derecho a cenar junto al personaje en cuestión, el más afamado de los escritores actuales, antes de hacer entrega de los premios. Luis había querido ir, antes de que su padre le dijera nada, pero no disponía de dinero. Hubiera querido ver, en silencio, quién se llevaba el premio que seguro que él no iba a obtener. ¡Hasta, probablemente, sería el único de los más de quinientos invitados que hubiera abonado la entrada, como comprobó después, al ver que Andy Aperistútegui, un famoso presentador televisivo, exigió en el control de entrada un pase que no tardaron en darle. El resto de los asistentes al festejo, simplemente, estaban invitados de antemano. Incluida la Ministra de Cultura, que también asistió al acto.
En casa comentaron la llamada. Nerviosos, todos pensaban que podría haber ganado. Pero no estaban seguros... Ricardo Alvear guardó un silencio risueño y no comentó sobre lo que le habían informado. Quería que su hijo se llevara la gran sorpresa.
- Vamos todos de cena y no os rompáis más la cabeza -. Dijo a sus tres hijos, la chica y los dos chicos.
La fiesta, convocada para finales de febrero, consistió en un abundante y muy sabroso menú seguido de la entrega de los premios.
Tres modalidades. Luis, cuyo seudónimo escogido para introducir en la oportuna plica era Luisalve, participaba con su novela El partido, en la de Aventuras. La última en ser leída...
- Y el Primer Premio de Novela Corta de Aventuras Fernando Abad es para la obra: El partido...
Luis se quedó de piedra pero no necesitó escuchar más. Se levantó, aparentemente tranquilo, pero comido en su interior por los nervios, y besó a su padre y a su madre. Ricardo se sonrió por lo bajinis. ¡Vaya sorpresa se había llevado el crío! Y tuvo que secarse el apunte de una lágrima inoportuna que pugnó por brotar de su pupila derecha.
- ¡Seudónimo: Luisalve! Autor: ¡Luis Alvear... !
Sus hermanos no pudieron sofocar un grito de euforia.
Entrega del premio por parte del propio Abad, palabras de aliento de la ministra: -¡Sólo veintitrés años, qué bárbaro, qué bárbaro!-. Emoción, en definitiva.
Al día siguiente los periódicos informaron, los amigos lo celebraron y los enemigos, si los había, que muy mucho lo dudaba, se callaron. Luis pensó en escribir al tal Moratines, tan reciente como estaba su altercado. Pero ni era su estilo ni el sujeto lo merecía. Ya se enteraría por su cuenta. Además, siempre había sabido que era más difícil saber ganar que saber perder, sobre todo acostumbrado como estaba a presenciar las derrotas de su Atlético, excepto, precisamente, en la temporada inmediatamente anterior al triunfo en el concurso literario, cuando, sorprendentemente, su equipo se llevó todas las competiciones en juego. Entonces sí que dieron una lección de lo que significa saber ganar, limitándose - de modo grandilocuente, eso sí- a celebrar el triunfo y olvidándose de los derrotados. No, no restregaría su victoria.
Sí la usaría, por supuesto, para abrirse camino. Suponía que los mismos comentarios que antes eran tachados como "cosas de Luisito" serían ahora tenidos en cuenta. Pero eso era algo con lo que había que vivir.
- Si siempre había dicho yo que este chico iba a llegar muy alto -. Decían insistentemente algunos que antes ignoraban sus palabras. Las palabras de un Luis que, él lo sabía porque sus metas eran muy altas, todavía no había conseguido nada. Aprovecharía la ocasión para darse a conocer, pero nada más.
Sí consiguió un ascenso en su periódico, en donde ya se equiparó, en labor y soldada, con quienes llevaban años trabajando, y también consiguió, casi de regalo por parte de sus profesores, pues apenas apareció por las clases - ya cursaba el quinto curso -, terminar con brillantez su Licenciatura. Sí pudo hablar de igual a igual a personajes que sólo dos o tres meses le hubiesen ignorado de forma segura y, lo más importante para él, contó con la admiración de sus familiares.
Pero lo mejor estaba por llegar. Animado a escribir, sabedor de que ahora sus textos, de igual calidad - ni mejores ni peores - que siempre, serían leídos con mayor atención e interés, se decidió a terminar el prometido libro sobre la familia Alvear. Sí. Alguien tenía que sacar a la luz la grandeza de los personajes cotidianos, de las vivencias de una familia española cualquiera, como la suya, como había cientos de miles, protagonistas en la práctica de magníficas historias que habían permitido que España, como otros muchos países, siguiera adelante, haciendo historia. Historia de la de verdad, no de la que aparecía en los libros...
Quería que todos supiesen que de la casualidad o del acierto, de las ganas de estar junto a un ser querido, de la perseverancia de unas mujeres como su bisabuela Julia, de su abuela Luisa, de su madre..., podían surgir toda una serie de hechos que conformaran una parte de la historia de una nación. Y sobre todo ahora, cuando en España se empezaba a conmemorar una fecha, 1998, que iba a conceder la atención a hechos y personajes que, sin duda, no eran más relevantes que los de su historia, los de su familia. Como los de otras tantas. Sabía que escritores y políticos, economistas e intelectuales, hablarían de la importancia de los últimos cien años, de que si unos u otros ayudaron a conseguir distintas libertades. Que si tal, que si cual... Nada. Mentiras. Falsedades. Cuentos...
Por eso Luis no iba, y no lo hizo, a perder el tren. Este tren no se escaparía a pesar de que estaba acelerando su marcha. En unos tiempos en que todo ocurría vertiginosamente, otro Alvear estaba dispuesto a montarse en ese tren que tanta importancia tuvo para sus familiares y que a él nunca le afectó hasta aquel instante...
Lo que más le llenó de orgullo, cuando vio que la historia de la constitución, formación y posterior perduración del apellido Alvear, narrada de un modo simplemente claro, había calado en las gentes, fue saber que todo se debía a su bisabuela Julia, a su terquedad y a su amor por Adelardo.
Existe una teoría, llamada heteroteria, que dicta que todos los acontecimientos provienen de un solo hecho anterior. Que algo que sucede modifica todo lo que viene después. Hay quienes dicen que el Imperio Romano comenzó su decadencia debido a una nariz: la de Cleopatra. A su belleza. Si su belleza no hubiese sido tal, César no hubiese perdido su tiempo en Egipto, y con ello...
En nuestra historia todo parte de la falta de letras. De la falta de letras de Julia, quien no quiso perder el contacto con su Adelardo. Y, como no sabía leer, se las ingenió para que no fuese a una guerra... Y del interés de Adelardo por lograr que sus hijos, nietos o bisnietos, estudiasen. Siempre con la intención de que tuviesen letras, porque, como él sabía, "quien tiene letras, ése, manda sobre los demás".
Cuando le entregó el libro, recién terminado, a su padre, éste lo fue leyendo y, al final, se limitó a exclamar:
-¡Qué jodío que tuvo que ser el guardagujas! ¡Mira que la que lió con su cabezonería...! Y que la vía seguía, seguía, seguía... ¡Bendito extremeño!
De la cocina surgía un ruido de mil diablos. Su hija, la pianista y cantante de música pop, y los dos chavales, el escritor y el economista, discutían a grito pelado, como de costumbre. Su mujer terciaba en la zarabanda pero apenas si le hacían caso. Sonrió. Una nueva generación pugnaba por abrirse camino e imponer sus criterios. Ahora eran ellos ya los que debían continuar la andadura.
Ante las puertas de un nuevo siglo, el tren de la familia Alvear proseguía rápida y velozmente su camino... Su Destino solamente lo conocía Dios y el afán de lucha de sus componentes.


F I N

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