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Capítulo Octavo
UN TREN DE NINGUNA
PARTE...
Habían pasado treinta y siete años desde que
falleciera Avelino. Casi toda una vida. Aquella mañana de noviembre, a
Ricardo Alvear le tocó madrugar y acudir al Cementerio de la Almudena.
La ceremonia estaba fijada para las nueve y media y quiso ser puntual.
Pero ya pasaban quince minutos de la hora prevista y allí no llegaba
nadie. Tenía tiempo y ocasión para meditar sobre el pasado sin que
nadie turbase sus pensamientos.
Había aparcado el coche en uno de los caminos que bordeaban las
sepulturas. Cuartel, manzana..., leyó. Todo estaba regulado como en una
ciudad o un campamento. Subió andando, intentando recordar el lugar
exacto y, casualmente, descubrió la lápida, grisácea por el tiempo.
FAMILIA ALVEAR, rezaba en su superficie. Y una serie de nombres, a los
que les faltaban las letras de bronce, a continuación:
- Adelardo Alvear Peña, Avelino Alvear Núñez, Julia Núñez
Concejo... -. Leyó en voz alta.
La abuela Julia murió en el año 1959, tres años después que su hijo.
¡Bien poca guerra que dio, la pobrecita! Vivió siempre en compañía
de sus dos hijas mayores, que nunca dejaron la casa y que la manejaron a
su entero antojo. Si por amor estuvo sometida a su marido, tan sujeta
siguió durante sus años de viuda a los caprichos de Teresa con tal de
no discutir con ella, aunque a veces sacaba aquel genio que, sin
dudarlo, fue el que formó, sostuvo y fomentó el bienestar de la
familia.
Su alegría andaluza no se extinguió con los años ni con los
sufrimientos y mira que fueron tantos: se le murió el marido al que
tanto había querido y cuidado. También se le murió el hijo que se le
había hecho rico y padeció los pesares de los otros que le quedaron,
que no acabaron de ser felices. Pero nunca, aún de bien mayor, le
faltó tiempo para entonar una tonadilla de su tierra gaditana.
Se quedó como un pajarito. La enterraron con su viejo hábito del
Carmen que nunca había dejado de llevar desde aquel día del barco.
Ricardo recordó que él no quiso asistir al entierro y, como era
pequeño todavía, se lo consintieron.
- Adelardo Alvear Núñez... -. Siguió leyendo.
El tío Adelardo falleció mayor, en 1978. No parecía que se iba a
morir nunca, de la buena cara que tenía, pero el corazón, aquel
corazón tan grande en el que siempre tuvo lugar para varias mujeres, le
jugó una mala trastada. Dejó viuda a la maña y, también, a la
querida, la cual, por cierto, fue a visitar a Ricardo unos meses
después y le contó que habían tenido un hijo, pero que se les había
muerto de pequeño. Hubiera tenido, más o menos, sus años. ¡Vaya con
el tío Adelardo! ¡Sí que supo guardar el anonimato en contra de los
dimes y diretes!
- ¿Y cómo le llamaron? -. Tuvo la curiosidad.
- Le pusimos Avelino. Como su padre de usted. Así lo quiso Adelardo.
¡Así que tuvo un primo que se llamó como su mismo padre! Y su tío se
lo calló, hasta cuando se le murió y tuvo que enterrarlo a solas y de
tapadillo... Se ve que temía demasiado a su hermana Teresa, la cual
volvió a tomar las riendas de la familia tras de la muerte de Avelino.
- Pues a mí me enseñó muchas cosas, hasta a escribir a máquina y a
pegar sellos -. Pensó Ricardo -¡Y mira que discutimos veces, porque
él se agarraba a su vieja forma de llevar las cosas y yo quería
innovarlas! Pero me enseñó a conocer a los hombres, que para algo fue
guardia, y a escaquearme, como decía, cuando me era conveniente. Los
dos sufrimos al mismo jefe, con la diferencia de que él no le podía
presentar cara y tenía que callarse y yo sí le podía hacer frente ya
que, al fin y al cabo, era el hijo de la dueña. La verdad es que, si no
hubiese sido hijo de mi padre, me hubiera gustado ser hijo de mi tío
que, aunque todos dijeran que era vago, lo que ocurría es que era más
listo que el hambre. Si no prosperó más en cuestión de dinero, quizá
es que quiso triunfar en sus cosas íntimas y, para ello, el dinero le
hubiera estorbado que, a veces, para el amor, el oro sólo sirve de
lastre.
También se murió la maña, años después que él, harta de ser viuda
y de no haber logrado entrar plenamente a formar parte de la familia
Alvear, porque los únicos que la tragaron y quisieron fueron Avelino y
Luisa, ya que con Teresa y Adela se llevó siempre a matar. ¡Extraña
mujer! Sabía que su marido le engañaba y, no obstante, le cuidó y le
mimó hasta en los más mínimos detalles. Incluso le afeitaba, con
navaja de barbero, para que estuviera guapo para irse con la amante. Es
incomprensible que alguna vez no le rebanara el cuello, pero tanto le
debió de querer que supo sufrir sus penalidades con resignación.
Continuó leyendo nombres.
- Teresa Alvear Núñez..., en el 79. Yo asistí a su muerte,
acompañando a mi madre -. Recordó -. Parecía pelearse con la vieja de
la guadaña, como dándole órdenes de que se fuera y que le dejara en
paz. Respiraba fatigosamente, hasta que su aliento se convirtió en un
estertor.
Se murió con mala leche, como había vivido, mangoneando a todos, como
siempre, hasta que no pudo más. Y la pobre lo pasó muy mal porque no
tenía la culpa de haber nacido con cuerpo de mujer y, para colmo,
hermosa, pero con cabeza y sentimientos de varón. Tuvo su amiga, la
sastra de teatro, no recuerdo su nombre, que vestía de hombre y hasta
parecía que se afeitaba. Y para acallar las malas lenguas, la casó con
un vecino viudo a cuya hija, que dicen que fue preciosa y se murió muy
joven, debieron trabajársela entre ambas. El viudo quería casarse con
Adela, pero terció Teresa y tuvo que contentarse con la modista de la
farándula. Así, ambas vivían en la misma casa y podían verse cuando
querían. Por cierto que, al pobre esposo, le tuvieron a pan y agua, ya
que se casó con el compromiso firme de no consumar el matrimonio y no
lo consumó. De todas formas, ¡muy desesperado tendría que haber
estado para haber querido consumarlo, con los bigotes y la barba que
tenía la amiga de mi tía!
Por cierto, que Luisa cumplió la promesa que había hecho a su marido:
dio mil pesetas a cada una de las tres, todos los meses. Cuando murió
la abuela, rebajó su parte y les dio dos mil a las dos cuñadas. Al
fallecer Teresa, Luisa siguió dándole las dos mil pesetas a Adela, ya
que la vida había subido. Claro que Luisa no tuvo en cuenta - o acaso
sí lo tuvo y lo hizo aposta, en recuerdo de lo bien que se lo hicieron
pasar cuando de soltera y con un hijo - que mil pesetas del año 56 poco
tenían que ver con dos mil del 79. Pero Teresa había sabido torear a
todo el mundo y pegó cada sablazo a hermanos, sobrinos, amigos y hasta
al mismo diablo, que temblaba el mundo. Y le permitió juntar unos
ahorrillos. A punto estuvo de sablear a la Parca... Pero ésta le debió
resultar demasiado roñosa.
- Adela Alvear Núñez... -. Siguió leyendo. Ésta sí que les dio
guerra, la pobre, después de no haber dicho una palabra más alta que
otra en toda su vida. Se había quedado sola en el piso, después de
morir su hermana, medio ciega. Un día se cayó y estuvo varias horas
tirada en el suelo, con una pierna tronchada, hasta que llegó una
vecina. La verdad es que encontraron gran cantidad de botellas de licor
vacías, ocultas por toda la casa. ¡Pobre mujer! En algo tenía que
entretenerse.
La trasladaron a un sanatorio y se le gangrenó la pierna. Tuvieron que
amputársela, en un afán inútil porque la infección ya se le había
metido por los adentros. Recordaba sus palabras:
- ¿Cómo estás, tía? ¿Te duele?
- ¡Me duele hasta el alma!
Un alma que nunca tuvo vida propia. Parecía como la luz de la Luna, que
solamente es reflejo de la del Sol que para ella fue siempre su hermana
Teresa. Nunca pinchó ni cortó, aparte de las telas y las ropas, lo
más mínimo. Si no hubiera nacido, tampoco se habría perdido nada,
porque nada útil hizo en su existencia. ¡Pobre mujer! Si en sus
últimos años le había dado por la bebida, seguro que Dios no se lo
tuvo muy en cuenta.
Mientras se encontraba agonizante en el sanatorio, Ricardo llevó a su
madre al piso en donde habían vivido su abuela y sus cuñadas y que era
propiedad de Luisa, previendo, como así fue, que la enferma ya no
volvería a habitarlo nunca más. Allí, además de las botellas
vacías, hallaron multitud de objetos conservados desde muchos años
atrás. Lo primero que les sorprendió fue encontrar, en una caja,
multitud de las letras de bronce que adornaban la tumba de su padre y
sus abuelos. Las tías hacían constantes visitas a la sepultura y cada
vez venían diciendo que habían desaparecido algunas letras. Allí las
encontraron todas, guardadas como una reliquia, Dios sabe para qué.
- Un tanto necrófilas sí eran, en efecto -. Musitó Ricardo, incapaz
de comprender aquel afán por arrancarlas de su sitio y conservarlas
luego como oro en paño.
También hallaron varias decenas de miles de pesetas. Nunca se pudieron
explicar cómo, con la escasa paga que Luisa les proporcionaba y dado
que ellas no tenían otros ingresos provenientes de pensiones ni
subsidios, habían podido juntar una cantidad semejante. Los sablazos de
Teresa se ve que habían dado resultado. Luisa recogió el dinero y lo
destinó a pagar los gastos de la enfermedad de su cuñada y,
posteriormente, los del sepelio.
Mientras su madre husmeaba todos los rincones, en los que halló
recuerdos de los muertos, ropas, objetos personales y demás fruslerías
inútiles, Ricardo encontró un paquete de papeles. Por si podían
contener algún documento de interés, se dispuso a verlos. Los primeros
que le chocaron fue una colección de cartas, dirigidas a Adela Alvear,
con fecha de muchísimos años atrás. Estaban firmadas por un hombre de
elegante y fina escritura, muy al uso de la época. De su contenido se
desprendía que no se trataba ni de un familiar ni de una amistad. Eran
cartas de amor, de un amor platónico expresado a su tía por algún
admirador que, aunque aludía a respuestas que obtenía y no del todo
desfavorables, se ve que no pudo conseguir su propósito de verse
plenamente correspondido ya que las quejas en tal sentido eran
constantes. Ricardo creyó ver, mientras leía, la omnímoda presencia
de Teresa censurando y controlando los deseos más íntimos de su
hermana.
Del mismo paquete de papeles sacó unas fotografías raídas por el
tiempo. Allí estaba su abuelo Adelardo, vestido de militar. Y su
abuela, más linda que una muñeca, ataviada con traje de volantes. Las
fotos no llevaban fecha pero se notaba que pertenecían a los años de
su boda. También halló una foto de su padre, Avelino, vestido de
miliciano, muy delgado, tanto que a Ricardo se le hizo difícil
reconocerle y eso que él conservaba retratos de pocos meses antes de su
muerte, cuando perdió tanto peso víctima de la enfermedad. Junto a la
foto había una carta, dirigida desde el frente de Guadalajara a sus
padres y hermanas.
Pero lo que más le sorprendió fue un atado de cartas, muy bien
envuelto. Al abrirlo, observó que estaban escritas en papel rosa y con
tinta violeta. Eran cartas de amor de una mujer que nunca las firmaba y
no se detallaba a quién iban dirigidas. Todas comenzaban, más o menos,
con la misma frase: "Prenda de mi vida...". Que quien las
había escrito era una mujer era indudable, por las frases y adjetivos
que empleaba. El sexo del destinatario era una gran incógnita. Estaban
fechadas años antes de la guerra civil, así que los únicos varones
que vivieron por aquel entonces, y en edad de recibir ese tipo de
correspondencia, no podían ser otros que su padre o su tío. Pero a
Ricardo no le sonaba que fueran dirigidas a un varón. Otra vez
presintió la presencia en todo aquello de su tía Teresa.
Tenía en sus manos la posibilidad de descubrir algún secreto, pero no
quiso hallarse con un esqueleto en el armario. Juntó las cartas viejas
de una y - casi seguro - de la otra y procedió a quemarlas en el
brasero que su abuela siempre había utilizado bajo la mesa camilla.
Cuando el papel se convirtió en cenizas, observándolas, dijo:
- Dejemos que los muertos duerman en paz su sueño eterno. No removamos
sus misterios, no sea que sus huesos se estremezcan en la tumba.
Y dio por concluida la inspección de las cosas de sus tías.
Entretanto, su madre, también había recogido, además del dinero,
algunos objetos de pequeño valor pero que le recordaban viejas
historias. Después, abandonaron el piso de la tía Adela.
Ésta murió unos días después del "tejerazo", a primeros de
Marzo de 1981. Siendo la mayor, había sobrevivido a todos sus hermanos,
incluso a Esperanza y a Asunción. Esperanza se quedó viuda y, como
tal, duró, exactamente, cuatro días. Al quinto se murió, como su
marido el sastre. Se ve que le necesitaba hasta para morir, de lo
simplona y poco animosa que dicen que fue siempre.
Lo de Asunción ya fue otra historia. Se le murió el marido que nunca
la había querido y que siempre la consideró mucho menos que a un
mueble, gastando sus herencias en francachelas y amoríos fáciles de
billetera. Como otros muchos desaprensivos, en sus últimos años había
sentado la cabeza y hasta se había vuelto religioso y hecho cofrade de
Jesús de Medinaceli, para hacerse perdonar de sus múltiples pecados,
que debía tenerlos y bastante grandes. Después de pagar a Luisa la
cantidad que le había prestado su cuñado, aunque tardó demasiado en
hacerlo, dejó a su viuda los escuálidos restos de unas rentas de lo
que no le dio tiempo a malgastar en sus juergas de señorito calavera.
Fue cuando ella comenzó a vivir, pero teniendo que soportar a la no
menos necia de su hija que, para redondear la faena, se había casado
con un idiota. De muy buena familia, sí, pero con un síndrome de
cretinismo y memez que tiraban de espaldas. Lo extraño es que les
salieran unas hijas normales. Sin duda, son cosas raras que suceden con
las Leyes de Mendel. Ahora yace en un suntuoso panteón de familia
noble. Acaso en la otra vida estará mejor considerada de lo que lo
estuvo en ésta.
Cuando fueron a enterrar a Adela, informaron en la Funeraria sobre los
difuntos que yacían en la sepultura.
- ¿Cinco cuerpos? Pues en esa fosa no se puede meter ninguno más.
- ¡Hombre! Después de tantos años, ¿no cree usted..?
El funcionario ordenó que se hiciese una cala. Por la mañana, dos
horas antes del sepelio, fueron al camposanto y les acompañaron dos
enterradores. Alzaron la lápida y uno de ellos, de buenas carnes, se
dejó caer sobre la tierra blanda. Se escuchó un ruido allá abajo,
como si se aplastaran maderas. - ¡Sí hay sitio, sí! -. Exclamó el
sepulturero, introduciendo en la tierra un trozo de barra.
¡Ya lo creo que lo había! Los kilos que le había echado encima, el
muy borrico, habían prensado unos contra otros los carcomidos
féretros.
Y pudieron enterrarla.
Rompiendo el silencio verdaderamente sepulcral de aquella zona del
cementerio, tan antigua y no visitada por nadie a horas tan tempranas,
se escucharon los motores de dos coches. Se trataba de una furgoneta y
de un coche pequeño, oscuro. De la furgoneta bajaron tres hombres
ataviados con monos de trabajo. Del turismo, dos empleados de la
funeraria, vestidos de negro.
- ¿Don Ricardo Alvear? -. Preguntaron. Y viendo que el que estaba
esperando asentía con la cabeza, dijeron: - Vamos a proceder a la
reducción de restos que ha solicitado. Si desea estar presente...
- ¿Es necesario?
- No. Puede irse a su coche a fumar un cigarro. Cuando los obreros
terminen, se lo diremos para que firme.
Aliviado por estas palabras - ¡puñetera la gracia que le hacía ver el
espectáculo de sacar unas cajas deshechas y contemplar su macabro
contenido! - se alejó hacia el coche. No se metió en él, a pesar de
que hacía un poco de frío. Prefirió encender un cigarrillo y pasear
por entre las hileras de sepulturas. El suelo estaba recubierto en parte
por las hojas caídas del otoño. Hojas y barro, tierra húmeda... Se
fijó en las lápidas. Leyó algunos nombres. Nombres que no le decían
nada. Nombres que, sin duda, tuvieron su historia. Fechas que marcaron
vidas. Casi todas se remontaban a finales de los años treinta, al final
de la guerra civil.
Estaba cerca de una pared de nichos medio derruidos. Parecía que
aquella parte de la Almudena era poco visitada. Quizá los últimos
miembros de cada familia ya estaban enterrados en sus huecos. Miró
hacia abajo de la pendiente. Dos hileras de sepulcros formaban un camino
paralelo.
- Como las vías de un tren... -. Se le ocurrió.
Y pensó que, efectivamente, la vía seguía, como dijera su abuelo,
aún después de la muerte. En aquellos momentos, noviembre de 1993,
seis licenciados en Derecho, tres en Economía, uno en Biología y dos o
tres más a punto de terminar Periodismo y Arquitectura, llevaban el
apellido Alvear. Y había varias chicas entre ellos. Las mujeres, al
parecer, ya no servían solamente para ayudar a la madre en las faenas
de la casa o para trabajar como modistas...
Sus hermanos hacía poco que se habían jubilado tras de ejercer
brillantemente y con éxito sus carreras profesionales. La empresa
fundada por su padre y continuada a su muerte por Ricardo Villanueva, el
tío Ricardo como él le llamara, seguía dando frutos y ahora era él,
Ricardo Alvear, quien la dirigía, después de que el señor Villanueva
también pasase a mejor vida en 1978. Por cierto, ¡qué mandón fue el
tal Villanueva! Cuando él no quiso proseguir sus estudios y decidió
incorporarse al negocio familiar, ¡vaya tabarra que le dio con sus
enseñanzas! Se creía más que nadie, que sabía más que ninguno.
Discutía con los hermanos de Ricardo hasta de ingeniería y, siendo tan
rico como era, en vez de tener coche o tomar taxis, viajaba en el Metro,
para dar ejemplo de austeridad. Ricardo opinaba, como antaño su padre,
que fue un verdadero roñoso.
Él, en cuanto tuvo la edad precisa y el dinero necesario, se sacó el
permiso de conducir, también en La Salmantina como sus hermanos, y se
compró un seiscientos. ¡Menuda bronca que le echó el jefe, que así
le llamaba en público, apeando el tratamiento de tío Ricardo para
cuando estaban a solas y fuera de la empresa! Le hizo un panegírico de
lo útiles y saludables que eran las bicicletas, tanto para la salud de
los ciudadanos, porque les permitían mantenerse en forma y no
contaminaban sus pulmones, como para la economía del mundo que estaba
malgastando las reservas de petróleo en un santiamén. No cabía duda
de que don Ricardo Villanueva era un vidente de tomo y lomo y que sabía
mucho de macroeconomía, como se demostró cuando la crisis de los
crudos. Además decía que lo más sano era caminar, que para eso Dios -
en el cual él no creía pero sí le ponía muchas veces como ejemplo -
había creado al hombre con dos piernas y capaz de marchar erguido sobre
ellas. No en balde, él se había venido desde tan lejos, cuando la
guerra, a pie, paso tras paso.
La verdad fue que, una vez que murió Avelino, Ricardo Villanueva no se
portó con la familia Alvear como hubiera sido de esperar. En primer
lugar les planteó que, si bien había sido socio de su amigo, no
deseaba seguir en sociedad con la viuda y con sus hijos, que no lo veía
conveniente para sus intereses. Que lo apropiado sería que una de las
dos partes, él o los herederos de Avelino, se quedara con el negocio,
que se valorara, se le pagaba a la otra parte lo que se conviniese y en
paz. Los hermanos Alvear, sobre todo Luis y Adelardo que eran los
mayores y los que podían opinar ya que los otros dos eran demasiado
pequeños, le propusieron en principio seguir juntos, ya que ellos le
consideraban el mejor amigo de su padre y creían que tenía una misión
que cumplir, en honor a aquella amistad, respecto de ellos y, sobre
todo, de sus hermanos pequeños. Villanueva se negó en redondo e
insistió en la separación.
- De acuerdo, entonces. Como quiera, don Ricardo. ¿En cuánto valoramos
el cincuenta por ciento de la empresa?
- En seis millones de pesetas -. Respondió Villanueva.
- Pues, entonces... si usted nos da seis millones, le vendemos nuestra
parte -. Dijo Adelardo.
- No. Me habéis entendido mal. Seis millones si os vendo yo mi parte y
continuáis vosotros con el negocio. Si vosotros queréis que yo os
compre la vuestra, entonces, os pago tres.
Los dos hermanos no salían de su asombro. Luisa, que estaba presente,
no entendía nada. ¿No era aquél el mejor amigo de su difunto esposo?
¿El hombre que le había ayudado a salir de la afición al juego y que
se había hecho rico gracias al buen hacer de Avelino?
- Y, ¿por qué vale el doble si el que vende es usted y la mitad si
vendemos nosotros? -. Preguntó Luis.
- Pues porque yo entiendo del negocio y tengo a todos los clientes.
Mañana puedo abrir enfrente mismo y continuar trabajando. Vosotros, sin
embargo, os encontráis todo hecho, una cartera comercial, una solera y
mi promesa de no haceros la competencia. Por escrito y ante Notario.
Al final, la cosa se arregló de un modo peculiar y muy beneficioso para
Villanueva, como no podía por menos de ser. Les vendió su parte por
tres millones, pasando a ser la empresa de los Alvear pero permaneciendo
él como Director Gerente y con plenos poderes hasta que se jubilara. Y
con participación en beneficios: - Dos tercios y un tercio -. Propuso.
- Conformes. Dos tercios para nuestra madre, como dueña, y un tercio
para usted, como gerente.
- No, hijo, no. Al revés. Dos tercios para mí y uno para vuestra
madre...
En verdad que Ricardo Villanueva cumplía aquella observación que le
hiciera su antiguo maestro de idiomas: - Llegarás lejos, pero ¿a qué
precio?
Y los Alvear, atados de pies y manos, ya que los chicos querían ejercer
sus carreras y asegurar a su madre una renta segura, tuvieron que
soportar sus condiciones. Claro que ya, la amistad pasó a convertirse
en mera relación profesional. Firmaron un contrato privado en el que a
lo único que se comprometía el señor Villanueva era a no dar
pérdidas dos años seguidos, pero que no garantizaba un mínimo de
beneficios. Por eso, cuando la recesión de primeros de los sesenta, se
fue desprendiendo de todo el personal que pudo. Había que aminorar
gastos. Hubo dos años que dio pocas ganancias, pero cumplió con el
expediente: salvó la cláusula de su contrato y Luisa pudo vivir y
mantener a sus hijos, un poco más estrechamente pero sin mayores
dificultades.
El tío Adelardo, con su natural callado y reservón, continuó de
encargado pero no muy bien visto por el nuevo Gerente. Sin embargo, no
protestó. Simplemente veló, dentro de sus conocimientos y cuando se lo
permitieron, que fue pocas veces, por el capital de sus sobrinos.
Cuando Ricardo Alvear decidió incorporarse al negocio, tuvo que obtener
el permiso del señor Villanueva y aprovechar que a éste le había dado
un infarto de miocardio y se veía muy solo y un tanto cascado.
Solo, lo tenía que estar porque jamás buscó tener ningún amigo,
únicamente relaciones de negocios y, para una vez que se encontró con
un hombre que le cogió cariño, que fue Lino, se negó a trabajar con
él si no era de igual a igual y porque calculó muy a fondo las
ventajas de su unión. Las amistades que ambos cultivaron se fueron
apartando de él tras la muerte de Alvear, ya que era éste el que se
entregaba a los demás. Villanueva no daba ni la hora gratis, por si se
le desgastaba el reloj.
Tragó con la compañía de su ahijado pero se las hizo pasar canutas.
Éste aguantó carros y carretas, pero el caso era aprender a mantener y
a dirigir la empresa que el Villanueva iba dejando languidecer, harto ya
de ganar dinero y de no gastarlo. Villanueva se olvidó de que era su
padrino y, en vez de como un segundo padre, le trató como un padrastro
(pero de esos infectados y purulentos) y le puso todas las piedras que
pudo en el camino.
- Tío, me gustaría aprender cosas del negocio -. Solicitó el primer
día.
- Tiempo tendrás de ello. Ahora, dedícate a escribir a máquina.
Y pasó meses dirigiendo correspondencia de trámite, sin ningún acceso
a la que podía tener mayor importancia. Ni reclamar un pago a un
cliente le permitieron, ni atender un teléfono para cualquier gestión,
no fuera que metiese la pata. Tenía que cederle el aparato a Villanueva
en cuanto éste le oía hablar con un cliente y se lo exigía.
Quiso conocer las cuentas de la empresa y eso no se lo pudieron negar,
ya que podía argüir que actuaba por orden de su madre. El contable, un
familiar del señor Villanueva, le dejó unos libros Diario y Mayor, muy
pulcramente escritos pero de los cuales, Ricardo, que no sabía
contabilidad, no pudo sacar nada en claro.
- Y todo esto, ¿qué significa? ¿Cómo se entiende en cristiano? -. Le
preguntó a su padrino.
- Aprende Contabilidad y lo sabrás -. Fue la afable contestación.
Y el joven, esta vez, sí que le hizo caso. Se buscó un profesor
particular, un Profesor Mercantil que había ideado un curso
personalizado que duraba entre nueve a doce meses, dando clases en días
alternos. Era caro, pero su madre se lo pagó. Ricardo se iba para la
calle Evaristo San Miguel los lunes, miércoles y viernes y se enfrentó
duramente con el DEBE y el HABER. Terminó el curso en cinco meses y
aún estuvo otros dos aprendiendo análisis de balances y contabilidad
de costos. Después le preguntó a Villanueva que por qué ellos no
empleaban el Plan General de Contabilidad que se empezaba a implantar
por aquella época.
- Es mucho más lioso -. Le respondió el jefe.
- Es mucho más explícito -. Respondió Ricardo.
- No es fácil aprenderse todas las cuentas.
Ricardo sacó un temario y se lo enseñó.
- Aquí están todas y yo sé aplicarlas. Otra cosa es si su sobrino, el
contable, no lo sabe.
Ricardo Villanueva le miró con rabia e impotencia. Era el futuro que le
plantaba cara al pasado, le eterna lucha generacional, pero con muy mala
sombra.
- Yo ya usaba algo similar cuando trabajaba en el Banco de Londres.
Llegué casi a ser Jefe de Contabilidad, ¿sabes? Y lo dejé por venir a
echarle una mano a tu padre.
- Aquello debía estar muy anticuado. Y, en cuanto a lo de echar una
mano, tengo entendida otra cosa bien diferente.
Ricardo intentó implantar una contabilidad por decalco, sistema que
entonces estaba en boga. Villanueva no lo consintió.
Entonces, el joven, tomando ejemplo de la postura de su tío Adelardo,
fingió que obedecía y le siguió la corriente hasta que, llegado el
tiempo y considerando que ya podía valerse por sí mismo y que
Villanueva ya no podría molestarlos por ser demasiado viejo, le pagó
con la misma moneda con la que él había pagado siempre.
-¿Qué, mañana cumple sesenta y cinco años, no, tío? Pues,
felicidades. ¡Y a jubilarse, que ya tiene derecho a ello!
De esta manera, por la forma legal y según el contrato, los Alvear
pudieron librarse de su mejor amigo. Enemigos no habían tenido, gracias
a Dios.
Alejó sus pensamientos de su difunto padrino y volvió a concentrarse
en la labor que allí le había llevado esa mañana.
- Incluso, - se dirigía a su abuelo - si me pudieras oír, viejo
guardagujas, sabrías que hoy en día, un Adelardo Alvear es un alto
cargo de la RENFE. Tú sabías que era cierto que la vía continuaba, a
pesar de los obstáculos. Pero no te creíste nunca que iba a llegar tan
lejos.
Escuchó que le llamaban:
- ¡Señor Alvear, señor Alvear! Cuando usted quiera...
Los funcionarios reclamaban su presencia. Se acercó y acertó a ver,
arrinconadas contra unos árboles, unas tablas negras, rotas,
destrozadas.
- Aquí están los restos.
El hombre le señaló un pequeño féretro, de color morado, de menos de
un metro de largo.
-¿Ahí están todos? -. Se extrañó.
- Sí. Es que los había muy antiguos.
- Ya...
Le presentaron unos papeles y una factura.
- Nos tiene que firmar la conformidad con el trabajo y abonarnos seis
mil setecientas pesetas por el levantamiento de la lápida. Eso no se lo
incluyeron en la factura general.
- ¡Vale! -. Le dio dos billetes de cinco mil y les firmó el visto
bueno. ¡Qué razón tuvo su padre cuando dijo que quizás se hartaría
de firmar cosas que no le gustaran...!
- No tengo cambio... -. Se excusó el de la funeraria, con los billetes
en la mano.
-¡Qué cara más dura! -. Pensó. Y le dijo: -¡Pues tómense unas
copas con la vuelta! -. Seguían existiendo muchos Villanuevas por el
mundo, que se aprovechaban hasta de la muerte.
Le dieron las gracias y descendieron el pequeño ataúd a la fosa que
estaba totalmente vacía.
- Ahora caben otros cuatro cuerpos - explicaron -. O tal vez más,
porque hemos ahondado un poco.
- ¡No sabe cuánto se lo agradezco! Así estaremos más juntitos.
Montó en su coche y encendió un cigarrillo. Puso la radio y escuchó
un programa en el que estaban comentando alguno de los
"pelotazos" político-financieros de turno.
- Llevabas razón, papá -. Murmuró -. En el fondo, todo sigue lo
mismo. Hay muchos caraduras. Solamente cambian los nombres de los
protagonistas.
Arrancó el coche y se dirigió a casa. Su madre le estaba esperando,
sentada ante la mesa camilla donde pasaba los días enteros, viendo la
televisión y hablando con alguna vecina.
- ¿Qué? ¿Ya vienes de lo que tenías que hacer? -. Se limitó a
insinuarle.
-¿Y tú, cómo sabes de donde vengo?
Se rió como cuando era joven y decía lo de "la carrera del
señorito".
-¡Como que te crees tú que yo soy tonta! ¡Ibas a madrugar tú tanto
para no ir a trabajar! Así que, ¿ya tengo listo mi agujerito?
-¡Sí, mujer, sí! Ya lo tienes... Y con aire acondicionado y todo.
La asistenta venía por el pasillo y, tras de saludarle, preguntó:
- Doña Luisa, ¿qué hago lo primero?
- Que se lo diga mi nuera. Ella lo sabe.
Su mujer salía en aquel momento del cuarto de baño. Le miró.
-¿Qué tal ha ido todo? ¿Han estado tus hermanos?
- Sí -. Mintió.
¿Para qué iba a explicarle que había preferido pasar el mal trago a
solas?
Unos meses después, inopinadamente, Luisa Rubio, la madre de los Alvear,
cayó enferma. Tras de un corto pero penoso calvario, se apagó como una
vela. La enterraron junto a los restos reducidos de la familia, a toda
la cual había sobrevivido, incluso a sus hermanos que eran más
jóvenes.
En el entierro, como es lógico, estuvieron todos sus hijos y sus
nietos. Hasta un pequeño biznieto hizo acto de presencia, en brazos de
su joven madre. Se podían contar hasta veintiocho personas que llevaban
el apellido Alvear en primer término. Pero, acaso, ninguno se
acordaría de un pequeño pueblecito de Cáceres que, quizás, ya no
existiera...
-¿Y dónde va esa vía? ¿Y de dónde viene? -. Recordó, Ricardo
Alvear, que había preguntado su abuela Julia, hacía casi ya un siglo.
Y él, como su abuelo, tampoco supo responder a la pregunta. Tal vez la
construyeron para un tren que viniese de ninguna parte y que, ya, acaso,
se encaminaba, velozmente, hacia su destino... Un destino ignorado pero
que se había ido forjando a costa de trabajo, sacrificios y esfuerzos.
-¡Y que los chicos estudien, que el que tiene letras tiene mando! -. Le
pareció escuchar una voz dentro de su cabeza. Tenía acento extremeño
y, de fondo, se escuchaba la risa de una joven andaluza.
-¡Vaya con el abuelo! ¡Tú sí que lo supiste hacer! ¡Tú tuviste
más letras que todos nosotros juntos! -. Suspiró.
Al rato, todos los Alvear, junto con los amigos que les habían
acompañado, fueron desfilando camino de sus hogares o de sus
quehaceres. Únicamente Ricardo se quedó un rato más, solo, pensando
en las musarañas, contemplando el viejo peluco bañado en oro y de
larga cadena que fuera de su abuelo, que le legara su tío Adelardo y
que aún, ahora, funcionaba perfectamente. Mientras, su mujer y sus
hijos le esperaban en el coche.
Horas después, comería, sentado a la mesa de aquel comedor con tallas
del Quijote que ganara su padre jugando a las cartas.
- El tío Villanueva estaba confundido, aparte de haber sido un perfecto
sinvergüenza, por no llamarle algo más fuerte, que no se debe hablar
mal de los muertos aunque se lo merezcan, pero ya habrán llevado su
castigo en la otra vida si es que fueron tan malos que no supieron
hacerse comprender en ésta -. Pensó, tras que le dejaran a solas en su
sillón -. Hay que arriesgarse para ganar y, después, saber conservar
lo que se ha ganado. Pero gozar de ello y saber repartirlo, no como él,
que se murió a solas, de asco, aunque estuviera repleto de millones,
que se los llevó el diablo y, ahora, nadie le recuerda si no es para
maldecirle. ¡Mi abuelo sí que fue un gran hombre, sin tanta sabiduría
ni tantos idiomas! Ojalá, todos, nunca nos olvidemos de él, del viejo
ferroviario que siempre sabía cuándo y por dónde llegaba el tren. Y
no se preocupaba de nada más... ¡ni de nada menos! No le importaba de
dónde venía, pero sí a dónde tenía que llegar...
Y se quedó contemplando los anillos de humo que exhalaba su cigarrillo.
Subían y subían, camino del techo de la estancia unos y perdiéndose
por el pasillo otros. Ninguno se quedaba junto al pitillo, todos
buscaban un camino. Cerró los ojos e intentó quedarse dormido, para no
pensar en nada, para olvidarse de que todo seguiría, como siempre...
- Papá, nos vamos a la Universidad, que tenemos clase -. Le dio un beso
su hijo.
- Sí, hijo, sí. Continuad con vuestros estudios, que ya sabéis lo que
decía mi abuelo...
-¡Ya lo sé, ya lo sé! -. Exclamó el chaval - ¡Que el que tiene
letras tiene mando! Pero eso debió de ser en sus años. Ahora, ya ves,
hasta con carrera nos vamos al paro. Eso no lo imaginó tu abuelo.
- Es que él no tenía letras...
-¿No vas a pasar hoy por el trabajo? ¿Prefieres quedarte, recordando a
la abuela?
-¿La abuela? No. Ella ya está dónde tenía que estar, tan a gustito
al lado de su marido. Yo me quedo hoy aquí, a reposar, a hablar conmigo
mismo y a barajar viejas historias. Mañana, cuando despertemos, el tren
habrá de seguir su marcha hacia el destino que le aguarde, sea el que
sea...
Y, dirigiéndose al equipo de alta fidelidad, buscó un disco viejo, de
cuando él era chico, de Romanzas de Zarzuela por Alfredo Kraus y,
haciéndolo sonar, se sentó, tranquilamente, a escucharlo... A pesar de
los adelantos de la electrónica, de los compactos, de los discos
láser, del sonido estereofónico y de las grabaciones digitales, - que
de todo eso tenían sus hijos - aquel disco, acaso con mucha menos
calidad que los que ahora se vendían, seguía sonando. Y seguiría,
mientras que Dios quisiera y hubieran unas manos que supieran manejar el
tocadiscos...
La aguja comenzó a rodar sobre los surcos, girando en busca del final.
Cuando acabase, no habría más que volverlo y empezar de nuevo. Así
todas las veces que quisiera, como un viaje sin retorno, siempre hacia
delante...
De repente, haciendo un gesto de disgusto, intentó apartar de su mente
todos aquellos sombríos pensamientos.
-¡Fuera depresiones y fantasmas! ¡Mañana hay que trabajar, como
siempre..! -. Y lanzó una estruendosa carcajada.
La voz de su mujer se oyó lejana, desde el fondo del pasillo:
- ¿De qué te ríes? ¿Qué te ocurre?
- Va a pensar que estoy loco -. Se imaginó -¡Nada, chata, que estaba
ensayando la risa del "Questa o quella...", aquello que
cantaba hace tantos años...
- Pero entonces eras tenor... -. Le respondió ella, viniendo a su
encuentro -. Te cambió la voz.
-¡Bah, sería por el tabaco!
Ella le abrazó, cariñosa.
- O que te hiciste viejo...
Volvió a reírse.
-¿Viejo? ¡No! Simplemente, más mayor y, como decía mi abuelo, con
más mando... Y los que tienen mando, siempre tienen la voz bronca.
- Pues Franco no la tenía...
- Pero, fíjate, a Franco se le descarriló el tren, ya ves, en cuanto
no pudo mantenerlo. Le mandaron al desguace en cuanto se le torcieron
los raíles. Y a nosotros, a los Alvear, no pienso que se nos tuerzan.
No sé de dónde vinimos, exactamente, pero sí que alcanzaremos nuestro
destino... Y todo, gracias a nuestras maravillosas mujeres: La abuela
Julia, mi pobre madre y, ahora, vosotras, nuestras esposas... Y es que
las vías siempre van de dos en dos, paralelas, sin separarse jamás la
una de la otra.
Y, tomándola por la cintura, le estampó un beso en los labios, como
cuando tenían veinte años y le llamaba "ojos verdes".
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