Capítulo Séptimo

AL TREN SE SUBE, AUNQUE SEA EN EL ESTRIBO...

Eusebio invitó a su boda al amigo de Ricardo, Juan, porque se le encontró en casa el día anterior a la boda. Como parecía de mal gusto dejar a Antonio en tierra, Ricardo también le invitó.
La ceremonia tuvo lugar en la nueva parroquia del Pilar, en la calle de Juan Bravo. Después se celebró el banquete nupcial por Cuatro Caminos. A la boda había acudido mucha gente, entre familiares y amigos. A muchos, ni les conocía el muchacho. Sabía que eran amigos de su padre, aquellos amigos que le quisieron tanto. La familia estaba al completo: Hasta su tía Esperanza vino de Cáceres, con su marido el sastre.
Los cuatro hermanos se hicieron una fotografía, juntos con su madre y la abuelilla que tanto quería a Ricardo. Era curioso el cuadro: Dos de los hermanos, el mayor y el más joven, dieciocho años entre ambos, eran rubios; los otros dos, morenos. Se ve que unos habían salido a Avelino y otros a Luisa.
El tío Adelardo hizo de testigo de la boda, así como don Ricardo Villanueva. El tío seguía con tan buena planta como cuando era militar en Zaragoza, según fotos que había visto Ricardo. El señor Villanueva, su padrino, vestía muy elegantemente, como de costumbre.
Pero lo que al chico le encantó fue conocer a tres jovencitas, nietas de unos vecinos de sus padres cuando vivían por Atocha. Dos eran hermanas y la tercera, prima de ellas. Y lo curioso del caso es que eran primas de Juan, su amigo.
- ¡Pero tú eres un cabronazo! ¡Tener estas primas y no presentarlas!
- ¡Pero si hace la tira de años que no las veo! Sus padres creo que son primos del mío. Tienen una librería.
Ricardo cayó en quiénes eran. Muchas veces había oído hablar de los padres de las chicas y de su tía, que hasta era madrina de pila de su hermano Eusebio. Por eso se les había invitado.
No es necesario decir que se juntaron a comer en una mesa los tres chicos y las tres chicas, todos de edades similares. Intercambiaron bromas y se contaron chistes. Ricardo se lo pasó muy bien y hasta hubo una de las dos hermanas que le gustó un rato. Pero resultó que tenía novio y su hermana también tonteaba con otro chico. La única libre de polvo y paja se llamaba Mercedes, Merche, la primita de las otras dos. Era rubia, de alegres ojos verdes y con muy buen tipo. Claro que, ¿qué chica a los dieciocho años, por poco agraciada que sea, no está de buen ver? Pero esta Merche sí era guapa de veras.
Tras de la comida, tuvo ocasión de conocer a los padres de las chicas, en especial a los de Merche. Él era un tanto raro. Decían que estaba enfermo de los nervios. Pero la madre era una señora que estaba como un tren, de bandera y muy simpática.
- ¿Así que eres amigo de Juan, mi sobrino? ¡Qué casualidad!
- ¿Amigo yo de este sinvergüenza? ¡A partir de hoy, de ninguna manera! ¡Mira que tener estas primas y mantenerlas en conserva..!
La madre de Merche rió la ocurrencia de Ricardo.
- ¡Qué simpático eres! ¡Cuánto me recuerdas a tu padre, que en Gloria esté! Él también tenía muy buen humor...
Pero lo cierto es que, aun cuando le dijeron donde vivían y que podía ir cuando quisiera, se despidieron sin intercambiarse los teléfonos.
A Ricardo las que le habían gustado a rabiar eran las dos hermanas, las primas de Merche. Ella sí le gustó, pero no se decidió a decirle nada.
La boda se había celebrado un sábado y la semana fue pasando entre clases y paseos. La madre de Ricardo decidió irse unos días a casa de Adelardo, cuya mujer estaba a punto de tener otro niño. Como ya quedaba él sólo, su abuelilla le cuidaría de perlas.
Tan de perlas que los chicos decidieron celebrar un guateque en su casa. Era el primero que hacía Ricardo, siempre había ido de gañote a casas de otros. Su abuela, tan complaciente, hasta les dijo que ella misma prepararía la merienda. De la bebida ya se ocuparían ellos.
- ¿Y a qué chicas podemos invitar? Porque yo, en mi casa, no meto a alguna de ésas en las que estáis pensando.
E hicieron una lista de amigos y amigas. Faltaba una muchacha, cuando lo ideal es que sobraran.
- Oye, Juan, ¿por qué no llamas a esa prima tuya? ¿Cómo se llama?
- ¿A Merche?
- ¡Sí, a ésa! Está riquilla.
- ¡Oye, mucho cuidado con mi prima! ¿Eh?
Refunfuñando, Juan llamó a casa de sus tíos. Le dijo a la madre de Merche que iban a hacer un guateque en casa de Ricardo y que si permitía que su hija viniera. Ellos mismos irían a buscarla. La madre accedió.
Así que el domingo, a primera hora de la tarde, los dos amigos se desplazaron hasta Argüelles, donde vivía la chica. Subieron a su casa, les invitaron a una copa y esperaron a que Merche, que se estaba terminando de arreglar, saliese.
Cuando Ricardo la vio, le dio un vuelco el corazón. ¡Estaba hecha un pincel! Toda la poesía por él escrita era pura letra menuda ante aquella visión. Las heroínas de las óperas palidecieron de envidia ante la belleza de Merche que, con cuatro brochazos de maquillaje y los labios pintados, estaba hecha un monumento.
- Que no venga muy tarde, ¿eh? -. Insistió la madre
- No se apure, yo mismo la traeré a casa -. Prometió Ricardo -. ¡Palabra de... Alvear!
Y la mujer volvió a comentar que cuánto se parecía, en lo gracioso, a su difunto padre.
Iban andando hacia Argüelles, para coger el Metro, cuando Ricardo paró un taxi.
- ¿Qué haces? -. Preguntó, alarmado, Juan - ¿Tanto dinero tienes?
- No vamos a meter a esta preciosidad de prima tuya en el Metro. Nos la pueden robar.
Merche le dirigió una sonrisa cariñosa.
Cuando llegaron a su casa, les estaban esperando Antonio y todos los demás. Se sacó la tortilla y los canapés que había hecho la abuelilla, corrió la sangría, sonó la música en el tocadiscos y Ricardo se puso a bailar con Merche.
Estaban bailando "Pequeña flor" cuando sus mejillas se unieron y, tras un rato muy juntos, Ricardo, con más valor que el Guerra, deslizó sus labios hacia los de la chica. Ella abrió los suyos y sus lenguas se unieron húmedas y cálidas. El muchacho jugueteó lentamente, como esperando a ver qué sucedía, pero se quedó loco de placer cuando Merche, sin el menor reparo, hundió definitivamente su lengua en el interior de la boca de Ricardo. Así estuvieron hasta que concluyó la canción. Entonces llegó Juan y le dijo:
- ¿Puedes venir un momento?
Ricardo, como flotando, le siguió por el largo pasillo. Antonio iba detrás de ellos. Se refugiaron en la habitación del final. Juan se volvió hacia Ricardo, con la cara congestionada de furor:
- ¿Qué estás haciendo con Merche? ¡No me jodas, que es mi prima y la han dejado venir confiando en mí!
Ricardo no contestó, pero le dieron ganas de soltarle un puñetazo a su amigo, por interrumpirle con gilipolleces en aquellos deliciosos instantes. Y tal vez lo hubiera hecho si no hubiera terciado Antonio.
- Oye, Juan, si la chica traga, ¿por qué le culpas a él?
- ¡Merche no traga! -. Exclamó Ricardo -. ¡Es que nos hemos enamorado! ¡Ha sido un flechazo! Y tan responsable soy yo como tú de que no le pase nada malo, ¿entiendes?
Juan no supo contestarle. Se había dado cuenta de que su amigo hablaba muy en serio.
- Pues, entonces, ¡mejor que mejor! -. Sancionó Antonio -. Si la chica te gusta y tú a ella, ¡pues a darse el lote! Y tú, Juan, no seas tan pijotero...
Ricardo volvió junto a Merche.
- ¿Ocurre algo? -. Le preguntó ésta.
- No. Tu primo, que me ha preguntado que qué estábamos haciendo tú y yo...
- Pues haberle dicho que yo, pasándomelo muy bien. ¿Y tú?
Ricardo no respondió con palabras. Sus bocas se buscaron ansiosas. Y no precisamente para hablar.
A las nueve y media de la noche, aún de día en aquel mes de Septiembre, Ricardo acompañó a Merche a casa, ante las protestas de Juan que consideraba que también tenía que ir él, que se había comprometido.
- ¡Vete a hacer puñetas! -. Le dijo su amigo, mientras tenía abrazada a Merche, que se reía del enfado de su lejano pariente.
Esta vez sí fueron en el Metro y siguieron besándose en el vagón, ajenos a las miradas escandalizadas de algunos viajeros. Desgraciadamente, el trayecto era demasiado corto o, por lo menos, así se lo pareció a la pareja. Llegaron a Argüelles y bajaron caminando por la calle de Merche. Entraron en su casa.
- ¿Qué tal lo habéis pasado? -. Les preguntó la madre.
- ¡De maravilla! -. Contestó Ricardo -. A propósito, ¿me permite que mañana venga a buscar a su hija? Quiero enseñarle unas cosas.
- ¡Por supuesto! Un Alvear tiene las puertas de esta casa siempre abiertas.
La madre, mirando los ojos brillantes de su hija y el acaloramiento de Ricardo, se imaginaba lo que había sucedido. Bueno, si se gustaban y el chico era digno representante de su familia...
Todas las tardes se veían; unas veces antes y otras, cuando Ricardo tenía clase de canto, al anochecer. Besos y más besos, besos de tornillo y a todas horas, pero solamente besos. Ricardo jamás intentó tocar a la muchacha de otra manera. La quería demasiado y tan románticamente que cualquier otro contacto más íntimo le hubiera parecido un sacrilegio.
Llegó Octubre y Ricardo no se matriculó en la Escuela.
- Espera -. Le dijo a Merche -. Tengo que ver qué pasa con lo del canto.
Y es que estaba muy preocupado y cada día más a disgusto con Esteban León. Aquellos sobreagudos de antaño habían pasado a la historia. Toda aquella parafernalia de la nueva técnica que le estaban enseñando no le gustaba ni un pelo. Notaba que su voz ya no vibraba como antes, que su tesitura se había acortado, que la voz no se hacía ni más aguda ni más grave, sino simplemente chillona. Aunque nunca se había grabado y, por tanto, no conocía exactamente cómo sonaba su voz, sí sabía que antes se gustaba a sí mismo. Y ahora, cuando se oía en las vocalizaciones, no le agradaba. Y si no le agradaba a él, ¿cómo iba a gustar a los demás?
Por aquellos días, León estaba formando una compañía de ópera, subvencionada en parte por el Ministerio, para hacer una temporada por provincias. Ricardo se sorprendió de que no le mencionase siquiera que él podía ejecutar algún personaje secundario, de poca monta. Continuaban con las clases, pero nada más.
- Esteban, ya no llego a los agudos de antes. ¿Por qué?
- ¡Ya llegarás! Ahora hay que ajustar el centro.
- Pero si es que ni en el centro me encuentro a gusto. ¿No será que me ha cambiado la voz y seré barítono, como Carlos?
- ¡Tonterías! Carlos tiene una voz preciosa en los centros, más bonita que la tuya. Tú eres tenor. Y con una voz difícil.
Por fin se formó la compañía y partieron hacia el norte. Ricardo se quedó sin clases. A los pocos días volvieron, con la cara más larga que el palo de una escoba. No les había ido bien.
- Iremos a Alcalá de Guadaira. Allí sí tenemos asegurado un buen contrato.
Nuevamente viajaron. Volvieron peor que habían partido, con el rabo entre las piernas y sin un duro en el bolsillo.
- ¡La gente, que ya no sabe admirar el arte! ¡Con los cantantes que he llevado!
Era cierto. León había reunido un buen plantel de cantantes, todos de segunda fila, sin ninguna gran promesa en ciernes, pero que sonaban bien. Mucho mejor que sonaba Ricardo, que cada día se oía peor.
Así tuvo ocasión de conocer a cantantes más mayores que él, ya tableados, que siempre vivirían del canto pero actuando en coros como, por ejemplo, el de la Radiotelevisión española, que se estaba formando y en el que todos estaban como locos por entrar, para tener asegurados los garbanzos.
- ¿Tú eres alumno de Esteban? -. Le preguntó una vez un tenor que, sin ser una primera figura, era un poco conocido.
- Sí -. Le respondió -. Llevo ya unos meses con él.
- ¿Qué eres, bajo?
La pregunta le sorprendió.
- ¡Hombre, no es que sea un gigante, pero tampoco soy un enano!
- ¡No, chico, si digo de tesitura!
- Soy tenor, ¿es que no se me nota?
- Pues, por el timbre de voz, al hablar, me parecías un bajo profundo.
¡Leches, aquello sí que era raro! ¡Que un profesional confundiera su voz no ya con la de un barítono, sino con la de un bajo, era muy extraño!
De sus viajes, los León se habían traído un magnetofón, con grabaciones de las actuaciones que habían hecho. Estaba encima del aparador. Aquella tarde, después de la observación del tenor, cuando Ricardo fue a dar clase de solfeo con Ana Mari, le propuso, medio en broma y medio en serio, que por qué no, aprovechando que tenían cinta virgen, grababan un dúo. La chica picó el anzuelo y aceptó. Como por aquellos días estaba montando con Carlos una zarzuela, La del Manojo de Rosas, tenía la partitura sobre el atril.
- ¿Hacemos ésta misma? -. Insinuó Ricardo.
- ¿El dúo del barítono y la soprano?
- Sí, ése mismo. Si es solamente por probar.
En buena lógica, a Ricardo le tenía que sobrar tesitura. Pero cuando la muchacha empezó a tocar y tuvo que cantar, su voz no podía seguir la partitura a gusto. Sí llegaba, pero malamente.
- ¡Muy bien! -. Exclamó Ana Mari, cuando terminaron.
- ¿De verdad? ¿Tú crees? -. Le preguntó Ricardo - ¿Podemos escucharlo?
Y, por primera vez, Ricardo Alvear escuchó su voz, la que los demás oían. Al principio pensó que acaso el aparato grabase mal, porque su voz sonaba fatal, pero la voz que sonaba de Ana Mari sí era la de Ana Mari. Luego, y por pura lógica, aquella voz chillona, forzada, de garganta, falta de fiato y desagradable, era la suya. Y si así era, era una mierda de voz. Ni de tenor, ni de barítono, ni de nada.
Estaba en estos pensamientos, escuchándose, cuando llegó Esteban León, que venía de la calle. Pasó al salón.
- ¿Qué hay? ¿Qué hacéis?
Se puso a escuchar la grabación que ya estaba concluyendo. Le bastó una sola mirada a Ricardo para ver la cara tan larga del chico. Se dio cuenta de que alguien había metido la pata.
- ¿Por qué habéis grabado esto? -. Quiso saber.
Ana Mari fue a contestarle, pero Ricardo le interrumpió.
- He sido yo.
- Pues no deberías haberlo hecho...
- ¿Por qué? ¿Para que no me percatase de que me ha jorobado usted la voz, de que yo antes cantaba, mejor o peor, pero cantaba, y de que ahora soy una nulidad?
León no sabía que contestar. Él era navarro y, por tanto, de carácter recio, pero ignoraba que su alumno tenía ascendencia extremeña y que era duro de pelar.
- Don Esteban León -. Ricardo sí empleó esta vez el Don - ¿Me puede explicar dónde coño se encuentra la voz que yo traje a esta casa? ¿Qué ha hecho con ella?
- Bueno, muchacho, mira... -. Buscaba una excusa y fue a escoger la peor -. Tú tenías un poquito de voz y como yo vi tu interés, pues quise animarte...
- ¿Un poquito de voz? ¿No dijo que tenía mejor instrumento, a mis años, que Kraus? ¿O es que Kraus, cuando tenía mi edad, era mudo y por eso yo tenía mejor voz que él?
- ¡Bah, tonterías! Eso son cosas que siempre se dicen, para dar ánimos...
- ¿Y para sacar los cuartos? Pues, perdone, pero es usted un tramposo.
Esteban León se estaba enojando por momentos. Empezó a protestar de su honradez.
- Pues si no es un tramposo, entonces, es que es usted gilipollas. Que es peor. Y me ha robado mi voz. Usted... ¡maestro de canto! Lo que es, es un fracasado, que Fleta le dio sopas con ondas y se quedó de segundón. Que no alcanzó jamás el menor éxito, ni como cantante ni como profesor y, ahora, ni como empresario. ¡Desgraciado! -. Y Ricardo se echó a llorar.
León se había quedado mudo, sentado en su sillón. Eso es lo que le salvó. Si llega a estar en pie y le responde a Ricardo, el muchacho le habría partido la cara.
Al ruido de la bronca acudió la esposa de Esteban, muy alterada. Había escuchado las últimas palabras.
- ¿Qué pasa aquí? Y tú... -. Se dirigió a Ricardo - ¿Qué estás diciendo de mi marido?
- Nada, ya me callo. Simplemente que es, mejor dicho, que son ustedes unos golfos. ¡Adiós para siempre!
- Nos debes las clases del todo el mes... -. Reclamó la mujer.
- ¡Pues, como dice mi tío Adelardo, que fue militar, vaya usted a reclamarle al maestro armero!
Y salió, dando un portazo.
Durante muchos años, siempre que surgió el tema de la voz, Ricardo afirmó que a él se la había roto Esteban León. Cuando, años después, se encontró con que Alfonso, el hijo, cantaba como tenor solista en un concierto con una orquesta, acudió, por curiosidad, a escucharle. Cantaba de pecho, falseando su verdadero timbre.
- ¡Si éste es tenor, yo soy Luis Miguel Dominguín!
Alfonso, después de escasos éxitos, se dedicó, a sus cuarenta años, a representar a artistas. Tuvo una corta carrera como cantante, al igual que su padre. Señal de que Ricardo llevaba razón.
Por su parte, Ricardo Alvear abandonó durante muchos años las clases de canto. No cesó su afición por la ópera pero no sería hasta ya cumplidos los treinta y dos y cuando conoció a un tenor cubano, amigo de la profesora de piano de su hija mayor, que volviera a dar clases y a conseguir impostar una bonita voz de barítono lírico. Ricardo cantaba por afición y, un día, su maestro le llevó a una prestigiosa soprano que le daba clases a él, de tarde en tarde. Le escuchó y le dijo:
- Le han sacado una buena voz de barítono, pero usted hubiera podido ser un gran tenor. ¿Quién le rompió la voz?
- Un tal Esteban León...
La profesora asintió.
- No es el primero que me habla de él en el mismo sentido. Debían prohibir ejercer la enseñanza a los que no saben.
Aquella noche, en 1964, le contó lo sucedido a Merche.
-¿Y qué piensas hacer ahora?
- Descansar. Después, empezar a pensar como un hombre, que ahora te tengo a ti y tengo que labrarme un porvenir.
En su mente empezaba a nacer una idea. Si no valía para los estudios, si su posible triunfo musical se lo había arrebatado la irresponsabilidad de un mal maestro y si de la poesía no se podía vivir, aparte de que ya no escribía, sí era cierto que era inteligente, simpático, de buen trato cuando estaba de buenas y capaz de afrontar con firmeza cualquier dificultad. Y todos decían que se parecía mucho a su padre.
Lo maduró, lo caviló cien veces, sopesó los pros y los contras y, una mañana, le dijo a su madre:
- Voy a ir a ver al padrino, a don Ricardo Villanueva.
- ¿Para qué?
- Quiero trabajar en la tienda.
Lo dijo sin darle importancia y sin ánimo de polémica, como cuando decía que se iba al cine. Su madre no supo responderle.
Después llamó a Merche y le dijo que se verían muy tarde, que ya iría él a buscarla a casa. Le explicó que iba a hablar con su padrino, pero no le dijo para qué.
A las cinco de la tarde se presentó en la puerta del negocio de su familia. Entró. La misma chica que había entrevisto, hacía tiempo, desde los escaparates, le sonrió y le preguntó qué deseaba.
- ¿Esto es Casa Alvear, verdad?
- Efectivamente. En la puerta lo pone bien claro.
- Pues yo soy Ricardo Alvear y quiero ver al señor Villanueva.
La chica le saludó. Le dijo que se llamaba Alicia y que estaba encantada de conocerle, que había oído hablar mucho de él a su tío Adelardo, quien decía que cantaba muy bien.
- Puede ser. ¿Me pasa con don Ricardo?
Su padrino le recibió afectuosamente y le preguntó que cómo es que estaba por allí. Le explicó brevemente que no quería estudiar, que tenía novia y que quería trabajar allí, para hacerse un hombre.
- ¿Y por qué no haces como tu hermano Eusebio? Él se ha buscado la vida por su cuenta y le va muy bien.
- Quiero seguir los pasos de mi padre. Quiero sentarme en su silla y hacer lo mismo que él hacía. Quiero vivir sus mismos malos tragos y sus mismas alegrías.
Villanueva se quedó pensativo. La voz que le había hablado había sonado sin la menor vacilación. Se dio cuenta de que su ahijado, Ricardito, empezaba a ser todo un hombre.
- Hablaré con tu madre. Ella te contestará.
Ricardo se despidió, cariñoso. Villanueva no lo fue tanto. Al salir se encontró con su tío.
- ¿Qué pasa, chaval?
- Ya ves, tío. A ver si me vengo contigo, a echarte una mano.
- Ya me parecía a mí que tú te querías escaquear de los estudios...
Ricardo salió a la calle. Dijera lo que quisiera el señor Villanueva, como la dueña era su madre, él comenzaría a trabajar. Como el paisano de sus antepasados extremeños, ante la conquista, que parecía imposible, de México, acababa de dar de través sus naves. Ya no podría retirarse y no volvería la vista atrás.
Pasaron las semanas y se acercaba la Navidad. Ricardo comenzó a notar algo raro en Merche. Ya no le miraba con aquellos ojos tan alegres, aunque seguía derritiéndose en sus brazos en cuanto la besaba. Pero hubo tardes que le dio largas y algunas, las menos, que se negó a salir, alegando que había quedado con unas amigas.
- ¿Para qué? -. Quiso saber Ricardo - ¿Para ir de tiendas?
- No. Para jugar a los bolos, tomar un refresco, cualquier cosa...
- ¿Y para eso no puedes venir conmigo? ¿Es que no sé yo jugar a los bolos?
- Sí, pero es diferente...
Pensó que tendría ganas de hablar con sus amigas de cosas íntimas de chicas, pero una tarde le dio por presentarse en la bolera Carlos III, de sopetón. Merche estaba, era cierto, con unas chicas. Pero también con unos chicos.
- ¿Qué significa esto? -. Su voz sonó metálica, por encima del ruido de las bolas al rodar y de los bolos al caer.
- ¡Ah, Ricardo! ¡Qué sorpresa! -. Merche estaba junto a un muchacho muy bien vestido, de mayor estatura que él, con gafas -. Estamos jugando una partida.
- ¿Con unas amigas?
- ¿No lo ves?
- Entonces, ¿quién es el capullo ése que te intenta coger de la mano?
- Un amigo. Mira, os voy a presentar.
- No hace falta. Me presento yo solo -. Y le sacudió un puñetazo al chico en plena nariz que se la reventó, como el que estrella un tomate contra la pared. Las gafas volaron por los aires.
No aguardó los acontecimientos y se largó de allí.
El día anterior a Nochevieja, por la mañana, le llamó ella.
- ¿Me vienes a buscar esta tarde y pasamos un rato juntos?
El chico se volvió loco de alegría. Todos esos días los había pasado a solas, encerrado en su habitación, sin hablar siquiera con su madre.
- ¡Claro que sí!
Y, con sus escasos ahorros, bajó a comprar unos pendientes, los más hermosos que halló, porque sabía que al otro día, fin de año, Merche cumplía diecinueve años. Era seis meses mayor que él.
Cuando se bajó del Metro y comenzó a andar por la calle, vio venir hacia él una joven guapísima, requetepeinada y muy bien vestida.
- ¡Vaya chavala! ¡Está fenomenal! -. Se dijo.
Su sorpresa fue mayúscula cuando la chica se detuvo delante de él y le saludó: - ¡Hola, cariño!
¡Coño, pero si era Merche! ¿Cómo podía estar tan bonita que ni siquiera la había conocido? Tendría que ir al oculista.
Cogidos de la mano, comenzaron a caminar, sin quererlo, hacia el club al cual acostumbraban a ir a bailar.
- ¡Sí que te has puesto guapa! ¿Qué te has hecho?
Ella sonrió, coqueta, con un gesto muy femenino.
- Nada, unas mechas y un poco de pintura. Y el vestido nuevo, regalo de mi padre por mi cumpleaños.
- Se me olvidaba. ¡Toma! -. Y le entregó los pendientes. Ella rió de alegría.
- ¡Tú también te has acordado, a pesar de todo..!
- Yo no te olvidaré jamás.
Merche le miró, inquisitiva.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque sé que nos volveremos a separar una y otra vez y, como no voy a estar partiendo narices todos los días, alguna vez se acabará... -. Le explicó.
Ella le dio un beso.
- ¿Te dolió mucho verme con aquel chico?
- Sí, seguro que más que a él el puñetazo.
- Por cierto, no te lo quería decir, pero me costó trabajo convencerle para que no te denunciara. Como lleva gafas...
- ¿Ves como llevo razón? Soy demasiado violento y celoso. Pero es porque te quiero.
Ella hizo un mohín de disgusto.
- Yo también te quiero a ti y no voy rompiéndole la cara a todas las chicas que te miran.
Llegaron al club y se sentaron en la zona más oscura. Merche empezó a comérselo a besos y Ricardo, sacando una mala sombra de no sabía dónde, se puso a tocarle los pechos, cosa que nunca antes hiciera. Ella no protestó sino que se arrebujó más contra él. Así, sin más, casi en silencio roto tan sólo por un leve suspiro, alcanzaron un orgasmo, el primero que el chico notó que gozaban juntos.
Después, hablaron. Que a qué venían aquellas excusas, el querer salir con otra gente, le preguntó.
- Es que mi padre, desde que has dejado los estudios, me ha dicho que eres demasiado joven para mí y que si quiero echarme novio que sea uno que tenga más porvenir que tú.
¡Lo había sospechado! Los padres estaban de por medio.
- Y tú, ¿qué piensas?
- ¿Yo? ¡Que te quiero mucho! -. Y se lanzó a su boca con ansia.
Cuando la acompañó a casa, le preguntó:
- ¿Nos veremos mañana? Es tu cumpleaños.
- No. Vienen mis tíos y mis primos a comer. Por la noche no me dejan salir y supongo que tú lo pasarás con tus amigos, ¿no?
- ¡Sí! Después de comer las uvas con mi madre, en casa de mi hermano, me iré con Juan. ¡A emborracharme!
- De eso nada, porque el día uno me vienes a buscar y salimos -. Le ordenó ella.
La dejó en el portal. No quiso pasar a felicitar las Pascuas a sus padres.
- ¡Que se las felicite ese novio que te andan buscando!
- ¡Mira que eres arisco!
- Soy como dicen que era mi abuelo. Muy bueno con los que me quieren, pero implacable con los que me acosan. ¿Sabías que mi abuelo apuñaló a un hombre por la espalda? Total, porque quiso hacer mal a los suyos...
Y, aprovechando la sorpresa que le habían causado sus palabras, la volvió a besar, sabiendo que se llevaba en los labios el último sabor de aquella boca.
En Nochevieja, efectivamente, se emborrachó, junto con Antonio, Juan y Roberto. A punto estuvo de ocurrirles lo del año anterior. Otro muchacho, también ebrio, golpeó a Roberto, en plena calle. En esta ocasión fue Ricardo el que se lió a golpazos y le tuvieron que sujetar los amigos para que no hiciera algo irreparable, porque iba demasiado bebido.
Cuando se despertó, no eran horas de llamar a Merche. Tampoco la llamó durante los siguientes días.
Pocas noches más tarde, paseaban juntos los cuatro amigos por su calle, charlando de la pelea de Nochevieja.
- ¡Anda, que ibas bueno! -. Le reprochó Juan -. Y, encima, no llamaste a mi prima.
- Mira, Juan: iba como quería, pero bastante menos borracho que tú el año pasado. Y a Merche no la he llamado porque sé que todo ha concluido entre ambos.
Juan guardó silencio. Después, habló:
- Algo se ha comentado en mi casa. Dicen mis padres que los de ella no te tienen en mucha estima. Que tragan porque son amigos de tu familia, pero que si no...
- ¡Pues con su pan se lo coman!
En esto que se cruzaron con unas chicas. Iban cantando una canción de Los Brincos. Una muchacha pequeñita, castaña y de ojos verdes, muy graciosa, terminaba el estribillo: "¡Que yo soy yo!"
- ¡Olé! -. Concluyó Ricardo. Se miraron, la sonrió, ella le correspondió con una risa encantadora, iluminada por dos ojazos verdes, y siguió su camino, calle Hermosilla abajo, con sus amigas.
- ¡Vamos, chicos! ¡Vamos a ligarlas!
- ¡Déjate de rollos a estas horas! Son casi las diez de la noche y hace frío -. Rechazó la idea Antonio.
- ¡He dicho que vamos, coño! -. Insistió Ricardo.
- ¿Pero qué bicho te ha picado? -. Le preguntó Juan.
- ¡Que con esa pequeñaja de los ojos verdes me voy a casar yo!
Sus amigos pensaron que cada día, desde que dejara el canto y los estudios, estaba peor de la cabeza.
- Bueno -. Accedió Juan -. Vamos.
Alcanzaron a las chicas. Unas breves palabras, un breve intercambio de teléfonos. Rápido, que a las diez tenían que estar en el colegio.
- Pero no nos llaméis, ¿eh? - rogó la chiquilla, a la cual se estaba comiendo Ricardo con los ojos -. Que las monjas nos vigilan el teléfono.
- ¡Tú calla, ojos verdes!
- ¿Por qué? -. Preguntó ella, sorprendida por la tajante orden.
- Porque yo quiero. Porque... te voy a querer mucho -. Ricardo acababa de declararse, formalmente, a una desconocida. A ella no le pareció ni pizca de mal y le guiñó un ojo, uno de aquellos preciosos ojos verdes.
Las chicas entraron en su colegio.
- ¡Vaya par de dos que tiene esa rubia! -. Comentó Antonio, al cual siempre le gustaban pechugonas, sobre otra chica de las del grupo.
Ricardo no dijo nada. Estaba maquinando como conseguir al otro día, que era domingo, llamar a la chica, burlando la guardia de las monjitas.
Cuando se vieron a las doce, en La Ardosa, Ricardo le dijo a Juan:
- Tengo la solución. Haz honor a tu nombre, Don Juan, y llama tú.
- ¿Y qué digo si lo coge la monja?
- ¿Qué vas a decir? ¡Que eres el padre Juan y que quieres hablar con las chicas!
Así lo hizo y la estratagema obtuvo resultados. Quedaron a la una.
La muchacha apareció con otras tres amigas, una de ellas la rubia que había llamado la atención de Antonio. Ricardo dejó a sus amigos acudir a su encuentro y él medio se escondió entre dos coches.
- ¡Hola! -. Saludó la de los ojos verdes -¿Dónde está el chico rubio?
Y Ricardo, seguro ya de que su interés era correspondido sin conocer siquiera el uno el nombre del otro, se puso ante su vista.
- ¿Dónde iba a estar? ¡Aquí, preciosa! -. Y la tomó de ambas manos. No volvería a soltarlas durante el resto de su vida.
Esa noche, su madre le dijo que su padrino, don Ricardo, había aprobado su presencia en la tienda y que se debería incorporar a las nueve de la mañana del día siguiente. Le aconsejó que obedeciera, que se portara bien y que no diera lugar a discusiones.
- No tengas cuidado, mamá. Yo me tengo que subir al tren, aunque sea agarrándome al estribo, sin billete y pagándole después al revisor, aunque me cobre intereses. ¡Y vaya si lo haré!
Comenzó a trabajar y, por las tardes, iba a ver a su nueva musa. ¡Parecía tan frágil y tan dulce que daba miedo tocarla ni intentarla besar!
A los pocos días le llamó Merche.
- ¿Qué pasa, malqueda? Estoy esperando que me llames.
- Es que he empezado a trabajar...
- ¿De verdad? ¿Y qué tal te va? Bueno, no me lo cuentes por teléfono. Ven a buscarme esta tarde, cuando termines.
- De acuerdo, a las ocho menos cuarto.
Fue puntual, como siempre. También ella.
- ¡Hola! -. E intentó besarle - ¿Qué te pasa?
Ricardo había retirado los labios. La miró. ¡Qué hermosa era!
¡Ganas le dieron de abrazarla! Pero pensó en la chiquilla castaña de los ojos verdes, a la que había entregado todas sus muertas ilusiones y rechazó la idea.
- Nada. Que no quiero que me beses.
- ¿Por qué? ¿Te he hecho algo malo?
- Tú, a mí, no. Pero yo sí se lo haría a otra chica, si te beso.
En el rostro de Merche se dibujó una mezcla de rabia, celos, angustia, ira y miedo.
- ¿Qué quieres decir?
- Que me he enamorado de otra mujer. Y que a ella no le importa mi porvenir, solamente me quiere por lo que soy ahora.
Pocas palabras más intercambiaron. Merche imploró, lloró, amenazó...
- ¡Les diré a mis padres que has abusado de mí!
- No seas tonta. Diles lo que quieras, pero no te engañes a ti misma. Mira, la vida es como la vía de un tren que siempre sigue su camino sobre sus raíles. Y cuando ese tren se pierde, no hay manera de volverlo a tomar. Yo lo he cogido por los pelos. ¡Dios quiera que me lleve a buen término!
Años después, cuando Ricardo ya tenía tres hijos, dos de ellos con ojos azules por la coincidencia de colores entre los de él y los de su mujer, vio a Merche en el entierro de su tío, el hermano del enfermo de los nervios. Su familia se había arruinado, ya no tenían Librería y ella estaba soltera y fondona. Representaba casi diez años más de los que tenía.
- ¿Por qué no te casaste con aquel novio que tus padres soñaban? ¿O con cualquier otro? -. Le preguntó, en un aparte que tuvieron.
Ella le respondió con los ojos llenos de lágrimas. Claro que todos pensarían que era porque se había muerto su tío.
- Porque aquella noche me dijiste una gran verdad. Yo no supe coger mi tren, no supe retenerte a tiempo. Pero te sigo queriendo como cuando tenía dieciocho años...
Ricardo Alvear se acarició el bigote rubio y se atusó los ya cada vez más escasos cabellos.
- Haces mal. Deberías olvidarme si no lo hiciste a tiempo. Hubieras hecho feliz a cualquier hombre. Y lo habrías sido tú.
- ¡Yo! ¿Y tú? ¿Eres feliz?
- ¡Mucho! Cada vez más, cuanto mayor soy y cuanto menos pelo tengo. Como dicen que a la ocasión la pintan calva...
- ¿Y nunca te has acordado de mí?
- Mejor sería decir que nunca te olvidé, pero ya sabes lo que decía mi abuelo...
- ¡Sí! Que el tren tenía que seguir hasta llegar a su destino. Pero, dime, ¿dejaste de quererme?
- Pues, mira... También dejé el canto, pero siguió gustándome la música...
Y Merche se quedó con la duda. Él, no. Nunca se olvida lo que se vive de joven, sea malo o bueno. Pero hay que saber echarlo a un lado, dejarse de añoranzas y vivir en el presente. Cuando el vagón de cola pasa, el tren ya no se ve y se pierde, para siempre, en la distancia.

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