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Capítulo Sexto
EL TREN NO ESPERA
AL VIAJERO...
A mediados de Enero, don Rosendo
telefoneó a Ricardo y le dijo que había conseguido una audición con
el maestro Lloret, - le pareció entender ese nombre -, gran director de
orquesta y profesor de excelentes cantantes. La cita era para la tarde
siguiente, a eso de las seis y media, en su estudio de la calle
Almirante y le avisaba para que dejara cualquier otra cosa que tuviera
que hacer, ya que le había sido harto difícil conseguir la cita. ¿Podría
ir?
- Naturalmente. Faltaré a un par de clases. Pero me gustaría que hoy
calentásemos un poco la voz, que montáramos algo, para no ir mal
preparado. Hace demasiado tiempo que no canto como es debido.
- Hoy me es imposible, Ricardo. Tengo el funeral de una hermana mía,
que ha fallecido. De todas formas, de nada nos valdría llevar nada
preparado, porque no sé lo que él pretende, si oírte en escalas o en
la romanza que le apetezca. Por si acaso, calienta tú algo, con cuidado
y sin forzar, ya sabes, en casa. Y llévate repasada "Una furtiva
lacrima..." que tengo entendido es su piedra de toque para los
tenores. Esa, o la primera de la Tosca, "Recóndita armonía..."
- Siento lo de su hermana. ¿Cómo no me avisó, para haber ido al
entierro?
- Se la enterró en Valencia. El funeral que se le dice hoy es para los
hermanos que vivimos en Madrid.
- Bueno, pues dígame dónde es y voy.
- No. Prefiero que estés tranquilo, que hables cuanto menos mejor, para
que tu garganta descanse, y que hagas lo que te he dicho. Vocaliza,
aunque sea de oído y lee las partituras. Son de las que menos hemos
tocado, porque a ti no te gustan los "pianos" y ambas arias,
sobre todo la de El Elixir de Amor, está plagada de ellos. Pero no te fíes.
Lo mismo le da por hacerte cantar El Trovador, con do sobreagudo
incluido. Así que, hasta mañana. No te retrases. Quedamos en el
portal.
No pudo evitarlo, pero los nervios se apoderaron de él. ¡Tantas veces
había hecho funcionar sus cuerdas vocales en exhibiciones y alardes
gratuitos y, ahora, cuando se podía presentar la oportunidad de su
vida, no se encontraba a gusto, tenía escasa confianza en sus
facultades..!
También es que el año no había comenzado muy bien para los Alvear. Al
incidente que mantuvieron en la madrugada del primer día de Enero, con
puñetazos y borrachera incluidos y que le tuvo muy asustado por si tenía
consecuencias para él y sus amigos, se había unido un percance que
afectó profundamente a su hermano Eusebio. Éste, que se dedicaba al
trabajo de representante, se vio envuelto en una estafa que llevó a
cabo uno de sus representados, un muchacho catalán que había conocido
durante su estancia en Melilla, cuando el Servicio Militar.
El amigo, hijo de un policía de Barcelona, poseía un espíritu
comercial muy emprendedor. Se había introducido en el campo de las
piezas de repuesto para automóviles y había montado, de la noche a la
mañana, en el escaso tiempo que llevaba licenciado, un negocio con
demasiada capacidad y que requería fuertes inversiones. Buen conocedor
de las aptitudes de Eusebio en el mundo de los negocios, cuando necesitó
un representante para la zona centro que comercializase sus productos,
le llamó y le ofreció el oro y el moro. No era un terreno que Eusebio
dominara particularmente, pero tampoco se apartaba mucho de su campo. Al
fin y al cabo, la maquinaria agrícola y las instalaciones industriales
algo tenían que ver con los accesorios de automóviles. Además, le
ofrecieron una cartera de posibles clientes, ya confeccionada desde
Barcelona y a los cuales solamente tendría que visitar y ofrecer el
producto. El trabajo era fácil y únicamente requería la experiencia
de un buen vendedor. Y Eusebio lo era.
Comenzó a trabajar con su amigo y le pareció sencillo. Los nuevos
clientes acogieron con interés la mercancía y los pedidos llovían.
Eusebio los cursaba a su amigo de Barcelona y la empresa de éste se
ocupaba de todos los trámites posteriores, desde servir los productos,
facturarlos, pasar las Letras al cobro, prestar la garantía técnica
que fuera necesaria y, en definitiva, de toda la gestión comercial,
excluida la venta.
No obstante, Eusebio empezó a notar algo raro. Vio que se hallaba con
escasa competencia en sus ventas, lo cual debía significar que sus
precios eran muy buenos o que los materiales de muy alta calidad. Por
otra parte, las comisiones que su amigo debía pagarle no le eran
satisfechas siempre a su debido tiempo, sino pasado un plazo más que
prudencial, ya que él sabía que los clientes sí pagaban puntualmente.
Es más, alguno de los compradores le mencionó que les estaban
empezando a exigir el pago al contado y hasta que hicieran un anticipo
económico sobre el importe de las compras ya que, en otro caso, no
accederían a servirles. También le manifestaron quejas sobre la
calidad de los materiales que, en los últimos tiempos, dejaba bastante
que desear y cuyo servicio de garantía era cada vez peor.
Tampoco se preocupó demasiado Eusebio, que no dejaba de lado sus otros
negocios y no podía ocupar todo su tiempo con la empresa de su amigo.
Por ello, no prestó la atención que se merecía el problema que se
avecinaba. Y el problema se presentó una mañana cuando, durante su
ausencia, llamaron a la puerta del domicilio familiar. Ricardo, que se
hallaba estudiando, acudió a abrir y se halló con la presencia de dos
agentes de policía.
- Buenos días -. Saludaron escuetamente.
A Ricardo le dio un vuelco el corazón. ¿Se habría descubierto el
incidente del bar y le habrían localizado?
- Buenos días -. Respondió - ¿Qué desean?
- Eusebio Alvear, por favor...
- Es mi hermano. ¿Qué le quieren?
- ¿Se encuentra en casa?
- No. Está trabajando. Suele venir a comer, pero no todos los días.
- Pues haz el favor de darle esta citación. Que se presente rápidamente
en la Comisaría. Firma aquí, en el Recibí y pon en calidad de qué lo
recibes.
Ricardo no se decidía a firmar. ¿Qué habría hecho su hermano y para
qué querían que se presentase?
- Oiga, yo soy su hermano, pero no sé si debo firmar este papel.
- ¡Claro que tienes que firmarlo, puesto que lo recibes! Es solamente
para que tu hermano sepa que le requiere la Autoridad. Si te niegas a
hacerlo, incurres tú también en delito.
¿Delito? ¿Estaban hablando de delito y de su hermano?
- ¿Cómo que incurro en delito? ¿Delito de qué? -. Preguntó.
- De ocultación, de ayuda a un presunto delincuente, de obstrucción a
la Justicia... ¡Te puede caer un buen paquete, chaval!
En aquellos años, la policía española no se distinguía precisamente
por su amabilidad ni buena educación. Todo el sistema estaba basado en
mantener sujeto al personal, a los súbditos - como le explicara aquél
compañero en el autobús - y meterles el miedo en el cuerpo.
- ¿Me están amenazando? -. Quiso saber Ricardo -. Porque, si es así,
voy a telefonear al abogado de la familia y le consulto si debo
firmarlo.
- ¡Lo que debes hacer es firmar, dárselo a tu hermano y dejarte de
gaitas! ¡Ya sabrá él lo que tiene que hacer! Y ya sabremos nosotros y
el señor Juez lo que hayamos de hacer con él.
-¡El burro delante, para que no se espante! -. Pensó Ricardo. Lo
correcto es que hubieran dicho que ya sabría el señor Juez lo que
tendría que ser, pero no: aquellos dos estómagos agradecidos,
desertores del arado, - seguía recordando las palabras de su compañero
- osaban anteponer su prepotencia a la de todo un Juez.
Su madre venía por el pasillo.
- ¿Quién es, Ricardo? ¿Qué pasa? -. Le preguntó.
- Nada, mamá.
Uno de los policías pareció recordar alguna buena manera que, hacía
muchos años, le habrían enseñado.
- Buenos días, señora. Solamente venimos a dejar esta citación para
su hijo Eusebio, pero este otro hijo suyo parece reacio a hacerse cargo
de ella.
- Eusebio no está en casa -. Explicó Luisa.
- No, si eso ya lo sabemos. Pero solamente se trata de que se hagan
cargo del requerimiento.
Luisa estaba inquieta. Recordaba cuando, al acabar la guerra, la policía
iba a buscar a la gente a sus casas.
- Pero, ¿es que pasa algo?
- ¡Que no, señora! Mire, usted firma aquí, como madre del reclamado y
todos tan a gusto.
Luisa firmó, en contra del parecer de Ricardo al cual no le gustaban ni
un pelo las amenazas veladas de los dos individuos. ¡Vaya forma de
irrumpir en una casa, mencionando la palabra delito y amenazando con
represalias y conque ellos y el Juez..!
Cuando a media mañana llamó Eusebio para decir que se quedaba a comer
con un cliente, su madre le dijo que le reclamaba la policía, que habían
ido a detenerlo, que viniese inmediatamente. ¡También es que Luisa se
sabía explicar de miedo..!
Total que el joven vino, leyó la citación, que solamente indicaba que
compareciera en Comisaría para hacer manifestaciones sobre una denuncia
e, ignorante de lo que se trataba, decidió acudir sin pérdida de
tiempo. Si después resultaba que precisaba de los servicios de García
Gayo, el abogado, compañero de trabajo de su hermano Luis, le llamaría.
Así se lo manifestó a Ricardo.
- A mí lo que me ha molestado es cómo te han tratado de delincuente y
que dijeran que yo era tu encubridor -. Le manifestó éste.
- Tú eres muy joven todavía y no sabes cómo es esta gente. Hacen un
mundo de cualquier cosa. Y lo malo, llevas razón, es el modo en que te
dicen las cosas. Pero no tiene importancia. Yo no he hecho nada.
Aquello de que Ricardo era muy joven todavía, se lo continuaría
diciendo Eusebio treinta años después. Parecía como si siempre
hubiera de considerar a su hermano pequeño solamente como un niño.
Pero esa costumbre no se le quitaría nunca.
El asunto, afortunadamente, quedó en agua de borrajas para Eusebio,
ante la Justicia. El requerimiento era porque uno de sus clientes había
denunciado formalmente de estafa a la empresa de su amigo, el catalán,
y había mencionado que el representante comercial de aquella firma era
Eusebio Alvear. En tal sentido, Eusebio afirmó ser cierto que él ofrecía
y vendía los productos de su amigo, pero que su labor concluía ahí,
que él no se ocupaba de los cobros, ni de las entregas, ni de ninguna
otra cosa. Y que hasta a él mismo le debían, en aquel instante,
bastante dinero, las comisiones de las ventas de cinco meses y que no
tenía manera de cobrarlas.
Lo que había pasado era simplemente que el barcelonés había querido
ser más listo que el hambre. Además, como era hijo de un inspector de
policía, se conocía mil triquiñuelas legales e ilegales para ir
capeando el temporal. Había comenzado importando material de alta
calidad y, después, lo había sustituido por copias fraudulentas que se
rompían a las primeras de cambio. Apurado de dinero para pagar a sus
proveedores, había cobrado, por anticipado, a los clientes, partidas
sin servir; giró letras de pelota, las descontó y, después, no las
pudo atender al vencimiento. La bola de nieve fue creciendo y él sí
acabó donde debía: en la cárcel. Pero no tardó mucho en salir y el
dinero no apareció jamás. Era solamente el preludio de una de las
tantas quiebras fraudulentas como en aquellos tiempos se produjeron y
que no se acabarían ni con el correr de los años. Siempre que haya un
listo, existirá el tonto que se deje atrapar en sus redes. Por eso,
Eusebio vendía tanto: porque los materiales eran de bajo precio y había
listos dispuestos a revenderlos como si se trataran de recambios
originales de marca, pero al mismo precio que los verdaderos.
Lo que si sufrió una merma importante fue el buen crédito de Eusebio,
tanto ante los Bancos como ante sus demás clientes. Trabajo le costó
al muchacho recobrar su buena fama. Un cliente se tarda en ganar mucho
tiempo, pero se pierde en un segundo.
Todo aquello había alterado la tranquilidad de los Alvear que, nunca,
ni tan siquiera en la época de los grandes negocios de Avelino, habían
atravesado por tales trances, aunque fuera de soslayo.
En definitiva, cuando aquella tarde Ricardo estaba esperando a don
Rosendo en el portal de la calle Almirante, sentía un nudo en el estómago,
precisamente por esa zona del importantísimo diafragma y parecía un
manojo de nervios. No pudo por menos que fumar, aunque todo el mundo le
dijera que el canto y el tabaco no hacían buenas migas, pero así
consiguió calmarse un tanto. En esto, llegó su maestro.
- ¡Tira ahora mismo ese cigarro! ¿Es que tú eres bobo?
No puso excusas ni pretextos. Tenía razón. Si por alguien tenía que
quedar lo mejor posible, era por aquel hombre que tantas horas le había
entregado a cambio de bien poco.
Juntos entraron al portal y don Rosendo se dirigió al ascensor. Ricardo
le seguía. Subieron al piso correcto y, antes de llamar al timbre,
pudieron escuchar una hermosa voz de soprano, interpretando un aria de
La Traviata.
- ¡Vaya voz! -. Exclamó Ricardo.
- ¿Qué creías? Este maestro sí es un maestro, no como yo. Sus
alumnos son los mejores.
- Pero usted tiene más mérito, porque lucha con los malos, como yo.
García Marco le palmeó la espalda, dándole ánimos y agradeciéndole
el cumplido.
- Tal vez me equivoque pero, acaso, algún día puedas cantar a dúo con
esa soprano.
- ¡Dios le oiga! -. Deseó Ricardo.
- ¡Dios tiene que oír poco en este asunto! ¡El que te tiene que
escuchar es el maestro y todo depende de lo que tú sepas hacer y
valgas! Así que deja a Dios en paz, que Él no te proporciona los
cigarrillos que te fumas.
Don Rosendo no era ateo, pero estaba repitiendo unas palabras parecidas
a las que dijera Napoleón en vísperas de Waterloo, cuando invadió Bélgica:
- ¡Mañana secaremos nuestras botas en Bruselas! -. Había manifestado.
- Si Dios quiere... -. Respondió uno de sus mariscales.
-¡Dios no tiene nada que ver en esto! ¡Solamente depende de las
bayonetas de mis soldados! -. Contestó el gran corso.
Y, efectivamente, no las pudo secar en Bruselas, sino que, por el
contrario, las empapó de sangre sobre los escabrosos terrenos de
Rossome, La Haie y Mont de Saint Jean Farm y ante los muros de la granja
de La-Haie-Saint, donde quedó destrozado su poderoso ejército ante las
menores fuerzas y la mayor astucia de Wellington.
Ensimismado en estos bélicos pensamientos, Ricardo se encontró en el
centro de un espacioso y magníficamente decorado salón. Dominando un
rincón, un grandioso piano de cola, de gran concierto. El maestro, que
había estado sentado sobre la mullida banqueta forrada de terciopelo
rojo, a juego con los amplios cortinajes que envolvían la estancia, se
dirigía hacia ellos. Cercana a él, se hallaba una mujer joven, de unos
veinticinco años, elegantemente vestida de largo. Sin duda era la que,
hacía un instante, había estado cantando. Ricardo pensó que,
efectivamente, tanto su vestido como su ropa, luciendo en el decorado
que la envolvía, la hacían semejante al personaje de Violeta que él
había imaginado siempre en la ópera de Verdi, en su suntuosa villa de
París. ¡Cuánto le gustaría cantar con ella el dúo de amor! ¡Tendría
que enriquecer la voz de cualquier tenor, porque estaba guapísima!
Don Rosendo estrechó la mano del profesor.
- Así que usted es García Marco... Y supongo que este muchacho será
su alumno, ¿no?
A Ricardo no le cayó demasiado bien la voz ni el tono de suficiencia de
aquel señor. Se le veía muy encumbrado, demasiado orgulloso de sí
mismo y de su trabajo. Además, la mirada que le dirigió no era muy
cordial. La cantante sí que le sonrió, cariñosa y alentadora.
- Efectivamente, maestro -. Respondió García Marco -. No sabe cuánto
le agradezco que nos haya recibido.
- No podía negar un favor a nuestro común amigo... Pero le advierto
que dispongo de poco tiempo para atenderles. Esta señorita debuta
dentro de pocos días en Nueva York y necesito de todo mi escaso tiempo
para prepararla a fondo.
- Procuraremos ser breves. Mire, le presento a Ricardo Alvear. Tiene
diecisiete años y es tenor. Desearía que usted juzgase sus aptitudes.
Yo le he enseñado todo lo que he podido, pero ahora necesita de alguien
de la categoría de usted para que le guíe.
La verdad es que Ricardo, aunque estaba un tanto asustado por el
ambiente que le rodeaba y por la, al parecer, escasa simpatía del
Profesor, no tenía tanto miedo como tuvo su abuelo Adelardo cuando
conoció a aquél don Luis, allá en Cáceres, hacía tantos años.
- ¡Pues vayamos al grano! -. Exigió el músico -. Por favor, joven, acérquese
al piano.
Y, girando sobre sus pies, se dirigió al mismo. Ricardo le siguió. Sus
pasos, de ordinario firmes, eran vacilantes. Tenía miedo. ¡Y otra vez
el nudo en el estómago!
No se atrevió a acodarse sobre el instrumento, postura que formaba
parte de su costumbre y que era la más cómoda que tenía para cantar.
Así, apoyando una mano sobre el piano, conseguía relajar el resto de
sus músculos para que el aire, impulsado por el diafragma, no
encontrase obstáculos en su camino hacia la garganta y no se enredase
en ella. Eso es lo que le había enseñado García Marco, que el aire
debía ascender libre, sin forzar un solo músculo y sin distorsionar la
boca, que debería permanecer muy abierta, relajada como en un bostezo,
para que el sonido no encontrase obstáculos físicos y pudiese surgir
natural. A partir de ahí, ya, si era buena o mala, se trataba de un don
de la Naturaleza.
Ricardo se suponía que le iba a hacer algunas preguntas o que atacaría
escalas, para oír el timbre de su voz. Pero parecía que, en efecto,
aquel señor tenía prisa o ganas de acabar.
- ¿Sabe solfeo? -. Le preguntó.
- Sí, señor, un poco.
- ¿Conoce "Che gelida manina...", de la Boheme?
- ¡Claro!
¡Era su aria favorita, aquella que hasta cantara para María Jesús
cuando todavía no sabía de su engaño! La que hablaba del poeta y de
los sueños de gloria...
No le dio tiempo a pensar más porque, al instante, escuchó sonar la
nota que le daba la entrada. El maestro tocaba sin partitura, de memoria
y Ricardo tenía que cantar de oído, sin leer las notas. Estaba muy
acostumbrado a hacerlo, ante sus amigos, en la misma Ardosa, en la calle
y en casa. Pero no en un examen como el que veía que le iban a hacer.
- "¡Che gelida manina..." -. Comenzó. Y notó que algo no
cuadraba. Su voz, aunque fría y no preparada, dominado por los nervios
como estaba, tendría que haber sonado mejor. Dirigió los ojos al piano
un momento y, por la postura de los dedos, observó que estaban medio
tono por encima de la partitura. Se detuvo.
- ¿Qué le ocurre? -. Le increpó el maestro - ¿Algún problema?
- Perdone, profesor, pero me parece que estamos medio tono altos.
- ¡Por lo menos se nota que tiene buen oído! Sí, efectivamente,
estamos medio tono por encima de la partitura. Es mi costumbre. Cuando
usted cante en un teatro ante un público expectante, sus aptitudes
descenderán influidas por el miedo escénico. Por eso, yo acostumbro a
mis alumnos a montar siempre las partituras más agudas de lo que
realmente son. De esta manera, cuando salen al teatro tienen más
facilidad. ¿Continuamos?
- Como si te acostumbraras a correr con un saco terrero a las espaldas.
Después, cuando compitas en una carrera, te verás más ligero. ¡Pues
vaya cabronada! -. Pensó Ricardo -. Y ahora que estoy como un flan.
- Sí, cuando quiera -. Se dirigió al antipático profesor.
Y nuevamente comenzó el aria. ¡Era imposible! Ya no era solamente el
medio tono de más; es que tiraba demasiado y no tenía la voz
preparada. ¡Si siquiera hubieran hecho unas cortas escalas durante unos
minutos para impostar correctamente! Pero aquel tío era un cagaprisas.
Se veía que quería despacharlo de inmediato. No alcanzó ni la mitad
de la romanza. En el primer "¿Chi son, chi son?", que está
escrita con un si bemol agudo, al transformarse en un si natural, lo
rompió. Intentó seguir, diciendo que era un poeta y que escribía... ,
pero el músico dejó de hacer sonar el piano y le cortó en seco.
- Tiene que aprender más solfeo.
- Es que no hay partitura para ir leyendo... -. Se justificó.
- En el escenario tampoco la hay. Usted tiene que seguir al piano y no
el piano seguirle a usted -. La voz le contestaba secamente.
No se atrevió a proponer que comenzasen de nuevo. Se tuvo que morder
los labios, con rabia, para no llorar. La muchacha, que había sido
testigo de toda su actuación, le miraba compasiva, sin dejar de sonreírle.
El músico se dirigió a don Rosendo: - Yo creo que tiene que aprender,
bien, solfeo. Apenas si tiene nociones. Y un buen cantante tiene que
saber más música que el que la inventó.
- Pero... -. Terció García Marco -. Tal vez hoy está nervioso. Hace
meses que no estudiamos... Pero, ¿qué me dice de la voz?
- Nada. Cuando sepa solfeo, dentro de cuatro años, volveremos a
escucharle.
Y dio por terminada la audición. La joven soprano le lanzó un beso con
la mirada a Ricardo. Éste le respondió con una sonrisa, agradecido.
- Que tenga mucha suerte, señorita. Espero verla pronto triunfando.
- Gracias -. Respondió con una voz argentina -. Y tú sigue los
consejos del maestro. Tal vez, algún día...
- Sí... -. Dejó caer Ricardo -. Cantaremos juntos. ¡Nada me gustaría
más en la vida!
El maestro fue a estrecharle la mano, por puro compromiso, pero Ricardo
hizo como si no la viera y, volviéndose de espaldas, abandonó el salón
sin decir palabra. García Marco quedó despidiéndose. Al poco rato
salió a la calle y se halló con Ricardo, apoyado en el portal, fumando
un cigarrillo. Le miró, cariacontecido.
- ¿Qué te ha parecido? -. Le preguntó.
- ¡Que es un viejo cabrón! -. Y ante el gesto de protesta que inició
don Rosendo, añadió - ¡Que eso no se le hace a un principiante, tocar
más alto de tono, sin calentar ni nada, a su aire, sin partitura!
- Pues ya ves en qué mundo te vas a mover...
- ¡En un mundo de cabritos! Pero lucharé, aprenderé solfeo, más que
el que lo inventó, como él ha dicho, lo mismo da que tarde cuatro que
ocho años, pero ¡ojalá que él no pueda escucharme nunca!
- ¿Por qué dices eso? -. García Marco estaba asombrado ante la reacción
airada de Ricardo. ¡Ya surgía la célebre vena de los Alvear!
- ¡Porque deseo que se muera antes de que pueda volver a dejarme en ridículo!
-. Exclamó violentamente.
Don Rosendo se enfadó.
- ¿Eso es lo que te han enseñado en el colegio? ¿A desearle la muerte
a alguien? ¡Ricardo!
- No, don Rosendo, mi querido y viejo profesor. Y amigo... ¡Eso me lo
ha enseñado la vida que, como creo que decía mi abuelo, es la mejor
maestra y la que más te enseña! Te cobra caro, en sufrimientos, pero
lo que aprendes no lo olvidas nunca.
Y le abrazó, sollozando, como un niño, que es lo que, en realidad,
todavía no había dejado de ser.
- ¡Ea, cálmate! Vamos, que tengo cosas que hacer. Dentro de unos días
hablaremos, cuando estés más tranquilo. Yo voy para Cibeles, ¿y tú?
- No, yo me voy a casa, dando una vuelta, para que se me pase la mala
leche. Adiós, Rosendo.
Éste notó que le había apeado el Don de siempre.
- ¿Tan pronto he bajado en tu estima que ya no me llamas don Rosendo?
- No. Por el contrario. Ha subido tanto que le hablo como a uno de mis
amigos, quizá el mejor que nunca tendré. Le llamaré dentro de poco.
Se separó de él, para cruzar el paseo de Calvo Sotelo. Iba silbando
entre dientes. De repente, García Marco le escuchó perfectamente
entonar aquel si natural que había roto hacía pocos minutos. A grito
pelado, a pleno pulmón, en mitad de la calle y para extrañeza de los
escasos transeúntes, Ricardo alcanzó brillantemente la nota y la
sostuvo todo el tiempo que quiso.
- ¡Qué chiquillo! ¡Dios sabe lo que le aguarda! Pero tiene madera...
-. Se sonrió el profesor. Y se dirigió hacia Cibeles.
Uno de los deseos de Ricardo se cumplió. El viejo músico que le había
rechazado murió dos años más tarde. El otro no se cumpliría nunca.
No llamó por teléfono a García Marco y cuando, años después, quiso
localizarle, se había ido a vivir a Valencia y nunca supo más de él.
En su camino hacia casa, mientras se enjugaba las lágrimas de rabia y
tras de soltar, con ira, aquel agudo perfecto que el estúpido músico
no había querido descubrir dentro de su garganta, acuciado por las
prisas, la mente de Ricardo funcionaba a toda presión, haciendo planes,
maquinando ideas pero, sin llegar, en definitiva, a conclusión alguna.
Cruzó el Paseo de Calvo Sotelo, camino de los comienzos de la calle
Goya, cuando se encontró en una esquina que le resultó familiar, como
si la hubiera visto muchos años atrás. Miró el nombre de la calle.
La tarde invernal, con su oscuridad, ya había caído sobre la ciudad
pero las farolas todavía no estaban encendidas.
- Yo diría que aquí es donde tenemos el negocio... -. Se dijo.
Y tiró calle arriba, en busca del local comercial que en su infancia
conociera y al que no había vuelto desde antes de la muerte de su
padre.
Efectivamente, entre otros dos pequeños comercios, ya a oscuras, divisó
los amplios escaparates de la tienda que Avelino Alvear había creado y
en cuyas estancias, que no acertaba a recordar porque solamente estuvo
un par de veces y era muy pequeño, se había gestado su fortuna. Todavía
seguía abierta y ahora la empresa la dirigía su padrino, Ricardo
Villanueva. Sabía que todos los años su madre recibía un dinero, que
era con el que se mantenían, y que seguía siendo la dueña. Pero,
sinceramente, pensó, poco se había preocupado nunca de aquella cuna
del bienestar de su familia.
Se asomó a uno de los escaparates y contempló las máquinas que se
exponían. Desconocía su utilidad totalmente. Observó el interior del
local, pobremente alumbrado por unos escasos tubos fluorescentes. Poca
atención podría llamar del público con tan escasa luz. Sin embargo,
él sabía que funcionaba, ya que a su madre nunca le faltaban los
dineros.
Sus ojos escrutaron el interior. Vio a dos hombres vestidos con mono
azul. Uno le era ligeramente conocido de alguna visita que había
efectuado a su madre para llevarle algún documento. De improviso, divisó
a su tío Adelardo que salía de entre unas estanterías repletas de
material. ¡Su tío Adelardo! Sintió ganas de darle un beso. Pero se
contuvo y continuó espiando desde el exterior. Una muchacha de cabellos
rubios, acaso de su misma edad o ligeramente mayor, salió del inmenso
fondo del local, penetrando en la zona iluminada. Venía vestida de
calle. ¡Sí que era guapa!
Percibió que todos los trabajadores daban síntomas de estar esperando
la hora de la salida. Consultó su reloj. Pasaban pocos minutos de las
siete de la tarde.
¡Así que el gran músico le había despachado en mucho menos de media
hora! ¿Cómo se puede juzgar todo un porvenir en apenas unos minutos? Y
volvió a repetir las mismas palabras que le dijera a García Marco.
- ¡Será cabrón el tío! ¡Ojalá se muriera!
Que la tienda se iba a cerrar se puso de manifiesto cuando un muchacho
de su edad, ataviado con el consabido mono azul, abrió la puerta y salió
a la calle, dirigiéndose hacia el escaparate desde donde él miraba.
Sin decirle nada, procedió a correr unos cierres de tijeras, que aseguró
con un grueso candado.
Entretanto, había visto la figura alta, elegante, de su padrino,
Ricardo Villanueva, que también surgió del fondo del pasillo y que
parecía dirigir unas palabras a su tío y a los demás. A punto estuvo
de entrar a saludarles, pero pensó que debía tener mal aspecto tras el
llanto que no había podido dominar y que no era momento de hacer una
visita tan a deshora.
- Ya volveré otro día y hablaré con el tío Ricardo. Tal vez le
cuente mis penas.
A su tío Adelardo le veía con frecuencia, en su casa o en la de sus tías.
No quería marearle ni que le mareara con preguntas. Optó por,
abandonando su observatorio, continuar andando calle arriba, hacia
Serrano.
Éste fue el primer contacto que tuvo Ricardo Alvear, conscientemente,
no ya como un niño sino de mayor, con el negocio de su familia.
El curso Selectivo continuó y Ricardo se esforzó por vencer las
dificultades. A mediados de Marzo ya se planteó el no presentarse a
Materiales ni a Dibujo y dejarlos para el próximo año, concentrándose
más fácilmente en las otras tres asignaturas. Pero todo sería en
vano. En su espíritu, todavía no forjado, cundían el desasosiego y la
incertidumbre. Era volver nuevamente al "dolce far niente".
Asiduamente, faltaba a clases que le hubieran sido necesarias, para
caminar a solas por el vecino Retiro y perder el tiempo escribiendo
cualquier memez, sentado en un banco, bien abrigado del frío reinante.
Melgar le había insistido en que presentara sus poemas en algún sitio,
pero le asustaba demasiado volver a hacer el ridículo como con el
canto. Era mejor dejar correr los días matando el tiempo, como pensara
una vez, a la muerte de su padre, que se debería hacer. En definitiva,
su ilusión de ser cantante había muerto. Decidió que ya nunca
interpretaría la película KRAUS, como soñase, por Ricardo Alvear...
Los fines de semana sí se veía con sus amigos, pero nunca les hablaba
de estudios. Tampoco ellos mencionaban el tema, porque andaban a la par,
o sea, malamente. Era entonces cuando se dedicaban a salir con chicas,
pero ni esta antigua y obsesionante costumbre satisfacía a Ricardo. ¡Tontear
con unas y con otras! En la cuestión sexual experimentó como una
especie de letargo, una falta de necesidad de verter su juventud. Llegó
a pensar si estaría enfermo.
Tres nuevos amigos se incorporaron a su pandilla: José María, que era
mancebo de farmacia y que algún lío se traía con Juan por culpa de
una chica, clienta de su botica y por la cual Juan parecía que bebía
los vientos. No era mal chico el tal José María, pero a Ricardo no le
acababa de convencer.
Los otros dos fueron Roberto y Timo. Roberto, más jovencillo que ellos,
vivía muy cerca y estaba terminando el Bachiller. Era hijo de los
porteros de una finca, allí en la calle Hermosilla. Éste sí le cayó
muy bien a Ricardo, sobre todo por la docilidad con la que se dejaba
manejar.
Timoteo, Timo como le llamaban, era un ejemplar único. Muy alto,
exageradamente alto y delgado, poco menos que un esqueleto, tenía un
par de años más ellos. Tenía una voz campanuda que producía
verdadero placer escuchar, sobre todo cuando contaba un chiste. Timo
tendría que haberse dedicado a humorista, pero estaba cursando Químicas.
Era un hombre que sabía lo que quería. Y divertido. Cuando llegaba
envuelto en una capa española, negra, que fue de su abuelo, en la
oscuridad del atardecer, semejaba al mismísimo Conde Drácula y
ocasionaba el susto y la posterior risa de las muchachas que salían con
ellos o a las que intentaban conocer.
Entre unas cosas y otras, mataron el tiempo. Y llegó Junio con las
rebajas. Ricardo, que había visto acrecentada su producción de poemas
- un día los contó y pasaban de tres mil, entre rimas de tan solo
cuatro versos y verdaderas elegías de varias páginas - había
disminuido, por el contrario, su capacidad de estudio. Las Matemáticas,
como siempre, bien. Las otras, fatal. Y el pronóstico, que no era tal
sino certidumbre, se cumplió: aprobó Matemáticas, por los pelos y
suspendió Física y Química. Por cierto que, en el examen de Química,
se comportó de una manera que dejó asombrados tanto a profesores como
a compañeros.
Acudió, se sentó, esperó a recibir la hoja con las preguntas, las leyó
muy atento y viendo que no sabía qué contestar, pero ni remotamente, a
ninguna de las cinco preguntas, encendió un cigarrillo, lo fumó
despacio y, tras de escribir su nombre y su número de alumno, firmó el
examen, sin intentar responder a cuestión alguna. Se levantó y lo
entregó al catedrático.
- ¿Ya ha terminado el examen? ¿En diez minutos?
- Sí, señor. He contestado todo lo que sabía.
Y abandonó el aula donde sus compañeros se peleaban con las cadenas de
carbono, sobre todo con el D.N.A.
Pasó dos días encerrado en su habitación, releyendo El Coyote. ¡Aquel
Don César de Echagüe sí que sabía lo que había de hacer en
cualquier momento! Pero en la época actual no era cuestión de salir a
la calle a desfacer entuertos con un Colt en cada mano. Te meterían en
la trena automáticamente, eso si no te pegaban un tiro.
A la mañana siguiente bajó a La Ardosa, a ver si había alguien.
Estaban otros muchachos del barrio que conocía de bailes y de jugar a
las cartas. Entre ellos, un chaval desconocido, de unos trece años pero
muy alto para su edad, a quien llamaban Alfonso.
- ¡Ricardo! -. Le saludó el camarero -. ¡Venga, cántanos algo!
Y, venciendo su aire melancólico, les cantó, a media voz, el "Questa
o quella", del Rigoletto.
-¡Muy bien, majete! Oye, ¿y tú por qué no te dedicas a cantar y
dejas eso de los estudios? Yo creo que tendrías más futuro...
La pregunta se la había hecho Jesús, un chavalote al cual Ricardo no
conocía demasiado pero con el que mantenía un trato cordial. Era uno
de los mandamases de la otra pandilla del barrio, la de los que
trabajaban. Porque, en la misma calle y con parecida edad, había dos
clases de muchachos: los que malgastaban el tiempo en los estudios y los
que se dedicaban a trabajar. Todos se llevaban bien, pero no dejaba de
existir cierto resquemor entre ambos grupos, resquemor que nunca se
manifestaba pero que se hacía patente, sobre todo, en el dinero que
manejaban unos y otros. Los que se dedicaban al trabajo, normalmente,
siempre tenían algún dinero, aunque entregasen los sueldos en sus
casas. Los estudiantes, por el contrario, - y tal vez con la excepción
de Ricardo -, estaban siempre lampando. Años después, cuando unos
acabasen sus estudios y los otros continuaran en sus labores, las cosas
pondrían a cada cual en su lugar. Unos ocuparían puestos de privilegio
en la sociedad, gracias a sus carreras, y otros continuarían en sus
quehaceres cotidianos, siempre los mismos.
- Pues, ya ves, Chus, porque hay otros que no opinan lo mismo -. Le
respondió Ricardo -. Ser cantante lírico requiere unas condiciones muy
especiales y unos estudios. Yo me creía que las condiciones sí las tenía,
pero hace unos meses me dijeron que no. Y me dieron con la puerta en las
narices.
- Pues, chico, yo no entiendo, pero hay muchos por ahí, ganándose la
vida, que cantan mucho peor que tú. O menos bien, como se diga.
- Pues gracias, hombre.
En esto que se le acercó el tal Alfonso. Era un chiquillo con greñas,
mal vestido, flaco y se le veían aires de pintilla.
- Oye, ¿con quién estudias canto?
- Actualmente, con nadie, ¿por qué?
- Es que mi padre es tenor y da clases. ¿Quieres conocerle?
A Ricardo le sorprendió que aquel jovencito, que vestía de forma tan
estrafalaria y que denotaba una procedencia más bien de casa pobre,
afirmara que su padre era tenor.
- ¿Lo dices en serio? -. Le preguntó.
- Sí. Y te puede corregir la voz. A esa balada de Rigoletto que has
cantado le falta mucho para estar bien dicha...
- ¡Coño, pues va a resultar que el tal Alfonso está diciendo la
verdad y que sabe de qué habla! -. Opinó Ricardo -. Porque "Questa
o quella" no es un aria sino una balada y, efectivamente, pertenece
al primer acto de Rigoletto.
- Déjame tu teléfono y yo te llamo para decirte cuando puede
escucharte mi padre -. Insistió el chico.
Ricardo se lo dio. ¿Qué más daba probar, si no iba a perder nada?
Efectivamente, cuando, después de comer, estaba leyendo una novela, sonó
el teléfono.
- ¡Ricardo! Te llaman -. Le avisó su madre.
- ¿Quién es? ¿ Juan?
- No. Dice que es un tal Alfonso.
¿Quién sería el Alfonso ese de las narices que le molestaba tan
temprano? De repente se acordó del muchacho del mediodía. Tomó el
aparato.
- Dígame.
- Oye, Ricardo, que soy Alfonso. Que dice mi padre que puedes venir
dentro de media hora, si quieres...
- ¿Media hora? Bueno... ¿Dónde vives?
- En Hermanos Miralles -. Y le dijo un número junto a la casa de
Antonio -. No tardas nada.
En efecto, estaba justamente a espaldas de su casa. Era sólo torcer la
calle.
- Vale, pues dentro de media hora estoy ahí.
Le dijo el piso y la letra. Colgaron. Ricardo se entretuvo un rato en el
cuarto de baño, se peinó el flequillo rubio, se cambió la camisa de
manga corta por una más elegante, con mangas largas que dobló sobre
las muñecas, estilo West Side Story como tenían por costumbre y se fumó
un cigarro. Cuando faltaban cinco minutos, salió a la calle.
- ¿Dónde vas? -. Quiso saber su madre.
- Aquí al lado, a la vuelta. Quizás a coger un nuevo tren...
Luisa se quedó de una pieza. ¡Aquel hijo suyo la tenía desconcertada!
De esta manera, con solamente dar la vuelta a la manzana y subir a un
piso, Ricardo Alvear conoció a don Esteban León. Su posible carrera
como cantante quedaría marcada desde aquel instante.
Los León eran gente que se veía que pasaba estrecheces económicas. La
misma decoración del piso, gemelo del de Antonio, la multitud de
trastos que almacenaban y un ambiente que se podía captar aun siendo el
más lerdo, dejaba ver bien a las claras que la familia no vivía
precisamente en la opulencia. Pero la personalidad de Esteban - desde el
primer momento le dijo que no le tratase de don - era impresionante.
Bajo, bastante más bajo que Ricardo, pero macizo, con una caja torácica
voluminosa y con unos recios cabellos negros como la noche, tenía más
aspecto de mecánico que de cantante. Además, a Ricardo no le era
familiar, ni por asomo, su nombre. Dudó de si no le estarían tomando
el pelo.
Su mujer, que salió de la cocina con las manos húmedas de fregar los
cacharros de la comida, sí le gustó. Era mucho más joven que Esteban
- éste andaría por los cincuenta y tantos años - y tenía una sonrisa
muy agradable. Esteban era más serio que una procesión de Semana
Santa, aunque trataba de disimularlo. Y después, estaba Ana Mari, su
hija, uno o dos años mayor que Ricardo. ¡Vaya bombón! Ésta sí que
se reía sin tener que hacer esfuerzos.
- Así que ¿tú cantas?
- Pues sí, señor.
- ¡Ah, el canto, el bel canto, la lírica! Todas las horas que se pasan
sufriendo en las clases, que se hacen eternas, quedan compensadas cuando
el público, después de interpretar una romanza, rompe en aplausos.
Entonces, el alma del cantante se estremece...
- ¡Pues qué bien! -. Pensó Ricardo, para su coleto -. Este tío es
que lo vive.
Esteban se levantó, se dirigió a un aparador y buscó entre medio de
una maraña de papeles. Al cabo, sacó una especie de cartel,
amarillento por el paso de los años.
- ¿Has escuchado a Beniamino Gigli? Grabó bastantes discos.
- Pues, no. No le he escuchado, pero sí he leído que tenía una voz
muy bonita. Era de la época de Fleta, ¿no? -. Quiso saber.
- ¡Ah, Fleta, Miguel Fleta! ¡Miguel Burro Fleta! ¡Bien que hizo honor
a su primer apellido! ¡Qué voz más mal aprovechada! Así acabó, que
se la hizo trizas queriendo cantar hasta flamenco. Lo cantaba todo,
jotas, óperas, zarzuelas... Si no hubiera sido por la fama que le dio
el hacerse falangista, hoy en día no le recordaría nadie. Yo le suplí
varias veces, la primera cuando se inauguró el teatro Gayarre, de
Pamplona, que lo iba a inaugurar él y se puso enfermo. Borracho, quiero
decir. ¡Tuve que cantar yo en su lugar, pero después él se quedó con
la gloria!
¿Pero qué estaba diciendo aquel hombre? ¡Se comparaba con Fleta como
quien no quiere la cosa! Ricardo imaginó que Esteban León no estaba en
sus cabales.
- Mira, el cartel de la presentación.
Y le mostró el papel que había estado buscando. Ricardo leyó
atentamente: Teatro Gayarre de Pamplona. Tosca, de Puccini. Tenores: don
Beniamino Gigli y don Miguel Fleta. Tenor suplente, Esteban León.
¡Coño, que aquello parecía que iba en serio! ¡Que no le ponían como
corista, sino como suplente de cualquiera de los dos mejores cantantes
de aquellos años, que alternaban los días en las diferentes funciones
que se hicieron de Tosca!
- Todavía recuerdo cuando me avisaron que Miguel estaba enfermo y de
que Beniamino no había llegado todavía a Pamplona. El empresario me
ordenó que, en menos de una hora, estuviera dispuesto para salir a
escena.
Ricardo le escuchaba embelesado, pero sin acabar de creerle.
- La obra transcurrió normalmente, un poco fría si quieres. En el
primer aria y en los dúos no estuve demasiado acertado. No rompí el
hielo, como se dice. La culpa la tenían la soprano y el barítono,
sobre todo, pero yo estaba demasiado nervioso. Me habían cogido de
improviso. Pero llegó el último acto y el instante de cantar el Adiós
a la vida. Me volqué. Me estuvieron aplaudiendo Dios sabe cuántos
minutos. Y lo tuve que repetir.
Ana Mari se había sentado ante el viejo piano vertical y había
descubierto la tapa. Sus finos dedos se deslizaron sobre las teclas,
arrancando unos dulces arpegios.
- ¡No, ahora no! -. Rogó Esteban.
- Venga, papá, demuéstrale a Ricardo de lo que eres capaz, que se va a
creer que le estás engañando -. Ordenó con dulzura la hija.
Y Ricardo fue testigo de cómo aquel hombre, que hasta ese momento le
había estado contando un rollo macareno - en su opinión - y que parecía
no estar muy cuerdo, se transfiguraba. Se había convertido en Mario
Cavaradosi a punto de ser fusilado por orden de Scarpia.
La voz de Esteban León empezó a sonar al compás de las notas que las
diestras manos de Ana Mari arrancaban del piano. Era una voz gruesa que
llenaba la pequeña habitación, una voz de tenor puramente dramático,
casi de barítono, pero con unos filados en los agudos que ponían la
carne de gallina. Cuando dijo la última frase: "... y no he amado
jamás tanto la vida", prorrumpió en un llanto verdadero, sin
comedia ni farsa de ningún tipo. Ricardo se quedó alucinado.
- ¡Pero seré gilipollas! ¡Si es el mejor tenor que he escuchado en mi
vida! - pensó -. Bueno, el mejor, no. El mejor es Kraus. ¡Pero este
aria no la canta ni Dios como este hombre!
Y prorrumpió en aplausos. Desde aquel momento decidió que un hombre
capaz de cantar de esa manera tenía que ser su maestro.
- Ahora vamos a cantar mi madre y yo -. Le dijo Ana Mari.
Y las dos juntas, la madre con voz de soprano muy lírica, casi de mezzo,
y la hija con una preciosa voz de soprano ligera, entonaron un dúo que
Ricardo desconocía.
¡Así que allí cantaba todo el mundo! ¡Y de maravilla!
- Mi padre es un gran maestro. Ya conocerás, si quieres, a Carlos, mi
novio. Comenzó a venir, acompañando a un amigo suyo que era alumno de
papá, Juan Porras, un tenor, y un día mi padre le probó la voz a
Carlos y comenzó a darle clases. Es un gran barítono y solamente ha
estudiado un año. Antes, nunca se le hubiera ocurrido cantar ni sabía
que tenía voz. Ahora cantamos todos juntos, los fines de semana, en la
base de Torrejón, en las ceremonias de los americanos.
Ricardo se ratificó en que aquella casa debía de ser una escuela de
cantantes. Entrabas sin saber hacer ni ¡beeh! y salías convertido en
un ídolo de masas. Y todo debido a la gran maestría de Esteban León.
Pero le preocupó, y no poco, que nadie todavía le había hablado de
que cantara él, de que querían oírle a ver qué voz tenía. Aquello
le extrañó sobremanera. Pero bien podía ser que Alfonso ya les
hubiese puesto en antecedentes.
- Y Alfonso, ¿ también canta? -. Preguntó.
- ¡Alfonso! -. La voz de Esteban surgió airada mientras dirigía una
mirada tremenda a su hijo - ¡Alfonso lo único que hace es perder el
tiempo, no estudiar y darnos problemas! Pero ya sabré yo conducirle al
buen camino...
Ana Mari intervino para quitar hierro al asunto y a la respuesta de su
padre: - Bueno, Ricardo, y tú, ¿cómo cantas?
¡Por fin la pregunta esperada!
- Pues... hago mis pinitos como tenor, creo. He estudiado con un maestro
del colegio y hace meses me ha largado a la calle un gran profesor. Así
que..., no sé.
- Pues eso se prueba rápido. ¿Qué quieres cantarnos?
- Antes me gusta calentar un poco, hacer unas escalas...
- Eso está muy bien -. Aseveró Esteban León, que se había retrepado
en un sillón -. A ver, Ana Mari, unas escalas rápidas y, luego, unas
octavas.
Y Ricardo empezó a hacer escalas. No le forzaron mucho, le subieron
solamente hasta un la natural. Después, Ana Mari, que ya le había
tomado el pulso a su voz, le hizo ejecutar series de cuatro notas, que
subían de la octava baja a la alta. Ahí sí le apretó. Ricardo recordó
cuanto don Rosendo le enseñara y, utilizando el diafragma, alcanzó un
do sobreagudo, un poco tembloroso pero no mal impostado. Esteban le
observaba, sin hacer el menor comentario y aprobando levemente con la
cabeza.
- Bien. Ya me he hecho idea -. Interrumpió antes de que Ricardo, que
estaba dispuesto a llegar al re sobreagudo, siguiese cantando -. Vamos
con alguna aria que te sepas. Alfonso nos ha hablado del "Questa o
quella..."
- ¿No te gusta La Boheme? -. Le consultó Ana Mari -. Es menos rápida
y puedes matizar más... -. Sugirió.
¡La Boheme! El aria que le costó la mala leche de la otra vez. Pero
recordó como soltó el si natural en plena calle. Y, sonriendo a la
pianista, dijo: -¡Venga! ¡"Che gelida manina..! Pero en su tono,
por favor.
- Claro que a tono, ¿cómo si no?
- Son viejas historias...
Y la hermosa aria comenzó a sonar. Ricardo tomó aire y entonó con su
voz más suave el dulce principio. Cuando llegó el pasaje en el cual se
rompió ante el célebre profesor, no tuvo miedo y lo pasó con ímpetu.
Su pensamiento se fue sumergiendo en la letra de la canción hasta que
alcanzó el último fragmento. Ante él, nuevamente, se ofrecía "¡la
esperanza! Y, sin pizca de temor, llenando su estómago de aire y
haciendo fuerza con el musculoso diafragma, atacó el do sobreagudo que
sonó brillante, tal vez un poco empañado por una pequeña flema que se
le atravesó, inoportuna, en aquel instante, pero victorioso.
Después, como en la ópera, indicó a Ana Mari que si quería hablarle
ella y decirle quién era... A punto estuvo la muchacha de contestarle
que se llamaba Mimí, pero la voz de Esteban León rompió el encanto en
que se había sumergido Ricardo.
- ¡Bien, muchacho! ¡Tienes una magnífica voz, pero más defectos que
una garrota vieja! Tendremos que corregir mucho. ¿Quién te ha enseñado
a cantar de ese modo, sin emplear el pecho?
A Ricardo que, en un principio, le habían ilusionado las palabras de
Esteban, le sorprendió, en extremo, la pregunta.
- ¿A cantar con el pecho? Yo canto con el diafragma, que es como me han
enseñado. En el pecho se recoge el aire y se baja hacia el estómago.
Desde ahí se va soltando a golpes de diafragma y cuanto menos se noten
esos golpes, cuanto más cómodo sea su trabajo, la voz sale más
fluida. ¿No es así?
Fue entonces cuando León le explicó que aquella fórmula ya no estaba
en uso y que los grandes cantantes, desde primeros de siglo, Caruso, Lázaro,
Fleta, Lanza, Del Mónaco y tantos otros, incluido él mismo, creaban
una tensión, como una diferencia de potencial eléctrico entre el aire
contenido en el hinchado pecho y el ambiente exterior. ¿Por qué, si
no, se creía que se decía "do de pecho"? ¡Porque se daba
con el pecho! Si no, se le llamaría do de tripa, ¿o no?
A Ricardo, todas aquellas ideas nuevas, que entraban en controversia con
lo que hasta entonces le habían enseñado y que le había ido bien, le
dejaron confuso. Pero si Esteban había enseñado a cantar a tanta
gente, a su hija, al tal Carlos y al amigo de éste, Juan Porras, sería
que estaba en lo cierto. Por eso don Rosendo dijo que él ya no sabía
enseñarle más, porque era desconocedor de aquella técnica.
- ¡Habrá que empezar casi desde cero! ¿Estás dispuesto?
- Yo, con tal de llegar a cantar un poco menos que Kraus, hago lo que
usted quiera. ¡Hasta piruetas de circo!
- ¿Kraus? ¡Ya hubiera querido Kraus tener, a tu edad, el instrumento
que tú posees..!
¡Le estaba diciendo que tenía más cualidades que Alfredo Kraus! El
chico estaba como loco.
- Pero habrá que hablar de honorarios, claro, porque nosotros vivimos
de la música... -. Dejó caer Esteban.
Ricardo le preguntó que cuánto cobraba por clase, o por mes. La cifra
que le contestaron era infinitamente superior a la ridiculez que le
cobraba don Rosendo. Ya sabía él que su antiguo profesor le ponía un
precio simbólico, en su afán de ayudarle, pero lo que le pedía León
se le hacía demasiado. Tuvo que mentir.
- Pues, lo siento. A mí me gustaría, pero mi madre es viuda y vivimos
con una pequeña pensión y algo que le dejó mi padre...
- ¿Y cuánto estarías dispuesto a pagarme?
- No sé, tendría que consultar con mi madre. Yo, por mi parte, había
pensado en acudir al Conservatorio que, creo, es gratuito...
- ¡Sí, pero para eso tendrías que empezar toda la carrera de canto,
comenzando con los cuatro años de solfeo, un instrumento, armonía,
coral..! ¡Vamos, que empezarías a aprender canto cuando tuvieses
veinticinco años!
Estaba visto que Esteban León y su familia necesitaban el dinero.
Ricardo se dio cuenta y regateó, haciéndose el pobrecito huérfano. Al
final, por menos de la mitad de lo que en principio le insinuara,
acordaron que darían tres clases semanales de canto y, por su parte,
Ana Mari le enseñaría música dos días a la semana.
Y Ricardo comenzó a seguir las instrucciones de León. Que si el
etnoides, el esfenoides, los senos frontales... Todo un mundo nuevo. Y,
de momento, nada de cantar romanzas. Solamente vocalizar, hacer escalas.
El verano fue pasando y Ricardo seguía dando clases. Las asignaturas
pendientes, las que había suspendido y las otras, a las que ni siquiera
se había presentado, pasaron no ya a segundo término, sino al olvido.
¿Para qué perder el tiempo estudiando áridas materias que él, el
futuro mejor tenor de España, para nada necesitaría? Música sí que
aprendió. Y un rato. E Historia de la Música. Ana Mari era una buena
profesora, mucho mejor que su padre que perdía la paciencia a menudo y
se enfadaba con todos los de la familia por cualquier cosa. Esteban León
tenía mal genio y lo manifestaba. Se ve, pensaba Ricardo, que eso de no
haber llegado a ser el número uno, injustamente, por culpa de Fleta, le
había trastornado un tanto.
Cuando no tenía clase, salía con Antonio y con Juan. Conocieron chicas
nuevas, pero se acabaron las poesías. Ya solamente le inspiraban los
personajes de las óperas. Su madre no le decía nada, se limitaba a
pagarle las clases de León y a ver que no estudiaba otra cosa.
- ¿Ya no quieres seguir la carrera?
- No sé, ya veremos. Antes tengo que ver lo de la música.
Luisa no dijo nada. ¡Cuánta falta le habría hecho su padre a aquel
muchacho! -. Fue su único pensamiento.
A primeros de Septiembre se casó su hermano Eusebio. Ricardo había
cumplido hacía pocos meses los dieciocho años. Era el último varón y
el único que quedaba en el hogar de los Alvear. Y el único que, todavía,
no había intentado subirse, seriamente, al tren que circulaba por las vías...
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