Capítulo Quinto

LAS VÍAS QUE SEGUÍAN...

Durante tres días después del entierro, el cual fue presidido por los cuatro hijos de Avelino junto con el tío Adelardo y don Ricardo Villanueva, Ricardo Alvear, Ricardito como le llamaban todos, estuvo encerrado en su habitación, jugando con sus pequeños soldados, con su viejo fusil de madera y con cuanto caía en sus manos de todo el contenido del armario en el que guardaba sus trastos y que eran factibles de convertirse en juguetes.
Nunca había sentido esas ansias tremebundas por jugar, por evadirse con sus sueños de la realidad, pero esos tres días no quiso pensar en nada y se sumergió en sus fantasías. Tan sólo acudía cuando le llamaban para comer y era cuando lo pasaba mal: todas eran caras serias a su alrededor, ayes, suspiros, lágrimas no contenidas...
El sillón frailuno con motivos del Quijote, en el cual se sentaba su padre durante las comidas y desde donde dirigía las vidas de sus hijos con el mayor cariño y con vigilante atención y cuidado, estaba vacío. Y el vacío se tornaba tangible, tan sólido como una roca. Parecía que, de un momento a otro, podría disolverse y que Avelino Alvear fuera a hacer acto de presencia, como siempre, con su sonrisa divertida que contagiaba la tranquilidad a todos, como señal inequívoca de que las cosas marchaban por la senda deseada. Pero la muerte es barrera infranqueable y aquel milagro no se produjo.
Ricardo hacía la merienda cuando quería. Se limitaba a coger una onza de chocolate y un pedazo de pan y, tranquilamente, iba a comérselo a su cuarto. Nadie se preocupaba de preguntarle si había tomado algo. Después, por la noche, era su abuela materna la que les preparaba la cena a él y a su hermano Eusebio. Mientras, su madre no hacía más que estar tumbada en la cama, llorando, levantándose, a veces, de puro cansancio y vagando como una sombra errante por el pasillo.
Sus hermanos mayores, Luis y Adelardo, vivían su vida. Luis se había ido con su mujer, a casa de los padres de ella, en espera de volver al trabajo. Adelardo salía cuando menos se lo esperaba nadie y procuraba estar puntual para las horas de las comidas. Eusebio no decía nada. Se limitaba a encerrarse en su alcoba, a leer novelas y no hablaba apenas.
Ricardo estaba la mar de confuso. Su padre se había muerto. Le habían enterrado. Todo había concluido y hasta el viejo reloj de pared parecía haber detenido sus manillas y el balanceo de su péndulo. El silencio era total en la casa, no se escuchaba la radio, no se oía una canción por el patio ni una voz más alta que la otra... Entonces lo comprendió: Al morirse su padre, se había parado el mundo o es que, acaso, había llegado el final de los tiempos, como decían los curas. ¡Eso era! No podía ser de otra forma. Ya no les quedaba más que esperar, sin hacer nada, matando el rato, porque, ¿cómo iban a continuar las cosas si su padre ya no vivía? Seguro que todo el mundo estaba de luto igual que él, - que le habían teñido la ropa de negro -, que ninguno trabajaba, que ya nadie iba ni venía. Hasta le pareció mal seguir con sus juegos y arrinconó en el armario todos los soldaditos y la pelota. Y hasta la escopeta. Después se tumbó en la cama y decidió dormirse. Pero no podía hacerlo. No tenía sueño. Sacó nuevamente los soldados...
Aquella tarde le hicieron vestirse con la ropa nueva - que no era nueva sino la vieja teñida de negro - y le pusieron unos calcetines, también negros, igual que los zapatos. Solamente la camisa era blanca.
Se miró en el espejo y no le gustó nada. Después vio a su madre y a sus hermanos, todos trajeados de igual tono. ¿Así que aquello era ir de luto?
Cuando bajaron a la calle, se quedó sorprendido. Vio que la gente pasaba sin cesar por las aceras. ¡Si nadie iba de negro. ! Todos llevaban ropas de colores, excepto las personas mayores que esas siempre iban de oscuro o de gris. Las chicas llevaban sus blusas llamativas y de colorines; los muchachos sus pantalones blancos o marrones. Y nadie llevaba los zapatos negros ni chaqueta, porque era verano. Iban hablando entre sí y se reían, tarareaban canciones, corrían... ¿Ellos no estaban de luto a pesar de que se había muerto su padre?
Y comprendió, sin acabar de comprenderlo, que la vida seguía, que a la gente no le importaba en absoluto que se hubiera muerto Avelino Alvear. No lo pudo entender. ¡Con lo que todo el mundo le quería!
Fueron a su colegio, a rezar un Rosario. Allí estaban todos sus tíos. Y sus hermanos. Y sus primos. Toda la familia. Ellos sí vestían, más o menos, de oscuro. Observó que su padrino, Ricardo Villanueva, llevaba la corbata de color negro y un traje gris muy sombreado. Se acercó a él y le dio un beso.
- Toma. Ponte esto -. Y le ayudó a colocarse un botón, forrado con tela oscura, en el agujero de la solapa de la chaqueta.
- ¿Para qué es? -. Le preguntó.
- Como tú no llevas corbata, es para que vean que vas de luto -. Le explicó.
- Tío, ¿y por qué los demás no van de negro? ¿Por qué solamente nosotros?
El tío Ricardo le miró y guardó un instante de silencio. Después, habló: - Es que el que se ha muerto ha sido tu padre, ¿sabes? A los demás, a la gente en general, no se les ha muerto nadie. Por eso, ellos no llevan luto.
- Entonces... ¿Ellos no sienten que se haya muerto papá? ¿No les importa?
Villanueva estaba hecho un verdadero lío. En verdad que hay cosas difíciles de explicar a un niño de diez años.
- Mira... A los que le conocían sí que les importa. Y lo sienten mucho. Pero ellos tienen que seguir viviendo. Y a los que no le conocían, pues... a esos no les interesa para nada.
Ricardito se quedó pensativo. Tras un instante de duda, soltó una pregunta: - Y si a esos no les importa para nada, como dices, ¿para qué llevo yo luto? ¿Para que sí les importe?
El hombre no supo qué contestar. Lo que Ricardito expresaba llanamente, como niño que era, tenía una lógica aplastante.
- ¿Cómo te lo explicaría yo? -. Se estaba devanando los sesos para hallar la respuesta -. Es una forma de recordar al difunto. Un homenaje a la memoria de un hombre bueno, ¿entiendes?
- Pues, la verdad es que no.
Y meneó la cabeza mientras pensaba: ¡Qué loco está el mundo! ¡Ponerse un botón negro para que los demás supiesen algo que no les importaba!
Se rezó el Rosario en la capilla de abajo, que era a la que les llevaban durante la Semana Santa, en la que se montaba el Monumento. Allí estaba, como siempre, la talla de El Divino Cautivo. Ricardo la había contemplado muchas veces, pero aquella tarde tuvo algo de especial para él al mirarla. Se quedó como alelado examinando la magnífica imagen de Mariano Benlliure.
Cuando salieron a la calle, todo fueron abrazos y besos de los familiares y amigos.
- ¡Pobrecito, tan pequeño y se ha quedado sin padre! -. Oía repetir a la gente.
Días más tarde tuvo lugar lo que llamaban el funeral. Esta vez fue en la parroquia de Nuestra Señora del Rosario, casi enfrente de su casa. ¡Allí sí que se reunió gente! Casi más que en el entierro...
En el primer banco estaban su madre, sus hermanos y él. Después, el pasillo central y, en la otra hilera de bancos que seguía, se habían situado su tío Adelardo y sus tías. Al tío Ricardo no le vio hasta el final, cuando salieron a la calle. Nuevamente los abrazos, los besos, los achuchones y las lágrimas.
- ¡Pobrecito, pobrecito. !
Lo que a él le apetecía era irse a su casa, a jugar con sus soldaditos.
- Y a los soldados, en la guerra, cuando les matan, ¿también les hacen estos funerales y les rezan osarios? -. Le preguntó a su hermano mayor.
- Claro que se los hacen.
- ¡Pues tiene que ser una verdadera lata eso de la guerra! ¡Siempre llorando por todos los que se mueren! En el cine no lo ponen. Allí los matan y los dejan tirados, cubiertos por la bandera, en el campo o en una trinchera...
Su cuñada le dio un beso y le dijo a Luis: - A este niño no le deberíais traer a estas cosas. Es muy impresionable.
Durante todo aquel mes de Agosto continuaron los Rosarios por la tarde, pero cada día venía menos gente. Al final acabaron por ir solos su madre, sus tías y ellos dos, los pequeños, ya que Luis y Adelardo tuvieron que volver a sus obligaciones: uno, al trabajo y el otro a terminar de cumplir con su servicio militar, en Alcalá de Henares.
Por cierto que un día, Adelardo vino muy asustado, contando que a punto había estado de tener que ordenar a la guardia hacer fuego contra una multitud de civiles que intentaban entrar en el cuartel en plena noche. Por lo visto, un soldado de la guarnición había tenido un lío con una muchacha de la ciudad y, de resultas, la chica se había quedado embarazada. El soldado dijo que él no tenía la culpa, que habría algún mozo de Alcalá de por medio y que no le iban a cargar a él con el mochuelo. Intentó desentenderse del asunto, pero la futura madre tenía una buena colección de hermanos, primos, amigos de los primos y, además, debía de ser hija de alguien influyente, porque hasta el alcalde se presentó ante el cuartel, en plena noche, exigiendo la entrega del soldado en cuestión.
El centinela dio la voz de alarma, avisó al cabo y éste al sargento de guardia, que no era otro que Adelardo que estaba plácidamente durmiendo en su habitación. Por lo que fuera, el oficial al mando estaba enfermo o es que, para matar el aburrimiento de la guardia, le había dado de más a la botella. El caso es que Adelardo tuvo que hacerse cargo de la situación.
Ordenó cerrar las puertas y que la guardia adoptara la actitud de prevengan. Después intentó parlamentar con los alborotadores.
- ¡Miren, no pueden pasar ustedes y menos de noche! Mañana, cuando esté el coronel, que vengan el padre de la chica y el alcalde y discuten lo que haga falta. Ahora no puede ser. Les ruego que se retiren.
Los complutenses no hicieron caso y acosaron al pobre soldado que hacía guardia en la garita y que no tenía vela que sostener en aquel entierro. Amenazaban con lincharlo y el muchacho estaba tan asustado que no acertaba a defenderse ni a intentar refugiarse en el recinto. Adelardo, viendo que las cosas podían acabar de mala manera, mandó formar el pelotón de guardia y el de retén y que caminaran en formación de guerrilla, detrás suyo.
- ¡Prevengan armas! -. Ordenó. E indicó que se abrieran las puertas. Pistola en mano y seguido de sus hombres, se acercó a donde estaba el centinela.
- ¡Muchacho, ven con nosotros! -. El soldado corrió al lado de sus compañeros.
Los paisanos les iban cercando, amenazantes. Adelardo Alvear, con toda la sangre fría que pudo reunir, dio una orden concisa:
- ¡Carguen mosquetones!
Sabía que se jugaba un castillo, que no le quedaba más de un mes de mili y se le podía complicar si había víctimas entre la población. Pero mucho más gordo sería el paquete si permitía que la gente irrumpiera en el cuartel de Caballería.
El ruido de los cerrojos al deslizarse sobre sus carriles pareció calmar por completo a los vecinos. Había sonado tan secamente frío y tan firme era la voz del sargento que daba las órdenes que la gente comenzó a rezongar, acallando sus gritos.
- ¡A la señal, abran fuego a discreción! -. Tronó nuevamente Adelardo. El sudor le corría por la frente.
- ¡Oiga! ¿Nos promete usted que mañana nos recibirá el coronel? -. Le preguntó, de lejos, el alcalde, que e había ido camuflando entre sus acompañantes, no fuera a ser que el primer tiro lo recibiera él.
- ¡Sí señor, se lo prometo! Yo, al menos, así lo solicitaré.
- Bueno, pues... -. El edil se dirigió a la multitud que le rodeaba -. Yo creo que lo acertado es volver mañana y que el jefe nos dé la solución. Lo demás es poner en dificultades a este hombre y eso tampoco lo queremos.
Adelardo sonrió para sí. ¡Cómo habían resonado los cerrojazos y qué dentro del espíritu combativo de los manifestantes habían calado!
En esto, contempló su pistola y se dio cuenta de que no la había ni amartillado. Malamente hubiera podido hacer la señal indicada. ¡Menos mal que todo parecía haber concluido!
Cuando el oficial de guardia estuvo en condiciones, Adelardo le contó la novedad. El otro le dijo que había actuado correctamente y que haría que le citasen en la orden del día. Así se hizo.
De cómo terminó la historia del soldado y de la muchacha embarazada, Adelardo ya no se enteró. Siempre se rumoreó que el coronel había recibido al padre de la chica y al alcalde y que, alcanzando un sable que había colgado en una panoplia, lo desenvainó y, entregándoselo al alcalde, le dijo que probara a introducirlo en la vaina que sostenía él, firmemente, entre sus manos. Cuando el alcalde quiso meterlo, el coronel retiró la vaina. Así lo intentaron varias veces, hasta que el del sable exclamó:
- ¡Si usía no se está quieto, no lo podré meter por más que me esfuerce!
- ¡Pues eso mismo le habría pasado a la muchacha si ella no hubiera querido! - respondió el militar - ¡Que no le hubiesen hecho el hijo! Y, como es mayor de edad, que pida cuentas al maestro armero. De todas formas, yo hablaré con el soldado y veremos que actitud toma él. Pero, como hemos podido comprobar, si no es a la fuerza, nadie puede torcer la voluntad de otra persona. Si yo retiro la vaina, usted jamás meterá el sable. Tampoco yo puedo obligar a casarse a un soldado contra su voluntad.
Pero esta anécdota se ha oído muchas veces y de distintas maneras para saber si es o no es cierta. Tal vez Adelardo la añadió a su historia como un final chistoso.
Una mañana, Eusebio bajó a la calle. Mientras iba por la escalera se puso a silbar, sin percatarse, una de las cancioncillas que estaban en boga. La portera le escuchó y se cuidó muy mucho de ponerlo rápidamente en conocimiento de su madre. Para cuando volvió a casa, la bronca fue impresionante.
- ¡No hace ni un mes que se ha muerto tu padre y ya vas por ahí, silbando, como si no hubiera pasado nada! -. Le reprochó su tía Teresa, que nadie sabía a santo de qué se pasaba las horas muertas en la casa, en lugar de irse a la suya.
Ricardito no se apartó de sus juguetes y no dio guerra. Así, de luto, sin ir al cine ni bajar a la calle, pasó el verano.
A primeros de Octubre, un domingo, después de comer, vino su hermano Luis y se le llevó al fútbol. Era la primera vez que iba y, además, le sorprendió que le dejaran ir. Aquello del deporte no debía de tener nada que ver con las cosas del duelo. Fueron al estadio del Metropolitano y él no se enteró de nada más que de que llovió y se tuvieron que meter en los servicios, que olían asquerosamente mal.
El colegio comenzaba sobre aquellos días. Antes de ir, les permitieron, a su hermano y a él, que fueran a un cine. Parecía que ya habían cumplido con el ritual, porque les vistieron con unas ropas que llamaban de medio luto o de alivio; es decir, ya no iban absolutamente de negro. Su madre sí seguía vistiendo totalmente de oscuro. Sus tías y sus costumbres no le permitían otra cosa.
- Oye, Eusebio, ¿y porque ya no llevemos luto es que nos acordamos menos de papá?
- ¡Qué va! -. Le contestó su hermano - ¡Si eso son manías y costumbres de los pueblos! Y como las tías son más de campo que las amapolas...
- Pero ¿tú te sigues acordando de él?
- ¡Hombre, claro! ¡No le olvidaré mientras viva!
Y Ricardo se quedó hecho un lío, porque él ya casi ni recordaba la cara de su padre y, encima, habían retirado sus fotografías de toda la casa. Decían que era por respeto al muerto. Ricardo estaba inmerso en un mar de dudas y, lo peor, es que no tenía con quién hablar del asunto. Sus amigos del colegio, los que habían cursado con él la Primaria, estarían de veraneo o en sus casas. En verdad que echó en falta a un amigo de su edad con el que comentar todas aquellas novedades que la vida le ofrecía y que tan extrañas se le asemejaban.
Cuando comenzó las clases sí notó que algunos de sus compañeros sabían que se había muerto su padre, pero la mayoría no tenían ni idea. Además, aquel año cursaban ya Primero de Bachillerato y hubo muchos chicos nuevos. Total, que la cosa se fue olvidando y él empezó a estudiar y a jugar con sus amigos, a ir al cine y a las casas de sus compañeros, donde ya, los padres de éstos, no le hablaron nunca de la muerte del suyo. Ya se había pasado el luto y la vida transcurría. Y se fue haciendo mayor mientras cursaba Primero.
Conoció a curas que antes, durante sus años de Primaria, no había visto nunca. Los había muy graciosos, como el padre Luis, a quien llamaban Bolita porque era muy chiquitín - poco más alto que Ricardo - y muy regordete. Les enseñaba Latín y se enfadaba mucho cuando decía aquello de "meo, meas, mea" y ellos se reían. También estaba el padre Desiderio, que les daba Religión. Y el padre Casiano. ¡Qué bruto era! Todos decían que había sido legionario antes de meterse a sacerdote. Lo cierto es que pegaba cada paliza que ¡pobrecito del que se atrevía a metérsele entre ceja y ceja...! Y el padre Atanasio, que les enseñaba Historia. Era muy delgado y alto, con el cabello blanco y sabía mucho de la Antigüedad. Éste sí que le enseñó mucho o es que él hizo por aprender. Sobre todo cuando le hablaba de las guerras, que supo distinguir rápidamente las médicas de las púnicas, de las conquistas de Alejandro Magno, de la figura heroica de Aníbal, de la valentía y astucia de Escipión el Africano. ¿Y lo de los toros de Indívil y Mandonio? Aquello sí que era divertido. Y, además, demostraba lo valientes que eran los españoles.
Las Matemáticas fueron las que peor se le dieron y no fue por su culpa sino porque tenían un profesor muy malo, un seglar al que llamaban señor Dobarro y que era manco del brazo izquierdo. Llevaba prendida sobre la hombrera, con un imperdible, la manga de la chaqueta, que siempre era la misma y se la veía manchada de tiza a todas horas. Se ponía a explicar un problema y acababa hablando de otro que no tenía nada que ver con el primero. El pobre hombre era muy mal maestro, pero se conoce que los curas le mantenían en su puesto porque era Caballero Mutilado, como ponía en los asientos del Metro.
Entretanto, Luis continuaba sus trabajos por tierras de León y Adelardo, una vez concluidas sus prácticas de sargento, se había colocado en una compañía de electricidad. Eusebio, mal que peor, estudiaba el Preuniversitario, no ya en el colegio sino en una Academia. La familia iba tirando; su madre había vuelto a tomar las riendas de la casa y hasta, un día, le indicó a su cuñada que mejor haría con volver a cuidar de su madre, la abuela Julia, y a trabajar en su taller, que allí se había acabado la sopa boba, que estaba de más. Teresa no le respondió, pero le dirigió una mirada cargada de furia que si los ojos tuvieran el filo de las espadas de El Guerrero del Antifaz o de El Espadachín Enmascarado - eran las dos colecciones de tebeos que con más gusto leía Ricardo - su madre hubiera fenecido.
Hizo su equipaje, se llevó todo lo que quiso de las ropas de su difunto hermano - que eran para recordarle, dijo, - y se marchó a su casa.
-¡Qué desvergüenza! - se quejaba - ¡Después de todo lo que ha hecho una por ellos...!
Ese curso, Ricardo sacó muy buenas notas. Mejores, acaso, que nunca. Y no porque estudiara más; simplemente, porque se le dieron bien los exámenes. Hasta el de Matemáticas, ya que se dejó de tontear con lo que explicaba el señor Dobarro y se dedicó a leer el libro de texto.
Su tío, en verdad padrino, Ricardo Villanueva, le regaló una escopeta de aire comprimido por su cumpleaños. Fue cuando pensó en que tal vez sería militar, de mayor, como decían que lo había sido el tío Adelardo. Y sus hermanos, en las Milicias Universitarias.
Las fotos de su padre volvieron a su sitio, de donde no las tenían que haber quitado nunca, y Ricardo se enteró de que la que las había hecho guardar había sido la tía Teresa mientras su madre había estado medio enferma.
- ¡Pues sí que es mandona la tía! -. Comentó con su madre.
- ¿Mandona sólo? ¡Ay, eres tú demasiado pequeño para saber más cosas!
Aquel verano se fueron unos días a Alicante y, después, a casa de su hermano Luis, cerca de León. A primeros de Agosto todos volvieron para Madrid, ya que su cuñada iba a tener un niño.
Ricardo la veía muy gorda, con mucha barriga, pero él no sabía de qué iba la cosa. ¡Y sus amigos estaban de veraneo! Así que se quedó sin saberlo, de momento. Aunque algo se barruntaba porque, en los recreos, los chicos mayores ya empezaban a hablar de cosas que a los pequeños no les explicaban y les dejaban muy pensativos.
A finales de mes nació una niña. Era muy rubia, tanto como Ricardo y menos que su padre, Luis.
- ¡Ya eres tío! ¡A los once años!
A él le hizo mucha ilusión aquello de tener una sobrina. Además, era muy guapa y se reía con ella al verla tan chiquitina.
- ¡Una niña! ¡Lo que tanto quería mi marido! -. Se alegró Luisa, su madre - ¡Cuánto le hubiera gustado conocerla a Avelino! Era toda su obsesión: Tener una niña. Yendo a por ella nos nacieron dos chicos.
Ricardo supo que uno de los dos, el más pequeño, había sido él. Es decir, que le tendría que haber tocado ser chica para complacer a sus padres, pero no les había salido como deseaban. En cuanto a que a su padre le hubiera gustado conocerla, ¡qué tontería! Lo que le hubiera gustado a su padre habría sido no haberse muerto, que debía ser muy malo aquello de morirse.
Los años fueron pasando y cada año un nuevo Curso. Así llegó la Reválida de Cuarto, con lo que alcanzaría a ser Bachiller Elemental. Aquel año, por cierto, había causado una grata impresión a sus profesores, sobre todo al mencionado padre Atanasio.
Estaban estudiando las obras de Homero y leyeron el primer canto de La Ilíada, el que dice: "Canta, oh Musa, la cólera de Aquiles, que griegos y troyanos...". El padre les preguntó, a la clase en general, qué sabían sobre tal historia y qué podía haber de cierto en ella. El despiste entre los alumnos fue general; ellos habían estudiado en Literatura que las obras de Homero eran La Ilíada y La Odisea, pero pare usted de contar. Así que ninguno de sus compañeros respondió nada en concreto, salvo lo del caballo de madera. A Ricardo le sabía mal dar muestras, él que no era un empollón, de todo lo que sabía sobre el tema y es que, desde hacía dos años, se había dedicado a leer los libros de su hermano y otros que le dejaron unos parientes, sobre Mitología. Por eso, en principio, se calló como todos. Entonces, el padre Atanasio dio muestras de enfado - su irritabilidad llegaba al extremo de golpear una mesa con la regla de madera, jamás puso la mano encima a ninguno de sus alumnos - y preguntó, muy molesto: - Pero, ¿qué se creen, que solamente las matemáticas y la física son las asignaturas que valen? ¡Les aseguro que no serán nada en la vida si no tienen un mínimo de cultura, por muy médicos, ingenieros o arquitectos que lleguen a ser!
En ese momento, Ricardo alzó una mano.
- ¿Qué quiere, Alvear?
- Contestar a su pregunta, padre.
El cura hizo un signo de paciencia, como disponiéndose a escuchar alguna majadería más como las que ya le habían dicho.
- A ver, ¿qué sabe sobre la Guerra de Troya? ¿Me va a hablar sobre el caballo, como todos?
Ricardo no contestó, se puso de pie y, mirando muy de lleno al profesor, comenzó:
- Basándose en las obras de Homero, un sabio arqueólogo alemán, Schliemann, encontró las ruinas de Troya en las que se superponían varias ciudades, de diferentes épocas. Parece que basó los hechos de la Guerra de Troya, por los restos de armas y utensilios hallados y que eran como los que se describen en la Epopeya, entre las ruinas de la quinta y la sexta ciudad. Pero no es seguro. Lo que sí parece ser cierto es que en Troya, que se llamaba Ilión y por eso la obra se llama la Ilíada, reinaba Príamo, que tenía cien hijos y cien nueras. Entre sus hijos, el más valiente era Héctor y el de más gentil figura era Paris. Como existía una discordia comercial y de influencias territoriales con Grecia, la Hélade, que estaba poblada por los aqueos, éstos y los troyanos estaban siempre a la greña. Entonces vino el famoso Juicio de Paris, en el cual las diosas Hera, Atenea y Afrodita le hicieron elegir entre cual de las tres era la más bella. Paris eligió a Afrodita, es decir, a la Venus de los romanos, y ella le ofreció en recompensa cualquier cosa que le pidiera. Y lo que Paris quiso fue a la mujer más hermosa de la tierra, que no era otra que Helena, hermana de Castor y Pólux, los Dioscuros, que viajaron con Jasón y los Argonautas en busca del Vellocino de Oro... Pero Helena era la esposa de Menelao, rey de Esparta y hermano de Agamenón, rey de Atenas y pastor de pueblos.
El padre Atanasio se había quedado boquiabierto, sentado en su silla y escuchando atentamente. Toda la clase estaba también pendiente de lo que relataba Ricardo, porque aquella forma de contar la Historia les era desconocida, amena, como si les estuvieran contando un cuento en vez de una árida lección, con las fechas de las batallas y de los reinados. El cura le indicó que se acercase al encerado.
- Pues como iba diciendo... - prosiguió el chico. Y les largó toda la historia de que Aquiles, hijo de Peleo y de Tetis, había sido educado por el centauro Quirón y que su único punto débil era el talón, por el cual le asiera su madre cuando le sumergió en las aguas de la Estigia para hacerle invulnerable. De que Tetis no quiso que su hijo fuese a la guerra de Troya porque el Destino había previsto que muriera en ella y, para evitarlo, le disfrazó de doncella cuando fueron los aqueos a hacer levas de hombres. Pero Aquiles, en lugar de admirar las telas y los objetos que les llevaban como presentes, se dedicó a contemplar las armas. Y por eso supieron que era Aquiles y no una joven. Y se le llevaron a la guerra.
- Allí se enfadó con Agamenón, porque habiéndole tocado en suerte y como botín de guerra la esclava Briseida, Agamenón la quiso para sí y se la arrebató. Aquiles montó en cólera, de ahí el primer verso, y juró que no volvería a la batalla hasta que no le devolvieran a Briseida, y que Agamenón... Padre, ¿lo digo? Es que me da corte... -. Se interrumpió.
- ¡Sí, muchacho! ¡Diga todo lo que quiera, si lo está haciendo de maravilla y está enseñando a sus compañeros! -. Le animó el padre Atanasio.
- Pues que le tenían que jurar que Agamenón no había yacido con Briseida como es costumbre entre hombres y mujeres. Y como no quiso jurárselo, se quedó en su tienda. Mientras, los troyanos, guiados por Héctor, hacían grandes destrozos entre las filas griegas. Fue cuando el amigo y lugarteniente de Aquiles, Patroclo, le rogó a éste que le dejara ir a combatir y que le prestara sus armas para que, cuando los troyanos las vieran, se creyeran que del mismo Aquiles se trataba. El Pélida, se le conocía así por ser hijo de Peleo, aceptó y, entonces, Patroclo hizo gran mortandad entre los troyanos, hasta que Héctor le reconoció y, luchando con él, porque sabía que no era Aquiles, le dio muerte...
- ¡Basta, basta! Alvear, ¿dónde ha aprendido todo eso?
- En los libros, padre. He leído la Ilíada y la Odisea. Y también, La Eneida, de Virgilio.
El cura se puso en pie y se dirigió a toda la clase:
- Aprendan de su compañero. Aparte de saber todo lo que sabe, ha tenido la prudencia de no querer hablar hasta que casi se ha visto obligado a hacerlo para salvar el prestigio de todos ustedes. Eso es producirse con moderación. Muy bien, Alvear. Pero, le voy a preguntar una cosa que estoy seguro que no lo sabe o no recuerda. Si me contesta, tiene Matrícula de Honor.
- Dígame, padre...
El padre Atanasio se sonrió para sus adentros. ¡Vaya con el chavalín! ¡Sí que era dispuesto! Bueno, aunque no supiese lo que iba a preguntarle, se merecía la máxima nota.
- Ha dicho que fueron a buscar a Aquiles y que su madre le escondió entre las mujeres. Luego, Aquiles viviría entre un pueblo de guerreros, ¿no? ¿Cómo se llamaban los guerreros del pueblo de Aquiles? ¿Atridas, aqueos, espartanos, tebanos, lacedemonios..?
- No, padre. Eran los mirmidones.
Y el sacerdote le dio su mano a besar. Era su mejor forma de darle el visto bueno.
A la salida de clase, todos comentaban lo bien que lo había hecho Ricardo. Sus amigos le felicitaron. Pero hubo un chico, más alto y fuerte que él, el gracioso de la clase porque era el más grande, que se le acercó y le dijo: - Oye, Alvear, ¿cómo has dicho que se llamaban los de Aquiles?
- Los mirmidones...
- ¡Pues me tocas los cojones! -. Y se echó a reír a carcajadas, coreado por ese grupo de idiotas congénitos que nunca falta en ningún colectivo y que siempre festejan las ocurrencias del cabecilla para bailarle el agua.
Ricardo se sintió mal. Se estaban riendo de él por haber sabido más que los otros. Se le nubló la vista. El grandullón le llevaba la cabeza y era mucho más fuerte...
- Pues si quieres que te los toque, ¡toma! -. Y le endiñó una patada, en todas sus partes, al bromista que, cogido de sorpresa, no acertó a esquivarla y solamente pudo dar un grito de dolor, como si le estuvieran matando. Ricardo echó a andar, junto con dos compañeros, y se fue para casa.
- ¡Has hecho muy bien! -. Le animó uno.
- ¡Le está bien empleado, por bocazas!
- Lo peor va a ser mañana -. Pensó Ricardo -. Cuando no le coja de sorpresa... ése me parte la cara.
La verdad es que aquella noche no durmió pensando en la pelea que, seguramente, iba a tener que sostener por la mañana. Por su mente no hacían más que pasar las figuras de Aquiles, de Héctor, de Paris, del taimado Ulises, de los poderosos Ayax, los dos, el de Oileo y el Telamónida. Escuchaba los salvajes relinchos de los caballos de guerra, el atronar de las ruedas de los carros griegos, el silbar de las saetas...
- ¡Madre, qué paliza me van a dar!
Y, quieras que no, se fue quedando relajado, en un duermevela. Hasta que sonó el despertador. Eran las ocho menos cuarto y tenía que entrar a las ocho y media. Se levantó como si surgiera de las sombras del Erebo en el que ya se veía inmerso después de tanta batalla. Por el pasillo vio a su hermano Eusebio que también se estaba arreglando. ¿Y si lo consultase con él?
- Oye, ¿tienes prisa?
- ¡Pues, claro! ¿Qué quieres?
- Es que ayer le pegué a un chico...
Y le contó, a grandes rasgos, la historia. Su hermano se quedó pensativo. Después se echó a reír.
- ¡Pues a lo hecho, pecho, macho! Si se mete contigo, procura darle tú antes, como hiciste ayer. Y si no puedes, ¡pues, corre!
- ¿Como un cobarde?
- ¡Más vale un cobarde vivo que mil valientes muertos! Eso es lo que decía don César de Echagüe, el Coyote. Que también te lo has leído.
Ricardo protestó:
- Pero lo decía cuando actuaba como don César. Cuando hacía de Coyote, que era todo un héroe, se enfrentaba con sus enemigos.
- Pero, de una u otra forma, como cobarde o como valiente, siempre vencía. ?¿O no? Mira, haz lo que quieras. Después, cuando vengamos a comer, si puedes y te quedan dientes, te contaré una historia que escuché, de nuestro abuelo.
- ¿De nuestro abuelo...? -. Se extrañó Ricardo. No le había conocido y había oído hablar muy poco de él.
- Sí -. Se impacientó Eusebio -. Del abuelo Adelardo -. Y, cogiendo la puerta, se largó a sus estudios.
Ricardo se quedó desayunando, pensativo. ¿Qué le habría pasado a su abuelo? Si a él le habían contado siempre que se había muerto de viejo, durante la guerra...
Cuando llegó al colegio, entró en clase. En contra de lo habitual, reinaba un absoluto silencio en el aula. Todos le miraron, particularmente su rival que le dirigió una sonrisa que no auguraba nada bueno. Después, tocaron los timbres para asistir a Misa. Se levantaron y caminaron hacia la puerta. Al pasar, un chico de los de la pandilla del otro le puso la zancadilla. Por poco si se cae. De repente, su compañero, Pastor, que no se metía nunca con nadie y que era muy tranquilo y muy fuerte, le pegó un codazo al otro en todas las costillas. El muchacho cayó en redondo.
- ¿Qué sucede? ¿Qué pasa ahí? -. Se escuchó la voz del Padre Prefecto, que vigilaba las filas.
- Nada, Padre -. Respondió Pastor -. Este muchacho, que ha tropezado y se ha caído.
Y, mientras hablaba, oculto como estaba de la mirada del cura por los demás compañeros, le pisó un brazo al que estaba en el suelo.
- ¡Al que toque a Alvear le parto la cabeza! -. Musitó -¿Has entendido? -. Y apretó un poco con el pie.
El chico, que estaba llorando, asintió con la cabeza.
- ¡Pues díselo a todos! -. Ordenó Pastor.
Ricardo acababa de descubrir que tenía amigos dispuestos a hacer lo que fuera en su defensa. Y, como mucho antes pensara otro Alvear, caviló: - ¡Qué bueno es tener amigos como éstos!
La anécdota se acabó sin más historias. Es cierto que, años después, estando en Sexto y cuando iba a cumplir los dieciséis, Ricardo tuvo unas palabras con aquel otrora grandullón que ya no le llevaba tanta diferencia de estatura. El asunto se acabó con un par de sopapos en el campo de fútbol del colegio y no se pudo decir quién fue el vencedor ni quién el vencido. Lo que sí sacó en conclusión - aparte de un ojo un tanto morado, pero su oponente se llevó peor parte - el joven Alvear, es que era cierto el refrán de que "el que pega primero, pega dos veces" y también aquél otro de "el que a buen árbol se arrima..."
Cuando al mediodía le vio su hermano y observó que no le habían partido la cara, hablaron y le contó lo sucedido. Fue entonces cuando Eusebio le relató la historia, ya deformada por el tiempo, del encuentro de su abuelo con los tres anarquistas y como acabaron dándose de navajazos. Su abuelo, para él, pasó a convertirse en el Coyote.
- Y ¿qué era? ¿Un rico hacendado, como el Echagüe? -. Quiso saber.
- No. Era guardagujas. De los de las vías del tren.
Como era de esperar, en los exámenes de Cuarto, en el colegio, sacó Matrícula en Historia y Sobresaliente en casi todas las demás asignaturas, excepto en Biología o Ciencias Naturales en la que obtuvo un simple aprobado y es que, aquel curso, les había vuelto a tocar el señor Dobarro pretendiendo enseñarles aquella materia y les había vuelto a dar las clases a su manera, es decir, sin hacer caso de los libros.
Cuando aprobó la Reválida, a Ricardo se le planteó la primera de las grandes dudas que atormentarían su carrera y su vida en general. ¿Qué escogía, Ciencias o Letras? Porque a él se le daban estupendamente la Química, la Física y las Matemáticas. Pero en Historia y en Latín no les iba a la zaga. El padre Atanasio le aconsejó que hiciese Letras. El señor Pineda, un joven profesor de Matemáticas, le dijo que era de los más brillantes en Ciencias. Y el señor de Prada, que era un poco afeminado el hombre - los chicos le tachaban de mariquita, por las buenas - le aseguró que redactaba muy bien y que podría licenciarse en Literatura o en Derecho.
Al final vencieron los pareceres familiares. Había que ser ingeniero, que era lo que más salidas tenía. Ahí estaban sus hermanos para demostrarlo. Y Ricardo, desoyendo los consejos del padre Bolita, que le decía que siguiese las dos disciplinas, que tampoco era tan difícil ya que solamente había que añadir el griego y alguna cosa más, optó por continuar Ciencias, como la mayor parte de sus compañeros. No tuvo para nada en cuenta que el Dibujo era su bestia negra, que no había nadie más torpe que él manejando la escuadra y el cartabón. ¡Y no digamos de los tiralíneas y la tinta china! Aquello sería su fracaso total en la carrera.
Bueno... El Dibujo y las poesías. Y, sobre todo, el canto. A los dieciséis años cayeron en sus manos las Rimas de Bécquer y se le quedó el alma prendida en los nidos que colgaban de los balcones. Después fueron las Leyendas y ahí sí que se le fue el alma tras la música misteriosa y sobrenatural de Maese Pérez, el Organista.
En el cine se estrenó la película GAYARRE, sobre la vida del genial tenor navarro del valle de Roncal, protagonizada por Alfredo Kraus y, casi al mismo tiempo, su hermano Eusebio, que había comprado un tocadiscos, trajo uno de Romanzas de Zarzuelas interpretadas por dicho cantante. Al principio, a Ricardo no le interesó el disco pero cuando, una tarde, estando solo, le dio por seguir la melodía y sintió que su voz fresca y juvenil alcanzaba las notas de las romanzas, soñó con que podría ser un gran tenor y hasta que podría hacer una película, cuando se muriese el Kraus ése. Se imaginó ya en las carteleras: KRAUS, por Ricardo Alvear.
En el colegio existía un coro que acompañaba al señor Ríos, el músico, que era quién tocaba el órgano en la capilla durante las Misas de los Domingos. Todos los alumnos cantaban los himnos religiosos y el Credo y el Agnus Dei, unos a grito pelado, otros con voces más o menos bajas y sin ningún oído musical. Ricardo siempre cantaba a media voz, sin forzar la potencia. Un domingo quiso cantar a pleno pulmón y la verdad es que no le salió muy mal. Animado por el éxito, el lunes, después de las clases, se presentó ante el señor Ríos que estaba con sus niños cantores.
- Yo creo que se me da bien cantar -. Le soltó sin más preámbulos.
Los chicos se rieron y el señor Ríos también.
- ¿Tú? Si estás cambiando la voz.
- Hágame una prueba -. Rogó.
- Mira, sigue la voz de este niño -. Y le hizo una seña a su alumno predilecto, un crío de Tercero.
Enseguida, una vocecita blanca, fuerte, pero sin timbre, inició el Himno del colegio. Ricardo le siguió, pero estaba en una tesitura demasiado alta para él.
- ¿Ves cómo no? -. Cortó el músico -. Anda, dedícate a jugar al fútbol y a estudiar. ¿Dónde vas a ir tú con esa voz?
Ricardo se armó de paciencia.
- Por favor, usted toca, a veces, en la capilla, la romanza de Black el Payaso, de Sorozábal. ¿Quiere tocarla ahora? Eso es de tenor.
Y cuando, a regañadientes, el músico hizo sonar la melodía, Ricardo dijo la frase de "Guarda la guadaña, segador..." de manera bien bonita y clara. Después, en el agudo final, su voz vibró valiente.
El señor Ríos se quedó pensativo. Le puso una mano en el hombro y le acarició la mejilla. A Ricardo le dio un poco de asco la caricia.
- Te falta un poco de tiempo, pero sí puede que tengas voz de tenor. Pero yo no puedo enseñarte y en la escolanía no hay sitio para tenores. Aquí solamente los queremos sopranos o bajos.
Lo cierto es que al chico, después del manoseo, se le habían quitado las ganas de cantar para aquel maestro.
- Bueno, pues esperaré a que me termine de cambiar la voz.
El domingo siguiente, que era una fiesta religiosa importante, el señor Ríos acompañó al órgano a un chico de Preuniversitario, al que daba clases. Su voz se parecía mucho a la de Ricardo, pero mucho menos potente y más corta en las notas agudas.
- ¡Anda! Y ¿por qué canta ése y a mí no me ha querido enseñar?
- A veces pareces tonto. ¿No sabes que ese chico es más marica que un palomo cojo, como el Ríos? -. Le explicó su amigo Pastor.
Ahí se le terminaron las ganas de cantar en el colegio.
Aquel mes de Junio aprobó la Reválida de Sexto. Tenía todo un verano por delante para escribir, cantar y oír música. Su madre se marchó durante bastantes días con alguno de sus hermanos, a gozar de los nietos que habían ido naciendo durante esos años. Ya había tres Alvear más sobre la tierra: dos niñas, de Luis, y otro Adelardito, hijo de su hermano del mismo nombre. Y más que parecían venir en camino.
- Ya no soy el pequeño de la casa. Ahora, ya soy el tío Ricardo -. Le dio por pensar. Y se vio como muy mayor.
Lo peor fue que les dejaron a Eusebio y a él, junto con su abuela, que vivía con ellos desde que muriera su padre, a cargo de la tía Teresa que, ¡cómo no!, aceptó gustosa el encargo y se dispuso a mandonear sobre sus sobrinos. Ricardo se propuso aguantar y no lo llevó tan mal como se había pensado. La tía Teresa, en el fondo, pero muy en el fondo, si se la sabía manejar, era menos de armas tomar de lo que parecía. Además, estaba muy satisfecha de que sus sobrinos estudiasen y las buenas notas de Ricardo y aquello de que le gustase cantar le predispusieron en favor del muchacho.
- Eso está muy bien. Que estudies y que leas mucho. Ya lo decía tu abuelo, que el pobre no tuvo estudios, que el que tiene letras llega muy lejos, como las vías del tren... Además, cantas muy bien, como tu abuela Julia, que de joven, cuando yo era niña, daba gusto oírla.
De esta forma, Ricardo, a través de las charlas con su tía, supo de la historia de Adelardo Alvear y de sus fatigas con los trenes y de sus andanzas de un pueblo a otro hasta recalar en Madrid. Y cosas de la guerra, del hambre que habían pasado, de los bombardeos... Lo que nunca le mencionaron fue la aventura del Cuartel de la Montaña, cuando su padre, Avelino, había contribuido en la batalla. Su padre, según le contaba su tía, había estado de enfermero en el frente pero, como pasaba mucho miedo y le daba mucha grima ver a los heridos, le trasladaron a Madrid. Le contó también lo del aviador, el nieto de don Luis, el señor de Cáceres, que echó una mano muy grande a los Alvear y que, desgraciadamente, se mató en un avión, a poco de terminar la guerra. Su tía tenía gran amistad con la viuda, que se llamaba Antonia y a la cual le sacaba todo lo que podía.
Por aquel entonces, Ricardo ya había despertado a la sexualidad y, el curso anterior, había hablado con sus amigos y compañeros todo lo que sabían sobre dicho asunto. Que había maricas, ya lo sabía. No hacía falta más que ver lo bien que se llevaba el señor Ríos con su cantante favorito y lo redicho que era el señor de Prada. Pero que las mujeres también pudiesen ser maricas, o como se les llamara, eso le traía confundido. Pero que su tía tenía algo que no era muy normal en una señora de su edad, lo veía muy claro.
- Algún día me enteraré de más cosas -. Se prometió.
Acabado el verano, volvió a cometer otra torpeza y fue que, en vez de seguir y acabar el Preuniversitario en el colegio, con sus compañeros, siguió los consejos de alguien que le habló que, para ser Ingeniero, lo mejor era prepararse en una academia. Y eso hizo. Se matriculó en una academia especializada en Ingenieros de Caminos y tuvo la gran suerte y casualidad de que, el primer día que asistió, se halló con su amigo Pastor, el que le defendiera antaño. Él también había tenido la misma idea y sin haber hablado entre ellos para nada, se habían vuelto a hacer compañeros. Animado por tal coincidencia, inició los estudios para los que tanto le habían presionado.
Pero la poesía podía más que las integrales. El cuaderno de Matemáticas estaba casi en blanco mientras que otros ocho cuadernos se veían repletos de versos de toda métrica. Igual escribía una cuarteta que un soneto, una endecha que una redondilla. Todos sus poemas versaban sobre el amor. Un amor imaginado ya que, Ricardo, poseía un corazón bien sensible pero, en los balcones, seguían los nidos sin colgar...
Una tarde, se fumó una clase y se acercó por el colegio. Era la hora de la salida. Vio a sus compañeros que iban con un señor que debía ser un profesor nuevo, y se acercó a saludarles.
- ¡Alvear! -. Fue gratamente recibido -.¿Cómo va eso?
Cambiaron impresiones y fue entonces cuando uno de los chicos se acordó de algo: - ¡Oye! ¿Tú no cantabas?
- ¡Hombre, claro que canto! ¡Y cada vez mejor!
- Pues, mira, éste es el señor García Marco, el nuevo maestro de la escolanía. ¡No veas la que nos está dando con querer formar un orfeón con todos nosotros!
Les presentaron. Era un señor muy agradable, valenciano.
- ¿Así que tú cantas, eh?
- Pues, sí, señor. Doy algún agudo que otro.
- ¿Qué eres, tenor?
- Creo que sí. ¿Cómo lo sabe?
- Por el timbre de tu voz al hablar. Me gustaría oírte.
- Pues eso es fácil... Cuando usted quiera.
A García Marco le cayó bien Ricardo desde un principio. El carácter decidido y nada tímido del chaval le resultó simpático.
- ¿Sabes solfeo? -. Le preguntó.
- Por ahí sí que vamos mal. No tengo ni la más remota noción.
- Todo tiene arreglo.
Quedaron para el domingo por la mañana, después de la Misa dominical a la que asistirían todos sus ex-compañeros, como era preceptivo.
- ¿Te viene bien?
- ¡Hombre! Por la mañana, ya sabe usted que no se aclara uno mucho, pero se hará lo que se pueda.
El domingo, como habían quedado, Ricardo se presentó sobre las once de la mañana en la capilla del colegio. Allí estaba don Rosendo García Marco, tocando una melodía para sus alumnos, los cuales seguían sus instrucciones lo mejor que podían. Era la Salve, en latín.
Ricardo empezó a acompañarlos en una media voz que, al principio, le salió como aguardentosa. Eran las primeras flemas de la mañana y había que irlas limando. Al acabar, procuró apianar todo lo que pudo. Era lo que peor se le daba y sabía que por ahí le podrían atacar.
- Bueno, pues ya tenemos aquí a Alvear que, por cierto, es el único que no ha desafinado ni una sola nota, aunque el ritmo parece que lo llevaba pachanguero -. Sonrió el maestro.
A Ricardo le cayeron muy bien, por lo guasonas, las palabras de don Rosendo.
- ¿Quieres cantar algo en particular? -. Le preguntó éste.
- No sé... Yo conozco algunas arias pero, así, en frío...
- No. De en frío, nada. Primero, vamos a hacer escalas.
Y atacó una serie de notas con sus diestros dedos.
- Sigue estas notas, a media voz y vocalizando con la "a".
Ricardo se acodó al órgano. Sus amigos le rodeaban. Y comenzó a vocalizar.
García Marco le detenía de vez en cuando para indicarle que aquello no estaba bien hecho o para corregirle la impostación. Así estuvieron diez minutos.
- Vale. Señores, tenemos un tenor en ciernes. Pero, cuidado, Alvear. Sin duda por cantar a tu aire, tienes más defectos de los que yo me creía. No te va a ser nada fácil. Tienes una impostación muy extraña. Tu tesitura, como te he dicho, es de tenor. Y el cuerpo de la voz, también. Pero sacas un timbre de barítono que no es lógico, sobre todo cuando cantas a plena voz. ¿A qué cantantes estás escuchando, últimamente?
- Pues... a Kraus, a Bergonzi, a Manuel Ausensi...
- ¿A Ausensi? Y seguro que cantas romanzas de las suyas, ¿no?
- Sí, es cierto. Canto la de Los Gavilanes.
Don Rosendo hizo sonar un desafinado arpegio, como disgustado.
- Pues te vas a dedicar a escuchar solamente a Kraus, a familiarizarte con esa dulzura con la que dice las canciones, ¿entiendes?
- Como usted quiera -. Asintió Ricardo -. Pero, ¿por qué no hacemos algo en que pueda matizar y nos dejamos de tantas escalas?
- ¡Siempre las mismas prisas de los cantantes! -. Refunfuñó el músico -. Siempre queréis cantar el Rigoletto antes de aprender a entonar una escala bien hecha. Pero todos sois iguales...
El padre Atanasio apareció en la puerta de la Capilla. Saludó brevemente y se iba camino de un confesionario. De repente, reconoció a Ricardo y se detuvo.
- ¡Hombre, Alvear! ¡Cuánto tiempo sin verle! ¿Qué, de visita?
Ricardo se acercó a besarle la mano.
- Por aquí, padre, a ver a los amigos.
- Eso está muy bien, muy bien. No hay que perder la amistad ni tampoco la devoción a Nuestra Señora, la Virgen, de la cual supongo que no se habrá olvidado, con tantos años pasados en esta casa.
Las palabras del sacerdote confundieron a Ricardo porque, lo cierto era que, desde que dejara el colegio, bien poco se había acordado de los deberes religiosos en los que le habían educado. De repente una luz luminó su mente.
- ¡Don Rosendo! ¿Hacemos la romanza de La Dolorosa?
El valenciano accedió y entre el silencio de sus compañeros y la sorpresa del padre Atanasio, Ricardo comenzó a cantar.
Su voz vibraba con las tiernas palabras de la romanza. Cuando, al final, atacó el agudo, lo hizo con toda su alma y olvidándose del tiempo que le marcaba el pianista. Lo había tomado tan a gusto, tan cómodo y con tanta ilusión que, si hubiera tenido unos pulmones de gigante, se hubiera estado horas enteras fijo en la nota.
Los aplausos sonaron por doquier. El Padre Atanasio se enjugó un conato de lágrima. Sus compañeros le abrazaron. Solamente García Marco estaba serio. Ricardo le miró, preocupado.
- Mucho, pero mucho que vocalizar... -. Dijo don Rosendo -. Estábamos medio tono más bajo de lo que marca la partitura.
- ¿Y..? -. Musitó, ansioso, Ricardo.
- Si quieres, serás tenor. Pero tendrás que esforzarte como nunca en tu vida, porque no tienes la voz impostada naturalmente.
- ¿Hasta qué nota llego? Kraus llega a un mi bemol sobreagudo, ¿no?
- Sí, en Los Hugonotes. Y lo pasa. Tú también lo harás. Pero con mucho sacrificio. Además, lo importante no es llegar muy alto sino sonar bien en la tesitura que alcances, la que te corresponda.
El padre Atanasio se había puesto a su lado y le pasó el huesudo brazo por los hombros.
- Hijo, ese don que Dios te ha dado, al igual que tu capacidad para aprender Historia y contarla como ningún otro alumno de los muchos que he tenido, no lo puedes desaprovechar.
Así comenzó a dar clases de canto Ricardo Alvear. Todos los lunes, miércoles y viernes, al terminar las clases en la academia, caminaba hasta la Plaza de Jacinto Benavente y, allí, tomaba un autobús que le conducía hasta el Alto de Extremadura, en el quinto pino. Una vez llegado, tenía que andar por unos descampados hasta el bloque solitario en donde vivía García Marco. Años después, cuando Ricardo, ya mayor, volviera por aquel barrio, no acertaría a encontrar el edificio en el que tantas y tantas horas había pasado. El hambre de expansión de la gran ciudad se habría tragado en un amasijo de edificios aquella estancia en donde pasara tan buenos ratos y en donde sus sueños nadaron en un mar de ilusiones.
Daban una hora larga de clase, entre vocalizaciones y montar piezas. Poco a poco se fue haciendo con una serie de partituras que variaban de entre los más diversos autores, géneros, facilidad de tesitura... Todo lo cantaba, desde la zarzuela hasta la gran ópera, pasando de un personaje a otro sin ningún esfuerzo. Pero don Rosendo no se hallaba satisfecho.
- No es esto lo que yo busco, no es esto.
Pero Ricardo se contentaba lo mismo dando el do sobreagudo de La Boheme o el de Aida, como el si natural de Luisa Fernanda. El caso era cantar. Ahí pudo consistir su error que García Marco no acertó a corregir: no saber elegir lo que mejor le convenía, tanto en el tema de la música como en otros órdenes de la vida. Su madre le decía que era tan vago como su tío Adelardo, quien se había conformado siempre con lo que tenía y que había carecido de aspiraciones.
Y, también, le gustaba escribir. Escribir poesías, emulando al Rodolfo de La Boheme; escribir cuentos cortos, muy cortos, pensamientos acaso, en las cuartillas destinadas a los problemas de Matemáticas y de Física que se fueron quedando arrinconados en el desván de la memoria de Ricardo. Todos sus compañeros estudiaban con ahínco, se consultaban dudas, requerían aclaraciones de los profesores. Todos menos él, que bastante tenía con consultar alguna que otra duda al profesor que les daba la asignatura de Literatura que, por cierto, no se trataba ni más ni menos que de estudiar y comprender a don Marcelino Menéndez y Pelayo y a sus heterodoxos españoles. Huelga decir que el libro quedó tan sin abrir como al principio de curso.
La Historia sí se le dio bien; les había correspondido aquel año la geografía e historia de las posesiones españolas en Africa y a Ricardo, aquello le satisfizo. Fue de los que mejor dominó la materia. El idioma, francés, lo traía muy trillado del colegio porque había tenido un gran profesor, el señor Sanjuán, y podía mantener una corta conversación en esa lengua. Mas el conjunto era bien sombrío. Todo presagiaba que no superaría las pruebas finales. Pero estaba muy lejos de preocuparse, antes bien, insistía con lo del canto. Hasta se preocupó de aprender un poco de solfeo, por lo menos para leer las notas, tanto en la clave de sol como en la de fa. Ello le permitía saber las dificultades de un aria antes de que sonara en el piano de don Rosendo.
Llegaron las vacaciones de Semana Santa. Abril lució esplendoroso aquel año. Parecía que la Primavera había llegado con todo su fulgor, como nunca había visto Ricardo durante aquellos dieciséis años transcurridos. Dentro de poco, después de pasar por los exámenes, cumpliría diecisiete. Era de mediana estatura, de pelo castaño tirando a rubio y tenía los ojos verdes. Todos decían que se parecía mucho a su padre, menos en la forma de ser ya que, aunque intentara ser tan agradable como aquél, era menos simpático con la gente y un poco más retraído. Acaso fuera que poseía una vida interior mucho más intensa y que el aislamiento a que se había visto sometido por parte de sus hermanos, por razones de diferencia de edad, le habían hecho más adusto. Como le pasara a su abuelo Adelardo, que, como solamente podía hablar con los cerdos, pocas palabras decía.
Tenía pocos amigos aparte de los compañeros e, incluso con éstos, no mantenía unas relaciones muy especiales aparte de las de los estudios. Pero a veces le invitaban a salir y le presentaban chicas.
Se celebró un guateque - el primero al que iba -, conoció a una muchacha, María Jesús, y se gustaron mutuamente. Sintió que, por fin, sí se colgarían los nidos de las golondrinas debajo de un balcón.
Estuvieron paseando por El Retiro, montaron en una barca de remos y hablaron de mil y quinientas cosas. Mejor dicho: fue ella la que habló. Ricardo escuchaba, embelesado, como un tonto. Todo cuanto la chica decía, sus palabras, sus risas, aun sus enfados al hablar de los amigos que les habían presentado, sonaban como la más dulce de las arias en los oídos del adolescente. Se sentía el Fernando de La Favorita, el Calaf de Turandot, el Gustavo de Los Gavilanes... Y, allí, en medio del estanque, le cantó, en una media voz que no parecía la suya, del almíbar que destilaba, la romanza de la flor...
Luego, pasearon por el parque, con las manos unidas y, así, en volandas de sueños inalcanzables, llegaron a una callejuela cerca de la calle Mayor, en donde vivía ella. Un apretón de manos, un ligero beso en la mejilla y..
Aquella noche, Ricardo Alvear se puso a estudiar como un loco todo lo que no había podido ni querido hacer en los meses anteriores. Creía que ante sí se abría un nuevo camino, que ya tenía un por qué, un objetivo...
Las clases se reanudaron el lunes de Pascua. Ricardo acudió y estuvo atento como nunca. Después, marchó a su clase de canto. Mientras viajaba en el autobús, su mente no hacía más que pensar en María Jesús. Aquella tarde estuvo torpe con las vocalizaciones y raspó más de un agudo.
Don Rosendo le notó algo especial, algo raro.
-¿Qué te pasa? -. Le preguntó.
- No, nada. ¿Por qué?
- Es que parece que no pones atención a la clase, como si estuvieras pensando en las batuecas...
- Pues puede ser... Oiga, ¿por qué no hacemos "Che gelida manina... ?
- Como quieras, pero hoy tú no das el agudo -. Le advirtió.
Y a los acordes del piano, pensando que Mimí era su María Jesús, fue diciendo como mejor pudo el aria. ¡Soy un poeta!, decía la letra. Y que, siendo rico en sueños de gloria, dos hermosos ojos negros ladrones le habían robado todo menos la esperanza. Y precisamente, como predijera García Marco, en "la speranza" se hallaba el temido do sobreagudo. Y lo pifió. Se le quebró la voz en un alarido. Guardó silencio, preocupado.
- Te lo había dicho. Muy nervioso vienes tú hoy. Y el canto, ya lo sabes, es pura relajación.
Ricardo no quiso insistir y dio por terminada la clase. Achacó su fallo a cualquier cosilla sin importancia, a la misma humedad del día anterior en el estanque o a la emoción que sentía dentro de su pecho. ¡Bah, tonterías! Al otro día volvería a ser el de siempre.
Y el de siempre tornó a ser porque, a la mañana siguiente, le llamaron los amigos que le habían presentado a María Jesús y le dijeron que dejase en paz a la chica, que ésta salía con otro muchacho. Se quedó estupefacto, atónito. ¿A qué venía aquello? ¿Sería una mala broma?
El caso es que telefoneó a casa de ella y no le contestaron. Aquella tarde, inquieto, asistió a clase y se le fueron los problemas por los cerros de Úbeda. Menos mal que, en un descanso, tuvo ocasión de charlar con Pastor y le contó algo de lo sucedido.
- Lo que tienes que hacer es dejarte de tonterías y apretar un poco en los estudios, que me parece que lo llevas crudo -. Le reprendió éste.
El consejo del amigo hizo su efecto y el resto de las clases estuvo más atento a las mismas de lo que nunca lo había estado.
Cuando llegó la hora, salieron y bajaron las escaleras con la habitual algarabía. Salieron a la calle. Ricardo iba comentando con Pastor uno de los problemas - hacía meses que no lo hacía - cuando se encontró, de buenas a primeras, con María Jesús.
- Hola -. Le saludó ella.
Él se quedó cortado y sin atinar a responder. Su pensamiento, que había estado todo el día ensimismado en ella, había conseguido finalmente rechazar aquella obsesión y, de repente, se hallaban juntos.
- Hola, ¿qué haces tú aquí?
- Esperarte. Tengo que hablar contigo.
Pastor le consultó con la mirada.
- Bueno, Alvear, yo me largo, que tengo prisa.
Ni tan siquiera se despidió de su amigo. Se había quedado alelado.
Echaron a andar, calle Atocha arriba.
- Ayer te llamaron y te dijeron una cosa...
- ¡Sí! ¡Y me dejaron muy extrañado! -. Empezaba a reaccionar y se creía con derecho a una explicación.
María Jesús le miró muy turbada. No sabía cómo decírselo.
- Pues es cierto lo que te dijeron. Yo salgo con un chico, desde hace tiempo.
- Y, ¿entonces..? ¿Lo nuestro, lo del domingo.. ?
- ¿Qué quieres que te diga? Eres tan agradable, cuentas esas cosas tan bonitas, cantas tan dulcemente... Además, ¡estaba enfadada con mi novio y por eso fui al guateque y después salí contigo, para darle celos!
- ¿Para darle celos? -. Preguntó Ricardo - Y a mí, ¿qué papel me toca en esta obra? ¿El de tonto y apaleado?
La chica se explicaba confusamente, Ricardo no atendía a sus palabras sino que estaba sumergido en sus ideas. Total, no se entendían.
Llegaban cerca de la casa de ella. De repente, se paró.
- ¿Dónde voy? -. Se preguntó a sí mismo.
- ¿No me acompañas a casa? -. Preguntó María Jesús.
- ¿Quién? ¿Yo? Mira, de todo lo que me has contado, lo único que he comprendido es que me has utilizado para enrabietar a otro muchacho que, ahora, es fácil que te esté esperando. Para ti, el camino es sencillo: hoy sales con uno, mañana con otro, encelas al novio y juegas al amor. Para mí es diferente. Yo vivo en mi mundo de ensueños, puede ser, pero son unos sueños que llegan muy lejos y en los que, además, todos se portan como deben y nadie engaña a nadie por el solo placer de hacerlo. Yo aspiro a recorrer mucho camino. Como decía mi abuelo, que las vías iban muy lejos. Y tú te me quedas muy corta. Así que... ¡hasta la vista!
María Jesús se había quedado boquiabierta ante la perorata que le había largado, de la cual apenas si había comprendido algo. Y mucho más se desconcertó cuando vio que Ricardo se daba la media vuelta y se dirigía a coger el Metro, dejándola sola. Nunca sabría que había topado con el espíritu de los Alvear, no con el abúlico proceder heredado del tío Adelardo que era el que, habitualmente, utilizaba Ricardo, sino con la fuerza de carácter que siempre habían manifestado su abuelo y su padre.
Y ya nunca tendría ocasión de saberlo porque Ricardo no se puso jamás al teléfono, las siete u ocho veces que ella le llamó. Ahí sí que manifestó su dolorido sentir de divo y la mala gaita de su tía Teresa.
Al otro día, miércoles, asistió a la clase con García Marco. Le rogó que cantasen "La donna è mobile" y la recitó de suerte prodigiosa, con intención, con rabia y con una brillantez que nunca había alcanzado.
- ¡Bravo, chaval! - aplaudió el maestro - ¡Así es como te quiero oír yo!
- Pues, mire, don Rosendo. Por lo que queda de curso, es la última vez que me ha oído cantar. Tengo que sacar tiempo de donde sea para los exámenes, que los llevo muy descuidados.
- Me parece muy bien que te preocupes de tus estudios, que deben ser lo primero. Pero no dejes la voz. No hagas tonterías y, en cuanto termines, volvemos y te llevaré yo a que te escuche alguien, a ver si se arregla ese algo que, aunque hoy no lo has hecho, te tiene enviciada la garganta.
García Marco, que estimaba en mucho a su alumno, estaba cada vez más preocupado por aquel timbre extraño de la voz de Ricardo. Tenía tesitura de tenor pero una coloratura más próxima al barítono lírico. Y no quería ser el responsable de que Ricardo truncase su carrera por falta de utilizar una técnica que él no podía enseñarle. Por eso, cuando el chico le habló de dejar las clases, se alegró. Ya le buscaría un buen profesor que sacase a relucir las buenas condiciones de Alvear, si es que las poseía realmente. Y don Rosendo creía firmemente que así era.
Ricardo se dejó de cánticos y tornó a intentar machacar los libros. Recuperó en poco tiempo lo perdido y se hizo un experto, sobre todo, en la Matemática del espacio. Se sabía de memoria cómo calcular las latitudes, longitudes y los azimuts. En Física iba peor, pero ganaba terreno. Lo que no pudo abandonar fue su pasión por la Poesía y ahora ya, con un motivo, con un amor frustrado, sí que escribió poemas y rimas de desesperanza. Intentaba apartarse de la línea becqueriana pero destilaba, a su pesar, tal lirismo melancólico por todos los poros del papel, que se veía reflejado en el gran genio del Romanticismo. Escribía sobre la añorada muerte, como deseándola, en tanto que él sentía unas ganas locas de vivir, un ansia irrefrenable de surgir del marasmo en que le había inmerso su estúpida aventura con María Jesús. Y como estúpidas comenzó a tratar a las pocas chicas que conoció durante el corto espacio que le separaba del examen. No valían la pena que malgastase su preciado tiempo en ellas, aunque su arrogante juventud clamase por lo contrario. Años más tarde, le diría un psicólogo que lo que él había sufrido no era otra cosa que una necesidad imperiosa de amar, de entregarse a alguien, de compartir todos sus sueños y de acariciar una piel suave a la cual pudiera transmitir todas sus inquietudes. Pero, por aquel entonces, las únicas inquietudes llegaron el día en que tuvo que presentarse en la Facultad a pasar los exámenes. Se le olvidaron todas las arias, todos los poemas y hasta la obsesión del llamado eterno femenino.
La primera prueba consistía en una redacción sobre la obra literaria y sobre lo de las posesiones españolas. A Ricardo le sobraban argucias para, contestando breve y concisamente sobre don Marcelino, sin arriesgarse a emitir juicios en los que podía meter el cuezo ya que desconocía la asignatura casi por completo, derivar rápidamente hacia una amplia y bien versada exposición de la presencia española en Africa. Ahí dio todos los detalles que no había dado anteriormente, se permitió escribir con estilo y con giros y metáforas que no eran habituales entre sus compañeros. Sacó un Notable.
El Idioma fue fácil. Se sentó junto al examinador y le saludó con toda naturalidad, en francés, claro. Empleó dos o tres giros de argot, en los que demostraba que sabía de qué iba y se esforzó por comprender las dos preguntas que le efectuó el catedrático.
- Muy bien. Se le da bien a usted la lengua francesa.
- Muchas gracias -. Respondió. Y pensó para sí: - A ver si el resto sale lo mismo.
La clasificación conjunta le permitió afrontar el segundo examen, el que verdaderamente temía. Quedó con Pastor para acudir juntos y repasar las últimas materias mientras llegaban.
- Lo de anteayer, de perlas, ¿verdad? Era lo tuyo. Y en lo de hoy, ¿qué tal vas? -. Le preguntó su amigo.
- Sabes que a las matemáticas no les temo mucho, pero a la física y a la química... ¡Si pudiera hacer una redacción o un verso sobre las reacciones y la energía cinética! -. Se lamentó.
Pastor rió con fuerza.
- ¡Siempre serás el mismo! Pero, como parece que has nacido de pie, igual tienes suerte. Además, a los que examinaron ayer les pusieron geometría del espacio, que se te da bien. Y las otras no eran tan difíciles.
- ¡Dios te oiga!
Pastor, aunque nunca lo manifestara, era un gran admirador de la disposición de Ricardo para la Literatura y la Música. Deseaba cordialmente que su compañero tuviera éxito.
Pero las cosas no salieron como deseaban ambos. La Física la pasó con mayor pena que gloria. En Química se quedó un rato con la mente errante por entre medias de las cadenas de carbono. Y en las Matemáticas, en las que él confiaba, no le tocó la Geometría del espacio, que era su panacea, sino un asunto de matrices que tan sólo conocía someramente. Cuando acabó el examen, salió y se vio a Pastor. Éste parecía contento, le había salido todo bien.
- Pues yo la he fastidiado...
- ¡Ánimo, hombre, a lo mejor no!
Cuando llegó a casa, de malhumor, su madre le dijo que había llamado la tía Teresa para decirle que había tenido encendida una vela a no sé qué Santo, para que le iluminase.
-¡Pues podía haber puesto una batería de focos halógenos, como los del Estadio de Chamartín, porque me parece a mí que solamente con una velita...
No se equivocaba, no, en sus apreciaciones, en absoluto. Se le quedó colgada la prueba Específica para Septiembre y bien que lo lamentó. Pastor, como era de suponer, aprobó, así como la mayoría de sus compañeros. Otra vez le dio la angustia sentimental, pero en aquella ocasión no quiso perder el tiempo en escritos ni en versos.
Se dedicó al "dolce far niente", al reposo del guerrero que no había guerreado y a salir con unos nuevos amigos, Juan y Antonio, que había conocido y que vivían en su misma calle. Juntos, a la caída de la tarde, paseaban por el tontódromo, cruzándose con los grupos de chicas y diciéndolas idioteces. Después volvían a cruzarse e intercambiaban las mismas paparruchadas. Así conocían a algunas, quedaban para ir a guateques, a ver una película... En suma, para nada. Hasta de cantar se olvidó por una temporada. Se mantenía, como decía a sus amigos, en estado de letargo, como los osos durante el invierno.
Sí se matriculó en otra academia, cercana a casa y acudía por las mañanas a dar sus clases, pero alguna cuerda se había roto en su interior porque, aunque estudiaba las materias que tenía pendientes, no se esforzaba para nada en ello y no sentía la más mínima ilusión por aprobar.
- Apruebo el Preu y, después, ¿qué hago? Si yo sé que no voy a ser Ingeniero, porque no me gusta. Es una pérdida de tiempo.
Le hubiera hecho mucha falta la presencia y la atención de sus hermanos mayores, pero ellos estaban ocupados trayendo niños al mundo e intentando afianzarse en sus puestos.
Adelardo ya lo había conseguido y llevaba camino de triunfar en la vida. Al principio le tocó en suerte un jefe un tanto quisquilloso que le trajo a mal traer, pero él supo darle esquinazo y como, además, no pudo cogerlo en ningún renuncio, ya que el joven tenía siempre su trabajo bien hecho y a punto, terminó por dejarle en paz. Así pudo labrarse un porvenir, a caballo entre la empresa y otros negocios, en los cuales le iría de perilla. Sin duda era el que más había heredado el carácter negociante de su padre.
Luis consiguió volver a trabajar en Madrid, aunque sus viajes eran constantes. Dada su valía, estaba muy bien considerado en su empresa ya que, a los conocimientos teóricos que poseía por sus estudios, añadía el alma máter de un buen ingeniero: haber pisado barro desde el primer momento. Y en cantidades ingentes.
Cuando mejor estaba - era el tercero de a bordo de la constructora, a pesar de que solamente tenía treinta y cinco años - las cosas parecieron torcerse. Su empresa fue absorbida por otra mucho más importante, perteneciente al Estado y en la cual los ingenieros abundaban como los champiñones en el campo después de la lluvia. De ser casi cabeza de ratón había pasado a convertirse en el último pelo del rabo del león. Fue por la misma época en que su hermano Ricardo atravesaba por todos los avatares, más o menos lógicos, de la edad que tenía y no pudo prestarle, apenas, atención. Afortunadamente, su antiguo jefe directo fue nombrado Director de un Departamento que hasta entonces no existía, o no funcionaba, en la gran empresa. Y consigo arrastró a sus veteranos colaboradores. Luis fue segundo de a bordo de un Departamento que, a la postre, se convirtió en el que más vital importancia tendría para la empresa. Ya se sintió tranquilo y se consolidó en su puesto. Luis había heredado la constancia del abuelo Adelardo y, así, machacando, machacando, no llegaría al infinito pero llegaría lejos.
Eusebio era el que mejor podría haber ayudado a Ricardo, por razones de cercanía de edad, pero él también atravesaba sus propios problemas. Estaba metido en jaleos y en amistades un tanto extrañas que acabarían apartándole de los estudios y haciendo de él un hombre diferente. Desde que llegara a la Universidad no se le ocurrió otra cosa que meterse en política, aquella naciente política opuesta al Régimen de Franco que derivaría al año siguiente y con el cambio del Ministro de Educación, un tal Tamayo, en una tergiversación de los planes de estudios, con las consiguientes algaradas y manifestaciones callejeras que fueron duramente reprimidas por las Fuerzas del Orden. Eusebio tuvo suerte, no se vio involucrado en ningún proceso ni sufrió ningún golpe. Simplemente, tuvo que abandonar la carrera. Se hizo comercial y empezó a cosechar pequeños éxitos en sus distintos empleos. Éste también había sacado el cariz de comerciante de su padre, pero sin la seriedad que aquél tuviera en sus tratos. Aparte de que tuvo algunos negocios con el señor Villanueva y aprendió de él lo que no debiera haber aprendido, es decir, que había que subir, aun a costa de pasar por encima de quien fuera. Lo mismo daban tirios que troyanos, lo importante era colocarse al sol que más calentara. Y si dejaba una peseta de más, pues mejor que mejor para el bolsillo. Tuvo que hacer la mili en Melilla y, allí, gracias a un conocimiento de su hermano Luis, con el que trabajaba un hijo del coronel de la guarnición, se enchufó en un buen puesto e hizo amistad con otro compañero, hijo de un asentador de pescados en el mercado de Madrid. Los dos soldados, a las horas que se lo permitía el servicio, hacían sus negocios con los patrones de los buques de pesca y hacían enviar el marisco fresco, incluso en avión, desde Nador, lo cual les proporcionaba pingües beneficios en la reventa madrileña. Al acabar la milicia, su compañero continuó en Melilla, labrándose una fortuna, pero Eusebio volvió a casa con un buen dinero. Más tarde se asociaría con un instalador francés e importarían unos innovadores equipos hidráulicos para los edificios. Ahí es cuando mantuvo sus contactos con Villanueva.
Ricardo tuvo que contentarse con los consejos de sus amigos y aprender en cabeza propia los golpes que le daba la vida que, por otra parte, no eran más que los que él mismo se buscaba con su aburrimiento. El dinero no faltaba en su casa, seguían teniendo criada y su abuelilla le hacía la vida lo más fácil posible con sus atenciones.
Siempre tenía a punto su mejor ropa, limpios los zapatos, planchadas las camisas y las corbatas. Al fin y al cabo, era un niño pera, lo que años más tarde se llamaría un "pijo". Su disponible económico semanal era, sin ser muy alto, superior al de sus dos amigos y les permitía tomarse alguna que otra cervecilla en las bodegas del barrio.
Como su deporte favorito era el del ligue y lo solían practicar en El Retiro, poco gastaban, salvo cuando tenían la suerte de enrollarse a unas chavalas que consentían en que las llevasen al cine. Si la chica pagaba su localidad, difícil se ponía el asunto. Si permitía que se la invitase, se tenía la mitad del camino recorrido. De esta manera, entre las sombras mal iluminadas por las películas del Oeste y de Romanos, amparado en las últimas filas de cualquier cine del barrio, Ricardo Alvear tuvo sus primeros contactos con el sexo opuesto. Sobre todo, en la bicoca del cine Alcalá, llamado también - como tantos otros cines de la época - el "palacio de las pipas". En efecto, las pipas de girasol constituyeron un alto contribuyente en la nutrición de la juventud española de los años de la posguerra y posteriores. Sería interesante conocer las miles de toneladas que se consumieron en cines, parques, circos, campos de fútbol y en cualquier sitio donde se reuniera la gente joven. Seguro que se ha hecho algún estudio sobre el tema y los datos tienen que superar las cotas más impresionantes. Y es que sí existía el hambre, que Ricardo conoció compañeros que comían un extraño fruto que daban algunos árboles en primavera y al que llamaban "pan y quesillo". Él, en su casa, nunca llegó a conocer la escasez, pero sí supo que existía. Y no lo comprendía porque, según los Diarios Hablados que, junto con los periódicos del Régimen y la naciente televisión, eran los medios de información con los que se contaba, parecía que España estaba en una situación económica excelente. No había más que ver el NO-DO cuando se iba al cine: EL MUNDO ENTERO AL ALCANCE DE LOS ESPAÑOLES, se leía siempre al principio. Pero aquello no casaba con la realidad que se adivinaba en las casas de algunos de los amigos de Ricardo, sin ir más lejos en la de Antonio que, siendo hijo de un brigada del Ejército del Aire, tenía siempre más hambre que Dios talento y se apuntaba a cualquier ocasión de merendar que se terciara.
Lo de la bicoca del cine Alcalá consistía en que si ibas con unas chavalas y le dabas unos cuartos al acomodador, te colocaba en los palcos en vez de en el patio de butacas. Y los palcos tenían antepalcos, cubiertos con cortinas y tan amplios como era necesario. Si la propina era lo bastante generosa, el acomodador dejaba las llaves puestas, al descuido, y podías cerrarte por dentro. Pero aquello ya era cosa de la gente más mayor y con más posibles. Los jovencillos tenían que estar atentos a los carraspeos del empleado del cine, que parecía estar siempre acatarrado por lo mucho que tosía por los pasillos que conducían a los palcos. ¡Cuántos embarazos no deseados tendrían lugar en aquellos rincones! ¡Cuánto amor derramado por el suelo! Porque una vez que Antonio tuvo un ligue y quiso adquirir un preservativo en la farmacia, para llegar hasta el final con precauciones, casi termina en la Comisaría de Policía. ¡Menuda era la moral reinante en el país, con su Caudillo bajo palio, sus cardenales, sus obispos y miles de devotos en las procesiones de Semana Santa! España era la reserva espiritual de Occidente; las españolas, las mujeres más puras del mundo. Pero los españolitos se las apañaban para que la raza no decayese y, aunque todos deseaban casarse con una virgen, pasaban por mil apuros y trabajos, a cada cual con más ingenio, para conseguir que las otras, con las que no se pensaban casar, dejasen de serlo.
Así transcurría aquel verano de mil novecientos sesenta y tres, con clases por la mañana; aperitivo, cuando se podía, antes de comer; siesta, un poco de estudio y trajín vespertino a la busca de chavalas. Juan era el que más le seguía y con el que mejores entendimientos llegó a tener en eso de la caza y captura de la fémina quinceañera. Sus dos amigos eran más altos que él, pero Ricardo tenía una complexión ágil y estilizada que a las chicas atraía con frecuencia. Aparte, poseía mucha más labia que Juan, que parecía un tanto soso. Pero los dos tenían que descubrirse ante la verborrea que lucía Antonio que, como se decía por aquél entonces, se enrollaba con diez de pipas. Así que el ligón, por buena planta, resultaba Juan, Antonio las emborrachaba de palabras y, entonces, ya caían en los brazos románticos de Ricardo que, con un dulce verso o unas palabras a media voz de cualquier romanza, vencía los remilgos de las chicas y las incorporaba a su lista de musas preferidas.
Pero no eran siempre tan fáciles las cosas. Más de un chasco se llevaron y muchas veces les dieron calabazas. Por una parte, reinaba la moral estricta de las jóvenes españolitas, que guardaban "aquello" para sus futuros esposos. De otra, los obstáculos que los guardas del Retiro ponían a los escarceos amorosos - que podían dañar la pureza de los niños, aunque no hubiera ninguna criatura en trescientos metros a la redonda - y, principalmente, la educación represiva en cuanto al sexo que los mismos muchachos habían recibido en el colegio. Porque los tres eran antiguos alumnos del mismo centro, aunque Antonio y Juan lo hubiesen abandonado en Cuarto y, a menudo, les asaltaban las palabras y sermones de los curas cuando se referían al pecado nefando.
- ¡Que si os masturbáis no podréis tener hijos cuando seáis mayores! ¡Que la mujer debe constituir el espíritu de la virtud dentro de un hogar cristiano!
Aquellas palabras, expresadas a gritos muchas veces por los reverendos Padres espirituales, les habían asustado cuando tenían catorce y quince años. Les habían hecho soñar muchas noches con terroríficas visiones del Infierno, haciéndoles despertar en medio de humedades no provocadas y que demostraban que gozaban de una salud excelente, pero que, al otro día, muy apurados, tenían que ir a confesar.
- ¿Hubo tocamientos? -. Pedía explicación el sacerdote.
- No, padre. Solamente fue un sueño.
- Entonces no hubo pecado. Pero reza más a la Virgen para que conserve tu pureza.
Los curas convertían lo que tan sólo se trataba de una simple función fisiológica, propia de la edad, en un trauma que castigó severamente a muchos escolares por aquella época. Varios compañeros de Ricardo lo sufrieron al conocer la historia de aquel niño que todas las noches rezaba tres Ave Marías a la Virgen, para que le protegiese del pecado mortal. Una noche no las rezó y cometió el pecado solitario. Aquella noche murió y se condenó para toda una eternidad.
- ¡Por hacerse una simple gayola y se fue al Infierno! ¡Qué faena! -. Comentaba Antonio.
Ricardo pasó, afortunadamente, aquél impuesto sarampión con una ligera capa de barniz caballeresco, que le hacía distinguir entre las chicas con las que se salía a pasear, tranquilamente, como amigas, si acaso a hacer manitas y hasta, si se daba el caso, a partirse la cara en su defensa, y entre las que formaban el gremio apropiado para satisfacer la lujuria. De todas formas, éstas últimas casi siempre las elegían entre las muchachas que se ganaban la vida sirviendo, las mecanofriegas, como las denominaba Antonio. Y es natural que así fuera: aquellas muchachas venían de fuera de Madrid, sin haber sufrido la misma represión escolar que ellos en sus colegios, como las estudiantes madrileñas en los suyos, y no tenían tantos prejuicios en darse un beso, dejarse meter mano o hacerte una manuela. Lo del virgo, ya era más difícil. Como se ha dicho, no había sitio en donde hacerlo y, más que nada, no había manera de poder evitar un embarazo. A pesar de tantos adelantos como ya existían, Ricardo vio como muchas jóvenes salían para delante, como en la época de su abuelo, ante el escándalo de la familia y los comadreos de las vecinas. Y ya no existían ni la era, ni el pajar, ni los paseos al borde de la carretera, pero sí que se hallaban los rincones del Retiro, de la Casa de Campo y del Parque del Oeste, entre otros.
A Juan le pillaron en el Retiro. Se estaba dando el lote con una muchacha, sentados en un banco, ajenos a todo lo que no fuera su mágico momento. En eso que les entró un guarda, de aquellos que parecía que llevaban uniforme de mosquetero.
- ¡Oigan! ¿Qué hacen? ¿No les da vergüenza? -. Les cortó en el instante cumbre.
Juan se quedó paralizado, a medio orgasmo. Después pensó en levantarse y partirle la jeta al guarda inoportuno. Pero llevaba un pincho que servía para recoger hojas y para hacerse fuerte.
- Nada -. Respondió, vacilando -. Absolutamente nada.
- ¿Nada y está usted casi como su madre le trajo al mundo y todo sucio de porquería de ésa? ¡Qué asco! -. Le recriminó el vigilante de amplios bigotes, que no debía recordar que él también había sido joven.
- Me tendrán que pagar una multa o acompañarme a la Comisaría, para que los padres de esta señorita se enteren de en qué clase de guarradas pierde el tiempo, en vez de estar aprendiendo cosas útiles. ¡A ver, denme la documentación de los dos!
Juan reaccionó con ingenio. La chica se había echado a llorar.
- La señorita es extranjera y no lleva el pasaporte. No le entiende a usted sus palabras, pero la está asustando.
- ¡Pues más susto le van a meter en el cuerpo los policías!
- Bueno, hombre, tampoco hay que ponerse así. A ver, ¿de cuánto es la multa?
- Quince pesetas.
- ¿Quince pesetas por darnos un beso? Si lo sé, me la tiro y pago poco más.
Juan ya se estaba animando porque había visto a Antonio que, no lejos de allí y ocupado en parecidas funciones con otra amiga, había acudido al oír la trifulca y era testigo de la conversación.
- ¿Qué pasa? ¿Encima se va a cachondear? ¡Ya no hay más que hablar! ¡Quedan detenidos!
- Pero, escuche... -. Rogó Juan.
- ¡Ni escuche, ni gaitas! -. Amenazó - ¡Y si se resiste, le pongo los grilletes!
En aquel instante se empezaron a oír gritos cercanos:
- ¡Al ladrón, al ladrón! -. Gritaba Antonio, apareciendo ante la vista del trío.
El guarda se volvió hacia él.
- ¿Qué sucede? ¿Por qué grita tanto?
- ¡Acaban de atracarme a punta de navaja, señor guarda! Han sido dos hombres. Han huido por allí... -. Y señalaba hacia el Palacio de Cristal.
Mientras tanto, Juan ya había recompuesto su figura y sus ropas. La chica se había limpiado las manos y alisado la falda.
- ¿Y dice que se han ido hacia allí..? -. El guarda vacilaba entre cumplir con su deber, que era perseguir a los ladrones, o continuar con los enamorados pillados con las manos en la masa. Y nunca mejor dicho.
- ¡Que sí, coño! ¡Que les podemos alcanzar si nos damos prisa! -. Insistió Antonio - ¡Ayúdeme, por favor, que me han robado todo el dinero que llevaba y era mucho!
El bigotudo se volvió hacia Juan y le advirtió:
- ¡Vosotros quedaros aquí, que no hemos terminado! Después, cuando vuelva, hablaremos.
Juan se lo prometió.
- ¡Venga, dése prisa! -. Exigía Antonio.
Y el otro no pudo por menos que seguirle, corriendo. La diferencia de años y de quilos, sin embargo, mantenía una prudencial distancia entre ambos. A pesar de que el hombre estaba en forma, no podía competir con un chico de diecisiete años y tan delgado y fibroso como era Antonio.
Al cabo, éste se detuvo, al ver que el guarda no le podía seguir y que no alcanzarían nunca a los imaginarios ladrones. Le esperó hasta que, jadeante, llegó a su altura.
- ¿Qué sucede? ¿Dónde se han metido los ladrones?
- Pues eso digo yo, que no sé si están en la cárcel o si se han metido a guardas del Retiro, para sacarles los cuartos a las parejas, los muy hijos de puta, como tú -. Le contestó Antonio.
El otro, sorprendido y medio muerto de asfixia, tardó en comprender lo que le estaban diciendo. Pero, para cuando lo entendió, Antonio estaba ya a más de cien metros de él, haciéndole un corte de mangas.
- ¡Sinvergüenzas! -. Graznaba el pobre hombre - ¡Ay de vosotros si os pillo!
- ¡Que te zurzan, gordo de mierda! ¡Cabronazo! -. Le contestó Antonio.
Y es que el soborno, la corrupción y el cohecho también existían en la época de Franco. Los pobres funcionarios, con sus ridículos sueldos, tenían que hacer horas extras para suplementar el salario, como les ocurría a los acomodadores de los cines, según se ha relatado. Hacían muy bien el egipcio, por lo de poner una mano delante y otra detrás, como decía Antonio que, siendo hijo de un militar de baja graduación y encargado del avituallamiento de combustible para los automóviles del Ministerio del Aire, estaba muy enterado de que su padre también sacaba alguna que otra tajada del asunto. Unos cuantos litros de más en el parte de consumo y los oficiales llenaban sus depósitos gratis. A cambio, el padre de Antonio obtenía pequeñas prebendas. Prebendas que, al cabo de los años, le permitieron comprarse un apartamento en la costa.
Ricardo se tuvo que enfrentar a un suceso muy desagradable y que le abrió los ojos a nuevas experiencias: En la academia a la que estaba yendo, conoció a un compañero llamado Andrés y que también vivía cerca, por la calle Lagasca, hacia Diego de León. El tal Andrés era un chico muy agradable, de muy finas maneras y su manera de hablar revelaba una educación perfecta. Efectivamente, era de, lo que pudiéramos llamar, noble cuna.
Hizo migas con Ricardo porque éste le enseñó a resolver los problemas de la Geometría del Espacio. Y una tarde le invitó a merendar a su casa. Como sabía de la afición de Ricardo por la ópera, le puso una versión que tenía de Aida, para amenizar la merienda que les sirvió su madre, una señora de postín, por lo cual, a Ricardo, le pareció de lo más natural del mundo el besarle la mano cuando se la presentaron.
- ¡Así me gusta, Andrés, que traigas a tus amigos a casa! Y más, cuando son, como este muchacho, que se le ve tan educado. ¡Siempre estás tan solitario...!
Ricardo pensó que la mujer era un tanto cursi. Pero los canapés estaban riquísimos. ¡Cuánto no daría Antonio por venir una tarde!
Cuando terminaron de merendar - bebieron refrescos de naranja y a Ricardo le dio corte preguntar que si no tenían una cervecita por ahí guardada - Andrés le mostró una colección de sellos que tenía, otra de revistas culturales, una colección de libros muy bien encuadernados, de literatura universal. Después le propuso jugar a las cartas.
- ¡Vale! -. Aceptó Ricardo -. Pero, entre dos... Como no juguemos al tute... O al mus, al mete. ¿Y al chinchorro?
- Yo no conozco esos juegos, pero podemos jugar a la canasta -. Respondió Andrés.
- ¿La canasta? ¿Y ése qué juego es?
- ¡Es muy bonito y complicado! Yo juego siempre con mi madre y mis tías...
Ricardo cayó en la cuenta.
- ¡Ah, ya! Pero es un juego de mujeres, tío.
- ¡Que va! Lo que pasa es que es muy difícil y muy tranquilo y la gente no lo quiere aprender.
Y Ricardo aprendió a jugar a la canasta. La verdad es que era divertido, se parecía remotamente al chinchón, pero más complicado, más sutil. ? Con razón había dicho él que era juego de mujeres. !
Varias tardes más fue invitado por Andrés y volvió a ver a su madre. De su padre no oyó mencionar nunca lo más mínimo, no como si se hubiera muerto sino como si ni siquiera hubiera existido. Siempre era bien recibido y Andrés se portaba con él normalmente. Eso sí, nunca le hablaba de chicas y cuando Ricardo le contaba que la tarde anterior había salido con una, no hacía el menor comentario, como lo hubieran hecho sus otros amigos:
- ¿Y qué tal se te ha dado? -. Le habrían preguntado Juan o Antonio. Y, entonces, él les hubiera explicado las maniobras de acoso y derribo que había utilizado hasta conseguir tener la pieza en el garlito.
Ricardo no sospechaba nada raro de Andrés. Solamente que le veía como un chico muy introvertido y, además, según supo, siempre rodeado de mujeres: su madre, una hermana soltera, ya mayor, que vivía lejos o que era monja, sus tías... Hombres, presencia masculina, no aparecían en su vida ni en la casa para nada. No obstante, y sin saber por qué, se guardó muy mucho de comentar esta amistad con Juan ni con Antonio. Juan sí llegó a conocerle, pero de pasada, una mañana que le estaba esperando al salir de clase. Les presentó y, después de intercambiar un saludo, dejaron a Andrés para ir a un asunto de ellos.
Un sábado, Juan tenía tres invitaciones para ir a la piscina Stella, en Arturo Soria, pero Antonio estaba, como de costumbre, arrestado por su padre.
- ¡Pues qué pena desperdiciar una entrada! Porque solamente valen para hoy.
- Oye, espera, voy a llamar a ese muchacho que te presenté en la academia, Andrés. Tal vez quiera venirse y así no la perdemos.
¡Vaya que si aceptó la invitación! Y hasta les invitó a comer en la cafetería de la piscina. Los tres nadaron, saltaron, se rieron y lo pasaron en grande. Juan lucía su torso de Apolo y Ricardo su delgada figura.
Andrés era más recatado. Su bañador era menos insinuante que los que llevaban los otros dos, que eran de los que marcaban paquete, como se decía.
A los pocos días, otro sábado que tampoco tenían clase, Andrés telefoneó a Ricardo y le rogó que si podía ir a su casa, que tenía que ayudarle en un problema.
- ¿No puede ser por teléfono, macho?
- No. Prefiero que vengas.
- Pues... bueno. Dentro de un rato apareceré por ahí.
Cuando llegó, Ricardo se extrañó de que Andrés, siempre tan pulcro él, le recibiera en pantalón corto. Era cierto que hacía calor, pero...
- A ver, ¿qué problema es ése?
- No, si ya lo he resuelto. Míralo, de todas formas -. Y se lo mostró.
Ricardo lo examinó y lo vio correcto. Pero se dio cuenta de que aquel problema ya lo habían resuelto en clase hacía días. ¿Entonces. ?
- Bueno, pues si no quieres nada más, me largo. He quedado.
- Con una chica, seguro -. En la voz de Andrés se percibía un ligero acento de reproche.
- ¡Pues no! Con uno de mis hermanos, para ver a mis sobrinillas. Pero, si se tratara de una chica, ¿pasaría algo?
Andrés le dirigió una mirada que le mosqueó un rato.
- ¡Es que siempre estás con mujeres. ! -. Se quejó.
- ¿Pero qué dice éste? -. Se dijo para sus adentros Ricardo - ¡Uy, que me huele a algo raro!
- Quédate a comer conmigo, por favor. Hoy no viene mi madre y me ha dejado preparada una comida deliciosa. Además, tengo cervezas frías.
Ricardo estaba más escamado que un pavo en vísperas de Nochebuena. ¿Qué se proponía Andrés? No quería ni pensarlo, le parecía imposible, totalmente fuera de lugar.
- Gracias, pero no. Lo siento. Me tengo que ir -. Y se dirigió a la puerta e intentó abrirla. Asombrado, vio que no podía - ¿Qué coño le pasa a esta puerta?
Desde el extremo del recibidor, Andrés le sonreía, mientras agitaba un manojo de llaves que tenía en la mano.
- Que está echada la llave...
- ¡Pues ábrela, venga, que tengo prisa!
Andrés se acercó a él y, casi echándole el aliento en la cara - por cierto que olía a una colonia que parecía perfume -, le dijo:
- No la abriré hasta que no comas conmigo.
-¡Dios! ¿Quieres abrirla de una vez? -. Ricardo estaba muy irritado.
- No. Ya te lo he dicho.
Entonces, Ricardo le echó mano a las llaves, pero el otro se las escondió dentro del pantaloncito, junto a sus partes más íntimas.
- ¡Búscalas si quieres, tú mismo! -. Insinuó.
- ¡Oye, no me seas maricón y ábreme ahora mismo o te pego un sopapo que te rompo la cara!
Andrés se echó a reír e hizo como si no le hubiera escuchado. A Ricardo se le colmó la paciencia y le agarró por el cuello.
- ¡Que abras, te he dicho! -. Y le empezó a apretar el gaznate.
Andrés se zafó de la mano - tampoco Ricardo pretendía hacerle mucho daño - y se dejó caer al suelo, arrastrándolo encima de él. Ricardo ya lo vio claro, aquel tío - o lo que fuera - quería que tuvieran una escena de amor. Y le metió un puñetazo en el estómago. Y después otro. Y otro.
Los golpes que Ricardo le daba a Andrés se sucedían sin tregua, ahora ya con ganas de castigar duramente. Pero parecía que Andrés era masoquista y le hacían gozar los puñetazos porque, cuantos más le daba, más a gusto se reía.
Ricardo consiguió ponerse en pie. Estaba totalmente con el pelo alborotado.
- Bueno, ¡basta ya de leches! ¡Abre la puerta!
Desde el suelo, Andrés dijo que no. Ricardo le clavó, con violencia, la punta del pie en los riñones y, aprovechando que esta vez sí que le dolió a Andrés, le levantó, sosteniéndolo por la pechera. Al alzarse, las llaves cayeron al suelo. Se ve que el muy guarro no llevaba ni calzoncillos debajo del pantalón, para ir más directamente al grano.
Se agachó a por las llaves y las recogió. Fue entonces cuando Andrés, aprovechando su postura, intento asirle por los hombros, como para besarle. Consiguió detenerlo con un golpe con el puño izquierdo y, a continuación, separándose medio metro, le lanzó un derechazo al rostro que le hizo caer al piso.
- ¡Maricón! ¡Eso es lo que tú eres, un maricón!
Y abrió la puerta con las llaves y cerró de un portazo tan fuerte que vio astillarse la madera de las jambas. Cuando iba a comenzar a bajar por la escalera, se le ocurrió una idea. Volvió, metió las llaves en la cerradura desde el exterior y las hizo girar, dejando los cerrojos bien echados. Después se las guardó en el bolsillo, se atusó un poco el pelo, se arregló la camisa y bajó a la calle. En la primera boca de alcantarilla que encontró, dejó caer el llavero de Andrés.
- ¡Anda y que te abra tu madre! ¡Y ojalá que tarde un mes en volver y te halle bien delgadito, marica de mierda!
Naturalmente, no comentó nada de lo sucedido con nadie y mucho menos con sus amigos. Sería su secreto. Le avergonzaba pensar que había estado a punto de caer en las redes de un bujarrón. Cómo terminó el incidente, cómo lograría abrir o ser rescatado el muchacho, fue cosa que no le incumbió. Durante unos días esperó, incluso, que la madre del chico le llamase para saber lo que había sucedido, pero no lo hizo.
¡Demasiado sabría la madre como era el hijo y se supondría algo parecido! No volvió a verle por la academia. Años después alguien le contó que el tal Andrés había ingresado en un Seminario.
Entre unas y otras aventuras, transcurrió el verano. Los exámenes se acercaban y Ricardo se hallaba bien preparado. Daba por hecho el superar la prueba, pero continuaba preguntándose qué haría después: ¿Comenzar Caminos? No le agradaba mucho la idea, no sabía por qué. Tal vez la culpa la tuvieran sus dos amigos, que estaban en Iniciación de sendos Peritajes, curso anterior al Selectivo que tendría que afrontar Ricardo si quería seguir una carrera de grado medio, ya que ellos no eran Bachilleres Superiores.
- Lo más complicado es el Dibujo. Las perspectivas, los alzados, las plantas y todo eso -. Comentó Antonio.
- Pues a mí es lo que peor se me da -. Dio por sentado Ricardo.
La que había pasado a la historia, por supuesto, era aquella idea de ser militar, como su tío. Quizás una carrera más corta, menos fuerte, que le permitiera proseguir con sus estudios de canto y con sus poemas...
La última aventura veraniega ocurrió cuando subieron al desván de casa de Juan y nada tuvo que ver con faldas, con guardas ni con maricas. Pero fue de lo más novelesco.
Una tarde, después de comer, Ricardo y Antonio aparecieron por casa de su amigo. Vieron que reinaba mucho jaleo. Estaban subiendo muebles viejos a un trastero situado entre el tejado de la casa y el último piso habitado.
- ¡Llegáis a tiempo de echar una mano!
- Mientras después haya buena merienda... -. Comentó la eterna hambruna de Antonio.
Y subieron por la escalera un sofá muy carcomido. Se veía que al padre de Juan le marchaban bien las cosas e iba a hacer cambio de mobiliario. No les costó mucho trabajo, estaban fuertes. La puerta del desván se abría a varias estancias que servían de trasteros, a ambos lados de un pasillo largo. Después seguía un espacio vacío, casi en penumbras, donde ya se veían las vigas de madera que formaban el tejado.
- No paséis de ahí. Es peligroso y se puede hundir -. Les advirtió Juan.
Pero a la postre, y después de guardar el sofá en la estancia correspondiente, fue el propio Juan quien se adelantó hacia la parte que ya era casi tejadillo.
- ¡Anda que no he correteado yo por aquí, de pequeño!
- ¿Y a dónde va a parar? -. Quiso saber Ricardo.
- ¡Yo que sé! Puede que abarque toda la manzana, a través de edificios y edificios...
- ¡Un sitio estupendo para guardar cosas que no quieras que se encuentren! ¡Como la cueva de un tesoro! -. Se animó Antonio.
- Lo mismo damos con un muerto... -. Aventuró Ricardo.
- ¡Pues no te diría yo que a alguno no le hayan escondido aquí, para que no se supiera más de él! -. Medio aseguró Juan. - Y huidos en la guerra y después, seguro que ha habido.
Los tres se miraron uno al otro. No hacían falta palabras para comprenderse.
- Nos hará falta una linterna -. Aseguró Ricardo.
- En casa tengo una. A ver si tiene pilas -. Dijo Juan. Y bajó a por ella, dos pisos más abajo.
En el piso de encima de Juan vivía un individuo con el que los chicos no se llevaban ni medianamente bien. Era el sereno de la calle y siempre estaba rezongando con los chavales, porque le despertaban por las mañanas, cuando él tenía que dormir y ellos ponían música. Ya habían tenido algunas palabras con él pero, en aquellos años, un sereno no dejaba de ser una autoridad y tuvieron que pasar por el aro y cesar de molestarle. El piso del sereno, según calculó Ricardo estaba justo debajo de la zona que se proponían explorar. Procurarían no hacer ruido.
Juan subió con la linterna.
- Apenas si luce. No sé si podremos verlo todo.
- Es igual. En el peor de los casos, yo llevo cerillas -. Aseguró Antonio.
Y echaron a andar por entre aquellos maderos que sostenían el tejado. El caso es que no estaba muy sucio ni había telarañas. Se conoce que el portero hacía rondas habituales por aquellos lugares.
De súbito, Ricardo notó que el piso que hollaba ya no era de terrazo ni de madera. Parecía arena de miga y cedía levemente bajo sus pies.
- ¡Cuidado! No piséis en el centro, seguid por los bordes, que me parece que éstas son falsas bovedillas y no soportarán nuestro peso.
- Sí. ¡Más vale que tengamos cuidado! -. Corroboró Antonio.
Pero Juan no debió de oírles o no se dio cuenta del terreno que pisaba. El caso es que, al tiempo que la linterna dejaba de alumbrar, agotado el postrer hálito de sus pilas, el chico, sorprendido tal vez por la falta de luz, se sintió caer hacia abajo. Menos mal que su rapidez de reflejos le permitió asirse a un madero transversal, que crujió torvamente ante el esfuerzo. Allí se quedó, como si estuviese haciendo barra fija.
- ¿Dónde está Juan? -. Preguntó Ricardo, que había escuchado la voz de susto que diera su amigo.
- Espera a que encienda una cerilla -. Se apresuró Antonio.
A la vacilante luz del fósforo, vieron la difícil y forzada situación de su colega.
- ¡Sacadme de aquí, coño! -. Les gritó.
- Aguarda, no sea que caigamos nosotros también.
Y Ricardo y Antonio, con grandes precauciones, se fueron acercando a Juan. Ricardo le cogió de la muñeca derecha y Antonio de la izquierda.
- ¡A ver si podemos contigo!
- ¡Ya me aúpo yo! -. Afirmó Juan, que estaba pasando el peor momento de su vida porque todo su cuerpo, excepto las manos, estaban dentro de la habitación de su vecino, habiendo producido un enorme destrozo en el techo, con la consiguiente caída de escombros. Pero no se oía protestar a nadie, lo cual extrañó a sus amigos que esperaban que se hubiera organizado una algarabía de mil diablos.
- ¡Venga, arriba! -. Exclamó Juan. Y, ayudado por los otros dos y afirmándose en la viga que le había servido de sustento, dio un impulso y emergió a la superficie de la buhardilla. Sus amigos le dirigieron a piso firme. Una vez allí, se secó el sudor que le caía por la frente, empapándole toda la ropa.
- ¡Vamos, rápido, a casa!
- Sí, antes de que se entere nadie.
Juan no respondió. Dirigió a sus amigos hacia la puerta, la aseguró con llave y, sin hacer casi ruido, bajaron a su casa. Una vez dentro, se dejó caer en un sillón. Estaba deshecho.
- Yo necesito beber algo -. Rogó Antonio.
- ¡Y yo! -. Aseguró Juan -. Ricardo, anda y mira en la nevera, a ver si mi madre tiene alguna cerveza. Y si no, echaré mano del whisky de mi padre.
A Ricardo aquello le sonó a chino. Era la primera vez que consumían alcohol, en casa de un amigo, que no hubieran llevado ellos, salvo invitación expresa de sus padres. Su madre les tenía alguna cerveza, de vez en cuando, y el padre de Juan les solía invitar muy a menudo, incluso a una copa. Los de Antonio, cuando te permitían la entrada, no te ofrecían ni agua. ¡Pero aquello de tomar al asalto y por las buenas el mueble bar del padre de su amigo..!
Solamente tenían dos cervezas. Juan se las cedió a sus amigos y él se escanció un generoso chorro de whisky.
- ¡Joder, qué susto! -. Se quejó Antonio, que siempre era el que más pegas ponía a todo.
- ¿Qué había debajo? -. Preguntó Ricardo a Juan.
- Un dormitorio.
- Lo peor es cuando el vecino vea el destrozo que hemos causado, porque le debes de haber hecho un boquete tan grande como si le hubiera caído una bomba. ¡Menos mal que no había nadie!
Juan se echó a reír. Los otros creyeron que era por los nervios que había sentido y que ahora le pasaban factura.
- ¡Sí había alguien! -. Comentó Juan.
- ¡Qué dices! ¿Y no te dijo nada? ¿Quién era?
- El sereno de arriba, el de la mala leche.
- ¡Pues estamos apañados! ¡Se lo dirá a tu padre y tendrá que pagarle el destrozo! -. Rezongó Antonio.
Juan dio muestras de que estaba muy tranquilo y no le dio importancia.
- No creo que diga nada, ni que se queje.
- ¡No fastidies! - Exclamó Ricardo - ¡Con la ojeriza que nos tiene!
- Es que estaba en la cama... -. Empezó a explicar Juan.
- ¡Razón de más para que se arme la de San Quintín! -. Aseguró Antonio.
- Es que no estaba solo...
Sus amigos le miraron, asombrados. ¿Qué querría decir?
- Y, ¿si no estaba solo..? -. Comenzó a preguntar Ricardo.
- Se estaba trajinando a la criada, el muy mamón. ¿No veis que la mujer trabaja por las tardes, que es limpiadora en el mismo hospital donde mi madre trabaja de enfermera? Pues se ve que, el muy cabrito, aprovecha su ausencia para alegrarse la vida con la chacha que, por cierto, ¡está buenísima! La estaba haciendo un favor a modo y, al verme, se han levantado, en silencio, asustados, como si les hubiera caído una Furia vengadora desde el techo. La tía estaba en pelotas y está un rato maciza.
Cuando calló, durante un rato se pudo cortar el silencio con un cuchillo. Después, los tres se carcajearon de lo lindo.
- ¡Venga, trae para acá ese whisky! -. Pidió Ricardo -. A mí no me gusta, pero una situación como ésta se merece un buen trago.
Y se metió también un buen lingotazo.
El vecino, el sereno, efectivamente, no dijo nada al padre de Juan ni tan siquiera a ellos cuando, noches más tarde, tuvo que abrirles el portal. Se limitó a mirarles con gesto ceñudo.
- ¿Está usted enfermo? -. Le preguntó Ricardo, que tenía la misma vena zumbona que su difunto padre -. Porque tiene mala cara, como si se le hubiera aparecido un fantasma... Le aconsejo que no vea el Tenorio, que ahí hasta los muertos se filtran por las paredes y dan mucho susto, que no es nada bueno para el corazón. Bueno, ya sabe, la madre de mi amigo, que es enfermera, siempre nos lo dice. Por cierto, que creo que trabaja con su esposa, ¿no?
El otro refunfuñó y no contestó nada.
- ¡Venga, tira para arriba! -. Le animó Juan - ¡Coño, ya que no ha dicho ni media, no meneemos más el asunto! -. Añadió cuando subían la escalera.
- Y a la chacha, ¿qué? ¿La has vuelto a ver?
- Sí. Y se puso muy colorada.
- Pues insiste. Si tira con un viejo, mejor tirará con un joven, digo yo.
- Ya veremos...
Aquella fue la última aventura antes de los exámenes de Septiembre. Los tres amigos tenían que enfrentar su saber con los catedráticos.
A Juan y Antonio les habían quedado algunas asignaturas pendientes de Junio y, dado lo que se habían esforzado, seguramente les volverían a quedar. A Juan no le importaba mucho, pero Antonio temía en demasía a su padre, el viejo militar, que harto de darlo todo por la Patria, como él decía, y llevando metralla por todo el cuerpo, tenía un carácter de mil demonios, sobre todo con sus hijos, a los cuales exigía que trabajasen sin tregua, como si fueran otros reclutas más de los que tenía a sus órdenes. Y el hermano mayor de Antonio le había salido un Viva la Virgen de cuidado. Con él solamente mantenía el diálogo de las bofetadas y el pobrecillo de Antonio recibía alguna que otra de las que se escapaban.
Ricardo se presentó a sus exámenes muy seguro, convencido de que iba a aprobar. Se había divertido pero no había perdido el tiempo. Realizó las tres pruebas y se halló con la sorpresa de que en Física - que era lo que peor se le daba - obtuvo buena nota y que en Biología había confundido una especie con un género y había puesto la tira de errores.
Pero el colmo de su estupor fueron las Matemáticas, lo que mejor llevaba, su esperanza de siempre y en la cual hizo un examen que él no consideró malo, sino todo lo contrario. Pero no alcanzó el apto. En resumen: se cayó con todo el equipo y suspendió cuando menos lo esperaba.
Después de leer las notas, una vez que comprobó que no había aprobado, salió al campus y se dirigió a la parada del autobús. Iba pensando en cómo lo encajarían en casa y, primordialmente, en lo que iba a hacer. ¿Repetir? ¿Insistir nuevamente, para luego desconocer otra vez sus proyectos? Ensimismado en sus pensamientos, comenzó a tararear una cancioncilla. Le quitó importancia. ¡Ya pasaría! Tenía tiempo por delante y, además, sus aficiones principales eran muy otras.
En la parada, esperando el autobús, vio a un muchacho de su misma edad, poco más o menos. Llevaba unos libros en la mano y con ellos intentaba ocultarse el rostro. Ricardo le observó atentamente y pudo ver las lágrimas corriendo por su rostro. Aquél sí que se había tomado en serio lo del suspenso, si es que era ese el motivo de su llanto. Entonces pensó que, tal vez, es que él era un irresponsable que no hacía más que soñar con imposibles, ya que tenía la vida, por el momento, bien resuelta. Sin embargo, deberían de existir muchos otros que no podían malgastar su tiempo porque no contaban con medios económicos. De nuevo volvieron a su memoria aquellos pensamientos de cuando veía compañeros que pasaban hambre y él y otros comían en abundancia. La vida estaba mal repartida, cada uno tenía su destino y éste podía ser inmutable. ¿A qué preocuparse, entonces? Unos nacían con estrella y otros nacían estrellados, había oído decir. Pero se acordó de su padre. Él no tuvo muchos medios, pero supo aprovecharlos. Claro que tuvo la suerte de que le tocara la Lotería... Pero, ¿y su abuelo? No tuvo estudios y siempre vivió humildemente a pesar de los esfuerzos titánicos que hizo para ser alguien. Conclusión: ¿Era o no posible luchar contra el sino de cada uno? Los curas le habían enseñado que el hombre poseía el don del libre albedrío... Pero, ¿verdaderamente se era libre o se estaba condicionado por circunstancias ajenas a uno mismo?
- Filosofía barata -. Pensó. Y, olvidándose del chico que lloraba esperando el autobús, echó a andar hacia la próxima parada. Así tendría tiempo de fumarse un cigarrillo.
Aquella tarde llamó a una chica que había conocido yendo con Juan. La invitó al cine y se fueron a uno, por la calle Ibiza, cerca de donde vivía ella. Allí la metió mano, la morreó bien a gusto y, finalmente, se masturbaron mutuamente. No había sido tan malo el día, en definitiva. Lo del suspenso tendría arreglo y ya pensaría en ello.
Juan y Antonio aprobaron algunas asignaturas de las que les quedaban y podrían pasar al curso siguiente, que era el Segundo de Iniciación, con alguna pequeña rémora pendiente de la que se examinarían en Enero.
- ¿Ha habido mala suerte, no? -. Le preguntó Juan.
- ¡Y tú que lo digas! Igual que te digo que en Junio iba en bragas, ahora estaba seguro de aprobar.
Estaban en La Ardosa, la bodega donde siempre se olía a boquerones en vinagre aun desde varios metros fuera, en la calle. Un par de cañas agotaron todo su capital, pero el camarero les invitó a otras dos.
- ¡Muchas gracias, jefe! -. Le dijo Ricardo al del bar.
- ¡De nada, tenor! Es por el aprobado que, imagino, has obtenido, ¿no?
- Pues si es por el aprobado, ¡lo llevas claro, machote, porque me ha tocado repetir! Así que... te debo la ronda.
El hombre, que le tenía bastante cariño al chaval y que, a menudo, le rogaba que interpretase alguna que otra romanza, porque le gustaba su voz, puso cara de mala leche.
- ¿Has suspendido? ¡Qué poca lacha! Claro, os pasáis el día de chavala en chavala y no veis un libro ni por el forro...
- Ahí sí que te equivocas. Esta vez ha sido cuestión de mala suerte. He dado el do de pecho, pero se me ha quedado corto. De verdad. Y lo de las chavalas... -. Ricardo le sonrió - ¿no será puñetera envidia?
- ¿Envidia, yo? ¡Vamos, hombre! Si a vuestra edad yo la corría más y mejor que vosotros. Ahora os contentáis con un achuchón y un poco de magreo. Nosotros nos las llevábamos al catre, así por las buenas.
- Pero, pagando, ¿no?
- Y sin pagar, ¡no te amuela! Es que vosotros los jóvenes os creéis que habéis inventado todo y que los únicos guapos sois vosotros. ¡Pues no estaba yo de buen ver! Todavía, si quisiera... No creáis que, a veces, aquí en el bar, me surge más de una oportunidad.
- Pero ya la parienta no te deja. Aparte de que se te pasaron los años. A nosotros también nos ocurrirá lo mismo.
- ¡Y tú que lo digas! ¡Y pobrecitos si no llegáis a contarlo..! Será señal de que os habéis ido al otro mundo.
Los tres se rieron. Era simpático el tipo. Te servía una caña y parecía que te conociera de toda la vida. Claro, que sí que les conocía desde muy pequeños y se sabía la historia de todos los del barrio. A Ricardo le apreciaba en especial, porque sabía que era hijo del difunto señor Alvear, aquél que tan buenas propinas dejaba. Conocía también a sus hermanos mayores. Todos habían pasado por sus boquerones en vinagre.
- ¡Pues, nada! ¡A estudiar mucho, como tus hermanos y a ver si te echas novia y sientas la cabeza de una vez! Aunque tiempo tendrás de hacerlo, que todavía eres joven.
Se fue para el otro lado de la barra, a atender a otros clientes y seguir con el palique.
- ¿Qué piensas hacer? -. Le preguntó Juan.
- ¿Cuándo? ¿Esta tarde? -. Disimuló -. No sé, si quieres que hagamos algo en especial, vale. Si no, llamo a la de ayer, que se me dio muy bien.
Juan negó con la cabeza. Sabía que su amigo no quería hablar del tema, pero él sí estaba interesado.
- ¡No, hombre! Te hablo del año que viene. ¿Piensas repetir o decidirte por una carrera de grado medio, como dijiste?
Ricardo hizo un gesto de cansancio, apuró la cerveza, se comió la aceituna con la anchoa e hizo seña de que salieran a la calle. Saludó al camarero desde la puerta.
- ¡Adiós, cantante! ¡A ver cuando nos dedicas una de las tuyas! -. Le gritó el hombre.
- No te preocupes. Cualquier día de estos. Cuando se me pase la mala uva.
Se volvió a su amigo y empezaron a pasear por la calle que estaba bastante concurrida. Silbó a dos chicas, les dijo cualquier cosa y les sonrió. Las chicas se quedaron con él. Tomó nota de sus caras y las dejó en reserva.
- No lo tengo decidido -. Se dirigió a Juan -. Debo de pensarlo, hablar con mis hermanos, no sé, madurarlo. Repetir por repetir, no es difícil, pero me fastidia no saber por qué lo hago. La verdad es que se me han quitado las ganas de hacer Caminos, lo veo demasiado complicado para mí. Ya te digo, no tengo ni idea.
- Pues piénsalo rápido, que las matrículas hay que formalizarlas en pocos días.
- Ya veré...
Se despidieron, quedando en llamarse después de la siesta. Si es que podía dormir. Ricardo estaba sinceramente desconcertado. Nunca había suspendido en el colegio y, por hacer caso a quien le aconsejara cambiar e irse a la academia, le habían dado sopas con ondas. No. No había sido la academia. Había sido la falta de disciplina, los horarios flexibles, la posibilidad de hacer novillos y fumarse varias clases...
Luego lo que él precisaba era vigilancia, aquella dirección con la que sí habían contado sus hermanos, la presencia del padre que se le había muerto hacía siete años y cuya muerte, en aquellos lejanos instantes, apenas si le afectó. ¡Ahora era cuando le echaba de menos! Y si no a él, al menos a una persona mayor que sí supiera de la vida. Pensó en su tío Adelardo que, con todas las aventuras que había corrido, tenía que saber un rato. Pero desechó la idea. Su tío no había estudiado y no había tenido hijos. ¿Qué podía saber él de lo que pasaba por el cerebro de un chico de diecisiete años y sobre lo que tenía que hacer con sus estudios?
Ignorante de ello, se encontraba en idéntica situación a la que se halló su abuelo cuando le dijeron que el trabajo del tren le perjudicaba y que tenía que dejarlo. Y en semejante trance al que se encontró su padre al término de la guerra, enfrentado a un porvenir incierto y con una familia por mantener. Parecía que los Alvear, ante una perspectiva extraña, se desmoronaban para, más tarde, sacando reaños de donde hiciera falta, hacerse los fuertes. Claro que tanto su abuelo como su padre contaron con la inestimable ayuda de sus esposas. Ricardo no tenía ni siquiera una novia que le apoyase. Pero a su favor jugaba la diferencia de edad y la situación económica de su madre, que no era mala.
Con sus hermanos no podía contar en aquel momento. Luis estaba de viaje y Adelardo estaba muy ocupado realizando unas instalaciones. Eusebio viajaba un día sí y otro también. Además, él también había abandonado los estudios. ¿Qué le podría aconsejar que no fuera que hiciese lo que quisiera?
Pensó, por un momento, en el señor Villanueva, su tío Ricardo que, al fin y al cabo, era su padrino. Acaso él sí podría... Pero sabía que las cosas no iban muy bien entre su familia y él, no conocía al detalle los intríngulis del enfado y le pareció absurdo remover, sin querer, algún asunto que mejor estaría quieto. Aparte de que hacía mucho tiempo que no le veía y parecería que solamente acudía a él cuando le necesitaba...
- ¡Don Rosendo! -. Exclamó, acordándose de su profesor de canto.
¡Claro! ¿Quién mejor que su maestro de música, con el que había quedado en hablar cuando aprobase, el que sabía de sus sueños y aficiones y quien le había soportado horas y horas de dar gritos?
Le llamó por teléfono. Acababa de llegar de su trabajo y estaba comiendo. Le pidió que si podían hablar y, afectuosamente, le dijo que sí, que le esperaba a media tarde.
Le llamó Juan para ver lo que iban a hacer. Le respondió que tenía la tarde ocupada con una entrevista, que no, que no era cosa de chicas, que iba a ver a su maestro de canto. Si acababa pronto, ya pasaría él por La Ardosa o por la calle, por si estaban por allí. O le llamaría.
Pasadas las cinco de la tarde se marchó a casa de García Marco. Tardó casi una hora en el camino, así que tuvo tiempo de ir madurando en su cabeza todo lo que le iba a decir. Palabra por palabra, lo llevaba todo pensado. Y su decisión bien tomada, pero esperó a ver qué opinaba su consejero.
García Marco le recibió como siempre, con una sonrisa cordial.
- ¿Qué pasa, estudiante? ¿Cómo se ha dado esta vez? Imagino que has aprobado.
- Pues no, don Rosendo. De eso venía a hablarle...
Sin querer, sus ojos se habían ido al teclado del piano, detrás de aquellas teclas cuyo sonido había tratado siempre de vencer. Ahí tenía que estar su libro de texto y sus asignaturas pendientes.
Inconscientemente, sus dedos tocaron la escala del do. Do, mi, sol, do... Y la cantó mentalmente. Su voz brilló potente y segura, firme y con resonancia, brillante, dentro de su cabeza. ¡Ah, qué bien!
Las palabras de don Rosendo le sacaron de su sueño. Todo lo que iba dispuesto a exponerle se le había borrado de la memoria.
- Pero, bueno, ¿a qué vienes? ¿A dar clase o a charlar?
Se bajó de la nube, avergonzado y le contó a su maestro todo lo que pasaba por su mente, lo que había ocurrido en Junio y su fracaso, inesperado, en Septiembre. Le dijo que estaba metido en un lío, que no sabía qué hacer. Si él pudiera darle consejo...
Don Rosendo, aquel valenciano que rondaría los cuarenta años de edad, de carácter simpático y que había escrito un par de zarzuelas que no había estrenado como es lógico, se quedó pensativo durante un rato.
Después, comenzó a hablar:
- Mira, Ricardo, a mí me pasó un poco lo que a ti. Mi amor por la música, mis sueños de triunfar en la comedia y otras cosas que no te cuento, me hicieron precipitarme en mis decisiones. Yo estudié música y todavía sigo estudiándola. Sabes que ahora estoy preparando las oposiciones de Director de Orquesta, pero abandoné mis otros estudios. Pensaba que me iban a publicar mi primera zarzuela y a estrenarla en el mejor teatro del mundo en cuanto yo la presentara. Pero, naturalmente, no fue así. Y como tenía que hacer algo y en mi casa necesitaban un sueldo, me coloqué en una oficina, de chupatintas. Poco a poco, adquirí conocimientos y, ahora, ya ves, trabajo en la Empresa Municipal de Transportes, como un simple jefecillo de Negociado y tengo que dar clases de coral y tocar en las funciones de tu antiguo colegio. Tengo que mantener una familia y debo de esforzarme. Pero, aunque no se han cumplido todos mis sueños, soy feliz, que es lo más importante. No me importa demasiado no ser el compositor de moda, ni seré el Director más brillante del mundo; no conseguiré sacar un alumno que sea el mejor tenor - aquí esbozó una sonrisa - y que sepa recompensarme, salvo que tu voz cambie definitivamente y consigamos que trabaje bien. Pero, aquí estoy, en mi casa, con mis hijas y mi mujer y, en estos momentos, hablando contigo, no como un profesor sino como un amigo.
- Y como un amigo quiero que me hable. Pero también como un profesor de la vida, porque usted, por su edad, sabe mucho más que yo.
- Ya... Pues te diré que lo último que puede hacer cualquier persona es obligarse a una disciplina por la que no se siente atraído. ¿Qué música has estudiado tú? Apenas nada. Pero has aprendido a leer una partitura, si no perfectamente sí para lo que necesitas. ¿Cómo salvaste, según me has contado, el examen de Menéndez y Pelayo? Contestando lo preciso y derivando, rápidamente, hacia el tema que dominabas. Pues por ahí va el camino. Escoger lo que a uno le gusta y donde se siente a gusto. Ahí te será fácil estudiar. Si eliges una carrera que no te guste, por mucho que te esfuerces y la tira de años que tardes, tal vez logres el título, pero nunca triunfarás en ella. Y no serás feliz, en consecuencia, lo que equivale a no haber hecho nada.
Hizo un inciso. Ricardo no perdía ripio. ¡Qué bien se explicaba don Rosendo! Había obrado correctamente con acudir a él.
- Tú, por tradición familiar, te ves forzado a estudiar con miras a cursar una carrera que, en el fondo, no te gusta. Por ahí, vas por mal camino, como te he dicho. Nada que se haga sin un incentivo atrayente, llegará a buen término. Pero, también es cierto que no siempre podemos elegir lo que más nos guste. ¿Tú crees que a mí me seduce la idea de salir antes de las siete de la mañana, ya sea verano o invierno, para irme a la calle Alcántara, a tomar nota de los partes de los autobuses? Pero no tengo más remedio que hacerlo. Tengo que dar de comer a mi familia. Lo del colegio, ya lo hago más a gusto, porque entra dentro de mis aficiones y aunque me paguen cuatro perras, que sabes que los curas no son tan espléndidos en comparación con lo que ellos ganan. Y darte clases a ti, que apenas si te cobro, lo hago con el mayor placer y es cuando mejor me lo paso. Así que, para resumir, que te estoy dando una conferencia, haz lo que te apetezca. ¿No quieres ser Ingeniero porque no te ves a ti mismo trabajando en ello? ¡Pues no lo seas! Lo que sucede es que eres demasiado joven, tienes muchos pajaritos en la cabeza, confías demasiado en un instrumento que todavía no sabemos cómo reaccionará... ¿No escribes cuentos y poesías? ¿Te has molestado en presentar alguno a cualquier concurso, a alguna Editorial, a ver si les gustan? No, ¿verdad? Yo creo que lo que a ti te pasa es que eres muy inteligente, pero más vago que la chaquetilla de un guardia, como vulgarmente se dice. Tienes que esforzarte más, mucho más. ¿No te esfuerzas y te das de puñadas cuando rompes un agudo, cuando no matizas una frase como te gustaría? Pues lo mismo con todo...
- Ya sé que soy un poco vaguete. Un vago de tomo y lomo, para ser más exactos -. Confesó Ricardo.
- Pues vamos a dejar de serlo. Tómalo con interés, lo mismo que el canto. Salte, inmediatamente, de esa academia donde lo único que has aprendido ha sido a vaguear, sabiendo que no tenías el control que en el colegio, y matricúlate en una carrera media, que solamente tengas que hacer el Selectivo. Si se te da bien y te gusta, sigues. Si no, tiempo habrá para que hagas otra cosa. Y trabaja, trabaja con todo el ahínco del mundo, no pierdas el tiempo con los amigos ni con las chicas, dedícate a lo tuyo con la mirada puesta en el porvenir que, todavía, y en eso sí que eres afortunado, te quedan muchos años por delante. ¡Si no eres más que un crío, que aún no sabemos si serás tenor o barítono!
Ricardo no pudo reprimir un aplauso de entusiasmo. Era lo mismo, dicho con otras palabras, que él había venido pensando en el trayecto y que no se atrevió a comentar con don Rosendo al principio de la conversación: dejar la academia, que le había perjudicado bastante; probar con una carrera media - que también su hermano Adelardo era lo que había hecho y le iba muy bien - y, si le gustaba, proseguir a la de grado superior. Si no se sentía a gusto, siempre podría volver a presentarse al Preu y ver qué otras carreras había. Y esforzarse, cosa que nunca había hecho. Tenía que ser su propio guardia, su vigilante personal, vencer su abulia y trabajar en lo que le gustaba.
Así se lo manifestó a su profesor y amigo. Le aseguró que había coincidido plenamente con la idea que traía y que seguiría sus consejos en todos los aspectos. García Marco se alegró de que sus palabras no hubieran caído en saco roto, pero volvió a insistirle que se acordase del refrán de "que a Dios rogando y con el mazo dando". Que aunque ahora tuviese tan buenos propósitos, tenía que persistir en ellos y llevarlos a cabo, sin olvidarse ni un instante de que él era fácilmente voluble y que carecía de fuerza de carácter.
Ricardo protestó de esa afirmación: ¡Nunca ha existido un Alvear, que yo sepa, que no haya tenido fuerza de voluntad!
- Pues es posible que tú seas el primero. Pero tampoco tienes la culpa. Te quedaste muy pequeño sin padre pero sin dificultades económicas en tu casa. No has tenido quien te guiara y la vida te ha sido muy sencilla. Te has limitado a cumplir, sin más, y al menor revés que has tenido en tus estudios te has venido abajo. No es para que te sientas culpable.
El muchacho agachó la cabeza. Todo lo que le acababan de decirle era cierto. No debía sacar a relucir un falso orgullo porque no tenía nada de lo cual estar orgulloso.
- Perdone si me he exaltado. Lleva usted toda la razón. Estaré atento a lo que me recomienda, cuidaré mi forma de ser y mi carácter.
- ¡No, si no es malo que sientas orgullo de tus cualidades! Lo que es fatal es que seas orgulloso, que es muy distinto.
- Procuraré ser humilde -. Prometió.
- ¡Pues a ver si es cierto! Y, ya que estás aquí, cuéntame lo que has hecho estos meses. ¿Has seguido mi consejo de que no cantaras a lo loco? ¿Has dejado descansar tu garganta?
Ricardo tuvo que mentir.
- Pues sí. No he abierto la boca apenas. Alguna que otra vez, a media voz, sin forzar...
- La verdad es que no te creo, pero vamos a comprobarlo de inmediato -. Se rió García Marco -. Estoy seguro que has presumido delante de alguna chica, cantándole La Boheme mientras la cogías de la mano, para conquistarla. Te conozco demasiado para no saberlo.
El chico fingió como si no hubiera escuchado estas palabras y sonrió, poniendo su mejor gesto de inocencia. Al verlo, don Rosendo no pudo borrar la sonrisa de sus labios y se levantó del sillón desde el que había largado su larga perorata. Se dirigió al piano y se sentó en la banqueta. Ricardo se situó a su lado, de pie.
- Veamos, hagamos unas escalas para calentar ya que, si has guardado tanto silencio como dices, tendrás muy frías las cuerdas vocales -. Comenzó a correr los ágiles dedos sobre el teclado.
La voz de Ricardo, suave al principio, fue entonando las escalas que subían de medio en medio tono. Cuando tocó el mi natural agudo comenzó a elevar la potencia. Don Rosendo, animado, siguió subiendo.
El si natural brilló esplendoroso y con todo colorido. Viéndole cómodo, le consultó con la mirada si subía. Ricardo aceptó el reto y, partiendo del do agudo, hizo sonar el célebre do de pecho - nombre malamente aplicado al do sobreagudo, porque en la lírica se canta con el diafragma y jamás con la cavidad torácica, que solamente se emplea para almacenar el aire que va siendo impulsado por el mencionado músculo - y se quedó tan a gusto.
En anteriores vocalizaciones, hacía meses, y siempre en escalas rápidas en las que no tuviera que mantener el agudo, Ricardo había alcanzado el fa sobreagudo, nota ya de tenor ligerísimo, los llamados tenorinos. Pero el maestro notó que el color de la voz había engordado y que, seguramente, aquella ligereza se habría reducido.
- Vamos a hacer una rápida -. Ordenó. E hizo sonar una floritura que comenzaba en un mi natural y que, subiendo una octava, rozaba el mi sobreagudo.
Ricardo la intentó, impostando desde la primera nota a conciencia pero, al pasar del do, se le fue yendo la voz y raspó totalmente el sobreagudo.
- ¡Vaya! Por lo menos vamos viendo que tu voz deriva hacia la de tenor, sin salirte de lo normal, que es un lírico. No... Si al final, acabarás de dramático.
Sin consultar a Ricardo, alcanzó la partitura que siempre tenía encima del piano, Luisa Fernanda, y buscó la romanza del tenor.
- ¡Vamos a ver qué tal sale! Con sentimiento, sin forzar en potencia pero matizando lo que dices...
Ricardo escuchó las notas del preludio y, a su tiempo, comenzó a cantar:
- "De este apartado rincón de Madrid, donde mis años de mozo pasé, una mañana radiante partí sin más caudal que mi fe. ¡Por un amor imposible, días de triunfo soñé..!"-. La letra de la canción era tan apropiada para la situación que estaba viviendo que sentía erizársele todo el vello. Decía cada frase con más sentimiento que atención a posibles impostaciones y la voz le salía natural - "Pero entonces yo volaba como un mísero pardal y, hoy, mis alas ambicionan vuelos de águila caudal".
El si natural resonó en la estancia como un grito de ansia de libertad, alegre y triunfante.
- Muy bien, Ricardo. Efectivamente, tu voz ha cambiado. Estás en mejor camino y yo ya no te puedo enseñar más de lo que sabes. Te buscaré a alguien, cuando tú quieras. ¡Ah, y de ambicionar, nada de nada! Eso lo dice la romanza. Tú, limítate a ser humilde que, hoy por hoy, como has cantado, solamente eres un pardal, un pajarillo cuyas alas aún están en ciernes de aprender a volar.
Ricardo había estado oyendo las palabras que le decía su profesor mientras continuaba escuchando resonar en su cerebro el agudo. ¡Qué bien le había salido!
Aquella noche, de vuelta al barrio, no hizo por ver a sus amigos. Se metió en casa, cenó, leyó una novela durante un rato y se acostó temprano. Durmió como un bebé, tranquilo, como hacía mucho tiempo que no descansaba. A la mañana siguiente, se dirigió a la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas, en la calle de Alfonso XII y se informó de qué tenía que hacer para matricularse. Al otro día ya era alumno de Selectivo de dicha carrera técnica. A primeros de Octubre empezaría los estudios.
Su madre estuvo conforme.
- Ya ves, tampoco Adelardo quiso ser ingeniero y se quedó en perito -. Ricardo le había explicado que era una categoría similar, pero en Caminos y no en Industriales -. Y le va muy bien. Pero, ¡si tu padre hubiera vivido..!
- Puede ser, mamá. Pero papá, desgraciadamente para todos, no vive para decirme lo que tengo que hacer y debo resolverlo por mi cuenta. Y esto es lo que he decidido. Supongo que me irá mejor hacer algo más pequeño, pero bien hecho, que no intentar una cosa difícil y hacerla mal.
Su madre, a pesar de que se había rehecho, no podía dejar de añorar a su padre. Era natural, entre dos personas que se habían querido tanto.
Aquella tarde lo comentó con Juan y con Antonio. Al primero le pareció una decisión consciente y acertada. Antonio, el pobre, apenas si podía hablar. La noche anterior, como siempre por culpa de su hermano, había habido jarana en su casa y una de las bofetadas de su padre había ido a darle a él. Tenía el labio tumefacto.
- ¡Qué suerte tienes de poder hacer lo que te sale de las narices, sin que estén a todas horas encima de ti, siempre vigilándote como si estuvieras de guardia en una garita y te pudieras dormir..! -. Se quejó con palabras que apenas si se le entendían.
Los días que restaban para comenzar el curso los pasaron con sus habituales paseos por el tontódromo y ligando de vez en cuando. De esta forma, llegó octubre y, con él, las clases.
Ricardo acudió a la Escuela de Obras Públicas y conoció a otros muchos compañeros. Unos venían de repetir el Selectivo, con alguna asignatura aprobada del año anterior. Otros, los más, eran de nueva factura y no habían pasado siquiera por el Preu. Alguno había, como él, que había renunciado al Preu y se aprestaba a intentar conseguir un título de Grado Medio.
Desde un principio supo, a primera vista, quienes eran los que venían a estudiar y quienes a pasar el rato o, mejor dicho, los años, yendo de Escuela en Escuela y de carrera en carrera, que también los había. Quiso hacer amistad y solidarizarse con los que sí querían aprobar y lo consiguió. De hecho, años después se encontraría con compañeros que habían terminado la carrera y estaban trabajando.
Las materias iban más en serio. Las Matemáticas eran difíciles, con todos aquellos neperianos. La Física, con el grueso libro de Luis Bru, interminable. La Química, para qué contar. Los Materiales de Construcción, una colección de libritos de diferente tamaño que no constituían la literatura más al gusto de Ricardo. Y el Dibujo...
Ya se lo había dicho Juan, que el Dibujo era difícil y más para él, que no sabía trazar una circunferencia bien hecha aunque emplease una plantilla. Precisaba, además, de un equipo costoso de tiralíneas, compases, cartabones, bigoteras y Dios sabe cuántos elementos de extraños nombres, nuevos para sus oídos. Ahí fue donde comenzó el desánimo que, mediando el curso, concluiría, como era de esperar, en rotundo fracaso. Pero los comienzos no se presentaron mal. Además, lindante con la Escuela, se hallaba el Instituto Isabel La Católica, en aquellos años exclusivamente femenino. Todos los muchachos hacían por trabar amistad con las jovencitas alumnas y se paseaba mucho por el Retiro.
Ricardo conoció a un muchacho que vivía enfrente, en las casas de los militares, y que, por supuesto, era hijo de un oficial. Con él hizo buenas migas y le hizo comentarios de su vida sentimental, pero sin profundizar hondo. Prefirió, no se sabe por qué, aislarse un poco en su concha, concha que nunca había tenido, y no demostrar a sus nuevos compañeros sus otras habilidades ni mencionarles sus sueños imposibles de la música y de la poesía. Solamente, una vez, un buen compañero, un tal Melgar, al ir a recoger unos apuntes que el mismo Ricardo le dijo que los tomara de su cartera, se halló con unas cuartillas repletas de poemas. Se puso a leerlos y cuando Ricardo volvió, al cabo de una hora, de realizar las pruebas de laboratorio que aquel día le habían correspondido, - iban por turnos, de quince en quince - se halló a su compañero leyendo, ensimismado, sus poesías.
- ¿Qué haces? ¿Qué lees? -. Le preguntó.
- ¿Quién ha escrito esto? -. Le respondió Melgar -. ¿Tú?
Ricardo quiso recogerlos. Le molestaba que, por un error, se hubiese descubierto su secreto.
- ¡Déjalos! Solamente son tonterías...
- Pues, chico, si son tonterías, están muy bien escritas.
- Cosas de la juventud... -. Se disculpó Ricardo -. No tienen importancia.
- Tú eres tonto -. Aseguró Melgar -. Te avergüenzas de hacer cosas que valen mucho más de lo que tú puedes creer. Mira, yo no soy un técnico en la materia, pero sí tengo un amigo que es escritor y que puede juzgar. ¿Quieres que se los lleve para que los lea?
A Ricardo no le importaba en absoluto. Él no tenía la intención de dedicarse a ser poeta, pero si alguien le podía decir si lo hacía bien o mal, ¿por qué oponerse?
- Puedes hacer lo que quieras. Pero, por favor, no me los pierdas, no tengo copias.
- Descuida, que no los perderé.
Pasaron los días y no se habló más del asunto. Las clases iban castigando a los chavales y el primer parcial estaba a la vuelta de la esquina. Ricardo tomaba todas las tardes el autobús que pasaba por delante de su domicilio y le dejaba en la puerta misma de la escuela. Casi siempre se encontraba con algún compañero que hacía el mismo trayecto. Fue cuando se empezó a hablar del tema del cambio de Plan de Estudios y se empezaron a fomentar los conatos de plantes y manifestaciones. No le dio importancia, porque supuso que no supondrían tanto jaleo como los disturbios que le habían costado la carrera a su hermano Eusebio años atrás, que entonces intervino el S.E.U. y la Policía irrumpió en el campus y penetró en la Universidad, actitud rechazable en cualquier país civilizado, ya que la Universidad parecía como el acogerse a sagrado, huyendo de la justicia, que se utilizaba en siglos anteriores.
- Pues ha dicho el Camulo que, si es preciso, utilizarán las armas -. Le comentó en el trayecto un estudiante, mientras iban hacia la escuela.
- ¿Quién es el Camulo? -. Quiso saber Ricardo, que no estaba muy ducho en cuestiones de política.
- ¡Quién va a ser! ¡Camilo Alonso Vega, el Ministro de la Gobernación!
- ¡Ah! Y, ¿por qué? ¿Por qué va a disparar la policía y contra quiénes?
- ¡Chico, no sé si es que eres gilipollas o te lo haces! ¿Contra quién va a ser? ¡Contra nosotros, los estudiantes! Pero el Felipe está dispuesto a todo...
Ricardo pensó que, desde luego, debía ser gilipollas, porque hacérselo no se lo hacía. Así que, con mucha cautela, esbozó una especie de pregunta:
- ¿El Felipe?
Fue cuando se enteró de que el Felipe no era el nombre de un menda, sino las siglas de una asociación de estudiantes opuestos al Régimen, que buscaban la democracia. A todo lo que el otro le contaba, en voz baja para que no les escuchase nadie, asentía, como dándose por enterado y fingiendo que ya sabía de qué iba el tema.
Al llegar a la escuela, llevaba tal cacao en la cabeza que no le dieron ganas de entrar a clase. Así que el Caudillo era un tirano y un dictador, que los españoles eran súbditos y no ciudadanos, que no gozaban de la menor libertad de expresión ni de cualquier otro tipo, que había represión social y laboral, con un Sindicato Único Vertical; que al Ministro, que se llamaba Camilo, le llamaban Camulo por lo bruto que era... Y él vivía en la inopia, pensando solamente en sus arias y en sus versos. Y en las chavalas, claro está. Pues a él no le habían molestado nunca, excepto los guardas del Retiro y de la Casa de Campo que se apostaban para que no pudieras meter mano a la chica de turno, los muy cabritos. Al cine ya podía ir desde que cumpliera los dieciséis años y hasta habían visto "West Side Story", que era el no va más en cuestión de sexo y que había creado estilo en su modo de vivir y de comportarse.
Meditando sobre todas estas cosas, que le venían anchas para sus castas neuronas, se quedó en el parque de la entrada durante media hora. La clase había ya comenzado.
En esto llegó Melgar, como siempre tarde.
- ¡Coño, figura! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo no estás dentro?
- Ya ves, meditando... -. Le dirigió una sonrisa.
- Ya... Oye, que tengo noticias, y buenas, para ti. Aquí te traigo los poemas, toma -. Y le tendió el manojo de cuartillas con sus obras -. Que me ha preguntado mi amigo que a quién copias...
Ricardo se quedó ahora más sorprendido que antes, con lo de la política.
- ¿Yo? A nadie. Si acaso me baso ligeramente, tal vez demasiado, en el espíritu de Bécquer.
- ¡Eso que te lo has creído tú! Según mi amigo, a Bécquer no te pareces en nada, aunque quieras calcar su filosofía, pero tu estilo es diferente.
- ¡Hombre! ¡Qué listos sois tú y tu amigo! ¡Más quisiera yo tener el estilo de Bécquer!
- ¡Que no, capullo! Que tu estilo es genuino, salvo que hayas leído a otros poetas actuales.
- A ninguno, te lo aseguro...
Melgar no sabía si creerle.
- ¿Es que no sabes quién es León Felipe?
- ¡Por supuesto! Lo estudié en Sexto. Pero yo no he leído nada suyo. Ni de él ni de nadie más. Bueno, miento, he leído algo de Machado y lo de Gutiérrez de Cetina, aquello de "Ojos claros, serenos..". Y de Campoamor. Y de Fray Luis de León. Pero de los de ahora, nada de nada.
Melgar exhibió un papel.
- ¡Pues mira! Lee y dime si no te pareces a este poeta.
Ricardo leyó una poesía muy hermosa. Era cierto que estaba en su estilo, que las rimas y la métrica eran similares; las ideas algo distintas pero, en conjunto, muy bien podría haberla escrito él. Sería, eso sí, de las mejores que hubiera hecho, que, justamente, eran las que Melgar se había llevado entre otras que no le gustaban. Al concluir de recitar, leyó el nombre del autor y, a continuación, "Premio Nacional de Poesía 1974".
- Es buena, pero tanto como para ser Premio Nacional... -. Dudó.
- ¡Pues ahí lo tienes! ¿Me juras que no la habías leído ni conocías al autor?
Ricardo se levantó del banco y le entregó a su compañero la poesía.
- Te lo juro. Además, es que no me suena de nada el nombre de ese insigne artista.
- Pues mi amigo dice que le copias a la perfección. Vamos, que le plagias o es que escribes semejante a él.
- Yo no he plagiado nunca a nadie. Sería absurdo, ¿no? Una cosa es que le recite una rima de Bécquer o el himno de Espronceda a una moza, para ligarla y otra que me las apuntase en un folio, las firmase y las llevase en la cartera. No solamente sería absurdo, sería de gilipollas.
Le había dado a él esa tarde con la dichosa palabreja, desde que la oyera en el autobús al compañero que le vino hablando de política.
- Pues dice que te deberías presentar a algún Premio Floral de esos...
Lo mismo que le había aconsejado don Rosendo.
- ¡Sí! ¡Para que me den un capullo! ¿No crees que ya tenemos bastantes en clase como para ambicionar uno más? -. Y se echó a reír.
- Como quieras. Tú sabrás lo que debes hacer.
- ¡Ya quisiera yo saber lo que debo de hacer! -. Murmuró Ricardo -. En esto y en otras cosas más importantes...
Y se fueron para la próxima clase, que estaba a punto de comenzar.
En el primer parcial de Diciembre aprobó Matemáticas, suspendió Física y Química así como Materiales de Construcción y optó por no presentarse a Dibujo. El balance podía haber sido mejor de lo que resultó, pero mucho peor de lo apetecible.
Durante las vacaciones de Navidad vagueó como nunca y se leyó la colección entera de Tarzán. ¡Aquello sí era descubrir un personaje de novela! Como literatura, la traducción no era demasiado mala, aun hasta muy buena en ocasiones y en alguno de los tomos. ¡Pero el protagonista era infinito! Cualquier escritor se daría de puñadas por no haberlo inventado él. Como si Cervantes no hubiera creado o encontrado a Alonso Quijano. Hubiera alcanzado el éxito con las Novelas Ejemplares y con Rinconete y Cortadillo, pero no se hubiera inmortalizado como lo hizo con el Caballero de la Triste Figura.
Volvieron los paseos con Antonio y con Juan, los ligues pasajeros y la revisión de las antiguas conocidas. La noche de Fin de Año, la cogieron buena en casa de Juan, a base del cava al que les invitó su padre. Ricardo intentó cantar, a petición de los anfitriones, El Pequeño Tamborilero, que acababa de estrenar Raphael. Pero, sería la cogorza o cualquier otra cosa, que no pudo hacerlo. La voz no le salía. Entre hipidos, salieron a tomar el fresco a la calle. En Goya, en un escaparate, había un luminoso. Juan quiso saltar, a ver si alcanzaba a tocarlo, como Ricardo le decía que saltaba Tarzán y... ¡adiós luminoso! Cayó hecho mil pedazos. Uno de los cristales le causó un corte en la mejilla.
Tuvieron que acudir a la Casa de Socorro de Montesa para que le cortaran la hemorragia. Después de atenderle, les indicaron que lo mejor que podían hacer era irse a dormirla. Y eso hicieron pero, antes de despedirse, decidieron tomar chocolate con churros en una cafetería, frente a la casa de Juan.
- ¡A ver, tres chocolates! -. Pidió Antonio, dando un puñetazo en la barra, cuando estuvieron dentro.
Estaban el jefe y un camarero joven, poco mayor que ellos, que debía ser un tanto chuleta por la manera como reaccionó.
- ¡Id a vuestra casa a tomarlo, no sea que nos echéis aquí la papilla! ¡Que estáis borrachos! -. Les soltó con un tono agrio y exhalando, también, olor a bebida.
- Yo me tomo el chocolate donde me sale de los cojones, ¿sabes? -. Le respondió, tartajeando, Antonio - ¡Gilipollas, que eres un gilipollas!
El camarero, que también debía de haber privado lo suyo aquella noche, cogió una botella e intentó golpearle. Le alcanzó en un hombro y le hizo daño. Juan no se lo pensó dos veces y, siguiendo con sus emulaciones de Tarzán, saltó la barra limpiamente, cayó al lado del otro y le sacudió dos puñetazos en el estómago que hicieron doblarse al pobre muchacho. Después lo remató con un directo a la mandíbula, que le tiró al suelo, semiinconsciente.
El jefe estaba fuera de la barra, preparando unas mesas y, como la cosa fue tan rápida, no supo reaccionar. Cuando quiso defender a su empleado, se cruzó en el camino de Ricardo. Éste, para evitar males mayores, le puso una zancadilla y le hizo rodar por el suelo.
- ¡Vámonos, venga! -. Gritó Ricardo a sus amigos. Era el que mejor regía de los tres.
- ¡Yo ser Tarzán el Terrible! - bailoteaba una danza de guerra, por el interior de la barra, Juan.
Antonio se acariciaba el brazo dolorido.
- ¡Menudo cabrón! Pues ahora me meo en su bar.
Y, efectivamente, borracho como estaba, empezó a orinar por todo el local, manchando sillas, mesas y sillones.
- ¡Sinvergüenzas! ¡Canallas! ¡Ahora mismo llamo a la policía! -. El dueño estaba que echaba chispas, tirado en el suelo y pugnando por levantarse.
- Mejor será que lo deje, si no quiere que acabemos de mala manera. Yo me los llevo -. Le advirtió Ricardo.
- ¡De eso nada! ¡Claro que vais a acabar de mala manera! ¡Vais a ver lo que es bueno! -. Y cogió, de no se sabe dónde, un palo macizo.
- ¡A grandes males, grandes remedios! -. Suspiró Ricardo, rememorando a don César de Echagüe, el Coyote, e impotente ante lo único que podía hacer. ¡No iba a dejar que les pegaran de palos!
Abalanzándose sobre el hombre, esquivó el primer golpe y le hundió con rabia, la derecha en el hígado. Luego, le propinó un tremendo puñetazo en pleno plexo solar y su rival se quedó de rodillas, sin apenas poder respirar.
- Lo siento, de verdad. No quisiera haber tenido que hacerlo -. Se disculpó Ricardo ante sí mismo. Y trincando a sus amigos, a cada uno por un brazo, les sacó a la calle.
- ¡Rápido, desaparezcamos de aquí!
Parece que el aire despejó el abotargado cerebro de sus colegas que, sin discutir, se dispusieron a cruzar la calle.
- ¡Sí, hombre! ¡Para que sepan en dónde vives! -. Atajó Ricardo a Juan.
Y se los llevó hacia su casa, dando un rodeo. Después ya, cuando vio que se habían aireado un tanto, les mandó a cada uno a su domicilio.
A mediodía, todavía fastidiado por la resaca y el poco dormir, tuvo que ir a comer a casa de su hermano Luis. Jugó con sus sobrinas, pero tenía muy mal cuerpo e inventó un pretexto para no quedarse en la tertulia familiar que se formó con los hermanos de su cuñada. Que había quedado con unos amigos, dijo. Su hermano le preguntó que qué tal por la Escuela, que cómo habían ido los parciales. Intentó evadir la respuesta.
- ¡Ya te echaré yo a ti la mano encima, que me parece que te estás pasando! O, al revés, que te estás quedando demasiado corto.
¡Leches! Aquello sí que era peliagudo. ¡Con lo que él quería a su hermano mayor..! Pero sabía que, cuando se le ponía mal genio, era de temer.
Se fue a su casa, ya que no había quedado con nadie. Se acostó y, cuando su madre volvió con su abuela, le encontraron durmiendo.
- ¡Ay, qué hijo! ¿A quién habrá salido?
- Es que es muy pequeño, todavía -. Le justificó su abuela -. Además, eso de haberse quedado sin padre tan niño...
Él ni se enteró de lo que hablaban. Estaba soñando en colorines.
Mal había empezado el año: con una borrachera; con una pelea seria, no ya entre críos sino con el personal de un bar; con una advertencia de su hermano Luis y con los reproches de su madre. ¿Cómo terminaría?
Al otro día se encontró con sus amigos. Analizaron su conducta de Nochevieja y no le encontraron disculpa ni explicación.
- El beber es muy malo -. Explicó Antonio -. Yo creo que cuando mi padre me pega es porque está borracho.
- Al mío no le sienta mal. Se pone chistoso -. Aclaró Juan.
- Pues tengo entendido que uno de mis abuelos murió por el alcohol. Se lo he oído decir a mi abuela. Sin embargo, yo era el que mejor estaba de los tres. O el único que supo reaccionar correctamente, por lo menos.
- ¡Jo! ¡Correctamente y casi matas al viejo del bar! Porque Juan le cascó a un tío joven, pero tú te ensañaste con el pobre hombre...
- ¡No iba a dejar que nos moliera a palos! ¡Encima! -. Protestó Ricardo.
Guardaron silencio, cariacontecidos.
- En definitiva, que somos unas malas bestias -. Sentenció Juan.
- Pues eso parece... -. Corroboró Ricardo -. Yo, si no fuese porque nos puede denunciar, iría a ese bar, a pedir perdón.
Antonio tuvo una idea: - ¿Y si le mandamos una nota, rogando que nos disculpe?
- ¡Mirad! -. Zanjó Ricardo - Lo mejor que podemos es hacer es olvidarlo y procurar pasar lo más lejos posible! Lo demás sería meternos en líos.
Todos estuvieron de acuerdo y no se volvió a hablar del asunto.
Vinieron los Reyes Magos con más o menos regalos y, a los dos días, se reanudaron las clases. Ante Ricardo se abría el trimestre crucial en el que se iba a dilucidar gran parte de su porvenir.

 

            A capítulo Cuarto                    A Menú                 A Capítulo sexto

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