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Capítulo Cuarto
VIA RÁPIDA...
Avelino estaba haciendo guardia a la puerta del
Hospital. Era la última orden que le habían dado sus superiores antes
de marcharse. Allí ya no quedaba nadie más que los heridos, algunos médicos
y unos pocos enfermeros. Ni un uniforme militar, excepto el de Avelino.
Éste no sabía qué hacer, si irse a su casa o si continuar, inútilmente,
en su puesto... Los nacionales estaban entrando en Madrid, sin
resistencia.
De repente, un grupo de soldados de la Legión le rodeó. Un teniente
iba al mando. Avelino, sin saber mejor cosa qué hacer, se cuadró y le
presentó armas.
- ¿Qué haces tu aquí, muchacho? -. Le sondeó el oficial.
- Estoy de guardia, mi teniente. Son las últimas órdenes que me dieron
-. Respondió, tartamudeando.
El del Tercio se rascó la cabeza bajo su gorrillo cuartelero, se lo
pensó y le ordenó:
- ¡Pues sigue aquí y espera a que te releven! ¡Y no dejes pasar a
nadie que no sea de la Legión! ¡Viva Franco!
- ¡Viva Franco! ¡A sus órdenes! -. Dio un taconazo Avelino.
Allí permaneció unas horas más hasta que alguien, en medio de la
confusión reinante, se acordó de decirle que se fuera. Tranquilamente,
dejó su fusil apoyado en la pared y se marchó a casa. ¡Avelino había
servido, sin quererlo, en el Ejército de Franco, hasta le había
vitoreado y, todo ello, vestido con el uniforme republicano! Cuando se
lo contó a Luisa, no supieron si reír o llorar.
Adelardo, en su calidad de Municipal, fue detenido y acusado - ¡vaya
contrasentido de los vencedores! - de ayudar a la rebelión militar. De
poco le sirvió esgrimir su brillante hoja de servicios en Africa ni
argumentar la obediencia debida a sus superiores y su no participación
en hechos de armas. Le condenaron a muerte y le encarcelaron en Porlier,
en espera de que la sentencia se cumpliese.
De Cáceres, ostentando un alto cargo del ejército triunfador, llegó
el nieto de don Luis, el antiguo protector del viejo Adelardo. El
muchacho, héroe de la escuadrilla de García Morato, recordaba el cariño
que su abuelo había tenido por aquella familia y, siendo de natural
bondadoso, se propuso hacer cuanto pudiera en favor de sus paisanos. De
momento, le evitó a Avelino la cárcel o el campo de depuración y, con
un salvoconducto, le envió directamente a trabajar. Lo de Adelardo fue
más difícil, pero lo resolvió poniendo encima de la mesa de los
jueces su ristra de medallas. La pena fue conmutada por dos años de
prisión y la inhabilitación a perpetuidad para trabajos municipales.
El marido de Esperanza, acusado de masón, también fue condenado a
presidio. Su destreza como sastre le sirvió para reducir pena, ya que
se dedicó a vestir, como nunca lo habían hecho, a sus carceleros.
El que brillaba como un sol era el marido de Asunción. Salió de la
Embajada en la que había pasado escondido toda la guerra, luciendo el
uniforme de la Falange, con pistolón al cinto. Volvió a tomar posesión
de su mansión y denunció al portero de la finca por los desperfectos
que le habían causado los milicianos que le habían ido a buscar varias
veces con la nada sana intención de hacerle emprender un viaje sin
vuelta. Después, se dignó enviar quinientas pesetas a su suegra, para
aliviar la penuria de la familia.
- ¡Se las podía meter por el culo! -. Exclamó Avelino.
- ¡Trae! -. Teresa seguía siendo, y más ahora que ya no estaba su
padre, el cabeza de familia - ¡Pueden hacer buena falta para los
chicos!
Aquel día, Avelino acudió a su antiguo trabajo. Se halló con el
establecimiento respetado por las bombas pero no por la rapiña y con
escaso material para vender. En la puerta estaba su antiguo jefe, uno de
los propietarios. Del encargado catalán, el que le había quitado el
puesto por influencias políticas, no volvió a saber jamás.
- ¡Adelante, Alvear! Ocupe su puesto y a ver si nos rehacemos...
- Seguro, patrón. Trabajando, todo continúa...
Tal vez, Avelino había comprendido las palabras que le contaron que
pronunciara su padre en el postrer suspiro. Y la vida siguió.
En Septiembre de 1940 les nació su tercer hijo a Avelino y a Luisa. Le
llamaron Eusebio, en recuerdo de uno de los hermanos de ella, muerto
durante la guerra. Aquel invierno, a primeros de Diciembre, a Avelino le
dio una corazonada y cometió la locura de adquirir un billete completo
de Lotería para el sorteo anterior al de Navidad. La suerte le dio la
cara y le tocaron treinta mil duros. Una fortuna. Sin duda que aquel
tercer hijo había venido, como se dice, con un pan debajo del brazo.
- Avelino, ¿por qué no invierte su dinero en el negocio, como
accionista? -. Le propuso su jefe.
El joven, ya con treinta y tres años, a punto estuvo de hacerlo. Pero
Luisa, mucho más rencorosa, como casi todas las mujeres que siempre
perdonan pero que nunca olvidan, le dijo que "naranjas de la
China".
-¡No nos permitieron casarnos cuando queríamos y, después, no te
dieron el cargo!
Y Avelino, bien aconsejado por su esposa, respondió que nones. A partir
de ahí, todo fueron pegas en el trabajo, zancadillas y faenas. Hasta
que una mañana, harto ya, se encaró con su jefe actual, el hijo del
propietario: - ¿Sabe lo que le digo? ¡Que esta tarde me tengan
preparada la cuenta! ¡Me largo!
Desde que le tocó la Lotería, Avelino había empezado a frecuentar la
partida que, a pesar de que en aquella época el juego estaba prohibido
por las rigurosas Leyes del franquismo, se celebraba todas las noches, a
puerta cerrada, en la tahona próxima, colindante con su casa. Allí se
aficionó al azar y hasta puso en peligro su reciente fortuna pero, como
parece que dinero llama a dinero, la mayor parte de las noches ganaba y,
solamente, de vez en cuando, perdía y no en mucha cantidad. Pero la
suerte podía volverle la espalda en cualquier instante.
Luisa estaba más que preocupada. Lo cierto era que, desde que había
acabado la guerra, su marido no era el mismo. No es que sintiese la
angustia de los vencidos, ya que él nunca se distinguió por sus ideas
políticas, pero sí echaba muy en falta la presencia de su padre, aquel
buen hombre que siempre le había aconsejado que estudiara, que
trabajase, que encaminara sus pasos hasta conseguir ser alguien en la
vida. Que triunfase por encima de todo sacrificio. Y si al haber ganado
su fortuna por pura suerte se le podía llamar esfuerzo, Avelino no
estaba conforme. Necesitaba triunfar por sí mismo, no por la pura
chamba de un bombo. Se sentía insatisfecho.
Luisa se encontró con parecido problema al que tuviera su suegra,
Julia, cuando al difunto Adelardo, encontrándose enfermo, le dio por la
bebida. Una vez más, la esposa acudió en busca de ayuda para los suyos
y nuevamente la constancia de una sufrida madre de familia tuvo su
fruto.
Durante sus años de trabajo anteriores a la guerra y posteriormente a
ésta, Avelino había trabado gran amistad con un colega de la
competencia, vendedor de otra Firma del mismo gremio. Se llamaba Ricardo
Villanueva y tenía ocho años más que él. Era un hombre casado, sin
hijos, muy ahorrador y austero en sus costumbres. Los dos hombres se
conocieron durante el trato comercial y lo que en un principio fue mera
simpatía, con el tiempo se convirtió en verdadera confianza.
- Avelino, tu mujer me ha dicho que te pasas las noches jugando, ¿es
cierto? -. Le preguntó Ricardo una tarde, mientras tomaban unas cañas
cerca de la Glorieta de Atocha, a mitad de camino de los domicilios de
ambos, ya que Ricardo vivía por Antón Martín.
- Exagera un poco, ya sabes... Las mujeres siempre son alarmistas y nos
quieren tener controlados, atados a sus faldas.
Ricardo tuvo que darle la razón en parte, porque a él le pasaba algo
parecido. Su esposa era una mosquita muerta pero le tenía más derecho
que una vela, sobre todo en cuestiones de dinero, por más que en ese
asunto no tenía de qué preocuparse que ya se cuidaba él de no
malgastarlo. Verdaderamente, Ricardo, era un poco tacaño hasta consigo
mismo, no digamos ya con los demás.
- Pero si yo comprendo que, con lo que hemos pasado en la guerra y con
la suerte que has tenido después, es lógico que quieras divertirte un
poco... Pero el juego no te lo aconsejo. Mira, un hombre puede tener
tres vicios: las mujeres, el vino y el juego. Los tres son malos, porque
pueden romper una familia pero, si tuviéramos que elegir cuál de los
tres es el peor, yo te diría que es el del juego.
Hizo un inciso para apurar la caña de cerveza y aclararse la voz.
Avelino encargó otra ronda al camarero.
- Las mujeres... - prosiguió Ricardo -. Pues sí que puede ser un vicio
eso de ser mujeriego pero, a nuestra edad, que ya no somos unos niños,
¿qué podemos hacer, tener todos los días una relación, dos si se
puede, con cualquier fulana? Pues se pega un polvo y al avío, porque yo
a ti no te veo perdiendo la cabeza por otra mujer que no sea Luisa...
- ¡Yo, a mi mujer no le he faltado en mi vida, ni con un polvo ni con
una mirada! - protestó Avelino - ¡Con lo buena que es y con lo que me
quiere!
Ricardo asintió con la cabeza.
- De acuerdo, de acuerdo... Pues dejemos lo de las mujeres. Después está
el vicio de la bebida. ¿Ves? Ahora mismo estamos tomando unas cañas,
dos, tres, las que se tercien...
- ¡Y las que yo esté dispuesto a pagar, nos ha fastidiado, porque con
lo agarrado que eres tú...! -. Pensó Avelino y siguió escuchando las
palabras de su amigo.
- ¿Cuántas cañas, cuántas copas se puede tomar un hombre al día? ¿Una,
dos botellas? Se quedará hecho una lástima, tal vez se vuelva alcohólico
y se ponga malísimo. Pero existe un límite y de ahí no se puede
pasar. ¿Estás de acuerdo?
- Naturalmente. Un día te puedes emborrachar, pero para eso se tiene la
cabeza. Vamos, salvo que te ocurra como a mi difunto suegro, que
solamente vivía para beber.
- Y llegamos al juego... ¿Cuánto te has jugado, lo más, una noche
cualquiera?
Avelino se lo dijo. El otro lanzó un silbido.
- ¿Tanto? Y parece que, hasta ahora, has tenido suerte y no has
perdido. Pero, ¿y si no la hubieras tenido y te hubieran dejado más
limpio que una patena?
- Bueno, tampoco tendría tanta importancia... -. Se excusó Avelino.
Ahora tenía reservas, gracias a la Lotería, y no lo iba a perder todo
de golpe.
-¡Si te parece que no es importante que te juegues a una baza el sueldo
normal de tres meses...!
Tuvo que reconocer que su amigo llevaba razón. Ahora se lo podía
permitir, pero no dejaba de ser una barbaridad. Además, últimamente
estaba viendo acudir a las partidas a gentes que no le gustaban;
jugadores de oficio, seguramente.
- Mira, Lino... -. Era como le llamaban casi todos sus amigos y sus
familiares -. El único vicio que no tiene límite es el juego. Te
puedes jugar lo que tienes y hasta lo que no tienes, que yo los conozco
que lo han hecho. Y no te estás jugando solamente tu dinero sino también
el de tu mujer y el futuro de tus hijos. ¿No eres tú el que quiere
darles estudios? ¡Pues a ver si por una estupidez les dejas en la puta
calle, peor que antes...!
Avelino se tuvo que callar y aguantar la reprimenda. Dos noches antes le
había ganado a un vecino, que tenía un negocio de ebanistería, todo
un comedor, con sus dos aparadores, su mesa, seis sillas y un sillón
frailuno, todo ello tallado a mano con motivos del Quijote. Al hombre se
lo habían pedido de encargo y había trabajado más de dos meses en
fabricarlo. Había conseguido una verdadera obra de artesanía. Cuando
aquella noche se quedó casi sin dinero y llevando como llevaba una
buena jugada, lo puso en prenda y se le aceptó. Se enseñaron las
cartas y Avelino las tenía mejores. ¡Todo el trabajo de dos meses
perdido en dos segundos! Mejor sería no contárselo a Ricardo.
En esto, su amigo empezó a hablar en camelo.
- ¡Que sí, hombre, que esos muletazos no los da cualquiera! Yo hacía
muchos años que no los había visto. ¡Y tan bien ejecutados, con ese
arte..!
Avelino supuso que algún policía estaba muy cerca de ellos y esa era
la conversación que tenían pactado de antemano decir que mantenían,
si les interrogaban.
Era muy común que, en cualquier lugar público donde se encontrasen
varias personas reunidas charlando entre sí, se hiciese de improviso
una redada de la policía franquista o de elementos de la Falange,
camuflados como otros clientes más. Entonces, separaban a los
contertulios y les obligaban a que cada uno, por su parte, dijese sobre
qué estaban hablando. Si uno decía que de fútbol y el otro que sobre
toros, se suponía que estaban conspirando contra el Régimen y se les
detenía. Por ello, previsoramente, la gente, antes de entrar a un bar,
se comprometía: - Oye, que estamos hablando sobre la corrida del
domingo.
Y se quitaban de líos.
Avelino asintió con gestos de estar de acuerdo con las afirmaciones de
Ricardo. Tuvieron suerte. Los policías pasaron de largo ante ellos y se
detuvieron ante un grupito compuesto por tres hombres. Lo que después
pasase ya no les importó, porque Avelino requirió la cuenta, pagó y
así, distraídamente, como quien no quiere la cosa, salieron a la
calle.
- ¡Vaya, parece que nos hemos librado de una buena! -. Se secó el
sudor frío de la frente.
- ¡Es que esta gente está por todas partes! La otra tarde, a mi
hermana Pilar, que es un tanto despistada, casi si se la llevan detenida
-. Contó Ricardo.
Avelino mostró su asombro.
- ¿A tu hermana? Pero si es una pobre mujer, tan discreta...
- Sí, pero acudió con una amiga al Teatro y cuando, antes de comenzar
la función, sonó el Himno Nacional, ella no se dio cuenta y no se puso
de pie ni saludó con el brazo en alto. ¡No veas cómo le pusieron los
que había alrededor! ¡Que si era una roja fugitiva, que si no sentía
el amor a la Patria! Y a la infeliz, no sabiendo qué hacer, no se le
ocurrió más que echarse a llorar, musitando entre lágrimas e
hipidos:- ¡Viva Franco, viva Franco!
Los dos rompieron a reír, imaginando la escena en cuestión. Eran cosas
que pasaban en aquellos años de la posguerra y que, de tanto repetirse,
acababan por no sorprender ya a nadie.
- Entonces, volviendo a lo nuestro, ¿qué le digo yo a Luisa si me
pregunta si te he hablado de lo del juego? Ella tiene confianza en que
yo te saque de dicha manía.
-¡Pues dile que me has hablado, que tú tampoco le das tanta
importancia y que yo he prometido dejarlo! ¿Qué más quieres que le
haga?
- Que lo dejes de verdad -. Contestó Ricardo -. Que va a ser mejor para
ti y para todos los tuyos...
Los dos amigos se separaron, marchando cada uno a su casa.
Avelino llevaba un pequeño remordimiento de conciencia: sabía que su
conducta no era la más apropiada. Ricardo no iba satisfecho. Sus
palabras - ¡y cuidado que su verborrea de vendedor solía ser
convincente! - parecían no haber hecho la menor mella en el ánimo de
su amigo.
Dándole vueltas a estos pensamientos, tiró calle Atocha para arriba.
¡Cómo cambiaban los tiempos y cómo cambiaba el dinero a los hombres!
Avelino, su colega, que siempre se había distinguido por ser un hombre
cumplidor en el trabajo, ahora - aunque siguió cumpliendo mientras que
no abandonó el empleo tras la discusión con su jefe - estaba al borde
de caer en la inestabilidad del no hacer nada, que es lo peor que pude
pasarle a cualquier persona, amparado en el dinero que había conseguido
de manera tan fácil y que tan fácilmente se le podía ir de las manos
en cualquiera de las partidas en las que se metía.
Él era bien distinto. Desde muy joven y habiéndose quedado huérfano,
con dos hermanas más o menos de semejante edad, había tenido que
ponerse a trabajar para sobrevivir. Primero, comenzó en un Banco, de
aspirante administrativo, donde aprendió a manejar la máquina de
escribir tan aprisa que parecía que echaba humo de tanto aporrearla.
Molestaba de tal forma al Director, cuyo despacho estaba pegado a su
cuchitril, que éste le ordenó pasar al departamento de Contabilidad a
fin de que sus oídos descansasen de tanto tecleo. Le enseñaron las
normas fundamentales de la Contabilidad y de cómo administrar los
dineros. En dos años, fue oficial de tercera.
Se libró del servicio militar ya que, ganando unos buenos sueldos entre
él y las hermanas, pudo pagarse lo que se llamaba "la cuota",
es decir: Cumplir su compromiso para con la Patria mediante el abono de
una cantidad. Era lo que todos los hijos de los ricos hacían y Ricardo,
aun sin ser persona de recursos, no quiso perder el tiempo y prefirió
sacrificar su dinero. ¡Y eso que para él era más duro pagar al Estado
que marcar el paso!
Su jefe de Contabilidad sabía hablar y escribir, a la perfección,
tanto inglés como francés. Como viera que varios de los empleados se
interesaban por dichas lenguas - trabajaban en la Central en España de
una Entidad londinense - ofreció un buen día:
- El que quiera aprender inglés que se quede hoy a la salida. Estaremos
dos horas todos los días. Traigan un cuaderno y buen ánimo para
estudiar. El que falte un día, sin motivo, a la clase, no volverá a
ella. Yo no les cobraré nada pero sí les exijo que me paguen con lo
mejor que tienen: su voluntad y sus ganas de aprender.
Empezaron cinco. Ricardo no tenía la menor noción de otro idioma que
no fuera el castellano, pero puso todo su empeño. Dos años más tarde,
solamente quedaban en la clase él y otro de los compañeros. Los demás
habían ido abandonando.
- Perfecto, muchachos -. Dijo el profesor -. Ya dominan ustedes el
idioma de Milton y de Lord Byron. ¿Quieren aprender francés?
Los jóvenes dijeron que sí y al otro día comenzaron de nuevo, esta
vez con la lengua de Molière. Con ella tuvo Ricardo menos
complicaciones o mayor facilidad; el caso es que, al cabo de año y
medio, el profesor le separó del compañero que todavía perseveraba en
sus ideas de aprendizaje.
- Ricardo, yo creo que adelantaremos más si se queda usted solo la
primera hora. Va mucho más adelantado que su amigo.
- No, señor. Si le parece, yo me quedo con él las dos horas primeras
y, después, cuando se acabe la clase normal, podemos estar otra media
hora o el tiempo que usted juzgue necesario, para perfeccionar. De esta
manera, no por adelantarnos más se me podrán olvidar cosas del inicio.
¿Está de acuerdo?
- ¡Desde luego tiene usted una voluntad de hierro! ¿Qué pasa, no le
gusta divertirse, como a cualquier joven de su edad, que prefiere pasar
las noches estudiando?
Ricardo se encogió de hombros y sonrió: - Es que lo necesito. Quiero
triunfar en la vida.
- ¡Así me gusta, pollo! -. Le palmeó en la espalda el profesor.
Seis meses más tarde, Ricardo hablaba perfectamente francés y también
lo escribía. Gracias a aquel jefe del Banco había aprendido en muy
poco tiempo dos idiomas, cosa nada normal en esa época.
- Ahora podrá conseguir un mejor destino en el Banco.
Ya le habían ido ascendiendo de categoría, como premio a sus méritos
y a los buenos informes que de él daba su profesor, pero aún quería más.
- No, señor. Yo ahora me voy de la Banca. Quiero aprender cosas sobre
la técnica, que es donde veo el futuro. Para eso me serán muy útiles
mis conocimientos de idiomas, ya que todos los libros de ingeniería
vienen en inglés o francés.
Y es que, verdaderamente, todo lo que Ricardo Villanueva tenía de
constante y esforzado lo descompensaba con su desagradecimiento y
prepotencia hacia los que le habían ayudado. Años más tarde se
hubiera dicho que era un "trepa". En aquel momento, su viejo
maestro se limitó a sonreírle tristemente, con desprecio, y a afirmar:
- Ricardo, llegará usted lejos. Pero, ¿a qué precio? Tal vez no le
merezca la pena.
Ricardo se encogió mentalmente de hombros. ¡Qué dijeran lo que les
diera la gana, a él le traía al pairo, el caso era triunfar! ¿El
precio? El precio no tenía importancia... No conocía a ningún cliente
de los muchos millonarios que frecuentaban el Banco al que se le juzgase
por su pasado, sino solamente por el color de su dinero.
Fue entonces cuando buscó y encontró rápidamente trabajo en una
importante compañía de material industrial. Su don de gentes,
aprendido en el Banco y su dominio de los números y de las cuentas,
junto con su dominio del inglés - la compañía tenía gran parte de
capital británico - consiguieron que le nombraran subdirector de la
sucursal de Madrid en breves meses.
Después vino la guerra y, por su edad, no fue movilizado, de momento.
Tuvo tiempo de seguir trabajando y como poseía amplios conocimientos
del mercado bursátil y de economía, fue reuniendo los billetes y las
acciones que sabía que algún día, si se produjera la victoria
nacional, como preveía, iban a tener valor. Su sueldo lo cobraba en
dinero del bueno. A los proveedores y a los demás empleados les pagaba
con el dinero emitido por la semivencida República.
A finales de 1938 fue llamada su quinta y con treinta y siete años tuvo
que irse a la guerra. La verdad es que mientras le enseñaban lo que era
un fusil, cosa que ignoraba por haber sido de cuota como se ha dicho,
poco tiempo le dio para participar en campaña alguna. Tan sólo, y
destinado al frente de Cataluña ya seriamente amenazado por las tropas
nacionales, tuvo la oportunidad de rendirse o de dirigirse a la frontera
francesa junto con los restos del ejército republicano.
No hizo ninguna de las dos cosas. Ni se rindió ni tomó las de
Villadiego. Una fría mañana, cuando sus compañeros se preparaban para
emprender la marcha, abandonó su arma, se abrigó como pudo y echó a
andar por una carretera, camino de Madrid. Durante dos días y dos
noches anduvo sin que nadie le molestara, alejándose del ruido de los
cañones y procurando pasar desapercibido. Dormía donde encontraba, al
resguardo de algún pajar y comía lo que pillaba.
Una mañana, de entre la niebla que lo ocultaba absolutamente todo, vio
surgir ante él un pelotón de soldados nacionales.
-¿Adónde vas, soldado? ¿De dónde vienes? -. Le preguntó el oficial
al mando.
- Vengo del frente y voy a mi casa, con mi mujer. A Madrid.
Examinaron su documentación. Soldado raso incorporado poco tiempo atrás,
demasiado mayor para el combate... El oficial no sabía si mandarle
fusilar o qué hacer con él.
-¿Dónde dejaste a tus compañeros? Porque tú eres un desertor o un
espía.
Ricardo hizo un gesto de negativa.
- Ni una cosa ni otra. Yo solamente quiero volver a mi casa, para
trabajar en lo mío. A las tropas las abandoné cuando se retiraban
hacia Francia y a mí no se me ha perdido nada en ese país.
El caso es que tuvo suerte y el nacional le dejó continuar su camino.
Pero uno de los soldados se encaprichó de sus botas y le obligó a dárselas.
Se las cambió por unas zapatillas raídas con las cuales tuvo que
recorrer todo el camino que le quedaba hasta su destino, que era muy
largo.
No tuvo más incidentes y un buen día se presentó en su casa de Antón
Martín. Su mujer, que ya le daba por muerto o por desaparecido, no hacía
más que decir, entre sollozos:
- ¡Ay, qué te han hecho! ¡Ay, qué te han hecho!
- Pues nada, mujer. ¡Qué me van a hacer! ¡Dejarme volver, que ya es
bastante!
Y se reincorporó al trabajo. Tuvo tiempo de coger una última remesa de
dinero del bueno y así, cuando se acabó la guerra, tenía una
fortunita oculta que mantenía a buen recaudo, por lo que pudiera venir.
Mientras a los Alvear la guerra les había castigado cruelmente, a
Villanueva le había favorecido.
A Avelino, por su parte y después de la conversación mantenida con su
amigo, de la cual hizo poco caso por no decir ninguno, las ganas de
jugar se le quitaron cuando una noche, - por cierto iba perdiendo y se
había quedado con escasos fondos, aunque los demás estaban dispuestos
a dejarle jugar de boquilla -, de madrugada ya bien entrada, llamaron a
la puerta del garito, con secos golpes.
- ¡Policía! ¡Abran inmediatamente!
Todos se quedaron mudos de espanto y tuvieron que obedecer.
Aquella noche y la siguiente la pasaron en el cuartelillo, ignorantes de
lo que les iban a hacer. Al final no les pasó nada. Les decomisaron el
dinero que tenían en la partida - hasta en eso tuvo suerte Avelino, que
apenas si le quedaban cien pesetas en metálico -, les hicieron pagar
una multa y les dejaron en libertad con la advertencia de que, si volvían
a las andadas, no serían tan benevolentes con ellos. Avelino decidió
no tentar más a la suerte, que demasiada había tenido, no fuese que le
saliera mal la jugada. Y abandonó, definitivamente, el juego.
En Mayo de 1942, Avelino Alvear abrió su propio negocio de maquinaria.
¡Había cumplido la promesa efectuada a su padre de que algún día sería
su propio jefe! Ya solamente trabajaría para sí mismo. Aprovechando
que a su hermano Adelardo le habían concedido la libertad, se le llevó
a trabajar con él. Recompuso el taller de modistas de sus hermanas y se
convirtió en el jefe de la familia, por encima de Teresa, aunque ésta
continuase mangoneándole por lo bajinis, astutamente y con zalamerías.
Se mudaron de casa y se fueron a vivir a pleno barrio de Salamanca. Llevó
a sus hijos a un colegio de religiosos e hizo que su esposa frecuentara
la parroquia. Tenía que borrar cualquier sospecha de su militancia
socialista y republicana. Todos los días, cuando veía marchar a Luis y
a Adelardo a sus clases, decía, como su difunto padre:
- ¿Ves, mujer? Estos sí llegarán a ser algo. Ya tienen estudios.
Ahora, Luisa, después de lo de la Lotería y de comprobar que su marido
había abandonado el juego, ya no dijo lo de "la carrera del señorito".
Entonces, Avelino, pensó en su amigo Ricardo Villanueva que continuaba
trabajando en la otra empresa. Le llamó y quedaron en verse.
- ¿Qué tal te va la vida, Lino? Veo que bien ¡Has montado un buen
negocio! ¡Y todo tuyo! -. Se alegró Ricardo cuando estuvo en el
comercio de su amigo.
Éste le sonrió. Sabía que se lo decía de corazón.
- Pues ya lo ves, trabajando y luchando, que es bastante. ¿Y tú? -. Le
preguntó.
- No me puedo quejar, aunque tampoco estoy como unas castañuelas... Me
han puesto un Director más facha que un ocho y, como sabe que serví
con los rojos, me tiene filado. Pero me necesita y tiene que aguantarme.
¡Que se joda!
Avelino lo había meditado mucho antes de proponer lo que a continuación
expuso:
- Mira, Ricardo, tú me ayudaste una vez con lo del juego que, aunque
entonces no te hiciera mucho caso y debido a otras circunstancias, lo
dejé y, hoy en día, tengo mi dinero bien invertido. Yo soy un buen
vendedor, casi mejor que tú - se rió - pero ni como administrativo ni
como técnico te llego a los talones. Y temo mucho que, si la empresa va
a más, se me escape de las manos. Necesito a un hombre con
conocimientos y experiencia. En una palabra, que te necesito a ti.
Ricardo se quedó callado. La verdad es que no esperaba aquella oferta
de su amigo. Él tenía su trabajo, no necesitaba cambiar de sitio. Era
meterse en una aventura que podía fracasar... En definitiva, corría el
riesgo de quedarse sin una cosa ni otra, aparte de aquel capitalito que
tenía bien guardado y cuya existencia desconocía hasta su propia
esposa.
- ¿Me necesitas? ¿Y qué tendría a cambio? ¿Qué puesto me ofreces?
-. Preguntó. Ricardo era de los que dan poco sin saber lo que van a
recibir.
- Pues... de Gerente, de Director. Bajo mis órdenes, claro está, pero
con total autonomía.
- ¿Y no te convendría más un socio? -. Le soltó Ricardo.
- ¿Un socio? ¿Y quién podría ser?
- Dependiendo del dinero que hubiera que aportar, ese socio muy bien
podría ser yo, ¿qué te parece?
Avelino estaba extrañado.
- Pero, ¿tú tienes dinero para asociarte conmigo? Porque al menos harán
falta unas cien mil pesetas.
- Tú deja de mi cuenta el asunto del dinero. Estudia si te interesa mi
ofrecimiento y contéstame. Yo, para seguir como empleado, sigo donde
estoy. Si somos socios, tú en lo comercial y yo en lo contable, podemos
llegar muy lejos. Piénsatelo.
Avelino no pudo contenerse ni reservar su alegría.
- ¡Pero si no hay que pensar en nada! ¡Si yo andaba detrás de ti y
encima tú te me ofreces para arriesgar tu dinero conmigo...! ¡Pues
claro que acepto!
Y así se formó la sociedad entre Avelino Alvear y Ricardo Villanueva.
Juntos, colaborando estrechamente pero sin meterse el uno dentro del
terreno del otro, les fue de maravilla.
Al principio, Ricardo, hombre siempre previsor y amigo de nadar y
guardar la ropa, no abandonó totalmente la empresa en donde trabajaba.
Se limitaba, por las tardes, a última hora, a despachar con su socio.
Cuando era necesario se hablaban por teléfono y hasta desvió negocios
que pertenecían a su firma hacia la de ambos. Nunca quiso figurar como
propietario sino que se regían como socios al cincuenta por ciento, por
un contrato privado. Por ello, al negocio le pusieron el nombre de Casa
Alvear, sin que constase en parte alguna el nombre de Ricardo
Villanueva. Cuando, por fin, decidió dar el salto definitivo, ya bien
seguro del éxito, constó, y así hasta el final de su vida activa,
como Jefe de Personal.
El final de la guerra mundial dejó a España aislada y en peligro de
ser invadida. Pero el General Franco, - "el Caudillo", como se
le conocía -, supo hacer cara, diplomáticamente, a los aliados, igual
que años atrás le diera una larga cambiada al Führer. Fueron años de
hambre y de fatigas. Pero los Alvear tenían el riñón bien cubierto.
Una serie de negocios con materiales de la Europa Oriental que cayeron
en manos de Avelino merced a una gestión sin importancia, realizada con
su natural simpatía y bien apoyada y dirigida financieramente por
Ricardo, les catapultó, definitivamente, al triunfo. En 1950 eran
millonarios. Sobre todo Ricardo, que tenía menos bocas que alimentar y
que gastaba muy por debajo de lo que le permitiría hacerlo su nueva
condición de empresario.
Anteriormente, en Junio de 1946, coincidiendo con el día de su cumpleaños,
a Avelino le nació el cuarto de sus hijos, al cual se le puso el nombre
de Ricardo porque sus padrinos de pila fueron el matrimonio Villanueva,
como símbolo de su asociación. Habían ido en busca de la niña - al
contrario que su padre, que deseaba tener chicos - y se habían juntado
con cuatro varones.
- El abuelo no se podría quejar -. Le dijo aquel día a su hijo mayor.
- No faltará gente con carrera en la familia.
Ese año, Luis, que había superado el Examen de Estado, empezaría los
estudios de Ingeniero. Más tarde, sería Adelardo quien siguiese sus
pasos.
También en el mismo año de 1946, el tío Adelardo contrajo nuevamente
matrimonio, con aquella maña de su juventud en Zaragoza. Pero no
abandonó a su amante, a la cual nadie en la familia llegó a conocer
nunca. Se rumoreaba que Teresa sí tenía algún contacto con ella, pero
si así fue, nunca lo dijo. Avelino, educado en la misma escuela moral
que su padre, no veía con buenos ojos la conducta de su hermano de
tener líos de faldas y, aunque no se lo reprochó jamás, no quiso que
prosperase demasiado en el trabajo y le dejó, toda la vida, como su
encargado de confianza, pero con un sueldo que no le permitiese
demasiadas alegrías.
Avelino sí que se las permitió, pero dentro de
un orden. Dentro de aquel orden en que le había forjado el ejemplo de
su padre. Después de las penurias por las que atravesó la familia
antes, durante y después de la contienda civil, en una época en la que
en España reinaba el hambre y la venta de estraperlo estaba en todo su
apogeo, los Alvear comían todo lo buenamente que el mercado les permitía.
Luisa se daba el lujo (por entonces no lo era) de tener criada y su
marido alternaba con nuevos y buenos amigos, gente más o menos de su
condición, comerciantes a los que las cosas les marchaban bien. En
definitiva, que no pasaron necesidades, sino todo lo contrario.
Avelino adquirió, mitad para el negocio y mitad para su uso personal,
un vehículo Fíat, tipo Balilla. Era muy antiguo, desecho de la guerra,
pero con una buena reparación quedó como nuevo. Más tarde, también
compraría un furgoncito de importación y un poderoso automóvil inglés,
un Standard Vanguard.
En aquellos años de restricciones, el hecho de juntarse con tres
coches, aunque uno fuera para el negocio, era síntoma de que las cosas
marchaban de perlas. En la amplia calle donde vivían, en la calle
Torrijos, solamente aparcaban cinco coches: los de Avelino, otro Balilla
del dueño de una pastelería y el de la autoescuela La Salmantina, en
la que aprendieron a conducir sus hijos.
Avelino quedaba todos los domingos, a las doce, en Hontanares, magnífica
marisquería próxima a la calle Alcalá. Allí, con sus nuevos amigos y
con Ricardo Villanueva, se dedicaban a comer jamón, gambas y todas las
exquisiteces culinarias que su situación les permitía. Su situación y
el hambre que tenían atrasada desde hacía años. Después, por la
tarde, se iba al fútbol. Se había hecho socio del Real Madrid y del
Atlético, así que todos los domingos tenía partido. En tanto, Luisa,
con los pequeños, le esperaba en algún sitio para, a la salida,
merendar todos juntos. Claro que, antes, la noche del sábado, había
llevado a su mujer, envuelta en un abrigo de pieles, a cenar y al
teatro. En definitiva, que sabían vivir y se desquitaban de lo mal que
lo habían pasado. Los Villanueva casi siempre iban con ellos, pero a
Ricardo le salía del alma cada duro que tenía que gastar. Parecía que
se lo arrancasen del corazón a punta de cuchillo. Tan sólo, y como
excepción, no se privaba de ir a los toros, que parecían ser su única
pasión aparte la de ganar dinero en los negocios. Todos los años
sacaba su abono para la Feria de San Isidro. Era el único lujo que se
permitía y en el que no le dolía lo más mínimo gastarse su pecunio.
En cuanto llegaba Mayo, todas las tardes y acompañado de su esposa, se
iba para Las Ventas a admirar a sus diestros favoritos. Si el cartel no
era de su agrado o tenía cualquier otro motivo de importancia para no
asistir, entonces, y para no perder las localidades, se las daba a
Avelino que, aunque no era muy amante de la Fiesta, gustaba de acudir de
vez en cuando.
Una tarde de las que Villanueva le había cedido sus abonos, Avelino y
Luisa acudieron al coso. Durante la lidia, uno de los animales se partió
un asta contra el burladero. El vecino de asiento de Avelino no pudo por
menos que exclamar: - ¡Se ha roto un cuerno! ¡Pobre bicho, con lo que
duele eso!
-¿Usted cree que duele mucho? -. Le preguntó Avelino.
-¡Ya lo creo que duele! ¡No vea usted! ¡Si lo supiera..! -. Asintió
el otro.
- Yo no lo sé, porque como no los tengo... Pero, estoy de acuerdo en
que debe ser muy doloroso, ¿no?
-¡No se hace cargo, es terrible..!
E, inmediatamente se quedó callado, todo corrido, al ver el gesto
divertido y de pitorreo de su interlocutor, que le estaba haciendo
objeto de una broma y tomándole el pelo. Refunfuñando por lo tonto que
había sido, volvió la mirada hacia el albero y ya no volvió a cambiar
palabra con Avelino ni tan siquiera hizo el menor comentario de
cualquier tipo durante lo que duró la corrida.
Y es que Avelino seguía siendo el hombre que se tomaba a guasa y con
filosofía todas las situaciones, como le había enseñado su madre y más
ahora, que las cosas le iban sobre ruedas. Sabía convertir la más
amarga situación en llevadera y afrontar las dificultades sin el menor
reparo.
Como aquella otra vez que, habiendo acabado su trabajo por la tarde, se
llevó a Ricardo Villanueva a la calle de las Naciones, a tomar una copa
y, de paso, un poco de picos pardos. En aquella callecita, donde hoy se
ubican ruidosas discotecas y multitud de oficinas, se hallaban por aquel
entonces una variedad de chalecitos que no eran otra cosa que lupanares
de mayor o menor lujo, en los que podías limitarte a tomar un whisky
alternando con una bella moza casi en cueros, hasta subir a una coqueta
habitación a acostarte con ella. Avelino, nunca le fue infiel a Luisa,
pero gustaba, no obstante, de dejarse querer por aquellas esbeltas
muchachas que vendían su amable compañía por poco precio y, de vez en
cuando, solía acudir a pasar un rato. No le venía mal, a sus años,
una poca de puesta en marcha para tener contenta a su mujer. Villanueva,
por el contrario, no era raro que, a menudo, se enfrascara en algo más
que en una mera charla con la fulana de turno.
Esa tarde se limitaron a tomar la copa y a pellizcar a las chavalas.
Avelino iba contento. Se despidieron de la dueña, dejando una propina
generosa.
- ¡Hasta cuando ustedes quieran, caballeros! ¡A ver si se dejan ver más
a menudo por aquí, que saben que siempre son bien recibidos!
Y les abrió la puerta, para franquearles la salida. Avelino dio el
primer paso y, de repente, se encontró, cara a cara, con su hijo
Adelardo.
El muchacho se quedó estupefacto. Su padre reaccionó con mayor viveza:
-¿Qué pasa, chaval? ¡Bien pronto has dejado hoy a la novia en casa!
- Papá... -. Tartamudeó Adelardo -. ¿De dónde vienes?
- ¡Pues que más quisiera yo que fuera parecido a lo que tú vas! Señal
de que tenía veinte años menos. Señora, el chico está invitado -. Y
se echó mano a la cartera.
- No hace falta, señor. Corre por cuenta de la casa -. Respondió la
dueña -¡Que ustedes lo pasen bien, que del chaval ya me ocupo yo que
no se aburra!
La verdad es que Adelardo, a pesar de que se había ahorrado el dinero
que venía atesorando desde hacía tiempo, a punto estuvo de pegar un
gatillazo de lo turbado que le dejó la presencia de su padre en aquel
sitio. ¡Y, además, que parecían conocerle bien! Pero pensó que ¡pelillos
a la mar! Y se lió con la prostituta más cara y que nunca hubiera soñado
en poderse pagar él mismo. ¡Había que aprovechar la ocasión de tener
un padre tan generoso! ¡Además de buen padre, era un tío cojonudo!
Entre la pandilla de amigos se consideraba que Avelino era el alma de la
empresa, el motor de la brillantez de Ricardo y el azote que Dios le había
mandado a éste para castigar su avaricia. Avelino no hacía caso de
aquellos comentarios. Ricardo Villanueva, para él, era la tabla de
salvación y su colaborador inapreciable. Dudaba, y muy mucho, que sin
su ayuda y sabiduría hubiera podido triunfar como lo había hecho. Él
sí reconocía los méritos de Ricardo, aunque no dejara de tacharlo de
roñoso. Por eso, y dejándose guiar de su natural zumbón, le encantaba
obligarle a gastar dinero.
- ¡Que hay que vivir, muchacho! ¿Qué quieres, llevártelo al otro
barrio? ¡Y tú que, encima, no tienes hijos! -. Le repetía, ante las
protestas del otro.
Y hasta le obligó a viajar a París. Allí se fueron los dos
matrimonios, a gastarse los dineros. Eso sí que agradó a Ricardo, ya
que pudo hacer buena gala de sus conocimientos de francés ante la
ignorancia total de idiomas de Avelino. Quedó como un rey, con su
excelente pronunciación y bien decir.
En definitiva, Ricardo, que tenía mucho que agradecer a Avelino, le
guardaba en el fondo de su alma un pequeño rencor. Y eso que su amigo
se desvelaba por alabarlo, presentarle como el número uno y gritar a
los cuatro vientos que aquél era el hombre hacedor de sus éxitos. Pero
Ricardo no pudo superar jamás un extraño sentimiento: el de que su
socio era querido por todos los empleados, por todos los clientes y por
todos los proveedores. A él se le tenía mucho respeto, se reconocía
su enorme valía, pero cariño... se le tenía más bien poco. Se le
consideraba demasiado engreído. Tal vez le perdió lo de no haber
tenido hijos, que aunque decía que los niños eran para sus madres,
bien que se le iba la envidia de ver como Avelino departía con entera
confianza con sus muchachos.
En 1954, Avelino contaba con cuarenta y siete años de edad. La vida le
sonreía y le gustaba vivirla. Sus hijos mayores cursaban sus carreras
universitarias. Los dos pequeños, Eusebio y Ricardo, hacían sus
estudios de Bachillerato y Primaria, respectivamente. Aquel verano,
tanto Luis como Adelardo se hallaban en el campamento de El Robledo,
cerca de La Granja de San Ildefonso, en Segovia, cumpliendo las Milicias
Universitarias. Viajando en su coche inglés, fueron a visitarlos y, de
vuelta para Madrid, Adelardo - que venía de permiso y lucía gorra de
plato con los galones de sargento - condujo el automóvil. Durante el
viaje fueron saludados por una pareja de la Guardia Civil que, al
observar el coche negro, el uniforme del conductor y la presencia de un
señor, con sombrero, a su lado, les presentó armas.
- ¡Esos se han creído que eras un general! -. Se rió Adelardo.
Avelino recordó lo que su padre le había contado, sobre sus esperanzas
de ocupar algún día el puesto del cabo.
Más terciado el verano, Avelino quiso que su madre tuviera unos días
de asueto que no había tenido nunca y, junto con Luisa y sus dos hijos
pequeños, se la llevó a Cáceres. Después pasaron por Mérida y por
Puebla de la Calzada, para que la anciana recordara sus años jóvenes.
- ¡Cuánto ha cambiado todo, hijo! -. Se sorprendió Julia.
- Todos hemos cambiado, madre -. Le respondió.
Por malas carreteras, llegaron hasta Cádiz y, allí, Julia paseó por
las queridas calles de su niñez. Hasta se acercaron a la parroquia en
la que había contraído matrimonio con Adelardo. Tras una generosa
propina, pudieron contemplar el vetusto legajo donde constaba la unión
de Adelardo Alvear Peña y Julia Núñez Concejo. Junto a la firma, magníficamente
estampada, de su padre, Avelino vio una cruz, trazada por la gaditana
que nunca aprendió a escribir. Sacando su estilográfica del bolsillo,
la depositó entre los temblorosos dedos de la anciana y, conduciendo su
mano, le hizo firmar, sobre la cruz, con letra insegura, su nombre:
Julia Núñez.
- Es cierto, los tiempos cambian... -. Pensó.
El pequeño Ricardito vio las firmas de sus abuelos sobre aquellos
papeles tan antiguos.
- ¿Puedo firmar yo, papá? ¡Yo sí sé hacerlo, no como la abuelita!
- No -. Respondió Avelino -. Ya te llegará el día en que tengas ocasión
de firmar. ¡Y quiera Dios que no te canses ni te arrepientas de
hacerlo!
Empezaba el otoño cuando su hermana Asunción vino a verle. Su marido
necesitaba cien mil pesetas para hacer frente a unos pagos. Avelino
recordó aquellos cien duros que les regalaron al terminar la guerra...
- ¿Y no tenéis dinero? ¿Ya se ha gastado tu marido lo que le pagaron
por una vacada que me contó que tenía que vender?
El marido de Asunción hacía ahora muy buenas migas con Avelino, desde
que éste era rico y tenía dinero en abundancia. Anteriormente le había
despreciado, como a todos los Alvear, pero en él se cumplía el dicho
de que tanto tienes tanto vales...
- Mira, Asunción, tú aparte de ser tonta, es que eres gilipollas. Y
perdona si mis palabras no son tan finas como las que usan los de tu
alcurnia. Tu esposo se ha fundido en juergas la vacada que tenía y se
fundiría cien más que le vinieran. Y no sé como no te ha vendido a ti
también, porque cuernos, lo que se dice cuernos, tienes más que
cualquiera de sus vacas.
Su hermana se quedó sin habla. ¿Cómo se atrevía a hablarle a ella,
toda una señora, de tal guisa? -. Le preguntó.
- Mira, para señoras, tu madre y mi mujer que, sin necesitarlo, porque
tienen todo lo que quieren, que bien que se lo doy yo, se cogen ellas
mismas las medias y zurcen los calcetines de sus hijos. Porque tienen
vergüenza, cosa que a ti debería darte cuando pides para tu señor
marido.
- Yo no he venido aquí para que me insultes. Si quieres dejarnos el
dinero, pues bien. Y si no...
Avelino hizo un gesto para que se calmase. A pesar de todo, quería
demasiado a su hermana.
- No te preocupes, tendréis el dinero, no voy a dejarte en la estacada.
Le dices a "don importante" que vaya mañana a buscar un
cheque a casa de madre.
- Pero, Lino, ¿por qué tiene que ir él a buscarlo a casa de madre? ¿No
puede venir aquí, a tu casa, o dármelo tú, ahora?
- ¿No decís que sois tan monárquicos? ¡Pues porque a mí me da la
real gana! Y le firmará un recibo a madre que, en definitiva, es por
quién os lo dejo.
Y es que Avelino, cuando se encontraba cargado de razón, llamaba a las
cosas por su nombre. Al pan, pan. Y al vino, vino. Pero, aunque
estuviera acertado, era demasiado generoso para permitir que uno de los
suyos lo pasase mal, por muy merecido que lo tuviese. Pero no estaba de
más una buena reprimenda y, más que nada, colocar a cada cual en el
lugar que le correspondía, para que no se creyeran que todo el monte
era orégano. Actuando tal como había exigido, haría que, de una vez
por todas, el orgulloso aristócrata, que en su vida había dado un palo
al agua, se humillase una vez, por lo menos, ante la humilde suegra que
tanto había trabajado por sus hijos y a la cual no había tenido
siquiera el detalle de invitar a conocer su mansión.
Unos días más tarde, Avelino cayó enfermo. Un catarro sin
importancia. Una gripe. Varios días en la cama y como nuevo. Pero la
recaída fue rápida. Otra vez la gripe, ahora ya pulmonía. Tuvo que
visitarle el médico.
Todo aquel invierno lo pasó de pulmonía en pulmonía y de consulta médica
en consulta médica. Él se sentía unos días mejor que otros pero, en
el fondo, fatal.
- Así empezó mi padre -. Le dijo una noche a Luisa -. Con un
dolorcillo...
- ¡Pero, quita! ¡Lo de tu padre era de las fatigas que pasó y del mal
comer! Además, ahora hay muchos adelantos.
Avelino se quedó muy pensativo.
- Los tiempos cambian... pero la historia se repite -. Musitó. Era el
viejo cuento de las vías, que siempre se perdían en la lontananza y
nunca cambiaban de sitio...
Ninguno de los facultativos que le vieron le dio importancia. Lo que le
hacía falta era cambiar de aires y trabajar menos, decían. Por fin, un
médico que tenía recién acabada la carrera y apenas había empezado a
ejercer, lanzó su diagnóstico.
- Pero, doctor, dígame la verdad -. La historia se repetía,
verdaderamente - ¿Es grave lo que tengo?
El doctor don Benito Martín de Prados, con sus veintisiete años, tembló
ante aquel hombre que le llevaba cuatro lustros y que estaba a punto de
llorar delante de él, como un niño. Pero, debajo de aquel llanto,
adivinó que había un hombre entero. Se lo dijo:
- Sí, señor Alvear. Es muy grave. Fatal. Tiene usted un cáncer de
pulmón...
Las palabras resonaron en los oídos de Avelino como un mazazo. Tuvo que
apoyar sus manos sobre la mesa del médico. Por un instante pareció que
se iba a derrumbar, vacilante. El doctor hizo ademán de sostenerlo,
pero el enfermo le apartó con un leve gesto de la mano.
- ¿Cuánto me queda? -. Preguntó.
Don Benito dudó.
- No sé, exactamente. Un año. Dos, tal vez...
- Está bien -. La voz de Avelino ya no temblaba -. Pero no se lo dirá
usted a nadie. Ni a mi esposa ni a mis hijos. Será nuestro secreto.
- Pero, ¿y si me preguntan? La enfermedad irá evolucionando y los síntomas
se harán patentes...
- ¡Pues dígales lo que sea! Pero como si yo no lo supiera. ¿Comprende?
Ellos no deben saber que yo me doy cuenta.
Durante 1955 la enfermedad fue avanzando, pero Avelino tenía unos días
mejores que otros. Cuando se encontraba ligeramente mejor, animado por
su socio Ricardo, iba a dar una vuelta por el trabajo, pero volvía muy
cansado. Con su mujer y sus hijos no hablaba del asunto. Ni con sus
hermanas. Solamente su hermano, Adelardo, lo supo, una mañana de las
que había ido, malamente, a la oficina. Estaba sentado ante su mesa de
despacho, con la cabeza entre las manos, cuando Adelardo entró, sin
llamar a la puerta. Iba a consultarle unas cosas.
- Oye, Lino, ¿qué hacemos con..? -. Se quedó callado en mitad de la
frase - ¿Qué te ocurre?
Avelino apartó sus manos y Adelardo pudo ver las lágrimas que corrían
por su rostro.
- Ya ves... ¡Ahora que lo tenía todo!
Su hermano, sin musitar palabra, se acercó a él y le abrazó.
- Y esta vez no te podrás escaquear, ¿verdad, chaval?
- No. Esta vez no habrá enchufes ni amistades que valgan... ¿Desde cuándo
lo sabías?
Adelardo no quería responder, pero la mirada implorante de su hermano
le obligó a hacerlo.
- Lo sabemos desde hace casi un año. El médico se lo dijo a tu
mujer...
-¡Qué buenos comediantes somos todos! ¿Verdad? Ellos fingen que no lo
saben y yo que tampoco. Pues quiero que la farsa continúe, ¿entendido?
- De acuerdo. Se hará todo lo que tú quieras.
Aquel verano terminaron sus carreras Luis y Adelardo. Ya eran
ingenieros, uno superior y el otro de grado medio. Avelino supo que la
meta de su padre se había cumplido. Los Alvear habían conseguido tener
carrera. Todavía quedaban dos más pequeños, pero a él ya no le daría
tiempo de ver si triunfaban o no.
En febrero de 1956, y aunque se encontraba francamente mal, quiso que su
hijo Luis se casara. Se iba a ir a trabajar en el Norte y Avelino pensó
que debía llevarse a su novia, ya convertida en esposa, con él. No
quería que cometiese su mismo error ni pudieran pasarlo tan mal como
les ocurrió a ellos cuando lo de Barcelona.
La boda fue fastuosa. Avelino tiró la casa por la ventana, en contra de
la opinión de Ricardo Villanueva para quién, como de costumbre, todo
gasto superfluo era un absurdo. Todo fueron sonrisas en los rostros,
pero la procesión iba por dentro. Al acabar el banquete, se repartieron
los puros. Avelino, que no fumaba desde que le dieran la trágica
noticia, exigió un cigarro. Luisa, con disgusto, se lo alcanzó. Lo
encendió y, tras de darle dos caladas, lo apagó.
- Tampoco merecía la pena... -. Pensó.
El veintiséis de Junio cumplió los cuarenta y nueve años y su hijo
pequeño, Ricardo, diez. Aquella noche estuvo a punto de morirse. Toda
la familia estuvo en danza, llamando a médicos, amigos y familiares.
Parecía que se ahogaba. Por fin, largó un esputo y consiguió que el
aire penetrara nuevamente en sus deshechos pulmones. Se durmió
tranquilamente.
Durante el verano, Luis, que estaba en León, hacía frecuentes viajes
para ver a su padre. Adelardo hacía las prácticas como sargento de
Caballería, en Alcalá de Henares. Venía casi todos los días a casa.
Los pequeños fueron enviados una temporada al campo, a casa de unos
amigos.
- Luisa, quiero que vuelvan los niños. Y di a los mayores que vengan
también -. Le dijo Avelino, el día tres de Agosto, a su mujer.
- ¿Por qué? -. Preguntó ella - ¿Qué les quieres?
- No... Nada. Si no pueden, que no vengan -. Se estaba acordando de que
él tampoco había estado presente cuando la muerte de su padre.
Los chicos vinieron, excepto Luis que aseguró que llegaría el día
ocho. Tenía que acabar, sin remisión ni pretexto, un tajo.
- Luisa -. Pidió Avelino la noche del día seis -.Prométeme que ayudarás
a mi madre y a mis hermanas. Les darás mil pesetas al mes a cada una.
La noche del siete al ocho de Agosto de 1956, Avelino se levantó a
orinar. Después, muy inquieto, tomó una taza de caldo que le sirvió
Luisa para que se calmase. Al rato, tumbado en la cama, se sintió
desfallecer y entró en la agonía. Sus tres hijos y su esposa lloraban
a su lado, pero él ya no les oía. En su delirio veía unos raíles que
se perdían en la lontananza, sin acabarse nunca, nunca, nunca...
Avelino Alvear Núñez fue enterrado en la sepultura que había
adquirido para su padre, encima de los restos de aquél. Sobre la blanca
lápida se leía: FAMILIA ALVEAR.
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