|
Capítulo Tercero
VÍAS CRUZADAS...
- Entonces... ¿Qué tal te encuentras, muchacho?
- Pues, mire, Excelencia, la verdad es que no muy bien. A la mujer no le
digo nada y procuro no quejarme delante de ella ni de los críos, pero
me siento una opresión cada vez mayor, aquí, como sobre el hígado o
así.
Don Luis le miró, preocupado.
- ¿No será que bebes, verdad?
Adelardo contestó rápidamente, alarmado: - ¡No, señoría! Apenas si
lo cato. Y eso, cuando me junto con algún vecino. Ya le dije que yo no
tenía vicios...
- Pues te tiene que ver un buen médico... Hablaremos con el doctor
Gallardo.
Hacía menos de dos horas que habían llegado a Cáceres y, después de
dejar a la familia en la fonda que conocieran hacía años, Adelardo había
acudido a prestar sus respetos a don Luis, el caballero que le favorecía
con su interés. Por cierto que, cuando arribaron a la posada, la dueña
no les reconoció al pronto. Más tarde, cuando cayó en quiénes eran y
al observar la cuadrilla de chiquillos que llevaban, no pudo dejar de
exclamar: -¡Ángeles benditos! ¡Bien que han aprovechado ustedes el
tiempo! Poco tiempo habrán tenido de dormir... -. Añadió pícaramente.
Adelardo se turbó. Julia, por el contrario, con su gracejo andaluz,
respondió: - Sí, señora. Hemos tenido que trabajar mucho. ¡Pero tan
lucidillos que los tengo!
Adela, Teresa, Adelardo, Asunción y Esperanza. Cinco criaturas en cinco
años. No, no habían perdido el tiempo. De un soldado de porvenir
incierto y de una adolescente, había surgido una familia al completo en
un ver y no ver.
- ¡Claro que sí, simpática! ¡Y bien limpios que los llevas! -. Afirmó
la dueña. Y procedió a buscarles acomodo.
Adelardo visitó al doctor Gallardo. Era éste una de las eminencias de
la ciencia médica en España, pero se había retirado a su Cáceres
natal por motivos de discrepancias políticas. Se conoce que los únicos
reyes que le gustaban eran los de la baraja y, al advenimiento de Don
Alfonso, había abandonado Madrid. Su preclara inteligencia le hacía
comprender que un nuevo Borbón en el trono, tras de los eternos errores
de los anteriores, no llevaría al país a buen puerto. Si había, más
o menos, confiado en la Regencia de la madre, dudaba muy mucho del
acierto del reinado del hijo.
El médico examinó a Adelardo detenidamente. Le hizo realizar
flexiones, inspiraciones, movimientos de torso, le auscultó y tentó
las carnes, apretando en un punto y preguntándole si le dolía; después
pulsaba en otro lugar y volvía a realizar la misma pregunta. Adelardo
iba respondiendo: - Ahí, no. Ahora, un poco. Ahí, sí... ¡Ay!
- Ya... Tranquilo - concluyó el doctor -. Puedes vestirte, muchacho - y
se sentó a la mesa del consultorio. Escribió sobre unas hojas.
Adelardo se ciñó la camisa, se ajustó el pantalón y, ya compuesto,
se acercó al médico.
- Dígame, ¿qué tengo? - preguntó, ansioso -. Pero no me engañe, por
favor.
El doctor Gallardo le miró directamente a los ojos. Comprendió que
ante sí tenía un hombre entero y que no cabía andarse con paños
calientes.
- ¿Tienes familia?
- Sí, doctor. Mujer y cinco hijos.
- ¡Pues vaya que sí que te has dado prisa, redios, con lo joven que
eres!
Tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
- Y trabajas en el ferrocarril... Pues, muchacho, se acabó para ti ese
trabajo. Tu enfermedad es seria. Tienes los pulmones tocados.
Adelardo se sintió desolado.
- ¿Entonces. ?
- Mira, aparte del golpe que te dieron que, aunque no rompió ningún
hueso, al parecer te afectó una costilla que oprime ligeramente un pulmón,
padeces una enfermedad muy común entre el personal que anda entre las vías
y la carbonilla que se acumula en ellas. Por sí sola, y dadas tu
juventud y tu fortaleza, no sería importante esa dolencia pero, con la
contusión, me preocupa. Tendrás que cambiar de oficio y no realizar
esfuerzos físicos. ¡Vamos, que de fachada estás magnífico, pero la
armazón deja mucho que desear!
- Pero, ¿y mis hijos? ¿Qué va a ser de ellos? -. Adelardo hacía titánicos
esfuerzos por no llorar.
El médico se levantó y, rodeando la mesa, se acercó a él, tomándole
por el hombro.
- ¡Pues por ellos te lo digo, tonto del haba! ¿Qué quieres, dejarles
sin padre o qué? Si sigues mi consejo, vivirás para verlos bien
criados y aún te harán abuelo. Pero si sigues en los trenes,
entonces... -. E hizo con la mano un gesto fatalista.
Con un informe que el médico escribió para su protector, don Luis,
Adelardo corrió a verle.
- Si el doctor Gallardo lo dice, cierto será. Así que... te buscaremos
otra cosa, aunque mal momento sea.
- ¿Y mientras?
- Algo tendrás ahorrado...
- Seguro, excelencia, seguro. Ya nos apañaremos.
- Tu enfermedad te viene del tren y por defenderlo. Él te lo compensará,
descuida. Mientras tanto, ¡toma! - y deslizó unos billetes en el
bolsillo del joven, que protestó inútilmente.
- ¡Yo no hice más que cumplir con mi deber! Y si le digo la verdad,
todavía me dura el miedo que pasé. ¡Mi mujer sí que le echó reaños!
- Suerte tienes con tener una mujer como esa. No debes defraudarla y
tienes que cuidarte. Así que, ¡a hacer caso al doctor y a esperar que
surja pronto tu oportunidad!
Y dándole un abrazo cordial, le despidió. Adelardo supo que aquel gran
hombre haría por él todo lo que estuviera en sus manos.
Con el transcurso de los días y la falta de actividad, Adelardo,
conocedor de su falta de salud y preocupado por lo que pudiera ser de
sus hijos, se sumió en una honda depresión. Apenas si contestaba, y no
siempre de muy buenos modales, a las palabras de Julia. Le dio por salir
a rondar por las calles de la ciudad y comenzó a frecuentar las
tabernas. Una noche volvió borracho.
Julia, que sabía más de lo que aparentaba, decidió que aquello no podía
continuar y haciendo gala de la energía de siempre y que años después
heredaría su pequeña Teresa, se dirigió a visitar a don Luis.
Venciendo el lógico temor de verse ante tan insigne señor, pero
consciente de que su marido lo había dado todo por la Compañía del
Ferrocarril y de que algo le debían, le expuso la situación y, ya con
las lágrimas en los ojos, medio exigió que se le prestara un remedio
urgente.
- Tiene mucha suerte tu Adelardo. Con una mujer como tú, pocas cosas
van a faltarle a ese hombre. Veremos...
Y el veremos se convirtió en rápida realidad. A los tres días,
Adelardo recibió un nuevo destino, esta vez el que él quería: en unas
oficinas del ferrocarril. El único inconveniente era que el trabajo no
se hallaba en Cáceres, ni siquiera en Extremadura.
- ¡Ciudad Real! - exclamó, mientras leía el oficio -. Ciudad Real...
Allí no conoceremos a nadie.
- Pero los chicos tendrán mejor vida -. Afirmó Julia, convencida.
Aquel mes de Agosto de 1905, tras de agradecer a don Luis su ayuda,
despedirse del doctor Gallardo y tomar buena nota del tratamiento que
debería seguir, la familia partió para la capital manchega.
Cuando Adelardo vio alejarse su tierra extremeña, se prometió volver
pronto. Pero el destino tenía fijado que ya nunca más pisaría la
amada patria chica.
La Compañía les buscó acomodo en una casa cercana a la Estación, en
Ciudad Real, y el nuevo trabajo satisfizo mucho a Adelardo. Tenía su
propio escritorio y confeccionaba horarios y dirigía la correspondencia
de un punto a otro.
- Yo escribo el trabajo que otros tienen que hacer. ¿Ves, Julia? El que
tiene letras, manda en el trabajo de los demás y él, apenas si
trabaja.
Y pensó en el escribiente que le ordenara acudir al Ejército. Estaba
visto que aquél que tenía estudios era el amo.
El sueldo era superior y, aunque la vida era más cara, las cosas
marchaban bien. Tanto que, en Octubre, Julia le dijo que unos meses
después volvería a ser madre. Adelardo supo que, aunque enfermo del
pecho, todavía tenía mucho por delante.
A últimos de Junio de aquel año de 1907, nació Avelino, otro varón.
El regocijo de la familia Alvear fue inmenso, sobre todo cuando don Luis
se trasladó hasta Ciudad Real para apadrinar al nuevo vástago. Tan
gran honor mereció el agradecimiento de Adelardo. Pero Julia tuvo un
mal parto esta vez y pasó unos días bien molestos. Sintió que algo en
sus entrañas se había descompuesto y que, seguramente, ya no volvería
a tener más hijos, como así fue. Había sido demasiado esfuerzo para
su organismo en tan pocos años.
Adelardo trabajó con ahínco y se fue creando un puesto entre aquellas
gentes que, al principio, vieron en él un enchufado de los superiores,
cazurro y de pocos hablares. Su constancia en el trabajo, su buen
cumplir y mejor obedecer le abrieron prontamente camino. Y se sintió a
gusto. El dolor en el pecho persistía, pero la falta de fatigas le
aliviaba.
Pasaban los años. 1909 fue malo para España. Adelardo, que ya sí se
enteraba de todo lo que ocurría en el país, supo de las derrotas españolas
en Africa. Por un momento temió que la cosa se agravase y hasta que
podría volver a ser llamado a filas si no fuese por lo de su
enfermedad. Lo de Barcelona fue peor. Los sucesos de la tristemente célebre
Semana Trágica hicieron correr ríos de tinta por toda la geografía
española. Algo iba mal y Adelardo no sabía qué era. Como tampoco supo
nunca el motivo por el cual aquellos hombres que asaltaron su casa se
habían echado al monte. La única explicación podrían ser el hambre o
la incultura.
Julia cosía ropas y enseñaba a sus hijas mayores a realizar todas las
labores del hogar. El pequeño Adelardo Alvear Núñez ya apuntaba que
iba a ser tan espigado como su padre. Y los pequeños gorrineaban, como
todos los niños.
En 1914 se declaró la Gran Guerra. España permaneció neutral.
- Por fin alguien está cuerdo en esta tierra... -. Opinó Adelardo. Y
en verdad que la paz fortaleció la economía, a pesar de que allá, en
Cáceres, el doctor Gallardo continuase opinando que el Borbón no era
de su agrado y que la nave no arribaría a buen puerto. Pero tuvo que
admitir que era listo al mantener a España fuera del conflicto.
La paz europea sorprendió a Adelardo con casi cuarenta años y con una
hija de dieciocho. A esa edad ya había sido madre Julia, pero parecía
que la moza no se inclinaba por ningún pretendiente, y eso que no le
faltaban, pero el carácter de su hermana Teresa, más joven pero bien
mandona, se los espantaba como a moscones pegajosos.
- Nosotras tenemos que dedicarnos a cuidar de padre -. Insistía Teresa.
Y es que, a pesar de ser una real hembra con sus diecisiete años, era
muy poco femenina. Desde luego, no había salido a su madre, de la que
se burlaba por la cantidad de hijos que había alumbrado y lo sumisa que
había sido siempre para con el marido. Ella tenía que ser la que
llevase la voz cantante; disponía de sus hermanos y hermanas y, eso sí,
sentía un cariño exagerado por el padre, al que mimaba y complacía
con extremado celo.
De los más jóvenes, digamos que Adelardo ya era casi tan alto como su
padre. Sería buen mozo y, además, para orgullo del antiguo
guardagujas, tenía luces. No tantas como aquél hubiera deseado, pero
había cursado estudios primarios y dominaba las cuatro reglas a la
perfección. No había sacado la buena caligrafía paterna pero apuntaba
cualidades para un buen oficio. Comenzó a trabajar de aprendiz de
carpintero.
Asunción y Esperanza, más jóvenes, eran muy simples y un tanto
cortas. Les dio por las prácticas piadosas y Adelardo pensó en que
alguna acabaría metiéndosele a monja.
En el que más miras tenía puestas el padre era en el pequeño Avelino.
A sus doce años escribía con una letra muy parecida a la de Adelardo,
perfectamente, y además se le veía vivo y despierto para cualquier
quehacer. Había heredado el alegre carácter andaluz de Julia. Aquél sí
que estudiaría, seguro...
Los acontecimientos internacionales que hasta entonces no habían tenido
una influencia directa en la vida de los Alvear, se hicieron notar, de
improviso. En Julio de 1921, cuando el joven Adelardo contaba dieciocho
años de edad, aconteció el desastre de Annual. Nuevamente, como cuando
su padre era joven, los mozos empezaron a ser llamados a filas. Otra vez
el mar reclamaba que los soldados españoles embarcasen para defender a
la Patria.
Adelardo recordó sus años jóvenes, sus angustias ante lo incierto,
sus peripecias en Cádiz y el final de la aventura militar. Temió por
su hijo. También Julia lloró y rogó nuevamente a la Virgen del
Carmen, de la cual seguía vistiendo el hábito. Pero esta vez no le
sirvió de nada. Al cabo de los meses, y aunque las noticias sobre la
guerra de Africa eran mejores, nada pudo evitar que su hijo fuera
reclamado para el servicio.
Así partió Adelardo Alvear Núñez, veinte años cumplidos, alto,
delgado y con frondosa cabellera morena. En aquello no había salido a
su padre.
De sus andanzas por las tierras del Rif poco contaremos. El soldado supo
escaquearse, como él mismo acostumbraba a decir, lo justo para no
desentonar ni llamar la atención de sus superiores. Lo pasó mal, como
todos, pero mejor que la mayoría y no estuvo expuesto a grandes
peligros a pesar de que participó en varias acciones. El caso es que,
al cabo de los años, pues había pedido el reenganche, volvió como
sargento.
Entretanto, la familia continuaba viviendo en Ciudad Real. Las chicas
habían aprendido bien el oficio de la costura, desde la mayor hasta la
más pequeña y Avelino estaba empezando a cursar el Bachillerato.
Fue entonces cuando Adelardo se empezó a sentir mal. El malestar crónico
de tantos años se convirtió en aguda dolencia. De nada valieron los
consejos de médicos de la Compañía. Aquel hombre cada día se
encontraba peor y su capacidad para el trabajo disminuía a ojos vistas.
- Se merece el retiro -. Fue el veredicto de los galenos.
- Deberían examinarle en Madrid. Allí tienen más medios y, acaso...
Nuevamente la familia se puso en marcha. Otra vez la ayuda de don Luis,
desde Cáceres, les proporcionó una casa muy próxima a la estación de
Atocha y, de esta forma, enfermo e incapaz de casi nada, Adelardo llegó
a la capital de la nación.
No pasó el reconocimiento médico. No era útil para el trabajo y,
entonces, aquel hombre que tantos años había dedicado al ferrocarril y
tantos desvelos había padecido por su causa, se vio en la calle, con
una misérrima paga y una familia por mantener.
- No se preocupe, padre - le aseguró Teresa -. Nosotras coseremos día
y noche, si es preciso. Ya ha trabajado usted bastante para todos.
Efectivamente, las muchachas se dejaron los dedos y la vista en coser,
cortar patrones, en clavar alfileres. Todas las vecinas de la calle vestían
las ropas que ellas hacían, pero como el barrio era más bien pobre y
los tiempos no estaban para muchos lujos, su trabajo les daba para vivir
sin apuros pero sin gastos superfluos.
Eso hizo que el pequeño Avelino, al cumplir los catorce años, y para
no ser una carga para la familia, decidiese colgar los libros y
colocarse de aprendiz en una tienda de maquinaria agrícola, cercana de
su casa. Cuando su padre se enteró, se armó la marimorena. Colérico,
Adelardo se encaró con el chaval:
- ¡Idiota! ¿Qué has hecho? ¿Es que no te das cuenta de que tiras por
la borda todo tu porvenir? ¿Quieres ser siempre un dependiente?
- No, padre, descuide. Ya verá usted como yo seré mi propio patrón.
Algún día...
- ¡Sí, como lo he sido yo. ! Para que cuando no les sirvas, te dejen
tirado como a una colilla. ¡La leche que te han dado...!
Pero Avelino tenía un carácter idéntico a su madre y no se amilanó
por los palabros y envenenados venablos que lanzó Adelardo. Él seguiría
sus estudios como pudiera. Y, mientras, trabajaría para ayudar en la
casa.
Todas las mañanas, muy temprano, caminaba hacia la Glorieta de Atocha y
subía por el Paseo del Prado, donde tenía el trabajo. Allí, cuando
sus quehaceres se lo permitían, leía los libros de técnica que venían
con las diferentes máquinas y fue aprendiendo más de lo que él mismo
había supuesto. Algunas veces, a la hora de la comida y cuando salía
para acercarse a casa, se hallaba con su padre, el cual, habiéndose
dado una vuelta por la estación para no olvidarse de sus queridos
trenes, le estaba esperando.
- ¿Sabe, padre, que un metro cúbico es igual que mil litros de agua?
-. Le comentaba un día - ¿Y que caballo de vapor se escribe, en inglés,
H.P.?
Adelardo le miraba asombrado.
- Pues, no, hijo. No lo sabía. Y, ¿qué es un caballo de vapor? -.
Preguntaba.
- Bueno... Eso no lo sé todavía muy bien, pero son unos setecientos
cincuenta vatios de electricidad. Pero, ¿sabe lo que es una altura
manométrica? ¡Pues yo ya sé hasta calcularla!
Adelardo reconocía su ignorancia mientras se alegraba de lo mucho que
aprendía Avelino. Y los dos juntos, padre e hijo, se iban a comer. Por
el camino, Adelardo le contaba cosas del pueblo, de cuando era mozo, de
la guerra de Cuba a la cual tuvo la suerte de no ir, de los cerdos y de
las vías que no llevaban a ningún sitio.
- Pero de algún sitio vendrían y a alguna parte irían, padre. Todo
tiene un por qué, un principio y un fin -. Protestaba el chico.
- Será como tú dices. Pero te contesto lo mismo que tú antes: No lo sé
todavía. Y ya voy siendo demasiado viejo para aprenderlo.
En 1923 la situación era insostenible en España. El Presidente del
Gobierno, asesinado; los disturbios anarquistas, por doquier: hambre,
desolación y muerte.
- Esto va de mal en peor -. Opinó Adelardo.
En Cáceres, el doctor Gallardo pensaba lo mismo. Ya lo había previsto
él, años atrás. Y el general Primo de Rivera, con la aquiescencia del
Rey, dio un golpe de Estado, proclamando el Directorio Militar. La
Constitución quedó abolida.
- Se veía venir - le comentó Adelardo a su hijo -. Esperemos que sea
para mejor.
Lo cierto es que el Dictador impulsó el país como hacía tiempo que no
se había hecho. Hubo trabajo y se terminaron los desórdenes. El Ejército
comenzó a cosechar victorias en Africa y España, en suma, prosperó.
Avelino seguía trabajando, con ya dieciséis años cumplidos. Adela y
Teresa continuaban solteras y a Asunción, tan beata de siempre, le
surgió un pretendiente de alta alcurnia que no hizo ascos de los orígenes
humildes de la joven. Por decencia, por el qué dirán - tan en boga en
aquellos años - y, sobre todo, debido a la energía de su hermana
Teresa, que le echó buenos bemoles al asunto y amenazó al novio, con
sus tijeras de modista, con convertirlo en capón si no cumplía con su
hermana como un hombre decente, contrajo matrimonio con el rico
admirador. A los cinco meses alumbró un hijo, que nació muerto.
La más joven, Esperanza, continuaba tan simplona como de pequeña.
Rubia como su madre pero mucho menos agraciada, ocupada y vigilada todo
el día por sus hermanas mayores, no tenía ocasión de conocer ni de
tener pretendientes. Un día se presentó, proveniente de Cáceres y
enviado por el doctor Gallardo para tener noticias de su antiguo
paciente, un joven llamado Manuel. De profesión era sastre y casi era
tan masonazo como su amigo, el médico, según dedujo Adelardo.
La afinidad de los trabajos le hizo simpatizar con las hijas de Adelardo.
No era de figura muy agraciada, pero sí era un hombre culto. Al padre
le cayó simpático y, con tanta hija casadera como tenía, le agasajó
lo mejor que pudo, sobre todo en favor del doctor Gallardo.
Manuel comenzó a cortejar a la mayor, Adela, que era la más adecuada a
su edad. Pero en vano. Estaba Teresa de por medio, que no lo permitía.
A ésta ni tan siquiera lo intentó, ya que bien pronto se percató de
que a Teresa no le gustaban los hombres. Años más tarde, tal vez le
hubieran llamado feminista. En esa época, en el vecindario, simplemente
se la conocía como "la machorra".
Tan sólo quedaba Esperanza. Un poco mayor que su madre cuando comenzó
a hablar con Adelardo, feúcha, tonta y sencillota. Julia pensaba que se
le iba a quedar para vestir santos y supo que no se le podía escapar la
ocasión. A base de buenas atenciones, mejores guisos y estupendo trato,
conquistó al sastre extremeño para su hija. Así fue como empezaron a
hablarse Manuel y Esperanza. Poco después se casarían y se irían a
vivir a Cáceres en donde, Esperanza, hábil costurera, ayudó a su
marido en el trabajo y la vida les fue rodando. No tuvieron hijos hasta
varios años más tarde. En eso sí que tampoco se pareció a su madre.
Solamente les quedaban tres hijos en la casa cuando se presentó el
marcial Adelardo, con su uniforme de artillero y los galones sobre la
hombrera. Venía de permiso antes de incorporarse a su nuevo destino, la
guarnición de Zaragoza. Unos días en casa y los cuidados de la madre
lustraron al veterano, un tanto deslucido por sus fatigas en la guerra
de Africa.
Tras de su partida, quedaron las dos hijas mayores y el joven Avelino,
que acababa de cumplir diecinueve años. Era más bajo que su padre y
que su hermano, de cabellos rubios un tanto escasos, aunque no padecía
la calvicie temprana de su progenitor. Ya ocupaba el puesto de vendedor
en el comercio de maquinaria y ganaba sus buenas pesetas. Simpático y
atento con los clientes, sus jefes tenían sus esperanzas depositadas en
él. Tan sólo una sombra cruzaba por su vida: dentro de poco tendría
que incorporarse al servicio militar. Pero la solución vino, una vez más,
de parte de aquel don Luis, el padrino de Cáceres.
- Puedes librarte de la Milicia siempre que permanezcas soltero y seas
el único varón que mantiene a tu padre. Y, como tu hermano Adelardo
sigue en el Ejército..., no será difícil de conseguir.
Todo parecía, pues, arreglado. Podría dedicar el tiempo que otros
entregan a la Patria a formalizar su aprendizaje y sus conocimientos.
Por aquellos días se fijó en una vecina, una muchacha morena que vivía
en su mismo portal. Se llamaba Luisa y era madrileña de vieja casta.
Vivía con sus padres y era la mayor de varios hermanos. La chica
trabajaba en un tinte, bastante cerca del trabajo de Avelino y, por
ello, coincidían a veces en su camino.
A Luisa no le gustaba en absoluto el chico de "los extremeños",
mote por el que se conocía a los Alvear en el barrio. Además, Avelino,
había salido bastante presumido y le gustaba vestir a lo chulapo.
Tocado de una castiza gorrilla, la abordó una tarde, saludándola.
- Es, usted, muy guapa, señorita.
- ¡Pues, usted, no, señor mío! -. Respondió Luisa, irritada.
De cómo Avelino consiguió vencer aquel rechazo inicial y, poco a poco,
comenzó a hablarse con Luisa no lo sabremos nunca. Seguramente que
influyeron el gracejo y la simpatía heredados de su madre y la tozudez
que le prestara su padre. O que a Luisa no le eran tan indiferentes los
encantos del joven. El caso es que, al poco tiempo, eran novios.
Luisa vivía con sus padres y hermanos, pero su hogar era un infierno.
El padre le daba a la botella con frecuencia; o sea, a todas horas. Y
aplacaba su sed con las palizas que propinaba a su familia. A Luisa, que
ya era una mujer, no consiguió jamás ponerle la mano encima, pero la
joven anhelaba salir de aquella casa.
La falta de cariño que tenía la muchacha; el bondadoso carácter de
Avelino y los pocos años de ambos se tradujeron en una pasión frenética
que tuvo sus consecuencias: Luisa quedó embarazada. Avelino, a la
altura de las circunstancias y digno hijo de su padre, decidió no dejar
que la joven luciera su vergüenza y se propuso contraer matrimonio.
Pero, una vez más, la imperiosa voluntad de su hermana Teresa le
enfrentó con la realidad.
- ¡No puedes casarte! Tendrías que ir al Ejército y dejarnos a
nosotras solas, atendiendo a padre y a madre.
- Y, ¿qué coño hago con Luisa y lo que viene de camino? -. Protestó
Avelino.
- ¡Pues que se espere a que cumplas con la edad de licenciarte! ¡Que
tenga su hijo, que es de ella, y en paz! Además, a saber...
- ¿Qué quieres decir? -. Le preguntó su hermano.
Teresa hizo un gesto de complicidad. Se veía a la legua que no le
agradaba la idea de que su hermano ya no dependiera exclusivamente de
ella.
- Una chica que no tiene cuidado con los hombres...
Avelino soltó un taco de órdago.
- ¡Marimacho! ¡Que eso es lo que tú eres! -. Era la primera vez que
alzaba la voz a su hermana.
- Puede... Pero a mí no me sube la vergüenza a la cara. Y mucho menos
a la barriga.
Adelardo, que había sido testigo de la discusión, estaba
apesadumbrado. ¡Otra vez su maldita enfermedad influía en la vida de
sus hijos! Comprendió perfectamente lo que Avelino quería, se recordó
a sí mismo, casi con sus mismos años... Pero no dejó de admitir que
Teresa tenía parte de razón, aunque conociera de sobra el carácter de
su hija.
- ¿Y si te comprometes con la muchacha y le das promesa de matrimonio
para cuando puedas casarte? Nosotros le ayudaremos y, además, ya voy
teniendo ganas de tener un nieto.
Razones y más razones... Motivos de fuerza mayor... Avelino estaba que
echaba chispas. Pero, al cabo, tuvo que doblegarse. Consultó con su
padrino y, siguiendo sus consejos, se comprometió legalmente con Luisa
y cuando ésta tuvo a su niño, un chiquillo rubio como el oro y muy
bien formado, le reconoció y le dio su apellido. Así, a mediados de
1928, nació Luis Alvear Rubio, el primero de los nietos de Adelardo.
Claro está que, además de por su madre, le llamaron Luis en honor del
padrino de Avelino, de cuyo fallecimiento tuvieron noticias por aquellos
días.
- Se nos ha ido un buen amigo. Y un gran valedor. ¡Si no hubiera sido
por él, no sé que habría sido de nosotros! ¡Dios le tenga en su
Gloria, a pesar de lo masón que dicen que era! Pero era un alma
bendita.
- Todavía recuerdo cuando fui a visitarle para pedirle... -. Musitó
Julia.
Adelardo se quedó sorprendido. Él no tenía noticia de aquella visita.
Iba a decir algo cuando su mujer le puso al recién nacido en sus
brazos.
- ¡Anda, sujeta a tu nieto! A ver si llega a ser tan buen hombre como
su ilustre tocayo, aunque sea más pobre.
- Tiene cara de inteligente -. Dijo el abuelo, mirando los azules ojos
del niño -. Y se parece a su abuela.
- ¡Este sí que tendrá carrera, padre! Se lo aseguro -. Afirmó
Avelino.
- ¡Sí! - se burló Luisa -. La del señorito...
Por aquellos días, Avelino cumplió los veintiún años. Continuaba con
su trabajo, en el que cada vez iba a más, y Luisa tampoco dejó el
suyo, en el tinte. El niño quedaba por las mañanas con los abuelos
paternos, siendo el juguete de la casa y el capricho de sus tías. Hasta
Teresa, que en un principio se había negado a aceptarlo, le cogió rápidamente
cariño. ¡Ya tenía otro más a quién poder mandonear!
Por las tardes, después del trabajo, los todavía novios paseaban a su
hijo y Avelino les subía a casa de los padres de Luisa. Allí, su
futura suegra, le atendía sin recelo. No así el marido que, entre
borrachera y borrachera, no dejaba de echarle en cara el que le hubiera
hecho una barriga a su hija. Avelino no le hacía caso.
Una mañana, Luisa no se presentó a llevarles el niño. Sorprendido,
Avelino subió al piso de su novia pero, antes de llegar, las voces y
los gritos de unos y otros le alarmaron. La puerta estaba abierta y,
resueltamente, entró. Vio a los hermanos pequeños de Luisa llorando y
se topó con la muchacha, que tenía la cara descompuesta.
- ¿Qué ha pasado?
- Mi padre -. A Luisa le temblaba la voz -. Que se ha muerto.
Sobre el lecho, el padre de Luisa yacía en una extraña postura, con
las manos extendidas como si quisiera agarrarse a algo o, tal vez,
defenderse de una extraña visión. El "delirium tremens" se
lo había llevado al otro mundo. Avelino no pudo por menos de
compadecerle, a pesar de que, acaso, pensó, hubieran concluido las
desgracias de la familia.
Durante el entierro, Avelino ejerció las funciones de hijo mayor, como
si fuera ya, legalmente, el marido de Luisa.
Adelardo, ya brigada, tornó a su casa. Su estancia en Zaragoza no había
sido muy fructífera pues, aparte de haber ascendido de grado por antigüedad,
no quiso o no pudo esforzarse por subir más en el escalafón. No siendo
lo que se puede llamar un vago en toda regla, Adelardo no tenía grandes
aspiraciones en la vida. Había seguido aprendiendo, en los ratos libres
que le dejaba el servicio, el oficio de ebanista y hacía chapuzas por
encargo. Pero sin pasarse. Le gustaba mucho presumir, con su uniforme de
gala, delante de las mujeres y su apostura natural le había valido para
lograr no pocos éxitos en amoríos. El mayor, aunque sin consecuencias,
fue la conquista de Carmen, una maña con más reaños que la Agustina
de la Historia. Adelardo la olvidó en cuanto llegó a Madrid, enfrascándose
con una nueva novia, una sencilla muchacha llamada Eulalia.
Por aquel entonces, Avelino ya había podido alcanzar la licencia
absoluta, alegando - como se ha dicho - la enfermedad de su padre y el
consiguiente y necesario sostén de su madre y hermanas. Estaba, pues,
en condiciones de contraer matrimonio en cuanto quisiera cuando una nada
feliz idea de sus jefes truncó sus planes.
- Alvear, queremos que pase una temporada en nuestra central de
Barcelona - le sugirieron -. Allí aprenderá lo necesario para, a su
vuelta, hacerse cargo de esta sucursal.
- ¡Perfecto! - se congratuló el joven -. Me caso y, en pocos días,
estoy en Cataluña.
- Preferiríamos que viajara usted solo -. Ahora ya no era una
sugerencia, sino una orden -. Así tendrá más tiempo para dedicarse
plenamente a la labor que le encomendamos.
El encargo les cayó como un jarro de agua fría a la joven pareja. ¡Ahora
que ya podían casarse!
- ¡Mándales, directamente, a la mierda! -. Exclamó Luisa que, cuando
se irritaba, tenía su carácter - ¿Quiénes son ellos para gobernar
nuestras vidas a su antojo?
- Mujer... Si nos sirve para el futuro, bien podemos esperar otro poco,
¿no?
Su padre también fue de la misma opinión:
- Ya que no quisiste estudiar, ahora que se te presenta la oportunidad
de ser jefe, tienes que aprovecharla. ¡Hazme caso, hijo! Total, ha de
ser por poco tiempo.
Y Avelino partió para Barcelona. Luisa continuó dejando a su niño con
los suegros pero, ahora, con la ausencia de su novio, tuvo que soportar
el desprecio y las impertinencias de Teresa, la cual creía ver malas pécoras
en todas las mujeres que amaban a sus hermanos. Igual le ocurría con
Eulalia, la novia de Adelardo, a la que maltrataba de palabra todo y
cuanto podía. Adelardo, cachazudo, con su forma de ser indolente y
despreocupada, hacía caso omiso de los comentarios de su hermana.
No ocurrió así con Avelino que, advertido por las cartas que recibía
de Luisa y en las que le relataba el mal trato que le prestaba su
hermana, hizo cuanto pudo por apresurar su vuelta. Por cierto que las
fatigas que Teresa hizo pasar a Luisa, jamás se las perdonaría ésta,
incluso hasta cuando, muchos años después, se le muriera casi entre
los brazos.
A principios de 1931, por fin volvió Avelino. En tanto, Adelardo había
sentado plaza, aprovechándose de su graduación militar, como Guardia
del Ayuntamiento. Con pocos meses de diferencia, los dos hijos varones
de Adelardo contrajeron matrimonio. También por aquel entonces, Asunción,
la hija casada con el gentilhombre, tuvo una hija a la cual conocieron
sus abuelos, Julia y Adelardo, tiempo después y en una visita que les
hizo con la criatura. Ellos jamás pisaron el palacete donde moraba su
hija. Y es que, aparte de millonario, su esposo era un cretino.
Casados los dos hijos varones, con dos nietos nacidos y la familia en
marcha ya que Adela y Teresa tenían montado su propio taller de
modistas, con varias oficialas que trabajaban para ellas, Adelardo se
las prometía felices. Tanto que ninguna importancia prestó a aquellas
elecciones municipales del mes de Abril... Y cuando al otro día se
despertó, se encontró con una España republicana.
- ¡No se ha "marchao", que le hemos "echao"! -
gritaban las gentes por las calles.
La aglomeración en la Puerta del Sol, era tremenda.
- No iba descaminado el doctor Gallardo, no. Un Rey que gana unas
elecciones y, sin embargo, las da por perdidas y se larga... -. Confió
Adelardo a su hijo Avelino.
Esta vez, sin embargo y a pesar de la conmoción política, la quema de
iglesias y los desmanes llevados a cabo por las masas incontroladas por
la naciente Segunda República, la familia no sufrió avatares de ningún
tipo, salvo los sustos del marido de Asunción, monárquico de toda la
vida y que temió por su integridad física y por sus bienes. Avelino
alquiló un piso, bien cerca de sus padres, en la misma manzana. También
Adelardo se mudó, con su esposa, a una calle próxima.
Lo que se quedó en agua de borrajas fue el ascenso de Avelino en la
empresa. Parece que el puesto prometido fue confiado a un oriundo de
Cataluña, propiciado por las tendencias del nuevo Régimen. Hartado de
paciencia, el joven siguió trabajando y esperando tiempos mejores.
La que no dio muestras de que le sentase bien el matrimonio fue Eulalia,
que comenzó a estar pachucha. Tanto que, segura de que no iba a ser
madre, cuando Luisa anunció que pronto iba a tener el segundo de sus
hijos, éste ya con los papeles en orden, se ofreció como madrina del
mismo.
Efectivamente, en Abril de 1932 y casi coincidiendo con el primer
aniversario de la República, nació Adelardo Alvear Rubio. El padre,
Avelino, no quiso ponerle su nombre - cosa que tampoco hizo con los demás
hijos que tuvo años después, porque no le gustaba demasiado - y así
complació a su padre y a su hermano que vieron, de esta manera,
prolongarse nombre y apellido. Asimismo, por igual tiempo, le nació a
Esperanza un chico, primero y único de sus hijos.
La familia crecía, el trabajo menguaba, los cambios políticos sacudían
el país. Asturias y su revolución. Los anarquistas campando por sus
respetos, - Adelardo, el viejo, recordó su enfrentamiento con tres de
ellos cuando era joven - las nuevas corrientes totalitarias, de un signo
y de otro, haciendo de las suyas...
- Esto acabará mal, pero que muy mal -. Repetía el abuelo.
Adelardo, el hijo, no vivía tan preocupado. De mañana, cumplía con su
servicio de Municipal en el que se hizo un experto en "poner el
cazo" a los pequeños comerciantes y en autorizar licencias de obra
mediante una propineja. Por las tardes, construía muebles. Y hasta tuvo
tiempo de echarse una amante ya que, aburrido de la poca salud de su
esposa, necesitaba alegrarse la vida.
Avelino, obrero como era, se vio, a su pesar, envuelto en aquellos
movimientos sindicales que alardeaban de demócratas pero que condenaban
al ostracismo al trabajador que no se afiliaba a su bando. Y tuvo que
obtener el carné de la UGT.
- Así no me faltará el trabajo -. Aseguró a Luisa.
- A mí no me faltó nunca - le respondió su padre -. Y no pertenecí a
ningún sindicato. Es como siempre. Los que mandan que trabajen los demás,
no pegan palo al agua. El resto, ¡a deslomarse!
Y es que Adelardo Alvear Peña, aquel cuidador de cerdos que un día
recibiera una carta en la que le mandaban a la guerra, continuaba siendo
un filósofo de la mejor escuela: la de la vida.
Cambios de gobierno, Casas Viejas, asesinatos de militantes de un bando
por los del otro, cárcel para los unos que eran liberados por los suyos
cuando cambiaban las tornas y que, a su vez, encarcelaban a los otros...
Desorden, en suma.
- A mí me salvó tu madre o la Virgen del Carmen de ir a la guerra. ¡A
vosotros no os salva ni Dios!
- ¡Vamos, padre, no sea tan pesimista! -. Reconvino Avelino.
- Sí, sí, ¡pesimista..! -. Rezongó Adelardo.
Ocho años cumplió Luisito Alvear en Junio de 1936. Unos meses antes se
habían celebrado las elecciones que dieron la victoria al Frente
Popular. El ambiente de las calles iba de mal en peor. Los entierros de
militantes de un partido acababan a tiros y con más muertos en el mismo
cementerio.
En el Llano Amarillo, en Africa, se celebraron unas maniobras
militares...
"ANOCHE FUE ASESINADO POR PISTOLEROS DE LA EXTREMA DERECHA EL
TENIENTE CASTILLO, DE LAS FUERZAS DE ASALTO, CUANDO IBA A TOMAR EL
SERVICIO", leyó, en el titular de un periódico, Adelardo.
"AYER NOCHE FUE DETENIDO POR LAS FUERZAS DE ORDEN PUBLICO EL SEÑOR
CALVO SOTELO. ESTA MAÑANA, UN CADÁVER, AL PARECER EL SUYO, HA SIDO
ENTREGADO A LOS ENCARGADOS DEL CEMENTERIO DE LA ALMUDENA", leyó al
día siguiente.
Aquella noche, diecisiete de Julio, en casa de Avelino, que había
conseguido, con grandes sacrificios, adquirir una radio, Adelardo escuchó
que las tropas del Ejército de Africa se habían sublevado.
- "Las Autoridades confían en el pronto restablecimiento del
orden" -. Concluía el comunicado del Gobierno.
- ¡Ya se ha armado! - exclamó el padre - ¡Ya nos podemos preparar!
- ¡Quiá, padre! Será como lo de cuando Galán, en Jaca... -. Le quitó
importancia Avelino.
El día diecinueve, cuando Avelino acudía al trabajo, vio infinidad de
hombres, unos con armas y otros sin ellas, gritando a grandes voces: -¡Viva
la República! ¡Mueran los fascistas!
Cuando entró en el comercio, observó a sus compañeros discutiendo y
alborotando: - ¡Los militares se han sublevado en el Cuartel de la
Montaña! ¡Vamos! ¡Vamos todos a por ellos! ¡Los sindicatos han
decretado la huelga general!
Avelino se encontró arrastrado entre una multitud, rodeado de gentes
que no conocía, impelido a caminar hacia donde le llevaran. A lo lejos
se escuchaban disparos de cañón y, más tenuemente, el crepitar de la
fusilería. Al llegar al final de la Gran Vía, el tiroteo ya era
nutrido y cercano. Siguieron avanzando.
- ¡Avelino! -. Le llamó la voz de un hombre al cual conoció como un
vecino del barrio - ¿Tú también aquí? ¡Es cojonudo!
Y caminó a su lado. El vecino portaba un fusil de cerrojo. Pocos
instantes después pudieron contemplar la fachada del Cuartel, duramente
castigada por las piezas de artillería de los milicianos y los Asaltos
que, por primera vez, combatían codo con codo contra el enemigo común.
El fuego de fusil se hacía ensordecedor y las balas cruzaban los aires
de un punto a otro. Avelino se agachó, instintivamente. Su vecino le
gritó: -¡Adelante! - y, en aquel momento, se desplomó como un muñeco
roto, alcanzado por una bala perdida.
Avelino recogió el arma del suelo. No sabiendo qué hacer con ella,
estuvo horas y horas sosteniéndola. Cuando todo se acabó, entró con
los demás en el patio del recinto. Estaba cubierto de cadáveres.
Refugiado en una esquina, sintió arcadas y vomitó. Después, se marchó
a casa. Cuando llegó, todavía llevaba el fusil entre sus manos.
- ¡Avelino! -. Lloraba Luisa - ¿Qué has hecho? ¿Qué traes?
- No sé -. Respondió, vacilante -. No sé qué ha pasado.
De esta manera, sin percatarse ni intervenir para nada, Avelino Alvear
fue considerado un héroe por sus vecinos. Se lo explicó a su padre: -
Padre, yo no he pegado ni un tiro.
- Ya... Lo mismo dije yo, hace muchos años. Y también me consideraron
un valiente.
El conflicto se generalizó y la guerra se extendió por toda España. A
toda la familia Alvear le pilló en la llamada zona roja; a todos menos
a Esperanza y a su marido que, residentes en Cáceres, fueron
prontamente ocupados por los nacionalistas. Asunción y su marido se
ocultaron como pudieron de las represalias de los milicianos y pasaron
la guerra en una Embajada. Adelardo, Policía Municipal de Madrid, fue
destinado a la Sección de Abastos del Ayuntamiento. Pero los alimentos
que pasaban por sus manos - y con los que habría podido ayudar a su
familia - le eran requisados por las milicias del Frente Popular sin más
documentación que la presentación de sus armas. El veterano militar,
buen conocedor del ejército africano, no dudó ni por un momento del
resultado de la contienda.
- Procura escaquearte si llaman a tu quinta, muchacho -. Aconsejó a su
hermano menor. Ellos son soldados de verdad y no se andan con leches.
Efectivamente, al cabo de los meses, Avelino, con veintinueve años a
sus espaldas, mujer y dos hijos, se vio requerido para incorporarse a
filas. Su falta de preparación militar, por no haber hecho el servicio,
le predispuso para ser destinado a Servicios Auxiliares y fue enviado a
la zona de Valencia.
En el Madrid asediado, Luisa cuidó de sus hijos y de los padres del
marido. La comida escaseaba y la que conseguían era para los niños y
para el enfermo suegro que cada día se hallaba peor de salud. Las
privaciones, el frío de aquel invierno, la angustia de ver a sus hijos
repartidos por diversas tierras y, sobre todo, un profundo sentimiento
de amargura por la tragedia de su Patria, abatieron los ya pachuchos ánimos
de Adelardo.
- ¡Animales, peor que bestias! ¡Hermanos contra hermanos! - no hacía
más que repetir. Ya no se trataba de ir a pelear en Cuba ni contra los
moros. Ahora era un crimen de familia.
Aquella Nochebuena, la cena de Luisa y la de sus dos hijos consistió en
una hermosa naranja como plato único.
En Marzo de 1937, estando Avelino en el frente de Guadalajara, a donde
habían trasladado su unidad para rechazar la ofensiva italiana, recibió
una carta angustiosa de Luisa dándole noticias de la precaria salud de
su padre y rogando que viniera pronto si quería verlo con vida por última
vez. Se dirigió a su capitán y le relató lo que ocurría. El oficial
sabía que la batalla, que concluiría con las tropas invasoras casi en
el Mediterráneo, iba a entrar en todo su apogeo. No podía conceder
permisos por graves que fueran los motivos. El Ejército Popular
necesitaba la totalidad de sus efectivos.
- Espera, muchacho, en unos días se aclarará la situación. Entonces
tendrás tu permiso. Ahora no puede ser, créeme que lo siento.
Avelino intentó ponerse al habla, por teléfono, con su casa, pero la línea
estaba cortada, como de costumbre. Cuando pudo, por fin, hacerlo, escuchó
la voz, sollozante, de Luisa:
- ¡Ahora mismo están sacando el ataúd! Murió anoche. ¿Cómo es que
no has venido? -. Y Avelino sintió deseos de pegarse un tiro.
Así murió Adelardo Alvear Peña, natural de un pueblecito de Cáceres
cuyo nombre no interesa a nadie, a los sesenta años de edad, pastor en
su mocedad y guardagujas en su juventud, más tarde amanuense y
oficinista del ferrocarril. No tuvo estudios ni consiguió que sus hijos
los tuvieran. Tan sólo unos nietos quedaban por delante. Su último
pensamiento, antes de rendir el alma, fue para aquellos hijos que se
encontraban lejos y sus últimas palabras, apenas susurradas y que su
esposa Julia escuchó, mientras le besaba, llorando, fueron: - La vía
seguía, la vía seguía...
Nadie supo a qué quería referirse pero, sin duda, estaba recordando
aquellos raíles, sin rumbo conocido, de su niñez.
Avelino logró el permiso y volvió junto a los suyos. Su primera visita
fue para la tumba de su padre, recién cubierta de húmeda tierra. Era
una fosa común, de seis cuerpos, ocupada por otros tantos cadáveres.
Se prometió que, en cuanto pudiera, sacaría a su padre de aquella
sepultura y le haría descansar solo, en una propia.
La guerra continuó y, a últimos de 1938, Avelino consiguió ser
destinado a Madrid, al cuerpo de Sanidad, haciendo servicios de armas en
el Hospital de San Carlos, cerca de su casa. El hambre les castigaba y
la sofocaban malamente con las tristemente célebres "píldoras de
Negrín", o sea, lentejas plagadas de bichos.
Una tarde, estando libre de servicio, llevó a sus hijos, Luis y
Adelardo, a visitar la tumba del abuelo. Estaban colocando unas ralas
flores cuando escucharon el sonido lejano de las alarmas antiaéreas.
Eran las "pavas" nacionales que venían a soltar su mortífera
carga sobre Madrid. Avelino ordenó a sus hijos que se tiraran en la
tierra, entre las sepulturas y se empezaron a escuchar las explosiones.
Una bomba cayó muy cerca de la tapia del cementerio, en medio del
camino que unía las Ventas con Vicálvaro. Después, el bombardeo se
fue alejando y Avelino se puso en pie. A su lado estaba el pequeño
Adelardo, pero a Luis no se le veía por ninguna parte.
- ¡Luis, Luisito! ¿Dónde estás? -. Llamó, angustiado.
Y del fondo de una sepultura recién excavada, cubierto de tierra hasta
las narices, surgió el niño.
- Estoy aquí, padre.
Luisito, presa del miedo a las bombas, no había dudado en sumergirse en
tan macabro refugio.
La muerte también se llevó a la mujer del tío Adelardo, como le
llamaban los chicos, a Eulalia. ¡Pobre mujer! Había pasado por la vida
de su marido sin pena ni gloria para, al cabo, dejarle viudo y con
amante fija.
Y las tropas nacionales, tras de las negociaciones con Casado y las
luchas intestinas de las tropas de éste con sus antiguos camaradas
comunistas, entraron en Madrid. En toda España se pudo escuchar el, ya
histórico, parte radiofónico:
- EN EL DÍA DE HOY, CAUTIVO Y DESARMADO EL EJÉRCITO ROJO...
Una nueva vida se abría para el país, una vida llena de incertidumbres
y de miedos para la familia Alvear. El tren de la Victoria Nacional, en
su atropellada y cruenta marcha, se había llevado por delante muchos de
sus sueños y parte de sus miembros...
A Capítulo 2
A Menú
A Capítulo 4 |