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Capítulo Segundo
VÍA
LENTA...
Los padres de Adelardo recibieron al nuevo
matrimonio con sorpresa ya que el militar licenciado no se había
acordado de escribirles para comunicarles ni su noviazgo ni su boda. Una
vez puestas las cosas en claro, todo fueron parabienes.
Adelardo y Julia recorrieron el miserable villorrio y la joven gaditana
fue conociendo los lugares en los que pasara su marido los años mozos.
Conoció los árboles, los prados, husmeó los cerdos y, por fin, pudo
contemplar aquella vía de tren de la que tanto le había hablado.
- ¿Y a dónde lleva? ¿Y de dónde viene?
Adelardo se encogió de hombros. No tenía respuesta.
Ni lo sé ni debe importarnos. Preocupémonos de a dónde vamos nosotros
-. Y le ciñó por la cintura con fuerza. Ella se echó a reír,
enamorada como estaba y tan reciente su matrimonio. Su armoniosa voz se
dejó oír por vez primera en aquellos parajes extremeños, recitando al
oído de su esposo unos aires de su tierra.
Julia cantaba muy bien; su voz era ágil y fresca. Acaso, si hubiera
gozado de estudios, su arte le hubiera conducido por otros derroteros.
Pero ella había tenido que conformarse con cantar las coplas que, por
aquel entonces, estaban en boga y había elegido casarse con su Adelardo.
Pocas cosas tenía que ver en el lugarejo. Charlaron con el cabo y con
el cura. Este les habló del matrimonio, de los hijos, del estar a bien
con Dios y quedó encantado con la buena disposición de Julia, con su
sencillez y alegría. Además, le pareció muy oportuno el hábito que
vestía.
- Lo que no me gusta, niña, es que seas tan cantarina. El Diablo
aprovecha cualquier resquicio para introducirse dentro de nosotros y los
cánticos tan alegres son una de sus puertas preferidas.
- Mire, señor cura, en mi tierra cantamos a todo, a la alegría, a la
pena, al amor y a la muerte. Incluso al Señor, en las procesiones. ¿Quiere
que le cante una saeta de las que les decimos a los Pasos en Semana
Santa? -. Le respondió, risueña.
-¡No, no, deja! ¡Para cánticos estoy yo! En fin, diferentes tierras
crean diversas costumbres. Aquí también gustamos de la música, pero
somos más serios.
-¡Pues en Cádiz nos reímos hasta de las amarguras! Y yo no veo nada
malo en ello.
- Nada malo hay, en efecto. Solamente, que te has casado con un hombre
tan formal que me asusta pensar qué saldrá de tal mezcolanza...
-¿Pues qué saldrá? ¡Si es con barba, San Antón y, si no, la Purísima
Concepción!
El cura no tuvo más remedio que reírse ante la espontaneidad y la
inocencia de la muchacha.
Los días pasaban y Adelardo se halló ante dos opciones: volver a Cádiz
a buscar trabajo en no sabía cuál empleo o tornar a Cáceres y abusar
del amigo de su antiguo coronel. Como la primera solución podía ser
siempre recurrida, optó por probar fortuna y ver qué se hallaba en
Extremadura. Vivir en el pueblo, en casa de sus padres, ni se le había
pasado por la cabeza. Allí sí que tenía poco porvenir, tanto para
ellos como para lo que ya anunciaba con venir al mundo, ya que Julia se
encontraba a comienzos de su primer embarazo. No deseaba que su hijo
tuviera las pocas oportunidades que él mismo halló. Se lo había
jurado cientos de veces.
Y marcharon a Cáceres. La ayuda de aquel caballero podía serles de
gran utilidad.
Efectivamente, en las señas que figuraban en la tarjeta le atendieron
amablemente y le preguntaron lo que sabía hacer. Adelardo contó
nuevamente la retahíla de sus conocimientos y llegó a pensar que le
destinarían a alguna oficina o despacho, como escribiente, ya que era
el oficio que le había proporcionado la recomendación del coronel y de
su amigo.
- En un par de días le llamamos -. Le prometieron.
Se hospedaron en la conocida pensión y se dedicaron a dejar transcurrir
el tiempo paseando por las calles de la capital extremeña y sufriendo
sus calores. A los dos días, como le habían asegurado, un chiquillo le
llevó un escrito.
A Adelardo, de momento, se le vino el mundo encima. Él, que había soñado
con un empleo de amanuense, en la capital, con todas las ventajas que
ello conllevaba para el futuro, recibió el encargo de dirigirse a un
pueblo de Badajoz, llamado Puebla de la Calzada, en dónde comenzaría a
trabajar inmediatamente en el destino que le impusieran.
Pero, como a fuer de paciente era conformista, se dijo: - Por algo se
empieza. Y, además, a saber cómo es esa Puebla y en qué consiste el
trabajo.
Acompañando a la carta iban dos billetes de tren para su destino, así
que no tuvo ni que gastar en el viaje. Si no como él quisiera, las
cosas parecían marchar por buen camino.
Y por ese camino se trasladaron a Puebla de la Calzada, en donde el tren
hizo una excepción y se detuvo, cosa que pocas veces hacía. El lugar,
cuatro casas mal puestas y peor conservadas, debía su nombre a la
cercana presencia de la antigua vía romana que conducía a la Mérida
de antaño, importante centro y emporio de la provincia hispánica.
Cuando a Adelardo le dijeron por dónde discurría la famosa calzada,
apenas si pudo vislumbrar ni rastro. Hoy en día, tras los trabajos
arqueológicos que han sacado a la luz todas las maravillas de Emérita
Augusta y sus derredores, se aprecia la solidez y buena construcción
con la que Roma acometía sus empresas.
Les hospedaron en una casuca de mala muerte, a orillas de un cambio de
agujas de las vías del ferrocarril que llevaba a las dos capitales
extremeñas y hacia la cercana Andalucía. Y ése fue el empleo de
Adelardo. Él, que había soñado con ser amanuense de la Compañía, se
quedó en guardagujas. Y no es que el trabajo dejara de ser interesante
y, mayormente, de plena responsabilidad: bien atento debía de estar a
los horarios que se le facilitaban, a las señales que las locomotoras
emitían y, en suma, a una labor que, si bien no era fatigosa, exigía
plena dedicación y estar ojo avizor. Eso sí le satisfizo. Supo que
confiaban en él. Y se propuso ser digno de tal confianza, como había
prometido.
La viuda del viejo guarda le enseñó en pocas horas cuál era su labor.
Permaneció con ellos unos días y, a la postre, les dejó solos.
Adelardo se sintió importante. Sabía que el transcurrir de los trenes,
las vidas de los viajeros y el buen marchar, en definitiva, del progreso
dependía, en algún modo, de él.
A cada instante estaba consultando el peluco dorado, de larga cadena,
que le había regalado el padre de Julia cuando se casaron. Después leía
el horario que, periódicamente, recibía y, cuando veía que la hora
anunciada se iba acercando en el reloj, salía hasta las vías y oteaba
el horizonte en un sentido o en otro, según la hora, hasta que oía el
pitido del tren. Entonces, calculando el tiempo que quedaba, manejaba la
pesada palanca que unía o separaba los raíles, enviando el convoy
hacia la dirección correcta. Si el próximo que debería pasar iba al
contrario, tornaba a girar la aguja y lo dejaba todo en orden.
Tampoco el trabajo ni la preocupación eran constantes, ya que raro era
el día en que los trenes que circulaban por aquel trayecto eran más de
seis. Pero, como maldecía el joven, parecía que eligieran las horas de
las comidas o de las siestas. De noche no tenía servicio, mas sí había
de darse buenos madrugones.
Y ésta era su vida y éste su quehacer. Qué cosas ocurrían fuera del
contorno de sus vías y de sus cambios de agujas, cómo discurría el ir
y el venir del mundo, de las políticas, de los conflictos nacionales e
internacionales, no le inquietaba en lo más mínimo. Sí tenía
noticias del exterior, por el correo que, muy de tarde en tarde, llegaba
al pueblo, pero no le importaban. Lo que ahora acaparaba toda su atención,
aparte de las vías y los horarios, era el inminente parto de Julia que,
efectivamente, en mil novecientos uno, dio a luz al primero de sus
hijos. Mejor dicho, a la primera, porque niña nació y la llamaron
Adela. Como todos los padres bisoños, Adelardo lamentó que no hubiera
sido un chico, por aquello de los estudios que quería darle, pero bien
sabrían él y su mujer remediarlo en poco tiempo... Se conformó con
ponerle un nombre lo más semejante al suyo propio.
Que el nacimiento de su hija coincidiera con la mayoría de edad del Rey
de España, Don Alfonso XIII, se enteró al cabo del tiempo. Allá, en
Puebla de la Calzada, la historia parecía limitarse al diario y escaso
trabajo y al menor ir y venir. ¿Para qué querían más?
Una cosa sí consiguió el joven matrimonio: con el parco sueldo que le
pagaba el ferrocarril y como tenían vivienda gratuita, pudieron ir
comprando gallinas para que no les faltara nunca el desayuno. También
plantaron algunos que otros frutales y, lo que más llenó de orgullo a
Adelardo, hasta adquirieron una pareja de cerdos. Por primera vez en su
vida, la piara - aunque mínima - era suya y no del amo.
En la Puebla no existían comadrona ni partera, así como tampoco médico
ni sacerdote. En total no vivían más de diez o doce familias y entre
ellas se apañaban para lo que fuera menester. Cuando necesitaban de
otros servicios, acudían al vecino pueblo, a lomos de caballerías o en
carros.
Julia con su innata simpatía y alegría gaditana cayó muy bien al
resto de las mujeres, que la veían tan niña que parecía mentira que
ya fuera madre. A Adelardo también le tomaron estima los varones, al
ver su porte bizarro y servicial y su natural honrado y de buena
persona. Además, siendo de la provincia hermana, eran paisanos. La
vida, pues, se les presentaba halagüeña, tranquila y sin mayores
problemas. Julia alegraba la huerta de su casa con su voz frescachona y
sus canciones alegres. Adelardo escuchaba complacido.
De esta manera no es de extrañar que al poco tiempo del nacimiento de
Adela, Julia quedara nuevamente encinta.
- Esta vez sí será un chico -. Se dijo Adelardo.
Y, en esta seguridad, empezó a ampliar la casita donde vivían y a la
cual ya le habían lavado la cara un poco. Tan sólo se trataba de
abrirle unos huecos y construir un par de habitaciones más, para lo que
viniera. Techarla bien, encalarla... Adelardo, que nunca había
trabajado de albañil, aprendió a hacerlo, contando con la ayuda de los
lugareños.
Así nació Teresa, la segunda de las niñas y la segunda de las
decepciones de Adelardo. Una vez más se quedaba sin el hijo al cual
hacer que estudiara, ya que las chicas - ya se sabe - servían solamente
para las tareas domésticas y para ayudar a la madre.
Los trenes pasaban día a día por delante de Adelardo, sin detenerse
nunca, guiados por su experta mano en cuanto al carril a tomar. Se sucedían
las estaciones, criaban las gallinas y parían los cerdos. El tiempo
transcurría... Adelardo se rascaba la calva cabeza con una mano en
tanto sostenía la raída boina con la otra, preguntándose si algún día
cambiaría su suerte. Pero, de momento, se conformaba con la que tenía.
Y la Julia volvió a dar a luz. Esta vez sí se desgañitó Adelardo,
dando grandes voces por el villorrio, anunciando que le había nacido un
hijo, el ansiado varón con el que soñaba. Todos le dieron los mejores
parabienes y corrió el vino de la tierra, dulzón y pesadote. ¡Ya tenía
hijo que estudiase!
El bautizo fue tan sonado como si del mismo hijo del Rey se tratara,
salvando las distancias, claro está. Pero a Adelardo no le quitaba
nadie de la cabeza que aquél era su futuro, el futuro de su familia, el
motivo por el que se había salvado de una muerte cierta en aguas del
Atlántico o en tierras cubanas. A punto estuvo, dominado como estaba
por la euforia, de provocar algún accidente con los cambios de agujas
ya que más atento estaba a pensar en el recién nacido que en el
horario de los trenes. Menos mal que su habitual cordura y sereno
talante le refrenaron y, prestamente, volvió a tomar las riendas de su
oficio. La Julia y el crío, a quién se le llamó, ¡cómo no!,
Adelardo, se encontraban en magnífico estado y las chicas crecían a
ojos vistas. La mayor, muy perezosa, pero la segunda, Teresa, más viva
que un ratón.
Fue cuando Adelardo pensó en cambiar de destino. Puebla de la Calzada
no parecía, ni lo era, el lugar más apropiado para que sus hijos
estudiasen. Y lo fue cavilando. Algún día escribiría a los jefes de
la compañía o a don Luis, el señor que le había recomendado, a fin
de que proveyesen otro sitio y otro trabajo que le fuera más apañado
para sus fines.
Pero, cuando en estos pensamientos estaba, acaeció un suceso que
trastornó la monotonía y la tranquilidad de la vida de la Puebla.
Una mañana, el vecino que ejercía las funciones de alcalde del lugar
se acercó a visitar a Adelardo. Después del protocolario saludo, le
espetó por las buenas: - ¡Ándese usted con vista, muchacho! Rondan
malas gentes por la comarca. ¡Anarquistas o cosa así! Han destruido
algunos tramos de vía unos kilómetros al sur. Los Civiles andan buscándolos.
Anarquistas... Adelardo algo había oído mencionar acerca de ellos,
tanto en su estancia en el Ejército como en los escasos periódicos que
llegaban a la Puebla. En cualquier caso, no sabía bien de qué iba el
asunto.
- ¡Gentuza! ¡Bandoleros! - le aclaró el vecino -. Asaltan alguna que
otra hacienda para comer de lo que pillan y, si se les presta
resistencia, no dudan en hacer daño.
- Pues habrá que tener cuidado - respondió Adelardo -. No quisiera que
por aquí ocurriera nada.
El alcalde se rascó la cabeza, pensativo.
- ¿Tiene usted escopeta? -. Preguntó.
- No, señor. Y aunque la tuviera, no sé si sería capaz de manejarla
contra un hombre.
- Pero, ¿no cuentan que viene, usted, de la Milicia? -. Se sorprendió
el otro.
- Sí -. Afirmó Adelardo -. Pero yo no he pegado un tiro en mi vida.
Estuve en Intendencia.
- Ya... -. Vaciló el vecino -. De todas maneras, en tanto que llega la
Guardia Civil, no estaría de más que tuviera un arma a mano.
Adelardo contempló las vías. Después, se volvió a observar la casa y
sus escasos enseres. Por último, respondió: - Si vienen y tienen
hambre, algo de comer habrá que darles. Y si lo que buscan es
camorra... ¡pues ya veremos!
Y lo dijo tan seguro de sí mismo que el alcalde se marchó convencido.
No obstante, aquella noche, cuando Adelardo se acostó en el lecho
matrimonial y mientras esperaba que Julia acomodara a las niñas, su
cabeza no dejaba de darle vueltas al asunto. Miró, dormidito en su
cuna, al pequeño, que se chupaba un dedo tranquilamente:
- No vendrá nadie a interrumpir nuestra vida, te lo aseguro, hijo -.
Musitó.
Cuando Julia se arrebujó junto a él, en busca de calor, le notó
intranquilo. Habían apagado la luz pero sentía que su marido mantenía
bien abiertos los ojos.
-¿Qué te pasa? ¿Ocurre algo? -. Le preguntó.
Él le pasó una mano por debajo de la cabeza y la atrajo hacia su
pecho.
- Nada, mujer, tranquila. No pasa nada.
- ¿Qué te dijo el vecino?
Adelardo se lo contó.
- Pero, tranquila... Por aquí no vendrán. Ya les están buscando los
guardias.
Y, abrazándola, empezó a hurgar por debajo del amplio y largo camisón.
Julia se reía y se arrimaba más y más a él. Por fin, y a pesar de
que en ningún instante se le fue de la mente el posible peligro, la
Naturaleza pudo más que cualquier idea y se durmieron satisfechos.
Antes de que amaneciera, cuando aún la noche caía sobre la casuca,
Adelardo salió envuelto en una gruesa pelliza para efectuar un cambio
de agujas. Era el primer tren de la mañana. Cuando pasó delante de él,
entre nubes de vapor y carbonilla, pudo ver que, junto al maquinista y
al servidor de la caldera, viajaban dos guardias civiles, fusil en
ristre. También, en el último vagón, aparecían las figuras de otros
guardias.
- Pues sí parece que va en serio... -. Caviló.
Pasaron unos días y no se supo más del asunto de los anarquistas.
Pareció que la cosa había pasado y se olvidaron del tema pero una
noche, después de dejar pasar el último tren de la jornada, y cuando
se disponía a meterse en la casa para cenar, Adelardo notó que el
perrillo que tenían - se le había regalado un vecino - ladraba
insistentemente a las sombras.
- ¿Hay alguien ahí? -. Preguntó, con voz serena - ¿Quién viene?
Había creído vislumbrar, entre esa oscuridad del anochecer todavía en
penumbras, un caminar de personas, dos o tres podrían ser, como ocultándose.
- ¿Es usted, señor Anselmo? -. Preguntó Adelardo. Tal vez el vecino más
próximo se estaba paseando por los alrededores de las vías.
No le contestó más que un hosco silencio. Sintió un escalofrío y
aceleró al paso hacia la casa. Una vez en la puerta, se volvió y miró
en derredor. No se veía a nadie.
- Julia -. Llamó - ¿Están las niñas dentro de casa?
La voz de su mujer se lo confirmó. El perrillo seguía gruñendo.
Adelardo hizo una excepción y, aunque nunca le dejaba dormir en el
interior, esa noche sí lo consintió.
El animal corrió a refugiarse bajo las faldas de Julia.
- Atranquemos bien la puerta y las ventanas. No sé si hay alguien por
ahí fuera.
La joven no dijo nada y se limitó a cumplir las órdenes del marido.
Intranquilo, se sentó a la mesa, esperando que le sirvieran la cena.
Las niñas jugaban sentadas en un rincón, ajenas a todo.
- ¿Qué ha pasado? -. Le preguntó Julia.
- No sé. El perro ha empezado a ladrar y a gruñir como si presintiera
a algún desconocido.
- Será un animal que ande perdido... -. Quitó importancia ella.
- Sí. Eso será.
Y se dispuso a comer el potaje.
En aquel momento percibió claramente unas pisadas en el exterior. Dejó
la cuchara en el aire, a medio camino del plato y de la boca. Después
escuchó unos golpes que llamaban a la puerta.
No contestó. Permaneció quieto, dejando la cuchara en el plato. Los
golpes se repitieron, pero no oyeron voz alguna.
Adelardo se levantó y caminó hacia la entrada.
- ¿Quién llama? -. Preguntó en voz alta - ¿Quién viene a estas
horas?
Una voz le contestó, desde fuera: - ¡Por favor, abra, tenemos hambre!
-¿Quiénes son ustedes? -. Volvió a preguntar.
- ¡Que abras, he dicho, coño, o tiramos la puerta abajo! -. Profirió
un hombre de voz bronca y amenazante.
Adelardo caviló rápidamente. ¿Serían los Civiles? Estos no se
andaban por las ramas a la hora de pedir favores. Y si no eran ellos y
era mala gente, de pobre manera podría impedir que cumpliesen su
amenaza. Si hubiera hecho caso al vecino y tuviera la escopeta... Pero
desechó rápidamente esta idea. ¡No se iba a liar a tiros, con los
chiquillos de por medio!
Los golpes arreciaron con más fuerza. Había que actuar deprisa y más
valía evitar violencias.
- De acuerdo, pero quédense tranquilos - Dijo. Y abrió.
En el umbral, a la escasa luz de la luna, pudo ver las figuras de tres
hombres. El primero estaba justo delante de la puerta: un tipo bajo pero
fornido, con barba de varios días y gesto de mala leche. Los otros dos
se hallaban detrás de él, apoyándose uno de ellos en su compañero.
Los tres iban armados con escopetas.
- Gracias -. Dijo el que parecía ser jefe de la partida. Y, apartando a
Adelardo con un empujón, franqueó la puerta y entró en la estancia.
Barrió con la escopeta todo el interior de la habitación, comprobando
que solamente se hallaba la familia. Sus compañeros le siguieron.
El perro no paraba de ladrar, protestando.
- ¡Callen a ese perro! ¡Estoy hasta los huevos de oírle! -. Ordenó
el hombre.
Adelardo no respondió ni se movió del lugar en que le había colocado
el arma del sujeto. Julia acarició al chucho y le recomendó que se
callase, pero el animal seguía armando bulla.
- ¡Le voy a...! -. Y el hombre le largó una patada.
- ¡Quieto! -. Saltó Adelardo - ¿Quiénes son ustedes?
Su voz había sonado enérgica, segura, sin mostrar ni pizca de miedo.
El perro, al oírle, se calló.
- Gente de paz, compañero... - le aseguró el barbudo -. Gente de paz.
- Pues, si de tanta paz son, dejen tranquilas sus armas, lo primero -.
Ordenó Adelardo.
El tipo malencarado se echó a reír.
- ¡Muy gallito eres tú, paisano! -. Aseguró.
- Estoy en mi casa y aquí no se entra con armas.
La tensa conversación, que amenazaba con acabar como el Rosario de la
Aurora, se vio interrumpida por un quejido que profirió el hombre que
se sostenía en su compañero.
- ¡Sea, hombre, sea! -. Concedió el tipo - ¡Venga, pasad, que esta
buena gente nos echará una mano!
Y dejó la escopeta apoyada en la pared. Sus secuaces le imitaron.
- ¿Qué le pasa a ese hombre? - se interesó Julia - ¿Viene enfermo?
- Más o menos - respondió el cabecilla -. Un chinarrazo que le han
dado en la pierna y le llevamos arrastrando un par de leguas.
El herido llevaba desgarrada la pernera del pantalón. Adelardo, que había
visto la sangre manando copiosa por una fea herida, exclamó:
- ¿Un chinarrazo? ¡Leche, pues parece un tiro en toda regla!
- Sí, pero le pasó de lado a lado. No le ha roto el hueso.
El hombre se había tumbado en una hamaca y Julia estaba observando la
herida.
- Tiene que haber perdido mucha sangre. Se la voy a lavar y, después,
le curaremos.
El sujeto debía de tener encarnadura de perro, porque se quejó bien
poco de los manejos que la mujer le hizo en la pierna.
Cuando concluyeron de atenderle, Adelardo invitó: - La comida se habrá
quedado fría, pero podemos calentarla.
- Agradecidos -. Respondió el jefe.
Julia recalentó el potaje y lo sirvió. Mientras Adelardo comía
despacio, observó a sus acompañantes cómo devoraban con ansia lo que
les habían servido. No hizo falta que pidieran más, porque Julia les
sirvió nuevamente, hasta acabar con el contenido de la cazuela.
- Sois buena gente -. Se dirigió a Adelardo el que parecía llevar la
voz cantante - ¿A qué os dedicáis?
- Soy el guardagujas del ferrocarril -. Respondió el joven.
El otro se echó a reír con recias carcajadas.
- ¿El guardagujas? ¡La hostia! ¡Sí que es casualidad!
- ¿Por qué lo dice?
- ¡Porque nosotros nos dedicamos a hacerle faenas al tren y sería una
y muy buena romper el cambio..! - continuaba riéndose - ¡La que se
podría armar!
Adelardo se aferró a la mesa. Le miró con gesto severo y habló con
voz muy firme: - Pero ustedes no le van a hacer daño a mi vía, ¿verdad?
Los bandidos (porque ya sabía Adelardo que de los tales se trataba)
percibieron el énfasis con que había afirmado la propiedad del tendido
férreo.
- ¿Es que, acaso, el tren es tuyo, chaval?
- Me da de comer - respondió, simplemente -. A mí y a los míos.
- ¿Y sólo por eso serías capaz de defenderlo? ¡Vamos, que son tus
amos!
- Llámelo como quiera, pero yo vivo de esto.
- También nosotros tuvimos nuestras casas y nuestros amos y, ya ves,
hasta los mismísimos de ellos, nos hemos echado al monte.
Adelardo le miró, compasivamente.
- ¿Y cómo acabarán? -. Preguntó.
El otro hizo un mal gesto. Calló un rato y, al cabo, musitó: -- -¡Cómo
Dios o el Diablo quieran! ¡Pero sin amos!
- Pues son libres de acabar como quieran, pero tocar mi vía... ¡eso ni
pensarlo!
El hombre le observó, curioso.
- ¿Y cómo nos lo ibas a impedir? ¿Es que te crees con más agallas
que nosotros? No sería el primero, más bragado que tú, que me llevo
"pa lante", ¿sabes?
Muy tranquilo aparentemente, aunque la sangre le latía con violencia en
las sienes, le respondió Adelardo:
- No sé cómo se lo impediría. Pero lo haría. Téngalo por seguro.
El facineroso se irritó y, en su furia, le tiró el plato vacío a la
cara. Adelardo hizo un gesto con las manos para detenerlo pero no pudo
evitar que le produjera un corte en la sien. De repente, su mano derecha
alcanzó la navaja de la que se servía para comer y le produjo un
profundo tajo al otro en toda la cara, desde el ojo a la barbilla.
- ¡Me cago en Dios! -. Gritó el que no había abierto la boca hasta
aquel momento. Y se abalanzó hacia la pared en la que dejaran arrimada
la escopeta.
Adelardo no le dio tiempo. La navaja voló por el aire y se le clavó en
mitad de la espalda. El hombre cayó al suelo, inerte como un fardo.
- ¡Cabrón! ¡Has matado a mi amigo! -. Tronó el jefe, que sangraba
como un cerdo. Y, levantándose de la silla, tomó ésta con fuerza
entre sus manos y la estrelló contra el pecho de Adelardo. Éste rodó
por el suelo. El otro se abalanzó sobre él, empuñando un enorme
cuchillo, dispuesto a destriparlo.
- ¡Quieto! - la voz de Julia resonó enérgica - ¡Como toques a mi
marido te mato, canalla!
La muchacha había cogido una de las escopetas y le apuntaba fijamente
con ella. El bandido no estaba seguro de que supiera manejarla o de que
fuera capaz de hacerlo, pero una mirada al rostro de la mujer le sacó
de sus dudas. Tiró el machete.
Adelardo se levantó, penosamente, del suelo. Se llevó las manos al
pecho. Le habría roto alguna costilla, el muy jayán, pensó. Luego,
dominando el dolor, se acercó a su esposa y, con cuidado, le quitó el
arma, que empuñó firmemente.
- Trae, mujer, yo les mantengo a raya. Avisa al señor Anselmo, el
vecino, que baje para acá con el alcalde.
El herido de la pierna, que yacía en la hamaca, no se había movido en
todo el rato. Demasiado tenía con el agujero que le habían hecho en el
cuerpo los civiles. Las niñas, Adela y Teresa, estaban agazapaditas en
un rincón, gimoteando, muertas de miedo. La angustia flotaba en el
ambiente de la, hasta entonces, plácida casa.
Julia obedeció a su esposo y, tomando en brazos a sus hijas, se dirigió
a la casa más cercana. Al cabo de un rato, los hombres de Puebla de la
Calzada acudieron a casa de Adelardo, bien pertrechados de cuerdas y de
armas.
Mientras Adelardo aguardaba su llegada, pocas palabras había cambiado
con sus prisioneros. Se limitó a observar al hombre que yacía en el
suelo con la navaja clavada entre los hombros y vio que no estaba muerto
pero que no tardaría en estarlo si no se le atendía. Con el cabecilla,
solamente intercambió miradas, las del uno de odio y las de Adelardo de
lástima. ¿Qué habría conducido a aquellos hombres a salirse de la
Ley, a campear al margen de todo respeto humano y divino? Ni lo sabía
ni podía averiguarlo. Cada cual sigue su destino y éste nos marca para
siempre.
- ¿Nos va a entregar a la Guardia Civil? -. Le preguntó, por fin, el
otro -. Nos matarán por culpa suya...
Adelardo se dio cuenta del usted con que le hablaba el rufián. Se sonrió
para sus adentros, pensando en el respeto que imponía un arma bien empuñada.
- Yo no les voy a entregar a los guardias. Eso lo hará el alcalde. Y de
culpa mía, nada. Yo estaba tan tranquilo, con mi familia, y ustedes
vinieron con amenazas. ¡Así pagaron la cena que les ofrecí! ¡Vaya
idea de la libertad que tienen..! Yo no sé lo que han hecho ni me
importa. Si han cometido delitos, alguien les hará pagarlos.
- Pero, ¿no te das cuenta de que tú eres de los nuestros, de los
pobres, de los que no tienen dónde caerse muertos? ¡Parece mentira que
tengas tan mala sangre!
- ¡Cállese! Ni yo soy de los suyos ni tengo mala sangre. ¡Y no hable
más si no quiere que le tape la boca de un escopetazo!
El detenido comprendió que poco o nada iba a ganar tratando de ganarse
el perdón del joven. Parecía terco y había visto con qué decisión
había lanzado la navaja a su amigo. No era hombre blando, ni mucho
menos.
- ¡Pues que sea lo que Dios quiera!
- ¡Eso! - asintió Adelardo -. Y ahora, ¡chitón!
De esta manera, sumidos en el más lúgubre silencio, les encontraron
los vecinos cuando llegaron.
Al otro día, avisadas las Fuerzas del Orden, éstas se hicieron cargo
de los prisioneros y se les trasladó. Adelardo no volvió a saber nada
de ellos, ni siquiera si había muerto o no el de la navaja. Procuró
borrarlo de su memoria, como el recuerdo de una noche de pesadilla, como
si no hubiera ocurrido.
- No te preocupes, Adelardo -. Le dijo Julia - Seguro que no le mataste.
-¡Y si se murió, bien muerto está, coño! -. Contestó, zanjando la
cuestión. Pero algo le pesaba en la conciencia.
Y la vida continuó como siempre, tranquilamente, en la Puebla. Si
alguien, Autoridades o jefes, dieron importancia al decidido
comportamiento de Adelardo, hasta el joven guardagujas no llegó el
menor eco. Tan sólo sus vecinos pudieron reafirmarse en su buena opinión
acerca del joven matrimonio, ya que también Julia, con su valiente
actitud, había mediado en la disputa. Se les consideró gente de
respeto. Tal vez, Adelardo, por fin se había "confirmado",
como dijera don Luterio, pero no le dio importancia.
Pasaron los meses y, otra vez, Julia, alumbró un hijo. Nuevamente fue
una niña. Adelardo, con tanta cría en casa, ni se inmutó.
- Ya tengo un chico, ¿qué le vamos a hacer? Mejor para su madre, que
tendrá manos de sobra que le ayuden.
La verdad es que, desde que ocurriera el suceso de los anarquistas,
Adelardo estaba más pachorrón y conformista. No dejaba de preocuparle
un dolorcillo que le había quedado en el pecho, hacia un costado.
Aunque un vecino que era medio curandero le había asegurado que no tenía
ninguna costilla rota ni daños parecidos, aparte del fuerte impacto del
silletazo, él no se encontraba tan católico como antaño. No se
quejaba, porque era de natural sufrido y de complexión robusta, pero la
molestia persistía.
- Deberíamos ir a Cáceres, a que te vieran buenos médicos -. Opinó
Julia.
- Déjalo, mujer. Ya pasará. Para irme, tendría que avisar para que
dejaran a alguien en mi puesto y, a saber...
Y así continuó. Lo que ya sí decidió poner en práctica fue lo de
solicitar el traslado a un sitio mejor.
- Al fin y al cabo, - pensó - alguien en la Compañía sabrá de mi
"hazaña" y tendrán que compensarme.
Escribió una humilde carta al señor de Cáceres, en la que le contaba
que su salud, resentida, sin duda, por el golpe sufrido y el aumento de
la familia y sus ansias de dar a sus hijos una educación que en Puebla
de la Calzada no obtendrían, le animaban a solicitar el traslado a un
puesto mejor.
No tardó en recibir respuesta. Pero muy ambigua... Cuando hubiera una
plaza, que no se demoraría, pero... A la carta le acompañaba un
billete de cien pesetas. Al verlo y examinarlo muy de cerca, casi sin
atreverse a tocarlo, como si se tratara de una obra de arte, la alegría
del matrimonio fue inmensa. ?¡Eran ricos!
Julia adquirió tela para hacerles a sus hijas nuevos vestidos. Se le
daba bien la labor y confeccionó unas bonitas ropas. También el pequeñín
Adelardo lució buenas galas y hasta su padre se hizo con una chaqueta
de pana, estupenda, y con una nueva y reluciente boina.
Tanta alegría y prosperidad y el hecho de que continuaran siendo muy jóvenes,
propició que Julia volviera a quedarse embarazada.
- ¡Voy a parecer una coneja! -. Se justificó ante su marido.
- ¡Trabajo y salud para criarlos! -. Le tranquilizó Adelardo.
Así, tras de la pequeña Asunción, al cabo de los meses, nació
Esperanza.
- Se te va a caer la casa encima, hombre - bromeó un vecino, mientras
tomaban unos chatos de vino.
- ¿Por qué? - se extrañó Adelardo -. No se me parece que esté mal
de cimientos.
Todos los presentes rieron.
- Pero es que, ¡con tantas rajas como tienes dentro..!
Y Adelardo, que en el fondo seguía siendo aquel mozo tímido de antaño,
se puso colorado.
La epidemia de hambre que, en aquel año de 1905, asolaba Andalucía,
amenazaba también a las provincias colindantes. Cada vez eran más los
emigrantes que se dirigían en busca de mejores tierras.
Adelardo estaba preocupado. Aunque ellos se defendían con el trabajo y
el producto de la pequeña granja que habían ido construyendo, comprendía
que nada bueno se avecinaba. Además, el dolor de su costado iba en
aumento.
Mas, como dicen que Dios aprieta pero no ahoga, al fin llegó la
consabida carta en la que le comunicaban el traslado. Le anunciaban que,
antes de un mes, otra persona se haría cargo de las agujas y que, una
vez entregado el servicio, se personase en Cáceres con su familia, a
fin de recibir el nuevo destino. Locos de alegría, fueron preparando
los bártulos. Los enseres, muebles y animales hallaron, presto,
compradores, ya que los vecinos quisieron demostrarles su cariño y
gratitud pagándoles un buen dinero por ellos.
Los días pasaron y, efectivamente, el relevo se produjo. Dejando bien
aleccionado a su sucesor, Adelardo, al frente de la ya copiosa familia
Alvear, partió para Cáceres. Atrás quedaban unos felices años, un
trabajo tranquilo y solamente un amargo recuerdo de aquel mal encuentro.
Un mal recuerdo y un dolorcillo pertinaz, cada vez más intenso. Pero
Adelardo Alvear era feliz de ver a sus pequeños tan sanos y miraba
esperanzado el porvenir.
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