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Capítulo Primero
VIA CORTA...
Adelardo Alvear fue uno de esos hombres anónimos
de carácter afable y cariñoso con los suyos y de trato constantemente
serio y respetuoso, para con los demás. De joven, un poco retraído a
fuerza de soledades, jamás se enfrascó en discusión ni disputa alguna
ya que siempre optó por el camino de alejarse de la más banal
trifulca, manteniendo, eso sí, por delante de él su poderosa cachava
de pastor, en previsión de que cualquiera de los bullangueros clientes
de la taberna, a la cual acudía con escasa frecuencia, pudiera hacerle
objeto de sus bromas o de alguna mala pasada.
Su mocedad transcurrió en su Extremadura natal, en un pequeño
pueblecito de la provincia de Cáceres cuyo nombre yace en el olvido o,
tal vez, sumido bajo las aguas de alguno de los numerosos pantanos que,
muchos años después de la muerte de Adelardo, anegaron la región. Allí
creció, fuerte y alto para su época, con la espalda más recta que un
huso, enjuto de tez y padeciendo una temprana calvicie que disimulaba
con el perenne uso de la boinilla negra de la cual raramente se
despojaba, siquiera para dormir.
Más pobres que las ratas, sus padres apenas si pudieron darle estudios,
por no decir, llanamente, que no se los dieron. Cómo aprendió a leer
de corrido y a escribir con una excelente caligrafía es uno de tantos
misterios insondables de la vida, porque acudir a la escuela lo hizo en
contadas ocasiones. Y el viejo maestro, cansado de tantos años en el
mismo destino, mal pagado - cuando le pagaban, bien fuera la Reina, el
monarca Don Amadeo, la República que le sustituyó o el reinstaurado
Alfonso XII y la posterior Regencia de su viuda - se esforzaba más bien
poco por desasnar a aquellos arrapiezos cuyo único futuro consistiría
en ser braceros o porquerizos y no prestó a Adelardo especial atención.
Tampoco el chico hizo ningún mérito para despertarla ya que, como se
ha dicho, su paso por aquella aula improvisada en el derruido pajar en
que se ubicaba la escuela, fue visto y no visto. En época de labor
porque tenía que ayudar a su padre en las faenas de las tierras del amo
y durante el resto del año porque había de cuidar los puercos del
mismo amo, que le daba un real de vez en cuando; o sea, casi nunca. Y,
sobre todo, porque su único solaz era tumbarse a los pies de uno de los
múltiples alcornoques que enriquecían la zona y proveían con su fruto
al alimento de los hermosos cerdos que cuidaba Adelardo.
Cerca de los árboles yacían, en eterna placidez y descanso, los raíles
de un tren. De un tren de vía estrecha que un día fueron colocados
sobre sus traviesas por una cuadrilla de trabajadores y que tan sólo
una vez conocieron el paso de un ferrocarril, inaugurándolo. Después,
sobre aquel camino de hierro que trazaba una leve curva que nadie
hubiera sido capaz de explicar para qué existía, ya que el camino
natural hubiera sido construir una recta dada la placidez y escasa
dificultad del terreno (tal vez se quisieron aprovechar tramos ya
curvados y de desecho), nunca jamás volvió a circular ningún tren,
durante años y años. Parecía que la tal vía hubiera sido olvidada de
la mano de Dios y de los responsables del ferrocarril. Acaso se construyó
para justificar una partida de gastos..? ¿De dónde venía? ¿A qué
destino llevaba? Adelardo nunca lo supo ni tampoco le preocupó
demasiado saberlo. Tal vez el alcalde del pueblo, el médico o el
boticario lo supieran. O el cabo. Pero el mozo no se codeaba con las
fuerzas vivas del lugar. Solamente el señor cura, don Luterio, se
acercaba, de tarde en tarde, por aquel paraje, con el mugriento
breviario entre las manos y, a veces, hablaba con el chaval. Las charlas
no eran ni muy explícitas ni muy largas. Se limitaban a recordarle que
debería acudir a las Misas de los Domingos, remachar que la taberna no
era buen sitio para un joven y, una vez, a preguntarle si se había
confirmado. Adelardo, llanamente, le preguntó qué cosa era eso.
-¡Alma de cántaro, pero mira que eres burro! -. Le espetó el
sacerdote -. A ver, ¿cuáles son los Sacramentos de la Santa Madre
Iglesia?
Adelardo le contestó que el Bautismo (él sabía que bautizado sí
estaba, porque el tío Jacinto le llamaba ahijado); Penitencia y Comunión,
añadió. También se acordaba que, un domingo, siendo chico, su madre
le había puesto un remendado traje de pana negra que había arreglado
con el de fiesta de su padre y que, tras de pasar por contarle unos
pecadillos a don Luterio, había comulgado junto con los niños y niñas
de su edad. Pero de eso hacía ya muchos años.
Después dijo que el Orden Sacerdotal, cosa que no comprendía, y el
Matrimonio.
-¡Pues hay dos más, pedazo de alcornoque!-. Gritó el cura -¡Confirmación
y Extremaunción! ¡A ver si aprendes algo de la Doctrina!
Lo de verse llamado pedazo de alcornoque no le extrañó en absoluto: la
mayor parte de sus días los pasaba entre ellos... Pero aquello de la
Confirmación no lo entendía. ¿Qué tenía que confirmar él? Y lo de
la Extremaunción se le iba de las mientes. Sí que se acordaba que,
cuando su abuela falleció, don Luterio estuvo con ella y le hizo unas
cruces sobre la boca y los ojos con alguna sustancia que sacó de una
cajita. Pero... de lo del Orden Sacerdotal no entendió ni media. Sabía
que un sacerdote era un cura y que el orden en el pueblo era impuesto
por el respeto que imponía el cabo de la Guardia Civil. No comprendía
qué tenían que ver una cosa con la otra, salvo las partidas de cartas
que ambos, cura y cabo, jugaban todas las tardes en la misma taberna a
la cual don Luterio le aconsejaba que no fuera.
Total que, de aquella conversación, - la cual, por cierto, el cura dio
por zanjada sin más -, la única comezón que le quedó a Adelardo fue
la del Matrimonio, casorio que se decía. Todos los mozos andaban a
vueltas con las zagalas de su edad y, entre ellos, hablaban de picardías.
Que si a la María se la habían llevado al pajar; que si la Manuela
parió un chico y no se sabía de quién era, aunque se sospechara; que
si una pareja de novios se había casado aprisa y corriendo, soportando
un broncazo de don Luterio y llevando la muchacha algo más que un melón
en la barriga...
No es que Adelardo desconociera el sexo ya que éste era un espectáculo
natural y periódico que se realizaba a plena luz del sol en su pueblo.
Un corro de perros remoloneaba alrededor de una perra en celo hasta que
uno de ellos la montaba, ante la vista y el jolgorio de todos los
chavales, quienes les tiraban piedras mientras tanto. Luego se quedaban
mirando el macho hacia Cartagena y la otra para Murcia, como se decía,
mientras resoplaban ansiosamente. Que las yeguas y las vacas eran
llevadas a sus respectivos sementales por el Ciriaco, hombre ya de
luengos años pero que conservaba íntegras todas sus fuerzas y mañas y
que era el llamado mamporrero del lugar, el que apañaba los coitos
entre el ganado, era bien conocido por todos los críos, así como que
los cerdos preñaban a las gorrinas y que, una vez al año, venía el
capador, a fin de que aquellos marranos que estaban destinados a
convertirse en pitanza engordasen con mayor rapidez y no perdieran
tiempo ni magras en rencillas entre ellos ni en olisquear a las hembras.
Todo eso lo conocía Adelardo, muchacho bien formado y de carácter nada
enfermizo. Pero cuando se veía ante una moza, se le trababa la lengua,
se ponía colorado y optaba por abandonar el baile (que se celebraba
durante las Fiestas del Santo Patrón, una vez al año). Y si se topaba
con algunas lugareñas durante su recorrido hacia la piara, mascullaba
un torpe "buenos días" y seguía su camino, dejando tras de sí
las risas y chascarrillos de las jóvenes. Además, como no tenía
hermanas, desconocía en absoluto las intimidades de las mujeres aunque,
al mirar de refilón a alguna de ellas, sentía una comezón en la
entrepierna. Y, desde luego, desde hacía años, todos los días amanecía
a punto de explotar. Después, allí, entre sus árboles y mientras
observaba la vía y a sus cerdos, se consolaba por su cuenta. Nadie se
lo había enseñado, aunque en los cambios de impresiones con los demás
mozos a menudo se hablase de ello. Pero que no lo supiese don Luterio.
Esa era la vida de Adelardo Alvear Peña, veinte años, no salido nunca
de su pueblo natal, trabajando siempre en las labores para otro y
cuidando la piara no propia. Rodeado de bellotas y circundado por una vía
muerta de tren, una vía que ni llevaba ni traía a ninguna parte.
Hasta que llegó la carta.
La carta llegó de manos del cartero pero en compañía del cabo de la
Guardia Civil. Se la entregaron y antes de rasgar el sobre, mientras
estaba observándola curioso (era la primera que recibía en toda su
vida), el cabo le informó: - Es del Ministerio de la Guerra. Tendrás
que ir al Servicio Militar.
Y, en efecto, así era. Adelardo no se sorprendió. Otros mozos habían
partido antes que él para el mismo destino. Unos habían vuelto
contando maravillas de los lugares que habían conocido y otros echando
pestes de lo putas que lo habían pasado. De alguno nunca más se supo y
varios hogares del pueblo llevaron riguroso luto por el hijo perdido. Lo
que le chocó fue que, allá, en la capital, supieran de su existencia,
él que nunca se había metido en nada y que tan sólo había cuidado de
los cerdos y contemplado la vía durante años y años. Eso significaba
que, en algún sitio, existía alguien muy inteligente que se sabía de
memoria todos los mozos que nacían en el país y cuándo les tocaba ir
a dar el callo.
- Ese sí que ha estudiado -. Pensó.
Y, acaso, fue la primera y última vez que se quejó de su falta de
recursos para haber aprendido mucho más de lo que sabía.
- Si tengo hijos, yo haré que estudien y, tal vez, no tengan que ir al
Servicio.
Y es que Adelardo, que de tonto no tenía un pelo amén de que fuera
calvo, intuía que aquél que le había escrito, (con peor letra, por
cierto, que la suya) ése, de seguro que no iría a la Milicia, a pegar
tiros.
Las despedidas fueron breves. Su madre, además de un beso, le dio un
paquete con comida para el viaje. El padre, unos pocos cuartos para que
no lo pasara muy mal. Y como de ropa no disponía más de la que llevaba
puesta y un par de mudas, aparte de que el cabo le aseguró que en el Ejército
le proveerían de cuanto le hiciera falta y que volvería hecho un
hombre, pudo marchar, con un pequeño hatillo, bien ligero de equipaje.
Atrás no dejaba amoríos ni pendencias; favores recibidos, bien pocos.
Y enemigos, ninguno. Era un mozo más; simplemente, un mozo llamado a
filas.
El viaje hasta Trujillo lo hizo en carreta. Ni para eso sirvieron
aquellas abandonadas vías de tren, de un tren de tan corto recorrido
que no llevaba a ningún sitio. Después continuó hasta Cáceres y, ya
allí, encuadrado en un regimiento de infantería, fue trasladado a Cádiz.
Esta vez sí viajó en tren. En un tren pestilente, atiborrado de
soldados como él, lento como una tortuga, asolado de día y gélido de
noche. Dormían como podían: unas veces sobre los bancos de madera que
se clavaban en todos los huesos, otras sobre un suelo recubierto de
mugre. Y el tiempo transcurría. El tren se detenía inopinadamente y
permanecía horas y horas parado hasta que, lentamente, volvía a reptar
por las vías. ¿Cuántos días duró el viaje? Ni Adelardo ni ninguno
de sus compañeros lo tuvieron muy en cuenta porque ya el comentario
general es que les enviaban a la guerra. España estaba siendo vapuleada
en Cuba, allá al otro lado del mar, y era necesaria más carne de cañón
para gloria de la política internacional y, así, mantener en sus
puestos a los políticos que la dirigían.
Adelardo tenía una remota noción de dónde se encontraba Cuba. De por
qué había guerra, ni pajolera idea. Y sobre lo que pintaba él,
vestido con aquel estrafalario uniforme de las tropas coloniales,
viajando para matar o para que le matasen, ni se le podía ocurrir,
cuando lo suyo era haber seguido engordando cerdos y trabajando en el
campo. Pero los pocos años, la despreocupación por el mañana y la
curiosidad de conocer algo más que los cuatro rincones de su lugar, le
hacían encogerse de hombros. Lo que hubiera de pasar, pasaría. Y
resignación cristiana, como le dijera don Luterio. También caviló
sobre lo que le había dicho el cabo: - Volverás hecho un hombre...
¡Mira que si volvía y había aprendido lo suficiente para ser él
mismo como el cabo, cuando el otro se jubilara! Pero... ¿y si se
quedaba criando malvas en tierras desconocidas?
Y, pensando en estas y en otras pocas cosas, se durmió tan incómodamente
como pudo.
La llegada del tren a Cádiz le despertó. Hubo un revuelo general,
risas, cánticos, chanzas. Mozos que se afanaban por asearse de
cualquier manera, pensando en las muchachas que, sin duda, verían en
aquella ciudad. Durante días, nadie pensó en su inminente destino. La
juventud se ríe hasta de la muerte. Adelardo pensó en que por ello no
había sabido contestar a lo de la Extremaunción. Era cosa de viejos y
él era muy joven, pero... - como ya se ha dicho - no tenía ni pizca de
tonto y como, por demás, los comentarios que escuchó en el cuartel
donde les llevaron hablaban de gran número de bajas y de que habrían
de ser entrenados de manera rápida para ser enviados a Cuba, que
amenazaba caer de un día para otro si no se la socorría urgentemente,
la idea de la muerte prendió en él. Dicen que es malo para el soldado
que va a entrar en batalla pensar en que pueda morir en ella, que muchas
veces no es sino una premonición que, desgraciadamente, se cumple. Pero
Adelardo, que nunca había tenido miedo, sin saber qué era lo que sentía,
sintió los ramalazos del terror o de algo parecido. ¡Mira que si
solamente había nacido para cuidar gorrinos, mirar un trozo abandonado
de vía, aprender a leer y a escribir - sin saber cómo ni para qué -
y, ahora, tras de un viaje sofocante en tren, le enviaban en un barco, a
que le matasen sin poder haber tenido los hijos a los que soñaba que
obligaría a estudiar..., pues puñetera la gracia que tenía!
Y estas tristes reflexiones le apartaron de sus compañeros, que le tenían
por un paleto pueblerino, de pocos hablares y de menos luces. Se
equivocaban, pero a él se le daba una higa. De poco hablar sí que era,
que los cerdos no entienden de palabras. Pero luces tenía más de las
que debiera haber tenido, dada su escasa educación intelectual.
Por las tardes, cuando les daban permiso para salir a pasear, siempre
marchaba solo. Andaba por las calles estrechas, tomaba algún que otro
vaso de vino y pensaba en su pueblo.
Escuchó a los compañeros hablar de las casas de putas para soldados,
cercanas al puerto, habilitadas para uso urgente de gente marinera y
para la tropa que habría de partir hacia un destino incierto. Al
principio se propuso no ir (eso sí que le había enseñado don Luterio
que era un grave pecado) pero una tarde, y con el pretexto de conocer el
mar, el cual aún no había podido ver más que remotamente a través de
un ventanuco del cuartel, se acercó a la zona portuaria y vio el océano
en toda su inmensidad. Tampoco es que le agradara mucho, dicha sea la
verdad, porque sabía que ese sería el camino por el que le conducirían
al matadero. Y bebió unos vasos del vino de la tierra en un tabernucho
abarrotado de soldados y de mujeres de ya cumplida edad que tocaban con
descaro a los jóvenes y, tras de ponerles a buen tono, subían con
ellos al piso superior. Al rato, no largo normalmente, bajaban cada uno
por su lado y la mujer se dedicaba a trajinarse otro cliente, en tanto
el mozo, que ya había vertido el zumo de su juventud, seguía bebiendo,
ahora más ufano y hablando en voz más alta con sus compañeros.
Adelardo estaba solo. No tenía amigos con los que hablar y se dedicó a
beber. La cabeza se le fue yendo, sin darse cuenta y, así, de repente,
se encontró en una pequeña y maloliente habitación, con una cama
revuelta, manchada por lamparones de mugre, en tanto una mujer se
desnudaba a su lado. Aunque era la primera vez, no hubo de preguntar qué
era lo que tenía que hacer. Y entre vapores de vino y prisas por parte
de la prostituta, la cual no se afanaba por disimular que estaba
trabajando, cumplió como un hombre. La mujer le lavó, él pagó lo que
le pidieron y tornó a bajar la escalera.
- ¿Me ha gustado? -. Se preguntó.
Ni sí ni no, pero parecía que era lo normal y que un soldado no podía
irse a la guerra sin haber fornicado una vez, al menos, con una puta.
Después, antes de entrar en combate, confesarían con los capellanes,
comulgarían y estarían a bien con Dios.
La opinión que sobre las mujeres tenía Adelardo varió bien poco después
de aquel trance. Aunque no dudó ni por un momento de que muy distinto
tenía que ser aquello que había realizado del jugueteo que sus
paisanos decían haber tenido con las mozas en el pajar y de los paseos
de los novios a lo largo de la carretera.
En sus siguientes salidas ya no volvió por el barrio chino. Y también
procuró no beber vino con exceso. Ambas cosas le habían dejado un
regusto amargo, "esaborío", como se decía por aquellas
tierras. Y volvió a pasear, lentamente, de forma interminable,
conociendo poco a poco la ciudad y esperando la orden de embarque.
Una tarde conoció a Julia. La muchacha, de unos quince o dieciséis años
de edad, estaba jugando en la calle con unas amigas. Al pronto, Adelardo
no reparó en las niñas pero, al pasar a su lado, no pudo dejar de
observar el voluminoso y firme busto de aquella chiquilla que saltaba a
la comba mientras cantaba una alegre y pegadiza tonadilla con una simpática
voz. ¡Vaya con la mocita! Siempre se ha dicho, y parece ser cierto, que
la mujer andaluza desarrolla muy temprana su cuerpo de niña. Adelardo
se detuvo y la observó. Lió un cigarrillo, lo encendió y fumó
calmoso. Las jóvenes, al observar la atención de que eran objeto, se
iban poniendo nerviosas. Aquel soldado, alto, apuesto, de rostro franco,
que no les quitaba ojo, les azoraba. Sobre todo a Julia, que se sentía
el objeto de la mirada fija de Adelardo. Tanto pudieron los nervios, o
vaya usted a saber si es que la apostura del mozo era de su agrado y lo
hizo adrede, que, en uno de sus saltos sobre unos cuadrados que habían
dibujado sobre el empedrado, perdió el equilibrio y cayó cuan larga
era. Menos mal que, como un rayo, Adelardo, se lanzó a sostenerla y,
aunque no pudo evitar que se magullase las rodillas, impidió que su
lindo rostro se estrellara contra el suelo.
Por un momento la retuvo entre sus brazos y, después, la levantó. Los
rubios cabellos de Julia, sus ojos azules, su núbil aroma, el contacto
con su talle, vencieron aquella timidez que durante toda su vida había
tenido para hablar con las mujeres.
- ¿Se encuentra usted bien, señorita? ¿Se ha hecho daño?
Ella le dirigió una mirada alegre, rió y contestó que no.
Vano sería describir que las visitas de Adelardo al barrio de Julia
menudearon. Ya todos los pensamientos del puerto, del prostíbulo, de la
muerte acaso próxima, habían desaparecido de la mente del soldado. Y
sin saber cómo, cuándo ni de qué manera, se empezaron a hablar, como
entonces se decía.
El regimiento ya estaba lo suficientemente entrenado y el resto de la
instrucción podría hacerse sobre la marcha, ya fuera en el mismo barco
o en tierras del Caribe. La tranquilidad y los joviales y risueños
gestos de los soldados fueron tornándose en ceños cada vez más
fruncidos. Las noticias que se filtraban escasamente en la guarnición
iban de mal en peor. Ya se comenzaba a hablar de una rendición
incondicional que solamente podría ser evitada con una cruenta batalla
que el Ejército español pudiera librar y, para la cual, estaba
apurando sus reservas, entre las que se contaba el regimiento de
Adelardo.
- ¡Tres días! ¡Dentro de tres días embarcamos! -. Dijo alguien.
Y la gente supo que la mandaban al carnicero. Corrió el licor, se
entonaron cantos patrióticos y marciales, se fueron de putas, se rió
sin motivo... Pero, en el fondo, el acojonamiento era total.
Adelardo se sintió por primera vez en su vida afectado por sucesos
ajenos a él mismo. Hasta aquel día no había tenido que preocuparse más
que de los cerdos, de los campos, de la vía inútil y de cómo
comportarse con sus padres. Las ideas que días atrás le habían
rondado acerca de la posible muerte, de su porvenir incierto, se veían
ahora acrecentadas por la existencia de un inesperado amor: Julia.
Dejarla, partir, no volver acaso... Yacer por siempre en tierra extraña...
¡Dios! ¿Y para eso la había conocido y se había enamorado de ella? Más
le hubiera valido repetir las experiencias de sus compañeros en las
casas de lenocinio y emborracharse como ellos. Eso es lo que se iban a
llevar por delante de esta vida miserable. ¡Y él había preferido la
compañía de una niña, con la cual todavía no había intercambiado ni
un beso, de la que se despedía dándole la mano y a la que aún no
tuteaba..!
Esos pensamientos que le embargaban durante las noches y las mañanas de
intensa instrucción, desaparecían en cuanto que, a la caída de la
tarde, se encontraba con Julia. En aquel preciso instante se disipaban
y, ya, únicamente, contaba ella. Ella y su futuro con ella. Los
pensamientos lúgubres se convertían en promesas de felicidad y en
esperanzas de boda.
- Te escribiré todos los días, aun estando en el barco. Ya me apañaré
yo para que te lleguen mis cartas.
Julia hizo un mohín de disgusto y rompió a llorar.
- No llores, mujer, si no me va a pasar nada. Puede que hasta, para
cuando lleguemos, se haya firmado la paz. Eso dicen los gerifaltes. Ya
te lo escribiré, te digo.
- Es que yo... no sé leer -. Susurró Julia, limpiándose las lágrimas
- Ni escribir, claro, y no podré contestarte.
- ¡Pues vaya jodienda! -. Pensó Adelardo. Malo era estar lejos de la
novia, pero peor no poder saber nada de ella.
- Pues alguien te tendrá que leer mis cartas. Alguna amiga. Y
escribirme en tu nombre... -. Sugirió.
Julia Núñez Concejo se quedó pensativa, muy seria. Gaditana era y,
según la copla de la Guerra de la Independencia, alguna antepasada suya
se habría hecho tirabuzones con las balas de cañón enemigas. Porque
cuando una idea se le metía entre ceja y ceja, su decisión era
irrevocable.
- ¡Tú no te irás a la guerra! -. Afirmó, con una seguridad que a
Adelardo le dejó pasmado -. No, no desertarás, tranquilo, pero yo lo
arreglaré todo. ¡Lo juro por la Virgencita del Carmen, que tú no te
harás a la mar!
Adelardo sonrió y, para calmarla, se atrevió a darle un beso en la
mejilla. Ciertamente que, en aquel momento, podría haber ido mucho más
lejos, porque la niña que hasta entonces fuera Julia se había
convertido, de repente, en una verdadera mujer.
De qué medios se sirvió la moza; qué recursos utilizó el señor Núñez
- ayudante del oficial de un Notario de Cádiz y conocedor de vista, por
tanto, de ilustres personajes - obligado por su hija y por la cabezonería
de que ésta hizo gala, no los conoceremos nunca. Puede ser que la
Virgen del Carmen tuviera que ver en el asunto. O, simplemente, que el
sino de Adelardo fuera ajeno a viajar allende los mares. El caso es que,
dos días más tarde, después de haberse despedido de su novia y
decidido a afrontar lo que pudiera venir, el soldado, junto con todos
sus compañeros, subió al desvencijado carguero que les había de
conducir a las Américas. Se encontraba buscando alojamiento cuando sus
oídos percibieron claramente una voz que gritaba:
- ¡Adelardo Alvear! ¡Adelardo Alvear! ¡Que se presente!
Un ordenanza iba recorriendo el barco que ya calentaba calderas. Una
hora más tarde habría salido del muelle y en aquella lengua de agua
que les separaría del puerto se habrían ahogado mil y una esperanzas y
ensueños.
-¡Presente! -. Respondió Adelardo.
-¡Muchacho, coge tu petate, que te vienes conmigo! -. Le dijo el
ordenanza -. Te has salvado por los pelos...
-¿Por los pelos? No entiendo... -. Musitó el soldado.
-¡Ni puñetera falta que te hace! ¡Venga, vamos a tierra!
El capitán de su compañía se había acercado y estaba examinando los
documentos que portaba el mensajero. Dio el visto bueno.
-¡Chaval, los hay con suerte! -. Se dirigió a Adelardo -. Puedes
bajar.
Un sentimiento de traición hacia sus compañeros le inundó. Él se
quedaba mientras los demás iban a Dios sabía dónde. A la postre, la
sangre joven siempre se resiste a dejar de hacer aquello que los demás
tienen que cumplir. Ni insensato ni loco, pero tampoco era cobarde.
-¡Pero, mi capitán, yo no quiero quedarme! ¡Yo quiero ir con mis
camaradas!
-¡Todos los idiotas tenéis suerte! - exclamó el oficial -¡Baja
inmediatamente y acompaña al ordenanza! Te han destinado a Intendencia,
Dios sabrá por qué y por mediación de quién, pero se te acaba de
aparecer la Virgen...
Y Adelardo, al oír estas palabras, recordando el juramento de Julia, se
dejó llevar, obedeció la orden y descendió del barco.
Fue destinado como escribiente de un coronel, allí, en la guarnición
de Cádiz, dada su ya mencionada excelente caligrafía. Nunca los partes
de avituallamiento, del estado de la tropa, las listas de bajas, fueron
redactados con tan hermosa letra. Y, una vez más, Adelardo se vio
obligado a pensar que si, simplemente, por tener una escritura rayana en
lo perfecto se había salvado de la muerte (su barco no tuvo ocasión de
desembarcar en Cuba porque fue hecho pedazos y hundido en las
proximidades de la costa borinqueña por un destructor estadounidense
cuyos cañones, de haberlo querido, habrían alcanzado hasta el mismo Cádiz
desde la otra orilla del mar), qué no consiguiera si hubiera estudiado
algo más que las cuatro reglas. Y malamente.
- ¡Mis hijos sí que tendrán estudios! -. Se juró.
Y aquellos hijos no tardarían en llegar, ya que la jovencita gaditana
hasta consiguió permiso del coronel y de la consiguiente superioridad
para que el soldado se casara con ella, aun estando en filas. Por cierto
que, desde aquel mismo día y hasta su muerte, muchísimos años después,
Julia no se desprendió jamás de un hábito de la Virgen del Carmen,
con su cíngulo a la cintura, ropaje que vistió en todas las ocasiones,
hasta en las menos propicias para ostentarlo, años más tarde, durante
la guerra civil, que pasaron en la zona republicana.
Después de contraer matrimonio, Adelardo fue licenciado. Se había
perdido la guerra y sobraban militares a los que alimentar con cargo al
presupuesto del Estado. Su primera intención fue permanecer en Cádiz
pero quiso, antes, volver a su terruño, a ver a los padres, observar si
los cerdos habían engordado y echar un vistazo a la vía del tren,
aquella vía que no llevaba a ningún lado pero que bien podía ser un
imán para el hombre que tanto la observara y que, por Dios sabe cuál
ignorado motivo, se había salvado de una muerte cierta.
Recién licenciado, - sin blanca, apenas, en la bolsa -, contando
solamente con una escasa dote que había aportado Julia merced a los
ahorrillos del señor Núñez, el joven marido volvió a subir al tren,
esta vez ya no solo sino en compañía de su infantil esposa. También
llevaba una carta de su coronel para que la entregara a un tal don Luis,
un caballero de Cáceres. El militar le había dicho que era una
recomendación para que mirara de encontrar un trabajo digno y que en
ella comentaba la buena conducta y posible valía del muchacho.
El viaje fue más rápido que aquél en que viniera. Esta vez los
vagones eran de mejor clase y no estaban atestados de soldados. De todas
formas no dejó de ser fastidioso y, así, el matrimonio arribó a la
capital extremeña cansado y harto de traqueteo. Su mayor deseo era
encontrar una pensión en la que celebrar su verdadera noche de bodas,
ya que las pasadas en casa de Julia tuvieron que ser demasiado
tranquilas y silenciosas para la juvenil pareja, dada la proximidad del
dormitorio de los padres.
A poco dinero, tosco aposento. Pero aquellas cuatro paredes encaladas de
blanco, el limpio y ancho lecho de mullido colchón aunque de muelles
chirriantes, la escasa luz de una lámpara de aceite y, por encima de
todo, los pocos años de los recién casados, convirtieron la habitación
en la más suntuosa cámara nupcial que Reina en el mundo hubiera jamás
tenido, en el tálamo más acogedor que Emperador alguno hubiera
deseado. Y Adelardo se sintió el hombre más afortunado del universo,
como si fuera el Archiduque de las Quimbambas. Por su mente cruzó,
solamente un instante, el recuerdo de aquella otra habitación de la
taberna. Y de aquella mujer. Pero los brazos de Julia le hicieron
olvidarse del pasado en un santiamén.
A la mañana siguiente, con su mejor ropa - el traje de novio, que era
la única que poseía - se aprestó a entregar la carta a su
destinatario. Preguntando a unos y a otros encontró la dirección y se
halló delante de una mansión de señorío. Tímidamente, golpeó la
puerta con el puño y esperó a que le abrieran. Al cabo, una doncella
muy etiquetada, descorrió un grueso cerrojo desde dentro y, encarándole
severamente, le preguntó qué deseaba. Adelardo le entregó la carta.
- ¿Espera, usted, respuesta? -. Preguntó la doméstica.
- Pues, no sé... Acaso el señor quiera decirme algún recado.
Le franqueó la puerta y le dejó esperando en un amplio zaguán, sin
decirle si debía sentarse o no en el banco de madera que para tal fin
se hallaba. Por supuesto que, Adelardo, no hizo ni intención de ponerse
cómodo. La grandiosidad de los techos, las paredes recubiertas de
trofeos y de armas, el hermoso bargueño que presidía la estancia, el
aire majestuoso que reinaba en la casa, le tenían asustado. Aquellos
muros destilaban Historia, grandeza, señorío. Estaba deseando salir de
allí. Todo aquello se le hacía demasiado agobiante para él, que era
tan poca cosa.
Por fin acudió el dueño de la casa. El muchacho se descubrió rápidamente
ante él y correspondió como mejor supo al afectuoso saludo. Don Luis,
un verdadero caballero de los pies a la cabeza, se le veía a la legua,
majestuoso con su barba y cabellera blancas, le preguntó cómo había
dejado de salud al coronel y Adelardo masculló, acaso más que dijo,
que en perfecto estado.
Cambiaron unas breves palabras sobre su estancia en la milicia, sus
experiencias, de cómo le había sentado la vida militar y, por último,
su excelencia - al menos tal tratamiento le daba Adelardo - le preguntó
cuál había sido su oficio anterior.
- Pues... ya sabe su excelencia, las faenas del campo, el cuidado de los
cerdos, con perdón. La recolección de los frutos...
Y le contó, a trompicones, en que había consistido su vida de mozo. No
sabemos la extraña razón por la cual salió a relucir la vía del
tren, pero el caso es que le relató la singular historia.
- ¡Así que te gusta el ferrocarril! ?¿Eh? Pues, mira, cuando vuelvas
de ver a tus padres y de que conozcan a tu esposa, te acercas por estas
señas y ya te buscaremos algo... -. Afirmó el caballero, dándole una
tarjeta.
Adelardo dio las gracias, se inclinó respetuosamente ante don Luis y
estrechó con humildad la mano que le tendían. Deseando encontrarle
bien a su regreso, se despidió y salió a la calle.
Al respirar el aire cálido de Cáceres se sintió contento. ¡Sí que
era bueno tener amigos como aquél! Bien sabría él ser agradecido con
quienes quisieran echarle una mano. Y más si lo hacían graciosamente,
sin exigirle nada a cambio, como aquel gran señor que acababa de
conocer.
Con esta promesa firmemente grabada en su cabeza y con el corazón
repleto de ilusiones, volvió a la pensión. Julia ya tenía dispuesto
el equipaje.
Viajaron, como antaño hiciera él, hasta Trujillo. Allí, Adelardo
quiso que su esposa contemplara la estatua del Conquistador.
- Mira, ése fue como yo, cuidador de cerdos.
Naturalmente que ni siquiera soñó que su destino fuera descubrir un
nuevo El Dorado ni en viajar a remotas y desconocidas tierras cuando
acababa de eludir el riesgo de un periplo más reciente y, en suma,
desastroso. Él sabía que su vida se cernía en torno a una vía corta.
Procurar ampliar el recorrido... acaso. Pero imaginar cualquier otra
quimera sería, simplemente, una memez.
Y partieron para el pueblo.
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