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PRÓLOGO
La Historia no es más que un cúmulo de sucesos, trascendentes los
menos y sin apenas importancia la mayoría de ellos; sucesos que, unas
veces, los originan los elementos, la fisonomía del terreno, los
gemidos del mundo mismo, la Naturaleza... Y, otras, muy a menudo, los
hombres, esos pequeños y perecederos seres que el Creador situó, irónicamente,
como cúmulo de su inmensa Obra.
El hombre, uno de los entes más indefensos del Universo comparándolo
con la infinidad de las demás especies vivas, goza - y a ello debe su
supervivencia y supremacía de entre todas las demás - de la capacidad
del raciocinio, de la inteligencia y, sobre todo, del libre albedrío
para elegir su camino. Porque, aunque el deambular de la vida humana sea
tan monótono y tan rígido como las vías paralelas de un ferrocarril -
tal vez por ello, en un principio, se denominó a tal medio de
transporte como "los caminos de hierro", nombre que aún se
utiliza en otros idiomas -, el hombre puede optar por acelerar la
marcha, frenar en un descenso, apearse del vagón e, incluso, si se lo
propone, descarrilar a sabiendas de que va a darse un tremendo batacazo
o sin medir las consecuencias.
La vida, pues, es un convoy que va circulando y dejando atrás los
vagones ya inservibles o caducos. Otros nuevos ocupan su sitio en tan
interminable caravana. Así pasan las familias, en un devenir
consecutivo de sus miembros por este camino marcado, sobre el que trazan
curvas, siguen rectas, suben pendientes y descienden a profundas rampas,
según les marquen el destino y sus apetencias. Pero, siempre, un vagón
arrastra el peso muerto de los que le antecedieron. No en vano fueron
fabricados en la misma forja. A veces, ese peso les frena; otras, les
presta alas para enfilar más velozmente su deseada ruta... Mas,
ineludiblemente, un vagón sigue la misma o parecida ruta de los que le
han precedido. Rodará de distinta forma, pero el polvo que levanten sus
llantas será muy semejante.
Esta es la historia de una familia, un tren más en las vías de la
Historia. Sus miembros no tuvieron, no tienen, mayor importancia; no
construyeron ni derribaron imperios, no fueron ni más ni menos célebres
que la mayoría de los mortales. Pero dejaron y seguirán dejando sus
huellas mientras exista uno, sólo, de los que lleven su apellido.
Este es el trayecto de una familia cuyo origen se perdió en la memoria
de quienes no pudieron, no supieron o no quisieron relatarlo. Un viaje
que solamente conocemos en parte gracias a los recuerdos que fueron de
boca en boca y cuyo destino final es desconocido: Esta es la historia de
la familia Alvear.
A
Capítulo 1
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