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EL GRAN ODÍN

Que el carácter del nuevo guarda era mucho mejor que el del viejo no tardó en demostrarse. La vigilancia se generalizó sobre los cazadores furtivos y no solamente sobre los pobres perros que apenas si hacían daño con sus escasas predaciones. No obstante, la seguridad del personal no aconsejaba la proximidad de una banda de perros asilvestrados, por lo cual el joven guarda hizo alejarse a los animales a sus escondites de origen y hasta recibió instrucciones en el sentido de capturarlos.
De esta forma, Odín se vio separado de Canela, la cual siguió a Azul y a sus nuevos cachorros, junto con toda la pandilla. Kiva sí permaneció unos días al amparo de la familia del cámping, compartiendo la comida y el lecho de Hera y Odín, pero continuando sin permitir la disciplina del collar y la cadena. Ella se mostraba cariñosa con todos, pero aquello de sentirse ceñida y no poder vagar a sus anchas se le hacía muy cuesta arriba.
Hera, pasadas las emocionantes aventuras que se han relatado y que para su viejo corazón habían sido demasiado inquietantes, se había refugiado en un mutismo mucho mayor y, ya, apenas si siquiera gruñía a los dos jovenzuelos. Y es que, como más experta, sabía que no iba a tardar en suceder lo que sucedió.
Una mañana, muy temprano, Kiva se despertó rara. Se sentía muy inquieta... Sin saludar a Odín, emprendió el camino de la verja y corrió hacia la libertad. Hera la vio marchar y no dijo nada. Prefería que el perro, que todavía dormía a sus anchas, no se enterase.
Poco a poco, con el naciente Sol de mediados de Julio, el cámping se fue despertando. Los niños comenzaron a pedir sus desayunos, las gatas iniciaron sus andanzas y el amo de Odín amaneció soñoliento y bostezante.
- ¡Buenos días! -. Saludó a sus perros. Y procedió a rascar al dormilón, que todavía no había despegado los ojos.
Hera también solicitó su parte en las caricias - que obtuvo a satisfacción - y reclamó la carrera por el campo para realizar sus cosillas.
Odín se despertó y vio que Kiva se había ido. No le dio importancia y, antes de salir, intentó conseguir alguna galleta del desayuno de sus amos. Era cómica la actitud del perro, remoloneando alrededor de la mesa en la que humeaba el café caliente, a la espera de verse favorecido con cualquier dádiva. Y si no se la daban, hasta capaz era de arrimar el hocico y trincar lo primero que pillase.
- ¡Toma, pelmazo! -. Le dijeron. Al vuelo, recogió la codiciada presa, que engulló en un santiamén.
Logrado su objetivo pero no aplacada su hambre, que no tenía fin, marchó hacia el exterior, donde alcanzó a Hera que por allí se encontraba husmeando de un sitio a otro.
- ¿Qué haces? -. Le preguntó.
- Huelo -. Fue la lacónica respuesta.
-¡Eso ya lo veo! Pero, ¿qué hueles?
Y se arrimó, curioso, olisqueando lo mismo que la hembra.
- Es Kiva... ¿Dónde se ha ido?
Nada le respondió Hera. Tan sólo señaló con el hocico como a la lejanía.
Odín había captado perfectamente las huellas de su amiga, pero le olían de forma diferente a como siempre. No sabía explicárselo, pero su característico aroma tenía hoy otro contenido especial. El perro sintió correr por sus venas más caliente la sangre.
- ¿La has visto irse? -. Preguntó a la perra.
- Sí... Hacia allí.
La dirección que indicaba pasaba cerca de la cabaña del pastor.
- Pero... ¿no notas algo diferente o es que tengo yo la nariz mal?
- Sí, hoy huele distinta...
- ¿Y por qué? -. Preguntó Odín.
La perra le miró desde la sabiduría de sus años y le contestó: - Eso tendrás que averiguarlo tú solo. ¡Y mejor que corras, no sea que se te anticipe otro!
El joven macho sintió que se volvía como loco y corrió velozmente en busca de aquellos aromas que cada vez le hacían palpitar con más ardor el pecho. ¿Qué habría querido decir su amiga? ¿Es que acaso Kiva corría algún peligro? Demasiado cerca de la cabaña de los mastines pasaba el rastro, pero Odín supo que seguía de largo, perdiéndose en los bosques en los que vivía la manada.
Lentamente, en su ya adulto cerebro se abrió paso la idea de qué era lo que le ocurría a la hembrita, de cuál era la causa: ¡Celo! ¡Kiva había entrado en ese estado especial por el que la Naturaleza manda que las hembras dejen de ser amigas para ser compañeras!
Al pensarlo, Odín se alegró; pero, más tarde, cavilando, se puso triste.
Si estaba en celo, ¿por qué se había ido, entonces, de su lado? ¿Es que la perra prefería la compañía de Azul, el fuerte y corpulento macho, padre de toda la jauría? Y un ramalazo de rabia le dominó. ¡Haría trizas al perrazo! ¡Combatiría con él!
Mas, de repente, detuvo su carrera en seco. Se paró y se puso a meditar: si Kiva había escogido a los machos del campo en vez de a él, sus razones tendría. Y la principal sería que no le deseaba...
Haciendo un gesto despectivo, se dispuso a volverse con sus amos. ¡Allá ella! ¡Que se lo pasara bien!
Pero, una vez más, la herencia de Arco y de cientos de generaciones de valerosos perros se puso de manifiesto sobre la civilización inculcada al joven can. ¡Kiva era su hembra y si había que luchar por ella, lo haría! Era la Ley de la Naturaleza, más fuerte que el cariño a todos los amos del mundo...
Resuelto, marchó por entre la ya casi seca vegetación, atisbando todos los alrededores, vigilando sumamente el olor de la perra. La encontraría. ¡Vaya si la encontraría!
Tras un corto caminar, creyó que su olfato le engañaba. Era demasiado extraño lo que percibía. Y se asomó, cauteloso, a un claro, en los inicios del bosque.
Todo le señalaba que Kiva estaba allí, ya mismo. Pero no le llegaba señal de ningún otro perro. La perra estaba sola. Entonces, ¿por qué habría huido de él?, se preguntó el confuso Odín. ¿Es que no había ido en busca del amor que la Naturaleza le reclamaba?
Verdaderamente, Odín, como les ocurre a todos los machos de la Creación en similares casos, estaba hecho un lío con el extraño proceder de la hembrita.
Decidido a averiguarlo todo, salió al encuentro de la perra. Kiva ladró cuando se dio cuenta de su presencia. Tras verificar que de él se trataba, cesó en su alboroto.
¡Kiva! ¿Por qué me ladrabas? -. Preguntó el pobre Odín, que se sentía muy azorado a la vista de la hembra. ¡Qué hermosa estaba hoy!
La perra adoptó un aire coqueto, un gesto común a todas las féminas de cualquier especie. Agitó su cola y Odín sintió que se mareaba de la emoción.
- ¡Por fin has venido! -. Le susurró dulcemente.
De esta forma se enteró el poco ducho perro que Kiva había querido poner a prueba su interés y su cariño, haciéndole demostrar que era capaz de seguirla y encontrarla.
Durante el resto del día siguieron juntos, admirando el apuesto galán a su gentil amada. De un lugar a otro trotaron jugando, persiguiéndose y combatiendo en unas ficticias peleas en las que Odín siempre se fingía perdedor, lo cual ponía muy contenta a la perra.
A media tarde tuvieron hambre y el macho hizo todo lo imposible para buscarse el condumio. Y lo obtuvieron en unas inocentes crías de conejo, unos gazapillos que se encontraban desprotegidos de la madre. Odín les descubrió y se quedó contemplándolos, como sin saber qué hacer.
Kiva fue mucho más viva y, en un abrir y cerrar de dientes, los despenó.
- ¿No comes? -. Le invitó, mientras procedía a devorarlos.
Al cabo, entendiendo que los conejos tenían un fin en esta vida y que no era muy otro que servir de pitanza a los carnívoros, Odín hundió sus dientes en la tierna carne.
No fue mucho después cuando se encontraron, de sopetón, con el guarda. Que éste había descubierto la faena de los conejillos se hizo notorio cuando, con voz irritada, le llamó por su nombre: - ¡Odín! ¡Ven aquí!
El perro se acercó a él, azotándole las piernas con el rabo, como pidiéndole perdón.
- ¡Se lo diré a tu amo! ¡A ver si te tienen atado siempre...!
Macho y hembra continuaron su vagar y, sin darse cuenta, se fueron acercando a las vallas del cámping. Por momentos, Kiva se iba mostrando más cariñosa y Odín comenzaba a sentirse en el séptimo cielo. Las caricias eran constantes, los jugueteos más íntimos...
Y llegó el momento de la verdad.
- Ven, vamos con el amo -. Dijo Odín.
Pero Kiva, irguiéndose toda orgullosa, le rechazó: - ¡No! ¡No iré!
- Pero... ¿por qué? -. Se extrañó el perro.
- ¡Porque no quiero que mis cachorros vivan con el hombre! ¡Porque quiero que sean libres, como lo he sido yo siempre..!
Entonces, la luz se hizo en la mente de Odín: la perra había querido huir de su lado para evitar aquello. Ella quería continuar su selvática vida y sabía a la perfección que el macho no deseaba abandonar su hogar. Por eso se había ido.
- Pero, Kiva, los amos nos quieren...
- ¡Mis cachorros no serán prisioneros del hombre, por muy bueno que éste sea! -. Afirmó, tajante, la perra.
Y, sin más, se dio media vuelta y marchó, dejándole solo. Odín se fijó en que se dirigía en busca de la manada.
La noche había caído cuando el perro se presentó en el cámping. Después de aguantar la regañina de Hera por la tardanza, se tumbó en su rincón, triste. Estaba suelto, ya que a todos se les había olvidado ponerle la cadena.
- ¿No comes, Odín? -. Le preguntó, acariciándole, la amita pequeña.
- ¡Está tan enamorado que no tiene hambre! -. Aventuró uno de los chicos.
El perro pasó de todo. Solo en su rincón, quería que le dejasen en paz y llorar su triste suerte. ¡No había otro perro tan desgraciado como él en todo el mundo, ni siquiera el del viejo forestal, aquél que actuaba de delator de sus hermanos!
Los tristes pensamientos de Odín versaban sobre una cruel disyuntiva: si era fiel a su amo, se quedaba sin su amor. Y si elegía a la perra, tendría que abandonar el hogar querido y vivir la salvaje existencia de la cuadrilla de Canela y Azul. Cualquiera opción de las dos por la que optase le obligaría a renunciar a la otra, dada la cabezonería de Kiva de que sus cachorros no tuvieran collar...
Absorto estaba en tan difícil dilema, cuando se le acercó Hera: - ¿Qué te ocurre, galán? ¿Te ha abandonado tu hembra?
Y Odín se confió a ella, como en sus años de cachorro. No en balde, ella había sido quien le enseñase sus primeros trucos y muchas de las experiencias que ahora atesoraba.
La perra le soportó atentamente y, una vez oídas todas las quejas, le dijo: - Tú eres un macho, ¿no? Y Kiva una hembra. ¡Síguela!
- Pero, ¿y el amo?
- Odín, cumple con la ley de la sangre. El amo sabrá comprenderte... -. Sentenció la vieja perra, rememorando sus años jóvenes y alguna que otra escapada que realizó.
Así fue como Odín, el perro del cámping, el hijo de Arco, aprovechando que no le habían sujetado a la cadena, salió del recinto en busca de su hembra y sin decir adiós a los seres que hasta entonces había querido.
Ágil y poderoso, encaminó sus pasos tras del maravilloso aroma de Kiva, dejando atrás campos, ríos y bosque. Dominando las sombras de la noche bañada por una hermosa Luna, transpuso todos los obstáculos en pos del rastro de los errantes perros, siempre guiado por el excitante efluvio del amor. Ignorante de lo que podría hallar, sí estaba seguro de una cosa: Kiva sería solamente suya, aunque tuviera que partirse el pecho con cualquiera de los demás machos.
Sabía el peligro que tendría que afrontar, pero tenía todo su ánimo dispuesto para ello.
Y se encontró con los perros. A la primera que vio fue a su hermana, que dormía junto con sus cachorros. La saludó de buena gana. Cerca de ella se hallaban dos jóvenes machos que le trataban bien desde su común lucha con los mastines. También le saludaron.
Después vio a Canela, su madre, y junto a ella, muy tranquila, observó que yacía Kiva.
Odín emitió un ronroneo de agrado que fue correspondido por un gruñido sordo que partió de no muy lejos de las dos hembras. Era Azul, el poderoso macho, que veía la presencia del joven con recelo. ¡Allí estaba, pues, lo que siempre había temido! La juventud venía a reclamar su parcela de poder y ello siempre significaría una terrible lucha, seguramente a muerte. Era la Ley del más apto, la sabia Ley que elegía al más fuerte para procrear. Y Azul todavía se consideraba capaz para continuar padreando la jauría.
Odín le ignoró. Él iba a tiro hecho y no a disputar ningún otro privilegio a nadie. No deseaba enfrentarse con el gran macho, salvo que éste quisiera hacer valer sus derechos sobre Kiva. Entonces, sí. En ese caso, Odín estaba dispuesto a matar. Y, vagamente, recordó su feroz combate con los perros de los vagabundos, cuando vengó la salvaje agresión a Nano.
- ¡Kiva! -. Llamó - ¡Vengo contigo!
La perra, ante la alegría de Canela y del propio Odín, se levantó y se acercó a él.
- Tus cachorros no serán del hombre. Yo les sabré defender -. Le prometió Odín.
Y la hembrita le lamió una oreja.
- ¡Es mía! -. Tronó Azul - ¡Es de mi manada!
Odín se volvió a él y, enseñándole las terribles fauces, le advirtió: - ¡Kiva es mi hembra! Ella y yo formaremos nuestra propia familia. Tú continúa con los tuyos. Y si no, ¡a muerte!
- ¡Pues a muerte! -. Respondió el terrible macho.
Y ambos perros se aprestaron a enfrentarse.
Todos los demás se apartaron, dejándoles a su suerte y respetando sus deseos. Ni la misma Canela podía intervenir. Ya no se trataba de la lucha de un cachorro contra un perro: Era la lucha ancestral de la Naturaleza, la pelea mortal en aras de la Vida.
La mole enorme de Azul destacaba sobre la musculosa y más ágil figura de Odín. Si aquél tenía a su favor su mayor poder, su crueldad innata y su veteranía en tales lides, el joven le oponía una mayor rapidez de movimientos, una capacidad superior de resistencia a la fatiga y, sobre todo, un valor sin límites, exagerado en ese instante por el amor hacia la perra.
¿Qué habría sucedido en tan sangriento encuentro... ¿Quién hubiera alcanzado la victoria...? Nunca lo sabremos porque, en aquel momento, un ave nocturna, ajena a la cuestión y al peligro, se posó en una rama baja, al alcance de Azul. Éste, que al parecer no había cenado, se lanzó sobre ella, capturándola sin remedio y disponiéndose a engullirla. Ya sus gruñidos fueron tan sólo para indicar a los demás perros que la presa era suya, que le pertenecía por derecho.
Allí tuvo su fin la cuestión, como muy a menudo sucede entre los animales. Un par de baladronadas, mostrar ante el rival la propia fortaleza y, luego, un digno aire de perdonavidas. ¡Cuánto se parecen en su conducta los hombres a los llamados seres irracionales!
Odín y Kiva marcharon juntos y se perdieron en la soledad de su mutua compañía. En el cielo, la Luna lucía intensa. Los grillos, en los árboles, entonaban con sus élitros un estridente concierto. Y, en la tierra, el contento bullía en los jóvenes corazones de aquellos dos feroces carnívoros. Odín tenía ahora otro dueño: el amor.
En el cámping se había echado en falta la ausencia del perro pero, sabiendo el estado en que se hallaba Kiva, el amo comprendió.
- ¿Tú crees que volverá, papá?
- ¡Claro que volverá! ¡Y vendrá con la perra, ya lo veréis!
Hera, desde el fondo de su caseta, ocultó un gesto que bien podría haber sido una sonrisa burlona. ¡Claro que volverían!
Sin embargo, durante dos meses no apareció el perro y solamente a mediados de Septiembre, cuando ya el cámping comenzaba a vaciarse de su población habitual, se presentó, en una hermosa mañana, aprovechando la relativa soledad de que disfrutaba la familia.
Al principio, cuando le divisaron de lejos, apenas si le reconocieron. La vida errante y la falta de mimos había fortalecido su cuerpo y hasta parecía haber crecido. Su cabeza se recortó majestuosa contra la verja y, desde allí, lanzó un alegre ladrido.
- ¡Si es Odín...! -. Exclamó la niña.
Y todos salieron a su encuentro, incluidas Athis y Pelusa.
El amo le tomó la cabeza, como siempre, entre sus manos: - ¿Dónde has estado, sinvergüenza?
-¿Qué tal te ha ido, donjuán? -. Le preguntó Hera, radiante de alegría y henchida de curiosidad.
Odín, ante aquel aluvión de preguntas y caricias, les invitó a seguirle al otro lado de la valla en donde, protegida por las espesas jaras, todos vieron a Kiva, tumbada en el suelo.
Apretujados contra su vientre, prendidos de sus abultadas mamas, se veían hasta seis pequeños perrillos que disputaban entre sí por colocarse más a sus anchas, emitiendo agudos grititos.
-¡Mirad, los hijos de Odín! ¡Qué bonitos son! -. Se admiraron los amos.
El perro estaba todo orgulloso, mostrando la espléndida camada.
La verdad es que Kiva enseñó los dientes a Hera cuando ésta, curiosa, se quiso acercar demasiado para contemplar a los cachorros. La joven madre estaba un tanto nerviosa y muy a regañadientes había transigido en acercarse con sus hijos a visitar a los amos de Odín. ¡Pero aquello de que otra hembra se acercase a ellos, no sabiendo con qué intenciones.. !
A la niña sí que le permitió verlos y hasta consintió en que tomara en sus brazos a uno de ellos, el que era tan rojizo como su padre.
- ¡Si no abre siquiera los ojitos...!
Pero el cachorro protestó, exigiendo que le dejaran junto a la teta de la madre.
Aquella noche hubo cena especial para todos y Kiva tuvo que admitir que la compañía del hombre tenía sus cosas buenas. ¡Qué ricos estaban aquellos huesos y qué cómodo era que te los diesen sin tener que disputarlos con nadie, ni molestarte en cazarlos!
No obstante, a la mañana siguiente recordó a su macho la promesa que le hiciera y ambos, transportando en sus bocas de trecho en trecho a los pequeños, abandonaron a los humanos y volvieron a su refugio en el bosque.
El amo no hizo por retenerlos. Sabía que ya el perro tenía otros deberes. Y que, a pesar de todo, siempre sería suyo.
Odín y su familia marcharon al encuentro de los demás perros. No vivían propiamente con ellos, ya que conocida es la rivalidad existente entre Azul y nuestro querido amigo, rivalidad que aconsejaba que se mantuvieran al margen el uno del otro. Aunque no se temían, ambos se respetaban demasiado para desear entablar un combate que, probablemente, concluiría con la muerte de uno de ellos. Además, Azul, que no tenía nada de tonto, sabía que no disputando la supremacía y dejando a Odín vivir tranquilo con su camada, siempre habría de contar con un fiel aliado ante cualquier apuro. El amor que el perro demostraba por su madre, Canela, así se lo hacía presentir al gran macho. Cuando éste llegase a una edad que no le permitiera ejercer su mando sobre los más jóvenes, no tendría más que reclamar la ayuda del hijo de Arco para que fuera él quien se hiciera cargo de la jefatura de la salvaje cuadrilla.
De esta forma, se mantenía una especie de entente, manteniendo su refugio la feliz pareja no muy lejos de los demás y siendo Canela el vínculo entre un grupo y otro.
El crecimiento de la selvática horda, a la que se habían ido sumando miembros huidos de hogares donde se sentían mal queridos, empezaba a ser preocupante, ya que realizaban expediciones en busca de alimento por los lugares habitados. Más de una descarriada oveja e, incluso, alguna pequeña res, habían caído ya bajo los colmillos de los perros, con el consiguiente malestar por parte de los campesinos. Comenzaban a ser un peligro y el forestal recibió órdenes muy severas. Asimismo, se organizaron partidas de castigo y se ofrecieron recompensas por cada animal abatido.
¡Los hombres, por razones de seguridad, castigaban una vez más a los seres que más le querían, a los que habían arrojado a una vida vagabunda tan sólo por egoísmo!
Éste era el caso de Kiva, cuya madre había sufrido el rigor del palo hasta que, sintiendo agotado el colmo de su paciencia, se había dado a la fuga. Feliz por primera vez en su vida, había alumbrado a sus hijos y les había inculcado el amor por la libertad. No es de extrañar que Kiva no quisiera para sus cachorros aquella cautividad y dependencia que le enseñaron a odiar.
No obstante, la perra iba siendo convencida por Odín de que el hombre no era tan malo como ella creía. La conducta de sus amos era buen ejemplo de ello. Pero Kiva siempre prefería cambiar de tema cuando éste salía a colación. Libres había parido a sus hijos y libres deseaba que continuasen.
Cuando Canela vino a verles, una vez reintegrados a su refugio, les informó de las escaramuzas que se libraban con los cazadores y en las que ya habían perecido varios perros. Aconsejó prudencia a Odín y que no prestase ayuda a Azul si aquél se la solicitaba para alguna expedición de castigo. Su hijo debía mantenerse al margen y cazar solamente en el bosque, con sumo cuidado, sin aventurarse por terrenos prohibidos.
Odín le aseguró que así lo haría. El perro, amigo de los hombres, no deseaba tener enfrentamientos con ellos ni mucho menos con aquellas terribles escopetas que tanto terror le hacían sentir.
Los días continuaron transcurriendo y los pequeños seguían mamando de su madre. Kiva era una perrilla fuerte, joven y capaz de criar a los seis cachorretes. Nada hacía temer por su supervivencia...
Odín se despertó aquella mañana con un apetitoso olor prendido en su pituitaria. Se relamió la boca de gusto y le advirtió a Kiva:
- ¡Quédate aquí! Voy a ver si cazo, que he venteado algún conejo...
Satisfecha se quedó la hembra al ver marchar a su compañero en busca de la pitanza y, cariñosa, contempló el espectáculo de sus pequeños, dormidos contra su vientre.
Odín caminó cauteloso en pos de la pieza deseada y, de esta forma, fueron pasando las horas. Hasta tres conejos cayeron abatidos por el perro que, una vez conseguidos, los ocultaba en sitios seguros en tanto que iba en busca de otra víctima.
Estaba ya el Sol en lo más alto del firmamento cuando decidió emprender la vuelta, recogiendo en cada sitio la caza obtenida. Odín estaba contento. Llevaba carne suficiente a su Kiva para que comiera durante varios días, lo cual les permitiría viajar nuevamente a visitar al amo. Marchaba llevando prendidos en su bocaza los conejos y contemplando la risueña luz de aquel día feliz.
Súbitamente, escuchó unos disparos lejanos que le parecieron venir del lugar donde dejara a Kiva y a los pequeños. Alzó las orejas y prestó atención.
El ruido de una nueva detonación llegó hasta él. ¡Ya no había duda! El experto oído del perro le confirmó que el peligro se cernía sobre los suyos y, dejando caer la carne que tanto empeño le había costado conseguir, corrió en su ayuda.
Las poderosas zancadas del desesperado Odín se tragaban los metros, cuestas arribas, bajando por las quebradas, saltando los matorrales que le cerraban el paso, orillando todos los obstáculos. Su poderoso pecho exhalaba a resoplidos el aire, como queriendo quemar todas sus energías para llegar antes a su destino...
Extenuado, coronó una loma y desde allí, deteniéndose un instante, observó en derredor. Allá abajo, medio oculta por unas zarzas, estaba Kiva.
Reemprendió su carrera y fue entonces cuando le dio el odiado olor que hacía ya tiempo creyó haber olvidado. Su ancestral enemigo, el horrendo guarda forestal, había pasado hacía poco. Su peculiar hedor, mezclado con la peste a pólvora, así se lo delató.
Muerto de pánico ante la escena que estaba seguro de encontrarse, llegó a donde yacía Kiva. Paso a paso, muy lentamente, caminó Odín, como no deseando confirmar lo que ya le habían anticipado sus sentidos.
El perfume tétrico de la sangre acongojaba su enorme corazón. El perro esforzaba sus ojos en busca de algún leve movimiento entre las zarzas. ¡Pero en vano!
Kiva yacía en medio de un gran charco de sangre, inmóvil, rota... Y bajo su protector cuerpo, desgarrado, también estaban, desmadejados, los cuerpecillos de sus hijos.
Odín se quedó estupefacto, sin saber reaccionar. Tan grande era la tragedia que se ofrecía a sus ojos que todos sus sentidos estaban concentrados en aquel espeluznante cuadro. Por eso no es de extrañar que no percibiera la presencia del extraño que, desde lejos, le apuntaba con un arma y ni siquiera dio importancia al zumbido del proyectil que fue a empotrarse en un árbol, varios metros a su derecha.
El fallido cazador dio un grito de rabia y, entonces sí, la fiera que se ocultaba dentro del domesticado corazón del perro despertó. Todos sus magníficos sentidos le pusieron en guardia y, temblando de furor, saltó en busca del terreno propicio para avanzar hacia su enemigo sin ser blanco de sus disparos.
El aire le trajo el sonido de las voces que otro hombre le daba al que contra él había disparado. No pudo comprender su significado, pero sí reconoció en el que gritaba a su eterno enemigo. Y la rabia se acrecentó en su ya dolido pensamiento.
¡Matar! ¡Matar era su única idea! Y, como había aprendido de la gata Athis, se deslizó entre la maleza, no dejando al descubierto ningún punto de su cuerpo al fusil del tirador. El olfato le descubría a la perfección la posición del enemigo así como la vergonzosa huida del forestal, el cual había reconocido al perro que tanto trabajo le había dado siempre y a cuyos colmillos no quería enfrentarse.
Deseando perseguirle, Odín comprendió que tenía que desembarazarse primero del más cercano de sus enemigos. Y, habiéndose dado cuenta de que éste había abandonado su posición para seguir al fugitivo compañero, atajó por el terreno conocido y le cortó el paso.
Cayó sobre él como una Furia vengadora, sin piedad y sin miedo al fogonazo que partió del arma del hombre en el último instante, antes de que los feroces colmillos se cerraran sobre su garganta por primera y única vez. La lucha fue breve. El alimañero intentó resistirse, pero en vano. Un solo bocado, un siniestro crujir de huesos y carne rotos... Odín le zarandeó con fuerza y el hombre rodó por tierra, muerto.
Con una pata hincada sobre el pecho del cadáver, el terrible can lanzó a todos los ámbitos un doloroso aullido de venganza...
Ya iba a proseguir la búsqueda del otro culpable de su tragedia, del verdadero objeto de sus rencores, cuando percibió unos débiles gemidos que provenían de unas jaras cercanas. Decidido a lo que fuera, se acercó a ellas y allí se encontró con otra escena que conmovió aún más su ya casi insensible corazón: Canela agonizaba, víctima de un tremendo boquete que le rasgaba todo el pecho. En sus dientes se apreciaba todavía la sangre que había hecho verter a su verdugo del cual, sin duda, se habría defendido con todo su innato valor. Pero lo que más inundó de ternura al perro fue la presencia, bajo el cuerpo de la hembra, oculto y protegido con todo cariño, de uno de los cachorros: el del pelo rojizo, como el de su padre.
Odín se acercó a su moribunda madre y la olfateó, queriendo convencerse de que la vida se escapaba de sus miembros.
- Odín... -. Jadeó Canela -. Salva al cachorro, sálvalo...
Y la perra se estremeció en un último suspiro. El hijo la contempló lleno de amor y agradecimiento a aquella extraordinaria hembra que había sabido proteger al pequeño cachorrín. Después, obediente, dirigió su mirada hacia el camino que llevaba su enemigo y ladró con furia, prometiendo que volvería a por él, pero advirtiéndole que ahora tenía algo más importante por hacer. Y tomando al cachorro con la máxima delicadeza entre sus dientes, se acercó al muerto cuerpo de Kiva. En vano olió a los demás perritos. Todos estaban muertos, acribillados a perdigonazos...
Triste, muy triste, Odín caminó con su preciado tesoro. Se había dado cuenta de que el rojo cachorrín sangraba levemente por algún rasguño y, cuando quiso restañar la sangre a lengüetazos, apreció que tenía plomo dentro del pequeño cuerpo. ¿Quién le podría curar...?
Horas más tarde, el amo contemplaba al pequeñín que a sus pies había colocado el perro. Hera, muy inquieta, no hacía más que preguntar a Odín:
- ¿Qué ha pasado, qué ha pasado?
El perro no le respondió. Solamente, implorante, azotó con su rabo las piernas del amo.
- Yo le cuidaré, descuida. Igual que te cuidé a ti -. Aseguró el hombre.
Y el perro de roja melena, tranquilo ante esta promesa, dio media vuelta y cruzó por última vez la valla del cámping. Delante de él le esperaba la venganza de su querida hembra y de sus pequeños, el riesgo y, tal vez, la muerte. Atrás quedaba toda su niñez, sus amigos, los seres que le querían: el viejo Moll, la refunfuñona Hera, la gentil Athis, el pobre Nano y tantos y tantos perros y gatos de los que todo aprendió y con los que tanto se había divertido. Y, sobre todo, sonriéndole como siempre, mientras acariciaba a su cachorro, quedaba el hombre que le había brindado todo su cariño: El amo.

 

A Capítulo IX                                                A Menú                                A ¿Final?

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