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IX
LA VENGANZA DEL GUARDA
La verdad es que nuestro perro nunca había
tenido la menor idea de que su amo poseyera una escopeta y aquello le
escamó y no poco, ya que le hizo recordar su aventura con los dóberman
y el final del pobre Moi. Aunque sabía que las circunstancias eran muy
diferentes, que los hombres son bien distintos entre sí y que su
querido dueño en nada se parecía a la mala bestia que habitaba en la
finca, Odín no podía ocultar el terror que le producían aquellos
estampidos que llevaban la muerte lejos, más allá del alcance de sus
poderosos colmillos. Por ello, evitaba hasta asomarse al interior de la
caravana, en donde sabía que se guardaba la tremenda arma. Pero un día
conocería de las ventajas de ésta empleada por buenas manos...
La manada de Azul volvió a sus terrenos, lejos del cámping. Solamente
Canela venía, asiduamente, a visitar a su hijo y a sus amos, a los que
había perdido todo temor. También empezaba a hacer buenas migas con
Hera, la impetuosa y valiente dóberman que había cuidado de su
cachorrillo.
Pero la perra tenía ya otro deber que cumplir y éste era atender a sus
nuevas y pequeñas crías. Por ello, lo único que podía hacer, y dada
su gran ascendencia sobre Azul, era impedir que la jauría se alejase
demasiado de donde se hallaba su hijo mayor para, a ratos, poder charlar
con él de las cosas que a ambos les interesaban.
De esta manera, a lo largo de los momentos que pasaron juntos, supo Odín
de cómo el guarda forestal había sorprendido al enamorado Arco y,
traicioneramente, había terminado con su vida, dejando a Canela
malherida. El odio se acrecentó en el salvaje corazón del perro. ¡Ay
de aquel malnacido si él le pillaba!
La que también acudía a menudo a visitarle y, a veces, hasta pasaba días
enteros con la familia, era la joven Kiva. La perrita había conseguido
congeniar con Hera y hasta disfrutaba con las caricias de los amos de Odín.
Éstos sabían que dentro de muy poco, en cuanto la hembrita manifestase
las atractivas señales con las que la Naturaleza habría de dotarla, Odín
correría tras ella como un loco y preferían que el romance tuviera
lugar a su vista y no por ahí, perdidos y a la ventura.
Pero la perra no consentía en pernoctar en el cámping ni en recibir el
civilizado collar. Ella había nacido libre y libre deseaba seguir
siendo. Por eso, todas las noches dejaba a su amigo y trotaba al
encuentro de la manada, en la que era bien recibida por Azul que ya se
relamía los belfos pensando en el día próximo en que Kiva manifestase
su necesidad de cariño.
Por las mañanas, Odín se acercaba a verles y a saludar tanto a Canela
y a su hermana, que ya iba a ser madre también, como a la hermosa
perrita. Azul, el macho dominante, comprendía que, si quería obtener
los favores de Kiva, iba a tener que mantener una contienda con el joven
macho y, aunque se sabía superior a él en fuerza y crueldad, no le
agradaba mucho la idea del enfrentamiento, sobre todo después de haber
visto su valentía en la pelea contra los mastines. Ya se lo pensaría.
Una derrota ante Odín supondría el final de su supremacía en la
manada.
Pero habría de pasar algún tiempo antes de que llegara aquello y
nuestro héroe viviría alguna que otra aventura. Como por ejemplo...
El poderoso Moll seguía su tranquila vida, vigilando el cámping por
las noches y dormitando de día. A pesar de la buena voluntad de todos,
la nostalgia del gran perro iba en aumento. Algo en su pasado le impedía
ser feliz, no bastándole los buenos cuidados y atenciones con que su
dueño le regalaba. Moll cumplía con su deber, no desatendía en nada
sus quehaceres, pero la tristeza de su semblante denotaba que echaba
algo en falta.
Una mañana, cuando se hallaba tendido cerca de la piscina, vigilante de
los niños que retozaban en el agua y de la gente que entraba y salía
del cámping, apareció un automóvil que se detuvo ante la oficina de
Recepción. De él descendió una mujer y Moll dio un respingo al verla.
La señora entró a hablar con el director, en tanto que un hombre
quedaba al volante del coche. Moll aguzó su olfato y el corazón le dio
un vuelco. El perro quiso disimularse detrás de un macizo de flores,
para no ser visto.
Del coche bajaron también, al rato, dos muchachos, chica y chico, de
parecida edad que los amitos de Odín y, tras ellos, descendió el
conductor.
Moll no soportó más. Su viejo corazón pudo más que antiguos rencores
y, levantándose, corrió en rauda carrera, con agilidad insospechada,
al encuentro de los niños, plantándose ante ellos mientras agitaba su
rabo, lleno de alegría.
La chica le miró y exclamó, mientras abrazaba su grande cabezota: -
Pero, Cava... ¿Eres tú? ¿No te habías muerto?
El amor entre el perro y los cachorros de hombre enterneció al director
del cámping, que salió de su despacho. En tanto, el padre de los
chicos se mantenía alejado del can, a pesar de que se le adivinaban los
deseos de abrazar también a Moll. O Cava, como le habían llamado.
La mujer salió luego y contempló la escena.
- Pero, bueno... ¡si es el perro!
Y Moll, al oír su voz, no pudo reprimir un gruñido, dirigido a ella.
- ¡Moll! -. Ordenó el del cámping - ¡Túmbate!
El perro no supo si obedecer. ¡Sentía tanta rabia!
Entonces, una voz, un tono muy familiar y querido que revolvió el
arcano de los recuerdos en el alma del viejo pastor alemán, le rogó
con cariño: - Cava... quieto, quieto ahí.
Y Moll, volviendo su inteligente mirada hacia el amo perdido, acudió a
echarse a sus pies, donde se quedó tranquilo.
El director del cámping estaba maravillado. ¡Conque aquellos eran los
antiguos dueños de Moll!
Aquella noche, el perro relató, por fin, su historia a Odín, mientras
paseaban haciendo la ronda de las valladas instalaciones.
Moll había llegado a un feliz y cariñoso hogar, en el cual una pareja
y sus dos pequeños hijos le habían cuidado con mimos y biberones hasta
que se convirtió en el hermoso ejemplar que era. Toda su vida
transcurrió plácidamente, pendiente de sus amos y recibiendo todo el
amor del mundo. Todo marchaba, pues, de color de rosas para el perro...
Pero un día aciago, la tragedia se cebó en la familia. El ama cayó
enferma, con unos dolores que ni los mejores médicos pudieron aliviar.
El padre estaba desesperado y los niños lloraban a escondidas. El perro
intuía que algo muy malo estaba sucediendo.
Y su ama murió, dejándoles a todos huérfanos y faltos de sus siempre
atentos cuidados. La vida fue muy triste para ellos y Cava supo que, a
partir de entonces, las cosas irían de mal en peor.
El tiempo pasó y su amo encontró una nueva esposa, gentil para los niños,
pero que puso una inexcusable condición: el perro tendría que
largarse. Ella no le soportaba.
Al principio, el marido intentó que congeniaran. Pero fue imposible. La
antipatía era mutua, ya que el perro adivinaba que no era querido y
correspondía con la misma moneda: mal gesto que le dirigía la mujer,
trastada a conciencia que efectuaba Cava; día sin comer que le
castigaban, filetes que robaba de la cocina al menor descuido...
Una mañana el perro fue subido al coche, alejado de la ciudad y
abandonado en medio del campo, en una carretera desconocida. A los niños
se les dijo que habían ido al veterinario y que éste había tenido que
sacrificarlo, ya que estaba muy enfermo. Y la familia prosiguió con su
vida, mientras que al hermoso pastor alemán se le condenaba al
destierro.
Muchas veces pensó en la vuelta al hogar, hazaña que no le habría
sido imposible dado su maravilloso olfato pero, dolido en su generoso
corazón, decidió no hacerlo a pesar de que se acordaba tanto de los niños.
Más tarde vino el encuentro con el forestal, las atenciones en el cámping...
Una nueva vida se le ofreció al animal: Cava se convirtió en Moll, el
perro guardián, aunque en su inteligencia siempre continuaron presentes
las vivencias de antaño.
Sus antiguos dueños habían ido a visitar a unos amigos que estaban en
el campamento. Con ellos pasaron todo el día; después, llegó la hora
de irse. Aquél fue el instante en que los chicos suplicaron que el
perro volviera a casa. Y muy a punto estuvieron de conseguirlo, pero la
mala voluntad de la nueva madre triunfó sobre todo otro razonamiento.
Además, Moll estaba orgulloso de su nueva vida.
El director tomó la mejor decisión: - Podéis venir a verle siempre
que queráis... Estáis invitados. Mientras, el perro está mucho mejor
aquí, en el campo. Aquí tiene ya sus amigos, que también le quieren y
es libre de trotar a sus anchas.
Al oír estas palabras, Odín, que estaba junto al gran pastor alemán,
agitó el rabo como aplaudiendo tan sabia decisión.
De esta manera continuó, más contento, su vida en el cámping el viejo
Moll.
Aquella noche, Odín lameteó al ama y con un gran ojo clínico, tan
perspicaz que para sí lo quisieran muchos galenos, se aseguró de que
ésta gozaba de buena salud.
- ¿Tú no te me morirás, verdad? -. Le preguntó mentalmente. Y no
hizo otra cosa en todo el rato que observarla fijo. Si se moría su
amita, ¿a dónde iría a parar toda la pequeña tribu de perros y
gatos?
Se quedó bastante preocupado.
Otro de los sucesos del verano fue bastante más trágico y a punto
estuvo de culminar en una irreparable catástrofe que, en parte, fue
evitada por nuestro amigo: Como se ha dicho, la salvaje jauría de Azul
y Canela no se retiraba mucho de las instalaciones, ya que la perra así
se lo exigía a su nuevo macho. Por otra parte, las constantes visitas
que al grupo hacía Odín y las que Kiva devolvía al joven perro también
contribuían a mantener un flujo de animales que no hacían más que ir
y venir. Hera ya empezaba a estar un poco harta de la vecindad de tanto
forastero, pero mucho más harto se hallaba el odiado guarda forestal
que, por fin, tenía a los perros ubicados en unos parajes accesibles
para él.
Días enteros pasaba oteando su presencia, ayudado del pobre perro que
para tal misión llevaba prisionero. El infeliz, que más que un Judas
se consideraba un mártir, no podía dejar de delatar a sus hermanos, a
sabiendas de los males que con su traición podría acarrearles.
Y el forestal se las prometía muy felices...
Una tarde, cuando Odín volvía tan contento y ya se encontraba muy
cercano del agujero de la verja, sintió pasos por entre el follaje. En
vez de perder el tiempo curioseando, se lanzó panza abajo para
camuflarse, lo cual le evitó ser alcanzado por una rociada de
perdigones que pasó sobre su cabeza. Odín se estremeció de pavor y es
que, como ya se ha dicho, aquellos estampidos podían mucho más que su
enorme valor. Además, pudo ver los estragos causados por los
proyectiles en los árboles cercanos y pensó qué no habrían hecho en
su propio cuerpo.
Apagados los ecos de la detonación, asomó la cabeza para ver qué
ocurría. Que su enemigo se hallaba próximo se lo estaba delatando el
olfato, pero quería asegurarse de su posición. Le entrevió,
escondido, y calculó: si daba un poderoso salto, cruzaría el riachuelo
y, una vez en él, alcanzar la verja por el pequeño terraplén sería
cosa de cachorros. Se metería en el cámping y estaría a salvo.
Como pensó lo hizo. Arrastrándose, llegó a la orilla de las escasas
aguas, buscó el lugar propicio y, entonces, sin dilaciones, puso en
acción sus poderosos músculos.
Rápidamente trepaba hacia el agujero cuando sus privilegiados oídos le
hicieron percibir un chasquido metálico. Coincidió éste con el reptar
de su cuerpo por la oquedad ansiada y, nuevamente, la escopeta tronó,
estrellándose las postas contra las alambradas, yendo a empotrarse
alguna contra la caravana de los amos del perro.
Un grito de rabia partió de la garganta del salvaje cazador al
comprobar que había vuelto a fallar. Odín corrió hacia su caseta,
creyéndose a salvo. Pero la locura había obcecado a aquel hombre que
ya no se limitaba a cumplir con su deber sino que buscaba la satisfacción
de una estúpida venganza personal.
Penosamente, puesto que no era nada joven, ascendió a la misma orilla
del cámping y procedió a recargar su arma. Odín le ladró amenazador,
intentando avisar al amo y lleno de miedo, porque sabía que si le
disparaban desde aquella distancia no tendría salvación.
El impacto de la descarga, aunque no había hecho grandes daños en la
estructura de la caravana dada la lejanía, sí había alertado a sus
ocupantes. Temblando estaba Odín, esperando el nuevo tiro, cuando vio
que el amo salía decidido y que, ni corto ni perezoso, se encaró su
propia escopeta y disparó hacia un par de metros delante de donde se
hallaba el forestal. Luego, le oyó gritar algo que no pudo entender, de
lo alterado que estaba y, por último, observó cómo el loco dejaba
caer la mortífera arma, vencido por la buena puntería y el valor de su
oponente. Al tronar de los disparos, subió el dueño del cámping, el
cual, recriminando la actitud del forestal, se enzarzó con él y le
propinó dos buenos mamporros que a Odín le supieron a gloria y que
celebró con alegres ladridos. Luego, le echaron y allí se habría
acabado todo si hubiera sido una persona normal...
- ¿Damos parte a los Civiles? -. Oyó el perro que preguntaba el del cámping
a su amo.
- No... -. Contestó éste -. Más vale dejarlo.
- Tal vez nos arrepintamos de no hacerlo...
¡Y vaya si se tuvieron que arrepentir! Menos mal que allí estaría,
una vez más, el valeroso hijo de Arco para evitar una mayor tragedia...
Los días pasaron y la calma era absoluta. Odín, por precaución, fue
atado a su cadena para que no rondase en busca de aventuras, lo cual
molestó bastante al inquieto perro. Afortunadamente, Kiva sí se atrevió
a venir a verle y hasta, aquella noche, durmió junto con Hera y con él,
como no deseando separarse de su amigo.
Estaba ya cerrando la tarde y todas las familias se aprestaban a
preparar su cena. Los mayores se iban recogiendo, en tanto que los más
pequeños todavía se dedicaban a sus juegos. Tres niñas de poca edad,
de las que visitaban a Odín con más frecuencia, se habían ido a jugar
junto a la valla, en la pequeña pista de petanca recién estrenada. Allí
hacían montoncitos de arena y se distraían con sus cosas.
Odín, desde su caseta, las veía perfectamente y cualquiera que le
hubiese observado atento hasta se hubiera pensado que las vigilaba. Y es
que a sus finos oídos habían llegado ruidos extraños, ruidos que no
podía confirmar con su sentido del olfato ya que el viento soplaba en
sentido contrario, no permitiéndole cerciorarse de cuál era el motivo
de su preocupación.
Pendiente, pues, de cualquier suceso, le rogó a Kiva - que se
encontraba a su lado, libre de ataduras - que se desplazase más al
norte para averiguar qué era lo que allí había oído. La perra, partícipe
también de sus temores, hizo lo que se le pedía y fue a situarse en
sitio conveniente. Nada más llegar al punto óptimo, sus dientes
adoptaron una feroz mueca y lanzó una serie de ladridos de alerta.
Pero éstos ya no eran necesarios para el perro, que había visto
encenderse un vivo resplandor junto a las verjas - allá donde se
amontonaba la hojarasca - y escuchó el terrible crepitar del fuego que
se alzaba en grandes llamaradas y espesas nubes de humo negro. Al cambio
del viento, Odín percibió, asimismo, el odiado olor del guarda.
Kiva corrió a su lado y ambos ladraron y ladraron, intentando llamar la
atención, reclamando la presencia de los hombres.
Los nubarrones y el pestilente olor pronto llamaron la atención de éstos.
La voz de ¡fuego! fue repetida por decenas de gargantas y,
valientemente, se acudió a sofocar el incendio que amenazaba con
propagarse a la parte norte del cámping. En tanto, ajenas al peligro,
las niñas continuaban jugando sobre la pista de petanca...
Nada hubiera hecho pensar que el fuego pudiera alcanzarlas ya que se
encontraban más cuesta abajo, si no hubiera sido porque, de improviso,
un brusco cambio en la dirección del viento lanzó una lengua de llamas
hacia los árboles plantados para sombrear dicho sitio, en los que
hicieron presa vorazmente. Las niñas quedaron envueltas en una cortina
de asfixiante humo, ocultas a los ojos de todo el mundo.
Los perros ladraron angustiosamente. Más arriba, los hombres vencían
el incendio a base de mangueras, de palas y de escobas. ¡El peligro había
pasado!
Odín comprendió que nadie se daría cuenta y que las pequeñas morirían
entre las llamas o sofocadas por el humo. Y ladró pidiendo ayuda, pero
nadie le oyó. ¡Demasiado trabajo tenían para hacerle caso a un perro!
Desesperado por la atadura que le tenía sujeto, se revolvió una y otra
vez, tirando de la cadena, magullándose el cuello, mordiendo el hierro
y haciéndose polvo los dientes contra los duros eslabones. ¡Imposible!
- ¡Kiva! ¡Corre y trae al amo! ¡Avísale!
Y la inteligente perra se lanzó en busca del dueño de Odín que, junto
con los demás, estaba apagando el incendio en la parte norte. Le
descubrió sudoroso, tiznado, lanzando agua con una manguera de riego y
se plantó delante suyo, ladrándole insistente, rogando que le hiciera
caso.
- ¡Quita, quita, linda! ¡Vete de aquí!
Pero Kiva siguió dale que te pego hasta que, viendo que no había otra
solución, le mordió la pernera del pantalón, intentando arrastrarle.
- Pero, ¿qué quiere esta perra...? ?
Demasiados años llevaba el amo de Odín conociendo a los perros para
ignorar que algo se le quería decir. Y algo de importancia. Así que,
cediendo la manguera a un compañero, decidió hacer caso a la perra y
seguirla.
Kiva, alegre, le condujo hacia su propia caravana, donde Odín y Hera,
todo excitados, ladraban sin cesar.
- ¿Qué ocurre? ¿Por qué ladráis tanto?
El perro ladraba en dirección al lugar en donde se encontraban las niñas,
queriendo decirle que allí estaba el verdadero peligro. ¡Ah, si
hubiera podido hablar como los hombres!
Pero, si os habéis dado cuenta, un perro tiene el carácter muy
semejante al de su amo. Y, si Odín era tan inteligente, amén de por la
herencia que la sangre le había transmitido, se debía también a la
comprensión que siempre su dueño le había demostrado. Y el hombre
comprendió una vez más.
Se agachó, soltó al perro y se quedó observándolo. Odín se dirigió,
recto, hacia las llamas.
- ¡Odín, vuelve, que te vas a quemar! -. Le gritó.
Pero el perro hizo caso omiso de la advertencia y, penetrando en el
interior del círculo de fuego, salió al cabo llevando entre los
dientes un trozo de tela del vestido de una niña.
- ¡Allí hay alguien! -. Gritó su amo. Y, dirigiéndose a los demás,
clamó: - ¡Venid, rápido!
Y corrió hacia la pista de petanca.
Minutos más tarde, rescatadas las niñas sin apenas ningún daño, Odín
se restregaba contra las piernas del amo. Éste le acariciaba entre las
orejas y le tenía sujeto por el collar.
- ¡Qué perro tan inteligente! -. Exclamó un campista.
Los demás corroboraron la opinión.
- Pero, ¿cómo empezaría el incendio? -. Preguntó otro.
- Una chispa no ha podido ser...
Entonces, el hijo de Arco se soltó de la cariñosa mano del amo y se
lanzó hacia el agujero de la valla. Todos oyeron unos gruñidos, una
carrera y, al final, un ladrido de victoria. Se acercaron hasta las
verjas y allí vieron que Odín se hallaba sobre el cuerpo de un hombre
al que sujetaba férreamente, con sus dientes, por un brazo. El tipo,
medio asfixiado por la carrera y por el humo, nada podía hacer para
zafarse de la presa a que le tenía sometido el perro.
- ¡Es el forestal!
- ¡Incendiario, asesino!
Solamente la serena actitud del director del cámping y del dueño de Odín
pudo evitar el linchamiento del individuo en aquel lugar y momento. Fue
entregado a las autoridades y, días después, un joven ocupó su
empleo.
- Ya podremos estar tranquilos.
- Y, más que nadie, los perros... -. Afirmó el del cámping.
Pero Odín no opinaba lo mismo. Algo en su corazón le decía que,
mientras no hundiese sus colmillos en aquel odiado cuello y acabase con
la vida del canalla, siempre tendrían que temer algo...
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VIII
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