VIII

LOS MASTINES

Una de las cosas "buenas" que sacó Odín de su trabajo en la fábrica fue que le quitaron - o perdió, como dijo alguien - el bonito collar de acero inoxidable, con su nombre grabado y todo. A cambio, le pusieron una correílla de cuero que no le favorecía demasiado. Por ello, y cuando cumplió sus tres años, el amo le regaló una preciosa carlanga que le servía de defensa a la vez que de castigo. Y es que, cuando se le paseaba de la cadena, el ya enorme perro tiraba tanto que era necesario volverle los hierros hacia dentro para que supiera que no tenía que hacer tanta fuerza. Y cuando caminaba solo no le venía mal llevar aquella protección, por si acaso. Y claro que le fue muy útil, como ya veremos.
Una mañana, a principios del mes de Junio, la cariñosa Cary - que tenía otra vez tripita - acudió por última vez a comer a la mesa familiar. Después marchó y ya no la volvieron a ver. Al principio sorprendió un poco la ausencia de la gatita; más tarde, cundió la alarma. ¿Por qué tardaba tanto?
Al transcurrir dos días sin verla aparecer, - cuando lo normal era que todas las mañanas se presentase a exigir el desayuno con dulces maullidos, igual que hacían Athis y Pelusa - el amo se inquietó y, dándole la vuelta al collar de Odín y sujetando a éste y a Hera con las correas, les dio la orden: - ¡Buscad, buscad! ¡Odín, Hera! ¡Buscad a Cary!
Los perros comprendieron la voz, pero se sintieron desorientados. ¿Por dónde empezar?
Anhelantes, ventearon en todas direcciones y, por fin, Hera tomó, rauda, la cuesta arriba del cámping, como si hubiera hallado algo. Odín la siguió, pero no muy convencido.
- ¡Buscad, buscad! - repetía el amo.
Pero Hera, al poco rato, se sintió totalmente despistada.
- ¿Ves como no ibas por buen camino? -. Recriminó Odín - ¡Nos has confundido a todos!
La perra se sintió avergonzada y se volvió al amo, como pidiéndole perdón.
- Ya, ya sé que por aquí ha pasado, pero... ¿dónde estará? -. Se preguntó éste.
Odín señaló con su ladrido al campo y tiró de la correa, rogando que se la quitaran. Quería correr hacia donde su instinto le señalaba algo. Y ladró y ladró hasta que le hicieron caso.
- ¡Sea, Odín! ¡Busca tú!
Y el amo, colocándole las púas del collar para fuera, le soltó. Al sentirse libre, emprendió veloz carrera pero unos metros más adelante se detuvo y llamó a Hera.
-¡Vente conmigo!
- No puedo. Me tienen sujeta.
Y Odín volvió y trató de explicar que deseaba que la perra le acompañara. Dio vueltas alrededor de ella hasta que el amo comprendió y también la puso en libertad.
-¡Venga, buscadla los dos! -. Les dijo.
Ambos perros, macho y hembra, salieron rápidos por debajo de la valla del cámping.
Odín iba descubriendo viejos olores, todos ellos muy familiares pero confusos. La perra también los percibía.
- ¡Para! Por aquí pasó hace más de un día, ¿no lo notas?
- ¡Sí! -. Contestó Hera -. Pero venía de la parte de arriba, de donde yo dije.
Odín quedó pensativo.
- Tal vez lleves razón. Pero el rastro no está muy reciente... Vamos a hacer una cosa. Síguelo tú, a ver qué encuentras. Mientras, yo bordearé el camino, porque tal vez lo halle en otra parte. ¿Quieres?
- Bueno... -. Accedió, gruñona, la perra -. Pero mucho me da en los hocicos que no vas a encontrarla.
El perro perdió la pista, a propósito, para, velozmente, subir a la loma, ya que pensaba que, si la gatilla había pasado por allí, no sería difícil volverse a topar con su olor más arriba.
Entretanto, Hera avanzó por el sendero cercano al riachuelo, pero por ese sitio los efluvios disminuían casi del todo. Más bien notó que iban ascendiendo camino de la cabaña del pastor. Al pensarlo, a la perra le entró verdadero miedo. ¿Y si se hallaba con los mastines? A pesar de todo, continuó su camino...
Odín corría, subiendo y subiendo para llegar a la cima del otero, lugar desde el cual podría divisar y olfatear todo el paraje en mucha distancia a la redonda.
La ascensión se iba haciendo penosa pero sus ágiles y fuertes patas buscaban los más leves puntos de apoyo e, igualito que una cabra, iba brincando hacia las alturas. Por fin coronó la cumbre. Todo el valle se mostraba ante sus vigilantes ojos: el cámping, el riachuelo, la majada y hasta, cruzando la carretera, la finca donde le tuvieron prisionero. Miró hacia allí con rabia, plantado sobre sus musculosos miembros y agitada su roja melena por el viento. Y lanzó un poderoso aullido de libertad. ¡Qué hermoso era estar en aquellos parajes, libre, fuerte y sin más cadenas que el cariño hacia sus amos!
Dejando a un lado estos oníricos pensamientos, se dedicó a su tarea: encontrar a Cary. Pero tan sólo un ligero olorcillo le quedaba en las narices. ¿Dónde estaría la condenada gata?
De repente, y muy cercana, detectó la presencia de otros perros. Oteó más atento y, efectivamente, divisó un grupo de por lo menos diez animales que se encontraban en medio de un bosquecillo próximo.
Aunque el viento no estaba muy a su favor, le pareció reconocer algo familiar en ellos y, tras de volver a examinar la posición de Hera - a la cual vio allí abajo, buscando como una loca -, emprendió el descenso, encaminándose directamente al encuentro de los congéneres forasteros.
Según se iba acercando, en su cerebro se iba haciendo más y más conocido el olor detectado y su memoria lo iba asociando al de aquella perra de color canela que le defendiera en una ocasión y que le devolviese al cámping. ¡Sí, era la misma! Y corrió a su encuentro, ladrando alegremente. Claro que, por el camino, junto con la presencia de la perra y de otros compañeros, descubrió también la de aquel cascarrabias, el macho dominante que le atacó. Pero no vaciló en absoluto. Si tenía que enfrentarse a él, ahora se sabía en condiciones de hacerlo.
Al oír sus ladridos, Canela se percató de que alguien venía a su encuentro y, como gozaba del viento a favor, supo que se trataba de su hijo, del hijo de ella y de Arco. Y le respondió.
La verdad es que Odín se quedó un poco sorprendido ya que en los ladridos de la perra no brillaban ni poco ni mucho la alegría ni el buen recibimiento, pero su instinto le hizo comprender la causa nada más echarle la vista encima: junto a Canela caminaban tres cachorrillos de pocos meses de edad, dos de ellos muy parecidos al feroz jefe de la salvaje pandilla. Éste le salió al paso, amenazador, en defensa de su tribu, pero enseguida apreció que el perro que tenía delante ya no era el cachorrete del año pasado; supo que ahora se encontraba frente a un rival digno ya casi de su talla y de su fuerza.
Odín no buscaba líos y, además, no defendía su terreno. Por esa razón se detuvo a escasos metros del agresivo perro y, sin dejar de mostrar sus hermosísimos dientes para que el otro los tuviera muy en cuenta, se dirigió a la que él aún no conocía como su madre:
- ¡Hola, pandilla! ¿Dónde estabais metidos? Vine a veros y no os encontré...
Desde luego, las palabras fueron otras ya que los perros no dicen en sus conversaciones tantas tontunas como los hombres ni pierden tal infinidad de tiempo fingiendo, al decir, lo que no sienten.
El jefe le ordenó: - ¡Vete de aquí!
- ¿Por qué? -. Preguntó Odín -. Solamente quiero hablar con mis amigas. Contigo no quiero nada, ¡saco de pulgas!
El macho se dio cuenta de que el jovenzuelo ya no le temía y se lo pensó dos veces antes de responderle: - Tu madre ya no te quiere. Ahora tiene otros hijos que cuidar...
Y a Odín se le abrieron unos ojos como platos. ¡Conque aquella hembra era su madre!
Él no sabía exactamente lo que significaba aquella palabra, porque siempre se había creído hijo de los amos... Aunque un día supo que su verdadero padre se llamó Arco y que había sido un perro muy valiente y leal. Pero en su madre no pensó jamás. ¡Y ahora resultaba que lo que un día le dijera Athis parecía cierto! Aquella perra le había ayudado porque él era su hijo... ¡El hijo de ella y de Arco! ¡Tenía que aprender aún tantas cosas. !
Canela se acercó y, oliéndole a fondo para convencerse de que era él, dijo: -¡Calla, Azul! Es mi hijo Odín...
Y le pegó todo un señor lametón. El perro se sintió en el paraíso.
El llamado Azul quiso hacer valer su condición de jefe y de padre: - ¡Te puede robar tus hijos! ¡Ten cuidado!
Pero Odín y su madre estaban ya de cháchara y no le hicieron ni caso. Al momento se unió a ellos la hermana, que ya era toda una preciosa hembra. También se acercaron los cachorros, los medio hermanos de Odín, a los cuales éste lameteó a gusto, según era su costumbre.
¡En un momento, el hijo de Arco se había encontrado con toda una familia! Aun cuando Azul continuase dando la tabarra...
Para acabar de endulzar la historia, diremos que se acercó también una perrita, aquella joven que Odín ya conocía y que le ofreciera de comer. Se llamaba Kiva y, en el año transcurrido, se había convertido en una fenomenal hembra. Odín la admiró.
Estaban en éstas tan felices cuando, a lo lejos, oyeron unos ladridos. Todos los perros alzaron las orejas, escucharon y luego volvieron a sus escasos quehaceres, sin darles la mayor importancia. Solamente Odín permaneció a la escucha y, muy nervioso, exclamó: - ¡Es Hera! ¡Algo le ocurre!
Su madre le preguntó: - ¿Quién es?
- ¡Mi amiga! ¡Adiós, ya nos veremos!
Y emprendió la carrera hacia el lugar en donde había sentido ladrar.
Canela se quedó muy sorprendida por la inmediata reacción de su hijo y se volvió hacia Azul. Éste se había tumbado a dormir, para no sufrir demasiado la presencia del joven perro. ¡Se le hacía tan molesto!
Odín corría y corría, ajeno a todo lo que no fueran los angustiosos ladridos que continuaban oyéndose. Hera pedía ayuda, estaba seguro. Pero, al tiempo, lanzaba gritos de combate. ¿Qué significaría todo aquello?
Y es que Odín, con la alegría del encuentro con su madre y los demás perros, se había olvidado totalmente de su misión. No así le había ocurrido a Hera que, buscando a la perdida gatita, llegó a un punto en el cual su olor se hizo muy patente. Pero un olor extraño, un olor que a la perra no le gustó nada.
Con la pista bien prendida en sus hocicos, Hera siguió adelante sin preocuparse mucho de por dónde andaba. Iba como loca, ya que la huella conseguida le llevaba también el olor de la muerte y eso le hizo sentir una terrible angustia en el corazón.
Bajó al fondo de un pequeño barranco y allí, ya, el hedor se le hizo insufrible. Rebuscó entre la abrupta maleza, revolvió entre los pastos y, por fin, para su desgracia, encontró el ensangrentado cuerpo de Cary, desgarrado por cien sitios.
Hera aulló. El dolor de contemplar los restos de la pequeña y simpática gata enajenó a la gruñona perra. Porque junto al inerme cadáver descubrió un olor que le era conocido: el de los mastines del pastor.
Se imaginó la cruel escena; la revivió intensamente y, en su imaginación, contempló las grandes cabezas de aquellas dos fieras lanzándose en busca de la pobre gata. Pensó también que, acaso, Cary, acostumbrada al trato con los perros, no se diera cuenta del peligro hasta que ya fuera demasiado tarde. Intentaría huir o, tal vez, querría defenderse con las uñas que tan a punto tenía siempre. Pero, ante el tamaño de sus enemigos, su resistencia habría resultado inútil.
Y Hera continuó con sus aullidos. Tan dolorida, tan ajena a todo estaba que no se percató de que a sus espaldas aparecían unos crueles ojos y unos no menos perversos colmillos. Cautelosos, sin quererse hacer notar, dos grandes corpachones se habían deslizado hasta su cercanía y la contemplaban ansiosos.
Sería un golpe de aire, quizá un ligero roce con el suelo... El caso es que la perra se detuvo en sus lastimeros ayes y alzó la cabeza. En un instante notó la presencia de los extraños y, volviéndose hacia ellos, los encaró. La sangre se paralizó en sus venas y todo su cuerpo sufrió un espasmo de terror: ¡Allí estaban los mastines!
Fieros, grandes, salvajes y con unos rostros alucinantes para la pobre Hera, los dos perrazos la contemplaban, tranquilos, sabedores de que la perra se hallaba aterrorizada e indefensa ante ellos.
Un gruñido, destinado a meterle más miedo en el cuerpo, brotó de una de aquellas feroces gargantas, al tiempo que los terribles colmillos se mostraban al aire. Parecía que las dos enormes fieras desearan jugar con su víctima.
Pero ya se ha dicho que Hera no tenía nada de cobarde. Y en aquellos momentos estaba rabiosa, porque creía ver entre aquellos afilados dientes algunos jirones de carne de la pobre Cary. ¡Allí estaban los asesinos de su amiguita! ¡Ellos eran y, encima, se reían de su dolor!
Y la vieja perra - cruce de dóberman con pastor alemán, con grandes colmillos que hasta al mismo Odín asustaban cuando le reñía -, recordando sus tiempos mozos, insultó a los dos horrendos carniceros: - ¡Criminales! ¿Por qué la matasteis? -. Y cargó contra ellos.
De momento, la sorpresa jugó a su favor y uno de los perros fue alcanzado por un doloroso mordisco de los agudos dientes de la perra. Pero aquello no podía durar demasiado y los machos se lanzaron a su encuentro.
Hera tenía un corazón valeroso y sabía pelear. Pero hacía demasiado tiempo que no se enfrentaba contra nadie y su cuerpo ya estaba pesado y falto de reflejos. Además, tan desigual lucha no podía nunca tener éxito. Los mastines la doblaban en tamaño, eran más jóvenes y estaban forjados en el duro crisol de la vida campestre.
Y, tan aprisa como sus patas se lo permitieron, la perra se dio a la fuga, perseguida de cerca por sus dos enemigos que ya no encerraban en sus torpes cerebros más que una idea fija: matarla.
En su huida, Hera ladraba, solicitando ayuda y, de vez en cuando, al verse acosada, se revolvía para acometer al más cercano de sus perseguidores.
Ésta era, pues, la algarabía que el valeroso hijo de Arco había escuchado y, a medida que se iba acercando, interpretaba en todo su significado la tragedia que se desarrollaba. Por ello, daba mayor y mayor velocidad a sus patas, deseando alcanzar a los contendientes cuanto antes. Sabía que la vida de su vieja amiga, la que le había enseñado muchas de sus experiencias, dependía de que llegase a tiempo. Y puso todo su corazón en tal empeño, aun a riesgo de reventarse los pulmones.
El vigor de Hera estaba desfalleciendo y todavía quedaba largo trecho para llegar al cámping. Sus patas, cansadas, cada vez le pesaban más y ya no se atrevía a intentar defenderse. Solamente confiaba en que el terreno le fuera propicio y conseguir así escapar, pero...
A lo lejos, la agotada perra descubrió una figura querida. Y sintió pánico. Porque se trataba del más pequeño de sus amos, del chico más joven, que había salido del cámping en busca de ellos. Y Hera supuso que, para ayudarla, haría frente a los perros y éstos no vacilarían en destrozarles a los dos juntos.
No lo podía consentir. ¡Su amito no sería presa de los mastines!
Disponiéndose a morir, Hera se desvió hacia el riachuelo y, tras dejar protegida su espalda por unos arruinados troncos, hizo cara a sus enemigos, con su mejor voluntad y su todavía grande empuje.
El primer mastín llegó y, sorprendido por la extraña reacción de la perra, no acertó a esquivar su feroz envite, del que salió malparado. El perro aulló de dolor y puso en guardia a su compañero. Los dos, sabedores ya del peligro que se encerraba aún en las fauces de la hembra, se aprestaron a acorralarla para darle muerte entre ambos.
Se trataba de un reto a la astucia de los contrincantes. Uno de los perros lanzaba una dentellada que, inmediatamente, era respondida por la cercada perra pero, mientras, el otro oponente ganaba un palmo de terreno desde el cual plantear mejor su ataque. Así iban cerrando el sitio.
Si Hera hubiese sido más joven, si se hubiera hallado más descansada, acaso la lucha se habría decantado a favor suyo, pero los años y la vida cómoda apretaban de lo lindo. Y esto lo sabía ella. Más pronto o más tarde tendría que ceder y, entonces... Conociendo cual iba a ser el final, decidió llevarse a uno de aquellos dos terribles individuos por delante.
Aprestó sus defensas para un golpe definitivo, apuntando a la garganta, punto que sabía mortalmente vulnerable para sus largos colmillos. Sin duda que el otro aprovecharía para atacarla por la espalda, pero ¡pobre del que trincase con su bocado!
Decidió cual de los dos recibiría su mortal acometida; se encomendó con todo su corazón al cariño que siempre había profesado al amo desde que la recogiera de cachorrilla y, orgullosa de haberse sacrificado por el niño, se dispuso a la acción.
En aquel dramático instante cruzó por los aires un cuerpo rojizo, de larga melena y afilados colmillos que, sin más preámbulos, fueron a enterrarse en la nuca de uno de los mastines, desgarrando la carne profundamente.
Herida sin piedad, la mole se revolvió en busca de su nuevo oponente. Su mayor peso venció el precario equilibrio del atacante y, tras de rodar los dos por el suelo, se levantaron rápidamente, viéndose las caras. El mastín rugió de rabia, porque delante de él aparecía el vivo retrato de aquel otro perro que le zurrase la badana por primera y única vez en toda su vida: era Odín, el hijo de Arco.
El fiel amigo, que había corrido tan larga distancia en auxilio de su compañera de niñez, se hallaba ya al lado de su amiga. En su airado ademán no se delataba ni pizca de miedo ni vacilación alguna. Plantado firmemente sobre sus recias y musculosas patas, no cejaba de proferir insultos y amenazas contra los dos mastines que, en sus obtusas mentes, no sabían qué hacer con aquel mozo: si despellejarle en un santiamén o acabar antes con la hembra.
Pero esto último supieron que no les iba a ser posible ya que, cada vez que se volvían hacia Hera, Odín les acometía ferozmente, desgarrando y lacerando. Y sabía bien dónde tenía que golpear, no se limitaba a engancharse torpemente, como acostumbran a hacer muchos perros. No. Aquel enemigo hería en los puntos más dolorosos, haciéndoles perder gran cantidad de sangre y energía en cada ataque. Además, cada vez que querían morderle, se destrozaban los dientes con aquellos dichosos hierros de su collar.
- ¡Hera, vete de aquí! -. Gritó el perro. - ¡Déjame con ellos!
La perra vaciló: - ¡No! ¡Entre los dos podremos vencerles!
- ¡Huye, te he dicho! ¡No podré contenerles por más tiempo!
Efectivamente. A pesar del valor y del coraje demostrados por Hera y Odín, los dos mastines se iban haciendo con la batalla ya que, superado el factor sorpresa, su mayor poderío tenía que darles la victoria, aunque no dejarían de pagarla muy cara.
La animosa hembra, con la moral bastante alta gracias a la valiosa ayuda recibida, se mostraba reacia a la huida, a pesar de darse cuenta de la razón que amparaba las órdenes de Odín.
- ¡Vete, Hera, vete! ¡Pide ayuda al amo! -. Y, dicho lo anterior, el valeroso hijo de Arco se lanzó contra sus dos rivales.
Ya iba a hacerle caso la perra cuando, ante sus sorprendidos ojos, una jauría de perros de diferentes razas y edades surgió de entre la maleza y, plantándose al lado de su amigo, amenazaron a los dos poderosos perrazos. Al frente, dirigiendo a los demás, estaba una perra que ella había visto alguna vez, una perra canela...
- Pero, ¿qué hacéis aquí? -. Preguntó Odín a su madre.
- ¡Enseñarte a luchar, cachorro! -. Le espetó el fiero Azul que, sin dudarlo, se lanzó contra el mastín que más a diente tenía. El salvaje can - descendiente cercano, sin duda, de los lobos - chocó contra el gran perrazo y los dos rodaron en un confuso revoltijo de pelos, sangre y colmillos.
Los dos mastines, apoyándose en su gran tamaño, capearon el temporal como pudieron pero, por último, abrumados por el número y, sobre todo, por el desconocimiento del miedo de que hacían gala sus rivales, emprendieron vergonzosa fuga, dejando el campo libre para Odín y los suyos, que se entregaron a un jubiloso concierto de ladridos de victoria. La lucha había terminado.
Hera estaba asombrada y recelosa. La vecindad de tanto perro desconocido le alteraba los nervios, pero no podía dejar de comprender que aquellos extraños les habían salvado la vida. Por ello, intentó controlarse cuando Canela se le acercó y la olfateó largo rato.
- Sí. Tú eres la amiga de mi Odín.
Y Hera lo entendió todo. Al momento, y viendo que una hembra joven lamía las sangrantes heridas del aguerrido mozo, pensó que poco tiempo le quedaba a éste de ser su compañero.
- ¿Qué te pasó? ¿Cómo te hallaste con esos dos? -. Le preguntó el perro.
Hera le contó cómo había encontrado a la pobre Cary.
Odín guardó un triste silencio, recordando a la compañera de sus juegos infantiles y, al cabo, lanzó un fuerte y poderoso aullido. Era su homenaje a la pobre gata.
De repente los demás perros ladraron al unísono, dando la alarma. Todos se volvieron hacia la dirección por la que se oían voces y pasos de gente. Los canes, atemorizados, querían echar a correr unos y atacar los otros. Difícil le fue a Odín hacerles comprender que se trataba de su amo quien, a la carrera y escopeta en mano, venía en socorro de sus perros, junto con sus tres hijos.
Los perros salvajes temen y no soportan la presencia del hombre. Y más cuando le ven con un arma, cuyos efectos conocen. Así que salieron de estampida. Solamente quedaron, junto a Hera y Odín, la tranquila y valiente Canela y la bella Kiva, ésta última por motivos todavía desconocidos para ella.
- ¿Conque aquí estáis, par de buenas piezas? ¿Y estas dos perritas tan lindas? -. Preguntó el amo.
El perro lamió a Canela.
- ¡Será su novia, papá! -. Dijo uno de los chicos.
El hombre se acercó a la perra que, no sin cierto temor, se dejó acariciar.
- No. Es la madre de Odín. ¿No os acordáis?
Mientras, la amita le decía a Hera: - ¿Y Cary? ¿La habéis encontrado?
La perra, silenciosamente, emprendió la marcha hacia el lugar donde topara con los restos de su amiga.
Al atardecer, los restos de la graciosa gatilla fueron enterrados en el cámping y, sobre su tumba, el amo plantó un pequeño árbol. De esta manera, todos la recordarían para siempre.

 

A Capítulo VII                                                 A Menú                                  A Capítulo IX

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