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VII
N A N O
El verano concluyó sin más historias dignas de
mención y la familia volvió otra vez más a casa. Ahora también les
acompañaba un nuevo miembro. Se trataba de Pelusa, gatita nacida de los
recientes amores de Athis y que nadie en el cámping quiso recoger. Sus
hermanos sí fueron colocados en familias amantes de los gatos, pero
ella - más pequeña y feota, tal vez - no halló quien la quisiera. Así
que se quedó con su madre y su hermana mayor, Cary, la cual, por
cierto, también tuvo descendencia ya una vez de vuelta al hogar. Hera
empezaba a estar harta de la fecundidad de aquellas gatas. El joven Odín
nada decía, pero supo que la presencia de tanto felinillo podía poner
en peligro su permanencia en la casa. Y así fue.
Al poco de llegar, su amo se lo llevó consigo a la fábrica donde
estaba trabajando. Allí nuevamente conoció Odín las angustias de las
noches en solitario y de las guardias peligrosas, pero se halló con un
compañero de aventuras que le cayó de perlas.
Se llamaba Nano y era un perrillo más joven que él y de una especie más
indefinible todavía. No se sabía si era el resultado del cruce de un
pastor alemán con una hormiga australiana, pero el caso es que era un
ejemplar cariñoso, decidido y valiente. Nano le instruyó acerca del
trabajo que los dos tenían que realizar y cuya compensación era que,
al encontrarse la fábrica en mitad del campo, sus andanzas duraban todo
el día hasta que, al llegar la atardecida, quedaban a la guarda del
recinto.
Lo único malo de la vida en aquel sitio era la comida. No siempre el
encargado de llevársela se acordaba de sus deberes y también, muy a
menudo, a su amo se le olvidaba traerle algo de casa. Así que Odín
hubo de buscarse la vida por su cuenta.
Todas las mañanas, una vez llegados los obreros, Odín aguardaba a que
el amo apareciese, momento en el cual llamaba a Nano y se iban los dos
en busca de aventuras y de pitanza. Unos días se les daba mejor que
otros pero su menú se componía casi exclusivamente de basuras y
desperdicios. El paladar del perro se fue endureciendo y aprendió a
sobrevivir, lo cual le vendría de maravilla para su vida futura.
Muchas veces tuvieron que salir por patas ante la agresividad de los
vecinos. Otras, disputaron la comida a sus viejas enemigas, las ratas.
Él, que siendo cachorro ya combatiera con ellas, se halló ahora con
temibles ratas de campo, más grandes y feroces que aquellas que matara
cuando sus fuerzas eran mucho menores. Victorioso salía de casi todos
sus encuentros; pero alguna vez sufrió las dentelladas crueles, que le
dejaron marcas para siempre. Nano, más pequeño, sufría bastante más
y, de esta forma, en una de sus múltiples aventuras, Odín creyó un día
que se iba a quedar sin compañero por lo que acudió a su dueño,
penetrando para ello en el interior de las oficinas, lugar que le estaba
prohibido.
- ¡Odín! ¡Largo de aquí!
El perro insistió, gimiendo y ladrando, para que le hicieran caso.
- Pero, ¿qué quieres? ¿Qué te pasa?
Acudieron los que allí trabajaban con su dueño y protestaron por la
presencia del animal.
- ¡Un momento, por favor! El perro quiere algo...
Y le siguieron hasta un rincón del patio en donde, entre dos camiones,
yacía Nano, herido por feroces mordeduras. La sangre le brotaba a
raudales y la vida del animal parecía extinguirse a chorros. Odín le
lamía, queriendo reanimarle, pero había comprendido que la ayuda del
hombre era totalmente necesaria.
-¡Esto quería decir el perro! -. Exclamó su amo. - ¡Rápido, hay que
hacer algo!
Le hicieron al pobre Nano una cura de urgencia y, más tarde, le
llevaron al veterinario, que acabó de recomponerlo.
A pesar de los cuidados médicos y estando ya fuera de peligro, el
animal precisaba de reposo. Odín se encargó de atenderle y hasta de
traerle alimentos. Mientras velaba por el pobre enfermo, su cerebro iba
maquinando mil y un planes de venganza.
Y es que nadie sabía qué era lo que había ocurrido. Nadie más que
Nano y Odín. Y éstos no lo podían decir...
El día anterior, en una de sus caminatas, los dos compañeros habían
llegado a una curva de la carretera en donde tenían su asentamiento un
grupo de vendedores de chatarra y otros materiales de desecho. Junto con
ellos vivían tres desagradables perros de ásperos modales. Los
ladridos de advertencia con los que fueron recibidos los dos amigos,
pusieron en guardia a Odín pero llegaron tarde para Nano que, más
torpe, fue acometido por aquellos salvajes y destrozado hasta dejarle
por muerto. Nuestro querido perrete poco pudo hacer para defenderle, ya
que los hombres se liaron a lanzarle piedras y bastante tuvo con hacer
para evitarlas. Después arrastró al inerme animal hasta la fábrica y
pidió la necesaria ayuda.
Más de diez días pasaron antes de que Nano volviese a caminar con
cierta desenvoltura y se encontrara fuera de peligro. Entonces,
considerando Odín que su misión de enfermero había concluido, decidió
ejercer de vengador. Y se dispuso a castigar a los malvados perros.
Bien comprendía que la tarea era harto ardua para él, pero supo vencer
sus lógicos temores y acudió en su busca. Esperó para ello a una
noche oscura, en la que pudiera deslizarse hasta las cercanías del
desastrado campamento sin ser visto por los amos de los animales.
Al abrigo de las sombras, situado contra el viento y sin hacer el menor
ruido para evitar ser descubierto, alcanzó su destino y contempló a
sus enemigos. Eran tres grandes perros de deslucida capa y de horrendo
aspecto. Fuertes y acostumbrados a las peleas, Odín supo que se las
habría de ver con tres fieras que sabían matar.
El salvaje corazón, herencia de toda una casta de perros luchadores,
latía veloz en su ya ancho y fuerte pecho. Sus colmillos, relucientes y
poderosos, amenazaron en la noche.
Igual que tiempo atrás hiciera con los dóberman, el hijo de Arco
estudió su plan de campaña. Si en aquella ocasión pensó que lo
importante era asestar el primer golpe pero que no tenía por qué ser
mortal, ya que solamente se dirimía una cuestión de prestigio, su idea
de ahora era matar, al primer contacto, al más fuerte de los rivales.
Matar, sí. Y hacerlo rápidamente para no permitir que los otros se
rehicieran, ya que quería acosarlos cuando aún estuvieran
sorprendidos. ¿Y si las cosas le iban mal? ¡Bah, mejor no pensarlo!
Despacio, muy lentamente, se aproximó a su elegida víctima y, cuando
sintió que ésta se hallaba más ignorante de su presencia, rugió con
todas sus fuerzas, ladró para aterrorizarle y, aprovechando la indecisión
que apabulló al despistado perro, saltó como una flecha, recto hacia
la poderosa nuca en la que clavó, sin piedad, los dientes, desgarrando
y triturando hasta sentir que crujían los huesos de la médula, momento
en que soltó su ya muerta presa y se revolvió en contra de su segundo
enemigo.
Éste le recibió en el aire, chocando los dos cuerpos y rodando por el
suelo. El menor peso de Odín le hizo llevar la peor parte y caer
debajo. El otro le buscó afanosamente el cuello con sus afilados
colmillos. Pero, entonces, los juegos mantenidos con Athis y con Cary le
sirvieron de mucho porque, empleando sus pezuñas como si de uñas de
gato se trataran, desjarretó el vientre del perro, echándole los
intestinos fuera.
Cubierto de sangre, se levantó, contemplando a la destrozada víctima,
yacente en su terrible dolor. Hizo caso omiso de sus sufrimientos y, ya
convertido en una fiera, abandonados sus hábitos de perro dócil y
educado, se dirigió hacia su tercer y último contrincante que se había
atrincherado contra un árbol, guarnecida la espalda, mientras profería
grandes ladridos solicitando ayuda.
Temeroso de que los hombres acudieran en su socorro, le atacó rápido
y, en vez de dirigir su bocado al cuello, le enganchó una mano entre
sus terribles mandíbulas. El perro gimió, adivinando las intenciones
del vengativo Odín, pero nada pudo hacer para evitarlas. Se cerraron
los dientes y la pata fue cortada de cuajo. ¡El animal estaba inválido
para el resto de su vida!
Al ruido de la pelea, aparecieron los hombres que apenas si pudieron ver
en la oscuridad de la noche más que unas sombras que se agitaban entre
ayes y ladridos. De repente, por delante de sus sorprendidos ojos cruzó,
a la carrera, un perro color de fuego que, en la boca, sostenía algo
que no lograron distinguir: era la ensangrentada pata, que Odín llevaba
a Nano como trofeo de guerra. Los hombres prorrumpieron en alaridos de
rabia e intentaron perseguirle pero, ligero como el viento, el héroe se
perdió en la noche.
Al otro día, su amo le apreció los rasguños que había recibido en la
lucha pero no pudo ni siquiera imaginar cómo se los había hecho.
- ¡Odín! ¿Ya te has estado peleando?
- ¡Cosas de perros! -. Exclamó uno de los obreros -. Se pegan cuatro
mordiscos por cualquier cosa...
Los chatarreros no opinaban lo mismo.
Aquel fin de semana, Odín volvió con su amo a casa pero mucho se cuidó
de decirle nada a la vieja Hera. En su interior sabía que lo que había
hecho, a pesar de ser por un amigo, ella, hembra y ya muy cerca de la
vejez, jamás lo aprobaría.
Los meses pasaron y con la primavera llegó un enemigo que el valiente
perro no pudo combatir: Él y Nano fueron presas de unas feroces
garrapatas que se los comían vivos. Los inmundos parásitos se pegaban
a su brillante pelaje y les chupaban la sangre, debilitando sus
desnutridos cuerpos. En vano su dueño les trajo productos
antiparasitarios, les puso collares y les arrancó los asquerosos bichos
que dejaban profundas heridas en sus cuerpos. Las garrapatas volvían a
nacer. Los perros se rascaban y sufrían en silencio. Al fin, les
envolvieron en una densa capa de polvos blancos que por poco si les
asfixian y se vieron libres de tan desagradable plaga.
Odín se percató de que su amo volvía a estar triste y decaído, como
en tiempos pasados. Pero ahora no estaba a su lado y solamente se veían
un rato todos los días.
El perro comenzó a soñar con el instante en que volvieran al cámping;
se acordó de Canela, de los mastines y hasta del odiado guarda
forestal. Ahora, después de la atroz matanza que había realizado,
estaba deseando tener un encuentro con aquel individuo. Sabría poner
las cosas en su sitio.
Pero todavía tendría que pasar algún tiempo para ello y que ocurrir
un suceso muy desagradable...
Una noche, cuando Nano y él estaban en el patio dormitando en la
tranquilidad del silencio, oyeron unos ruidos que provenían del
interior de la fábrica. Los perros se inquietaron ya que estaban
seguros de que no se trataba de nadie conocido y, además, ignoraban por
dónde habrían podido penetrar los intrusos. Rápidamente iniciaron un
concierto de ladridos a fin de despertar al guarda de las naves, que vivía
a unos cien metros.
Viendo Odín que no acudían en su auxilio, se decidió a intervenir por
su cuenta. A una respetable altura se abría una ventana, de difícil
acceso para el perro ya que no podía trepar hasta ella. E intentar el
salto era complicado.
Nano le aconsejó que no lo hiciese, que se podía hacer daño, pero él
sentía la llamada del deber más fuerte que el temor al peligro. Y se
preparó para el salto.
El estrépito de los destrozos continuaba en el interior y ello acabó
de decidir a Odín. Impulsándose con todas sus fuerzas, brincó hacia
el muro buscando la ventana, pero no obtuvo más que un enorme costalazo
y la posterior caída.
- ¡Te vas a matar! -. Le advirtió Nano.
Tozudo como él solo, se dispuso a saltar de nuevo. Y aquella vez lo
consiguió. Limpiamente pasó a través del hueco, yendo a caer al otro
lado.
Dolorido del golpe, se levantó a duras penas buscando a los causantes
del alboroto. Y los descubrió.
Eran tres hombres que se movían por las oficinas de la fábrica,
revolviéndolo todo. El perro se dirigió contra ellos, ladrando en su
afán de espantarlos.
Alcanzó al que más cerca tenía y hundió sus dientes en la pierna. El
odio se le había desatado, porque aquellos hombres no eran otros que
los amos de los perros que aniquiló en la salvaje lucha. El sujeto
consiguió desprenderse de los feroces dientes y huyó. Y Odín tuvo que
aprender a enfrentarse con un nuevo y desconocido peligro: en la mano de
su segundo oponente vio brillar un instrumento que supuso sería un
arma. Desconocedor del peligro, pero precavido, se lanzó contra él,
tratando de evitar aquella mano y de hacer presa en la otra. Tarde
comprendió su error cuando sintió su carne lacerada por un intenso frío
que le penetró con el golpe asestado por el individuo con el extraño
objeto. Su sangre saltó, roja, y vio que estaba herido.
Aprendida en cabeza propia la lección, dirigió sus dientes hacia el
brazo armado, despreciando la garganta que se le ofrecía como blanco más
fácil y, sin piedad, cerró las mandíbulas sobre aquella mano que le
había causado el daño. Nuevamente sintió el crujido de los huesos al
ser triturados bajo sus poderosos molares. El hombre gritó de dolor y
la navaja cayó al suelo.
Los ladrones se dieron a la fuga y el perro quedó tumbado en medio de
un charco de sangre. Allí pasó dos horas, incapaz de moverse y
sintiendo que su joven vida se le escapaba por el boquete que tenía en
el pecho.
Durante aquel tiempo recordó a su amo y suspiró porque viniese pronto.
Evocó a todos sus amigos del cámping, a Hera, a todo aquello que había
rodeado sus todavía cortos años. Y debido a la enorme pérdida de
sangre, cayó en un profundo sueño del cual le despertó el lameteo de
un perro que le acariciaba, en tanto le decía:
- ¡Vamos, Odín! ¡Hay que cazar!
- ¿Quién eres? -. Preguntó.
- Soy Arco, tu padre. ¡Venga, vente conmigo!
Y los dos trotaron por el campo, seguidos de cerca por Canela y la otra
perra más joven.
- Mira. ¡Así tienes que hacer esto! -. Le enseñaba Arco.
Y él obedecía. Corrieron y corrieron. Cazaron un rico conejo que
devoraron entre los cuatro y, cuando Arco dio nuevamente la orden de
marcha, Odín se tumbó cuan largo era y, débilmente, musitó: - No
puedo. Me estoy muriendo...
De aquel sueño le despertó el amo que, abrazado a él, lloraba con
amargura. Dos hombres, vestidos de azul, estaban presentes. Uno de ellos
le acarició la cabeza y exclamó:
- ¡Bravo perro!
Odín, abrasado por la fiebre y extenuado por tanta sangre como había
perdido, pensó que ya se podía morir contento. Una vez más, y ésta a
costa de la vida, había sido un buen perro guardián.
Pero no se murió. El veterinario, que ya era gran amigo suyo, le curó.
La cuchillada había interesado al pulmón, pero el corazón y otros órganos
vitales se habían visto libres de daño alguno.
- Reposo, mucho reposo... -. Prescribió el facultativo.
Y el perro, rodeado de todos sus amos, teniendo a su lado a Hera, Athis
y demás gatas, se dedicó a comer y a dormir.
De esta forma, a principios de verano estaba tan fuerte como un roble.
Entonces el amo dijo que se iban todos al cámping y que a los señores
de la fábrica podían darles una higa, ya que ni tan siquiera habían
tenido la delicadeza de pagar las facturas del médico.
Ya no volvió a ver a Nano, aquel valiente
perrillo que había sido, por un tiempo, su compañero de aventuras.
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