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VI
LOS DEMÁS PERROS

Otoño e invierno transcurrieron rápidamente,
sin novedades dignas de mención. Athis continuó creciendo y se
convirtió en una soberbia gataza. También su hija, Cary - aquí se
rompió la racha de los nombres mitológicos -, se convirtió en una
linda mocita. Hera continuaba con su carácter gruñón y Odín se
apoltronó un poco, engordando de más por la falta de ejercicio.
Como los chicos tuvieran unas cortas vacaciones, sucedió algo
imprevisto: el amo, los niños y Odín se fueron al cámping, dejando en
la casa a todas las hembras.
- ¡Vamos solamente los machos! -. Afirmó.
Y tanto los pequeños como el perro, tontos que eran, se sintieron
orgullosos de permanecer al sexo dominante.
Claro que, a los tres días, los cuatro estaban hasta el gorro y añoraban
la compañía de las chicas, pero era preciso mantener el tipo y
aguantaron dos jornadas más, para luego volver y asegurar que se lo habían
pasado estupendamente.
Durante aquellos pocos días, Odín gozó de absoluta libertad y, en una
de sus escapadas, se acercó a buscar a Canela y a los otros perros
silvestres, pero no los encontró. Seguramente habrían viajado hacía
climas más cálidos durante los meses de frío y volverían en verano.
Ya les visitaría entonces.
Con quien sí estuvo a punto de toparse fue con el forestal.
Afortunadamente, tuvo tiempo de esconderse detrás de unos matojos y,
desde allí, contempló al odiado enemigo que, llevando atado a un pequeño
can, caminaba por la espesura. Odín comprendió que la misión del
desdichado prisionero era la misma que a él le habían querido
encomendar: ventear perros en el monte para que su dueño pudiera acabar
con ellos.
Como el sentido del viento no le traicionó, pudo esquivar el peligro y
volver junto a su amo. Mientras marchaba, en su cerebro se iba gestando
un cúmulo de feroces sentimientos hacia aquel hombre. Algún día,
cuando le pillase desprevenido...
Odín no entendía de aquella locura de querer quitar perros de en
medio. Porque todo puede tener una razón, pero en este caso la razón
se había perdido. El forestal defendía los montes a él encomendados y
la fauna que en ellos habitaba, de la predación de los cazadores
furtivos y de los animales incontrolados. Hasta aquí, cumplía con un
deber necesario y útil para la sociedad. Mas cuando a una persona no
muy equilibrada se le conceden unas facultades y un cargo en el que se
siente dichoso y capaz de poder desahogar sus instintos asesinos, se está
cometiendo un grave error. Y en este caso, el error se había
perpetrado. El tal defensor de la Naturaleza veía enemigos en todas
partes, por lo que un perro suelto, para él, era un cazador en potencia
y todo su afán, enfermizo, consistía en eliminarlo.
Poco a poco, el verano se les echó encima nuevamente y, con él, Odín
celebró su segundo cumpleaños. Ya empezaba a ser todo un perrazo que
se tomaba las cosas en serio, a pesar de que gustaba de jugar con la
joven Cary, a la que le contaba cosas del cámping, de los feroces
perros, de la crueldad de los hombres malos... En definitiva, una serie
de batallitas destinadas a producir la admiración de la joven gata que
el año anterior apenas si había salido de la caravana, ya que era
demasiado pequeña.
A primeros de Junio marchó para allí la familia, a excepción del amo
que se quedó en la ciudad, solo. Cuando se iban, le susurró a Odín,
al oído: - Cuídamelos...
Y él, todo orgulloso, se prometió que así lo haría.
En el cámping vivían muchos perros y a casi todos les conocía Odín.
A unos personalmente y a otros tan sólo por sus ladridos. Con la mayoría
se llevaba bien, porque nuestro perro no era pendenciero en absoluto.
Toda su fiereza la guardaba para cuando era totalmente necesaria. Si no,
era un pedazo de pan. Incluso aguantaba a aquellos perrillos minúsculos
que amenazaban y protestaban, poniendo el grito en el cielo cuando,
simplemente, se quería compartir con ellos un poco de su comida. ¡Serían
avariciosos! Si con su ridículo tamaño no podían consumir ni la
cuarta parte de lo que sus amos les dejaban en el plato, ¿por qué se
negaban a invitarle a un poco? Y es que, Odín, si tenía un defecto era
el de ser comilón. Había quien le llamaba "la turmix",
porque todo lo que pillaba se lo trituraba en un visto y no visto. Más
de una indigestión le costó aquella manía pero, después, con
purgarse de algunas hierbas ya estaba listo.
Con quien mantenía mejor amistad era con el viejo Moll, el actual
guardián del cámping. Se trataba de un gran pastor alemán, de unos
ocho años de edad, que hacía no mucho tiempo había recalado por allí.
En su cuerpo llevaba la feroz y ya consabida huella de un escopetazo y,
al cuello, un bruñido collar que demostraba que, hasta hacía poco, había
tenido dueño. Pero, por más esfuerzos que se hicieron, no se le pudo
localizar.
El director del cámping le curó de las crueles heridas abiertas por el
plomo y decidió quedarse con él. El perro le aceptó con sumo gusto y
allí vivía, prestándole los mismos servicios que, en su día, Arco.
Pero Moll tenía recuerdos de un pasado feliz que no podía olvidar y,
cuando nadie le miraba, sufría en silencio.
Odín charló con él en alguna ocasión y de
todo ello dedujo que cuando un perro tiene un amo desde pequeño, nunca
se le olvida. Un día le preguntó por lo del tiro y la respuesta, ya
imaginada, fue que se lo dio el guarda cuando intentaba cazar algo para
comer después de cinco días sin probar bocado. Odín sintió mucho
mayor desprecio por el forestal al saberlo... A la pregunta sobre qué
le sucedió con su dueño, Moll no quiso responder y hasta le gruñó,
como indicándole que la conversación se había terminado.
En definitiva, a Moll le respetaba y cuando éste pasaba, por las
noches, haciendo la ronda, le saludaba, contento de tener tan poderoso
amigo, asegurándole que por aquella zona del cámping no debía
preocuparse, que allí estaba él para cuidarla.
También había sido buen amigo de la joven Nela, la linda perrita cócker
de claro y rizado pelaje, cuyos amos eran los vecinos de la familia de
Odín. Junto con ella vivía otro macho de su misma raza, al que
llamaban Chuli, de color negro y bastantes malas pulgas, aunque eso a
nuestro amigo le traía sin cuidado ya que estaba seguro de que se lo
podía meter en el hueco de una muela. El Chuli no podía sufrir a Odín
ya que, en algún tiempo, hizo sus buenas migas con Hera y, desde que el
perrillo se convirtió en el macho de la casa, Chuli se había sentido
desplazado.
A propósito de esta enemistad por parte del negro cócker, surgiría
aquel verano un pequeño incidente en el que quedaría de manifiesto el
gran espíritu de unión que reinaba en el clan de Odín y en el que la
gata Athis dejaría bien alto su estandarte.
Volvía una mañana Odín de una de sus habituales caminatas por el
exterior del cámping, todo contento y feliz. La Nela y otra perrita de
sus amistades se hallaban tumbadas al sol y, al ver al tan espléndido
machito, salieron a saludarle, alegres. Odín, correspondiendo galante,
corrió a su encuentro y, sin darse cuenta, entró en los terrenos de
Chuli, en su parcela. Haciendo acopios de valor y de arrogancia, el cócker
cargó contra él, con estruendosos ladridos. La verdad es que Odín
apenas si hizo más que rechazarle con un manotazo, pero la algarabía
que se produjo asonó todo el cámping. Todos los machos ladraban,
ansiosos de intervenir en la pelea, en tanto que las hembras aplaudían
y animaban a los luchadores.
Como casi siempre pasaba en estas lides, la sangre no habría llegado al
río y, al cabo, Odín habría abandonado el terreno contrario,
cumpliendo con su obligación, aunque fuera victorioso. Pero surgió un
factor con el que nadie contaba...
Athis, la gata, se hallaba en el interior de la caravana amamantando a
sus nuevos cachorros, que habían nacido cinco días antes - ya hemos
dicho que la linda gatita era en exceso apasionada -, y vio turbada la
tranquilidad de sus deberes maternales. Alzando sus finas orejas,
distinguió los rugidos de rabia y las voces de triunfo que Odín profería.
Abandonando a sus gatitos, Athis brincó por una de las ventanas, en un
espectacular salto de unos cinco metros de longitud y cayendo desde una
altura de otros tres. Una vez en tierra, oteó en derredor y distinguió
a los dos perros disputando. Le separaba de ellos una distancia superior
a los cuatro metros, incluyendo una vertical de dos. No sabemos lo que
pensaría la gatita. Tal vez intuyó que su amigo se hallaba en
peligro... El caso es que, en un felino salto, garras posteriores por
delante, se colocó sobre los lomos de Chuli y en ellos hundió sus
afiladas uñas. Allá que se fue el pobre perro, sangrando y protestando
de tan salvaje agresión. Odín se quedó atónito y más cuando la
gata, con un bufido, le señaló el camino de regreso a su parcela, el
cual tomó sin dilación el perro. Luego, Athis, tranquilamente, tornó
junto a su camada. Y no dio explicaciones a nadie de tal conducta.
Aquel verano sería el último que Odín jugara con Nela. Un coche pondría
término a la vida de la perrita, en el invierno. A partir de entonces,
Chuli cambió mucho de carácter, haciéndose más huraño y silencioso.
Odín respetó su dolor, que también compartía.
Perro bonito y orgulloso, bien mimado y demasiado consentido, era Napoleón,
un caniche blanco que visitaba la peluquería cada pocas semanas.
Chiquitín y tímido, iba siempre acompañando a sus amos allá donde
fueran, sin hacerse notar y sin molestar a nadie. Tal vez su mismo
nombre le situaba más allá del bien y del mal del mundo de los demás
perros. A Odín le despreciaba por carecer de pedigrí, pero a Athis la
temía como al mismo diablo. Por no ser de sangre azul, nuestro joven
amigo no tenía el menor interés en alternar con tan aristocrático
ejemplar. Y pasaba de él. Tan sólo, a veces, cuando vagaba cerca de su
parcela, Odín intentaba imitar su insulso ladridillo, para hacerle
burla; pero, por más que lo ensayaba, siempre le salía un robusto gruñido.
Y es que ambos eran demasiado diferentes...
Otros perros del cámping eran Yin y Yan, pero a estos no les conocía
apenas Odín porque siempre estaban encerrados en las dependencias del
dueño. Cruces de mastín con lobo, eran - como casi todos los perros
grandes y conocedores de su poderío - nobles y dóciles. Odín les
ladraba, saludando, al pasar cerca de su vivienda y ellos le correspondían
cariñosos.
La pobre Tina sí que le daba lástima. Coja de una pata, se había
habituado a caminar sobre las tres restantes, pero siempre llegaba la última
al reparto de la pitanza y tenía que ser alimentada con especial cariño
y al margen de los demás. Un día se le infectó el muñón y la
gangrena comenzó su fatídica tarea. Tuvieron que matarla. Odín la
quería mucho y, además, fue la única que le habló de un gran perro
que se había parecido mucho a él y que, sin duda, había sido su
padre. Por primera vez, Odín asoció el nombre de Arco consigo mismo. Y
se sintió orgulloso.
La carretera cercana al cámping se había cobrado muchas víctimas de
entre los perros. Aquellos fueron los casos de Iris, León y Chica. A
todos ellos se los llevó la muerte sobre ruedas. Pensando en ello y
recordando a Nela, Odín aprendió a temer a la cinta de asfalto por la
que aparecían veloces los coches cuando menos se esperaba. Y siempre
que hubo de cruzarla, lo hizo con cien ojos.
Y, por último, Dinky, el caniche enano, pequeño como un cachorro de
gato y pizpireto como él solo. Se recorría todo el cámping de arriba
a abajo, husmeando en todos los avances, puesto que era bien recibido en
cualquier parte por su gracioso tamaño. Era un pertinaz conquistador de
corazones femeninos pero, dada su escasa talla, pocos éxitos obtenía.
Era muy amigo de Odín y, cuando algún perro grande intentaba abusar de
él, Dinky pedía la necesaria ayuda y allí aparecía el protector héroe
a poner orden. A cambio, el chiquitín le hacía partícipe de todos los
secretos que conocía gracias a su facilidad para deambular por todos
sitios.
Dinky y Odín hacían muy buenas migas.
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