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V
DE VUELTA A CASA
Por suerte para el perro, el nuevo dueño no vivía
nada lejos del cámping. Antes por el contrario, la finca donde le
llevaron estaba nada más que cruzar el río en el que acostumbraba a bañarse
con sus amitos.
Hasta allí le condujo aquel nuevo amo que, la verdad sea dicha, no se
portó nada mal con él. Se le veía que era un muy buen hombre y que
estaba dispuesto a quererle mucho. Pero no todo dependía de sus deseos,
al parecer...
La finca era una pequeña extensión agrícola, con una casa en medio de
la misma y vallada por una verja. Pertenecía a una familia que eran los
jefes del labriego. Aquella gente tan sólo venía de vez en cuando por
lo que, la mayor parte de los días, Odín se encontraría a solas con
el hombre... y con los cuatro perros dóberman que eran propiedad del
dueño.
Esto es lo que más cuesta arriba se le hizo a nuestro héroe ya que,
nada más llegar, la recepción que tuvo fue bastante desagradable,
aunque ya la pelea empezaba casi a gustarle a Odín después de la
aventura con la jauría de perros silvestres. De los cuatro dóberman,
tres eran machos y el otro una pequeña hembrita. Como en todas partes,
según empezaba a observar, había uno que se creía el mandamás y que,
rápidamente, estando todavía sujeto Odín por la correa, se abalanzó
sobre él y le intentó propinar un mordisco. Claro que no lo consiguió,
porque el hijo de Arco se revolvió y le presentó feroz batalla. El
bravucón, sorprendido de que alguien discutiera su supremacía, volvió
grupas de momento. El perjudicado fue el nuevo amo que, no habiéndose
apercibido del combate, rodó por el suelo, arrastrado por el tirón que
Odín pegó de la correa.
Aquello fue lo que interrumpió la pelea, ya que el noble perro se dio
cuenta de lo ocurrido y no quiso perseguir a su rival. Se volvió al
hombre y le lamió el rostro, como mostrándole que no había querido
hacerle daño. Así lo comprendió el hortelano que, levantándose,
maldijo del estúpido dóberman.
Los perros dormían al raso, sueltos, dentro del cercado, pero Odín no.
Él durmió con su dueño, en el interior de la casa. Y la verdad es que
no lo hizo demasiado mal, a pesar de que se acordó bastante de sus
antiguos amitos, de Hera, de Athis y, sobre todos, del amo, de su
verdadero y único amo; ya que a aquel hombre que ahora le tenía, todavía
no le consideraba como a tal.
No acababa de comprender el por qué de aquel cambio, la razón de que
le hubiesen cedido. Pensó que acaso sería circunstancialmente, por
algo que él no conocía y que nadie le había explicado. Ya le había
dicho Hera de que al amo las cosas no le iban bien, pero...
Pensando en todas estas cosas, se durmió, aunque varias veces fue
despertado por los histéricos ladridos de los demás perros, que parecían
ladrar a cualquier cosa y por cualquier motivo.
- ¡Se parecen a Hera! -. Pensó despectivo - ¡Alborotan por nada!
Él, no. Él solamente ladraba cuando veía un peligro cierto. ¡Él era
todo un perro guardián!
A la mañana siguiente, las cosas no parecieron mejorar mucho. La
animosidad de los otros perros se le demostró nada más marcharse el
nuevo amo a trabajar en la huerta. Los cuatro feroces - Odín se reía
al darles tal tratamiento - animales le rodearon, mientras le dirigían
todo tipo de insultos mezclados con gruñidos de amenaza. Según vieron
que no les hacía ni caso, su osadía fue en aumento y estrecharon el
cerco. Hasta la hembra se metía con él, pero estaba claro que ella
actuaba por puro mimetismo.
Odín continuaba tranquilamente tumbado, como sin preocuparse, pero con
todos los músculos en tensión. Sabía que tendría que luchar y estaba
planeando la mejor táctica. Si atacaba a cualquiera de los perros, los
otros se le echarían encima capitaneados por el cascarrabias. Pero si
era a éste al que le propinaba el revolcón, si le dejaba fuera de
combate al primer golpe, estaba casi convencido de que los demás ya no
volverían a atacarle.
Así lo pensó y, más rápido que su idea, en cuanto vio un resquicio
en la defensa del presuntuoso can, se lanzó sobre él, con los temibles
colmillos buscando su cuello. Cierto era que las defensas del dóberman
eran muy superiores a las suyas, pero Odín contaba con su mayor peso
que, efectivamente, doblegó al estilizado perro, derribándolo por los
suelos. Durante una fracción de segundo tuvo a su alcance la parte más
vital de su enemigo, la garganta; pero, con ánimo compasivo, desvió el
bocado, asestándolo inmisericorde sobre los lomos. El dóberman lanzó
un alarido de dolor y de miedo y se dio a la fuga.
Se volvió hacia los otros tres, como preguntándoles si proseguían la
fiesta y vio que uno de los machos estaba rebañando un ya bastante roído
hueso. El otro ladraba a una bandada de pájaros que se había posado no
muy lejos de ellos. Únicamente la hembra le presentaba cara, animosa.
Odín alzó la cola, abanicando el aire, amistoso. Si hubiera conocido
los modos de los hombres, si hubiera tenido uno de aquellos sombreros
con los que los caballeros saludaban a las damas, no hay duda de que el
bravo perro se lo hubiera quitado ante la belicosa y valiente actitud de
la perrita. Pero, como ni conocía tales costumbres ni poseía aquellos
ornamentos, se limitó a presentar el cuello a la dentellada de la
hembra. Ésta se acercó a él y, ante tal gesto, se contentó con
fingir que le mordía una oreja.
Desde aquel instante fueron muy buenos amigos y Odín se convirtió, sin
necesidad de bravuconadas, en el jefe de la ladradora pandilla.
A pesar de su predominante posición, continuaba encontrándose a
disgusto lejos de los suyos y, sobre todo por las noches, cuando hasta
sus privilegiados ojos llegaban algunas luces del cámping, soñaba con
volver al hogar. Olfateaba las brisas, ansioso; pero no le venía el
olor de su gente, solamente el de sus pertenencias. Y decidió esperar.
Mas aquella paciencia demostrada se colmó el día que llegaron de
visita los amos de la finca. Odín, que no les conocía aún, se quiso
hacer el simpático y acudió el primero a saludarles.
- ¡Quita de ahí, perro golfo! -. Le dijo el jefe, lanzándole una
patada que evitó ágilmente. No le cayó nada bien, no había duda.
Cuando el dueño examinó la herida que en su lomo todavía presentaba
el dóberman, se quejó a su empleado y señaló al asustado perrillo,
haciéndole culpable de todos los males que se le vinieron a las
mientes. Odín, por si un acaso, se procuró retirar de la circulación
y no volvió a aparecer durante todo el día.
Ya al anochecer, fue testigo de una escena que acabó con todas sus
intenciones de aclimatarse a aquella nueva casa.
Moi, el dóberman con el que había combatido, estaba siendo apaleado
por su dueño de una forma brutal y salvaje, como Odín nunca había
visto. Era cierto que, a veces, su querido amo le había puesto la
pesada mano encima cuando había llevado a cabo alguna trastada. Pero
siempre fueron un par de azotes, un par de no muy fuertes golpes,
destinados no a hacerle daño sino a enseñarle que algo no debía
repetirse. Pero el castigo que estaba presenciando estaba fuera de todos
los límites. Claro es que, sobre la mesa, el hombre tenía una botella
y Odín sabía que cuando los hombres abusan de beber de aquella cosa
rara que un día le dieron a probar y que le dio mucho asco, se vuelven
como locos.
Los palos llovían sobre el cuerpo de Moi, terribles, sin piedad y el
pobre perro no acertaba a escabullirse. Viéndose perdido, se revolvió
y lanzó un mordisco pavoroso que alcanzó al hombre en una mano. ¡Nunca
lo hubiera hecho! El monstruo de dos patas, trémulo de coraje, se
dirigió a la pared en la que tenía colgada una escopeta, la cargó rápido
y, apuntando cuidadosamente, abrió fuego sobre el infeliz Moi que,
alcanzado de lleno, rodó por el suelo. No se había apagado todavía el
estampido del arma cuando Odín, presa del pánico, había saltado, en
prodigioso brinco, las vallas de la finca y veloz, temiendo que la
locura del hombre volviese el arma en su contra, transpuso el río y
tornó al cámping.
Presuroso, se dirigió a la caravana de sus amos pero no les encontró
allí, según ya había presentido por el olfato. Como pudo, se coló a
través de las faldillas de lona y, una vez en el interior, se dispuso a
dormir sobre el querido y añorado suelo. Con amos o sin ellos, ¡aquella
era su casa! Además sabía que, tarde o temprano, volverían y allí
estaría él para recibirles.
Durante tres días vivió errante por el solitario cámping, alimentándose
de las basuras que restaban en los grandes cubos. No era precisamente un
manjar de dioses, pero tenía que comer.
El dueño del cámping le vio en dos ocasiones y, cariñoso, le atrajo
hacia él y le dio alguna comida. Hasta le llamó por un nombre que Odín
no comprendió: Arco. Pero como no pudo decirle que estaba equivocado,
le siguió la corriente. El caso era que aquel hombre sí sabía tratar
a un perro, no como la mala bestia de la finca...
Y al cuarto día, que amaneció esplendoroso como las esperanzas de Odín,
oyó a lo lejos un ruido familiar, confirmado poco más tarde por la
aparición del conocido automóvil con toda su gente dentro. Y ladró
alegre, estallando su alma de contento.
- ¡Odín! -. Escuchó gritar a los niños. Y vio al amo que le llamaba,
radiante de júbilo. Entonces tuvo un arranque de mala sombra y echó a
correr, como queriendo castigarlo por haberle dejado en poder de
aquellas torpes personas. Pero no había cubierto cincuenta metros
cuando se arrepintió y, dando media vuelta, voló a su encuentro, abrazándose
hombre y perro como uno solo.
Hera, mientras tanto, ladraba, celosa. Era la vida de siempre...
Después de cinco días todos juntos, su amo le condujo nuevamente a la
temida casa de campo y habló con el hombre al cual se lo entregase. Odín
no quiso ni arrimarse a ellos, a ver si se olvidaban de su existencia,
temiendo lo peor. Estuvo dando vueltas por la granja, seguido de la
perrita que le iba contando cosas. Al llegar a un rincón, al pie de un
gran árbol, creyó percibir un extraño olor que provenía de la tierra
húmeda.
- ¿Qué es? -. Preguntó.
- Moi. Le metieron ahí debajo -. Le respondió ella.
Y Odín se estremeció hasta lo más hondo. ¡Así que ahí se acababa
toda la prestancia y toda la bravura! Y sólo por la locura de aquel
hombre...
Aulló en homenaje a su rival, al cual había combatido con fiereza pero
sin odio.
En ese instante le llamó su amo y le dijo que debía quedarse allí. ¿Cómo
contarle lo de Moi? ¿Cómo decirle que tenía miedo de que, por
cualquier tontería, le hiciesen seguir el mismo camino que el del pobre
dóberman, inmolado por un cruel capricho? El perro estaba aterrorizado.
Al hortelano sí que le podía querer, pero solamente con pensar en las
visitas del dueño... se echaba a temblar.
Protestó a grandes voces, mas le fue inútil. El amo le acarició y,
prometiendo que pronto iría a verle, se marchó. Le habían atado para
evitar que se escapara y así le tuvieron dos días. Dos días que se le
hicieron interminables, soñando por las noches con la presencia de
aquel asesino de perros y temiendo que, con el alba, el mal sueño
pudiera convertirse en realidad.
Al tercer día, un coche apareció por el camino...
En sus ansias, quiso creer que era su amo el que venía a recogerle,
pero... ¡ah, desilusión! Del vehículo descendió el odioso ser al que
tanto temía. Odín se dio por muerto.
El hombre pasó por su lado y hasta le acarició, amable. La verdad es
que al perro le causó el mismo efecto que cuando, bañándose en el río,
se enredaba entre las hierbas que flotaban sobre el agua o se hundía en
el sucio légamo. No obstante, aparentó alegrarse ante tal caricia,
deseoso de congraciarse con el sujeto.
- ¿Qué hace este perro atado? -. Oyó que preguntaba.
El hortelano le contestó que era para evitar que se escapara, ante lo
cual el otro aseguró que no se escaparía, no...
La respuesta, y el tono en que fue pronunciada, no dejó de escamar al
perro.
Aquella tarde, un nuevo visitante hizo su aparición
en la escena. Era un individuo cuyo aspecto desagradable hizo trabajar a
la memoria de Odín, evocando sus recuerdos de cachorro. El caso es que
le conocía, pero...
Repasó toda su corta vida, todas las caras conocidas, todos los olores
y, al final, una imagen se le hizo patente, una situación en la que
Hera ladró a un hombre, en una gasolinera. Una moto y una escopeta
completaron su álbum de recuerdos: era el guarda forestal.
Gruñó, rencoroso, y su hostil recibimiento fue celebrado con grandes
risotadas por el dueño de la finca.
- No te tiene mucho aprecio, ¿eh?
- Ya se acostumbrará... -. Respondió el guarda, amenazador.
Y Odín se echó a temblar.
Por la noche, los hombres se reunieron a cenar, arrojando algunos restos
a los perros que los devoraron ansiosos. Más tarde, bebieron y se
pusieron alegres.
- Así que, ¿te llevas el perro?
- Sí. Me puede servir, educándolo a mi manera.
El hortelano quiso protestar que el perro se lo habían confiado a él,
pero la actitud de su jefe ahogó cualquier comentario.
- ¡Nada, nada! El perro se lo lleva. Aquí no nos sirve, en absoluto.
Y continuaron bebiendo. Cuanto más se emborrachaban, más miedo sentía
Odín ya que recordaba lo que le pasó a Moi. Afortunadamente, aquella
noche, a los hombres les dio dormilona y al poco rato yacían
abotargados, cada cual en su silla, dando sonoros ronquidos que a Odín
le sonaron a la mejor de las músicas. Dormidos, poco daño podrían
hacerle. Ahora se trataba de pensar rápidamente y decidirse a huir,
aprovechando tal circunstancia.
Si su amo supiera que se lo iba a llevar el forestal, seguro que se
opondría; así que, si se daba a la fuga, en nada burlaría sus deseos.
Él no abandonaba al hortelano, que fue a quien se lo confiaron. Él
huiría de un destino ignorado por el hombre al que adoraba, con lo cual
no le desobedecía. Y, decidido a escapar, estudió la mejor forma de
fugarse.
Arrancar la cadena de la pared a la que estaba sujeto sería imposible,
por lo cual tendría que aguardar la oportunidad más pequeña, cuando
le desatasen, para salir zumbando. Con este pensamiento esperó la
amanecida, resuelto a intentarlo.
En efecto, con las primeras luces, después de despertarse y charlar un
rato, los hombres se despidieron y el guarda se dirigió hacia él. Sus
primeras palabras de saludo fueron éstas:
- ¡Tú! ¡A ver si me obedeces desde hoy! ¡Aquí mando yo!
Y para que no quedaran dudas de que así era, propinó al perro una
feroz patada en las posaderas, queriendo dejar bien claro desde aquel
momento el principio de autoridad.
Otro animal menos inteligente se hubiera revuelto ante tal trato, pero
Odín hizo como que sí, como que estaba conforme, lo cual confió
plenamente al hombre, el cual le desató de la cadena y, pasándole una
cuerda por la anilla del collar, le sujetó a su recia mano. En ningún
momento el perro ofreció la menor resistencia, sino que le siguió de
buen grado y de mejor talante.
Abandonaron la finca y caminaron un rato por los campos de los
alrededores. El hombre le iba hablando, como relatando viejas historias,
pero Odín no hizo el menor esfuerzo por escucharle ni por entenderle,
solamente pendiente de encontrar la ocasión propicia para huir pero sin
delatar su intención. Así se fueron acercando al río, que ya empezaba
a venir más crecido, por lo que su nuevo amo decidió acercarse hasta
el puentecillo que lo cruzaba.
Hasta allí caminaron los dos y cuando estaban en lo más alto de la rústica
construcción, carente de defensas laterales y que subiría unos dos
metros por encima de las aguas, Odín dio un tirón salvaje con todas
las fuerzas que mil generaciones de perros libres le prestaron. Su
zambullida en las aguas no fue frenada por la correa, sino que ésta
arrastró al desprevenido hombre que se vio, de esta forma, en medio del
río y, lo que fue peor, proyectado de morros contra una de las
numerosas rocas que formaban el lecho del mismo.
Cómo conseguiría salir de allí y en qué estado no fueron cuentas
para Odín, que se entregó a veloz carrera y se introdujo en el cámping
por la puerta principal, pasando ante su amigo el director. Subió
corriendo hasta la morada de sus dueños y allí se atrincheró,
dispuesto a no volver a abandonarla. Por ello no supo que, horas más
tarde, el forestal se presentó a las puertas del recinto y, con sus
dientes partidos y los labios rotos, exigió la entrega del perro.
- ¿Qué pasa? -. Le preguntó el dueño del cámping y antiguo amo de
Arco - ¿No le bastó con matar al padre que, ahora, también quiere
acabar con el hijo?
Y le echó con cajas destempladas.
A los dos días, acuciado por el hambre, el perro salió de su escondite
y se aproximó al hombre que sabía su amigo. Éste le dio de comer y,
teniéndolo delante, telefoneó a su amo para contarle lo sucedido.
Horas más tarde, el automóvil añorado apareció y Odín, aprovechando
que la puerta
se abría para dejar paso a su amo, se introdujo en su interior,
dispuesto ya a no bajar de allí hasta no verse en casa.
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