IV


MALOS TIEMPOS

Odín no podía entenderlo, pero sí se dio cuenta de que algo no iba bien para su amo cuando notó que sus compañeros de trabajo ya no volvieron un día y que, únicamente, su dueño venía, y cada día más tarde, a darle de comer y a pasar unas horas con él. Le vio triste, cada vez más decaído... Y el pobre perro pensaba qué de malo habría hecho él para que tan enfadado estuviera. Procuraba distraerle con sus jugueteos, pero el amo no estaba de humor para ellos.
-¡Quita! ¡Quita, Odín! ¡Déjame en paz! -. Le gritó una vez.
Y él se fue al rincón más escondido, a lamentarse de sus penas.
Otro día se presentaron dos de los antiguos trabajadores, uno de ellos el que le daba de comer habitualmente, y cuando les quiso recibir alegremente, vio que le rechazaban. Aquello sí que le sorprendió.
- ¡Qué cambiante es el ser humano! -. Pensó el triste animal. Y absorto en esta, para él nueva, filosofía, se puso a un lado, dispuesto a observarles.
Estaban hablando con el amo y oyó que el tono no era muy amigable, que le decían algunas que otras palabras que Odín sabía que eran malsonantes. El amo callaba, pero lo que a Odín le dejó estupefacto fue ver como aquellos dos le daban un empujón e, incluso, uno le amenazó con el puño. Él sabía que en las cosas de los hombres no debía meterse, ¡pero aquello de que pegaran a su amo...! ¡Y ladró! ¡Vaya si ladró! Se puso delante de su dueño y, dando grandes ladridos, indicó a la pareja que se estuvieran quietos si no querían vérselas con él. ¿Es que no se acordaban del día de las ratas, de cómo las gastaba cuando se ponía furioso?
Los hombres se fueron dando voces. El amo se quedó muy triste, sentado a su mesa. Y Odín se echó junto a él, también apenado pero queriendo consolarlo.
- ¡No temas, amo! Mientras yo esté contigo nadie te pegará. ¡Faltaría más! -. Parecía decirle.
Esa tarde los dos se fueron para casa y ya no volvieron más al trabajo.
Cuando llegó al hogar, Odín se encontró con una sorpresa de lo más inesperado. La verdad es que las dos últimas veces que habían ido al cámping no les había acompañado la pequeña Athis, o Atenea como la llamaba el ama. Pero Hera no le había explicado el por qué, aunque aquello no era de extrañar ya que la perra cada día estaba más rara y hablaba menos. Debían de ser los achaques de las hembras...
El caso es que, cuando el amo le soltó la correa dentro del piso, él corrió a saludar a todo el mundo. Vio a los niños, al ama, a Hera... Pero no a Athis. Buscó por toda la casa y pensó que igual le había sucedido algo malo, como al pequeño Zeus, pero como viera que su cajoncito continuaba en su sitio, se quedó más tranquilo.
- ¿Dónde está la gata? -. Preguntó a Hera.
- Ahí -. Le señaló ésta -. Con sus gatitos.
Y debajo de un sillón, escondido de todas las miradas, Odín se encontró con un espectáculo inimaginado: Athis cubría a cinco pequeñas cositas que no hacían más que quejarse. La verdad es que apenas si tuvo tiempo de verles, porque al momento recibió un profundo arañazo en todos los hocicos.
- ¡Athis! ¡Que me has hecho daño!
La gata no le respondió, sino que le amenazó con un bufido.
Tuvieron que transcurrir un par de días antes de que Athis le permitiera acercarse a los pequeñines. Entonces procedió, como era su costumbre, a hociquear a los cachorros, siempre bajo la atenta y desconfiada mirada de la madre. Satisfecho de su labor de reconocimiento, Odín felicitó a la gata. Ésta aceptó el parabién, pero sin abandonar en ningún instante su actitud medio hostil.
La gatita había resultado demasiado precoz y a las primeras de cambio, al primer celo - que le pilló, casualmente, en el cámping -, había vivido un tierno y corto romance con un hermoso gatazo silvestre. Los resultados eran aquellos cinco mininos que venían a aumentar la población de la pequeña Arca de Noé que comenzaba a ser la familia de Odín.
Y los meses, transcurriendo, les llevaron a los inicios del verano, cuando los niños acabaron sus colegios, cosa que el perrillo apreció rápidamente por su mayor permanencia en el hogar. Tanto niño, tanto perro y tanto gato, pusieron de punta los nervios del ama que, un día, irritada, exigió: - ¡Vámonos al cámping!
Y para allí que se fueron yendo todos, en diferentes embarques. Bueno, hemos dicho todos pero habrá que puntualizar que cuatro gatitos se quedaron en algún sitio llamado Rastro. Solamente una hembrita preciosa - aun a criterio de Odín, que no tenía muy definido su ideal de belleza entre las gatas -, toda vestida de negro menos una hermosa franja blanca sobre el rostro que le dividía la cara en dos mitades muy graciosas, se quedó en la familia. De esta forma, todos se acomodaron en la que ya empezaba a ser, para tantos, pequeña caravana.
Los perros dormían en su caseta, delante de la puerta. Odín estaba orgulloso de ello, ya que se sentía el encargado de ejercer la custodia de sus seres amados. Hera sí que protestaba, porque siempre se había acostado sobre la cama de alguno de los niños, hasta el verano anterior. Verdaderamente, la perra fue quien perdió con el aumento de la tribu.
Aquel verano, como ya se ha dicho que los perros estaban atados - lo cual no evitaba que el pícaro cachorro de ya más de un año se escapara de vez en cuando para trotar por el interior del cámping,, con el consiguiente revuelo que se organizaba - se hicieron necesarios los paseos, acompañados del amo o de alguno de los muchachos, por los exteriores del cámping, paseos en los que Odín disfrutaba de lo lindo y creía reconocer el terreno que en aquel sueño había recorrido junto con el desconocido perro.
Así tuvo su primer contacto con el agua, al atravesar un río que había cercano, no el riachuelo del cámping sino otro más caudaloso y de aguas rápidas y traicioneras. La verdad es que nunca supo cómo, pero aprendió a nadar con cierta desenvoltura. Y hasta le gustaba hacerlo; al contrario que a Hera que si se metía en el agua era porque le obligaban a ello y, en cuanto podía, se iba para la orilla. Odín, no. Él se quedaba con los amitos, que nadaban de maravilla, y hasta aprendió a bucear, cosa harto difícil de conseguir que un perro haga.
Este aprendizaje tendría su importancia antes del final del verano. Pero eso ya se verá más adelante.
También conoció a los conejos, aquellos animales que en su sueño había perseguido. ¡Y buenas carreras que les dio! Porque solamente correr en pos de ellos consiguió ya que, aunque su instinto fuera bueno, sus artes de cazador eran totalmente negativas ya que no tenía la necesidad que crea el hambre, factor de vital importancia para la caza y para otras muchas actividades de la vida. Odín les pegaba cuatro carreras, acababa mucho más cansado que los conejillos y hasta se pudiera decir que éstos se lo tomaban a broma. Por cierto que aquel año y por culpa de esta confianza que los silvestres animalitos le tomaran a nuestro perro, muchos de ellos perecieron bajo las garras de otros cazadores más expertos. Y es que el hecho de que un perro no cace mucho no significa que los demás también sean torpes.
Y Odín tuvo, asimismo, ocasión de conocer a otros colegas.
Un día, paseando con el amo, que les llevaba a él y a Hera sueltos, se hallaron con los dos mastines del pastor y con éste mismo.
- ¡Buenos días! -. Saludó su dueño, amablemente.
El pastor correspondió al gesto y estuvieron un rato de charla. Hera, muy nerviosa, se refugió al lado de los hombres, evitando la compañía de los dos perros extraños. No así nuestro amigo que, curioso, también quiso hablar con ellos. Y se dio cuenta de que no eran tan fieros como les había pintado su compañera. Eran, sí, de considerable tamaño y de temible aspecto, con una alzada y unas defensas que para sí las quisiera Odín, pero le trataron muy cordiales y hasta se dijera que con un cierto respeto, lo cual no dejaba de ser raro dada su menor edad y fortaleza.
Lo que él ignoraba era que los dos perrazos guardaban todavía en sus mentes y en sus carnes buena memoria de otro perro muy similar a aquél que ahora se les presentaba y, aunque bien sabían que no se trataba del mismo, no quisieron equivocarse, por si acaso...
Los hombres se despidieron, al fin, y cada perro se fue con su correspondiente amo.
- ¿Sabéis, chicos, que hemos visto al pastor y a sus perros y que Odín se ha portado con ellos como si se tratase de caniches? -. Explicó el amo a sus hijos, más tarde.
- ¡Si es que mi Odín es muy valiente! -. Exclamó la niña, obsequiándole con una de las galletas que ella se estaba comiendo y que fue cazada al vuelo por el perrillo, todo contento porque sabía que se estaba hablando bien de él.
Claro que, a continuación, hubo que darle otra galleta a Hera, ya que ésta se empezó a mostrar celosa.
Esa noche, cuando se tumbaron a dormir en la caseta, la perra le dijo: - ¡Tú sigue haciendo tonterías con los perros grandes, que cualquier día te hacen mil pedazos! Claro que, para mí, mejor, menos competencia...
Odín se enfadó con ella al oírlo. ¡Pues vaya amiga! Y decidió que, al otro día, cuando les soltasen por la mañana para ir al campo, le iba a dar un buen susto.
Y, efectivamente... ¡Vaya si se lo dio! Nada más levantarse, el amito más pequeño les soltó, como hacía siempre, para que, a través del hueco de la valla, salieran un rato corto a hacer su avío. Normalmente no se apartaban apenas del cámping y rápidamente estaban de vuelta para pillar lo que pudieran del desayuno de los chicos. Unas veces era una galleta, otras un cacho de pan y hasta, las menos - pero ése era siempre Odín el que lo conseguía, ya que tenía más desfachatez que Hera -, alguna tostada, ya con su unte de mermelada, de las que se hallaban encima de la mesa.
Mas aquel día, cuando Hera ordenó la vuelta después de haberse desahogado a sus anchas, el perro hizo caso omiso y, emprendiendo rápida carrera, se lanzó hacia terrenos a los que sabía que ella no iba a seguirle: hacia la casa del pastor, donde vivían los mastines que le quitaban el sueño a la perra.
El terror que ésta sentía por aquellos dos machos no eran manías - como se pensaba Odín - de perra vieja, sino que estaba fundado en el recuerdo de la incursión que, dos años atrás, habían hecho los fieros animales, hambrientos, por el cámping, durante la cual habían atacado a varios perros pequeños y hasta se habían atrevido a morder a una persona. Hera, que no tenía pizca de cobarde ni de tímida - corría una gran parte de sangre de dóberman por sus venas -, tuvo que repeler la agresión de uno de aquellos locos y aunque consiguiera hacerle huir, fue a costa de un grave mordisco que le propinara el macho. Y eso que respetó en ella su condición de hembra...
Seguro, pues, de que no le seguiría, Odín tomó el camino vedado para la perra. Ésta, a pesar de todo, le secundó breve rato pero, al fin, se volvió, cavilando que los funerales por el osado jovenzuelo serían sonados. ¡Y mira que se lo había advertido! ¡Es que la juventud no tiene remedio...!
Corrió y corrió el perro, dejando atrás la cabaña del pastor, desde la que fue saludado ruidosamente por los mastines, y se adentró en un espacio desconocido en donde no había rastro de edificaciones y en el que crecían multitud de árboles, muy juntos unos de otros. El terreno estaba totalmente cubierto por una inexpugnable maleza. Si Odín hubiera tenido algunos estudios de botánica se habría dado cuenta de que estaba en medio de un bosque muy poco hollado por la planta del hombre.
Dificultado por los matorrales, tuvo que andar a paso lento y así, oteando y descubriendo cosas nuevas para sus jóvenes ojos, llegó a las orillas de un gran río, nada parecido a aquél en el que se bañaba con sus amitos. Aprovechó la ocasión para beber la fresca agua y, por primera vez, contempló aquellos raros seres que nadaban y vivían dentro del agua, a los que no pudo alcanzar por más que lo intentó.
En éstas estaba cuando, al levantar la cabeza, contempló, no muy lejos de él, a dos hembras que le observaban desde la otra orilla de la corriente. Ladró amistosamente y la más joven le contestó desdeñosa. La otra no abrió la boca. En aquel instante,
Odín descubrió la presunción del género masculino y, con el afán de deslumbrar a las dos desconocidas, se lanzó a las aguas y, utilizando la maestría que había ido adquiriendo en sus natatorios ejercicios, cruzó el río.
Durante la travesía, y para más presumir, hundió la cabeza en el agua, como le habían enseñado a hacerlo para bucear, y tuvo la agradable sorpresa de topar con un pez, al cual trincó rápido entre sus dientes y con el que emergió en la otra orilla.
Se acercó a ellas y, no se sabe por qué motivos - a Hera nunca se lo habría hecho; antes por el contrario, siempre se disputaban la comida - depositó el pececillo a los pies de la mayor de las hembras. Ella lo aceptó y comenzó a devorarlo, ayudada por la joven.
Entretanto, Odín las observaba con todo detenimiento. La jovencilla era una perrita muy simpática, más o menos de la misma edad que él, delgada, ágil y muy linda. La madre, porque Odín estuvo seguro de que de madre e hija se trataba, era una perra todavía en buena edad, de un magnífico color canela y de menor alzada que la otra.
Ninguna de las dos llevaba collar, cosa que le extrañó ya que todos los perros que hasta el momento había conocido lo tenían, y ambas se encontraban bastante flacas, como si su alimentación no fuera muy abundante.
Cuando vio que habían terminado de comer, quiso pegar la hebra con ellas y saber de sus costumbres:
- ¿Dónde vivís, quiénes sois? -. Preguntó.
La perra no le respondió y, solamente, con voz autoritaria, le ordenó: - ¡Sígueme!
Y el perro le obedeció sin vacilar. Allí se fueron los tres, correteando, persiguiéndose los dos jovenzuelos el uno a la otra, en un jugar alegre y retozón como el que en su sueño presintiera Odín. ¡Qué bien lo estaba pasando! Pero más feliz estaba Canela, puesto que de ella se trataba, al ver a sus dos hijos correr, sanos y fuertes, por la espesura.
Trotando, trotando, empezaron a subir las laderas de un pequeño monte. Allí, la perra ladró al aire, como llamando. Del fondo del bosquecillo le contestó una serie de ladridos que dejaron a Odín muy extrañado. ¿Quiénes serían aquellos perros que respondían?
No tardó demasiado en conocer la respuesta ya que, de lo más profundo de la salvaje vegetación que les rodeaba, surgieron hasta cinco animales desconocidos. Primero hicieron su aparición dos machos, de mayor tamaño que Odín y, siguiéndoles, tres hembras, una de las cuales transportaba entre sus dientes un cachorro mientras no hacía más que volver la vista atrás, hacia dónde, sin duda, habría dejado escondido el resto de su camada.
El joven perro se quedó estupefacto. ¡Así que había perros, como él, que vivían en libertad! Y le atrajo tal vida. Pero bien pronto se le borró la placentera idea cuando el macho dominante, el más fuerte, se le vino encima a toda velocidad, con unas fauces abiertas de par en par de las que brotaban aterrorizadores ladridos. Aun a sabiendas de que no tenía nada que hacer contra tal enemigo, el perrillo le plantó cara, dispuesto a combatir. Y es que la sangre de Arco marcaba profundamente el carácter de su hijo.
Pero cuando ya los dos rivales iban a chocar, cuando sus dientes estaban a punto de cerrarse sobre la tierna carne, Canela se colocó entre uno y otro y asestando un par de mordiscos al atacante, le hizo retirarse protestando miles de amenazas, entre las cuales la más benévola fue que se comería las entrañas de aquel joven macho.
La hembra se volvió a éste y le riñó: - ¡Loco! ¿Cómo vas a combatir con los que son más fuertes que tú? -. Pero en su airado tono se traslucía un deje de orgullo.
Pasado el incidente, todos los perros se mantuvieron más o menos juntos, evitando Odín acercarse demasiado a aquella feroz bestia que le había jurado tan graves males.
El sol fue ascendiendo en el horizonte y llegó un momento en que las tripas empezaron a reclamarle angustiosas. Entonces se dio cuenta de que allí no había amo que le diera de comer... ¡Aquello era la libertad! Y se quedó muy triste. Una de las hembritas de la manada, poco más jovencilla tal vez que él, se acercó a consolarlo y, llevándole donde se hallaban los pequeñines de la otra, desenterró unos restos de huesos, indicándole que podía comer. Pero Odín era todavía demasiado fino a aquellas alturas y declinó la invitación. Si bien tenía hambre, podía esperar a estar en casa. Además sabía que, en cuanto hiciera por probar la comida, el macho jefe se le echaría encima, rabioso de celos como estaba.
La perra canela le indicó con un gesto que debía marchar detrás de ella y, obediente, tras despedirse de las hembras y del joven macho - no quiso hacerlo del "malas pulgas" -, la siguió dócilmente.
La hembra emprendió una marcha rápida, abandonando el bosque y llevando a Odín por caminos conocidos, de regreso al cámping. El perro se preguntaba cómo ella sabía de aquellos parajes y su destino, pero no pudo hallar la solución. La perra no decía nada y se limitaba a caminar veloz, sin vacilar - cuando se encontraron ante las familiares vallas - en señalarle el agujero de entrada.
- ¡Pasa! -. Le ordenó.
- ¿No vienes conmigo? Tengo comida... -. Le aseguró él.
- No, Odín. Yo tengo mi sitio y tú debes tener el tuyo. Vuelve con tu amo, que es muy bueno, y sé un buen perro.
Y, sin añadir más, Canela corrió por el campo, dejando a Odín sumido en un mar de dudas. ¿Quién sería aquella perra que conocía el cámping, que sabía quién era él y que también quería al amo?
De sus ensimismamientos le sacaron los ladridos de Hera que, por una parte, avisaba a los amos de su vuelta y, por otra, le estaba echando un rapapolvo.
Aquella noche les contó a Hera y a Athis su aventura y les habló de aquella perra que había conocido. Las dos guardaron silencio, sin saber qué contestar pero, al rato, la gata le dijo: - Lo cierto es que te defendió igual que yo defiendo a mis gatitos...
Y Hera asintió. Odín se quedó muy pensativo...
Pocos días después, los amos prepararon su vuelta a Madrid pero, antes, el perro escuchó que hablaban acerca de él. No se enteró bien de lo que decían mas, aquella tarde, el amo vino con un hombre y, atándole con la cadena de paseo, se la entregó al otro. Después, sin volverse a mirarle, se despidió. A Odín le pareció que su dueño lloraba, pero no tuvo mucho tiempo de darse cuenta porque aquel individuo tiró de él hasta hacerle caminar y se le llevó consigo. No le valieron las protestas ya que el hombre, apretando el paso, le sacó del cámping. Odín comprendió que acababa de cambiar de amo.


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