III


¡A TRABAJAR!


Para las Navidades de aquel año, el amo se presentó en casa con una preciosa gatita con, apenas, quince días de vida. Su capa era de color ceniza y blanco y la llamaron Atenea, siguiendo la mitológica costumbre de los nombres, aunque todos la decían Athis para hacerlo más breve.
La gatita también era hija del cámping y se la habían regalado unos amigos que encontraron a la madre muerta y a cinco pequeños gatitos, hambrientos y ateridos de frío.
Odín, ya todo un perro de siete meses, observó al pequeño ser que emitía unos lamentos diferentes a todo lo que él recordaba. Le lamió, para ver a qué sabía y algo le dijo que aquello no era un compañero. Además, ¡era tan pequeño.. !
La vieja Hera, por su parte, también acudió a cerciorarse de la identidad del nuevo intruso y gruñó. ¡Era otro Zeus! Refunfuñando, dio media vuelta y se fue a acostar en su sillón.
-¡Pero tú estás loco! ¡Me vas a llenar la casa de bichos.. ! - fue el comentario del ama antes de llenar el viejo biberón de Odín con leche templada e introducirlo, difícilmente, en la pequeña boca de la gatita.
Athis fue creciendo y comenzó a jugar con Odín, pero éste vio, con sorpresa, que la forma de atacar de aquella pequeña compañera era bien diferente a la que él empleaba. No usaba los dientes para morder, sino unas afiladas garras, como alfileres, que le salían de las patas y que luego ocultaba para acariciarle, no sin cierto mosqueo por parte del perro, que tan pronto veía unas suaves almohadillas como aquellas puntiagudas uñas.
Horas enteras pasó Odín contemplándose las propias pezuñas, duras, capaces de asestar un demoledor golpe, pero en las que no aparecían para nada aquellos pinchos que poseía Athis.
Mas su mayor sorpresa se la llevó una tarde en que, jugando, gruñó y ladró a la gatita y ésta le respondió con un profundo maullido.
- Pero, ¿qué es esto? ¡Vaya forma de ladrar que tiene esta perra! -. Se dijo el atolondrado jovenzuelo.
- ¡Quita! ¡Si no es una perra! ¡Si es una gata! -. Le informó Hera. Y así, Odín, supo que Athis no era ni sería nunca como él. Y le dio un lengüetazo.
Como viera que Athis tenía un cajoncito para hacer sus caquitas y sus pises y que nunca la bajaban a la calle, Odín se dijo a sí mismo que era muy incómodo aquello de salir, sobre todo cuando llovía, y comenzó a frecuentar el cajón de la gata. El resultado fue una soberana paliza por parte del ama: - ¡Guarro! ¡Tú tienes que hacerlo en la calle!
El perro se quedó perplejo. Mientras, Hera se carcajeaba a lo perruno de él.
¡Pobre Odín! ¡Tenía que aprender tantas cosas! ¡Y bien pronto que le dispusieron para ello!
Una mañana, el amo le puso la correa y le bajó a la calle pero, en vez de como otros días, no le estuvo paseando sino que se dirigió directamente hacia su coche.
A Odín no le hacían mucha gracia aquellos viajes porque casi siempre acababan en la aguja del veterinario, instrumento que le causaba verdadero pánico. Pero la voz de su dueño no se hizo de rogar: - ¡Adentro!
Y tuvo que saltar al mullido asiento en donde, en lugar de tumbarse para ir más cómodo, se puso de pie, como era su costumbre, para mejor ver el camino.
Así pudo darse cuenta de que no se encaminaban a la clínica del odiado pinchador, sino a un sitio desconocido. El coche se metió en una especie de túnel y de allí salieron los dos, andando por una calle nueva para él. ¡Poco orgulloso que caminaba, a la vera de su amo, ante aquellas gentes desconocidas!
Llegaron a la puerta de una casa o de algo que a Odín le pareció extraño. Y allí sí que vaciló. Toda su pujanza se vino abajo y, metiendo el rabo entre las patas, pegó el trasero al suelo, negándose a avanzar.
-¡Vamos, Odín!
Pero, cabezota, siguió en sus trece. Claro que de poco le sirvió ya que su amo, cuando se enfadaba, sacaba una fuerza de mil demonios y, al notar el tirón brusco de la correa, Odín entendió que era mejor entrar que perecer asfixiado por la cadena. Y obedeció.
Ya en el interior, se vio rodeado de gente que acudía a saludarle y hacerle gracias. ¡Qué tonto había sido! ¡Si le habían llevado a un sitio para que todos le hiciesen carantoñas.. ! Después, se tumbó a los pies de una mesa donde su amo pasó toda la mañana. Y se quedó dormido.
Llegó el mediodía y le trajeron de comer. ¡Qué bien! Pero de repente se dio cuenta de que el amo y los demás se iban, dejándole solo y cerrando la puerta. Aquello ya no le gustó tanto e hizo por seguirles, aullando de pena. De nada le sirvió.
- ¡Ahí, Odín! ¡Guarda!
Nunca había oído a su amo tan serio. Algo debía de ocurrir. Algo malo habría hecho. Así que agachó las orejas y se tumbó ante la puerta de cristal, viendo cómo se alejaban y observando, curioso, pasar la gente y los coches. ¿En qué habría enfadado a su dueño para que le castigara de aquella manera? Este pensamiento corría una vez y otra por su cabeza, pero no daba con la respuesta.
No había pasado demasiado tiempo cuando sintió que todos volvían. ¡Ah! ¡Se había asustado en vano! Habrían ido a hacer algo y por eso le dejaron allí... De nuevo se estiró delante de la mesa de su dueño y se quedó tranquilo.
Lo verdaderamente malo vino cuando, al término de la tarde, vio que le sacaban a un gran patio que allí había, con un enorme montón de arena por el suelo. Corrió a sus anchas e, incluso, evacuó todo lo que tenía dentro. Pero cuando volvió, se encontró solo, con las luces apagadas y, eso sí, con un buen cacharro lleno de agua a su disposición.
Odín comprendió que iban a pasar horas antes de que volviera a ver a nadie. Y así fue. Sin enterarse, por imperativos de la vida en el piso y merced a que ya iba siendo mayor, había empezado a trabajar como perro guardián. A su atención tenía un gran local por el que podía correr cuanto quisiera y el enorme patio para pasearse y hacer lo que le viniera en gana. Pero estaba solo. Solo y de noche...
Y se sintió triste. Del fondo de su corazoncito, todavía de cachorro, brotó un lamento de desamparo, de miedo y de pena. Y así estuvo toda la noche, aúlla que te aúlla, hasta que llegó la mañana y con ella volvieron los hombres. Odín saltó de alegría, sobre todo cuando vio otra vez a su amo, al cual lameteó con ansia.
- ¡No me vuelvas a dejar solo aquí! -. Parecía decirle. Pero, mientras le acariciaba, oyó que le decía: - ¿Has sido valiente, Odín? ¿Has cazado muchas ratas?
El pobre perrillo comprendió que durante mucho tiempo seguiría trabajando.
Durante meses y meses permaneció ejerciendo el oficio que poco a poco le fueron enseñando, con los únicos paréntesis de que, cada varias noches, su dueño se le llevaba a casa, donde volvía a encontrarse con toda la familia, incluidas Hera y la pequeña Athis que ya empezaba a crecer y a convertirse en una espléndida gata. Algunas veces le llevaron al cámping, donde tan bien lo pasaba, pero ya entonces le ataron, junto a Hera, en una caseta que les habían construido. La razón era que se había convertido en demasiado grande para andar suelto, porque la gente se asustaba.
En cuanto a sus tareas en el local, le fueron bien enseñadas por el amo. Cuando todos se iban, tenía que cuidarse de que nadie forzara las puertas para entrar. Hera le aconsejó que ladrase a toda pastilla, como ella solía hacer, para espantar a los posibles ladrones. Pero Odín adoptó su propio sistema. El que le dictaba la herencia que corría por su sangre.
Una noche, cuando más tranquilo estaba durmiendo en el sillón sobre el que le habían prohibido tumbarse, oyó ruidos en la puerta y abrió los ojos. Vio que todavía no había amanecido y que, por tanto, no eran sus compañeros de trabajo los que venían. Ni corto ni perezoso, se bajó del cómodo lecho y, protegido por la oscuridad absoluta que reinaba en el local, se dispuso a observar.
Dos individuos estaban ante las grandes puertas de hierro y manipulaban en ellas. Odín venteó a sus anchas y le fueron totalmente ajenos, por lo cual se puso inmediatamente alerta.
Ciertamente que tenía miedo, inquietud, pero era más a lo desconocido, a la novedad del combate que se disponía a afrontar por vez primera, que al riesgo de que le pudiera ocurrir cualquier cosa. Se sentía alegre y a la vez triste, no sabía por qué. Pero dominando todos estos temores, se pegó al suelo y, arrastrando la tripa sobre las frías baldosas, se fue acercando a la puerta.
Los dos hombres estaban consiguiendo abrir ya los cierres. Odín les observó. No le gustaban nada. Y decidió atacar.
De un salto se plantó delante de ellos, separados tan sólo el uno de los otros por las frágiles cristaleras y las medio dobladas tiras de metal. Y entonces ladró, con una sola voz profunda, amenazante, que heló el ánimo de los ladrones. No actuó como lo habría hecho Hera ni otros tantos perros a los que había visto ladriquear amenazadores pero sin decidirse a estirar los dientes. Odín abrió sus ya poderosas mandíbulas y los intrusos pudieron observar dos hileras de afiladas piezas, dispuestas a triturar lo que se les pusiera por delante. Los hombres huyeron como alma que lleva el diablo.
A la mañana, cuando sus amigos llegaron, todo fueron parabienes. Y el amo le abrazó y le dio un beso entre las orejas, la caricia que al perro más le agradaba. Él, en vez de echarse a sus pies, como hacía siempre, se irguió en toda su planta, orgulloso de su hazaña. ¡Ya era todo un perro guardián!
Cuando aquel sábado se lo contó a Hera, la vieja perra gruñó: - ¡Bah, tonterías!
Pero el perrete sabía que también ella estaba complacida.
Lo de las ratas fue más duro. Y ahí sí que corrió peligro y por primera vez sintió el olor de la sangre, la suya y la de sus feroces enemigas. Ya se lo había advertido el amo, pero él no lo tomó en serio. Aquella noche tuvo ocasión de recordarlo y hubo de aprender a marchas forzadas.
Cuando, después de un rato rondando por las puertas y el patio, se dirigía a donde estaba su comida, escuchó unos ruidos y olfateó la presencia de unos animales desconocidos. Se fijó bien, con atención, y vio dos pares de ojos que brillaban en las sombras, como les ocurría a los de Athis, la gatita. Pero no le venía el olor a felino... Ladró y, en respuesta, le llegaron una especie de chillidos furiosos.
- ¿Qué harán y quiénes son esas cosas? - Se preguntó.
Y se acercó más, hasta que pudo darse cuenta de que dos bichos de color gris se estaban zampando tranquilamente su condumio.
- ¡Ah, eso no! - Protestó. Y, resuelto, sin más historias, cargó contra ellos.
Estaba dispuesto a ser recibido con uñas, como cuando jugaba con su amiga Athis, pero su sorpresa fue grande cuando uno de aquellos animales se le echó sobre el lomo con ánimo de morderle. ¡Y vaya si le mordió! Sintió dolor, asco y rabia y, lo verdaderamente fatal para sus enemigas, notó cómo le brotaba sangre de la herida. ¡Aquello no era un juego! ¡Aquello iba muy en serio! Y, por fortuna, con esta idea bien grabada en el cerebro, acertó a protegerse los ojos con una mano, recibiendo en ella la dentellada destinada a dejarle ciego. Aún con el miembro dolorido, asestó la pezuña sobre el escurridizo cuerpo, con tanta fuerza que le despanzurró. La rata chilló frenética y quiso escaparse. Pugnó por desasirse pero tan sólo fue para caer bajo los afilados colmillos del perro, que se cerraron sobre su cabeza una sola vez. No hacía más falta. Brincando sobre el cadáver, se dirigió hacia la que le había rasgado el lomo y la acorraló en un rincón. Gritos histéricos, amenazas del ruin animal, pero todo le fue inútil. Odín aguardó pacientemente hasta que, viendo un resquicio en la guardia que se le ofrecía, alargó el cuello, mordió... Y allí paz y después gloria.
Una vez muertas las dos ratas, las contempló y aunque sentía ganas de agitarlas, de destrozarlas a mordiscos, no se acercó más a ellas. Le daban demasiado asco.
Horas más tarde, el amo le llevó al veterinario. Aquel día, Odín, sí que agradeció las curas que se le hicieron, ya que una de las heridas le molestaba bastante.
- ¿Y se enfrentó a dos ratas y las mató? -. Preguntó el médico.
- ¡Sí, señor! -. Su amo estaba todo orgulloso. - ¡Y que eran tan grandes como gatos!
El no entendía bien lo que decían, pero supo que le estaban alabando.
- ¿Ves, Odín, como no son tan malas las inyecciones que te ponemos? ¡Menos mal que estabas recién vacunado contra la rabia! El veterinario le acarició. Y, por primera vez, el perro le lamió la mano.
Aparte del valor demostrado y de la pericia en la lucha que había adquirido, había probado la alegría de la victoria, el sabor de la propia sangre y el olor característico de la muerte. Aquello sería muy importante para él en sus futuras andanzas.
Esa noche, cuando se durmió en la casa tras recibir todos los cariños de sus pequeños amos, que tanto le gustaban, y de relatar a Hera y a Athis sus aventuras, Odín soñó, sin duda bajo el influjo de los calmantes que el doctor le había inyectado.
En sus sueños se vio corriendo por los campos cercanos al cámping, acompañando a otro perro más grande que él pero muy semejante, el cual le enseñaba muchas cosas, indicándole dónde se escondían ciertos bichos, cómo se les cazaba y cuán buena era su carne. Después se acercaban a beber en el arroyo y se tumbaban a descansar. Aquel perro le hablaba de cosas que Odín no entendía, de perros antiguos que se habían enfrentado a los lobos, que habían seguido a los hombres en sus viajes y les sirvieron fielmente.
Al despertarse Hera, se lo contó todo, pero la vieja perra refunfuñó como siempre, asegurándole que no eran más que tonterías; que, cerca del cámping, los únicos perros que vivían sueltos eran los mastines del pastor y que a aquellos mejor era que no se les acercase si no quería que le hiciesen mil pedazos. Odín se quedó pensativo y se dijo:
- Me gustaría conocer a esos mastines...
Pronto tendría ocasión de verse con ellos...


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