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II
EL CACHORRO
Canela había ido mejorando de las crueles
heridas que el plomo le abriera en su cuerpo, pero la pobre perra quedó
demasiado débil después del parto. Contemplando a sus dos cachorros,
se sintió incapaz de criar a ambos con las suficientes garantías de
supervivencia. Sobre todo al pequeño macho, que parecía el más
delicado. La hembrita, más lista, fue engordando, chupando de sus
flojas tetas. Pero al perrillo cada día le hallaba más canijo.
- Se morirá, seguro...
Y a punto estuvo de abandonarlo para concentrar todo su interés en la
crianza de la cachorrilla, pero su maternal instinto se rebeló contra
aquella idea. Esperaría y, si ella misma mejoraba de sus heridas, se
ocuparía de buscarle alimento.
El estío se echaba encima y la mayoría de los veraneantes empezaba a
ocupar sus viviendas del cámping de forma permanente. Ya los niños
volvían y, aunque notaron la falta de Arco, pronto encontraron otros
muchos motivos de diversión que atraían sus atenciones. El recuerdo
del perro se fue perdiendo y, mediando el mes de Junio, ya nadie hablaba
de él. El generoso ser humano hacía, una vez más, gala de su gratitud
y cariño hacia su mejor amigo... Canela, al sentir que la actividad se
multiplicaba en el campamento, acudió a sus cercanías, sabedora de que
donde hay hombres suele haber comida y mucha se desperdicia inútilmente.
Hasta allí arrastró a sus dos cachorros y depositándoles al buen
refugio de unas jaras, a orillas del arroyuelo que corre a lo largo de
la valla del recinto, se dedicó a husmear en el fondo del barranco en
busca de toda clase de desperdicios y restos que el hombre pudiera
arrojar. La hembrita ya caminaba torpemente, pero el pobre perrín ni se
sostenía sobre sus patas, de lo débil que estaba.
Apenas si ya chupaba de las cada vez más escuálidas mamas. Era
solamente una bola de pelo, color fuego, siempre encogido sobre sí
mismo y casi sin abrir los ojos. Canela intuía próximo su final pero,
tal vez por eso mismo, no le abandonaba.
Amaneció una mañana radiante en que la perra se despertó sobresaltada
por los ruidos que, provenientes de arriba de la barranca, se oían.
Curiosa, ascendió por la ladera para averiguar el origen de todo aquel
bullanguero alboroto.
Asomó los hocicos y descubrió que los humanos estaban de fiesta. Los
niños iban y venían, saltaban y brincaban, incomprensiblemente para
Canela. Pero todo aquello le hizo imaginar que aquel día habría más
restos de comida que de costumbre. Y se relamió de gusto...
Dejando a cubierto sus cachorros, corrió en busca del agujero que una
vez le enseñara Arco y por el cual se penetraba al interior del cámping.
Sigilosamente - ya había aprendido cómo las gastaban los hombres - se
acercó a las casitas sobre ruedas y olisqueó en su derredor.
¡Comida! ¡Carne para sus hijos! Y, con más precauciones todavía, se
deslizó dentro de una de aquellas extrañas casas. Ante sus ojos
apareció la roja carne, tentadora y apetitosa.
Más tardaría el viento en pasar por entre las copas de los árboles en
día de huracán que lo que tardó Canela en atrapar entre sus fauces la
mayor cantidad que pudo de aquellas costillas - preparadas, sin duda,
para la fiesta - y en salir zumbando.
Evitando cualquier encuentro, volvió hacia el hueco de la verja y
descendió por la cortadura, atravesando el riachuelo. Corrió hacia
donde había dejado a sus pequeños y allí, oculta entre la maleza,
descubrió a la perrilla. Buscó al cachorro y no le halló. Un fuerte
aullido de rabia y de dolor brotó de su corazón. ¡No estaba!
Presurosa, dejó la comida al alcance de la perrita y olfateó por todos
los alrededores, intentando descubrir la pista de su hijo perdido.
Prestamente halló, mezclado con el de una perra desconocida, el
inconfundible olor del cachorro. Ladró con ansias de venganza y corrió
tras de la huella encontrada.
Se acercaba nuevamente al cámping, pero por otro camino, cuando vio que
el aborrecible objeto de sus iras, la ladrona de su hijo, iba
entraillada a la mano de una niña que, en sus brazos, transportaba al
pequeño perro.
Se detuvo para medir el salto. ¡Ah, si su Arco se hallara a su lado, qué
pronto hubiera dado cuenta de aquellos dos seres! Pero el bravo y
valiente perro no volvería nunca, ni para defender a su camada ni para
consolarla en sus cuitas.
Mientras esto cavilaba, Canela observó a la criatura que había tomado
a su cachorro. Era una niña de largos cabellos rubios y de lindos ojos
azules que, cariñosamente, acariciaba al gozquecillo, dándole,
incluso, besos, mientras susurraba palabras en los adormilados oídos.
La madre quedó quieta. Estaba extrañada de la conducta que se adoptaba
para con su hijo. Ella supuso que le hallaría muerto, sangrante,
destrozado entre los colmillos de la otra perra o atormentado por los
seres humanos, que ya le habían demostrado su crueldad cuando
dispararon contra ella y contra Arco. Pero, hete aquí que el
cachorrillo estaba siendo tratado con tanto amor y esmero como el que
ella misma le dedicaba. Y decidió aguardar, curiosa.
Ya la niña, junto con la cautiva perra, había traspasado las verjas
por un hueco para Canela desconocido, llevando protegido amorosamente al
pequeño y se dirigía hacia una de las caravanas. A su encuentro salió
otro ser, más menudo, que también acarició al chiquitín. Entre ambos
le hicieron arrumacos que conmovieron el sensible corazón de Canela.
Del interior de aquella extraña vivienda surgió un hombre. Canela echó
los dientes hacia delante. ¡Allí estaba el malvado asesino causante de
todas sus desgracias! O, al menos, uno de su misma especie... Cruzó la
valla dispuesta a luchar pero, para su mayúscula sorpresa, también el
hombre acarició a su hijo y, es más, lo tomó entre sus brazos, rascándole
entre medias de las orejas. Canela pudo escuchar el ronroneo de gusto
del cachorro, que se acurrucó contra el pecho que se le ofrecía y se
quedó tan tranquilo.
Sumida en un mar de confusiones, decidió esperar. Vería qué pasaba
con su pequeño y, además, siempre tendría ocasión de rescatarlo si
observaba que le iban a hacer daño.
La hembra del humano salió al oír los gritos de alborozo y Canela pudo
ver cómo ella, madre también, pasaba sus delicadas manos por entre la
peluda bola palpitante y escuchó que decía unas palabras. Acto
seguido, en un ancho recipiente vertió una pequeña cantidad de leche -
eso le pareció a Canela - y se la ofreció al perrito, ya colocado en
el suelo.
La perra se avergonzó en su instinto maternal cuando vio que su hijo
era incapaz de dar un paso hacia el alimento. Entonces, la mujer le tomó
en su regazo y, empapando un pedazo de tela en el blanco líquido, se lo
acercó a la boca. El cachorro comenzó a chupar, golosamente, poco a
poco...
Instintivamente, sin apenas darse cuenta, Canela se había ido acercando
sin tomar ningún tipo de precauciones, para ver más y mejor. Tanto se
acercó que la otra perra la descubrió con su fino olfato e,
inmediatamente, ladró agresiva. El hombre, al oírla, miró en la
dirección correcta y descubrió a la sorprendida madre.
Algo dijo a sus hijos y, después, dirigiéndose a ella, le hizo señas
y gestos de que se acercara. Pero aquello era demasiado para Canela,
quien, rápidamente, huyó de allí. A la carrera, volvió junto a su
ahora única hija y, felizmente, la vio en el mismo lugar donde la
dejara. La perrilla estaba devorando, tan contenta, la carne que le había
llevado. Canela se tumbó a su lado y meditó. Tal vez su cachorro estaría
mejor con aquellos hombres... No en vano su padre había nacido y vivido
entre personas; no como ella que solamente había conocido al tosco
pastor, el cual jamás le mostró el menor aprecio. En cambio, Arco
siempre había sentido gran cariño por su amo. Buena prueba de ello era
el haber querido ir a morir junto a él...
Cavilando de esta forma, la perra consumió gran parte de la pitanza
conseguida y, después, se dedicó a descansar. Mañana vería. No había
por qué preocuparse tanto...
Lo que no supo Canela - aunque sí escuchara el griterío que más tarde
se organizó - fue que, en su afán de alimentar a sus crías, había
dejado sin cenar a una familia. Pero éstas son cosas que suceden a
menudo, sobre todo cuando se deja un apetitoso manjar a la vista y
olfato de posibles predadores hambrientos...
La familia recogió al cachorro, de mil amores, y le pusieron por nombre
Odín. No sorprenderá tan mitológico llamamiento sabiendo que a la
perra la apelaban Hera y a un pequeño gato, al cual también criaban
con biberón, Zeus.
Hera, la perra que le había hallado, fue la única que no recibió muy
cariñosamente a Odín, lo mismo que tampoco a Zeus le guardaba mucha
simpatía. Pero seguro que todo era una cuestión de celos al ver que el
cariño de sus amos, que hasta aquel verano había sido solamente suyo,
se hallaba ahora compartido por aquellos dos pequeños animalillos. En
el fondo, Hera, también les quería...
Zeus convivió con el perrito poco tiempo ya que, desgraciadamente, tuvo
un mal tropiezo, a consecuencia del cual murió. Así, Odín quedó solo
en sus juegos con la vieja Hera, debajo de la cual pasaba una y otra
vez, tal vez buscando las tetas de su madre. Y poco a poco, la perra -
que nunca había parido - le llegó a considerar su cachorro y le sufría
cuando el juguetón perrillo le tiraba mordiscos a los cuales correspondía
ella, enseñándole para un futuro cómo debía dirigirlos. De esta
forma empezó a crecer Odín.
Todas las mañanas, Canela se acercaba a verle, aunque fuera de lejos,
ya que no se fiaba en absoluto de la vieja perra y, lentamente, en su
corazón se fue convenciendo de que lo mejor que le podía haber
ocurrido a su hijo era aquello. Vio cómo el hombre le cuidaba, atendía
a sus necesidades y cómo los niños jugaban con él. Incluso una tarde
que, otra vez, sintió que los humanos volvían a hacer fiesta, pudo ver
cómo ponían a su hijo en medio de todas las personas del cámping y le
festejaban. Al principio tuvo miedo por él pero, más tarde, se sintió
orgullosa de que su pequeño cachorro fuera alzado en hombros y
aplaudido, mientras todos los niños le besaban.
Canela no podía saber que Odín había sido nominado mejor campista del
año, por lo cual le ciñeron al cuello un hermoso lazo azul.
Los meses transcurrieron y, con ellos, el verano llegó a sus finales.
Una tarde, cuando Canela estaba lejos, vagando con su hija que ya
empezaba a ser una hembrita avispada como su madre, Odín montó en el
automóvil de la familia y le llevaron a Madrid. Ya para aquel entonces
empezaba a ser un hermoso perro de pelaje rojizo fuego, en el que se
adivinaban la potencia y pujanza heredadas de su padre. Cuando el dueño
del cámping le vio, no pudo por menos que decir: - Me parece que éste
es hijo de Arco...
En el camino pararon a repostar en la gasolinera cercana y Odín - que
iba medio aterrorizado ya que era su primer viaje en coche - tuvo una
reacción muy extraña: el joven perro, que hasta aquel momento nunca
había ladrado a nadie ni a nadie nunca intentara acometer, ladró a un
hombre e, incluso, sintió un impulso irresistible de salir del coche
para agredirle. Hera le contuvo con un gruñido.
Se trataba de un individuo que hablaba con el empleado de la gasolinera
mientras llenaba el depósito de una vieja moto. Apoyada contra la
columna del surtidor había dejado una escopeta.
El hombre se volvió a mirar al cachorro y, con desprecio, dijo: - ¡Asco
de perros! ¡Siempre están lo mismo.. !
Vestía una especie de uniforme, ya raído.
Uno de los niños preguntó a su padre: - Papá, ¿quién es ese tipo?
- Un guarda forestal... ¡Y un grosero! - añadió en voz más alta para
que el hombre le escuchase. Como aquél se volviese, el padre chascó
con los dientes y dijo: - Hera, bonita...
La perra enseñó los temibles colmillos y ladró. El guarda optó por
callarse.
En la pequeña mente de Odín quedó grabada la imagen de aquel hombre.
Y sus débiles dientes, todavía de leche, rechinaron. Hera, más sabia,
le ordenó silencio rozándole el hocico con una de sus patas.
Los primeros días del perro en el piso madrileño no fueron muy
agradables. Acostumbrado a estar suelto por todo el cámping, ahora se
hallaba prisionero entre aquellas cuatro paredes. El ama, tan cariñosa
hasta entonces, le reñía muy a menudo cuando, todavía a cuatro patas,
como una perrita, le mojaba todo el suelo. Junto con Hera, le bajaban a
la calle, con el collar recién estrenado y sujeto por la correa, indicándole
que allí era dónde tenía que hacer sus cosas. Pero Odín gustaba más
de hacerlas en la casa. Y no aprendió, a pesar de los buenos azotes que
le propinaron por culpa de aquella manía. Además, empezó a cambiar el
pelaje y tanto las alfombras como los sillones quedaban perdiditos
cuando se subía en ellos. Pero, pese a todo, era feliz.
Por las noches se acurrucaba a los pies de su amo, aquel hombre que le
había recogido y, entonces, medio dormido, soñaba. Soñaba historias
en las que siempre corría por los campos abiertos, persiguiendo
animalillos que brincaban.
Y a todo esto, crecía y crecía. Tanto, que un día se dio cuenta de
que ya estaba tan alto como Hera. Aquella mañana, cuando le bajaron a
la calle, en vez de imitar a la perra, se acercó a un árbol y, alzando
una pata, indicó a los demás perros que allí había estado él, Odín,
el hijo de Arco.
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