|
I
A R C O
El día había amanecido soleado, a pesar de que
el frío viento anunciaba el final del otoño. Ya, apenas si algunos pájaros
trinaban desde las medio desnudas ramas de los árboles y las hojas
secas, caídas y yertas, simulaban una espectral alfombra, recuerdo del
ayer florido de la primavera. Las gentes se habían ido volviendo a la
ciudad y, día a día, Arco, se fue quedando solo con su aburrimiento.
Ya no bajaban los niños, sus amigos, a verle, a jugar con él, a
tirarle de sus grandes orejotas e intentar subir sobre su lomo ancho y
reluciente. No siempre eran de su agrado aquellas bromas que le gastaban
los pequeños cachorros del hombre, pero Arco era paciente con ellos,
tranquilo y, a pesar de que sus jóvenes años le hacían, a menudo,
sacar a relucir los afilados colmillos, mostrándolos al aire con un gruñido
de aviso, al cabo se dejaba acariciar nuevamente y volvía a soportar
las bromas de sus amiguitos.
Echado en el suelo, dormitando, entreabrió un ojo, uno de aquellos
grandes ojazos de color pardo que siempre estaban vigilantes. No vio a
nadie. Alzó levemente los hocicos, venteó la brisa y, allá, en el
fondo de su cerebro despertaron las imágenes que el instinto y el
recuerdo de anteriores correrías atesoraban.
- Conejo... -. Olfateó. Y, desperezando lentamente su grande corpachón,
se incorporó despacio.
Con un lento trotecillo enfiló la salida del cámping, azotando con el
rabo las piernas del amo al pasar por su lado.
- ¿Dónde vas, Arco? -. Le preguntó el hombre. El perro volvió la
cabeza, le miró con una indefinible expresión y lanzó un raro sonido,
mezcla de ladrido y ronroneo. Era como si pidiera permiso para marchar
en busca de aventuras.
- Anda, anda, ve y corre. ¡Pero no hagas ninguna de las tuyas!
Arco agitó alegremente el rabo. Había entendido perfectamente la
advertencia del amo. No haría nada malo... Salvo intentar hundir sus
poderosos dientes en la tierna carne del animalillo que había venteado.
La boca se le hizo agua de pensarlo.
Y es que Arco provenía de una raza de perros cazadores, canes que habían
buscado su alimento desde tiempos inmemoriales sobre el mismo campo, no
sujetos al hombre ni a las ataduras que éste les impone. No obstante,
desde hacía varias generaciones, sus ancestros se habían aliado a
aquellos amos que, unas veces cariñosos y otras no tanto, domesticaron
sus fieros modales, proporcionándoles alimento y calor a cambio de su
labor de vigilancia.
Con ligero caminar subió por la cuestecilla, ajeno a todo lo que no
fuera localizar de nuevo la presencia del campestre roedor. Dos o tres
veces se detuvo para dejar marca fehaciente de que aquél era su
terreno, para que cualquier otro perro que pudiera intentar hollarlo
supiera que penetraba en propiedad ajena. No gustaba Arco de los
intrusos y a duras penas soportaba a los perros de los campistas y a los
otros tres compañeros que con él convivían. Pero a éstos les tenía
dominados y no le causaban problema. De los perros del personal, a los
que despreciaba olímpicamente, le habían apartado los cuatro palos
que, a su buen tiempo, le propinara el amo y con los que Arco había
comprendido que debería dejar en paz a aquellos animaletes delicados,
perruchos de ciudad, mimados y débiles. Él no era como ellos, por
supuesto. Aquellos, mal llamados sus congéneres, necesitaban
primariamente de sus amos para subsistir. Él, no. Arco recibía de su
dueño tanto como, a su vez, por su parte, le devolvía. Cuando por las
noches hacían la ronda, no precisaba de correa ni dogal. Conocía a la
perfección su cometido y sabía cumplirlo a las mil maravillas. Arco
era, pues, un perro feliz. Y su amo también habría de serlo, por el
hecho de poseer tan fiel amigo.
Dio un amplio rodeo para ponerse en contra del viento y evitar que su
presa le olfatease. Se tumbó cuan largo era y aguardó. Sus orejas
alzadas y su hocico distendido eran todo un ejemplo de concentración en
el trabajo a realizar, pendientes hasta del más mínimo detalle. No así
sus ojos, que volvieron a entrecerrarse. Sabía que antes de ver al
conejillo oiría su deslizar u olería su presencia.
Efectivamente. De su derecha, a unos cincuenta metros, le vino un ligero
efluvio y escuchó un leve rozar contra las jaras. Sus músculos se
pusieron en tensión y, entonces sí, escudriñó el terreno, adivinando
los escondites naturales a los que el conejo iría a refugiarse en
cuanto él iniciase su ataque, acometida que tendría que ser eficaz y
certera ya que, de otro modo, a la carrera, no conseguiría alcanzarle
jamás, salvo que le recortase en la huida.
Descubrió los dos posibles puntos de escape y eligiendo el, al parecer,
más improbable, se dirigió hacia allí. Cuando estuvo cerca de llegar
a una suficiente distancia como para atajar al conejo, emitió su grave
y poderoso ladrido, amagando una carrera hacia el lugar donde sabía que
estaba el animalillo.
En efecto. De en medio de unos matorrales brotó éste como un relámpago,
atolondrado y ciego de terror, dando grandes saltos hacia el refugio que
Arco intuyera por más difícil. Cuando después de un bote y otro se
halló a menos de dos metros de la inteligente fiera que le aguardaba,
no pudo hacer más que encomendar su pequeña e inocente alma al Dios de
los conejos y aprestarse a morir, ya que el perro, rápido y silencioso,
sin la menor vacilación, le sujetó por la nuca y, piadoso, le agitó
un solo instante en el aire, rompiéndole el cuello y ahorrándole una
muerte más lenta y dolorosa.
Arco lo había conseguido una vez más. Portando a su víctima hasta la
sombra que le brindaba un matorral, procedió a devorarla. ¡Ah, qué
exquisito! ¡Aquella sí era vida!
Cuando se encontró satisfecho - bien poco quedaba ya del conejillo -
decidió ir a echarse la siesta a su terreno y, volviendo al cámping,
se acostó en su lugar favorito tras de espantar, veloz, a uno de sus
compañeros que había osado, en su ausencia, posesionarse de sus
reales. El atrevido llevó una pequeña tarascada y Arco puso, como
siempre, de manifiesto quién era el que allí mandaba.
A los dos días de aquella aventura se personó, a ver al amo, un
personaje al cual, Arco, odiaba cordialmente. Era el guarda forestal. ¡Con
qué gusto hubiera hundido los colmillos en sus carnes! Siempre andaba
persiguiendo perros y, además, era hombre de mirada torva y huidiza,
cobarde y vengativa. Le veía pasar todos los días, montado en una
vieja motocicleta que exhalaba un pestilente humo, fusil al hombro,
cubierto con su ropa sucia. Nunca le había caído simpático y aquella
mañana, no sabía por qué, tuvo la sensación de que se lo era todavía
menos.
Recibió su presencia con un gruñido amenazador, a ver si era capaz de
desalentarle y hacer que se marchase. Pero, no. El forestal aguardó
para hablar con su dueño.
De lo que dijeron, Arco no captó casi palabra ya que al único humano
que comprendía era a su amo y éste habló bien poco. Tan sólo le oyó
decir algo así como que no volvería a ocurrir, a lo que el otro
respondió refunfuñando entre dientes, en tanto que golpeaba con una
mano la culata del fusil. Después, dio media vuelta y se marchó. Como
tenía que pasar junto al perro - que se hallaba tumbado en mitad del
camino - vaciló antes de hacerlo. Arco continuaba echado, ajeno a
reparar en él, lo cual confió al hombre, que llegó a su vera.
Entonces, el perro se levantó raudo y lanzó una rápida dentellada,
dirigida al pantalón más que a la carne; pero, como el cobardón se
quisiera apartar, sus caninos rasgaron levemente la piel.
¡La que se formó! El amo acudió presto y le sujetó; el guarda
forestal maldecía a grito pelado y Arco no se reía porque la Madre
Naturaleza no ha dotado a los perros de tal facultad, pero en su salvaje
corazón bullía un enorme contento.
- ¡Buena la has hecho, Arco! -. Oyó que le decía su amo más tarde,
cuando ya el incidente se hubo zanjado. - ¡Mal enemigo te has creado!
¡Y de cazar conejos, nada de nada! ¿Entiendes?
Arco metió el rabo entre las patas y buscó, como hacía siempre, el
perdón de aquel hombre al que adoraba. No acababa de comprender qué
mal hacía en perseguir a un inocente conejito para darse un atracón.
Pero si su amo se lo prohibía... En lo que se refería a tan mal
enemigo, ¡que le dejase con él un rato, ya vería como no les volvía
a molestar! Pero... ¡quien manda, manda! Y el perro se aprestó a
obedecer. Desde aquel día se prometió no volver a salir del recinto,
en donde se sabía seguro y todopoderoso. Y así transcurrió el
invierno.
Cuando la primavera llegó, Arco volvió a ver, de vez en cuando, al
aborrecido guarda forestal, que se acercaba al bar a beber alguna de
aquellas raras cosas que a los hombres agradan. Siempre que supo de su
presencia, el perro se ocultó en el más profundo de sus escondites, a
la espera de que el ingrato personaje se fuera. Y allí permanecía
hasta que éste se marchaba.
Ya el Sol comenzaba a brillar alegremente, derritiendo los restos de las
agujas de hielo que todavía se encontraban en las charcas a las que
Arco acudía a beber el agua fresca que tanto era de su gusto. Los árboles
comenzaron a vestirse de hojas y a crecer, desperezándose de su letargo
invernal. Se empezaron a oír los trinos de alguna tempranera ave y la
Vida toda comenzó nuevamente a agitar a las criaturas del campo. Arco
empezó la muda de su pelaje de invierno y comprobó que su musculatura,
de por sí ya poderosa, había aumentado. Ya era un perro de cuatro años,
en la flor de la edad, valiente y confiado en su pericia. Tal vez - si
hubiera conocido a fondo las palabras de los hombres - se habría
llamado, a sí mismo, perfecto. Y es que Arco, verdaderamente, era un
perro bastante presumido.
Volvió a sus caminatas por el exterior de las verjas pero, obediente a
las órdenes recibidas, nunca volvió a atacar a la caza que tanto le
gustaba. ¡Y bien que lo sentía! Pero el mandar del hombre era para él
más fuerte que su instinto de carnívoro...
Una mañana, hallándose, como de costumbre, dormitando, oyó un inmenso
ruido que, rápidamente, asoció con el rebaño de ovejas que tenía su
redil cerca del cámping. ¡Estúpidos animales aquellos! Pero la
curiosidad pudo más que cualquier otra idea y se acercó a
contemplarlos.
Cuando ya estuvo próximo, hasta su sensible olfato llegó un aroma que
hacía tiempo que no percibía. Divisó, correteando a ambos lados del
rebaño, a una hermosa perrita de color canela, más pequeña que él,
mucho más débil, pero que con una rapidez endiablada acosaba a las
ovejas, conduciéndolas en su camino sin permitir que ninguna se le
descarriase.
Era bien cierto que, el año anterior, Arco había conocido a aquella
hembra, pero entonces no le pareció interesante. Ahora, un fuerte y
entrañable olor, un embriagador aroma, inundaba todos sus sentidos y,
trotando alegremente, corrió a su lado.
La perra le recibió, de momento, huraña, mostrándole los colmillos.
Arco emitió un suave gemido y abanicó el aire con su rabo, cantándole
su admiración. La hembra, al cabo, cesó en su actitud hostil y, cariñosa,
acudió a frotarle con su húmedo hocico.
En esas estaban cuando el pastor, poco amigo de amoríos en tanto que el
trabajo le acuciara, se lió a darles grandes voces e, incluso, les lanzó
varias piedras que, por fortuna, lograron esquivar. Arco se volvió
hacia él, mostrándole su desagrado con una serie de ladridos
amenazadores con los que indicaba al hombre que les dejase en paz. Pero
éste no estaba por la labor y, decidido a abortar en sus inicios aquel
romance, llamó con buenos silbidos a sus dos mastines, que se hallaban
en las cercanías de la majada.
¡Nunca lo hubiera hecho ya que, por echar a un intruso, provocó la
guerra por la hembra, el más feroz y antiguo de los motivos bélicos
que en la Historia han sido!
Los dos grandes perrazos acudieron prestos y se encontraron no con un
forastero en vías de seducir a su compañera, sino con todo un rival en
amores que les hacía frente, pese a su menor tamaño, con todas las
fuerzas que el amor le daba.
Si aquellos tres machos hubieran conocido la historia de la Humanidad,
tal vez se hubieran comparado a nuevos Paris, Aquiles o Agamenones
disputándose la posesión de la hermosa Helena. No más cruentas
hubieron de ser las batallas que el poeta cantó y que tuvieron lugar a
orillas de la grande Troya.
Los aromas amorosos de la perrita desunieron a los dos mastines y
aquella fue una pelea a tres bandas, en la que cada uno de los machos
quería deshacerse de sus otros dos rivales, olvidándose de compañerismos.
En condiciones normales, si los dos perrazos hubieran atacado
solidariamente a Arco, éste hubiera tenido que volver grupas, abrumado
por el número y mayor poderío de sus enemigos. Pero la desunión de
los dos camaradas favoreció las intenciones del valiente enamorado. Y
así, aprovechándose de su astucia, les dejó combatir entre ellos
cuando lo estimó oportuno, acosó junto con uno al tercero en ocasiones
y, por último, acometió a los dos al mismo tiempo, poniéndoles en
vergonzosa fuga y bien cubiertos de heridas.
Arco quedó triunfador sobre el glorioso campo de batalla. Su hermosa
piel se encontraba rasgada en varios puntos y algunos hilillos de sangre
corrían por su lomo. Pero, a pesar de todo, reventado, maltrecho y
dolorido, lanzó al viento un ladrido de triunfo. La hembra se acercó y
le lamió las heridas en tanto que el pastor, muerto de rabia,
blasfemaba, empuñando grandes piedras que, furibundo, comenzó a
lanzarles. Arco no quiso más trifulcas y volviendo la espalda, desdeñoso,
se salió del campo de tiro de los proyectiles enemigos. Junto a él
caminó la perra, ya totalmente enamorada de su bravo conquistador.
Y, los dos unidos, se perdieron entre los matorrales, fuera del alcance
de la vista de nadie, transformado el mundo tan sólo en su cariño,
olvidando a los amos, a las ovejas y a cuanto no fuera su presencia
mutua.
Durante cinco días, Arco no apareció por el cámping, cosa que a su
amo le empezó a preocupar. Con intención de buscarle, salió varias
veces, silbando y llamándole con insistencia. Pero todo resultó inútil.
Nunca pudo dar con sus huellas. En una de sus pesquisas habló con el
pastor, que le contó su historia y le mostró el lamentable estado en
que habían quedado los mastines.
El amo sonrió para sus adentros: - ¡Vaya con Arco! ¡Buen galán nos
ha salido!
Y disculpando la actitud del perro y asegurando que le castigaría si le
hallaba, tornó a sus instalaciones.
Al día sexto, el perro volvió al hogar, arrastrándose como pudo, a
costa de profundos sufrimientos, mientras que de su costado herido
manaba abundantemente la sangre con la que se le iba yendo la vida.
Llegó a los pies de su amo, lamió sus zapatos y, exhalando un suspiro
de alivio al percibir las caricias que se le hacían, murió
tranquilamente.
En su cuerpo se hallaron incrustadas gruesas postas y hasta una bala de
fusil; de un fusil viejo como el que utilizaba el guarda forestal. Pero
éste negó haber disparado contra el perro e, incluso, haberle visto.
Mas cuando se juntó con su amigo el pastor, los dos se echaron a reír
de buena gana:
- ¡Y bien que le acerté al muy ladrón! - se jactó el guarda - ¡Y
luego le metí un balazo a quemarropa!
- Lo que ha sido una lástima es que le dieras también a la Canela... -
Se lamentaba el pastor.
- No creo que sea grave. Seguramente volverá, vas a verlo.
Pero Canela nunca volvió. Algo más importante que la herida la
retuvo... Desgarrada en sus cuartos traseros, a fuerza de lamerse las
heridas y aún con el plomo dentro, falta de todo alimento y escasa de
agua, la perra sobrellevó su preñez.
A los dos meses alumbró cinco cachorros, tres de ellos muertos.
Solamente le vivieron una hembrita, muy semejante a ella, y un macho,
vivo retrato de su padre. Acababa de nacer Odín.
A Capítulo II
A Menú |