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¿Pero cómo carajos llegó Estados Unidos a este punto?
El país más admirado y envidiado de los últimos 100 años atraviesa por una dolorosa decadencia que amenaza con ser definitiva si los demócratas retienen el poder el próximo noviembre. ¿Cómo fue que esta superpotencia mundial pasó de tener, de líderes como Teddy Roosevelt, Harry Truman, John F. Kenendy y Ronald Reagan, a un decrépito monigote como Joe Biden?¿Qué pensaría George Washington del actual inquilino de la Casa Blanca?
JUNIO, 2024. Un reciente sketch del programa Saturday Night Live ambientado en la película Star Wars daba cuenta de cómo un villano de pacotilla, llamado Darth Biden, amenazaba con aplastar a los miembros de la Alianza aunque el villano olvidaba los nombres de sus colaboradores y el de los planetas que deseaba destruir. Con frecuencia Darth Biden se colocaba el casco al revés y cuando confesó a su enemigo Luke la verdad profirió: "no: yo soy tu hijo", por lo que Luke, en vez de tirarse al vacío, se puso a llorar desconsoladamente.
Por supuesto que ese sketch que hace mofa del actual presidente nunca se transmitió en Saturday Night Live ni en ningún otro medio norteamericano, cosa que, sin asomo de duda, habría sido empleado, y con mucho más crueldad, si Joe Biden hubiera sido un republicano. Pero como se trata de un político intocable, los humoristas liberales se han abstenido de realizar guiones que habrían sido geniales dado que diariamente Biden proporciona gaffes (metidas de pata) y profiere barrabasadas prácticamente cada vez que abre la boca. La izquierda, sin embargo, ha optado por ignorar lo que representa una potencial mina de oro en rating y, por tanto, grandes ganancias para los publicistas; prefieren sacrificar millones de dólares por defender a un presidente vetusto e impopular, un claro contrasentido a sus negocios.
El agachismo de los medios norteamericanos ruboriza al Granma cubano y el Pradva en tiempos de la URSS, por lo que encontrar una nota crítica contra Joe Biden --es decir, que refleje la verdad-- es prácticamente imposible. Este agachismo, por cierto, ha orillado a estos medios a la quiebra (el Washington Post, propiedad del magnate Jeff Bezos, anunció recientemente la entrada de un nuevo jefe editorial, William Lewis, en sustitución de Sally Buzbee, una periodista ultrawoke que suspendió tres días a un periodista deportivo por referirse al atleta trasgénero Lia Thomas con el pronombre "he" y que, según el vloguero Benny Johnson, "(Buzbee) había creado un ambiente laboral tan tóxico, tan negativo, que el comentario más inofensivo era capaz de levantar airadas protestas en la sala de redacción".
Es fácil olvidar que la prensa norteamericana, a la que muchos fuera de Estados Unidos ingenuamente consideran un modelo de integridad, había sido crítica acérrima de los demócratas cuando cometían metían la pata. Todos esos medios se burlaron hasta el hartazgo de Bill Clinton tras el escándalo Lewinsky; las caricaturas editoriales presentaban al mandatario como un bragueta suelta, un tipo al que incluso las pizzas lo excitaban sexualmente.
"Todo asomo de autocrítica y humorismo en el periodismo y el entretenimiento en Estados Unidos se acabó con Barack Obama, "escribió el analista canadiense Mark Steyn, "Éste fue un presidente con cero sentido del humor, nunca sonreía, sus supuestos chistes escondían ataques personales (...) de repente se hizo impropio hacer bromas inocentes. El racismo que estaba a punto de ser inhumado para siempre, fue revivido con Obama, no podías criticar sus acciones so pena de ser tachado de racista. Obama fue quien abrió las puertas al neoestalinismo en Norteamérica".
¿Cómo fue que este país que derrotó al fascismo en dos ocasiones, ganó la partida final al comunismo soviético que muchos veían imbatible todavía en los 80, un país que ha contado con políticos excepcionales, desde Teddy Roosevelt hasta John F. Kennedy y Ronald Reagan, que contó con valerosos soldados que sacrificaron un futuro que ellos nunca vieron al morir en las playas de Normandía o las aguas del Pacífico, sea hoy una nación timorata, obsesionada con las mediocres canciones de Taylor Swift, con uno de los niveles de alfabetización más bajos entre los países desarrollados y totalmente sometido por las drogas, haya llegado a un punto donde su presidente tiene serios desórdenes cognitivos que a nadie parecen preocupar?
La cadena Fox entrevistó recientemente a un veterano de guerra quien contaba con 18 años al momento del desembarco del Día D. "Esto no es por lo que luchamos ese día", dijo el anciano entre sollozos, "¡ninguno de nosotros peleamos para que décadas después un tipo enfundado con ropas de mujer se pusiera a contar cuentos sobre igualdad sexual a unos niños de 5 años, por Dios...!"
Analistas y estudiosos de la historia, entre ellos Steyn y Victor Davis Hanson, coinciden en que la decadencia de Estados Unidos es una virtual calca de la caída del Imperio Romano: "Suena a cliché pero el registro histórico presenta muchas similitudes entre lo que pasaba entonces y lo que pasa ahora", escribió Hanson. "La normalización de las relaciones sexuales con menores de edad, el vestirse con ropas y pelucas del sexo opuesto rechazando la propia sexualidad, la destrucción de los vínculos familiares y de lo que hoy se denuncia como 'patriarcado'", y agrega: "El Imperio Romano se destruyó desde adentro, hoy estamos viendo un desenlace similar".
Las tres razones políticamente incorrectas
1. Parte de la decadencia se debe al mismo desgaste histórico de un país que lleva casi ocho décadas como potencia mundial y al debilitamiento de la estructura política del país. "Solamente dos fuerzas políticas han compartido el poder en casi 150 años. La fórmula funcionó dado que las diferencias ideológicas entre republicanos y demócratas eran de forma, no de fondo. Desde los atentados del 2001 uno de los partidos se ha radicalizado hacia la izquierda, lo cual ha producido un profunda división entre la población norteamericana, la cual habría ocurrido del mismo modo si uno de los partidos se hubiera radicalizado hacia la derecha", escribió Davis Hanson.
"El Partido Republicano, timorato y miedoso desde Watergate, ha aceptado sin chistar la presencia de Donald Trump, pero no lo apoya decisivamente y sigue considerándolo un intruso", añade Davis Hanson. "Trump es una anomalía, un líder político conservador que ya se creía superado. Curiosamente, así es como también los demócratas perciben a Trump, de ahí la amenaza que les representa y por ello intentan destruirlo. Es el invitado que nadie esperaba en la repartición del botín norteamericano".
2. Otra razón de esta decadencia, en voz del conocido analista Tucker Carlson, radica en la excesiva inmigración que el país ha experimentado los últimos 30 años. "La misma ONU estableció en su tiempo que el porcentaje de inmigrantes de un país no debería rebasar el 12 por ciento para no romper el equilibrio ni la armonía social... esto fue antes que el 'discurso' cambiara radicalmente que ahora la inmigración, sobre todo ilegal, es celebrada, más aun si los recién llegados poco o nada tienen qué ver con las costumbres , tradiciones y aun convicciones religiosas de los residentes locales. Se estima que desde los años 80, la inmigración , legal o ilegal, rebasa el 30 por ciento, una cifra excesiva que ha alterado a la sociedad norteamericana como la hemos conocido".
La izquierda de ese país, que por décadas exigió detener la inmigración ilegal con el argumento de que afectaba a los trabajadores formales, ahora la apoya abiertamente y ataca a los críticos advirtiéndoles que es un país de inmigrantes, "pero ahora se quejan porque la inmigración ya no proviene de países con alta población blanca", según dijo la actriz Whoopi Goldberg en ese bodrio televisivo llamado The View, a lo que Carlson responde: "Las migraciones de otros tiempos venían aquí con el fin de engrandecer a su nuevo país, no a destruirlo, no venían aquí con el fin de reproducir las políticas que arruinaron a sus países y que provocaron hambrunas. Muchos de los nuevos inmigrantes, sobre todo los llegados tras el 2001, parecen odiar a Estados Unidos".
El fenómeno se da, sobre todo, en las universidades donde muchos de estos jóvenes procedentes de India, Pakistán, América latina y África recibieron clases de antiyanquismo en sus sitios de origen y han sido políticamente muy activos al pisar territorio norteamericano. Un artículo reciente de The New York Post da cuenta de que los manifestantes en las protestas pro Palestina, aproximadamente un 39 por ciento las conforman personas que nacieron fuera de Estados Unidos. "Estos no son los inmigrantes de otros tiempos", apunta al respecto Davis Hanson, "estos son inmigrantes que odian al país y lo ven como un opresor de las minorías. Y por supuesto, es más efectivo para ellos protestar en las calles de Nueva York, Los Ángeles o Filadelfia que en las calles de Adis Adeba, Bogotá o Karachi, pues ahora lo hacen dentro de las entrañas del enemigo".
3. Destrucción de los valores familiares y religiosos. "Estados Unidos no es un país cristiano", dijo Barack Obama en el 2012, declaración tan estúpida e insensata como afirmar que Irán no es un país islámico. Si asumimos que fueron cuáqueros protestantes los primeros en establecerse ahí, que se trata de la nación con más angloparlantes considerados protestantes en todo el mundo y que en su billete lleva inscrita la frese In God We Trust", esa declaración, más que idiota, parece ser dolosa y lleva un mensaje implícito por parte de Obama: vamos a destruir sus creencias religiosas y todo aquello que les han inculcado en la historia del país.
Esta destrucción lleva como base la guerra de "nosotros" contra "ellos" en vez del discurso de unidad al que acudieron los presidentes previos a Obama. "Incluso después del Watergate, republicanos y demócratas acordaron trabajar juntos en vez de acentuar los enfrentamientos", escribió Davis Hanson, "todo esto dentro del concepto de que las diferencias políticas no tenían porqué afectar las relaciones personales. Con Obama la política pasó a ser asunto personal que ha dividido familias y matrimonios".
Sin estos elementos ya mencionados --y muchos otros que habrían extendido este texto-- Joe Biden no habría alcanzado la Presidencia y los Estados Unidos ya se habrían recuperado casi en su totalidad del embate del Covid. El país aún está a tiempo de salvar su futuro, aunque quizá el próximo noviembre sea la última campanada. Si los demócratas retienen la presidencia, con Joe Biden al frente y la amenaza aún peor de que Kamala Harris llegue a sustituirlo, la caída del Imperio Romano quedará empequeñecida comparada con el derrumbe del coloso del continente americano.
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Sigan atacándolo, burros demócratas: Trump es hoy más popular que nunca
Se le entablaron dos juicios políticos, se le han fincado 110 actas judiciales, los grandes medios siguen atacándolo sin misericordia, se allanó una de sus residencias y lo han acusado de violación por lo menos en cinco ocasiones y sin embargo, Donald Trump tiene altas posibilidades es de volver a la Casa Blanca en enero del 2025. Y mejores aliados que quienes lo persiguen no pudo tener para acercarse hoy, más que nunca, a conseguir la hazaña
FEBRERO, 2024.
¿Hasta dónde llegan los niveles de estupidez tanto del alto mando del
Partido Demócrata como de la prensa norteamericana que ingenuamente
muchos piensan es la más libre del mundo? Para quienes se saltan un
principio de la política tan básico, tan elemental, de que perseguir a
tu oponente terminará por convertirlo en mártir, el que estúpidos de esa
calaña estén gobernando el país más poderoso del mundo ya no es motivo
de preocupación, sino de alarma.
Ya hemos atestiguado el mismo fenómeno en otras latitudes: el presidente
Carlos Andrés Pérez manda encerrar a Hugo Chávez por insubordinación
ante lo que la prensa consideraba era una injusticia por lo que, al
salir, Chávez lo había convertido en héroe popular. En México,
naturalmente, tenemos los intentos de Vicente Fox por desaforar al
entonces jefe de Gobierno Andrés López y cuyo único efecto fue aplanar
el caminod al señor hasta alcanzar la presidencia años despues.
Por supuesto, este proceso persecutorio que desembocó en martirio suele
beneficiar a los candidatos de izquierda en el entendido que la prensa,
fiel aliado de esa causa, suele manipular a la opinión pública para
conseguir ese propósito. Pero en Estados Unidos se está dando un factor
inesperado: la asombrosa estupidez, ineptitu de incapacidad no solo del
presidente Biden sino de buena parte de su equipo, empezando por su
vicepresidente Kamala Harris.
Como se sabe, desde que abandonó la presidencia en enero del 2020,
Donald Trump ha sido objeto de una campaña de ataques sin precedentes en
la historia de ese país; lo más parecido fue lo ocurrido con Richard
Nixon en los años 70 a quien se acusó desde ser golpeador de mujeres
hasta gay de clóset (así es, esa misma prensa que hoy se la da de
tolerante en aquel entonces era rabiosamente misógina) aunque tras su
renuncia lo dejaron en paz.
En cambio, con el ex presidente Trump ha sido lo contrario: el odio ha
sido tal que desde entonces han fincado al menos 100 acusaciones penales
contra Trump, desde la toma del Capitolio el 6 de enero del 2021, haber
abusado de su poder para alterar los resultados electorales en Georgia,
de poseer documentos clasificados en su domicilio de Mar-A-Lago --a lo
que vendría un allanamiento llevado a cabo por el FBI y que había
autorizado fue el mismo juez que era parte del equipo jurídico de Joe
Biden, lo que representaba un escandaloso conflicto de intereses. Qué
importa: el allanamiento se llevó a cabo sin que se encontrara ningún
documento comprometedor contra el magnate neoyorquino.
(Por supuesto que no hubo allanamiento alguno en una de las residencias
de Joe Biden cuando una imagen mostró cajas de documentos clasificados
en el garage. En el caso de Trump, por el contrario, los agentes del FBI
esculcaron hasta en la ropa interior de Melania Trump).
No olvidemos, por supuesto, las acusaciones de la encueratriz Stormy
Daniels las cuales, por cierto --el USA Today prácticamente
"garantizó" a los electores que echarían abajo al ex mandatario-- o los
libros escritos por el ex mandamás del FBI James Comey, de su asesor
Michael Wolff, de los ataques incesantes en el programa de "comedia"
Saturday Night Live, de Jimmy Kimmel, de Oprah Winfrey, de Trevor
Noah --un "comediante" que fue despedido de su programa por exceso de
televidentes-- de Seth Myers, de la lluvia de adjetivos más manoseados
que la ropa en tiendas de segunda mano, entre los originalísimos
"neonazi", "racista", "supremacista blanco", "patriarcal" y "enemigo de
la democracia".
Han sido mas de tres años en que los ataques contra Trump darían la idea
de que éste sigue siendo el presidente. Pero esta brutal campaña ha
traído consecuencias devastadoras para esa prensa, lo que se ha
traducido en caída en sus índices de audiencia de esos medios que
consideran idiota a la opinión pública.
Y aunque se ha acusado a Trump prácticamente de todo, desde provocar
huracanes, como lo hizo la actriz Jennifer Lawrence, hasta incrementar
problemas emocionales entre la población como lo hizo la Asociación
Nacional Psiquiátrica de Estados Unidos. Pero lo único que se ha logrado
es fortalecer su imagen, sobre todo al comparar cómo era la presidencia
de Donald Trump, y cómo es la presidencia de Joe Biden.
O, simplemente, con
formularse la pregunta: ¿se encontraba Estados Unidos en mejor posición
en el 2020 que ahora?
Es común olvidar que, hasta antes de la pandemia, Donald Trump se veía
invencible. Una encuesta publicada por la cadena ABC anunciaba, muy a su
pesar, que el multimillonario tenía una ventaja de 7 puntos sobre
cualquier candidato demócrata, lo que amarraba su reelección. Sin
embargo el Covid llegó a Estados Unidos y ocurrió la detención de George
Floyd. A nadie importó que ésta última hubiera ocurrido en un sitio
donde el alcalde y el gobernador pertenecen al Partido Demócrata; todo
era culpa del coputudo mandatario, promotor del discurso racista y
divisionista del cual, pardójicamente, no existen registros
contundentes.
Cuando la Casa Blanca encomendó el manejo de la pandemia al doctor
Anthony Fauci,
director del Instituto Nacional de Epidemiología, su pésimo manejo trajo
como consecuencia un desmesurado aumento en los casos registrados en el
país, trajo consigo otro aluvión de ataques contra Trump aunque, a la
distancia, parece quedar en claro que el doctor Fauci más bien hizo
labores de saboteador que le fueron reconocidas al mantenerlo en ese
puesto durante el gobierno de Joe Biden... naturalmente, todas las
pifias cometidas por Fauci le fueron atribuidas a Trump, incluso ya con
Biden presidente.
Las acusaciones han sido tan absurdas que se le acusa de cosas hechas
hace dos o hasta tres décadas, como cuando supuestamente abusó de una
mujer en un centro comercial de Nueva York allá por el 2004.
La más fehaciente muestra de quiénes son los verdaderos enemigos de la
democracia en Estados Unido se dio cuando la Corte del estado de
Colorado decretó que Trump no será incluido en las boletas electorales
de ese año, un dictamen propio de repúblicas bananeras donde se borra de
la boleta a los candidatos opositores y se hostiga a sus simpatizantes.
¿Y ha dado resultado esa sistemática campaña ya no de desprestigio sino
de una eventual destrucción de Donald Trump?
No mucho: cada nueva embestida demócrata y de la prensa, las simpatías
hacia el ex mandatario siguen a la alza. El reciente Caucus (elección
interna) realizado en Iowa y donde Trump arrasó tuvo tal efecto que sus
dos rivales más cercanos en la carrera, el gobernador Ron di Santis y el
empresario Vevek Ramaswamy declinaron a su favor. Y de acuerdo a la
tradición, quien gana el Caucus en ese estado no solo es el candidato
presidencial sino que termina por llevarse la Presidencia, con el 2020
como excepción, pero también porque el país atravesaba por una condición
excepcional a causa de la megapandemia.
En un esfuerzo desesperado, la prensa ha atribuido ese triunfo al
"racismo" de los electores de Iowa "un estado mayoritariamente blanco",
según argumentó la cadena MSNBC, lo que nos lleva a otra pifia
demócrata: atacar a los simpatizantes republicanos en vez de ganárselos
y seducirlos; al denostarlos y llamarlos racistas. Incluso la
publicación liberal The Hill reconoció en el 2017 que el haber
llamado "deplorables" a los simpatizantes de Donald Trump por parte de
Hillary Clinton le costó más votos que cualquier estrategia de ataque
enarbolada por los republicanos: "Ningún candidato de ningún país ataca
directamente a los simpatizantes de sus rivales", escribió el autor. "El
presidente francés, Emmanuel Macron, nunca insultó directamente a los
votantes que apoyaban a Marie Le Pen. Cuando iunsultas al electorado,
sea del bando que sean, no solo faltas el respeto a las reglas
democráticas sino que insultas a quienes podrías seducir con un buen
discurso y terminarían votando por ti". Ciertísimo, y más en un país
como Estados Unidos donde la mayoría de los votantes se considera
apartidista.
Hasta The New York Times, madriguera de la peor izquierda
norteamericana, aceptó que su estrategia anti Trump del 2017 "había
fracasado". Pero como izquierdistas que es, el matutino no aprendió la
lección y sigue repitiendo la misma palabrería panfletaria, como si esta
vez el resultado será distinto.
¿Regresará Trump a la Casa Blanca en enero del 2025? Las élites le han
puesto tantas trampas que no puede descartarse caiga en una que termine
con su carrera política. pero tendría que ser una muy bien fundamentada,
no basada en lo que diga una encueratriz, un ex funcionario resentido o
los medios de comunicación que dan por ciertas sus propias mentiras.
El asunto lo resumió el gran comediante Greg Gutfeld, de la cadena Fox:
"Si el presidente Biden y su equipo hubieran hecho las cosas bien, nadie
se acordaría hoy de Donald Trump y ninguna necesidad tendrían de estar
saboteándolo para descarrillar sus intenciones de volver a la Casa
Blanca".
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