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MEDIOS/Publicidad

El genial sablazo contra la
publicidad woke
El pasado enero una
famosa compañía de rastrillos sacó una campaña publicitaria que
insultaba la inteligencia de quienes constituyen su nicho de
mercado. Medio año más tarde, el saldo de pérdidas económicas para
Gillette es gigantesco y humillante. El rechazo contra el sermoneo
de esta publicidad socialmente comprometida es evidente.
Ojalá estas megaemopresas aprendan la lección
Versión impresión
AGOSTO, 2019. Un neologismo que ha estado
recorriendo el idioma inglés es woke, utlizado para designar
esa corriente entre política y social que promueve el inclusivismo,
el feminismo la denuncia del "privilegio blanco"y la "masculinidad
tóxica". Como pudiera suponerse, lo woke se cocinó en las
universidades y de ahí brincó a varios campos productivos una vez
que muchos graduados woke fuertemente adoctrinados han
asumido puestos gerenciales y han tratado de promover esa corriente
en campos que anteriormente estaban relativamente ajenos a la
política.
Ejemplos de este wokismo los tenemos con la protesta del ex
quaterback de los 49s Colin Kaepernick por hincarse cuando se
interpreta el himno nancional de Estados Unidos por considerarlo
"esclavista", por cierto una absoluta estupidez dado que se
convirtió en el himno oficial de ese país hasta 1931, es decir, 76
años después que Abraham Lincoln decretara la abolición de la
esclavitud. Kaepernick consiguió otro punto cuando consiguió que
Nike sacara del mercado su edición especial con la primera bandera
de ese país creada por Betsy Ross.
Se trata, en apariencia, de un fenómeno insólito: ¿cómo es posible
que megaempresas que se mueven dentro de los esquemas capitalistas
apoyen posturas que atentan contra la propiedad privada y la
libertad de pensamiento?
De hecho no es un asunto tan nuevo: durante décadas las fundaciones
surgidas de emporios privados, desde la Ford hasta la Microsoft, se
dedican a financiar o a promover programas con inicitivas contrarias
al ejercicio del libre mercado; la diferencia es que, con la
ideología woke, se ha invadido el espacio publicitario de
estas empresas en el entendido de que también deben colaborar en la
promoción directa para las políticas de igualdad y de identidad.
Sin embargo, la idea de utilizar un producto comercial como medio
masivo para difundir determinada postura política o social está
lejos de ser una innovación. Quizá el ejemplo más inmediato en el
tiempo sea el de Luciano Benetton, un carismático diseñador italiano
al que un día se le ocurrió crear la campaña "Colores Unidos de
Benetton" con imágenes controvertidas, entre ellas una monja
católica besando a un patrón protestante, un hombre blanco besando a
una mujer negra o la presentación de jóvenes de varias
nacionalidades con trajes típicos donde el modelo de Estados Unidos
vestía como un nativoamericano. Esa campaña convirtió a Benetton en
multimillonario y en el diseñador más exitoso de los 80, apenas unos
pasos de atrás de Gianni Versace.
"Un empresario no debe estar ajeno a la problemática social", dijo
Benetton en una entrevista hace décadas para justificar una campaña
que, controvertida y todo, tuvo un éxito fenomenal en todo el
planeta. Asimismo y lejos de detectar la "contradicción" de ser él
mismo un ejemplo del éxito del libre mercado y al mismo tiempo ser
promotor de posturas de izquierda, Benetton creía que ambas posturas
pueden convivir sin problemas: "Un producto tiene el propósito de
mejorar tu vida. Combatir la mentalidad de la gente en torno a los
prejuicios raciales y la igualdad mediante nuestras campañas
publicitaria con el mismo propósito no tiene nada de criticable".
Quizá, pero como estamos viendo con el embate woke no solo en
la publicidad sino en Hollywood, la literatura y ni se diga los
planteles escolares, queda claro que a este segmento de robots
adoctrinados no les interesa convivir sino ocupar todo el espacio.
Las ideas de Benetton fueron llevadas no uno, sino cientos de pasos
más allá. Sin embargo ¿cuál ha sido la respuesta de los
consumidores?
El pasado enero Gillete lanzó una campaña completamente woke
donde no solo faltaba el respeto a sus consumidores habituales
prácticamente acusándolos de ser depredadores sexuales, sino que
retrataba a las mujeres como seres indefensos a merced de la abusiva
toxicidad masculina. Seis meses después salieron los primeros
resultados los cuales arrojaron cifras espeluznantes, una pérdida en
ventas cercana a los 8 billones de dólares (ocho millones de
millones, no ocho mil millones), cantidad superior al PIB de varios
países centroamericanos.
Cuando se revelaron las pérdidas, Gillette lo atribuyó en un
principio a "una mayor competencia" (¿hasta hoy se dan cuenta?) y al
hecho que "cada vez menos gente se afeita y depila con regularidad",
argumento ridículo pues, de ser cierto, entonces las otras compañías
que venden rastrillos y crema de afeitar se habrían visto igualmente
afectadas en ventas, lo cual no ha ocurrido.
Dos semanas más tarde, y sin aceptar en ningún momento que su
campaña publicitaria había sido una catástrofe financiera, Gillete
anunció que sus comerciales en el futuro se enfocarían "a exhaltar
las virtudes de los hombres en sus comunidades". ¿No sería mejor que
Gillette tratara de convencer a los consumidores porqué su crema de
afeitar es superior a la de Schtick o la de cualquier otra marca
local, por ejemplo?
"El horripilante resultado de esta campaña de Gillete solo se
equipara cuando la Coca Cola presentó su 'nueva fórmula' en los años
80 y que por poco manda a la quiebra a toda la empresa", refiere el
experto en marketing Néstor Ruiz. "Los consumidores que se
sintieron ofendidos con esta propaganda le pegaron a Gillete donde
más le duele, en sus ventas".
Agrega: "Hasta el momento no hay pruebas irrefutables de que la
publicidad woke eleva las ventas. Hay quienes dicen que la
campaña de Nike con Kaepernick rompió el maleficio cuando lo cierto
es que esa campaña publicitaria se realizó en medios impresos donde
los lectores están más inclinados a la izquierda. Si hubiera sido
tan exitosa esa campaña ya estaría difundiéndose en TV, algo que no
ha ocurrido.
"Los gringos tienen ya una frase para definir ese fenómeno: go
woke, go broke, esto es, toda empresa que abrace estas ideas de
justicia social pagará el precio perdiendo millones de dólares o,
más aún, se irá directo a la quiebra".
Al enterarse que Gary Combee, el CEO de Gillette,
aceptó que la pérdida económica fue enorme "pero valió la pena",
Ruiz dice: "Se pasa de pendejo, pero más pendejos son los
accionistas que no lo han corrido a patadas. Por lo visto les dio
mucho gusto perder tanto dinero..."
Lo peor de la publicidad woke es que se
antepone a la creatividad pues cuando a ésta se le ponen límites el
resultado suele ser mediocre. Y es que si en lugar escuchar a la
quejosa comunidad de twitterlandia empresas como Gillete lo hicieran
con quienes realmente compran sus productos, hoy estaríamos hablando
de una campaña tan exitosa como el anuncio de Apple en el Superbowl
de 1984. Por lo pronto, el sablazo que recibió Gillette por parte de
su público consumidor es algo para disfrutar y celebrar.
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