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INTERNACIONAL

Con el castrismo en plena agonía, Cuba está por enfrentar el reto más importante de su historia

 Se estima que las reservas energéticas de Cuba, ya que terminó el suministro madurista, apenas cubrirán un mes; es momento que Díaz Canel y sus comparsas vayan buscando un nuevo lugar dónde vivir: sería un milagro si la dictadura no cae este 2026. Cuando ello, ocurra, por supuesto habrá apologistas que justificarán el fracaso de un sistema económico supuestamente sustentable que depende, para todo, del cochino dólar yanqui. Espantosa ironía

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FEBRERO, 2026. Cuando Mijail Gorbachov realizó su primera y única visita a Cuba, se le recibió con una guardia de honor al tiempo que los encabezados de la prensa lo describían como una especie de Mesías que honraba tierras caribeñas.

El entonces dictador Fidel Castro se reunió, entre sonrisas, con Gorbachov hasta que éste le trajo las noticias desde Moscú: el gigantesco subsidio soviético dejaría de llegar si el barbudo líder no apoyaba las reformas, en especial la llamada perestroika, aunque en el fondo el subsidio de todos modos sería diezmado: para entonces la URSS estaba totalmente en quiebra y con un pie en su tumba política y ya no estaba par seguir financiando más aventuras revolucionarias. A los pocos meses cayó el Muro de Berlín, lo que para Castro resultó un adelanto del infierno por lo llegó a anunciar un "periodo especial" acompañado de la consigna "socialismo o muerte", por cierto copiada del "victoria o muerte" que la propaganda nazi proclamaba cuando ya era inevitable la caída.

Por definición, todo "periodo especial" supone un momento temporal que debe ser atendido sin mayor demora. Pero en Cuba, donde la congruencia y la lógica también fueron enviadas al paredón, el "periodo especial" ya no lo es tanto pues se ha prolongado por casi cuatro décadas. Y a diferencia de la época cuando se dio el agarrón que Castro tuvo con Gorbachov, hoy en Cuba ya no hay líder carismático capaz de apaciguar a las masas con discursos tranquilizadores.

Lo que hoy existe en Cuba es una dictadura vetusta, carcamálica, con un "presidente" sin chispa ni encanto, cualidades que indudablemente poseía Fidel. En cambio, Díaz Canel es un sujeto antipático que provoca agruras nomás de verle la cara, sin asomo de la sagacidad e ingenio que caracterizaban al barbudo líder. Con Díaz Canel al frente de una dictadura que ya no puede sostenerse más pese a la desesperada ayuda procedente de México --quizá la única que la queda junto con las ONGs norteamericanas-- el castrismo está a meses, tal vez semanas, de desplomarse en definitiva.

Solo imaginemos los rostros del gabinete habanero al enterarse que el gobierno norteamericano había tomado la palabra a Nicolás Maduro exigiendo que fueran por él hasta Caracas: para un gobierno parasitario y que ya no produce absolutamente nada como el cubano, este panorama era similar al del haragán desempleado de la casa a quien súbitamente avisan que partir de entonces se quedará sin su smartphone, sin internet para acceder a las redes sociales o a los videojuegos, y sin ingresos para todos sus demás gastos.

Naturalísimamente, los defensores que aún quedan de la deshilachada dictadura cubana siguen culpando al "bloqueo" como causa de todas las penurias de Cuba, pero esos argumentos ya no resisten ningún análisis y rápidamente caen por sí mismos: ¿de cuál bloqueo nos hablan, si ninguna embarcación norteamericana detuvo los buques procedentes de Venezuela hasta el tope de petróleo a precio de regalo? Un "bloqueo" habría significado que ni un solo barril tocara las costas cubanas, y eso nunca dejó de ocurrir desde que Raúl Castro y Hugo Chávez acordaron esta "entrega humanitaria" que Maduro reforzó enviando aún más barriles.

Y que se sepa, ningún acorazado norteamericano ha impedido que los barcos mexicanos repletos de ayuda humanitaria enviados por la presidente Sheinbaum lleguen a Cuba, con lo que, por cierto, se acude de nuevo a esa política de "oscuridad de la casa" que tanto acostumbraba el priísmo: ¿por qué enviar toneladas de medicamentos a un país extranjero mientras los hospitales públicos de México padecen un crónico desabastecimiento?

La captura de Maduro equivalió a cortar el cordón umbilical a la dictadura cubana, pero a diferencia de los bebés, que poco a poco aprenden a valerse por sí mismos, el régimen isleño hoy es incapaz de mantenerse en pie; como bien lo dijo Margaret Thatcher respecto al socialismo, en Cuba éste funcionó hasta que se acabó el dinero de aquellos a quienes estaba exprimiendo; ahora solo queda acudir a esos discursos que apestan a viejo y ya nadie se toma, en serio. Toda esa palabrería hueca y trillada ya suena hoy en la isla a chiste mal contado, entre ellos la ridícula promesa del régimen en dar "apoyo y promoción a las energías sustentables" para enfrentar la sempiterna emergencia cubana. ¿Por qué no se acudió a esa alternativa en su momento para ya no estar dependiendo del petróleo venezolano? ¡Ah, sí, olvidamos que fue por el "bloqueo".

En Cuba se está dando el efecto contrario a los países desarrollados donde el wokeísmo pro socialista ha envenenado a los jóvenes: prácticamente nadie menor de los 30 años en Cuba se traga el discurso de las maravillas del socialismo y les cuesta trabajo entender cómo un estudiante universitario de Winconsin, California o Virginia se trague semejantes paparruchas. En tal sentido viene a la memoria lo que alguna vez dijo el intelectual francés Jean-Francois Revel: "Los jóvenes en los países desarrollados no se preocupan por lo que comerán el día de mañana, y como muchos de los problemas y preocupaciones que sufre el resto del mundo ellos ya los tienen resueltos, no queda más que inventarse ellos mismos nuevos problemas y preocupaciones".

Del mismo modo, es evidente cómo el adoctrinamiento, los programas de estudio
saturados de jerga marxistoide y el lavado de cerebro que se inocula al cubano desde el jardín de niños no está sirviendo ni para maldita la cosa entre las nuevas generaciones.

A diferencia de China y la URSS, donde la distancia con Estados Unidos siempre resultó una ventaja, los cubanos reciben sin problemas las señales de radio y TV originados en la Florida. Hubo un tiempo en que el régimen intentó "distorsionar" las señales con un molesto zumbido a través de todo el espectro que empezaba muy temprano y hasta antes de medianoche, algo que tampoco sirvió para maldito el asunto porque la banda de FM que se popularizó en los 70 no resultaba afectada y solo se precisaba de una buena antena para captar las estaciones norteamericanas, de modo que en los 90, ya sin el subsidio soviético, el mismo régimen que tanto lloriquea por ser víctima del "bloqueo", se vio obligado a dejar de bloquear las señales radiales del odiado imperio.

Las peñas donde se interpreta trova que suelta alabanzas al régimen cubano interesan poco al cubano más preocupado por su comida del día pero eso sí, suelen atiborrarse de turistas, sobre todo procedentes de Estados Unidos, Canadá y Europa que siguen aferrados a los sueños revolucionarios de su juventud. Ningún cubano promedio, si bien reconoce que Silvio Rodríguez es un talentoso exponente, no llega al punto de creerse esas consignas cantadas.

Del mismo modo que sucede en la Riviera Maya donde los danzantes aztecas deslumbran al turista con rituales aromatizados de incienso se llevan sus buenas propinas en billete verde --y donde lo que menos parece importar es que los aztecas jamás pusieron un pie en la Península de Yucatán o que el incienso llegó a América junto con los españoles-- lo mismo sucede con las peñas donde se toca trova cubana y la célebre Bodeguita del Medio que hiciera famosa Ernest Hemingway; hoy se dedican a captar montañas de dólares que traen consigo los turistas ingenuos o despistados.

Igualmente es previsible que el poco apoyo que queda a la dictadura cubana se encuentre en el segmento de personas mayores de 60 años: ellos sí gozaron los innegables beneficios que trajo la revolución en sus primeros años, sobre todo disminuir el anafalbetismo a niveles cercanos al cero y a enfocarse en sectores de la sociedad que a la dictadura de Batista importaban menos que un poroto verde, o convertir a Cuba en potencia olímpica de respeto, algo que enorgullece a los cubanos de todas las edades, agregado todo al espejismo de abundancia cortesía del gigantesco subsidio soviético.

Sin embargo, cada día son más quienes piensan que, si bien hubo importantes avances en esos años, es imposible esperar que una receta obsoleta siga funcionando en un mundo que ha cambiado muchísimo desde 1959. Ni Eisenhower es presidente hoy, como tampoco lo es López Mateos en México, ni Ricky Mantle está jugando en las Mayores. Todos ellos, al igual que Fidel Castro, ya no pertenecen a este mundo.

En entonces evidente que la dictadura cubana ese encuentra ya en estado vegetativo, con su economía paralizada y con constantes apagones que no soportaría ni el mismísimo Job, y que caerá de un momento a otro, por lo que el objetivo ahora se encuentra en el futuro, sobre todo determinar quién estará al frente del nuevo gobierno.

El momento mas delicado que hereda la muerte de una dictadura es concertar a las demás fuerzas políticas e impedir una lucha despiadada por el hueco de poder que traería más derramamiento de sangre. En Venezuela, país que antes del chavismo y el madurismo era hiperconsumista, acostumbrado al derroche, aún quedan resabios democráticos, la propiedad privada no fue abolida del todo ni tampoco Chávez ni Maduro fueron tan audaces como para expropiar franquicias norteamericanas como McDonald's, Burger King o Starbucks, todas ellas protegidas por poderosísimos bufetes de abogados. Venezuela nunca llegó al comunismo como efectivamente ocurrió en Cuba.

Es común que las dictaduras, sobre todo comunistas, consideren a un un sucesor en el horizonte cuando el venerado líder llega al final de su vida. Raúl Castro entregó el poder al dictador Díaz Canel no tanto porque éste fuera el más apto sino por ser el más joven, algo similar a lo ocurrido con Mijail Goirbachov. Pero hoy ni siquiera se baraja un sucesor, señal sutil de que los carcamales que han tenido en sus manos el destino de la isla desde antes que los Beatles lanzaran su primer disco, están resignados a un final cercano.

A diferencia con la captura de Maduro, poco ganaría Donald Trump si realiza una incursión en Cuba; el petróleo venezolano garantizaba al aurócrata bigotón una prolongada estancia como dictadorzuelo, pero en la isla no hay recursos que puedan exportarse a precio competitivo como los hidrocarburos, además que los pocos recursos que había, como los ingenios azucareros, fueron destruidos por la colectivización.

El secretario de Estado Marco Rubio, de origen cubano, debe saberlo perfectamente: el régimen cubano deberá caer como consecuencia de su propia inoperancia; la ayuda humanitaria de México y de los Estados Unidos son paliativos, unos curitas incapaces de detener lo que ya es una hemorragia.

¿El destino que espera a la Cuba post castrista será una virtual avalancha de inversionistas de origen cubano que han hecho sus fortunas en la Florida? Muchos lo dan como un hecho. Sin embargo, el mayor reto reto será reencauzar a la isla hacia un gobierno democrático, y que esa democracia no termine en desilusión masiva. Urge que Cuba se libre, de una vez por todas, de esos "hombres fuertes" que pudieran llevar de nuevo a Cuba hacia una dictadura, del signo que sea.

La llegada de Vladimir Putin al poder en Rusia es una lección de cómo un país que vivió décadas de totalitarismo no necesariamente queda inmune con la llegada de la democracia.

Por lo pronto, la dictadura cubana parece vivir sus últimas horas. Cuando se derrumbe, nos divertiremos mucho viendo cómo las universidades, la prensa y el gobierno de Claudia Sheinbaum tratarán de relativizar o justificar su caída con toda suerte de argumentos, desde los más inverosímiles hasta los más estúpidos. Tengan a la mano sus palomitas de maíz, amigos lectores.

 

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