
E
l eco lejano de esas voces llegó hasta los oídos de don Maclovio, quien ya se había reunido con la columna de Linares y a esa hora ya se encontraba montado en la sierra, con las tropas de Corona a sus pies y por completo a su merced. Un desplome de caballos se abatió sobre el asombrado ejército regular que no supo sacarle partido a las ventajas de su terreno. Una y otra vez pasaron los rebeldes entre ellos, hiriendo a unos, pisoteando a otros y lanzando a muchos al río. Una columna cruzó el Verde y subió al cerro donde había estado Fachamar con sus hombres. Los dragones apelaron a la fuga mientras Vivas y sus rurales jugaban a ser sus sombras. Cuando los dragones ganaron el llano, Vivas dio media vuelta y regresó al vado por si su tropa hacía falta aún. Al pasar iban atentos al monte, pero no se veían más que cadáveres regados por cualquier parte, todos los jarochos habían muerto, excepto uno que se aferraba a la vida a pesar de que con ambas manos se detenía el manojo de intestinos derramándosele del vientre. La brecha abierta por el general Hernández en el ejército enemigo no cicatrizó jamás: una parte huyó al Puerto del Aire, otros, a través del llano, rumbo a Cerro Gordo, entre ellos el propio Corona; muchos más arrojaron las armas de buena gana y se rindieron antes de que nadie se los pidiera.
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¿Y Fachamar? Vivas, con el rostro hecho pena junto al coronel, le repitió la narración del jarocho herido, que acababa de morir: La tropa enemiga había fatigado el cerro gritando "¡No hay cuartel jijos de la chingada!" y no perdonaron ninguna vida. Hernández, el vencedor de río Verde, clavó la barbilla en el pecho, parecía más viejo que nunca. ¾
Fue mi muchacho quien volteó la derrota en victoria; capitán Vivas... ¾
Sí, mi general. ¾
Tome usted los hombres que necesite para recoger su cuerpo y llévemelo al Puente Colorado, por favor. El entusiasmo de la gente era delirante cuando Hernández entró en el partido, pocas veces una población completa se enterneció como el Puente Colorado al escuchar el relato que hizo el general sobre su protegido, por un momento, el arriero azul fue el mártir venerado por esa gente y su nombre estuvo en todos los labios que lamentaban el hecho de que el cuerpo jamás hubiera aparecido para darle cristiana sepultura en la tierra que, con su vida, acababa de defender. Por todo el país, y no sólo en la sierra de Acultzingo, el plan de Ayutla iba consumiendo el impero del lisiado. Muchos funcionarios ambiciosos, al ver el rápido curso que la guerra tomaba, se declaraban en armas contra su propio gobierno, adhiriéndose al ejército del Plan. Una semana más tarde, aún no se marchitaban por completo las flores que por los caídos en río Verde habían colocado los Hernández en la capilla de su hacienda, entró el capitán Vivas por la calle principal de Puente Colorado, cabalgando codo a codo con Fachamar. Detrás de ellos, cantando obscenidades, iban seis hombres de mantas desgarradas y sonrisas curtidas por el océano. El oficial de la guardia regular del Puente tomó por bandidos a esos hombres, vestidos de polvo y sangre, hasta que reconoció entre ellos a su propio capitán. Poco después los maltrechos héroes llegaron a Cañada; los balcones se venían abajo de gente curiosa de ver al dos veces resucitado, al estratega de río Verde. En la finca de los Hernández, Arcelia agitaba un pañuelo blanco desde su propio ventanal. El mismo Hernández había bajado a salirle al paso. Fachamar, cubierto de barro, apoyado en el fusil que le servía de muleta, pero con el sable español al cinto, hizo ante las puertas de su casa, el más jugoso de los relatos. Más de ciento cincuenta jinetes de Corona han logrado vadear el río, él está por la parte baja del cerro, pero intenta con todas sus fuerzas llegar a la cima, no tiene otra cosa en la cabeza que salvar a la media docena de morenos que dejó allí apostados. Demasiado tarde. Los dragones del tigre van y vienen, los sables al aire, bajo la divisa de "¡No hay cuartel!". Ya no queda nadie en pie, tan sólo los de abajo, necesitados también de ayuda. Apenas a tiempo les hace la seña de abandonar los puestos, acicateados por el miedo, trepan de una forma inhumana por entre los surcos y las anfracturas de una escarpada pendiente. Por casualidad han descubierto, a mitad del cerro, la boca de una gruta cubierta por el pasto y las enredaderas. "No cabe duda que el azar hace las cosas de una manera prodigiosa"
No pudieron moverse esa noche, pues en verdad que la falta de luz en un terreno como el que debían cruzar podía tener consecuencias mortales. A la mañana siguiente comenzaron su marcha, pero no hacia el Puente, pues una barranca impracticable les impedía ese camino. Llegaron al partido de Saltillo, agotados y hambrientos, después de dar un enorme rodeo para no toparse con las fuerzas vencidas de Corona, quien debía estar furioso; pero allí fueron detenidos, bajo el cargo de viajar sin el salvoconducto que las órdenes de Santa Anna habían impuesto en el enclave. Fachamar le respondió a la guardia que eso era una serenísima pendejada y esa opinión los puso tras las rejas varios días, hasta que se confirmó la noticia de la aplastante victoria del general Hernández sobre Corona; los soltaron en el acto con cumplidas disculpas y calidad de visitantes ilustres, incluso los proveyeron de buenas viandas. Desde ese momento viajaron a marchas forzadas para llegar a tiempo a la primera misa del rosario para Fachamar que don Maclovio ya había pagado. Aquel fue un año en el que demasiadas cosas pasaron, y demasiado cerca las unas de las otras. Mientras Fachamar se reponía de las desventuras de la batalla en la hacienda de los Hernández, escabulléndole el bulto a la inquieta Arcelia; yo me encontraba en la capital muy atareado, imprimiendo copias manchoneadas del Plan de Ayutla y el viejo dictador perdía la serenidad para renunciar al poder y salir de fuga con rumbo a la Habana. Cuando el arriero distinguió en lontananza la nube de polvo que la carroza del presidente desgarraba del camino real, se apresuró a coger una piedra maciza y compacta. Era la piedra de sus sueños, la sopesó calculando el viento y la distancia. Pero en ese momento, con una gota de nostalgia en el fondo de su corazón, comprendió que odiaba todo lo que el viejo había representado, pero ese despojo que asustado tragaba leguas de viaje no era más un dictador, y aunque lo hubiera sido, el resucitado se sabía ahora en posición de enfrentarlo con balas y metralla. Santa Anna no volvería a ser su Alteza Serenísima, y él mismo no era ya el muchacho ebrio y pálido que lo apedreó una vez, hacía ya siglos si uno lo pensaba bien. Fachamar suspiró con la certeza de que para entonces había perdido ya muchas cosas, además de un formidable oponente. Arrojó la piedra con todas sus fuerzas. El proyectil se elevó dibujando una parábola bajo el limpio cielo de Cañada; pasó silbando muy alto sobre la carroza del fugitivo y fue a perderse entre la greña verde del otro lado del camino. Desde entonces nada fue claro para él, ni para nadie. En la capital la plebe, mal enterada del Plan, se lanzó en hordas a saquear las casas de los privados del cojo y las imprentas de los periódicos reaccionarios; daban pena aquellas máquinas de hacer letras rodando en pedazos o volcadas en las calles, bestias magníficas que agonizaban entre el fango. A poco, el ayuntamiento y la guarnición de la ciudad se levantaron en armas para defender su propia versión del Plan de Ayutla bajo el auspicio del general Martín Carrera; en San Luis otro general proclamó un plan conservador que ofrecía garantías al clero y Juan Álvarez, viejo compañero de armas de mi padre, se erigía como el legítimo presidente propuesto por el Plan original. Era México un país plural como ninguno. En el enclave de Acultzingo la situación no era muy distinta: el alcalde Morales proclamó en Saltillo su propio Plan conservador, en el que se proponía a sí mismo como presidente de la nación. Comonfort, secretario personal del presidente Juan Álvarez, me mandó a alertar a don Maclovio contra el soberbio funcionario. El consejo de guerra de Cañada se reunió de nuevo en la sala de la finca Hernández, presidido por el alcalde de la población, quien pretendía hacer un peregrino llamado al orden o tener al menos una más clara idea de las ventajas que podría sacar del presente estado de cosas. ¾
¿Será lo mejor combatir a Morales? ¿Es que vamos a pasarnos la vida matándonos unos a otros en este país? Preferiría ser alcalde en el infierno que en esta tierra... ¾
Pues, sigue así y lo conseguirás sin duda. ¾
¡Vete al diablo, Maclovio, como si fuera tan sencillo... ! Y ora no podemos contar con las armas de Veracruz, ellos tienen ya sus propios problemas para meterse en ajenos. ¾
Señor,¾
terció el secretario del cabildo ¾
si me lo permite: Morales no puede tener muchos hombres y pienso que la tropa de don Maclovio será suficiente para aplastarlo. ¾
¿Y si no fuera así? ¿Sabes que pasaría si derrotan a Hernández? En unas horas Morales estaría a las puertas de Cañada. ¾
Es el riesgo que tienes que correr, si quieres estar a las órdenes del presidente Álvarez, de lo contrario tendrías que declararte carrerista, o proclamar tu propio plan o, peor, unirte al de Morales, y entonces yo sería el primer enemigo del que deberías preocuparte. ¾
¡Me cago en este país! No hay de dónde escoger... ¿Crees que Zepeda sea peligroso? ¾
No, si está solo, pero no sabemos de qué lado está Puebla de los Ángeles, ni qué enjuagues tenga Zepeda con el gobernador y el obispo. ¾
Es un albur, pero no hay salida. A darle, pues. ¾
Mi tropa es de unos doscientos hombres, pero si me prestas la guardia... ¾
La necesito para la defensa de Cañada. ¾
Iremos sin ella entonces. Muchas gracias.¾
Y Hernández recargo significativamente el "gracias". El plan de don Maclovio era simple: Cercar Saltillo y reducirlo por hambre, de modo que plantó su cuartel a las afueras de la villa y desde allí tendió por ambos lados un cordón de hombres tan efectivo que durante una semana detuvo todos los intentos de Morales por abrirse camino. Se había girado la orden de evitar prisioneros, dado que cada boca que alimentar en Saltillo era un punto a favor de los sitiantes, en cambio, se recomendaba matar a los caballos para que no se los pudieran comer. En una ocasión, Morales mandó ciento noventa hombres de a pie contra el cerco, pero los hizo correr casi media legua cuesta arriba, de manera que cuando se encontraron con los hombres de don Maclovio, no tenían ya aliento para pelear y volvieron a su pueblo tan sorprendidos como felices de haber escapado de la muerte. A los pocos días una embajada del partido sitiado se presentó ante Hernández para negociar. Las condiciones de los atacantes fueron las siguientes: No habría saqueo, pero a la población se le exigían cien mil pesos oro para cubrir los gastos de la campaña, la entrega de Ramón Morales y toda su hacienda, que serviría para abastecer de recursos la causa del Plan, así como la estancia permanente de cien hombres de don Maclovio, mantenidos por los naturales, para garantizar la lealtad del pueblo. El capitán enviado por Morales, encendido de indignación, protesto: ¾
Sus condiciones son muy duras. ¾
Pero esas son. ¾
¿De verdad cree que las aceptaremos? ¾
Que les aproveche si pueden hacer algo mejor, pero les advierto que mi oferta sólo dura veinticuatro horas. El capitán se encogió de hombros, se dio la media vuelta y no lo volvieron a ver jamás. Los días se amontonaron hasta convertirse en semanas, tal vez la desesperación o la rabia tuvieron que ver con el ataque de cirrosis que el general Hernández sufrió al cumplirse un mes de iniciado el sitio, cosa que lo ponía de pésimo humor. Una noche, en que el rancho era particularmente magro, estalló: ¾
¡Puta madre! ¡Si esto dura más seremos nosotros los que nos vamos a morir de hambre! Ya no hay pieza en diez leguas a la redonda, que me corten los tanates, porque no entiendo cómo se mantiene esos cabrones. ¾
Hacen lo que en el cerco de Numancia.¾
Opinó Fachamar. ¾
¿Qué jijos hicieron allá donde dices? ¾
Comerse los cadáveres. ¾
A veces, Fachamar, tienes un sentido del humor de veras macabro. ¾
Entonces reciben provisiones de fuera. ¾
¿Qué tratas de insinuar, infeliz?¾
Terció Cano, quien estaba encargado de vigilar el cordón. ¾
¿Insinuar, recabrón? Nada; afirmo que...¾
Pero una voz de mujer cortó el hilo de su discurso: ¾
¿Estás enfermo otra vez, Maclovio?¾
La compañía entera quedó muda, viendo cómo Arcelia se acercaba al catre donde se hallaba tumbado Hernández. ¾
¿Qué carajos haces tú aquí? ¿Quién te trajo? ¾
Te cae de sorpresa ¿Verdad? Pero nada de esto pasaría si me escucharas aunque fuera de vez en cuando. ¾
¿Qué carajos haces aquí? ¾
¿No sabes lo que pasa en Cañada? ¾
Cada semana recibo un propio del alcalde Villarreal, y que yo sepa, no pasa nada nuevo por allá. Arcelia soltó una risa amarga antes de replicar: ¾
¿No te parece nuevo que una tropa carrerista... ¾
¿Amenazan Cañada? ¾
¿Amenazar? No, Maclovio, están en Cañada por invitación del alcalde. ¾
No es cierto ¡No puede ser cierto! ¾
Yo te lo garantizo y aquí tu capataz puede dar fe de mi palabra. ¾
¡La puta que lo parió! ¾
¿Entiendes por qué estoy aquí? No hay lugar seguro en ese pueblo para quien simpatice con el general Hernández o con el dichoso Plan que defiende, todo el lugar hiede a traición. ¾
Que Dios me cure tantito y juro por esta que ese hijo de la chingada se va a tragar su traición hasta que reviente. Fachamar, desde su lugar, observó el rostro sonriente de una mujer ambiciosa que esperaba pronto ver colmada su sed de poder.

La batalla del Verde había terminado: doscientos prisioneros, muchos de los cuales se pasaron al bando rebelde; ciento cincuenta caballos y un montón de armas fue el botín que el general Maclovio Hernández obtuvo. Cuando el coronel Linares se le acercó, radiante y sudoroso, para darle cuenta de las ganancias, don Maclovio no estaba de humor para escuchar inventarios:

piensa el arriero mientras conduce a sus hombres al interior de la madriguera; vuelven a colocar en su sitio las

hierbas que a su paso han desarraigado y se retiran al fondo como animales acosados, justo cuando la tierra frente a ellos es atronada por los dragones. Pasa una segunda tropa que, a juzgar por el sonido, es mucho mayor que la primera. Permanecen ocultos muchas horas, hasta que no suena más un tiro, ni el sonido de un relincho en la lejanía. Sólo entonces se atreven a salir. Una noche sin luna se ha apoderado del mundo, el llano está desierto, excepto por el ruido de un pelotón que se mueve con desparpajo cerca de ellos. Acaso no tendrán muchas posibilidades de salir vivos, pero si se trata de morirse, es mejor hacerlo peleando, llevándose a uno o dos enemigos por delante. Sin embargo, en la obscuridad absoluta, los movimientos se confunden ¿Quiénes son los nuestros, quienes los enemigos? ¿Quién ese hombre q
ue ha logrado sorprender a Fachamar y se ha trenzado con él en un zafarrancho, rodando por el suelo ya haciéndolo caer con &e
acute;l, y luego moliéndolo con una lluvia de puñetazos? ¿Qué no es tremendamente familiar el tono del capitán Vivas que le escupe en pleno rostro: ¡Puta madre! ¿Tú otra vez?
