En Alas Propias

F achamar cabalgaba al trote mientras hacía su ronda por el cordón tendido en torno a Saltillo, iba pensando en los sinsentidos del tiempo que le había tocado vivir. Era muy difícil pelear del lado de la razón cuando todo el mundo pensaba tenerla y él, hasta ese momento, no veía más razones que la fuerza, la astucia y, la mayor parte de las veces, el propio interés, de donde resultaba más rentable cobijarse a la sombra de un hombre sagaz que de uno honesto. Sólo por azar Maclovio Hernández era ambas cosas a la vez, un poco más lo segundo que lo primero, según la opinión de su mujer, pero nadie podía negar que virtud le sobraba.
Por otra parte, la ambición era una verdad incontestable. Cada caudillo, al imponer su versión de la justicia, velaba sobre todo por sus propios intereses. Naturalmente cada uno defiende lo que es ¿Y qué defendía el arriero en esos tiempos para definirse? Inevitablemente volvía a la razón; aunque era casi imposible encontrar La razón, así, en abstracto, y menos un líder que siquiera la considerara. Iba Fachamar por la vida como por un pantano sin sentido ni forma, buscando un dibujo, un trazo, una figura coherente que lo sacara del laberinto al lugar amable, pero había que conformarse con parcialidades y suplir el absoluto con buenas intenciones, incluso el Plan de Ayutla, colmando los intereses de ciertas personas, estaba lleno de buenas intenciones. Una bala rasgó el aire a un palmo de su nariz arrancándolo de su abstracción; estaba más cerca del poblado de lo que era prudente, desmontó para ponerse a salvo y, en el lugar donde aterrizó, un objeto brillante sembrado en la tierra llamó su atención. Toda la tropa de don Maclovio había pasado por allí en sus guardias sin ver otra cosa que una vil herradura. Y eso era en realidad: Una herradura de burro casi nueva y que tenía una correa atada a un extremo. "Este lugar está siempre cuajado de neblina y de rocío ¾ pensó el del rostro marítimo¾ en dos días el hierro se oxida hasta la médula... ¿De quién sería este burro? Y ¿Por qué llevaba correas en el herraje?" Rumiando en esto siguió el camino del Puente Colorado.
Encontró al capitán Vivas en su casa abismado frente a los enigmas de un jarro de chilatol. Apartó con una mano la manta que servía de puerta y comentó a modo de saludo:
¾ Se supone que los caminos están vacíos entre el salto y aquí.
¾ ¡Puta madre!¾ Saltó en su silla el militar. ¾ ¡Otra vez tú! ¿Por qué te gusta andarme asustando siempre?
¾ Te lo digo por esto, mira.¾ Y arrojó sobre el chiquihuite de las tortillas la herradura que le preocupaba exponiendo las circunstancias de su hallazgo.
¾ También encontré un reguero amarillo entre las peñas, creo que era harina de nixtamal.
Volvió al campamento justo cuando daba inicio el consejo que decidiría el asalto a un pueblo presuntamente rendido por hambre. En vista de que su hígado empeoraba, Hernández había delegado el mando a Cano. Arcelia dormía en una tienda improvisada y el general trataba de reposar tumbado en una hamaca.
Como ya era costumbre, Cano ninguneó a Fachamar cuando éste expuso sus inquietudes ante el consejo:
¾ Ya están muertos de hambre, será como matar tlacuaches, ora que si tienes miedo...
¾ La decisión del ataque se basa en el hambre de los sitiados, pero creo que esa suposición es falsa.
¾ Hay que arriesgarse, toda la tropa tiene prisa ya por acabar aquí de una vez por todas y largarnos a la chingada.
¾ Un ataque como el que propones no sería arriesgado, sería una monumental pendejada. Si Morales tuviera hambre, estaría tratando de salir, pero recibió comida y por eso está tranquilo; es una trampa muy evidente, que podemos voltear si apoyamos a los del Puente Colorado.
¾ ¡Métete tus consejos por el culo!¾ Gritó Cano fuera de sí.
¾ Un momento,¾ intervino el teniente Linares ¾ el muchacho tuvo razón en río Verde y puede tenerla de nuevo. Si existe cualquier duda sobre el ataque, es mejor posponerlo.
¾ ¿Y qué vamos a hacer entonces?
¾ Eso, es lo que tenemos que pensar, mayor.¾ Dijo el arriero subrayando el rango con intención.
¾ ¿Pensar...?
¾ ¡Sí, carajo, pensar!¾ Bramó Hernández desde su hamaca, era la primera vez que intervenía en la discusión. ¾ Toda la estrategia ha cambiado, hay que cambiar la táctica también.
¾ ¿Por una pinche herradura¾ Protestó Cano ¾ y unos granos de maiz?
¾ No era maíz sino harina.
¾ ¡Lo que sea!
¾ ¡Silencio, imbécil! No hagas que me arrepienta de haberte encomendado el mando. Fachamar, hijo, haz lo que tengas que hacer.¾ Terminó la discusión don Maclovio.
Al crepúsculo el arriero estaba otra vez en Puente Colorado con veinte hombres bien pertrechados que colocó a lo largo del camino a Saltillo; Vivas se puso a la cabeza de la columna derecha y otro guardia del Puente a la izquierda.
La sierra siempre fue una mujer para Fachamar y esa noche, al quitarse su peineta del sol, la dama dejó caer una espesa cabellera de niebla sobre el llano.
La noche caminaba lenta sobre la cabeza de los soldados cuando llegó a sus oídos el manso murmullo de unos cascos envueltos en trapo. De la nada apareció una fantástica recua de asnos mezclados con la niebla. El conductor, envuelto en los jirones de la bruma, debía saber muy bien el camino, avanzaba con pasos firmes hasta que una pared humana lo detuvo. El guía, de brevísima estatura, dio la media vuelta para huir, pero se encontró de frente con un erial de fusiles; los otros trataron de escapar por los flancos, pero el cerco era tan estrecho que no hubiera pasado ni un cacomiztle.
Todo se revolvió con la neblina, no había fuego que partiera el vaporoso cortinaje, quien no estuviera dentro de la nube era incapaz de distinguir rurales y soldados, asnos y reos, acentos y mayúsculas. Eso pasaba siempre que dos tropas se enfrenaban en la noche de Acultzingo, allí donde la niebla suele ser tan espesa que no se distinguen ni las cumbres ni las copas de los árboles, donde ya no es visible el párrafo que acabamos de abandonar y a penas, a duras penas, se alcanza a distinguir el renglón donde habremos de leer el destino del sitio de Saltillo. Y aún hay que acercarnos mucho, acomodarnos bien los lentes y buscar una buena luz, porque eso que en un principio distinguimos como una diéresis absurda, un error de imprenta, en realidad, visto más de cerca, debe ser el fuego de las antorchas que indagan sobre la figura diminuta del furtivo arriero, que para sorpresa de todos no se trata de un enano, sino de un niño de gesto metálico que ya siente el roce de la cuerda sobre su cuello moreno.
¾ El mundo es pequeño, rufián, nos volvemos a ver las caras ¿Verdad?
¾ No voy a negar lo que he hecho, pero tú sabes que allá, en el Puerto del Aire...
¾ ¡Cállate!¾ Fachamar traspasó al niño con una mirada difícil de interpretar ¾ Ya sabes lo que te espera ¿No es cierto?
¾ No, por favor, yo...
¾ El paredón, compadre, por si tenías alguna duda.
Las rodillas del muchachito temblaron de tal modo que dos rurales tuvieron que sostenerlo. Fachamar sonrió:
¾ Tú vida está en mis manos. Si te fijas, verás que viene a ser una especie de justicia poética, ya que tú fuiste el que cambió mi camino para siempre. Tal vez decida no matarte...
¾ ¡Dios se lo pague; Dios...
¾ Pero necesito que me hagas un favor.
¾ ¿Favor? ¿Qué favor le puedo hacer yo?
¾ Quiero que me cuentes algo, pero te advierto que a la primera contradicción verás las cosas que aprendí de la Hermandad. Si eres honesto respetaré tu vida, y hasta pue que te dejemos ir.

El relato del muchacho aclaró muchas de las cosas que tenían en ciernes a los hombres de Hernández; resultaba que el padre Serventesio, párroco del Puente Colorado, era hermano del alcalde Morales y le mandaba provisiones todas las noches que la niebla lo permitía, los burros se quedaban en Saltillo para terminar como cecina, los arrieros volvían a pie y sólo entraba el pequeño al poblado, para salir antes del alba con la contraseña que usarían en la siguiente ocasión. Fachamar iba tomando nota de todo lo que le parecía interesante, cosa que a mí me fue muy útil luego para reconstruir esta historia.
Poco antes del amanecer, la recua de burros llegó al palacio del cabildo en Saltillo; un agudo silbido hizo astillas por tres veces el silencio de la madrugada.
¾ ¿Quién vive?
¾ Correo del Padre Serventesio.
¾ ¿Santo y seña?
¾ Corres con Carrera.
El arriero condujo su recua al patio interior, donde se le acercó el capitán del cuerpo de guardia con una antorcha que casi le plantó en la cara.
¾ ¡Tú no eres Lázaro!
¾ ¡Vete al carajo! P’a decirme eso no tenías que chamuscarme las pestañas.
¾ ¿Quién eres, pues? Preguntó el capitán con la voz limada por la sorpresa de asomarse en aquel rostro marítimo.
¾ Me llamo Alejandrino, y vengo en vez de Lázaro que a estas horas tará colgado de una riata. Tú has de ser Cristóbal ¿No? Y ya sé que ora vas a decir que me vas a fusilar, pero mientras regálame un fuertecito, que traigo la madrugada metida en los huesos.
¾ ¡Qué fuertecito ni que mis tanates! Lleva tus burros al establo, órale.
Allí lo esperaban soldados y funcionarios, los últimos flacos y amarillentos por recibir algo menos de ración. Fachamar pensó que si así estaban los mandamases, mucho peor estarían los civiles, sacrificados, como siempre, a la milicia.
Cuando Alejandrino pidió que lo llevaran con el alcalde Morales nadie le hizo caso, tuvo que repetir la orden con tono de amenaza para que lo escucharan los guardias.
Detrás del palacio, en un cuartucho despreciable, el capitán dejó a Fachamar esperando. Al poco tiempo se presentó ante él un hombre flaco, prieto como la chirimoya pero con la barba partida, feo en pocas palabras, de esos que habían tenido mala suerte con el mestizaje y, para rematar, un lépero venido a más preguntando con prepotencia:
¾ ¿Traes un mensaje p’a mí?
¾ Sí, patrón. El señor cura, su hermano, manda decir que éstas son las últimas provisiones que le hace llegar.
¾ ¿Qué?¾ Rugió Morales como si en verdad no hubiera oído.
¾ Es que la gente de Hernández agarró al chamaco que guiaba la recua y para orita yo creo que ya lo han de haber horcado.
¾ ¿Y tú quién eres? Un arriero no se anda pintando la cara así.
¾ Pos eso sí quién sabe, pero tiene razón. Me llamo Alejandrino Rodríguez y soy hombre de fortuna.
¾ ¿Tú? ¿Qué fortuna tienes?
¾ No la tengo, la busco. Y a veces también ella me encuentra. Mando unas cuantas gentes, de momento al servicio del padre Serventesio, quien me mandó para acá por ver si me daba usted trabajo de fijo.
¾ ¿Pero qué chingado trabajo te voy a dar, si no ves que nos estamos torciendo de hambre?
¾ Pos no se deje, patrón, hágale caso a las ideas del padrecito.
¾ ¿Qué ideas?
¾ Pos esa de que mandarle comida era tejer Penélope.
¾ ¿Cuál López? ¿Quién es ese?
¾ No, si yo pensé que usté lo iba a entender, porque lo que es yo, ni palabra. Lo dijo así su hermano.
¾ Que se meta en su misa y deje lo que no entiende.
¾ Será, pero ora que se quede sin tragar va a tener que salirle al encuentro a su enemigo.
¾ Al encuentro... cuatro veces ya salí sin ganancia, y no por mi culpa.
¾ ¿Está rebién seguro de eso, patrón?
El rostro de Morales se puso gris:
¾ ¿Quién se atreve a decir que no hago bien mi guerra?
¾ El señor cura nomás dice: sale su mercé de día y a la vista ¿Pos qué es eso? Y más ora que el otro general dejó sin gente el camino del Puerto por ir a agarrar al chamaco que le traía la papa.
¾ A lo mejor... a lo mejor mi hermano tiene razón ¿Sabes tú qué gentes tiene Hernández del lado del Puente?
¾ Rebién poquita, cuarenta o cincuenta machos.
¾ Yo puedo mover sesenta.
¾ Y treinta míos que pueden caerles por atrás.
¾ ¿Y cómo nos íbamos a distinguir? ¿Qué tal si nos hacemos bolas y nos matamos entre nosotros? Eso ya nos ha pasado antes...
¾ Muy fácil, patrón: Yo mando a mis gentes sin camisas y ustedes hagan lo mismo.
¾ Eres vivo, muchacho.
¾ Así soy desde chico.
¾ ¿Puedes mover a tus gentes mañana por la noche?
¾ Pos, si nos avenimos al arreglo... No ando arriesgando el cuero por puro gusto a los balazos.
¾ ¿Qué es lo que pides?
¾ Pos, trabajo p’a mi gente, a quince escudos por mes.
¾ ¿Y no quieres mejor camote?
¾ Si el patrón no me necesita...
¾ Pero no por un mes.
¾ Y a mí me conviene tener seguro el rancho por un año a lo menos.
¾ ¡Eso es querer aprovecharse!
¾ Y otra cosa fue arriesgar el cogote para venir aquí con sus provisiones.
El edredón de neblina se había esfumado y el sol bruñía el aire limpio de la mañana; Fachamar estaba exhausto, pero feliz. Aun sonreía cuando entró a l campamento de don Maclovio.
El general se desayunaba un caldo de borrego junto a su protegida y sus oficiales. Levantó la mirada para ver al recién llegado que ocupó el único sitio vació.
¾ Llegas muy tarde, hijo ¿Qué noticias me traes? ¿Hubo anoche el intento de pasar provisiones al pueblo?
¾ Hubo.
¾ ¿Y lograste detenerlos?
¾ No. De hecho, yo le entregué esas provisiones al señor Morales en personal.
La orquesta de platos y cubiertos se detuvo y todas las miradas cayeron estupefactas sobre Fachamar. El arriero tomó una tortilla y se hizo un taco de sal que empezó a comerse muy sabrosamente.
¾ ¿Estuviste en Saltillo?
¾ Y merendé cecina de burro en compañía del alcalde.¾ Mientras se bebía un jarro de chilatol, Fachamar relató ante una festiva concurrencia la anécdota de la velada anterior y expuso su plan de combate.
