Los Descamisados

 

A quella noche sesenta hombres sin camisa se batieron como mejor les salió. Durante media hora, el aire helado de la sierra se pobló de insectos incandescentes en una batalla breve pero sangrienta.

Casi al final de la escaramuza, cuando los soldados de Morales comenzaban a sospechar su derrota y a tirar las armas, un jinete cargó furioso contra las filas de don Maclovio; logró romper el cerco y llegar a la vereda. El guerrero vio el camino libre, excepto por la figura del arriero, quien lo hubiera dejado ir por caridad sino es porque, en su fuga, se lanzó con el sable al aire contra él. Fachamar espoleó a su caballo para evadir el golpe, sacando por fin buen provecho de sus clases de esgrima, hizo una parada impecable en segunda y, con su propia hoja, atravesó al fugitivo de parte a parte. El hombre cayó de la silla y quedó tirado boca abajo.

Fachamar desmontó, retiró su arma del cuerpo y con su pañuelo taponó la oquedad que le había dejado en el vientre. Fue más tarde, en el campamento, que el herido reconoció a su verdugo:

¾ ¡Perro infeliz! ¡Te vendiste al enemigo!

¾ No señor, yo ya era soldado de Hernández cuando entré anoche en su casa.¾ Morales lo escuchaba, iracundamente incrédulo.

¾ Entonces ¿No eres Alejandrino?

¾ Mi nombre es Fachamar.

¾ Es nombre de indino ¿Ese es el honor militar de Hernández?

En ese punto don Maclovio rió a todo pulmón, de verdad divertido de lo que oía, antes de intervenir.

¾ Nomás eso me faltaba, que un bandido me hable a mí de moral. Ni siquiera su apellido le da derecho, señor.

¾ Pídanle a Dios que me los ponga en mis manos.¾ Fachamar le dejó caer una de las suyas sobre el hombro derecho.

¾ Usted no me cae, don Morales, no me cae en absoluto; y creo que este país está como está porque hay demasiada gente como usted en él.

El herido junto las cejas, con seguridad hubiera respondido al insulto, pero sólo abrió la boca y la dejó así, al levantar la mirada se encontró a un palmo del oleaje suave, de una osa mayor pequeñita navegando sobre una ceja, de un cuarto menguante y unos ojos profundamente azules.

El arriero ahogó un sollozo y con los ojos desorbitados, cerró los de Morales y cruzó los brazos del muerto sobre el pecho. No podía apartar la vista del primer hombre a quien arrebataba la luz.

¾ Tienes harta suerte, eso que ni qué.¾ Casi le reclamó Cano, que en ese momento se acercaba arrastrando una pierna empapada de sangre. ¾ Al final terminaste con buena estrella esta carnicería.

Fachamar pareció volver de un horizonte muy lejano, rostro adentro.

¾ ¿Terminar? No, señor, apenas vamos empezando.

¾ ¿Empezando qué?

¾ La toma de Saltillo.

¾ ¿Ahorita mismo?

¾ Su visión es corta, mayor ¿Ha oído usted hablar de Homero?

¾ ¿Dices del cabrón que desertó de la brigada del general Ignacio de la Llave cargando con todas las armas y municiones de su compañía?

¾ No importa en realidad. Tenemos que atacar ahora, mañana sería imposible.

Era casi el alba cuando noventa jinetes descamisados entraron triunfalmente al pueblo. De acuerdo a lo que Fachamar había inferido, la guardia los recibió como a sus victoriosos soldados y para cuando se dio cuenta de que no eran salteños, sino planistas, era demasiado tarde. A media mañana, tomadas las debidas providencias, la tropa de don Maclovio desayunó cecina de burro en los portales de la plaza.

    Cabalgaba Fachamar en silencio bajo el cielo forestal de la sierra, iba de regreso al cuartel de Cañada, arrullado por las jubilosas puteadas de sus compañeros, ebrios de victoria.

Un poco a propósito se había rezagado, para caer en el ensueño de que viajaba solo. En el fondo, la guerra le parecía algo vacío. La victoria, una vez consumada, no era más que humo entre las manos. Y después no quedaba ninguna certidumbre de todo aquello. Nada verdadero. Un mero alarde de inteligencia y luego ni un átomo de belleza; ni siquiera un poeta, único resabio legítimo del horror, que transformara en un canto de consuelo aquel campo lleno de cadáveres devorados por los zopilotes y los cuervos, vientres obscuros tumefactos reventando bajo el cielo, brazos terminados en muñones y manos sembradas en el fango sangriento de la sierra. Nada más.

A Fachamar el asunto del Plan le pareció razonable para deshacerse del lisiado, pero una vez cumplido su propósito se había convertido en una lucha entre políticos ávidos de poder. No cabía duda que estaban haciéndose cosas y eso le parecía bien a Fachamar porque, privilegiando lo hechos sobre las palabras, siempre pensó que nada había más hueco y desleído que los discursos; por otro lado, tampoco los últimos hechos mostraban un sentido verdadero; y sin embargo nadie se lo planteaba, o sería quizá que los hombres azules eran los únicos que se preocupaban por lo que se movía debajo del mar.

    Al trote de su tordillo, el arriero pensaba que rara vez un hombre es hijo de sus palabras, los decires se olvidaban fácilmente; los actos no. Pero ¿Qué clase de paternidad significaban sus acciones tras la resurrección? Para entonces ya nadie en Acultzingo dudaba que fuera un hombre astuto, un buen militar, aunque sus intenciones muchas veces quedaran en tela de juicio ¿Sería ese el carnaval del mundo?

¾ Así de callado no te vas a hacer de muchos afectos entre tus hombres, Fachamar.

El joven se espabiló. Arcelia cabalgaba, amazona, junto a él.

¾ Nunca he pretendido el afecto de los hombres, señora.

¾ ¿Y el de las mujeres?

¾ Una sola vez, según recuerdo.

¾ ¿Y por qué no la buscas, si aún la quieres?

¾ Muchas veces me lo pregunto yo también.

¾ ¿Y no te lo contestas al verme?

¾ Hablando con franqueza... no.

¾ ¿Pues que no tienes sangre?

¾ Tengo; pero no puedo olvidarme que usted es...

¾ Ya sabía que llegaríamos a esto, pero ¿y si no lo fuera?

¾ Bueno,¾ suspiró Fachamar ¾ me parece que pensar en lo que serían las cosas si no fueran lo que son, es una lamentable pérdida de tiempo.

¾ Te sorprenderías si supieras que yo...

¾ A estas alturas pocas tortuosidades del ser humano me sorprenderían y yo no le he pedido ninguna explicación.

¾ ¿Por qué me desprecias así?¾ Ahora la mujer lloraba ¾ Yo traté de ser tu amiga; pudimos ser algo más, pero...

¾ Discúlpeme si la he ofendido en algo.

¾ Déjame decirte una cosa, Fachamar. Ya ves que hasta en la guerra, a donde va Maclovio voy yo.

¾ ¿Me está pidiendo que me vaya, señora?

Ella, con las mejillas empapadas, gimió:

¾ Es el último favor que te pido después de lo que pasó.

¾ ¿Lo que pasó...? Sí, entiendo; más de lo que se imagina. ¡Demonios! ¿Qué voy a hacer ahora?

¾ Déjame pensarlo.¾ Respondió Arcelia sin darse cuenta que la pregunta no se la había hecho Fachamar a ella, sino a su propio destino.

    En cuanto la tropa de don Maclovio entró en Cañada, la de Carrera salió rumbo a Tehuacán, donde tenían muchos simpatizantes. En tanto que, en la misma sala a donde Fachamar había llegado preso unos mese antes, él y don Maclovio sostuvieron una larga conversación. El joven, con el corazón roto, procuraba mantenerse en los tercios de la ecuanimidad; Don Maclovio, en cambio, rompió en llanto como una Magdalena antes de admitir que lo mejor para la causa era mandar a su pupilo a unirse con las fuerzas de Álvarez, acantonadas en Cuernavaca.

Con una docena de hombres bien armados y el capitán Vivas cabalgando a su diestra, Fachamar dejó atrás Cañada, Puerto del Aire y Cerro Gordo, allí mandó a Vivas en busca de sus arrieros, partida de Sanchos que estuvieron, como siempre, dispuestos a seguir al resucitado en su destino. Era muy distinto su porte al que tenía cuando, prófugo de todo el mundo, había salido de allí conducido de la mano por su arrojo.

Polvoso y maltrecho llegó el pelotón de Fachamar a Cuernavaca, justo a tiempo para trasladarse, sin desensillar siquiera los caballos, a la ciudad de México. Los hombres de Fachamar simplemente se colocaron a la retaguardia del convoy en el que viajábamos Álvarez, Ocampo, Juárez, Comonfort y una legión de tipos que últimamente tienen nombres de calles o viceversa.

Fue a la entrada de la capital, durante la revista sumaria, que Comonfort, ministro de guerra de la campaña, reparó en el escuadrón que cabalgaba junto al mío. Hice las veces de diplomático para informarle al viejo que desde Cuernavaca contábamos con los refuerzos de un grupo de jinetes; le hubiera informado también de mi antigua relación con el jefe de la escuadra y de las proezas que había realizado el muchacho en el enclave de Acultzingo, pero el viejo, aburrido por el largo camino y las preocupaciones de su cargo, agitó las manos en el aire, en señal de que todo estaba bien y de que no le importaba ningún curriculum en aquellos momentos. En general la gente, cuando veía a Fachamar por primera vez se alarmaba y echaba a correr en el acto; se interesaba morbosamente por el diseño del rostro y el relato del orate; fingía que estaba ante un sujeto común y corriente, disimulando el estupor para comentar el encuentro más tarde, en casa, o bien, se encogía de hombros y daba por sentado que alguna razonable causa habría, pero sin interesarse en ella por no complicarse la existencia. Comonfort tomó el último partido y estrechó la mano de Fachamar, entornando los ojos para apreciar mejor la marina faz de su nuevo recluta; luego dio media vuelta y, acompañado por el taciturno Zaragoza, murmuró: "¿Te fijaste? ¡Un capitán ataviado de olas!" Y sin más quedó protocolizado el ingreso de Fachamar y su compañía en el ejército del Congreso Constituyente.

No tiene caso repetir ahora lo que tanto ha sobado ya La Historia, y apenas vale comentar que, a los pocos días de haber entrado a la capital, Álvarez le cedió la presidencia a Comonfort, mientras el general Carrera ya había pasado a las líneas del pasado y un tal Osollo desconocía en Puebla al nuevo gobierno; El nuevo presidente envió una tropa a combatir la rebelión, pero los hábiles poblanos convencieron a las fuerzas nacionales de unírseles en su motín. Días más tarde un nuevo ejército, a las órdenes de Zaragoza, fue despachado a la zona del problema, Fachamar y su escuadra estaban entre los quince mil efectivos que lo componíamos. Nos llevó cuatro meses someter a los poblanos, tiempo en que Fachamar resbaló una y otra vez entre las absurdas órdenes de sus superiores, sin hacerse nunca a la idea de obedecer un mandato irracional, como es frecuente en cualquier ejército.

No era ningún secreto que al principio Fachamar estaba muy entusiasmado con la campaña de Puebla: esperaba encontrarse de nuevo en el campo de batalla junto a su padre putativo. Fue una decepción inexplicable no ver a don Maclovio del lado de los constitucionalistas hasta que, casi al final de la operación, apareció un correo; después de buscar entre quince mil rostros a un hombre azul, puso un documento en manos del destinatario. No recuerdo al pie de la letra las tres líneas de la carta. Eran algo como:

"Querido hijo, te necesito con tantos hombres como puedas conseguir, los conservadores de Haro que habían bajado del cerro del Macho, tomaron el pueblo del mismo nombre y luego cayeron sobre Cañada por invitación del alcalde. El hígado, que hasta ahora había estado bien, me está matando de nuevo."

Fachamar no vaciló un segundo; Zaragoza no sólo le dio licencia, sino que le prestó un batallón entero para que pusiera manos a la obra. Tres días más tarde las fuerzas del resucitado aparecieron en Tehuacán, que era donde el general Hernández había firmado su carta de auxilio.

Como era su costumbre, llegó justo en el momento en que don Maclovio reunía al consejo de guerra. Después de recibir un abrazo que lo dejó sin aliento, Fachamar pasó la vista por los rostros de los capitanes; faltaban algunos de sus viejos conocidos, pero a cambio, allí estaba el mofletudo rostro del alcalde Zepeda en calidad de aliado, cosa que no dejó de sorprender, incluso de incomodar, al arriero.

¾ He trazado mis planes, hijo, pensando que podrías traer unos cincuenta hombres.

¾ Traigo ciento veinte efectivos, bien armados. Vivas viene conmigo.

¾ ¡Maravilloso! Mira, hijo, ven para que nos des tu opinión...¾ y se apoyó pesadamente en el brazo de Fachamar para subir la escalera de piedra de la hacienda que habían ocupado para establecer su cuartel general. El joven pudo apreciar que su general arrastraba dolorosamente la pierna derecha.

¾ ¿Así que también tenemos aquí al alcalde del Puerto?

¾ Y muy contento de venir.

¾ ¿Y la señora Arcelia se encuentra bien?

¾ Bastante bien, la mandé a Veracruz por si el enemigo sitiaba también Tehuacán.¾ Llegaron a la estancia donde se iba a celebrar el consejo. Se hizo un informe de la situación y las resoluciones tomadas. Con los nuevos refuerzos y trescientos rifles, alquilados en Veracruz, con el viejo Marrajo al mando, Hernández contaba con ochocientos hombres, dos cañones y un mortero.

¾ ¿Y el plan de batalla?

¾ Consiste en caer sobre Cañada y recuperarla.¾ Se apresuró a disertar el mayor Cano.

¾ ¿Y si mejor tomáramos el pueblo del Macho?

¾ ¿Y p’a qué lo queremos?¾ Se burló Cano.

¾ Para atraer al general Haro a la sierra, obligándolo a pelear en nuestros terrenos y sin todos sus hombres.

Zepeda se desbordó en hurras de aprobación y el mismo Cano tuvo que tragarse su sarcasmo.

Al frente de sus tropas, Hernández marchó sobre el Macho: veinte casas de carboneros y leñadores que no tenían custodia y se rindieron sin resistencia ante la garantía de que las fuerzas no entrarían en la población. Así fue como Zepeda, encargado de la maniobra, entró con una columna de cincuenta hombres en un pueblo donde fue aclamado como libertador, en tanto que don Maclovio, subido en una litera debido a su enfermedad, seguía a su ejército hasta las faldas del cerro del Macho, donde se dispusieron a esperar la llegada de Haro.

La noticia de la toma del Macho cayó sobre el conservador como un relámpago que le erizó los bigotes de rabia. Salió de Cañada furioso, llevando a sus hombres a marchas forzadas. En el camino se enteró de que habían tenido que retirar a don Maclovio, ardiendo en fiebre, del campo de batalla y que era un tal Fachamar quien mandaba ahora el ejército del Macho.

    Con sus cuatrocientos hombres, Haro cargó, el hocico espumante, contra la infantería colocada al centro de la línea enemiga. Los soldados de Fachamar, al ver que aquel contingente de caballería atacaba con todas sus fuerzas contra la parte más débil de la columna, dieron media vuelta y escaparon mucho antes de que el agresor se les acercara siquiera a la distancia de fuego. Los soldados corrían cada vez más rápido y los jinetes los insultaban burlándose de su cobardía hasta que se oyó un solo, limpio toque de corneta desgarrando la piel de la tarde. La huida cesó y los infantes giraron en redondo, poniendo una rodilla en tierra, para hacer una descarga cerrada contra la que se estrelló el ímpetu de los jinetes.

En medio de la instantánea confusión sonaron las inconfundibles notas del ataque y la caballería del resucitado se precipitó desde las pendientes de la hondonada, cargando simultáneamente por ambos flancos.

En vano trató Haro de componer su descuartizado ejército. A duras penas logró salvar su vida con la de unos cuantos que huyeron por un barranco empinadísimo. Los más sensatos arrojaron sus armas al suelo, los demás fueron acribillados sin trámite. En unos minutos Haro había perdido Cañada y el Macho y jamás se pudo recuperar de ese golpe. En el palacio de gobierno del Macho, donde Zepeda se había aposentado y donde también se albergaba el doliente Hernández, hubo un banquete esa noche para celebrar la derrota de los amotinados y los méritos guerreros de Fachamar. El arriero tuvo que soportar el tedioso discurso de gratitud de Zepeda y los comentarios rijosos de Cano:

¾ Me pregunto, teniente Fachamar ¿Qué hubiera pasado si Haro se da cuenta a tiempo del cuatro?

¾ Haces muy bien en preguntártelo.¾ Respondió con sinceridad el arriero. ¾ Es un ejercicio mental que te sentará de maravilla, pero procura no agotarte, muchacho.

 

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